Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 49.


El desastre que había quedado después inundaba todo el panorama de Sango. Se encontraba frente a su laptop, sentada en un mueble y con una rodilla tocando su quijada, perdida. La luz de la pantalla le iluminaba el rostro; las lágrimas ya estaban frías, pero aún le mojaban las mejillas.

En el estéreo, una canción inglesa sonaba a volumen medio, era de Sam Smith, «I'm not the only one». Le gustaba esa canción, pero apenas en ese momento la entendía profundamente. Y mientras el coro estaba en su auge, ella recordaba el momento exacto en el que Miroku le había dicho que no se casarían y lo vio salir por aquella puerta.

Tecleó nuevamente en su laptop y por fin armó el anuncio:

«Se vende vestido de novia sin usar. El estúpido prometido que tenía me acaba de dejar.

Precio: ¥31.629,00»

Lo publicó y cerró su ordenador.

El recuerdo de aquel momento tan fatal le vino de repente y se sintió un poco mareada. Después de bastante rato en silencio, se levantó a recoger los pedazos de tela que había en el piso. Comenzó con las tijeras. Las tomó con suavidad y un escalofrío le recorrió el cuerpo; estaban frías y habían ayudado a destruir su vestido de novia para la boda civil.

Se había quedado en ropa interior, un conjunto negro que en ese momento no cubría su piel del frío. Por supuesto que la partida de Miroku la había dejado desconcentrada, pero en vez de hacerse daño físico, solo destrozó aquella vestimenta ridícula y la hizo pedazos, tal y como estaba su corazón.

Dejó las tijeras en su lugar y mientras estaba de regreso, tocó su vientre con suavidad.

—Se suponía que un hijo arruinaría mi relación con Miroku, pero en verdad él era el problema.

No quiso decirle a nadie, necesitaba estar sola. Miroku aún le debía una explicación.


Estaba a punto de prepararse algo para desayunar cuando tocaron el timbre de su puerta. Era raro porque no esperaba ningún tipo de servicio y nadie había llamado a su teléfono de invitados.

Quizás alguien se había equivocado de piso.

Abrió la puerta con tranquilidad y lo que vio la dejó impactada. No lo esperaba para nada, sintió que casi se desmayaba.

—InuYasha…

—Lo siento, sé que no me esperabas, pero tenía que venir a hablar contigo.

Ella reaccionó al instante. Lo invitó a pasar, no sin antes recibir un pequeño ramo de flores de lilas artificiales, pero hermosas. Él aun traía su férula por el hombro dislocado y andaba despacio.

—¿Y esto? —Inquirió mientras cerraba la puerta. Unos latidos de esperanza la hacían sonrojarse de nuevo y eso la puso nerviosa. Parecía una adolescente estúpida.

—Recordé que te gustaban y te las traje, aunque no es temporada de lilas.

—Buscaré un lugar para ellas más tarde —no podía dejar de observar su ropa negra. Estaba vestido como si de un funeral se tratase. Aún caminaba algo lento, suponía que por el accidente—. ¿Quieres un café?

—No, no. Así está bien. —Se sentó en el mueble de la sala y suspiró, nervioso. No sabía si estaba listo, pero según su psicóloga, tenía que hacerlo antes de que fuera peor—. Ven, por favor.

Kikyō dejó el regalo sobre el mesón de mármol y caminó hasta la sala, lo observó con una pizca de tristeza y finalmente se sentó. Era bueno verlo después de tanto, las cosas ya estaban más calmadas y seguro que InuYasha ya sabía por qué no lo había ido a visitar esos días.

—Cuando saliste de la clínica no querías hablar con alguien, parecías muerto por dentro. —Comentó con un poco de resentimiento.

—Fui con una psicóloga y con otros especialistas. El oftalmólogo me dijo buenas noticias: mi vista no se vio aún más afectada por el accidente, pero me reevaluó para comprobar que todo esté bien y que use apropiadamente mis lentes de contacto. —Lo dijo más como un dato curioso, pero en realidad sólo estaba evitando el punto.

Kikyō asintió y percibió el ambiente cada vez más incómodo. Trató de sonreír, pero no pudo, no le hacía ni puta gracia la situación.

—Entonces la psicóloga te dijo que debías arreglar las cosas con, técnicamente, tu esposa, ¿no? Nos casamos por civil. —Le recordó y su tono no fue amigable. Lo miraba fijamente a los ojos como tratando de descubrir la verdad.

—Eso ya lo tenía en mente, ella solo me ayudó a organizar las ideas y tomar el valor para decírtelo. —Él también sonó serio, aunque temía mucho la reacción de su ex prometida. Sabía de sobra que Kikyō no se merecía algo así, pero tampoco merecía más mentiras.

Hishā recordó al instante la conversación que había tenido con los Taishō y supo inmediatamente a qué se referían: ellos ya sabían que InuYasha le iba a decir algo de lo que seguramente ya estaba consciente, pero su mente se negaba a aceptar.

Al principio creía que eran nervios de InuYasha y que seguro lo reconsideraría.

—Habla ya y terminemos con esto.

—Quiero anular nuestro matrimonio civil. — Lo soltó. Lo soltó y sintió cómo su cuerpo se liberaba de una oscura aura que le pesaba mucho—. Quiero terminar contigo y es para siempre.

Cada palabra la golpeó como un bate de béisbol en partes sensibles del cuerpo. Se estremeció y sintió ganas de llorar. Sus párpados saltaban incesantes por dejar salir el agua salada, pero ella se negaba a permitirlo. No ahí. No frente a él. Al contrario, elevó su mentón perfecto y tomando aire, se quitó el anillo del dedo y lo puso sobre la mesa de centro.

—Lo imaginé. —Respondió con la voz firme. En ese momento volvió la regia y dura Kikyō de la adolescencia que no confiaba en la gente y mucho menos en un amor—. Tus padres me lo advirtieron.

—¿Qué dices? ¿Mis padres estuvieron aquí? —No le sorprendió la reacción de ella, sino el comentario sobre sus padres.

—En la clínica. Dijeron algo de que se habían apresurado con la boda y que de seguro tú me lo dirías en un buen momento. —Calló ante la mirada avergonzada de InuYasha—. Pero nunca es buen momento para jugar conmigo.

—Kikyō, yo…

—No te molestes en arreglar tus cosas, yo misma las empacaré. —Lo ignoró olímpicamente mientras se ponía de pie. Él también lo hizo y parecía muy consternado—. Y supongo que, de ahora en adelante, se encargarán nuestros abogados.

Hubo más silencio. InuYasha no supo qué decir, en serio no esperaba todo aquello. Kikyō lo tomó con mucha calma, como siempre tomaba todo. Era tan estoica y tan inmutable que le parecía irreal. Esperaba que le gritara o que al menos lo abofeteara, pero nada. Solo había dicho algo de arreglar sus cosas.

—Sí, sí… lo siento mucho, Kikyō, yo…

—Es mejor que ya te vayas, InuYasha. —No fue una sugerencia, sino una orden. Taishō empezó a caminar lentamente hacia la salida. Ella lo observaba con mirada perdida y decepcionada. Un montón de cosas pasaban por su mente en ese momento.

—El anillo… está a tu disposición de hacer lo que quieras con él. —Le dijo, esperando que dijera algo por última vez. Solo asintió. Cuando se dio vuelta para abrir la puerta, la oyó tomar una bocanada de aire, como lista para decir algo.

—InuYasha. —Respiraba hondo y sentía odio—. Todo esto es… —No podía dejar de mirarlo e imaginar lo peor—. Todo esto… ¿Mancillaste mi honor por esa mujer? ¿Todo esto es por ella? —Claro que no era tonta y sabía que había otra, el problema es que no tenía idea quién.

Maldito.

—Gracias por todo. —Fue lo único que dijo—. Buena suerte. —Y salió.


Había salido a caminar aquel sábado. No quería ir con su ginecóloga, ella ya le había dicho que evitase los malos ratos y se sentía avergonzada por no haber pensado en eso. Después iría.

Kagome la había estado llamando, pero por mensaje le dijo que estaba bien, un poco cansada, pero bien. Se verían el domingo. No quería preocuparla, pero tampoco deseaba hablar con nadie. Miroku no le había dicho nada, no daba señales de vida.

Y ella no podía preguntarle a nadie.

Estaba entrando a la propiedad de su edificio cuando un pequeño niño llamó su atención. Vestía ropa ligera, así que parecía que su casa no estaría muy lejos.

—¡Hola!

—¡Hola! ¿Puedo ayudarte en algo? —Le sonrió con ternura, dirigiendo su mirada a él.

—Me dijeron que te entregue esto. —Le extendió el sobre manila y Sango apenas notó que lo traía—. Ábrelo cuando estés en un lugar seguro.

Fue lo único que dijo y salió corriendo hacia la dirección de donde había venido.

—¡Espera! ¡¿Quién te dio...?! —Se obligó a callar cuando el misterioso niño despareció en la esquina de la cuadra.

Miró el sobre por todas partes y no tenía remitente ni destinatario. Se encogió de hombros y subió hasta su departamento.

No sintió en qué momento había ya oscurecido por completo. Se había preparado algo de comer y aunque no sintiera ganas de hacerlo, una nueva vida dentro de ella demandaba alimentación y ella no se la negaría: esa vida era el motivo por el que ella debía seguir de pie. Fue a descansar un poco a la sala, después de lavar la loza y limpiar la cocina.

Cuando se sentó, el sobre amarillo llamó su atención. No quería abrirlo, ¿y si era solo una broma de mal gusto? Era casi imposible que ese niño extraño hiciera eso si ni siquiera la conocía. Tardó unos minutos para decidirse, pero a la final lo hizo.

Sacó lentamente lo que parecían ser fotos, con una hoja entera de papel de impresión que traía una sutil nota escrita:

«Para Sango Tanaca, con mucho amor. Espero que lo disfrutes.

—Tu amiga Yura.»

Cuando leyó el nombre sintió escalofríos y se levantó de inmediato. Ahora sus manos temblaban y en serio temía ver esas fotos. Respiró hondo y quitó la hoja blanca que ocultaba el contenido.

El sonido de la puerta la alertó y pudo salir del trance que le había causado el contenido de aquellas imágenes. Las miró rápidamente y cada una era peor que la otra.

—¿Sango? —Lo escuchó llamar. Era Miroku, era ese maldito infeliz…

Ella no respondió al llamado. Seguía de espaldas. Respiraba con dificultad y empezaba a sentirse un poco mareada. Sintió la sangre agolparse y el corazón latirle en la cara.

—¿Era por esto? —Pronunció con odio, arrastrando cada palabra. Con lentitud, regresó la mirada a su ex prometido y retuvo el llanto—. ¡¿Por esto me querías dejar?!

—Sango, te juro que quise explicarlo, pero…

—¡Explicar qué, infeliz! ¡¿Explicar cómo te estabas acostando con tu ex y posible amor de tu vida?! —Arrojó con ira las fotos al suelo y cuando lo vio venir hacia ella, tomó la lámpara más cercana que encontró y lo amenazó—. ¡Ni se te ocurra tocarme! ¡Me das asco!

—¡Sango, por favor escúchame! —Estaba ahogando el llanto. Se sentía destrozado por dentro. A pesar de que ya estaba preparado para eso, nunca era fácil ver a la persona que amas despreciándote por algo que jamás pasó.

—¡Lárgate! ¡Lárgate ya! —Comenzaba a jadear por el dolor en el abdomen y el mareo—. ¡Vete o juro que te partiré las piernas!

Miroku bramó frustrado y echó un grito al aire. Salió de la estancia casi corriendo, no quería alterarla más. Al menos por ese momento…

Cuando Sango se vio sola, corrió hasta su celular y llamó a la única persona que podía salvarla en ese momento.

—Kagome, Kagome, por favor, ven… llama a una ambulancia.

¡¿Sango?! ¡¿Qué es lo que pasa, qué tienes?!

—Kagome… —jadeaba, sentía que algo dentro de su cabeza iba a explotar— no llames a mis padres por favor, yo te contaré, no los llames, te lo suplico…

¡Sango, por Dios, de qué hablas!

—¡Llama a una ambulancia ahora!

La línea quedó en silencio y Kagome se escuchaba sollozar desesperada y moverse a todos lados marcando un número.

¡¿Sango?! ¡Responde! ¡Sango!

Continuará


¡Al fin han terminado InuYasha y Kikyō! ¿No es reconfortante para ambos? Yo lo siento así, ya era hora de que pasara. Me gustó mucho escribir estas escenas, en general, este capítulo me encanta por la carga emocional de los personajes y porque dan pie a todo lo que se viene. ¡Mil gracias por leer!

Quería agradecer a:

Elyk91: ¡Cómo me alegro de haberte encontrado en redes! Muchas gracias por tu hermoso comentario y por los de siempre que me hacen tan feliz. ¿Por qué todos odian a Yura? Es un lindo personaje XD lo que trama Kōga no lo vas a ver venir. Sí, InuYasha necesitaba un psicólogo por todo aquello que ha estado pasando. Kagome, con todo lo que le viene encima no va a tener tiempo.

Inoue995: ¡Hey, bienvenida al fic! Qué hermoso tu comentario, en serio muchísimas gracias por disfrutar de mi trabajo, es con amor. ¡Disfruta, por favor! Actualizo seguido. Mil besos.

Tuttynieves: Siempre es demasiado grato verte en mis actualizaciones, gracias por pasarte a comentar seguido. No mates a Yura :c ¡Tú también eres súper, hermosa!

Laurita Herrera: ¡Gracias, bella! Ha sido una travesía enorme, una historia llena de muchas emociones y trabajo duro. Me alegro tanto que te haya gustado. Se acerca lo bueno.

Dianirus: ¡Qué comentario tan hermoso! Wau, me sorprende mucho cómo son capaces de engancharse con esta historia dedicando días a leerla completa. Es realmente maravilloso. Me alegro tanto por eso. ¡Sí! Ahora comenzaré el proceso de corrección de todo el fanfic, así que me tendrán por aquí un rato. Son más de 70 capítulos, pero actualizo rápido. ¡Es tan gratificante saber que percibes buenos giros de trama y la construcción de personajes! Te comento que varias escenas las actúo físicamente para escribirlas y ensayo los diálogos, me ha costado hasta más de cuatro días estructurar cierto capítulo, así que, que ustedes noten todo eso reflejado en la historia es maravilloso y me hace feliz. Miles de gracias, por favor, pásate seguido.

A CrisUL, a AIROT TAISHO, Cecilia e Iseul por seguir la historia y estar pendiente conmigo en redes dejándome mensajes hermosos. Las adoro.

En el próximo capítulo:

«—Tu presión fue regulada, Sango, ¿cómo te sientes? —Le inquirió, mientras revisaba el pase de suero y anotaba un par de cosas.

—Solo quiero saber cómo está mi bebé. —Su tono era muy serio, pero en realidad se estaba preparando para lo peor.

[…]

—Estoy bien, no se preocupen por mí.

—Solo quería pedirte perdón —susurró Taishō, sintiendo la pena embargarlo. Recordaba el cuerpo magullado de su hijo y sentía ganas de llorar— por todo lo que te dije antes, cómo te traté y aquel golpe, yo… —Midoriko le agarró de la mano, dándole fuerzas—. Lo lamento.

[…]

—Ese InuYasha es un imbécil, ¿no lo crees, Shinto? —Hipó, riendo, bobo por el alcohol. Shinto frunció el ceño, sin entender una palabra—. Es mi mejor amigo, pero es un tonto. —Volvió a reír.

—¿Se encuentra bien, señor?»