El alba despunta sobre las tierras del mundo ninja. Ante los ojos del populacho la Aldea de la Hoja se encontraba en una perfecta tranquilidad que ya era común para ellos. Ningún civil sospechaba o imaginaba los planes que en secreto se urden en su ciudad; tanto buenos como perversos.

A primera hora de la mañana de ese día la Hokage, aquella hermosa mujer de largo cabello rubio, acudió al hospital de la aldea. Fue secundada por el jounin Gai, que fungía como su guardaespaldas personal para la cita a la que acudía. Llegaron sin dilación, y sin mediar palabra alguna con el personal médico, hasta la habitación última del ultimo nivel del edificio. Al ingresar se toparon con el ronin Hideo Fujigawara, quien permanece allí siendo atendido por sus heridas tras su encuentro con un grupo de samuráis que intentaron asesinarlo.

Shizune, la fiel asistente y discípula de Tsunade lo ayudaba a colocarse una camisa tras el cambio de vendaje que resguardaba sus heridas. El hombre de cuarenta años de edad poseía el porte y complexión de alguien mucho más joven, detalles que la pelinegra no podía pasar por alto al tenerlo tan cerca, teniendo que palpar aquel torso masculino trabajado arduamente con entrenamiento.

–¿Le duele mucho, señor? –preguntó ella bajando la camisa por su espalda. Con la mirada detallaba los fornidos brazos del samurái.

–Bastante –respondió él con una amable sonrisa–. Agradezco mucho sus atenciones, señorita Shizune.

–No se preocupe –dijo con una sonrisa.

–Shizune –llamó Tsunade con un semblante severo. No le agradó verla tan empeñada en ayudar al ronin–. Necesito hablar con él –ordenó cruzándose de brazos.

–Si, mi lady –respondió con respeto. Se alejó de Hideo y se colocó detrás de Tsunade.

–Buen día, señora Tsunade –saludó Hideo con cortesía mientras se sentaba en el borde de la cama.

El ronin se mostraba muy relajado y sonriente; quizás era porque su estancia en ese hospital, a pesar de ser restringida, era muy atenta y cálida. No obstante, también se notó mucho más afable cuando la vio a ella.

–Veo que comienza a recuperarse, señor Hideo –dijo Tsunade mirándolo con escrutinio.

–Así es, y es gracias a sus atenciones –comentó con agradecimiento–. No obstante, aun sigo sin entender el motivo de mi estancia en este lugar.

–Te salvaron la vida, ¿y reniegas de eso? –cuestionó Gai con un semblante adusto y poco cortes para con el ronin. El jounin permaneció junto a la puerta en todo momento vigilando con recelo a Hideo.

–No malinterprete mis palabras. Claro que agradezco mucho que me hayan auxiliado; es solo que me es muy difícil creer que fue únicamente por altruismo. Se que ustedes son ninjas y esperan algo de mí, ¿mas no sé qué es?

–Lo único que esperamos a cambio por salvarle la vida es información –sentenció Tsunade mirándolo con seriedad.

–Si, eso supuse –suspiró Hideo con desanimo.

–Empecemos con algo sencillo, ¿quién es usted y porque otros samuráis intentaron asesinarlo? –preguntó la Hokage tomando asiento en un mullido sofá frente a la cama del ronin.

Hideo no respondió, tampoco la miró, permaneció con el rostro agachado y la mirada en el suelo. Junto sus manos y suspiró profundamente. Así estuvo un largo rato hasta que comenzó a desespera a los ninjas.

–Va a responder o…

–Es muy curioso, ¿sabe? –la interrumpió él–. Cuando más deseas algo, por más sencillo que sea, no sueles conseguirlo; es frustrante, muy frustrante. Todo lo que quería era vivir en paz, lejos de conflictos, peleas, disputas y guerra; era lo que más deseaba. Pero haga lo que haga, termino metido en dichos problemas: es frustrante en serio.

–¿De qué habla? –cuestionó Tsunade sin entender tal expresión–. Usted es un samurái, ¿no?

–Lo fui, por muchos años fui un samurái; pero decidí convertirme en un ronin –con un rostro ausente de sonrisa y mucho menos animoso que hace unos momentos, miró a Tsunade–. Mi nombre es Hideo Fujigawara, y soy un ronin; un samurái sin amo, un hombre libre.

–¿Es decir que todos los samuráis deben servir a un amo para llamarse samuráis? –preguntó Shizune con curiosidad.

–Si, así es –afirmó él asintiendo.

–¿Por qué decidió dejar de servir a su amo? Si es que alguna vez tuvo uno.

–Bueno, yo serví a muchas personas a lo largo de la segunda mitad de mi vida. El último hombre al que serví es un daimyo; un noble poderoso y líder de un clan de mucho renombre. Mi servició hacia él fue puramente falso; lo único que yo deseaba era que me trajeran a este mundo y luego poder escapar para alejarme de ellos. Eso fue lo que intenté hacer.

–¿Escapar de ellos? Habla como si te retuviera cautivo de alguna manera –terció Gai arqueando la ceja.

–Es una forma de verlo. En síntesis, un samurái es un esclavo. Nuestra ideología nos obliga a servir ciegamente a nuestros amos quienes tienen sobre nosotros tal dominio que pueden decidir si vivimos o no.

–Usted huyó de ellos porque ya no deseaba servirles; ¿por qué decidió desaparecer en medio del mundo ninja?

–Mi idea no era únicamente huir de los samuráis; era dejar de ser la persona que alguna vez fui y volverme un viajero errante, conocer este mundo y vivir lo que me queda de vida en la paz más placentera y relajada de todas.

–Es un poco complicado entender eso…

–Si, lo es. Durante el trayecto desde nuestro continente a este discernimos por días y noches sobre un posible choque cultural. Mismo que estamos teniendo en este momento –sonrió Hideo–. Ustedes no son capaces de entendernos y nosotros no podemos entenderlos a ustedes. Demasiados siglos separados nos han alejado tanto que parecemos especies diferentes.

–¿A caso no somos diferentes? –inquirió Gai, frunciendo el ceño.

–Si, y no –fue la respuesta de Hideo–. En apariencia lo somos, en tradiciones también, pero muy en el fondo ninjas y samuráis somo las dos caras de la misma moneda: somos humanos.

–¿Las dos caras de la misma moneda? –repitió Tsunade confundida–. Somos muy diferentes; yo misma he visto a los samuráis, sus ropajes, sus formas de pelear y, sobre todo, sus deseos sobre esta tierra; son invasores con deseos mezquinos.

–¿Acaso no respiramos el mismo aire? ¿no caminamos en dos piernas? ¿no comemos de igual forma? Incluso compartimos la misma lengua. Si lo piensan bien, tenemos más parentescos que diferencias. Es solo que el tiempo y la situación nos nublan la vista. Tras mi deserción a los samuráis deambulé por mucho tiempo por este mundo como un humilde viajero. En cada lugar al que llegaba no dejaba de sorprenderme por los similares que somos cuando no los vemos desde un punto de vista militar. Ustedes ríen, lloran, corren, conversan igual que nosotros. No obstante, no puedo negar que sus acusaciones en contra de mi gente son verdaderas; los samuráis retornaron a este mundo con intenciones perversas, mas culparlos en conjunto es injusto, pues son siete los arquitectos de la situación aciaga que se gesta –explicó Hideo.

Gai se acercó a Tsunade y le susurró algo. Shizune no dejaba de mirar a aquel extraño hombre venido de otras tierras junto con los invasores que en algún momento atacaron brutalmente las tierras del País del Fuego causando defunciones, más este hombre pregona una idea no lejana a la realidad. ¿Es acaso que Hideo pretende decir que ninjas y samuráis pueden coexistir? A la vez afirma que las intenciones de los samuráis son malignas; algo muy confuso.

–Se que mis palabras le resultan ridículas, sin sentido, puede que piensen que solo estoy dando largas a sus preguntas –continuó hablando el ronin–. Se que buscan en mí conocimientos para enfrentar a los samuráis, ya sea para prepararse o por que ya han sufrido de sus embates con anterioridad.

–Así es –tajó Tsunade–. Hace no mucho un grupo de samuráis incursionaron en nuestras tierras; atacaron un puesto de control causando muchas bajas a nuestras fuerzas. Usted habla de que somo iguales, pero no es así –afirmó con repudió hacia los invasores–. Este es nuestro hogar y ustedes vinieron con pie de conquistador en busca de algo que no les pertenece. No podemos reaccionar de otra manera que no sea violenta.

–Si, eso es verdad. No puedo abogar por los samuráis; los conozco demasiado bien y lo que usted dice es completamente verdad: somos invasores. Lamento terriblemente lo que mis congéneres hicieron a sus tropas, no óbstate, me temo que usted está muy lejos de entender lo que buscan los samuráis y cómo funcionan; y me temo que no seré yo quien revele tal información.

–¿Te niegas a hablar? dijiste que habías escapado de los sumarais, ¿por qué les guardas lealtad? –cuestionó Gai acercándole hasta encararlo.

–No le guardo lealtad a nadie, salvo a mí mismo –respondió sin inmutarse ante la acosadora mirada de aquel ninja tan imponente–. Yo juré que no volvería formar parte de ningún conflicto, bajo ninguna circunstancia y de ningún lado. Revelarles información crucial sobre los samuráis me pone dentro del conflicto.

–Usted ya está dentro del conflicto, señor Hideo, lo quiera o no. Nosotros lo salvamos de esos que intentaron asesinarlo ¿Qué pasaría si usted sale de aquí y regresa a los campos? –dijo Tsunade en tono de amenaza. Se levantó de su asiento y también encaró a Hideo.

–Pues… probablemente intenten matarme de nuevo, y quizás lo logren –respondió él, más lo hizo con una sonrisa tranquila–. Si desean que abandone su ciudad lo haré con gusto y no sin agradecerles sus atenciones y socorro.

–¡Usted no se irá! –exclamó Tsunade molesta por esa actitud tan tranquila e irritante. Se volvía desesperante hablar con ese hombre. De la nada lo tomó por el cuello de la camisa y acercó su rostro al de él–. Usted se quedará aquí y hablará a su debido tiempo…

–La tortura no servirá de nada; puedo tolerar el dolor –la tranquilidad del ronin se vio cortada por el gesto tan abrupto de aquella mujer. Los ojos de Hideo se posaron en los majestuosos ojos de la Hokage, siendo incapaz de no perderse en ellos–. En verdad no deseo problemas con ustedes; lo mejor será que me dejen marchar y prometo no retornar a sus tierras nunca más.

–No se irá –afirmó Tsunade con el ceño fruncido. Lo miró con semblante atemorizante, casi impropio de ella–. Pronto tendrá que decidir de qué lado quiere estar. No tendrá que preocuparse sobre cómo vivir lo que le queda de vida: porque tal vez no los viva.

Tanto Gai como Shizune se sorprendieron ante la amenaza; ninguno de ellos conocía esa faceta tan oscura de su Hokage. Incluso el mismo Hideo no pudo permanecer sereno ante esa mirada de ojos de gran belleza, pero que evocaban un aviso de muerte. No hubo más palabras después de eso, Tsunade se dispuso a irse seguida de Gai y Shizune.

–Disculpe –la llamó Hideo con una voz muy suave. Ella solo lo miró por encima del hombro–. ¿Puedo saber que hicieron con mi espada?

–Eso no es de su incumbencia –tajó la rubia.

–Entiendo. Les sugiero que la manejen con mucha precaución y no dejen que salga de la funda –explicó Hideo.

Los ninjas no hablaron más con él y se retiraron de la habitación. Quedó solo y sumido en sus pensamientos cada vez más enturbiados. Un escalofrió le recorrió la espalda al recordar la amenaza de esa mujer. No podía negar que estaba intranquilo por ello; no por la amenaza en sí, sino por el rostro de Tsunade que no había tenido tan cerca hasta ahora y no había detallado hasta ese momento.

–¿Por qué se parece tanto a mi Yumie? –murmuró con voz temblorosa. Su mirada se dirigió a la ventana de la habitación que lo dejó perderse en el horizonte de un cielo azul y despejado–. ¿Qué es lo que el destino quiere de mí?... "Equilibrar la balanza"

Horas más tarde, ya por la noche de aquel día, cuando la mayoría de personas comienzan a retornar a sus hogares. En un bar poco concurrido se encuentra una mujer de largo cabello oscuro y encrespado, figura atractiva y ojos rojos, es la líder del equipo 8, Kurenai.

Ya ha pasado más de una semana desde lo ocurrido en la batalla contra los samuráis que atacaron el País del Fuego, batalla que dejó como resultado el fallecimiento de Shino Aburame discípulo de Kurenai. La sensei aún no había logrado superar tal perdida. El motivo va más allá de lo ordinario. La relación entre ella y los miembros de su equipo siempre fue cercana y, aunque ellos dejaron de ser simples genins, ella los seguía apreciado igual que cuando eran sus discípulos.

La muerte Shino trajo no solo el dolor de la perdida sino la fractura en sus convicciones. La idea de que tal vez fue su culpa rondaba constantemente su conciencia de una u otra manera. El sosiego que no hallaba en nadie más lo encontró en el alcohol. Los tragos a los que recurría constátenme por las noches eran lo único capaz de diezmar su culpa.

Aquella noche la hermosa jounin había acudido al bar en busca de unos tragos apaciguadores; sin darse cuenta la bebida pudo con ella y terminó en un notable estado de ebriedad. No se preocupaba mucho por las personas que la miraban, eran realmente pocos los comensales. No obstante, entre ellos había una figura encapuchada que la vigilaba con mucha atención.

A simple vista era de baja estatura y complexión delgada; se podía vislumbrar una larga cabellera negra por los laterales de la capucha y la figura de una mujer. No hacia el menor sonido y se movía muy poco, permanencia vigilando a la jounin de ojos rojos.

Embriagada y dolida por la culpa terminó la última botella; dejó sobre la mesa las monedas correspondientes al pago y se retiró del lugar sin dirigirle la palabra a nadie; ni a los meseros que se preocupaban por su estado y le preguntaban si se sentía bien. Salió con paso tambaleante y murmullos ininteligibles hacia la oscuridad de la fría noche.

La mujer encapuchada procedió entonces a salir tras de ella. La divisó caminando por las calles y la siguió de la manera más sutil posible, manteniendo la distancia para no levantar sospechas. Kurenai, absorta en su embriaguez y culpa autoinfligida, no se percató en ningún momento de aquella asechadora.

Al cabo de unos minutos la jounin llegó hasta el cementerio e Konoha, un lugar silencioso y aislado dentro de la ciudad. La mujer caminó hasta la tumba más recientemente erigida. Una lápida porta el nombre del joven allí enterrado. Con tan solo dieciocho años, Shino Aburame. Bastó leer el nombre sobre la lápida para que la mujer se quebrara y callera de rodillas ante el sepulcro.

–¿Qué hice mal? –se cuestionó con voz lastimera y ojos cristalinos–. ¿Fue mi culpa? Intenté salvarte; te instruí como mejor lo creí… ¿Qué hice mal? –murmuraba entre sollozos que emanaban lágrimas de tristeza de sus ojos.

La sombra vigilante se acercó en sumo silencio, caminando como un fantasma por la grama verde de aquel camposanto. A su paso descalzo la grama se escarchaba y se tornaba gris; parecía un espectro de la muerte deambulando como sombra hacia una incauta mujer.

–Quisiera tanto haber sido yo –continuaba chillando Kurenai acariciando torpemente la lápida–. No es justo que mueran tan jóvenes. E-esos malditos samuráis; malnacidos hijos de perra. Si tan solo pudiera hacer algo te juro, Shino, que tu muerte no quedaría sin respuesta.

–¿Es injusto? –cuestionó la voz de una mujer a su lado. Era joven, pero susurrante y siniestra. Su aura emanaba frio.

Kurenai, que no pudo presentirla dio un salto seguido de un grito por el susto ante la sombría imagen a su diestra. Cayó al suelo recostada mirando a aquella encapuchada. Si la cabeza no le diera tantas vueltas por causa del alcohol se levantaría de un salto y se pondría en guardia.

–¿T-tú quién eres? –cuestionó la jounin de ojos rojos a aquella chica encapuchada.

–No soy un enemigo, tampoco alguien que venga en busca de tu martirio –respondió ella mirando la lápida del chico difunto–. Es injusto, ¿verdad? Una flor joven que recién abre sus pétalos fue cortada por la espada del invasor.

–S-si…injusto –murmuró Kurenai levantándose.

–Mi familia cuida el cementerio desde hace generaciones –siguió hablando aquella extraña chica con parsimonia–. Estuve aquí el día que el joven fue enterrado; percibí mucho dolor en su familia, un dolor profundo que cala la voluntad y anhela la venganza.

–Shino era muy amado en su familia –agregó Kurenai con un nudo en la garganta.

–Lo supuse. Aquellas personas murmuraban su deseo más pronto; clamaban por una respuesta de la aldea en contra de los asesinos de su hijo: ¿no es eso lo correcto?

–No…bueno, quizás… la Hokage dijo que no habría respuesta militar fuera de las fronteras de la aldea. Ella cree que es mejor esperar…

–¿Mejor? –cuestionó la chica–. ¿Mejor para quién? ¿Para los samuráis quizás? Si asesinaran a un miembro de mi familia yo clamaría por la justa venganza.

–Lady Tsunade sabe lo que hace; es muy pronto para entrar en guerra con los samuráis…

–¿Sabe lo que hace o tiene miedo? –la cuestionó.

–¿Miedo? Claro que no, ella jamás tendría miedo de esos asesinos; ella hace lo que considera mejor para la aldea –espetó la mujer ofendida por los cuestionamientos de esa extraña chica.

–Cuando alguien te abofetea con fuerza y sin decoro, ¿es lo mejor retroceder y agachar la cabeza aun con la mejilla enrojecida? –sus palabras seseantes se agolpaban en la conciencia de la mujer haciendo mella en su postura–. Ella teme; se rodea con los ninjas más fuertes de la aldea y se niega a hablar con aquellos que considera inferiores.

–¿Inferiores? –replicó frunciendo el ceño. Recordando con precisión las reuniones privadas con Jiraiya, Gai y Kakashi y como estos tres ninjas casi siempre la siguen a donde sea que va.

–Si, ella tiene miedo, no sabe qué hacer, es una situación más allá del conocimiento de cualquier Hokage. ¿No sería mejor que alguien con el coraje y la inteligencia correcta tomara las riendas de la aldea? –sugirió con sutileza la chica.

–¿De quién hablas? –cuestionó Kurenai anticipando la respuesta.

–No lo sé –se encogió de hombros buscando la astucia–. Solo espero que llegue alguien que si pueda protegernos: sea quien sea –dio media vuelta y se dirigió a la salida del cementerio–. Sigue llorando a tu discípulo muerto; puede que cuando la aldea esté rodeada por el enemigo la Hokage se digne a responder las injurias del invasor: cuando sea demasiado tarde.

Tal como una sombra se aleja con la luz, esa chica misteriosa lo hizo del cementerio; dejó a Kurenai sola con sus pensamientos y sus dudas, dudas que se alejaron de sí misma y se enfocaron en la rubia que comanda la aldea con inciertas decisiones.

La encapuchada se encaminó a un callejón cercano, allí otra persona encapuchada le esperaba. Este hombre entornó una sonrisa al verla acercarse.

–Tienes una lengua muy afilada Hanako –sonrió aquel sujeto, haciéndole una reverencia burlesca–. Debo tener mucho cuidado por si te pones en mi contra algún día.

–¿Escuchaste lo que hablé? Te dije que no te acercaras, Doga, pudo percibirte y lo hubieses arruinando todo…–le reprendió la chica.

–Descuida, bajo ninguna circunstancia ella pudo percibirme. ¿y bien? Crees que su lealtad se quiebra en favor de lord Danzo.

–He sembrado en su mente la semilla de la duda. Tarde o temprano comenzará a juzgar el accionar de Tsunade, lo que la hará buscar a alguien que si satisfaga sus deseos. Se unirá a lord Danzo, lo sé. ¿Hiciste lo propio con el clan Aburame?

–Por supuesto, por supuesto. Ellos más que nadie exige la sangre del invasor por el asesinato de su hijo: están dispuestos a seguir a Lord Danzo cuando sea necesario. Debemos seguir reclutando más ninjas y ponerlos encontrar de Tsunade Senju. Kazuma estuvo pensando en eso; tiene ideas interesantes –comentó Doga caminando en la oscuridad de aquel callejón–. Los Inuzuka parecen rejegos ante las órdenes de la Hokage, comparten la indignación del clan Aburame ante el ataque samurái, podemos sembrar discordia en ellos para que se liberen de esa cadena de lealtad que oprime sus cuellos –terminó riendo por su referencia al estilo de los Inuzuka.

–Eres tan ocurrente, Doga –murmuró con sarcasmo la chica que lo seguía.

–Por otro lado, el clan Hyuga se abstiene de cualquier ofensiva militar, creen que la Hokage hace lo correcto. Pero, esos bastardos de ojos perlados tan petulantes y orgullosos tienen esa postura porque no fue la sangre de su clan la que se derramó, cosa que Kazuma maquina como cambiar.

–Los Hyuga no cambiaran su postura con facilidad, son demasiado rectos y orgullosos –comentó Hanako.

–Lo sé, a no ser que sea su sangre la que se derrame por un ataque del invasor –sonrió de forma perversa mirando a su compañera por encima del hombro.

–Sería una coincidencia muy fortuita que los samuráis vuelva a atacar y asesinen a un Hyuga…

–¿Por qué esperar? Los Hyuga han estado haciendo muchas misiones de exploración en las fronteras del país; bastaría con que un grupo fuerte y certero de ninjas encapuchas los atacara y montaran todo un teatro para culpar de ello a los samuráis.

–¿Estás hablando de asesinar nosotros a un Hyuga? –cuestionó Hanako sorprendida.

–¿Uno? No, mejor dos o tres o todos los que podamos. Y, si es de la rama principal de la familia, pues mucho mejor, ¿no crees?

Ambas sombras encapuchas se perdieron en la silenciosa noche, alejándose en dirección hacia su escondite principal.

La noche transcurría con normalidad aquel día en Konoha. Podía ser apacible y agradable para muchos, mas no para todos. Cierto hombre confinado a una habitación de hospital permanecía despierto, incapaz de conciliar el sueño, aunque lo buscara con ahincó. Hideo, el ronin, estaba en la ventana de su habitación mirando la tranquilidad nocturna de esa ciudad tan cautivadora.

Aunque la vista era esplendida desde allí su mente lo alejaba de tan grata visión y lo sumía en una vorágine de dudas y temores. De principio a fin; su anhelado sueño de vivir en paz y tranquilidad la vida que le quedaba parecía cada vez más lejano, casi imposible. Los samuráis le pusieron precio a su cabeza, no descansaran hasta no matarlo. Puesto que la sombra del Shogun cada vez arraiga y crece en estas tierras la idea de huir es cada vez más improbable. Ahora es prisionero de un grupo de ninjas que, aunque lo han tratado con cortesía, no ocultan que lo han hecho meramente por interés en sus conocimientos. Tal como la rubia de gran belleza le mencionó, ha de elegir un lado en esta situación pues no es alguien que pueda pasar desapercibido y que no cause interés para ambos bandos.

Aunque sus palabras por la mañana afirmaban la similitud entre ninjas y samuráis, así como la posibilidad de la coexistencia entre ambos, sabe perfectamente que el problema no es el choque culturar sino las perversas intenciones de los invasores, llamados así de forma correcta, pues han llegado a este mundo únicamente con la intención de conquistarlo sin ningún derecho. Los ninjas son solo las victimas en este teatro de guerra que se avecina, son estos incautos las víctimas y los samuráis los victimarios, eso es innegable.

Tales dudas y reflexiones están enmarcadas por una frase dejada por el recuerdo de su esposa: Equilibra la balanza. Una y otra vez se la repetía, se negaba a creer lo que entendía con esa frase así que buscaba otro significado oculto entre sus letras, significado inexistente pues aquella frase únicamente tiene un objetivo y un propósito, aunque él se niegue a aceptarlo.

Fueron sus ojos los que lo sacaron de su ensimismamiento. Divisó frente al hospital a dos mujeres caminando tranquilamente. Reconoció a una de ellas, es la pelinegra asistente de la señora Tsunade. Camina en compañía de una chica joven de tez clara y cabello rubio, quien en sus brazos llevaba bolsas con víveres.

–Muchas gracias por acompañarme, había olvidado comprar comida; lamento molestarte tan tarde Shizune –decía con cierta vergüenza la rubia.

–No es nada, Yugito. Ahora que Naruto no está es mi deber ayudarte –respondió Shizune con amabilidad.

–Si, Naruto –murmuró la más joven con una leve sonrisa–. ¿Crees que él tardará mucho en volver?

–No lo sé, quizás. Tiene que viajar muy lejos de aquí –respondió ella. Entonces notó que no era la primera vez que Yugito mencionaba el nombre de Naruto o pregunta por él–. Yugito, he notado que Naruto te agrada mucho.

–S-sí, claro. Es un chico muy gentil y amable, ha sido muy bueno conmigo –respondió un tanto nerviosa y con las mejillas sonrosadas–. Pero supongo que él es así con todo el mundo, ¿no?

–¿Y si te dijera que no? –inquirió mirándola de reojo solo para probar su reacción.

–¿En serio? –cuestionó la rubia sorprendida, casi halagada al pensar que ese trato tan afable es únicamente para con ella.

–Es broma, él es así con todos. Es la persona más amable que puedes conocer, y siempre está dispuesto a ayudar a quien lo necesite sin importarle quien es o de donde viene. Él es así.

–Si, así es él –murmuró la rubia con una amplia sonrisa que se formaba únicamente cuando pensaba en ese chico.

Desde el quinto piso del hospital Hideo las miraba deambular, nada escuchaba de la conversación, y solo llamó su atención porque reconoció a Shizune. No obstante, rápidamente su mirada se posó en algo más, algo sumamente extraño.

Un ave de gran tamaño avanzaba rápidamente por el aire, era blanca como el papel y parecía dejar a su paso una sustancia negra similar a la tinta. Sobre ella había un hombre encapuchado de pie. Avanzaba rápidamente hacia las mujeres que caminaban por la calle vaticinando un ataque muy fuerte.

Hideo lo vio todo, más no hizo nada al instante, estaba paralizado por el temor. Vio a aquel sujeto levantar su brazo en dirección a la pelinegra y le disparó algo.

–¿Te quedarás en el hospital hoy? –preguntó Yugito a Shizune.

–Si, tengo trabajo aquí hoy –respondió ocultando que debía vigilar a Hideo también–. Mañana por la mañana puedo ir a tu casa para…–soltó un chillido al sentir que un dardo se le clavaba con fuerza en el cuello.

Entonces el ave de blanca embistió a Yugito con fuerza brutal; la derribó y la arrastró por el asfalto varios metros golpeándola contra el duro suelo en diversas ocasiones. Shizune trató de reaccionar, pero el dardo que le dispararon comenzó a hacer efecto casi de inmediato aletargándola.

–¡Yugito! –exclamó sacando de sus ropajes un kunai. Cuando el ave se desvaneció, dejando mucha tinta a su alrededor, notó que no había nadie cerca. Yugito quedó en el suelo adolorida y aturdida por tal embestida.

Una sombra se posó detrás de Shizune; la mujer reaccionó e intento atacarlo con el kunai. El alto y fornido hombre bloqueó el ataque y respondió con un poderoso puñetazo que impactó de lleno en la cara de la pelinegra. Perdió el equilibrio y fue acatada de nuevo con una patada directa a la cara que la derribó y la estampó contra un muro del hospital.

–¿Q-quien mierda eres? –masculló escupiendo sangre, con la vista borrosa y el cuerpo demasiado pesado como para levantarse.

–No necesitas saber eso –afirmó aquel encapuchado sacando un cuchillo de su manga–. Tengo que eliminarte antes de llevarme a la extranjera.

Se escucharon cristales romperse por encima de ellos. Ambos ninjas miraron hacia arriba y vieron un destello amarillo caer sobre el encapuchado quien reaccionó saltando hacia atrás.

El ronin cayó de pie sobre el suelo con las piernas emanando un fulgor amarillo que se desvaneció momentos después. Se situó entonces entre Shizune y el agresor. La caída le resultó dolorosa, no por la altura o el movimiento en sí, sino por la herida en su abdomen que no tardó en volver a sangrar. Aun así, el hombre de larga cabellera negra no mostró el dolor y se cuadró ante el encapuchado.

–No es de caballeros atacar por la espalda –fue la advertencia del ronin. Los puños de Hideo se recubrieron de ese brillo amarillo–. No quiero pelear, pero tampoco puedo dejar que las lastimes: vete ahora y evitemos esto.

–¿Quién diablos eres tú? –gruñó aquel hombre sacando otro cuchillo de la otra manga–. Quizás no importa, igual debo eliminarte.

–S-señor H-Hideo –murmuró con debilidad Shizune, sucumbiendo lentamente a lo que ese dardo vertió en su interior. Lo último que sus ojos vieron fue a ese hombre, alto y portentoso protegiéndola.

Continuara…