Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Capítulo 50.
Cuando despertó sintió que todo le daba vueltas. Se removió incómoda en la camilla y apenas hizo un ruido, su amiga estuvo casi sobre ella.
—¡Sango!
Por un momento vio el rostro de Kagome y estaba bañado en lágrimas. No estaba exagerando, en serio se veía mal.
—Kag…
La oyó gritar a un médico o algo así, no supo muy bien. De inmediato recordó por qué estaba ahí y trató de tocarse el vientre, sin embargo, tenía puestas las agujas de un suero y eso le impidió poder mover un brazo. Quiso llorar y se maldijo internamente: por supuesto que Kagome ya sabía.
—Tu presión fue regulada, Sango, ¿cómo te sientes? —Le inquirió, mientras revisaba el pase de suero y anotaba un par de cosas.
—Solo quiero saber cómo está mi bebé. —Su tono era muy serio, pero en realidad se estaba preparando para lo peor.
—Afortunadamente pudimos salvar tu embarazo, Sango —la aludida suspiró como si le hubieran quitado un gran peso de encima—. Tu embarazo es muy riesgoso, ¿llevas algún control con tu obstetra?
Ella asintió y volvió a removerse. Sentía sueño y más alivio.
—Te pasaré el informe médico apenas pueda irme de aquí, Bankotsu.
Bankotsu Yamada había sido el médico de su familia y de la Taishō por casi una década. Desde muy joven había empezado a trabajar en la clínica privada «Perla Shikon». En ese lugar se hacían atender de todos los médicos que más podían, excepto ella, que siempre había sido paciente de la ginecoobstetra Shiori Yoshida, incluso antes de irse a Inglaterra.
Podía confiar en él.
—De preferencia vete mañana, que el suero tarda doce horas en acabarse y apenas llevas dos. No está demás tenerte en observación. —Ultimó detalles y vio la hora—. Kagome está ahí, pendiente de todo, le mostré los resultados de tus exámenes.
Sango suspiró, avergonzada.
—Por favor, no le digas a nadie más. —Lo miró directamente, cuando el médico estaba a punto de dejar la estancia—. Ni a Kikyō, ni a InuYasha y mucho menos a Miroku.
El aludido asintió, sin entender nada, pero principalmente respetando la decisión de su paciente.
—Como quieras. —Avanzó hasta la puerta y cuando la abrió, regresó la vista hacia Tanaca—. Tienes suerte, Sango.
—¿Qué? —Frunció el ceño. Entre tanta desgracia no parecía que le estuviera diciendo en serio—. De qué hablas.
—Suerte de tener una amiga que se preocupe tanto por ti, créeme… yo vi a Kagome hoy.
Sango no dijo una palabra ante eso y lo oyó cerrar la puerta. Quiso llorar mucho cuando estuvo sola; sabía que las palabras del doctor eran completamente ciertas. Se sentía muy miserable, Kagome no merecía que le hubiera ocultado algo como eso. Y mucho peor, que le ocultara cuando ya Miroku se había ido de su vida. No era posible. Trató de pensar que ella se hubiera sentido peor si el caso fuera al revés.
Después de un par de minutos, escuchó de nuevo la puerta y trató de sonreír ante la presencia de su mejor amiga.
—Kagome, yo…
—Lo importante es que el bebé está bien —se adelantó, sonriendo también—, sé que tienes tus razones para haberme ocultado todo esto, Sango, pero…
—Lo supe hace poco. —La interrumpió. Kagome tomó la silla para familiares que estaba en la esquina de la habitación y se sentó cerca de ella, como cuando cuidaba a InuYasha—. Y era una sorpresa para Miroku.
—Antes de ir por ti a tu apartamento, llamé a Bankotsu, él estaba descansando, pero accedió a ayudarme rápidamente. Cuando llegamos, te levantó y te llevó rápido fuera, pero noté las imágenes regadas por el suelo, Sango…
Automáticamente las lágrimas volvieron a invadir a la castaña, que parecía hervir por dentro.
—Esa maldita perra, esa maldita Yura.
Cuando llegó a casa y cenó, prefirió darse un baño. El hombro aún le dolía por su esguince, pero todo iba mejorando. Pronto tendría terapia. Y también presentaría su renuncia a la editorial. No quería hacer algo por un tiempo, quería evitar responsabilidades a toda costa.
Suspiró mientras se vestía y volvía a colocarse su férula. Se había puesto el ungüento y había vendado su brazo como el médico le recomendaba.
Su conversación con Kikyō aún le calaba en la mente. Era increíble que hubiera terminado con ella. Así, sin más; sin escándalos, sin lágrimas y sin problemas. Era de esperarse, se trataba de Kikyō Hishā.
Cuando estuvo listo, bajó las escaleras con tranquilidad, sintiéndose reconfortado por todos los gratos recuerdos que le traía el templo, que era su hogar. Al llegar al final, escuchó a sus padres hablar algo en la sala.
—InuYasha —oyó decir a Tōga. Era tan extraño todo. La última vez que se habían visto bien, él lo había golpeado—. ¿Estás bien, hijo?
Él asintió, caminando hacia la sala para acomodarse cerca de ellos, alrededor de la mesa. Sus papás lo miraron a casi instante, como si se fuera a romper.
—Estoy bien, no se preocupen por mí.
—Solo quería pedirte perdón —susurró Taishō, sintiendo la pena embargarlo. Recordaba el cuerpo magullado de su hijo y sentía ganas de llorar— por todo lo que te dije antes, cómo te traté y aquel golpe, yo… —Midoriko le agarró de la mano, dándole fuerzas—. Lo lamento.
—Lo que más me duele —no los miraba, no quería—, es que me quisieran obligar a unir mi vida a una mujer que no amo.
—Creímos que eso era lo mejor para ti. —Intervino la acabada mujer. Tantos secretos la estaban consumiendo y sentía que pronto ya no podría más.
—Pues se terminó —esta vez sí que los vio a la cara— le pedí la anulación de matrimonio a Kikyō.
Para ese momento de seguro que Sango habría visto las fotos y eso la ponía feliz como nada. En realidad no estaba satisfecha, ella solo quería una cosa y era Miroku, así que la venganza no la regocijaba como ella esperaba.
No le estaba yendo como quería: Kagura y Kōga ahora eran novios. Todavía le parecía tan extraño que esos dos hubieran terminado juntos en tan poco tiempo. A pesar de todo, ella seguía teniendo un hogar ahí, en casa de su ex y, además, salía con él ante cámaras si era necesario, lo apoyaba como figura pública. Odiaba eso, porque después de todo, quería casarse con Ikeda para que por fin le cediera algo de la editorial cuando le pidiera el divorcio, así que todos esos planes fueron estropeados por la rata que alguna vez consideró su amiga.
Por lo único que no la arrastraba de los cabellos era por lo que sabía de sus fechorías y las fotos que tenía. Kagura podía destruirla y ella no tenía armas para defenderse.
Para lo único que servía en ese momento, era para arrebatarle la felicidad a los tórtolos. Ansiaba ver el rostro lleno de desesperación de Sango cuando viera aquellas fotos: ya no habría boda, ya no habría vida juntos.
—Te lo advertí, Miroku.
Había tirado todas las pertenencias de InuYasha por doquier, dentro de la maleta y sobre la cama, esperando que se guarden como más pudieran, solo quería sacarlas de ahí.
Todo lo de InuYasha le resultaba fastidioso, sentía tanto rencor hacia él… de verdad quería vengarse, quería buscar a esa mujer, escupirle en la cara y decirle que era una perra, pero que se lo quedara, porque no necesitaba a un hombre que tenía que elegir entre dos mujeres y que una esas, fuera ella.
Ya había hablado con su abogado, así que desde el lunes comenzaban los trámites. Tal vez ese mismo día pase por la casa de su ex marido y deje sus cosas. Quería despedirse de los Taishō, ya que después de eso, se iría de nuevo a Inglaterra, como siempre debió ser.
Aunque antes iba a descubrir quién era la maldita mujer que le había robado la felicidad.
Y ese día, iban a conocer a Kikyō Hishā.
Miroku traía su billetera, así que el dinero no era el problema. Eructó y volvió a beber su shot.
Él bartender lo miró con preocupación mientras limpiaba las copas. El señor Miroku llevaba en «Shogun Bar» varias horas, bebiendo y bebiendo. Él lo conocía perfectamente, tenía años yendo a ese lugar junto con sus amigos, así que de alguna manera, tenía un aprecio por sus fieles clientes.
—Ese InuYasha es un imbécil, ¿no lo crees, Shinto? —Hipó, riendo, bobo por el alcohol. Shinto frunció el ceño, sin entender una palabra—. Es mi mejor amigo, pero es un tonto. —Volvió a reír.
—¿Se encuentra bien, señor?
—¡Claro! —Su voz se oía como un vórtice que te arrastraba a la ebriedad desde los sentidos de oído y olfato—. Intentó darme consejos que fracasaron, por eso estoy aquí. —Continuó, sintiendo ganas de llorar—. Pero fue mi culpa al creer que iba a arreglar mi situación con Sango.
—Señor…
—¿Cómo mierda iba a hacer eso si ni siquiera puede arreglar la situación con su propia hermana? —Rio fuerte, ante la mirada preocupada de Shinto—. Ups, ni debí decir eso.
—¿Desea que le llame a un taxi, señor?
—¡Lo único que yo quiero es que Sango…! —paró en seco, con sus pupilas vibrantes queriendo estallar. La poca gente que quedaba en el bar lo había estado observando por unos instantes—. Es que Sango vuelva a ser mía y que esa perra de Yura… se muera.
Eso fue lo último que dijo consciente, antes de caer sobre la barra, golpearse la cabeza y finalmente impactarse contra el suelo.
Ahora que sus padres ya sabían que follaba con su hermana, se habían puesto las cartas sobre la mesa y ya no tenía nada qué ocultarles, e incluso Kikyō ya no significaba un obstáculo.
Aceptar tener sentimientos no fraternales hacia su media hermana le había hecho mejor de lo que ellos creían.
—Todo este asunto no es lo que me tiene tan destruido —confesó, sintiendo que la atmósfera se tornaba tóxica—como ya lo sabrán, escuché su conversación en la clínica, mientras yo despertaba.
Golpe bajo.
Tōga y Midoriko sintieron la sangre drenarse de sus cuerpos, mientras palidecían, intentando defenderse. Entonces InuYasha ya lo sabía, por eso había estado tan distante con ellos en esos días.
—InuYasha, nosotros…
—Quiero saber quién es mi madre, en dónde está mi verdadera familia y quiero que me lo digan ahora. —Exigió, sintiendo que liberaba su alma por primera vez. Recordó entonces aquellos sueños extraños con la mujer de cabellos plateados que nunca había visto—. Quiero saber si esa mujer de cabellos plateados que he visto en mis pesadillas desde niño tiene algo que ver conmigo… —Su semblante serio pareció impactar en la cara de aquellos adultos—. Y quiero saber el motivo de su silencio.
Tōga se negó de inmediato. No era posible que InuYasha tuviera que saber que su madre, la única mujer que conocía en la vida, en realidad no lo era. Además, eso solo alimentaria la relación con su hermana y eso no lo iba a permitir.
—Déjame que le diga todo, Tōga, ¿hasta cuándo vamos a seguirlo ocultando?
—¡Por supuesto que no, Midoriko! Ya es suficiente, InuYasha, ya sabes esto y creo que es demasiado, ahora…
—¡Basta!
Se quedaron atónitos ante el grito de Midoriko, que jamás le levantaba la voz a nadie. Ella también se había incorporado de la mesa de la sala y miraba a su esposo con un poco de fastidio, ¿hasta cuándo dejaría de ser tan terco?
—No, InuYasha, yo no soy tu madre. —Esas palabras lo golpearon como balas puras: no estaba listo para esa confesión tan directa—. Tu madre se llama Irasue Daigo, aquella mujer de cabellos plateados de tus pesadillas. Y hoy te voy contar todo lo que pasó.
Continuará…
¡Vaya, ya son 50 capítulos! Increíble, es mi historia más extensa hasta ahora.
Vengo a decir que definitivamente mi escena favorita fue la de Miroku en el bar. Amé mucho escribirla y me dio mucha risa.
¡Bien, al fin se revelará el secreto! Para esta ocasión, es necesario que se pasen al tercer y último capítulo de «TŌGA Y MIDORIKO: SAKURAS MARCHITAS» ya que es ahí donde sabrán cuál es la conversación que han tenido InuYasha y sus padres. Ya que no la conté yo aquí, sino allá. Pásense y aten sus cabos sueltos. La historia se encuentra disponible en mi perfil de Fanfiction.
Saludos especiales a:
Inoue995: ¡Eso me emociona mucho! Millón gracias por leer, me hace muy feliz.
Gaby: Awww, tu comentario fue uno de los más emotivos de todos, me removió el corazón. Créeme que para mí también es complicado, ya que esta es mi Kikyō, mi InuYasha, mi Kagome, mi Sango, mi Miroku... Todos tienen algo de mí, pero espero los puedas ir comprendiendo. Eso de la confianza que mencionas es muy importante. Ah, la de Kagome va a venir pronto, créeme. ¡Cuánto me alegro que esta sea tu historia favorita actualmente!
Tuttynieves: ¡Me alegro de que la hayas puesto! Significa que soy buena con las indicaciones. Si, ya después Yura tiene su merecido. Mucha suerte.
Elyk91: ¡Ya sabes que amé tu comentario! Es hermoso poder conversar más cerca en redes. Espero leas ambos capítulos y no dudes en contarme lo que te pareció.
July: ¡Hermosa, cuánto tiempo! Muchas gracias por tu hermoso comentario, espero que ya estés mejor, hermosa. Te extrañaba por acá. Ay, me pides mucho para mi nivel de dramatismo.
Iseul: ¡Es una maravilla visual leer todos tus reviews, Dios! Gracias por pasarte, mi hermosa, iré pronto a responderte.
Laurita Herrera: Lo de Sango y Miroku está que arde. InuYasha y Kikyō ya debían terminar, por fin. No, Kikyō es que no puede sospechar ni por un segundo de Kagome, no tiene, vamos, ni idea.
Arc: hola, te amo.
Rosas Rojas: ¡Te dejé un mensaje al privado nuevamente! Es un honor tenerte acá.
Besos a Ally, CrisUL y AIROT TAISHO que están al pendiente. Las adoro.
En el próximo capítulo:
«Cuando se levantó y buscó entre sus cosas encontró álbumes de cuando era pequeño. Se observó a sí mismo, a su hermana y a sus papás. Una pequeña sonrisa se le escapó y quiso llorar, por primera vez desde que se había enterado de todo eso, quiso llorar.
[…]
—¡Tú acabaste con mi vida! ¡Acabaste mi relación con Sango!
—¡Cállate ya, Miroku! —Irrumpió Kagome, con los nervios de punta.
[…]
—Nunca he tenido nada contra ti, pero esta vez has hecho que sienta asco.
—Mejor date cuenta de qué mujer tienes a lado. —Se atrevió a decir, sin importarle una mierda.
[…]
—No te preocupes, si vas a venir seguido por aquí, deberíamos tomar un café. —Lo dijo tan natural, que ni siquiera pareció una invitación—. Debo irme, nos vemos pronto.»
