Capítulo 49: Los Daimyos
La noche no había concluido para las labores del Shogun ese día. Tras la salida de Nobunaga, quien debió llevar a su fiel campeona Tomoe en brazos, un par más de samuráis ingresaron únicamente para comunicar malas noticias a los lideres de la Gran Alianza Samurái.
Eran Sato Imagawa, campeón del clan Takeda, quien era seguido por su amo, Kamagure Takeda. Con ellos también ingresó Reiko Tokugawa, hija menor de Shinzo. Tanto ella como Sato mostraban ya en sus rostros la índole de las noticias que traían para sus amos pues ambos estaban consternados y preocupados. Kamagure, detrás de su campeón, tenia un semblante severo para con él como enojado por lo que ya sabía que había ocurrido.
Sato y Reiko se arrodillaron frente a los tres ancianos, Kamagure permaneció distante y en silencio junto a la puerta de la sala. Esperaron entonces a que el Shogun hablara.
–¿Por qué presiento que me traen malas noticias? –preguntó el Shogun mirándolos con una mirada afilada mientras bebía té.
–Mi, señor, mi Shogun –habló Sato con respeto–. Nuestra misión: localizar al ninja conocido como Orochimaru, ha tenido un considerable inconveniente.
–¿Qué fue lo que ocurrió? –cuestionó con autoridad Masamune, que los miraba con el ceño adusto.
–Los ninjas –habló Reiko, quien se negaba en todo momento a mirar a su padre pues sabia con seguridad que la estaba mirando sumamente decepcionando–. Ellos nos… nos diezmaron.
–¿Diezmaron? –repitió el Shogun levantando una ceja–. Explícate, jovencita.
–Peleamos con ellos –terció Sato–. Y los superamos, sin embargo, dos de nuestros compañeros fueron capturados por los ninjas: Miyuki Hitoyo y Kido Taito, mi discípulo. No tuvimos oportunidad de encontrarlos o seguirlos por eso decidimos regresar aquí y comunicarles lo que ocurrió. La batalla se salió de control y todo fue un caos, no puedo negarlo.
–Ya veo –murmuró el Shogun acariciándose el mentón. Para fortuna de ambos samuráis a él no le importaba mucho su misión, era algo secundario eso de encontrar al ninja Orochimaru–. Es una pena que unos ninjas los vencieran.
–Mi, señor, ellos no nos vencieron… –trató de alegar Reiko con respeto.
–¡No hables! –le ordenó con severidad su padre mirándolo con ojos amenazantes–. ¿Mataron a algún ninja? –los dos negaron con la cabeza–. ¿Capturaron a alguno? –volvieron a negar con vergüenza–. Ustedes perdieron a dos compañeros, por lo tanto, fueron derrotados y punto –Shinzo no es un hombre que suela exaltarse con facilidad ante los problemas; pero si estos ocurren por culpa de sus hombres o, pero aun, por un miembro de su familia no suele mantenerse calmado.
–Bien, para vuestra fortuna mi interés en ese ninja es casi nulo. Limítense a recibir una reprimenda por parte de sus amos y lárguense de mi vista –fueron las indicaciones del Shogun.
Quizás, si hubieran llegado más temprano y Samuro no estuviese tan cansado habrían recibido una peor reprimenda por su parte. En este momento el líder de los samuráis solo quería que se largaran y poder por fin reposar su marchito y anciano cuerpo.
–Disculpe, Shogun –intervino Sato–. Quería solicitar su permiso para llevar a un grupo de samuráis y rescatar a nuestros compañeros.
–¿Rescatar? –cuestionó con un gesto de ofensa–. ¿Quieres rescatar a un par de inútiles que fueron vencidos por los ninjas?
Reiko se sorprendió por eso, pero no se atrevió a hablar; solo miró a su padre quien le negó con la cabeza en forma de orden de que no hablara. Sato, por su parte, no se quedó sin discutir. Él se tomó quizás un poco personal esa ofensa hacia su alumno.
–Mi señor, él joven Kido Taito es mi discípulo, no puedo dejar que lo tengan en sus garras esos ninjas –aportó con respeto, pero con seriedad–. Si el dilema son las fuerzas podemos encárganos de esto nosotros dos solos; solo solicito permiso para hacerlo.
–Reiko no irá a ninguna misión de rescate. Ya ha fracasado y como tal deberá ser castigada –terció Shinzo levantándose de su asiento. Se acercó a su hija con paso lento.
Reiko estuvo a punto de opinar; de no ser por que miró la furiosa expresión en el semblante de su padre. Tal fue su impresión que la chica se arrodilló aun más y se negó a mirarlo. Reiko estaba aterrada. Su padre se posó frente a ella.
–Mírame –ordenó con autoridad más como un amo y no como un padre.
La chica levantó su rostro lentamente, su cabello violeta ocultaba un poco el temor en su mirada. Parecía suplicante con sus ojos humedecidos, casi parecía una niña asustada, otra persona completamente diferente a como suele ser. Toda soberbia, locura o violencia que ella suele evocar quedó reducida a un respeto y temor total ante el hombre que se cierne sobre ella con sus blancos ojos acosadores.
–P-padre –murmuró con voz trémula–. L-lo siento.
–Si fueras uno de mis hombres te insultaría y te mandaría a entrenar hasta desfallecer de agotamiento –gruñó entre dientes–. Pero eres mi sangre –uno pensaría que era un vaticinio de piedad. Se inclino hacia ella y frunció el ceño–. Y eso es peor.
Sin aviso, y sin la mínima piedad, el padre le propino una bofetada contundente a la hija. Con tal fuerza que la arrojó al suelo y la hizo chillar. Tan rápido como pudo la chica se recuperó y se arrodilló frente a él otra vez. Con el dolor en la mejilla, que quedó roja por la bofetada.
–Lo siento, mi señor –se disculpó con lagrimas en los ojos y un nudo en la garganta.
El castigo le fue repetido con otra vil bofetada que la regresó al piso marcando aun más en su mejilla la mano de su padre. Ella se reincorporó y pidió disculpas una vez más, y de nuevo el castigo le fue repetido.
–Levántate –ordenó Shinzo sacudiendo la palma de su mano pues la golpeaba con tanta fuerza que él mismo se lastimaba.
La chica obedeció sin quejarse, sin pedir piedad. Su mejilla derecha estaba muy roja, tenia la mano de su progenitor marcada sobre su suave piel que comenzaba a inflamarse. Trataba de no mirar a nadie en ese momento, para lo cual su larga cabellera servía pues ocultaba su rostro.
–Quiero que te olvides de esa chica a la que llevaste contigo –dijo Shinzo tomándola con firmeza de la quijada–. Tú y solo tú eres la culpable de que tu amiga esté ahora muerta: fuiste débil, estúpida y fallaste. Has puesto en tela de juicio el renombre y el honor de nuestra familia. ¿Cuál es nuestro lema?
–U-un Tokugawa n-nunca falla –profirió con voz débil.
–Ahora repítelo mil veces mientras regresas a casa y te preparas para tu castigo –la empujó con rudeza–. ¡Lárgate!
Samuro y Masamune miraban con tranquilidad tales acciones, incluso el líder de los Date sonreía satisfecho por lo que veía. Sato era el único que estaba atónito ante tal muestra de inmisericordia dirigida hacia su propia hija. Si hubiera sido un sirviente podría entenderlo, pero, contra su propia hija, simplemente el arquero no podía entender que clase de padre es capaz de humillar y castigar a sus vástagos de tal manera y por un error tan vano. También notó que Shinzo daba por muerta a Miyuki algo que no es verdad; era una forma de decir que a él no le importaba el destino de esa chica o lo que los ninjas hicieran con ella, destino compartido con Kido.
–¿No fuiste un poco excesivo con ella? –preguntó Kamagure con algo de pena por Reiko–. Es muy linda para que maltrates su rostro de esa manera –agregó viendo a la chica salir de la sala más no tuvo ojos maliciosos sobre ella.
Masamune y Samuro se sorprendieron del comentario hecho por el líder de los Takeda. El rostro desencajado de Shinzo era el porqué.
–¿Qué dijiste de mi hija? –cuestionó el anciano a Kamagure.
–S-solo decía que quizás…–un escalofrió le recorrió la espalda ante los blancos ojos del líder de los Tokugawa.
–Nadie, absolutamente nadie habla de mi hija o cuestiona mis métodos como padre –le espetó señalándolo con el dedo–. Mantén tus ojos y pensamientos alejados de ella: o lo lamentarás.
Kamagure se ofendió ante tal amenaza que apretó los puños y la quijada; aunque el miedo que le profesa a ese anciano fue mayor y se contuvo a refutar tal amenaza o continuar la discusión.
–Kamagure –intervino el Shogun ante la tensión del momento–. Puedes retirarte, tu serás responsable del escarmiento para tu campeón.
–Si, Shogun –le reverenció y se retiró seguido del atónito Sato que se quedó sin mayores intenciones de hablar ante esos tres ancianos.
Amo y sirviente no se dirigieron la palabra en todo el camino de regreso a la residencia de los Takeda. Ya era muy tarde por la noche y las calles de la otrora Aldea del Sonido estaban únicamente transitadas por los ashigarus y samuráis que velaban por el orden de la misma.
Una vez dentro de la residencia Kamagure se detuvo frente a su sirviente y lo miró con seriedad quedándose en el recibidor de aquella elegante y lujosa casa que quizás fue propiedad de un funcionario de alto rango en el gobierno anterior. Sato no dijo nada y espero lo que sea que su amo le dijera o hiciera.
–¿Crees que tu discípulo sigue con vida? –preguntó el amo con voz suave.
–…–lo tomó por sorpresa, tanto que tardó un poco en reaccionar–. S-sí, sí, mi señor. Estoy convencido que lo capturaron y deben tenerlo cautivo en algún lugar.
–Bien –suspiró pensativo el amo. Tardó unos mementos en tener una idea–. Bueno, haremos lo siguiente. Toma a un puñado de samuráis de nuestro clan y ve en busca de Kido y la otra chica: asegúrate de salir sin que nadie los vea.
–Mi señor, ¿no necesitará de mis servicios? –estaba complacido de que su amo fuera mucho mas benevolente que aquella tercia de ancianos.
–No, al menos no por el momento. Si surge algo importante creo que mi hija podrá hacerse cargo de ellos. Hikari necesita mas experiencia y conocer el camino del samurái, y lo cruel que este puede ser –finalizó con seriedad.
Por un momento esas palabras inquietaron al arquero samurái; más después de ver lo que Shinzo fue capaz de hacer con su hija frente a otros y de imaginar lo que le haría en privado.
–No me malinterpretes –agregó su amo con tranquilidad–. Yo jamás humillaría o golpearía a mi hija de esa manera tan… bruta. Quiero que sea fuerte, pero no de esa manera.
–Si, lo entiendo, mi señor. Y agradezco mucho su piedad para conmigo y mi alumno –agradeció con una reverencio.
–Los Takeda no somos tan fuertes –se acercó a su campeón y colocó su mano sobre su hombro demostrando confianza–. La piedad únicamente debe ser para con los aliados, no con el enemigo –le sonrió–. Aplasta a esos ninjas y venga lo que ocurrió.
Sato agradeció aún más, esas si eran palabras loables. Le reverenció una vez más y se retiró de la residencia de su señor. Tan pronto como pudiera saldría de allí de forma cautelosa y regresaría a los campos a buscar a su apreciado alumno Kido. El arquero no se imagina las garras del ser en las que ese pobre chico ha caído y las penurias de las que será víctima cada día mientras esté bajo su dominio.
Otra residencia es testigo de una reunión privada. En medio de una habitación espaciosa y cálida un hombre aguarda sentando frente a la chimenea que es la única fuente de luz en medio de aquella lujosa habitación, hasta que un sonido en la cama llama su atención. Sobre la amplia cama se encuentra una mujer retozando de forma incomoda pues su mente está extraviada en otro mundo.
Ella logró salir de su transe un par de horas después de haber caído presa de la misma. Se levantó rápidamente gritando. Su corazón latía a toda prisa, su piel estaba fría y su boca seca, tanto que se lastimó la garganta con ese gritó. Tardó solo unos momentos en entender que todo había sido una ilusión, algo similar a una pesadilla vívida.
Lo primero que miró Tomoe era la habitación en la que estaba y la cama también, las conocía a la perfección. Tanto que rápidamente buscó con la mirada al dueño de todo eso. Frente a ella estaba Nobunaga Oda mirándola con una amable sonrisa y con un paño con el que limpiaba las lagrimas que escaparon de los ojos de Tomoe.
–M-mi señor –dijo con un hilo de voz.
–Por fin volviste –habló él sentándose a su lado en la cama. Con el paño limpió el rostro de su sirviente, el cual tenia surcos de sangre en forma de lágrimas–. Estaba muy preocupado por ti, Tomoe.
–¿Qué fue lo que ocurrió, mi señor? –titubeó ella dejando que él limpiara sus mejillas–. ¿F-fue una ilusión?
–Así es, una del nivel más alto: El Réquiem del Rey. Una técnica que jamás había visto o escuchado. ¿Qué te obligó a ver? –preguntó él dejando de lado el paño.
–No tengo idea que era ese lugar… era espantoso. Oscuro, helado, desolador, sin nada más que tierra gris en un gigantesco desierto cubierto por un cielo negro como la noche, una noche sin estrellas. Había miles de personas que caminábamos por un sendero interminable de rocas afiladas que cortaban y perforaban los pies: estábamos desnudos. Hombres, mujeres, ancianos y niños. Casi todos lloraban lágrimas de sangre, otros gritaban maldiciones ininteligibles y trataba de salir de allí –se pausó un momento y se abrazó a sí misma temblando–. Cuando alguien se salía del sendero, se detenía o tocaba a otra persona… unos seres alados con rostros deformes y pieles rojas caían sobre ellos y los levantaban por el cielo, luego los dejaban caer sobre enormes y largas picas colocadas a los lados del sendero y allí los dejaban, empalados; unos sobre otros, decenas de personas en una sola pica, el ambiente lentamente los congelaba y le ennegrecía la piel, p-pero ellos no morían… ¡era horrible! –se cubrió la cara con las manos tratando de contener su llanto.
–Es el primer infierno: Kanashimi –reveló con temor el daimyo Oda–. Era verdad; el Shogun tiene el poder de mandar las mentes de sus victimas al infierno. Creí que solo era fanfarronería.
–Es horroroso, lo peor que he visto en mi vida –se quebró y comenzó llorar–. Fueron días, quizás semanas en las que estuve allí. Caminando sin detenerme; con los pies destrozados, con un hambre y una sed que me volvían loca. Tantos llantos, y todos esos cuerpos empalados, no quería terminar como ellos por eso nunca me detuve. Cada que tropezaba sentía que esas criaturas se cernían sobre mí así que me levantaba tan rápido como podía, aunque me desgarrara las manos también.
Impropio de un daimyo Nobunaga se acercó a ella y la tomó entre sus brazos abrazándola con fuerza, acurrucándola en su pecho para que llorara tanto como necesitara.
–El Kanashimi representa la tristeza, es el primer infierno, la primera prueba. Un lugar frio y vacío, donde solo se pueden escuchar llantos, gritos y maldiciones. Los que no son capaces de afrontarlo son empalados para la eternidad y jamás conocerán la resurrección.
–¿L-la primera? –murmuró Tomoe levantando su rostro.
–Al final del sendero hay una puerta que da acceso a la siguiente, el segundo infierno –explicó él–. Pero no hablemos de eso, Tomoe. Todo fue un a ilusión y nada más. Debes olvidarte de todo lo que viste allí.
–No es tan fácil, mi señor –decía ella mientras él la recostaba sobre la cama.
–Duerme y mañana habrás olvidado esas horridas visiones –le susurró. Antes que Tomoe le dijera que no quería dormir por temor a volver a ese lugar él se recostó a su lado–. Me quedaré contigo, no te dejaré caer en pesadillas de nuevo.
No eran las frases que un amo dirige a un sirviente por más fiel que este sea o más estrecha sea su relación. Las mejillas sonrojadas de Tomoe avisaban de su sentir más cuando ella se acercó a él y se acurrucó en su pecho de forma muy natural.
–Mi, señor. Lamento haberle fallado. Hice todo lo que pude para vencer al Demonio Sombra, pero él…
–Tranquila, todos cometemos errores y él… es alguien muy singular. Cuando estés recuperada lo encontrarás y acabaras con esto de una vez por todas: se de lo que eres capaz –había olvidado por completo el supuesto fracaso. Ya Tomoe había sufrido mas que suficiente con el castigo impuesto por el Shogun.
La chica miró con ojos brillantes a su amo, evocando sentimientos mas allá de la lealtad. Se montó sobre él con un sutil movimiento, los miró a los ojos con los labios entreabiertos; con una respiración lenta y profunda. Ambos se quedaron un momento en esa posición solo mirándose el uno al otro.
–Le prometo jamás volver a fallar –profirió ella.
Antes que Nobunaga hablara Tomoe se inclinó sobre él y lo besó con una apasionada necesidad. Sus labios se juntaron por un largo momento consumiéndose entre sí. Luego las manos formaron parte del momento, ella rodeó el cuello de su amo, él la tomó por la cintura juntado sus cuerpos tanto como podían.
–Mi señor –susurró jadeando al separarse por la falta de aire–. Lo siento, m-me deje llevar.
–¿Por qué? –murmuró él perdido en la mirada de Tomoe acariciando su rostro suavemente con su mano–. ¿Por qué es un crimen amar a dos personas? ¿A caso no podemos? –se cuestionaba así mismo–. Se que es injusto, pero es inevitable para mí.
–Y-yo… lo siento, no debí –Tomoe se sintió mal al recordar que Nobunaga está comprometido con Akame Mori, eso la hacía sentirse como una intrusa y una terrible mujer.
Rápidamente él la tomó por la cintura y dio la vuelta dejándola a ella abajo y él entre sus piernas. La mujer lo miró sorprendida.
–Tú fuiste la primera mujer por la que comencé a sentir algo, cuando era solo un chico y tú serbias a mi padre: jamás pude sacarte de mi mente, ni siquiera cuando me comprometieron con Akame –dijo con voz suave pero avergonzada.
Su mirada se dirigió entonces al retrato en la mesa junto a su cama, en él estaban Nobunaga y Akame abrazados y sonriendo. Una imagen muy romántica. Tomoe también miró el retrato y sonrió. Sabía que los sentimientos de su amo eran verdaderos tanto para ella como para Akame.
–No pude evitar quererla a ella también; si me enamoré de Akame. Pero fui débil y no pude olvidarte –volvió su mirada a su fiel sirviente lo miraba con una cálida sonrisa–. Sé que soy un hombre terriblemente injusto y no merezco tenerlas; pero es que nunca podría decidir con cual deseo estar.
–Mi señor –habló Tomoe con voz comprensiva–. Su corazón está mejor con la señorita Akame. Usted es un daimyo y ella algún día también lo será; yo solo soy una humilde y leal sirviente, no hay futuro conmigo a su lado.
–Pero…–trató de hablar, Tomoe lo calló colocando uno de sus dedos sobre lo labios de su amo.
–Me conformo con estar siempre a su lado y servirle como usted lo desee, mi señor. Mi vida, mi voluntad y mi cuerpo le pertenecen solo a usted –declaró con amor y devoción.
Nobunaga tomó su mano con gentileza y comenzó a besarla recorriendo todo su brazo hasta su cuello.
–Te amo, Tomoe –y buscó sus labios con pasión.
–Y yo a usted, mi señor –agregó ella correspondiendo con igual o quizás aun mayor ímpetu a los deseos de Nobunaga.
En poco los besos y caricias se volvieron algo más intensos. El frenesí elevó la temperatura de ambos obligándolos a deshacerse de sus ropas mostrándose sin vergüenza ante el otro.
El joven daimyo es poseedor de un físico envidiable, delgado y tonificado donde destacan sus abdominales y sus fuertes brazos en los cuales destacan algunas venas; su pecho es plano y duro, entrañable para recostarse sobre él. Ella a pesar de ser una guerrera desde temprana edad tiene un físico sumamente sensual y femenino, con pechos redondos y suaves, caderas anchas y unas fuertes piernas torneadas.
El amo se precipitó incontrolable a los pechos se su amante; los besaba, los acariciaba y los masajeaba con lujuria. Estas acciones arrancaban uno a uno suspiros y gemidos a Tomoe, que se limitó a acariciar el cabello de su señor y dejarlo saciar su hambre. Nobunaga se recreó un momento succionado los pezones rosados de su amante los cuales mordió un poco.
–¡Mi señor! –gimió Tomoe ante esa sensación extrañamente confortable.
El daimyo no se detuvo y se olvidó de esos senos tan perfectos por un momento. Descendió lánguidamente por el abdomen de la mujer repartiendo besos por esa blanca y suave piel. Culminó su recorrió entre las piernas de Tomoe. Allí se dio gusto y arrancó suspiros y gemidos por montones. Su hábil lengua recorrió los húmedos labios de la mujer; se abrió paso entre ellos como una lasciva serpiente que encuentra en los eróticos suspiros de la samurái un motivo para ir más profundo. Tomó con firmeza los de la fémina para afianzarse mejor y devorar aquel dulce néctar.
–M-mi señor, no se detenga, siga por favor –jadeaba sintiendo como una sensación de placer colosal afloraba en ella.
Culminó con un gemido alto, casi un grito, y muy agudo. Arqueó la espalda y apretó la cabeza de su amante con sus piernas. A Nobunaga esto no le incomodó en lo más mínimo, pues no se detuvo aun cuando ella estaba en pleno orgasmo. El placer culminó en unos segundos. Tomoe jadeaba con una sonrisa en sus labios.
–Lo siento, no pude contenerme –se disculpó por acabar en el rostro de su amo.
–No debes contenerte: de eso se trata –dijo Nobunaga con una sonrisa lasciva. La tomó con firmeza y la hizo voltearse dejándola boca abajo.
Se cernió sobre ella aprisionándola con su peso; atacó su cuello con besos y su oído con odas a su belleza. Ella disfrutaba de esas sensaciones hasta que sintió algo duro colarse entre sus piernas frotándose contra su intimidad, sus mejillas se sonrojaron y se mordió el labio.
–Siempre le gusta tomarme en esta posición –murmuró tratando de contener su deseo de ser tomada.
–A ti también –agregó el susurrándole al oído–. Ahora es turno, Tomoe. No seré gentil.
–No debe serlo, mi señor: de eso se trata –le respondió con emoción.
La primera embestida fue fuerte y profunda; le arrancó un grito agudo y rebosante de placer. El segundo fue solo en comienzo del acto mismo. Un hombre y una mujer dando rienda suelta a sus más bajos instintos. Mas no por esto es justo decir que es mero placer, por mas incorrecto que sea, entre ellos dos hay más que lujuria. La noche se alargó por horas para ellos. Una y otra vez hicieron el amor como fieras salvajes hasta desfallecer por agotamiento por la madrugada.
Mientras tanto lejos de allí. En La Aldea de la Hoja la noche transcurría serena y apacible como suelen serlos las noches en esta ciudad. O eso se vislumbra a simple vista.
Cerca de una de las zonas residenciales de clase media, en la cima de un edificio de apartamentos dos sombras encapuchadas se ocultaban entre las sombras. En silencio y sin moverse vigilaban un apartamento ubicado en el edificio contiguo al que estaban.
–Es ella –dijo uno de esos dos hombres con voz severa. Con la túnica que posee es casi imposible ver su rostro, aunque su complexión avisa de un porte rudo, aunque no muy alto.
–No hay mucho que decir a simple vista –agregó su compañero. Físicamente no destacaba, ni alto ni fornido incluso su voz no era intimidante.
La persona a la que vigilaban era Yugito, quien residía en el departamento de Naruto en ese momento. La joven se preparaba para descansar, vestía solo unos pantaloncillos cortos y ceñidos, así como un sostén de color blanco. En sus brazos llevaba toda su ropa; se notaba, por su cabello mojado, que estaba saliendo de la ducha.
–No hay que negar que es ciertamente una preciosura, ¿no crees? –susurró el segundo de esos encapuchados con una leve risilla.
–Si –respondió sin interés su compañero.
En ese momento vieron algo que despertó sus intereses. Antes de recostarse Yugito sacó de entre sus ropas su bandana, una bandana con el símbolo de La Aldea de las Nube. Ella miró la bandana con el ceño fruncido y, sin pensarlo mucho, la envolvió en un papel y la arrojó a la basura. Luego dejó su ropa sobre una mesa y se metió a la cama no si antes apagar las luces de la habitación lo que la dejó a oscuras.
–¿Lo viste? ¿Lo viste, ¿verdad? –cuestionaba incrédulo uno de los espías.
–Si, Doga, lo vi –respondió sorprendido el fornido encapuchado–. Es una desertora de La Aldea de la Nube. Esto le interesará mucho a lord Danzo.
Continuara…
