No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella suspiró y se retorció en su claustrofóbico asiento. Había comenzado la película, y Edward aún no había encontrado una oportunidad para su pequeña aventura en el baño. No era porque él no buscara una apertura, pero quizás podría venirle bien un poco de motivación. Isabella le hizo señas a una azafata que pasaba.

—Disculpe —dijo—. Tengo un poco de frío. ¿Tiene algunas mantas?

—Um, claro —dijo ella—. En un minuto. Le traeré una. —Se volvió hacia el frente del avión.

—Dos, por favor —exclamó Isabella tras ella.

—Deberías haber usado un sweater —dijo Edward, acariciándole el brazo desnudo.

Ella se había vestido para su llegada a Aruba, no para el frio día de otoño que había dejado atrás Kansas City.

—No tengo frio realmente —dijo ella—. Pero estoy muy segura de que tu regazo sí. —Levantó apreciativas cejas ante el bulto en los pantalones de él y luego le guiñó el ojo.

Amaba todavía poder ser capaz de dejar boquiabierto a su esposo al ser traviesa.

—¿Quieres cambiar asientos conmigo? —preguntó, asintiendo hacia el más privado asiento junto a la ventana.

Edward desabrochó su cinturón de seguridad y se movió torpemente para cernirse sobre el regazo de ella como si a su asiento le hubieran salido espinas venenosas. Ella rió entre dientes, liberó su cinturón y levantó el apoyabrazos entre ellos para poder deslizarse al asiento del lado del pasillo.

Edward se dejó caer junto a ella. Ella notó que el bulto en sus pantalones ya había aumentado de tamaño. Echó un vistazo alrededor de la cabina para determinar la mejor manera de acomodar el cuerpo para bloquear la vista de los espectadores.

La azafata regresó con sus mantas y les cobró ocho dólares a cada uno por las mantas y los paquetes de almohadas inflables.

—Ahí va el servicio al cliente —se quejó Isabella mientras buscaba el dinero. Supuso que comprar una manta era, de todos modos, la mejor idea, en caso de que Edward se entusiasmara demasiado e hiciera un desastre. Ella abrió una manta sobre el regazo de Edward y la otra sobre sus propios hombros. Se volvió en el asiento y apoyó la cabeza en el hombro de él, la mano descansando ligeramente sobre su estómago debajo de la manta. —¿Puedes ver algo? —susurró.

Él echó un vistazo hacia abajo.

—No —susurró él de regreso.

—Finge mirar la película —dijo ella.

—Definitivamente fingiré —dijo él.

Sus abomínales se contrajeron bajo la mano de ella mientras ella la deslizaba lentamente hacia abajo. Su vientre temblaba sin control para cuando ella llegó a la cintura de sus pantalones.

—Te amo tanto que a veces duele —susurró.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo, y él la besó apasionadamente. Ella estaba tan feliz de haber encontrado un hombre tan sexualmente aventurero como ella. Su primer esposo había sido un desastre en la cama; o en cualquier otro lugar en que ella intentara tener sexo. Edward era el opuesto de Jeremy, gracias a Dios.

El aliento de Edward salió en un sobresaltado resoplido contra sus labios cuando su mano encontró su polla dura como la roca y le dio un firme apretón a través de los jeans. Tanto como ella amaba besarlo mientras lo tocaba, eso los delataría con seguridad. Tenían que fingir indiferencia.

—Mira la película —dijo ella, acariciándole el bulto con el pulgar con movimientos circulares.

Él se mordió el labio inferior y asintió ligeramente. Sus ojos estaban cerrados, pero al menos su rostro estaba hacia la pantalla.

Isabella lo acarició a través de los pantalones; masajeando su longitud, acariciando la cabeza, deleitándose con los pequeños jadeos que él hacía en la parte trasera de su garganta. La carne entre los muslos de ella comenzó a arder en forma insoportable. Se retorció en el asiento, intentando aliviar la distractora necesidad que pulsaba a través de su mojado coño.

—Tócame —susurró él—. Por favor.

—Creí que eso era lo que estaba haciendo.

Ella aplicó más presión, aferrando su gruesa polla y acariciando con el pulgar el pequeño bulto que ella reconoció como el borde de su cabeza. Él metió la mano bajo la manta y abrió su cremallera de un tirón, soltando un sexy jadeo cuando su polla caliente y gruesa llenó la mano de ella.

—Edward —lo provocó ella en voz baja—. No puedes simplemente sacarlo en público.

Pero amaba que él lo hubiera hecho. De no ser por las leyes de exposición indecente, ella ya lo tendría enterrado en su garganta.

Isabella le presionó la longitud contra el estómago mientras lo acariciaba. Si ella lo soltaba, él formaría una gran tienda en la delgada manta.

—No tienes idea de cuánto quiero follarte en este momento —gruñó él.

De hecho, sí tenía idea. Masajeó la sensitiva piel de la cabeza de su polla con una perla de flujo preseminal. Él inhaló entre los dientes.

—Probablemente deberías guardar esta cosa —dijo ella—. Me encantaría seguir jugando con ella, pero tengo la repentina e incontrolable necesidad de ir al baño. Quizás quieras unirte.

Su polla se sacudió en la mano de ella.

—Voy a soltarte ahora —dijo—. Mejor contenla para que La Bestia no haga un espectáculo.

La mano de él le cubrió la suya, presionando la palma firmemente contra su erección.

—Sólo dame un minuto —dijo él sin aliento.

Él le guió la mano arriba y debajo de su longitud, el rostro ligeramente vuelto hacia la ventanilla a la vez que sus ojos se ponían en blanco, su boca se abría y sus pestañas aletearon. Ella conocía esa expresión.

—No te atrevas a acabar hasta que estés dentro de mí —susurró—. Tenemos que hacer un bebé.

Ella liberó su mano y él se inclinó hacia adelante, respirando con fuerza mientras intentaba recuperar el control.

—¿Todo está bien? —preguntó la azafata desde el pasillo—. No luce muy bien.

Isabella se sacudió ante la inesperada intrusión. Su rostro se calentó, pero logró no revelar qué hacía que su esposo estuviese sudado y sonrojado.

—Sólo un poco mal del estómago, creo —dijo Isabella, frotando la espalda de Edward como si estuviera preocupada por su incomodidad. Para ser honesta, lo disfrutaba bastante—. ¿Estás bien, cariño?

Él movió una mano, la otra todavía enterrada bajo la manta.

—Estaré bien en un minuto —gruñó miserablemente.

—¿Va a descomponerse? —preguntó la azafata.

—Probablemente —dijo él.

—Te ayudaré a ir al baño —dijo Isabella—. ¿De acuerdo?

Él asintió con resolución y se movió torpemente bajo la manta, sin duda cerrándose la cremallera.

—Puedo conseguirle una bolsa para mareos —ofreció la azafata.

—No creo que eso ayude. No se siente bien de otro lado. —Su mirada se dirigió significativamente hacia abajo.

La mujer no necesitaba saber que era la polla y no los intestinos lo que le causaba problemas. Isabella no le permitiría sacar sus propias conclusiones sobre su enfermedad y por qué él necesitaba pasar un tiempo inusitadamente largo en el baño. Cuando Edward terminó de ponerse presentable, Isabella salió de su asiento.

—Vamos, cariño, te ayudaré a ir al baño y te esperaré afuera en caso de que necesites algo.

Le ofreció una mano y él se corrió del asiento, sosteniendo la manta hecha un bollo contra la cintura y haciendo un buen trabajo de fingir que estaba enfermo mientras caminaba torpemente hacia el baño. Se encerró en el baño mientras Isabella esperaba afuera, luciendo preocupada. Nadie quería esperar en la fila con un pasajero "enfermo" en el baño, así que en menos de un minuto, Isabella encontró el área de la galería junto a los baños felizmente vacía de espectadores.

Ella abrió la puerta del baño y encontró a su esposo con la polla afuera, frotándosela vigorosamente con ambas manos. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás en abandono mientras él jadeaba hacia el techo del pequeño compartimento.

—Te dije que no acabaras a menos de que estés dentro de mí —susurró, y se apretujó dentro del pequeño espacio con él.

—Intentas matarme, mujer —acusó él sin aliento.

Él le apoyó la espalda contra la parte interna de la endeble puerta y movió torpemente la mano bajo su falda. Su ropa interior estuvo alrededor de sus tobillos en un instante. Ella liberó un pie de una patada y la levantó al asiento del inodoro. Se mordió el labio para no gritar su nombre cuando su enorme polla encontró su hogar y él empujó hacia arriba, penetrándola.

Él le aferró las muñecas y las presionó contra la puerta a cada lado de su cabeza, follándola tan duro como los reducidos confines del baño se lo permitían.

—¿Te gusta ser follada así? —le gruñó él en el oído.

—Dios, sí —susurró ella—. Me gusta ser follada como sea que me lo des.

—Me vuelves loco —dijo él, rotando las caderas para hacerla gemir de deleite.

—Lo siento. —La insaciable lujuria de ella había sido uno de los defectos que había ahuyentado a su primer esposo.

Él rió entre dientes.

—¿Lo sientes?

—No puedo controlar mis urgencias. Lo intento... simplemente no puedo.

Él le soltó las muñecas para poder enterrarle las manos en el cabello y tirar su cabeza hacia atrás. La mirada de ella se asentó en sus intensos ojos marrones.

—Nunca cambies, Isabella. ¿Me oyes? —Él le tiró el cabello para asegurarse de tener su atención—. Jamás. Resulta que obtengo placer de cada una de tus urgencias.

Con el corazón volando, ella sonrió y lo envolvió con los brazos y piernas. Él la presionó contra la puerta para tener apoyo e hizo sus embistes para tomarla más profundamente.

Dios, sí, Edward, más profundo. Más profundo.

Él le presionaba las caderas contra ella cada vez que sus bolas le golpeaban el culo, frotándole el clítoris hasta que ella no tuvo más opción que explotar de deleite. Lo besó desesperadamente mientras acababa; necesitaba la distracción para ocupar la boca y no gritarle su placer a un avión con pasajeros desprevenidos. Él se estremeció contra ella mientras embestía las caderas una última vez y se aferraba a su culo con dedos que dejaban moretones a la vez que la llenaba con su semilla. Y con suerte, con un bebé.

Ella sonrió ante la idea y hundió el rostro en el cuello de él, amándolo más cada vez que respiraba.

Un llamado a la puerta resonó en el pequeño espacio. Isabella se asustó, habiendo perdido de vista donde estaban envueltos en su abrazo de amantes.

—¿Todo está bien allí? —exclamó la azafata con voz preocupada.

—Me siento mucho mejor ahora —respondió Edward—. ¡Gracias! Saldré en un minuto.

Isabella ahogó una risita contra el hombro de él y lo abrazó ferozmente con los brazos y piernas.

—¿Qué tan celoso estaría Jazz si te embarazo en un vuelo comercial a Aruba? —dijo Edward.

A Isabella le alegró la idea de que Edward y Jazz compitieran por el mejor lugar para embarazar a sus mujeres. Estaba segura de que Jazz intentaría superar a Edward, y no había manera de decir dónde follaría a María para ganar el premio.

—Por favor no apuestes con él —dijo entre risas—. Si perdieras, no estoy segura de poder soportar tener que ver otro tatuaje nauseabundamente adorable en tu culo.

—Pensé que sentías cariño por Fluffy y Precioso —bromeó Edward, usando los apodos que Isabella les había dado al gatito y al unicornio que él llevaba en el trasero gracias a la apuesta que había perdido con un odioso baterista; alias Sr. Emmett McArty.

Isabella estiró el brazo para apretarle el trasero.

—No me importan en lo más mínimo mientras no tenga que mirarlos.

—Entonces, ¿no quieres instalar un espejo sobre nuestra cama para ver mi trasero cuando mientras te follo?

Ella se estremeció con falsa repulsión.

—Sólo si quieres que me ría de ti todo el tiempo.

—Creo que eso sería algo duro para mi ego.

—Y para mi habilidad para acabar.

—Podría hacer que lo saquen o que lo cubran con algo menos horrible. —Él salió de ella lentamente y esperó a que ella pusiera los pies en el piso antes de soltarla.

—Una apuesta es una apuesta —dijo ella con un suspiro, mirando el tatuaje en cuestión y sacudiendo la cabeza ante el adorable gatito montando un unicornio, un arcoíris brillantemente colorido en el fondo—. Realmente necesitas vengarte de Emmett por diseñar esa monstruosidad.

—¿Qué hay de Benjamin? —dijo Edward, lavándose las manos y la polla en el pequeño lavabo.

—Sabes que él no habría escogido algo tan horrendo por sí solo.

—No estoy tan seguro. —Edward se levantó los pantalones, cubriendo su tema de conversación con jean—. Puede que Benjamin sea callado, pero no es tan dulce e inocente como pretende ser.

Isabella se limpió lo mejor que pudo con papel higiénico y una toalla de papel mojada, pensando que los hombres la tienen mucho más fácil en situaciones como ésta. Ella se meneó para ponerse la ropa interior, chocándose varias veces con Edward en los pequeños confines del baño. Cuando ella estuvo medio decente una vez más, Edward le envolvió los hombros con la manta y la usó para atraerla hacia él para darle un tierno beso.

—La amo, Sra. Cullen.

—Yo también te amo.

—¿Crees que todos en el avión saben por qué estamos aquí juntos?

Ella apretó los labios y asintió.

—Sí, muy segura.

—¿Te sientes avergonzada?

Ella sonrió y sacudió la cabeza.

—Bendecida.

—Veremos si aún te sientes así después de nuestra caminata de la vergüenza.

—Excepto que no estoy avergonzada. En lo absoluto. —Jeremy la había hecho sentir avergonzada por su deseo sexual, pero ella no iba a permitirse sentirse así nunca más. Le sonrió a su segundo esposo, quien definitivamente era el mejor; sin dudas—. Bienvenido al Mile-highclub, cariño.

—Me agrada haber esperado para unirme al él contigo. —Él le sonrió, le dio un rápido beso en la punta de la nariz y luego abrió la puerta.

El hombre de pie al frente de la fila les levantó una ceja, pero no dijo nada. Isabella caminó de regreso a sus asientos, el brazo detrás de ella para poder sostener la mano de Edward mientras él la seguía. La mayoría de la gente apartó la vista, pero el entusiasta fanático que había estado detrás de ellos en la fila en la terminal levantó una mano para chocarla con Edward.

—Lo hiciste —dijo Mike, y su futura esposa rió tontamente.

Isabella se alegró cuando Edward no choco los cinco con él ni comentó, sino que simplemente siguió caminando. Él soltó la mano de Isabella cuando llegaron a sus asientos, y ella se deslizó para sentarse junto a la ventana. Cuando Edward se sentó junto a ella, él le envolvió los hombros con un brazo y tiró de ella junto a él para su acostumbrada ronda de mimos posteriores al sexo. Él era mucho más afectuoso que ella, pero ella ya intentaba resistir su atención. De hecho, cada día le gustaba más su ternura. Las noches sin él mientras él estaba en la carretera eran tan solitarias que algunas veces ella abrazaba su almohada y pretendía que era él. Desafortunadamente, las almohadas no devolvían el abrazo. Se acomodó junto a él tan cerco como era posible e inhaló su intoxicante aroma.

—Espero que estés pensando qué quieres hacer para tu aventura —dijo Edward, frotándole el cabello con la mejilla—. Porque va a ser difícil superar ésa.

Ella rió y le dio un apretón.

—Estoy segura que se me ocurrirá algo que nunca olvidarás.

Pero ella era todo palabras. No tenía idea de cómo se suponía que se le ocurriera algo más maravilloso que lo que acababan de experimentar.

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Creo que hoy tendremos doble o triple actu jaja dependiendo de cómo anden mis clases n.n No olviden dejar un lindo comentario, y tampoco olvide pasarse por mi hermoso y exclusivo grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.

¡Nos leemos pronto!