No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Solo una cosa podía superar ser despertado por una habilidosa amante chupando su polla: saber, sin siquiera abrir los ojos, que su llamada para despertar era entregada por su sensacional esposa.

―Bueno, buenos días para ti también ―dijo Edward, levantando la cabeza de la almohada para observarla hacer su magia.

Isabella sonrió con sus bonitos ojos color avellana a modo de saludo ya que su boca estaba ocupada. Lo tomó profundamente en la parte trasera de su garganta e incrementó la succión al retirarse. El vientre de él se apretó en un involuntario espasmo de deleite, y dejó caer la cabeza de regreso sobre la almohada, preguntándose qué había hecho para merecer este fenomenal reloj despertador.

Isabella movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo hasta que él estuvo tan duro que podría haber usado la polla para tallar mármol, y luego se retiró hasta que él salió de su boca. Él la observó en silenciosa admiración mientras ella gateaba hacia arriba por su cuerpo para sentarse a horcajadas de sus caderas.

―Mi temperatura es óptima ―explicó ella, llevando la mano entre las piernas para presionar la cabeza de su polla dentro de su resbaladiza abertura.

La carne de él palpitó de placer a medida que el apretado coño de ella lo tragaba centímetro a glorioso centímetro. Isabella quería un bebé casi tanto como él, y aunque lo habían intentado durante meses, no habían encontrado el éxito.

Recientemente, ella había recurrido a tomar su temperatura cerca de la mitad de su ciclo, esperando encontrar su momento fértil. Había ido de un acercamiento romántico a uno más científico cuando follar como conejos cuando fuera que estuvieran juntos en la misma habitación no había producido los resultados deseados.

―Yo debería estar arriba ―dijo él―. Para que la gravedad no trabaje contra nosotros.

Ella apretó los labios y asintió, pestañeando contra la repentina oleada de lágrimas en sus ojos.

Él se sentó y la envolvió con ambos brazos.

―No llores, cariño. Sucederá.

Ella se aferró a él como si temiera que estuviera a punto de abandonarla de nuevo. Él sabía que la mitad de su problema era que el programa de su gira con los Sinners los mantenía separados la mayor parte del tiempo.

―¿Cómo puede suceder cuando estás siempre en la carretera? ―dijo ella y acurrucó el rostro contra el cuello de él.

―Ahora no estoy en la carretera ―dijo él.

―Sólo porque el bus de gira fue partido en dos.

―Quizás tus ovarios lo planearon así ―dijo él y la hizo rodar hasta quedar de espaldas. Esperaba poner una sonrisa en su rostro, pero ella sólo le frunció el ceño.

―No bromees sobre el choque. Fue la experiencia más aterradora de mi vida.

Ella había trabajo mucho en ocultar su miedo hasta que estuvieron juntos a solas y ella se derrumbó completamente. Él había amado cómo ella había necesitado su fuerza para ayudarla a comprender el accidente que casi les había quitado la vida, pero no amaba que siempre hiciera falta una crisis que amenazara sus vidas para que ella mostrara algo de debilidad.

Él la besó profundamente y comenzó a mecer las caderas, instando a los recuerdos de esa horrible experiencia a que dejaran la mente de ella y la de él. Cuando ella se relajó debajo de él y comenzó a explorarle la espalda con suaves puntas de los dedos, él agitó las caderas para darle más placer.

Sabía que podía darle placer, pero no estaba seguro de si alguna vez le daría el bebé que ella tanto quería. Comenzaba a creer que había algo malo con su eficacia, lo cual le hacía desear un bebé aún más. Para probar que lo que tenía en los pantalones no estaba sólo de adorno. Que podía hacer bien el trabajo.

Isabella gimió suavemente, moviéndose contra él a la vez que su placer crecía. Él se elevó sobre los codos para poder observarla mientras se hundía en ella, retrocedía y luego se hundía en ella una vez más. Nunca se cansaría de mirarle el rostro o sus incontables expresiones; su alegría, su ansiedad, su pasión. Su miedo y tristeza. Su ira, ternura, sorpresa y amor. Él atesoraba cada matiz de su hermoso rostro y dudaba que alguna vez se cansara de observarla; ni siquiera cuando ambos fueran ancianos y estuvieran arrugados como un par de enamoradas pasas de uva.

―Te amo ―susurró cuando la emoción se volvió demasiado intensa para contenerla en su interior.

Ella le sonrió y levantó una mano para tocarle el mentón con barba incipiente.

―Yo también te amo, Edward.

Merecían tener esa máxima expresión de su amor. Merecían tener un bebé. Entonces, ¿por qué hacer uno les era tan condenadamente difícil?

Le hizo el amor lentamente, llenándola profundamente, esperando que ella encontrara su pico. La siguió en el orgasmo, plantándose firmemente contra la entrada de su útero mientras encontraba su liberación dentro de ella. Se retiró lentamente, intentando no alterar lo que había dejado atrás y luego apoyó la cabeza en el pecho de ella mientras lentamente recuperaba el aliento. Ella le pasó los dedos por el cabello mientras él rezaba porque esta vez lo hubieran hecho suceder.

Por favor, Dios, permítele ser feliz. Permítele tener un bebé. Mi bebé. Por favor.

―Vayamos a alguna parte ―dijo ella después de un momento―. Sólo nosotros dos. Nunca tuvimos una verdadera luna de miel después de nuestra boda y Seth dijo que pasará un tiempo antes de que sean capaces de volver a salir de gira. Además, mi licencia del trabajo se extiende por otra semana completa.

Irse de luna de miel sonaba como una genial idea para él. Mientras que pasar el tiempo con Isabella en Kansas City era maravilloso, sería espectacular alejarse de todo por un tiempo. Quizás quedarse en ese departamento donde el pervertido de su ex esposo había aparecido y la había hecho sentir insegura estresaba a Isabella.

Su mamá le había dicho que a veces a las mujeres les costaba concebir cuando estaban estresadas. También le había dicho que a las mujeres mayores a menudo les costaba quedar embarazadas, pero él había descartado esa razón inmediatamente. Y no le había dicho a Isabella que había estado lo suficientemente preocupado para llamar a su mamá para pedirle consejo.

Su madre no estaba en la lista de gente favorita de Isabella. Especialmente después de que su mamá culpara a Isabella por no poder asistir a la boda de su propio hijo y por ser descaradamente abierta en su desaprobación por la diferencia de edad entre Isabella y él.

No era como si siete años fueran una eternidad. Y él amaba a Isabella. La adoraba. Estaba eufóricamente lleno de alegría de tener a Isabella como su esposa. ¿No debería ser eso lo que le importara a su madre? ¿No su diferencia de edad, sino su felicidad juntos? A menudo no comprendía cómo funcionaba la mente de su madre.

―¿Dónde te gustaría ir? ―preguntó Edward.

―Iré donde sea ―dijo ella―. Mientras esté contigo.

El corazón de él se entibió. Amaba las raras ocasiones en que ella le decía cosas románticas.

Ella arrugó la nariz respingona, y él supo que su veta romántica tan delgada como un átomo ya se había desvanecido.

―Excepto a Canadá ―dijo―. No parezco gustarle mucho a Canadá.

El accidente del bus había ocurrido en Canadá, y ambos sabían que el choque no había tenido nada que ver con que a un lugar no le gustara alguien, pero él comprendía su reticencia a regresar ahí tan pronto después de que la tragedia hubiera golpeado a la familia de su pequeña banda de metal.

―Llamaré a un agente de viajes y veré qué hay disponible de último minuto ―dijo él―. ¿Tienes hambre? ―Inclinó la cabeza y le besó el plano vientre.

Se preguntó cómo luciría con su bebé creciendo dentro de ella. Estaba seguro de que sería la imagen más hermosa que vería jamás.

―Un poco. ¿Tú?

―Estoy famélico ―dijo él.

―Me levantaré y te haré el desayuno.

Él la presionó con firmeza contra el colchón.

―Tú quédate aquí y empolla ―dijo―. Te traeré algo.

―Aprecio eso ―dijo ella, sus ojos humedeciéndose de nuevo.

Maldición, estaba emotiva mientras intentaban que quedara embarazada. Él no podía imaginar lo emotiva que estaría una vez que finalmente concibiera. Sin embargo, no le importaría. Estaba más que feliz de hacer corridas a la medianoche en busca de encurtidos y helado para mantener la sonrisa en su rostro. Haría lo que fuera para hacerla feliz.

―No hay problema ―dijo y la besó en los labios rosados con mohín―. Es lo menos que puedo hacer después de la maravillosa llamada para despertar que me diste esta mañana.

―Cuando mis ovarios dicen que es hora, es hora ―dijo ella con una risa.

―Tenemos al menos doce horas más para aprovecharnos de su cooperación ―dijo él.

―Mejor haz que ese desayuno sea uno rápido. ―Ella le palmeó el trasero―. Estoy lista para que te aproveches de mí una vez más.

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Bueno, bueno… ahora si tendremos luna de miel a como se debe jajaja ¿están listas?

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¡Nos leemos pronto!