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No fuimos bendecidas

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Si él no era mi padre, entonces ¿Quién sí lo era?

Mucho antes de llegar a esa aseveración tenía que comprobar que la sospecha fuera cierta. Por mucho tiempo no dije nada porque, quizá, aguardaba la esperanza de que nada de lo que pensaba fuera real. Conformarme con la cambiante personalidad de mis progenitores y, así mismo, aceptar la vida que nos condicionaba lo que sucedía afuera, al menos era algo. No era la vida que quería, pero al menos estaba viva.

Eso es lo que creía.

—Deja a Mikoto en paz. Ella no es como-...

Sin embargo, el día de la verdad llegó.

Cuando supe que Danzou realmente no era mi padre, la última esperanza aguardada parecía haberse roto. Ya no quedaba nada. Y, durante un tiempo, enserio creí que no podría hacer nada para remediarlo. Ver a mi madre cada día, viendo como su salud también decaía, no me daba motivos por los cuáles exigirle la verdad, aunque fuera por la fuerza. Pero más que el hecho de verla marchitarse, me vi incapaz de volver a mirarla de la misma forma tras la última conversación que le oí tener a escondidas con mi supuesto padre.

Tras oírla decir eso.

Y tras oírlo decir eso a él.

—¿Enserio? Qué mal. Pero por eso es que Obito ha nacido. Por eso es que tú y yo hemos creado a un niño especial, Mito.

Esa fue la primera vez que creí odiar a mi madre. Odiarla por no decirme la verdad.

Esa también fue la primera vez que me di cuenta de la verdad detrás de dos mentiras.

La primera, que yo no era tan especial como él decía.

Y, la segunda, porque me enteré del nombre de mi verdadero padre.

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I

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Las pesadillas o recuerdos sobre él comenzaron ahí. Pero a cambio de tener esos sueños, decidí callar.

Todo esto tiene que estar mal, repetía de manera incansable.

Ninguno de estos recuerdos involuntarios tienen que ser míos. Tienen que ser solo pesadillas basadas en cosas que he oído o de las que leía a diario, pero nada más. Porque este tipo de cosas no suceden en la vida cotidiana, estas cosas solo ocurren en las series, novelas y películas que antes solían transmitirse por la señal abierta. Quizá era eso. Quizá era mi subconsciente aferrándose al exagerado y dramático modo de vida pasajero que antes se cernía sobre nosotros lo que me estaba influenciando a creer que Danzou no era mi padre...

Pero el hombre en mis sueños no es él.

Se parecen, sí, pero no son iguales.

Pensar a cerca de él, a través de la similitud de sus rasgos, me hace igual creer que están unidos de alguna forma.

¿Familiares quizá? La sola idea me resulta enferma. Porque de ser así...

No.

Una vez más, estaba en el inicio.

Una vez más, las expectativas habían sido demasiado altas como para apresurarme a pensar que la vida podría ser mejor.

Obito la mejoraba en gran medida, pero aquel golpe fue demasiado fuerte de sobrellevar.

Aun así, estaba dispuesta a intentarlo. Danzou me había criado de una manera en la que podía volver el enojo en fuerza además de que había hecho de mí, tal y como se lo había pedido a Chiyo, una mujer de la que todo el mundo quisiera temer. Bueno, una niña dándole paso a la adolescente que comenzaba a convertirme más bien, pero aquello significaba que el tiempo estaba a contra reloj. Significaba que debía comenzar a mover hilos y unir piezas, pero antes de eso estaba la búsqueda.

—¿Te suena? —cuando se lo cuento a Chiyo, sin embargo, su expresión es muy diferente a la esperada. No. Sí la esperaba, solo que quería convencerme de que ella no iba a mentirme como los demás. Justo ahora luce sorprendida pero más que nada luce como alguien que ha sido atrapado en medio de una verdad que ha mantenido oculta—. ¿Tú lo sabías? —su silencio siempre me ha parecido una cosa que no va acorde con ella porque a pesar de que Chiyo es, sin lugar a dudas, una chica bastante fuerte y excepcional, su personalidad es delicada. Por ello es fácil saber cuándo miente o cuándo ha sido atrapada en el intento de hacerlo—. Respóndeme —Ahora sueno como él. Luzco como como él. Me expreso como él. Después de todo, ante los ojos del mundo, Danzou es y seguirá siendo mi padre hasta que compruebe lo contrario.

Pero ella ya lo sabía.

Lo supo en el momento en el que Danzou me puso a su cargo y ella solo pudo interpretar esa petición como que se trataba de un favor. Un favor que le hacía al verdadero esposo de Mito. Ella nunca creyó que se adjudicaría el título de padre luego de eso.

—Los conocí hace unos años. A tu madre y a él.

Por eso el gesto sorprendido al verlo llegar usurpando un lugar no correspondido, pidiéndole hacerse cargo de mí.

—Dime lo que sabes.

—Es todo lo que sé.

De nuevo, en el inicio.

Chiyo no dice nada más y sinceramente parece decir la verdad. Pero, así como yo, en ella comienza a despertar una sed hambrienta de querer saber. No es posible que eso sea lo único que logremos desenterrar y solo nos resignemos a toparnos con una pared. Cuando la vuelvo a mirar, ella luce desolada y arrepentida. Sus manos frías —antes tibias— sujetan las mías y hay algo de belleza en ese gesto tan triste que me hace.

—Perdóname. Solo quería protegerte.

Lo sabía, a medias. Sabía que escudados por esa respuesta es que mucha gente ha cometido errores. Lo que no sabía era que tan graves eran estos.

Lo siguiente que asumimos, luego de jurarnos lealtad y nunca más mentirnos, era que Obito, desde su concepción, había sido producto de la ambición de ese hombre, por consiguiente, no existía algo como un lazo de amor entre ellos. Lo único que persistió hasta el último de los días de mi madre fueron las pesadillas engendradas a partir del abuso que sufrió por parte de mi supuesto padre. Las veces que vi a ese hombre sostener a Obito entre sus brazos, lo miraba con todo menos con amor a pesar de que mi pequeño e inocente hermano solo busca su calor. Danzou parecía que estaba fanatizado con él. Me recordaba un poco a los religiosos venerando algo, traspasando la línea de la fe y volviéndola fanatismo. Con Obito sucede eso, y mi madre cada vez está más enferma y desesperada por ello.

La razón de que mi madre le tema tanto a este hombre la descubro de una forma muy cruel. Una niña de doce, a punto de cumplir trece, no debería entender sobre estas cosas. Pero, aunque Danzou no es mi padre —y yo finja que aún no lo sé— sé que lo que él dice acerca de que yo soy especial, tiene algo de verdad.

Pero lo que me hace especial aparentemente no es suficiente para él. El tipo de rasgo especial que busca es mucho más grande pues cuando los médicos le convencen que conmigo no hay nada más que intentar, luce decepcionado. Aun así, no me desecha. No podré haber logrado llenar sus expectativas, pero sí que soy más fuerte, inteligente e intrépida que muchos aquí por lo que en ocasiones contadas suele llamarme "mi niña".

Entender lo que buscaba en mí y que ahora busca en él, en Obito, debería suponer un tremendo golpe, pero en su lugar solo engendra un coraje mayor.

Pero soy como él, me repito.

Soy la prodigio que todos dicen que soy de algún modo.

Y mi cuerpo sabe y siente que esta inteligencia, esta fuerza, y esta destreza vienen de algún lado.

Cuando Obito cumple un año, lo entiendo. O al menos entiendo un poco de lo que sucede o de lo que buscan que suceda. Lo entiendo a través del cambio de color que hay en sus ojos. La variación de reflejos que hay ahí no se deben solo a las luces de la habitación...Danzou, mi supuesto padre, está fascinado cuando los ve cambiar por primera vez. Pero es una fascinación que raya en la locura y en la soberbia.

—¿Híbrido? —Chiyo lo repite a modo de pregunta como si quisiera convencerse de que lo que he dicho es correcto. Yo solo asiento, mirando hacia el vacío que hay a un lado de donde nos encontramos, cada noche, a escondidas. Un pequeño refugio que es una de las bodegas que hay sobre el mezanine del lugar donde entrenamos. Es pequeño, oscuro, pero es acogedor.

—Es lo que los escuché decir en los laboratorios —informo un poco enfadada pues al parecer mis esfuerzos por proteger a mi pequeño medio hermano han sido inútiles como para que ya hayan obtenidos tales resultados a partir de su sangre.

—¿Cómo es que te metiste sin que te vieran?

—Soy escurridiza.

Cuando se lo digo no luce sorprendida. Una vez que he sido consciente de lo que mis habilidades pueden otorgarme, he comenzado a hacer uso de ellas para mi propio beneficio. No sé si mi supuesto padre lo nota, pero tampoco me importa mucho. Ser su hija, además, me ha dado cierto nivel jerárquico por así decirlo. Dentro de este sitio la gente me reconoce, la gente me teme, pero el estatus que me ha otorgado ser la hija de Danzou es una de las tantas cosas buenas de las que puedo hacer uso de vez en cuando.

Híbrido.

Un organismo híbrido es un ejemplar cuyos progenitores pertenecen a distintas especies.

Progenitores.

Adjudicarle mi extraña capacidad con respecto a manipular recuerdos —que al parecer es lo único especial que poseo— a mi madre, no tiene sentido. Pero es una teoría que no podemos descartar tan fácilmente. Pero ¿y si no es debido a ella que Obito y yo somos especiales? Mi pequeño hermano lo es por mucho más que yo, y por eso Danzou lo prefiere. En cambio a mí, últimamente me trata de manera indiferente. Si en verdad fuera su hija, carne de su carne, ¿sería igual?

Entonces no es de ella, de Mito, de quien heredamos tales particularidades.

Son de ellos.

De los padres.

Obito de Danzou y yo de...

Mi hermano no luce como un animal, sin embargo, a veces luce con los ojos enrojecidos, similares a los de las criaturas que hay allá afuera esparciendo el miedo. La sola idea de pensar que Obito ha sido engendrado como parte de un experimento me asquea y me aterra. ¿Tan siquiera eso es posible?

—Por eso le llaman monstruo... —deduzco fácilmente sobre la naturaleza de Obito, aunque eso da pie a más dudas. ¿Acaso es como esas criaturas? La ciencia y la tecnología actual podrían hacer posible lo imposible, pero... ¿A qué se debe su raro nacimiento? ¿Por qué mi pequeño e inocente hermano nació de este modo?

—Quizá fue en el embarazo. Durante este.

A Chiyo y a mí nos toma poco tiempo deducir y entender las palabras de mi supuesto padre a cerca de la creación de un niño especial. Ha sido un embarazo forzado y, por si fuera poco, ha sido controlado desde el inicio. Por eso el temor de mi madre ante las agujas incrementó. Por eso odiaba estar a solas con él. Por eso, desde que nació, Obito ha pisado el laboratorio más veces de las que yo lo he hecho. Pero entonces ¿es correcto pensar que su particularidad es sintética?

Danzou es un genetista, y por cómo se comporta, lo creemos capaz, pero ¿por qué? ¿La resistencia o la necesidad empírica a sobrevivir los ha llevado a la locura de crear una nueva especie que sea adaptable y más fuerte contra esas criaturas? Si ese es el caso, ¿qué pintamos los niños entrenados?

Esto parece más un capricho personal. Un capricho de mi supuesto padre.

Pero si todo esto fuera hereditario, y si no fuera a partir de la madre, ¿lo podría ser del padre? ¿Danzou es...diferente? Si es así, significaría que la persona que fue mi verdadero padre también lo fue, pero para cuando Obito cumple dos años, hay algo en él que parece ya no agradarle a su padre.

Con el tiempo me doy cuenta de muchas cosas más y también terminamos por darles nombres a eso que Obito y yo somos.

Híbrido recesivo y humano fuerte.

Eso somos él y yo, así que aplicando esa misma lógica es que Chiyo y yo determinamos que existen los opuestos de ambos, aunque eso solo queda establecido como una hipótesis hasta que comprobemos que existan personas así. Y hasta que desenterremos más verdades y obtengamos más información sobre Danzou y Obito. Aun así, no hay manera que la particularidad de mi medio hermano no me resulte sumamente intrigante pero el tiempo y las oportunidades de preguntarle a mi madre a cerca de él, a cerca de mí y a cerca del hombre que realmente amó se esfuman cuando ella fallece.

Obito es aún muy pequeño para llorar su muerte, pero yo no. A mí sí me duele porque, aunque Danzou no sea mi padre, ella sí es mi madre.

Su muerte duele. Porque, aunque pareciera que nos hubiésemos distanciado durante los últimos años, seguíamos siendo parte una de la otra. Obito no sufre demasiado pues es pequeño y seguramente lo superará, pero yo sí lo hago. Lo hago porque ahora me que quedado sin nadie. Sin alguien en quien depositar mis miedos y mi fe y sin la posibilidad de resolver todo lo que me pregunto, cada día, a cerca de mí. Pero al menos me queda él, Obito, y a eso me aferro, hasta el día que mato a mi primer hombre y todo se vuelve irreversible.

Danzou lo elogia diciendo palabras parecidas a "Como se esperaba de mi hija". Y sus manos frívolas, y sus muecas distendidas, y sus ojos centellantes de perversión y locura, solo hacen que quiera enloquecer. Que quiera enloquecer como lo hizo mi madre buscando desesperadamente entender por qué todo eso estaba pasándole a ella también.

Mamá, tú tenías todas las respuestas... ¿Por qué no me las quisiste decir?

Mamá, he matado a un hombre, y este el primer paso para dejar de ser un ser humano ordinario y decente.

Obito no es un monstruo solo porque sus ojos sean rojos, sea enfermizo, o posea una parte agresiva. El monstruo soy yo y...

—¿Estás bien?

Esa fue la primera vez que me distraje en medio de una pelea y por consiguiente obtuve una profunda herida en la pierna.

—¡Oye, resiste! ¡No te duermas! ¡Háblame! —Alguien me pide que no me duerma y que le hable. No es la persona más inteligente para pedirme eso, pienso, pues en realidad tengo sueño y los miembros del cuerpo los siento fríos y entumecidos—. ¡Háblame! ¡Dime tu nombre, pero no te duermas!

Pero él ya lo sabía. Todo el mundo en ese lugar lo sabía así que era imposible que él no lo supiera. Aun así, continuó hablándome, pidiendo saber mi nombre durante el trayecto desde el sitio donde me hirieron hasta llegar a los vehículos y subir conmigo a pesar de que no tenía que hacerlo.

"Es la hija de Danzou" oía que repetían las personas avocadas, en ese momento, a tomar mis signos vitales, pero él, él solo repetía mi nombre.

—Vas a estar bien, Mikoto.

A pesar de que yo no se lo había dicho ni sabía el suyo.

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II

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Padre había dicho que había sido una despistada y que ese tipo de distracciones no podían volver a repetirse no solo porque entorpecería las misiones sino porque ser la hija de Danzou representaba más de lo que creía. Ante los ojos de cualquiera la imagen que representaba era la de alguien invencible por lo que cualquier distracción o baja de estamina podía considerarse como que estaba volviéndome débil y floja.

Aun así, aposté a la distracción. No con el objetivo de ir en su contra sino porque Fugaku en verdad se esmeró en acercarse a mí a partir de ese momento en el que nos volvimos inseparables.

Él venía de otro sitio, de otro enjambre, rodeado de arena y donde las noches incluso son rojas. Al igual que las constantes conversaciones a cerca de la ciudad levantada, misma que había comenzado a edificarse hace un par de años, a la par comenzaba a construirse otra. Él la llamaba Suna, la ciudad ambulante.

—Le dicen así porque a veces puede verse y a veces no por las constantes tormentas de arena.

Oírlo a él, lo encontraba fascinante. No solo por la manera en que le daba un toque mágico a las descripciones que hacía, sino porque su presencia era similar a la de un amigo incondicional.

A Fugaku no le costó mucho acercarse a mí y a mí no me costó mucho sentirme querida por él. Él no era de las personas que se le pasaban la mayor parte del tiempo calladas a pesar de que presumía, sin darse cuenta, de un aura muy madura y muy seria cada que ejercía lo que todos ahí tenían como propósito. Cuando Fugaku estaba a mi lado, en la misma fila y con las mismas órdenes, el mundo parecía menos cruel. Él, desde luego, ya me conocía. Todos ahí lo hacían. Él era un aprendiz de soldado, así como yo.

Soldado.

Seguíamos siendo niños, pero parecía que pedían encarecidamente que dejáramos de serlo pronto.

—Siempre me pregunto por qué es que nos tiene aquí, entrenando como idiotas —su comentario, lejos de parecerme acertado porque también lo he pensado la mayor parte del tiempo, hace que me pregunte cómo es que se ve tan libre al expresarse de esa forma. Normalmente tenemos que medir hasta nuestro vocabulario al hablar, pero él...Él es tan osado y a la vez tan certero—. ¿Sabes? Me gustaste desde que te vi por primera vez —la confesión, sin embargo, no me altera los nervios como debería. Quizá porque mi madre se fue de este mundo mucho antes de explicarme sobre el significado de querer, amar o gustar.

—La mitad de la gente aquí o me odia o dice quererme —él bufa, haciendo una cara rara—. ¿Qué?

—Esa es una nueva forma de rechazar a la gente ¿sabías?

—¿Rechazar?

Y lo siguiente que escuché fue su risa.

—Eres rara —su comentario me deja helada porque mi primera reacción es bajar la cabeza y sentir que tiene razón. Que debido a que soy rara la gente me teme y...—. Por eso me gustas.

Mamá, tengo que contarte algo.

He conocido a un chico.

Un chico que no me teme y que siempre está prestando atención a lo que digo. Un chico que no le molesta que en ocasiones me pierda en divagaciones y me quede en blanco sin decir nada. Un chico que no me presiona cuando no quiero hablar ni que me mira como si padeciera algún mal. Un chico al que le gusta pasar tiempo conmigo incluso si eso implica que lo regañen por saltarse las comidas o perderse entre pasillos cuando nadie lo mira.

Mamá, tengo miedo.

Mientras más pasan los días y semanas y él y yo nos volvemos más unidos. Las molestas rutinas ni siquiera me importan ya si todos los días puedo verlo, pero hay cosas turbias sucediendo alrededor nuestro que implican que él tenga preguntas constantes. Preguntas que también yo me hago, pero también un par de ellas son referentes a mí. Durante la primera temporada a su lado, llega la despedida. Él promete regresar pues los adultos a los que está a cargo ven en él un potencial enorme que podría serles útil en el futuro.

Ah, esa es otra cosa que no te he dicho, Mamá. Él es muy fuerte. Su fortaleza no proviene de ninguna pipeta o porque posea una habilidad especial. Su fortaleza es real. Él ha venido desde abajo, pero posee una flama en sus ojos junto a una convicción enorme.

—La tuya también lo es —yo solo asiento durante la segunda temporada que pasamos juntos.

Fugaku tiene ahora catorce y está más alto. Ama su tiempo a mi lado, pero también ama los cuestionamientos que tiene sobre todo lo que lo rodea. Cuestiona la vida actual tanto como yo lo hago y eso me hace sentir estrechamente encaminada en buen camino. Aquí adentro nos dicen que no nos preocupemos. Que todo lo que nos informan es cierto y que solo debemos reforzar lo que ya conocemos y ser la fuerza que prevalecerá en un futuro venidero.

—¿No te has preguntado por qué es que nos tienen tanta fe a nosotros? —cuando le digo que es porque seremos los que en un futuro pelearemos por sobrevivir, me mira con ternura, pero también con ignorancia. Y la lista soy yo, se supone—. Están creando un ejército con nosotros. ¿Para qué?

—Para lo que hay afuera —él suspira, no porque crea que mi respuesta es incorrecta sino porque pareciera que él sabe más de lo que yo sé—. Para que sobrevivamos.

—¿Por qué solo entrenan niños entonces? Lo lógico sería que todos lo hicieran —hace una pausa echándose para atrás. Dejando apoyada la espalda en la pared con desgano. Estamos en uno de los pequeños recesos que nos otorgan durante los entrenamientos—. Somos su primer flanco, Mikoto. ¿A quiénes crees que van a enviar a pelear? —cuando le pregunto sobre qué guerra se refiere, ahí sí que me mira con los ojos bien abiertos.

Y esa es la primera noche que asaltamos las cámaras de vigilancia del lugar junto a las grabaciones. Y siento náuseas. Náuseas al reconocer rostros conocidos de niños que habían estado ausentes los últimos años, cubiertos de batas blancas y manchas rojas. Y al recordar el objetivo inicial que tenía antes de conocerlo.

—Mi padre...Mi padre dijo que los habían cambiado de sede.

—Los padres mienten —cuando me doy cuenta a cerca de eso, le doy la razón. Y por primera vez el sentimiento de insurgencia palpita fuerte dentro de mí. Me había dado cuenta de la ausencia de varios chicos en los últimos años solo porque solía entrenar con ellos y de un día para otro dejaron de asistir a los entrenamientos. Los encargados de nosotros constantemente repetían que habían sido movidos de sede porque ya éramos muchos aquí, tanto niños como refugiados. Y si Fugaku consentía estas dos primeras visitas a mi sede era porque era uno de los chicos más habilidosos de la suya—. El tuyo es...

—Danzou no es mi padre —tal información no debería salir de mis labios tan arbitrariamente. A Chiyo me había costado mucho decirle sobre esto y sobre otras cosas, pero con Fugaku, a pesar de conocerlo tan poco, siento que...

—Lo sé —lo miro, aterrada. Sintiendo el mismo escozor y la misma sensación de traición cuando se lo dije a Chiyo, pero su comentario se debe a otra cosa. Y yo lo he malinterpretado. No es que sepa por el hecho de saber—. Eres demasiado amable como para ser hija de alguien como él —mechón detrás de la oreja, mejilla colorada. Ojos llorosos.

Esta calidez es dolorosa.

Este gesto, esta muestra de afecto, me despedaza.

Porque hace tiempo que no siento el calor de otro ser humano de este modo.

Constantemente Danzou me repite que debo ser más fuerte que el día anterior, pero hay veces en las que quiero solo despedazarme. En los que quiero quitarme la armadura, bajar mis defensas, y solo llorar por el simple hecho de existir. Sin embargo, el pensamiento de morir se ha esfumado desde que Obito nació, pero...estoy cansada. Tanto que en ocasiones pedía, rogaba desesperadamente, compartir esta carga. Pasársela a alguien. Ser yo la que necesitase protección y que existiera alguien que pudiera ocupar ese rol.

Y entonces apareció él.

Él ha visto a través de mí sin ninguna dificultad. Y yo se lo he permitido.

Él lo sabe porque es capaz de ver a través de todo el dolor que nunca me he atrevido a compartir.

Esa es la primera noche que hablo sobre el hombre de mis sueños.

Del hombre de cabello largo y ojos como los míos.

Del hombre que es mi verdadero padre.

Es la primera vez que hablo de Madara.

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III

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Luego de la décimo quinta salida al exterior esa semana, estoy exhausta.

Fugaku ha estado en mi escuadrón esta vez y eso ha aligerado la pesada carga sobre mis hombros al sentir que tengo un apoyo en el cual descansar. Cuando regresamos en los vehículos, todos venimos en silencio. Y mi cabeza, por primera vez, decide apoyarse en su hombro.

Los demás chicos no dicen nada, pero lucen sorprendidos. Cuando descendemos, todo es silencio.

—Me gusta observarte —él me dice cuando nos encontramos solos—. Pasó algo, ¿verdad? —volteo, entre sorprendida y ofendida de que pueda tener tal habilidad para leerme. Él solo sonríe. Sonríe de esa manera en la que últimamente me acelera el pulso—. Te conozco, Mikoto.

—No me conoces tanto —retirándome las abrazaderas de los brazos y soltando mi cabello luego de retirarme el casco, la habitación donde nos cambiamos poco a poco se va vaciando, quedando solo él y yo. Escucho una risita conveniente a mi ofendido semblante. Él sabe cómo provocarme—. ¿Qué?

—Nada. Es solo que eres malísima para mentir —le doy un golpecito en el hombro.

—Hoy es el cumpleaños de Obito —comparto una mirada con mi reflejo en el espejo dentro del casillero. Ahí donde están mis armas y un par de objetos valiosos. Lo normal sería que estos últimos los tuviera en mi habitación, pero desde que Danzou ha puesto a más personas a vigilarme desde que tiene conocimiento sobre mi cercanía con Fugaku, estoy casi segura que mi habitación es donde más registran la mayoría del tiempo por lo que prefiero guardarlos aquí.

—Lo sé —lo miro con circunstancia. ¿Qué? ¿Enserio lo sabe todo? —. Por la forma en la que te aferraste a elegir qué sector limpiar durante la misión, supuse que tu plan era conseguir algo para él.

—¿Eh?

—El centro comercial. Ahí seguramente encontraste una tienda de regalos ¿no? —¿Pero ¿cómo...? Como si pudiera leer mi mente, me sonríe—. Te lo dije, me gusta observarte.

Fugaku tiene ese don.

El don de observar. A mí me gusta creer que es algo mágico y a él le hace gracia la comparativa de saber que yo creo que es más genial de lo que dice que yo soy. Fugaku también escucha. No juzga. Incluso cuando le dije por primera vez a cerca de mi extraña capacidad para intervenir en los recuerdos, me creyó. No me miró como si fuese un fenómeno. Un fenómeno como los niños dicen que Obito es cada que juegan con él.

Hacer esa comparativa, me entristece y me hace sentir cruel. Porque muy dentro de mí me encuentro aliviada de que yo no sea tan rara como es él.

Cuando se lo cuento a Fugaku, a cerca de sentir lástima por mi propio hermano y por alegrarme de ser un poco más normal y parecida al resto, seca mis lágrimas, pero también me reprende. Y me hace recordar la importancia de la humildad. Ese es el primer cumpleaños que pasamos con Obito juntos. Chiyo también está ahí, lidiando con un pequeño niño de cabellos negros mientras intenta colocarle un gorrito de cumpleaños, mismo que he conseguido allá afuera durante la última misión.

Aunque ese no es el obsequio real.

Cuando estamos a solas, él y yo compartimos algo más que la desgracia de tener un padre como lo es Danzou.

En un mundo empequeñecido, frío y solitario, solo nos tenemos el uno al otro ahora que nuestra madre no está. Es mi deber y mi gozo criar de él. Cuidarlo. Hacerlo sentir importante y a la vez hacerle reconocer que siempre va a existir lo bueno y lo malo. Después de todo, somos los hijos opuestos. O los hijos de los opuestos.

—Esta es el dios romano, Jano. Obito —él presta atención. Lo hace como cada noche al dormir en medio de las historias maravillosas que le cuento para dormir—. Es el dios de las puertas, los comienzos, los portales, las transiciones y los finales —él asiente, pero estoy segura que no me entiende. Es muy pequeño y ahora luce mucho más interesado en lo brillante de la bonita pulsera que he conseguido en el centro de comercial. Es dorada casi como el oro, pero sobre lo que luce más interesado es el dije que cuelga ahí—. Esto es un regalo de nuestra madre.

Así fue.

Esto fue de ella.

Y luego ella me lo dio a mí.

Y ahora te lo doy a ti, aunque sé que justo ahora no hay manera de que lo entiendas, mi tierno príncipe. Que entiendas lo que ella quiso enseñarme al regalarme el dije a mi. A cerca de las apariencias. De las dos caras. Del pasado y también del futuro. Hoy luces entusiasmado, Obito. Estás jugando entre mis piernas mientras sostienes la pulsera y juegas con la pequeña ruedita dorada a juego.

Él lo entenderá...Lo entenderá algún día cuando sea mayor y yo ya no exista.

Entenderá que mi único deseo, en este momento, era hacerle entender el significado de ello.

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IV

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Entenderá que lo que ella quería enseñarme era que las personas tienen dos caras. Y que hay que amar ambas incluso si una es buena y la otra mala.

—Espero que seas tan comprometida con mi regalo tanto como lo fuiste con el suyo —aquello no es un reclamo porque Fugaku no es de los que lo hacen, pero aun así es gracioso e insólita la forma en la que siempre logra robarme una sonrisa y, en ocasiones, el aliento.

Hoy es el día después del cumpleaños número tres de Obito, y también es el día de la despedida pues Fugaku debe regresar a Suna ahora. Esta vez, él no tiene fecha de retorno, y parte de ello es lo que me tiene todo el día distraída y a la vez entristecida.

—Cada vez se ponen más estrictos conmigo. Me vigilan más seguido —Hace una pausa como si esperara mi intervención de algún modo. Solo lo escucho suspirar al final—. Sobre ese hombre, tu verdadero padre, veré si encuentro algún registro en Suna que pueda...—le tomo de la mano. Y él luce tan sorprendido porque es la primera vez que lo hago en estos casi dos años que llevamos de conocernos.

Lo arrastro prácticamente por todo el lugar justo a donde Chiyo y yo solíamos tener nuestras reuniones secretas.

Hoy es uno de esos días en los que nada se siente bien y todo sale mal. Esta misma mañana he discutido con ella por Fugaku. Porque a pesar que dice que me ama, sigue siendo leal a Danzou y hace justamente lo que él le pide que haga. Como decirle que me vigile más y que no permita que esté tanto tiempo con él.

—¿Mikoto? ¿Qué estás...?

Pero yo estaba equivocada.

Yo solía soñar demasiado. Soñar sobre cosas que pasaron y sobre cosas que podrían ocurrir.

Solía soñar en que la llegada de Fugaku a mi vida, mejoraría todo. Y en gran parte lo hizo, pero aun teniéndonos el uno al otro nos sentíamos incompletos. A pesar de tener a Chiyo, se sentía incompleto. A pesar de tener a Obito...

Mamá. Hoy te tengo que confesar algo. No solo ahora soy capaz de asesinar hombres, sino que...me gusta alguien.

Enserio tengo qué decirte que me gusta un chico.

Y estoy aterrada.

Aterrada de lo que pueda pasarle a él y a mis otros dos seres queridos.

Este chico que ahora me mira entre asustado y ansioso, luce como tú las veces en las que no sabías lidiar conmigo. Es decir ¿Cómo no lo estaría? Finalmente le estoy dando una muestra de mi poder. El poder heredado, aunque no se si tuyo o de él. Fugaku lo sabía, a cerca de ese extraño don que poseía más nunca hizo las suficientes preguntas solo para no presionarme.

Una vez más, mamá, mi presencia impone.

Mi presencia, gobierna.

Mi presencia, silencia.

Pero no quiero eso. No quiero imponer, no quiero gobernar, no quiero silenciar a nadie nunca más.

No quiero que este chico se sienta limitado a pasar tiempo a mi lado solo por el miedo a lastimarme.

Mamá, quiero algo real.

Y por eso, se lo muestro. Pero segundos después estoy arrepentida de hacerlo.

Porque en lugar de ser él quien llore y se mortifique por lo que estoy haciendo sin su permiso, quien termina en medio del llanto soy yo.

Este día, el día en el que pruebo mi poder a consciencia y me permito ver la mente de Fugaku, él no me detiene. Y me hace entender que cada persona vive su propio infierno de la forma que puede y quiere.

Lo veo, mamá, y lo siento todo de él cuando llevo mis manos a las sienes y las coloco ahí, como si eso me proporcionara concentración y también valor para inmiscuirme en su mente en un arranque de desesperación o quizá para demostrarle que no soy una buena persona.

Lo veo, mamá, veo los abusos, veo las noches tristes gimiendo de dolor por algo que lo lastima. Por algo que no desea. Por algo que no puede detener pues está amarrado y amordazado. Puedo verlos, mamá, a las personas que él llamó padres. Y siento que los odio. Los odio por cada azote que le dan a su pequeña espalda infantil. Veo las alucinaciones ocasionadas por la gestión de una droga suministrada a su organismo de forma violenta. Veo su cama revuelta y a él encima de ella suplicando que todo se detenga.

Pero sobre todo veo a un niño encogido en el rincón de una casa, esperando la inminente muerte.

Cuando suelto su rostro, incapaz de seguir viendo, estoy cubierta de lágrimas.

—¿C-Cómo...? —¿Cómo pudiste soportar algo así? ¿Cómo me sonríes de esa forma cuando estás tan herido por dentro? ¿Cómo eres tan...valiente? Ninguna de esas preguntas ven salida pues se quedan estancadas, así como las palabras que no puedo liberar de mi garganta debido al llanto.

—Si algo aprendí todos estos años...es que las sombras son transitorias. Nunca duran tanto ni para siempre ¿sabes? —toma mi mejilla y deposita el primero beso, de muchos que vendrán en el futuro, ahí—. No hay forma de que no amanezca y mi amanecer eres tú.

Haberme conformado con lo que tengo y con la poca información a cerca de mi verdadero padre. Haber aceptado durante estos dos años, la vida condicionada y otorgada por Danzou...

Haber permitido tener el pensamiento de que esta vida es mejor que nada, es un pensamiento mediocre.

Fugaku, quien está constantemente sangrando por dentro, aun así, siempre está mostrándome algo nuevo. El día en que despierto de ese sueño conformista, él me dice que me quiere. Y que no le importa si soy todo lo que la gente dice de mí o si he hecho cosas terribles o si estoy predestinada a hacer cosas peores.

—El dios romano, Jano, siempre tiene dos caras ¿no es así? Y con pasado y futuro, es que te acepto —tomando mis manos de nuevo las dirige a los costados de su cabeza, ahí donde fui capaz anteriormente de concentrarme y ver sus memorias más dolorosas—. ¿Has intentado algo más que solo mirar recuerdos? —mis manos tiemblan, y a pesar de que Fugaku no las aparta, a pesar de que las de él están cálidas, me siento helada.

—Puedo suprimirlos, supongo —digo, explicándole seguida y brevemente lo acontecido con Danzou, con mi madre, y mi verdadero padre. A cerca de mis memorias selladas y de que parecía que involuntariamente yo lo había ocasionado hace tiempo—. Aunque no estoy muy segura —hago una pausa, angustiada. Aun no me recupero completamente de la impresión de las memorias de Fugaku como para mirarlo firmemente al rostro—. Ni siquiera estoy segura de cómo logré recordar a cerca de mi padre.

—Pero lograste mirar dentro de mi mente hace un rato —no es un reclamo. No suena como uno, pero aun así siento que ha sido incorrecto. Que ha sido un arrebato tonto el arrastrarlo hasta ahí y mirar sin su permiso solo porque creía que de ese modo Fugaku entendería que no soy una buena persona al hacer cosas sin consentimiento—. Quizá puedas suprimirlos o hasta borrarlos —intento apartar mis manos de él, pero me lo impide—. Tienes que empezar a dejar de tener miedo —Es absurdo, pienso. Tener miedo por este tipo de cosas emocionales y no tenerlo cada que salgo a hacerme cargo de alguna de esas criaturas—. Prueba conmigo.

—¿Eh?

—Intenta borrar un recuerdo mío —lo miro, asustada. Aun así, él luce firme cuando me lo dice.

—Anda —cerrando sus ojos, mantiene sus manos sobre las mías, ahí justo donde sujeto su cabeza y con nuestras frentes unidas—. Borra el que acabas de ver.

—Pero...

Mamá, me pregunto si mi verdadero padre fue un hombre sentimental.

Un hombre que no le temía demostrar sus sentimientos de alegría, pero tampoco de tristeza. Si fue así, y si ese hombre fue el hombre de tu vida, entonces puedo basarme en ese ejemplo.

Te lo cuento, mamá, porque esta es la primera vez que veo llorar a Fugaku en toda mi vida.

—Bórralo, por favor.

Y estoy segura que no sería la última en que yo también lo imitaría.

.

V

.

Estaba segura que de afortunada no tenía nada, pero aun así Obito constantemente me hacía creer que lo era.

Obito ama a su hermana, y su hermana lo ama a él por el simple hecho de provenir de la misma madre, pero mirarlo es una constante batalla a la realidad. Él luce como su padre y eso es algo que no puedo cambiar a pesar de todo. Lo que sí puedo hacer es hacerle sentir a él que es importante. Que no importa lo exigente que comience a ser su padre con él incluso si todavía es pequeño, al final del día existe un momento maravilloso. Y ese es cuando estamos juntos.

Obito llora casi todas las noches. Poco a poco parece ser consciente de que es diferente.

Y yo, poco a poco soy más consciente que la vida aquí dentro no es lo que quiero para él.

Pero allá afuera, cada que en las pantallas se muestran el avance territorial de esas bestias, la cosa no es mejor. Entonces ¿qué sí lo es? ¿A qué sitio podemos aspirar para tener una vida tranquila? Hace tiempo había abandonado estos pensamientos, pero a raíz de Fugaku y de las cosas que me cuenta sobre el mundo que ve a través de la ventanilla de los vehículos que los transportan, me hace querer desearlo. Conozco ese mundo, o al menos lo conocí.

Yo vine de ahí.

Obito ni siquiera lo conoce. Su vida está atada aquí. No quiero eso para él.

Pero aunque Fugaku y Chiyo dicen que soy amable y que en mí existe la bondad, no existe otra persona —además de ellos y de Obito— por la me arriesgaría o me sacrificaría alguna vez. Con ellos me basta. Con ellos tengo. Fuera de ellos, alejado de ellos, soy la persona fría y terrible que todos dicen que soy. En los duelos, en los entrenamientos, soy la más fuerte y hay ocasiones en las que me vanaglorio de eso.

Hay ocasiones en las que, por no estar con ellos, enserio me pierdo.

Tiendo a ser como él, como Danzou, porque ni siquiera es fingida la expresión de satisfacción cada vez que derroto a alguien. Con los ojos cerrados o con los ojos abiertos, parece que silencio el mundo a mi alrededor cuando me encuentro a su lado. Y los elogios frívolos son bien recibidos por mí porque a pesar de que no lo quiero, busco satisfacerlo. ¿Esto me hace peor persona entonces? Es como un síndrome raro. Si no lo mantengo contento es probable que no obtenga los privilegios que nos son otorgados por ser sus hijos. Si no le soy útil, un día, ¿va a deshacerse de nosotros? Estoy condicionada, pero a la vez la decisión de seguir a su lado está en mí.

La decisión de ignorar a los demás y la de obedecerlo.

La de escucharlo y no replicarle nada.

De las pocas veces que acompaño a Danzou a visitas monitoreadas al exterior, lo único que me pide es que sea obediente esa vez. Donde se reúnen los cabecillas de los enjambres que hay en este sector, él siempre destaca por ser, seguramente, el potencial patrocinador de toda la tecnología que se usa para combatir a lo que hay afuera además de que escuché de Chiyo que fue el propio Danzou quien sugirió el plan de reestablecer la población y el orden por medio de nosotros.

Ese era el tan mencionado plan que endosaba sobre nosotros.

Al día de hoy, luego de las conversaciones con Fugaku, quien también está presente en la reunión a un lado de la persona a la que está a cargo, me cuestiono sobre por qué.

Si lo que buscan es orden bastaría con elaborar un plan estratégico que les permitiera a todos los seres humanos lidiar con el fenómeno que hay afuera sin necesidad de modificar algo físico en sus cuerpos. Sin embargo, a nosotros nos han entrenado desde pequeños. No es una guerra, al menos no equitativa. Mientras estamos ahí, en ese inicial silencio reinante, distingo a más chicos como yo, todos pertenecientes a otros enjambres.

Si lo veo desde otra perspectiva, es como si estuviéramos siendo la escolta de estas personas.

De estos hombres y mujeres que nos triplican la edad, pero parece que nos necesitan o codician por algo más que poder. Como un status. Como para ver qué líder es más fuerte.

Los regímenes, se suponía, habían colapsado. Este era el momento en el que las personas debían estar unidas por un bien común. Sin embargo, mientras más callamos nosotros, más se apaga nuestra voz. Danzou se limita a mirarme de reojo durante toda la reunión como si estuviera midiendo mis expresiones. Los informes sobre el avance territorial de las criaturas parecen no captar su atención tanto como mi primer ataque de ansiedad.

Me muerdo los labios, miro arriba y miro abajo. Intento mirar a Fugaku, pero él me desvía la mirada. Cuando miro al lado opuesto, Danzou tiene los ojos sobre nosotros.

Trago grueso repitiendo en mi mente las palabras de Chiyo a cerca de tener cuidado con respecto a Fugaku delante de él.

El uniforme me aprieta, las manos me sudan, los ojos me arden.

—¿Qué pasa? —escucho a mi supuesto padre hablarme bajito. En las pantallas se transmiten un par de planos proporcionales con la cantidad de dominio que tienen esas criaturas sobre nuestros territorios perdidos, pero yo solo puedo sentir que la cabeza me quiere explotar—. Mikoto.

—No me siento bien... —esa simple oración debe ser la total razón para que varios de los otros líderes volteen a mirarnos, y entonces la preocupación de Danzou se vuelve molestia. Claro, soy su trofeo, su inalterable caballo de guerra, algo como la fragilidad por algo tan estúpido seguramente le hace sentir vergüenza, pero yo solo sé que siento que me falta el aire por alguna razón. Quizá porque es la primera vez que me lleva a ese sitio tan encerrado, con poca luz y me hace sentir claustrofóbica, aunque no recuerdo que padeciera de eso alguna vez—. Necesito salir, padre.

—Hazlo rápido y vuelve —me concede, pero yo ya estoy caminando hacia la salida de esa habitación también custodiada por guardias. Puedo sentir los ojos de todos en mi espalda y estoy segura que los de Fugaku están entre ellos, pero no volteo.

Apenas salgo, intento respirar, pero el pasillo de ese lugar me resulta más encerrado que allá adentro.

Con que así es: crisis de ansiedad. Atravesarla sin saber qué hacer o a quién pedir ayuda es difícil. La explicación del por qué me sucede justo ahora es que no hay explicación. Intento tranquilizarme, buscar ese pequeño espacio blanco y cálido que mi madre siempre decía que podíamos visitar cada que sintiéramos desamparo, pero mientras más lo busco menos me concentro. Veo borroso, los pies me pesan como el plomo, pero aun así conservan el instinto de moverse a algún lugar.

Este sitio es nuevo para mí por lo que ni siquiera sé a dónde me estoy dirigiendo.

Es la primera vez que lo visito, pero seguramente no será la última.

El corredor se termina solo para llegar a una intersección con más corredores. Tomo cualquiera. Y camino. Camino por un largo tiempo hasta que la iluminación se vuelve tenue y los corredores se vacían. Aquí no es muy diferente a la sección de los laboratorios que hay en el enjambre que es mi hogar. Y, de hecho, la sensación fría es similar hasta que el silencio es interrumpido por el mecanismo de un par de puertas abriéndose delante de mí.

No es como si estuviera haciendo algo malo, de hecho, podría considerar que estoy perdida y pedir a quien sea que me indique el camino de regreso a la sala, pero una sensación extraña no me permite que mis pensamientos sean tan simples como esos. Es decir, la señalética de "solo personal autorizado" es universal en cualquier lado por lo que la intriga es consecuente a eso. Me escondo entre un par de muros aledaños viendo como la puerta se cierra y de ésta sale una pareja de uniformados de blanco de los pies a la cabeza.

Durante tres ocasiones que la puerta se abre y se cierra, estoy por desertar, pero cuando la última pareja sale, las luces del corredor se apagan. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero antes de que la puerta se cierre completamente, entro.

"Soy escurridiza", recuerdo haberle dicho a Chiyo alguna vez. Así como recuerdo haberle dicho que las orcas tienen una sola pareja toda la vida.

Sí, datos con una alta improbabilidad de que sean útiles algún día o tan siquiera sean interesantes para enseñar a alguien pasan por mi mente pero son pensamientos los cuales considero siguen siendo parte de un legado solo por el hecho de que lo leí en un libro alguna vez.

Legado...

¿Qué clase de legado es el que le dejaremos a las generaciones que van a venir? ¿Tan siquiera existirá la probabilidad de que hayan más? En este lugar, en estas paredes, parece que sí. El destello cerúleo de todas las máquinas que hay aquí se siente como si fuera dimensión distinta. La última vez que vi tantos aparatos de este tipo fue...

—Ah —soy consciente de la queja solo porque la cabeza ha comenzado a dolerme en sincronía con las imágenes de mi verdadero padre superponiéndose entre todo lo demás. Está él, un hombre a la izquierda y otro a la derecha, pero nada más. No logro ver nada más, pero lo que sí reconozco es un sitio similar a este y...una tumbona de agua. Sin embargo, aquí no hay eso último. Lo que sí hay es una celda en medio de la habitación. Algo más cercano a la descripción de una celda de cristal que, aunque se ve frágil, estoy segura que es reforzado.

Y en el interior está ella.

Recuerdo haberle dicho a Fugaku que poco a poco sentía que perdía el interés en el bienestar ajeno. Que poco a poco me volvía insensible a lo que a los demás les sucedía por el simple hecho de conocer mis límites y reconocer que no puedo salvarlos.

Pero cuando la veo a ella no es que sienta inmediatamente la empatía o la necesidad de probar que puedo salvar a alguien. Es una desconocida. Pero causa tanto impacto el hecho de ver a una pequeña niña durmiendo en el suelo —a pesar de que dentro de la caja de cristal hay una cama junto a un par de muebles más— en medio de la habitación.

Una niña.

Una niña con cabello rosa y demasiadas vendas en brazos y piernas.

—¿Qué es...?

Había leído —información retenida de cuando el mundo era normal y aún asistía a algo como un colegio— que los osos polares eran crepusculares durante la época de apareamiento. Que se despertaban solo al atardecer y anochecer. Justo ahora desconozco qué color tiene el cielo. De hecho, desde hace tiempo que no lo sé, pero si pudiera comparar el despertar de esa niña con el de algún animal, lo encontraría entre fascinante y aterrador. No por la forma en la que reacciona, que es más o menos la de una persona normal siendo acechada, sino por la intensidad de su mirada.

Y por sus ojos.

Dicen que es una mutación genética el hecho de que algunas personas tengan los ojos de un color extraño, pero más que eso, me resulta intrigante. Ojos verdes que brillan como si tuvieran vida propia acompañado de un peculiar color rosa en el cabello. Un contraste llamativo, pero lejos de que me resulte increíble su apariencia, es más la incertidumbre de saber qué hace ahí. Cuando doy un paso al frente, finalmente reacciona. Se agazapa como un animal o como si durante mucho tiempo estuviese condicionada a actuar de esa manera por imitación.

No parpadeo.

No respiro demasiado.

No quiero asustarla.

—¿Qué demonios haces aquí? —el cristal, que anteriormente era transparente, se tiñe de negro como si existiera un mecanismo o un sistema a base de polímeros que hace que la imagen del interior deje de verse. Como cuando un pulpo dispara su tinta en el mar y oscurece todo—. Te hice una pregunta —apartar mis ojos del frente se vuelve algo forzoso cuando Danzou me sujeta de los hombros y me voltea hacia él. Está enfadado, eso se puede ver, pero yo estoy lejos de sentirme asustada. Más bien estoy aturdida por lo que respondo con una mentira.

—Bu-Buscaba el baño y...me perdí.

No busco que me crea. De hecho, estoy segura de que lo que acabo de decir es absurdo dado que esperé meticulosa tres veces a que la puerta de ese sitio se abriera para poder infiltrarme. No pude haber llegado simplemente ahí por un extravío, desde luego.

Me necesita, me repito. Y porque lo hace es que no me dice nada. Sin embargo, su agarre en mi muñeca es poderoso. Aún así, los rastros de insurgencia, las semillas florecientes de ello, ya están ahí, y me detengo.

—Padre, espera... —"¿Qué más cosas me ocultas?" "¿Por qué engañas, en primer lugar?" —. ¿Quién es?

¿A cuántas personas antes de mí él habrá castigado tras oír esa pregunta? Es algo que nunca sabré. Lo que sí y siempre me quedará claro es que esa fue la primera vez que le vi titubear. Mirando ambos hacia adentro, justo a donde la caja de cristal ahora se encuentra oscurecida, estoy segura que él sabe a lo que me refiero. Y porque lo sabe es que también me bloquea la verdad.

—Eso no es de tu incumbencia.

Ese día debí ser capaz de entender muchas cosas, pero así como él, decidí callar. Ni siquiera estaba segura de lo que sucedía allá afuera.

Así pues, me di cuenta del hecho abrumador de solo estar haciendo las cosas por obediencia. Y que esa era la vida que había elegido. Y que moriría de ese modo si no me decidía a cambiar las cosas. Con el tiempo, las razones y las respuestas se me fueron dando comenzando con ella.

El día que mi supuesto padre nos la presentó, lo supe. A pesar de haberme dicho, hace semanas, que aquello no era de mi incumbencia, me la entregó. O más bien, me la adjudicó. Por primera vez entendí que la lealtad de Chiyo hacia él no se debía a fidelidad sino a miedo. Y que de no haberme convertido en lo que él le pidió que fuera, la habría desechado. Y ahora hace lo mismo conmigo.

—Desde ahora estará a tu cargo, Mikoto.

.

VI

.

Somos soldados...pero de carne y hueso.

Es algo que entendí la noche anterior a decidir lo que haríamos después de todo eso.

Pero antes de si quiera pensar en huir, muchos años atrás, la conocí.

A ella no debería culparla de nada porque, así como yo, fue víctima de la opresión. Más que el resultado de un perverso experimento, engendrando su odio dentro de paredes blancas y bajo grilletes fríos, Sakura fue el resultado de mucho silencio obligatorio. Se le dijo qué hacer y, cuando optaba por desobedecer, se le castigaba duramente. Le enseñaron a obedecer y le hicieron creer que bajo la obediencia todo era premiado.

La crearon de tal forma para que pudiera estar bajo control la mayor parte del tiempo.

En su momento Danzou intentó hacer lo mismo conmigo, pero dado que mi personalidad ya era un gen establecido por la sociedad y por todo lo que había alcanzado a disfrutar del mundo real, le resultaba difícil dominarme. Con Obito también lo intentó, aunque su frustración vino el día en que supo que su mayor creación había nacido defectuosa lo que me llevaba a pensar, nos llevaba a pensar, que estaba buscando a ese sujeto puro que fuera capaz de cubrir todas sus expectativas brillantemente. Expectativas derivadas de una ambición que sigue siendo un misterio por resolver.

De Sakura no puedo decir que lo obtenga aun pero se está esforzando en ello. De no ser así no la habría puesto a mi cargo, siendo que aun soy joven, para enseñarle todo lo que él sí me enseñó a mí en su momento.

—¿Tiene nombre? —no es una pregunta directa pero desconozco si esta chica entiende lo que Fugaku le pregunta con la boca llena de pan.

Hace un par de semanas fui asignada a ella —o más bien ella fue asignada a mí— y lo único que hemos logrado que diga es la palabra "Quiero"

—Sakura —respondo por ella y me mira curiosa—. Te hicieron una pregunta, es de mala educación no responder —replico frunciendo el ceño. Cualquiera pensaría que detesto estar a su lado, y la verdad es que sí, un poco. Desde que Danzou la ha asignado a mí ni siquiera he podido pasar más tiempo con Obito o Fugaku sin ser custodiada casi todo el día.

Ah, porque esa es otra cuestión curiosa y relativamente interesante de analizar. La cantidad de gente que nos vigila —a ella y a mí— a cada paso que damos, es ridícula. No recuerdo que Obito o yo inclusive fuésemos vigilados de esta manera, lo que me lleva a pensar qué tiene de especial esta niña aparte del cabello rosa y los ojos verdes.

No es que no pueda hablar, si no pudiera no creo que Danzou la quisiera conservar dado que es muy asiduo a desechar lo que considera defectuoso.

La domina, y eso da un poco de pena.

—Fugaku...

—¡Ah, dijo mi nombre! —Ah, y también dice el nombre de Fugaku como si fuera parte de un acto de magia.

La primera vez que la vi fue hace un año. Obito tiene tres ahora y esta chica tiene algo así como seis o siete años. Es difícil compartir con ella tiempo que no es de entrenamiento, al menos para mí. A Fugaku le agrada porque parece que despierta un lado muy paternal en él el poder enseñarle cosas a esta niña que no nos han pedido que le enseñemos.

Con el tiempo Sakura habla más y pronto es imposible callarla. Aún así, aunque es muy parlanchina, cada que intento preguntarle de donde viene o si tiene familia, u obtener algo de información de Danzou a partir de ella, se vuelve una tumba.

—Si no cooperas me voy a enojar —rápidamente levanta el rostro. Sonrío de lado pues desde hace tiempo que me da gracia el hecho de que finalmente entienda lo que es un intercambio equivalente, aunque Fugaku suele decir que es chantaje—. Te vi hace un año ¿recuerdas? En ese laboratorio extraño —ella no dice nada, al menos no de inmediato—. Te han hecho cosas malas ¿verdad? —pero cuando menciono eso e intento tocarla del hombro, sucede la primera gran discusión.

O al menos el gran evento para que busque a Danzou y casi a gritos le pida que me otorgue una tarea más sencilla. No lo sé, pero los años han hecho un cambio desfavorable en mi actitud y me han hecho perder la paciencia muy rápido. Pero lo único que obtengo de él es una bofetada. Una fuerte y sonora que deja una hinchazón mucho más severa que el arañazo que Sakura ha provocado en un arranque inesperado de agresividad.

¡No le pregunté algo difícil! ¡¿Por qué no coopera?!

—¡No entiendo por qué actúa como una salvaje!

—¿No has pensando que le hacían daño y que la castigaban si decía cosas que no debía decir? —Sin embargo, cuando Fugaku lo plantea de ese modo, parezco reflexionar un poco.

El arañazo es cubierto por muchas curitas pero la hinchazón del golpe de Danzou sigue resaltando y creo que eso es justamente por lo que Fugaku está molesto, no porque Sakura me haya herido y haya reaccionado de una forma histérica.

—Leí que el patrón de comportamiento de una persona que ha sufrido maltratos es parecido al de ella.

Fugaku hace que me sienta mal de pronto porque de los dos él parece más empático o quizá solo es mucho más observador. Aun así, aunque logra calmar mi enojo y también logra que vuelva a coger a Sakura bajo mi cuidado, su actitud solo hace que quiera saber más.

Sumado a eso, desde que Fugaku se ha sumado a la búsqueda sobre Madara, mi tiempo con Obito se ha acortado mucho más, para variar. A él, sin embargo, se le ha prohibido el contacto con Sakura desde que ella llegó a este lugar.

No lo entiendo.

Hay demasiadas que no entiendo y demasiadas más que se van sumando con el tiempo.

A raíz de eso, del estrés y la ansiedad, comienzo a padecer demasiados cambios de humor significativos. No tolero las injusticias pero tampoco tolero que me digan que hacer y, por si fuera poco, eso genera problemas. Pronto, más que la recatada y obediente muñeca de Danzou me convierto en algo que poco a poco se le hace difícil de controlar. Sakura, en cambio, parece satisfacer cada una de las cosas que él le pide.

De vez en cuando, la detesto.

Porque, de nuevo, a pesar de que me repito que Danzou no merece nada de mí, todavía busco satisfacerlo. Y la llegada de esta niña solo ocasiona que tenga absurdos pensamientos. Pero lo intento, enserio que sí.

Intento no pensar tanto en ella y en la manera tan religiosa que parece seguirme e imitarme en todo lo que hago. Fugaku dice que quizá es porque no tiene una imagen más clara de lo que es correcto que la que ve a través de mí. Yo le digo que es como un espejo.

Es como un espejo.

Lejos de lidiar con ella respecto a su fuerza física, de hecho es muy lista para seguir y aguantar el ritmo.

—¿Qué es lo que no me puedes decir? —Y, en ocasiones como esta, en la que estamos ella y yo solamente, bajo mis murallas. Me permito ser empática con ella. Intento entenderla. Intento averiguar, por medio de la paciencia, qué es lo que no me dice—. ¿Mi padre te ha hecho daño?

Una vez le dije a Fugaku que los problemas de los demás no eran mis problemas.

Una vez dije que con él, con Chiyo y con Obito me bastaba para ser feliz.

Sí, eso dije una vez...

Pero, madre, hoy quiero contarte sobre ella.

Sobre lo que fue, sobre lo que es y lo que será en el futuro.

Porque cuando Sakura no puede más y asiente rompiendo en llanto, pude entenderte un poco, madre.

Pero también me llené de coraje.

Un poco más.

Solo un poco más.

Ese día entendí que nuestro lazo se volvería irrompible y que solo había dos formas de mejorar o empeorar su vida. Madre, no sé si haya hecho la elección correcta, no puedo saber el futuro con solo verla, pero lo que sí se es ver el pasado pero en aquél entonces no hubo necesidad de ello. Al menos no es ese momento porque no sabía en lo que esto se iba a convertir con los años.

Lo único que entendí, madre, a través de sus cansados y temerosos ojos, es que ni ella ni yo fuimos bendecidas desde el comienzo.


Notas: No se lo esperaban ¿verdad? Genial, porque yo tampoco jajaja

No tienen idea de la carga de trabajo que he tenido las últimas semanas. Literalmente no he descansado lo suficiente. Afortunadamente ya he ido sacando varios pendientes y estoy un poco más libre (no del todo pero buenooooo) Así que aproveché este día para terminar de escribir este capítulo, editarlo y todo eso.

Debo confesar que el arco de Mikoto, al menos la planeación, no estaba proyectada para que fuera tan...turbia(?) Pero me he pasado un par de noches uniendo eventos, viendo qué sigue, y he re escrito este capítulo como 6 veces. Las 5 primeras veces estuve muy inconforme, y aun así siento que le faltó algo. Pero me cansé demasiado acomodando las escenas que aaaaahhhh, espero haya quedado bien. Como había avisado anteriormente, en el arco de Mikoto se revelan y aclaran muchísimas cosas del primer arco por ello es problable que se extienda un poco más en capítulo que cuando sucedió el arco de Sasori.

Por ello es que me estoy rompiendo la cabeza en hacerlos entretenidos pues Sasuke y Sakura del presente están ausentes en estos capítulos, y yo sé que los extrañan (?) Por eso es que me sigo dando de golpes en la cabeza pero espero, en verdad, que estos capítulos no se les hagan tediosos. ¡Hay mucha información que revelar!

Por el momento -que suenen tambores por favor-, un aplauso enorme para ustedes, principalmente para aquellos que acertaron sobre Madara. ¿Cómo lo hicieron? xDDD Mi plan era infalible jajajaja Ok no, pero sí me sorprendió que varias chicas lo adivinaran aunque no sé si fue coincidencia o enserio analizaron mucho las pequeñas pistas que di. De cualquier forma, ¡gracias! Amo ver como teorizan, no saben la sonrisota que me dejan.

Pero...¿Y qué más? Se ha revelado el nombre pero ¿Quién fue? ¿Qué hizo? ¿Dónde está? ¿Está muerto? ¿Qué hizo Danzou? ¿Qué es de él? Todas esas preguntas serán reveladas, se los prometo. Por el momento: Sakura. Estoy pensando muy seriamente -se los digo enserio- cómo llevar su pasado y cómo enlazarlo con Mikoto. Enserio que no creí que este arco requiriera demasiada planeación, sumado a eso que he estado re ocupada, apenas y pude sacar este capítulo luego de mes y medio. Soy una persona horrible, perdónenme u-u Muchas gracias por la paciencia.

Y pues ya, mucho texto jajajaja

Estoy ansiosa de leer sus nuevas teorías y sus comentarios respecto a este capítulo.

Hashtag #AmemosAFugaku(?) Miren qué lindo era, Sasuke se parece mucho a él definitivamente. Muchos quizá habrán creído que la personalidad de Mikoto sería dócil y suave pero la verdad es que es todo lo contrario. Queda un poco claro sobre su trato con Sakura al inicio pero eso cambiará...pronto.

¡Besos!

Rooss-out