Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 53.


Al menos una semana había pasado desde que esos sucesos habían ocurrido con InuYasha, Kagome, Sango y Miroku.

Para empezar, InuYasha había presentado su renuncia en la editorial, que fue muy bien recibida por Kōga. El jefe no había dicho ni sí, ni no, solo la aceptó, así que InuYasha estaba contento de no haber tenido que lidiar con más problemas en ese lugar, al que, por cierto, había entrado para vigilar a Kagome y por influencias de Kikyō. Kagome y él ya ni siquiera se hablaban y Kikyō pues… no había que explicarlo.

En el transcurso de la semana, InuYasha se había presentado para exponer su sentencia de nulidad de matrimonio civil, después de eso, citaron a Kikyō ante la demanda y en breve, Sango y el abogado de Hishā tuvieron una conversación.

Las cosas se darían civilizadamente. Después de cada presentación de evidencia y de hechos, tendrían que llevar a sus testigos.

Los ex prometidos jamás se hablaron, es más, casi ni se miraron. Era obvio, todo lo que estaba pasando no hacía más que dañarlos y era mejor así, terminar con todo de una vez y por todas.

Kikyō había aceptado salir con Bankotsu al menos 2 veces, así que se estaba distrayendo de todo ese infierno del matrimonio.

InuYasha y Sango no habían hablado ni siquiera una vez acerca de Takeda y se sentía muy extraño, pero se trataba de los temas legales y Tanaca era muy profesional. Aún así, la relación con su amiga también se había detenido. Suponía que Kagome le habría dicho que él sabía todo desde un principio, sin embargo, decidió ayudarle con la nulidad de su matrimonio.

Miroku había tenido que ir a su departamento por sus cosas, su auto y también algo de dinero. InuYasha le había dado su departamento de soltero y él seguiría pagando el arriendo mientras Miroku conseguía algo de trabajo. InuYasha se estaba quedando en el templo, aunque la mayor parte del tiempo estaba fuera. No quería pasar allí, aún no podía perdonar a sus padres.

Sango le había abierto la puerta sin decir palabra y Miroku tampoco había insistido en contarle cómo habían sucedido las cosas. De seguro Sango no le creería. Hablaron apenas sobre el dinero que Miroku había invertido para comprar ese departamento y él dijo que no le interesaba, que se quedara con aquel espacio y que él iba a apartarse de su vida para que pudiera ser feliz.

Sango era tan obstinada que no escucharía razones, así que Miroku pensó que no era conveniente seguir acosándola de esa manera. Él incluso había buscado a Kagura para que le contara si ella había tomado las fotos, pero ahí se terminó enterando que era la amante de Kōga.

Lo echaron de ese edificio y Kōga lo amenazó para que no dijera nada de lo que había visto. Sin embargo, Kagura se había quedado pensando en aquel rostro lleno de amargura y esos ojos azules que parecían oscurecer por la actitud sombría. Miroku estaba irreconocible.

La situación sentimental de todos estaba por los suelos. Sango estaba teniendo algunos problemas con su presión arterial y el embarazo a veces la estresaba. Se sentía tan mal que en algunos momentos deseó no haber estado embarazada. Sí, aunque sonara muy mal, a veces no quería ser la madre del hijo de aquel hombre mujeriego despreciable.

Los señores Tanaca aún no tenían idea de lo que había pasado, pero en algún momento, Sango tendría que viajar a casa a contarles todo. Los padres de Miroku tampoco estaban enterados. Lo arreglarían después, de todas maneras, tendrían un hijo en común. Por el momento seguro que los llamaría por teléfono a decir que la boda tendría que aplazarse indefinidamente por cuestiones de trabajo.

Por otro lado, Tōga y Midoriko veían pasar los días a la espera de una respuesta de InuYasha. Pronto tendrían que contarle a Kagome, pero necesitaban avanzar con uno antes que tener que recibir el odio de los dos.

Kagome había permanecido en su casa y luego en el trabajo. Meditaba en todo lo que estaba pasando y sopesó la idea de abandonar la editorial también. Quería otro ambiente y otro trabajo, pero su miedo porque Kōga la chantajeara le frenaba todo impulso. ¿Y si corría a contarle todo a Kikyō? De todas maneras, ella ya no tenía un compromiso con InuYasha.

Ay, InuYasha.


Subía de nuevo las escaleras del templo y no podía dejar de recordar su accidente. Los días pasaban rápido y un mes se había ido volando.

Después de haber meditado todo ese tiempo acerca de sus padres, decidió que debía hablar con ellos de una vez por todas y pedir perdón porque él también había cometido muchos errores. Apenas después de haber causado la separación de sus mejores amigos, se dio cuenta de la mierda de persona que era y también del daño psicológico que le había estado haciendo a Kagome todos esos años.

Y no solo a ella; él mismo se hacía daño.

Cuando por fin pudo abrir la puerta y pasar hasta la sala, Tōga y Midoriko lo esperaban con el corazón en la mano. Se levantaron a recibirlo, pero no podían acercarse a él. Sentían mucho miedo de que los odiara para toda la vida y los viera como unos seres horribles y despreciables, así que estaban dispuestos a escuchar todo el odio que sabía que se merecían.

InuYasha parpadeó lentamente y sintió también que el corazón iba a salirle por la boca. Caminó lentamente hasta Midoriko y por primera vez en mucho tiempo, volvió a ser aquel pequeño niño inocente que necesitaba de su familia para poder sonreír.

Tomó a Midoriko por los hombros mientras sus pupilas parecían temblar por dentro y se arrodilló ante ella.

—Ma-Madre… —escondió el rostro a la altura del vientre femenino y dejó recorrer un par de lágrimas. No sabía si lloraba por él, por ellos o por todos, pero parecía estar viviendo un duelo emocional terrible—. Papá…

Tōga también se fundió en aquel abrazo de su pequeño InuYasha y esta vez, los adultos derramaron lágrimas como locos. Por primera vez en tanto tiempo, sentían que estaban cerca de su pequeño y eso los hacía temblar de alegría. Aunque también estaban llenos de profunda pena, era maravilloso estrechar así a InuYasha, tan sensible y tan vulnerable.

—En serio lo lamento, hijo. —Mencionó el señor Taishō—. Hemos cometido tanto errores en la vida, pero te juro que siempre fue por amor. Creíamos que era lo mejor.

Se separaron después de algún tiempo y él los observó con más tranquilidad. Se sentía algo liberado y respiraba con más calma. Le hacía bien saber que ellos al fin tomaban conciencia de sus actos.

—Te pedimos perdón por haberte orillado a casarte con una mujer que no amas, InuYasha. —Dijo ella, ya con un tono más decidido.

—También yo lo siento… es mi culpa todo esto, siempre debí frenar mis retorcidos impulsos con Kagome, yo… la lastimé… —su semblante volvió a ser triste, pensaba en todo el daño que le había hecho a su hermana y le daba repulsión—, aunque solo sea mi media hermana, hay sangre mía que también corre por sus venas. —No podía mirar a sus padres a la cara, pero estaba bien así—. Casarme no va a ser la mejor manera de arreglar todo esto. Es por eso que decidí terminar para siempre con Kikyō.

—Sí, y es por eso que asumiremos nuestras responsabilidades ante el juez de la familia para la anulación de tu matrimonio.

InuYasha esta vez alzó la mirada y un destello de luz le iluminó el rostro.


Suspiró con un semblante algo decaído. El trámite de nulidad la tenía estresada. Ese día había quedado con el doctor Bankotsu para salir después del trabajo. Se sentía muy bien en su compañía, la hacía olvidar de todo y por un momento podía disfrutar de un postre o de un café.

Las escaleras de ese templo parecían interminables. Imagino de repente el accidente de su ex y no evitó sentirse algo triste por ese acontecimiento. Bueno, en fin, eso ya había pasado e InuYasha ya se encontraba bien.

Cuando estuvo en la cima, regresó la vista y desde ahí podía verse parte de Shibuya. El viento ahí corría con fuerza y le mecía el cabello suelto. También le movía el corto vestido azul que lucía ese día. Cerró los ojos y sintió algo de paz.

Suponía que debía ser porque estaba en un templo.

Había pasado tantas cosas en ese lugar. Todo le recordaba a InuYasha. Los padres de él habían sido buenos con ella, era por eso que iba hasta ahí para despedirse de ellos y agradecerles toda la amabilidad que le habían brindado.

Siguió su camino. Las maletas de InuYasha estaban fuera de su auto, ahí, estacionada en la entrada del templo, así que debía hacer lo que quería hacer rápido.

Miraba al suelo mientras más se acercaba a la puerta de la casa y el corazón comenzaba a latirle fuerte. Por alguna extraña razón, sentía como si alguna fuerza la repeliera a tal punto que le costaba seguir avanzando a ese lugar. Era como si el destino le estuviera diciendo que se arrepintiera, pero ella no lo escuchaba.

Justo cuando llegó por fin, notó algo en el suelo. Achicó los ojos, analizando aquella cosa. Se trataba de algún disco, de eso estaba segura. Notó que sobre el paquete traía un nota que decía algo que la dejó en shock.

«¿Realmente conocen a InuYasha?»

No parecía haber sido puesta para jugarle una broma, ya que nadie sabía que ella iría a ese templo. ¿Algún bromista la había dejado ahí? Estaba colocado para que lo vieran al abrir la puerta, así que era obvio que quien dejó el DVD ahí, sabía lo que hacia.

Las manos le picaban por tomarlo.

¿Realmente conocía a InuYasha?

Era muy difícil para ella intentar volver a saber algo de su ex, ya que a esas alturas no debería importarle en lo más mínimo. Empuñó la correa de su bolso y empezó a sentirse ansiosa.

¿Realmente conocía a InuYasha?

Estiró la mano temblorosa al timbre sin dejar de mirar aquel DVD. No debería tomarlo, estaba mal. No era para ella. No debía. No, Kikyō, no.

—¿Realmente conozco a InuYasha? —Susurró, mientras escuchaba a alguien acercarse a la entrada. No sabía lo que hacía, pero estaba segura de que algo no la haría feliz,—. No… —Susurró, dudosa, escuchando cada vez los pasos más cerca.

Escuchó por fin la puerta abrirse y sintió miedo de que la hayan podido descubrir.

—¿Qué haces aquí? —Inquirió con su tono seco, pero estaba asombrado.

Ella la miró después de remover su bolso en el hombro y echarse el cabello hacia atrás.

—InuYasha… —¿Realmente te conozco, InuYasha?—. Traje tus cosas, están afuera.

Un silencio incómodo los invadió, así que InuYasha tuvo que decir algo.

—Te agradezco… ¿Quieres pasar a tomar el té? —No supo qué más ofrecerle.

Ella negó automáticamente.

—Solo quiero ver a tus padres para agradecerles por su hospitalidad y que me hayan recibido en su familia mientras duramos juntos. —Aún había resentimiento en su voz, y no era para menos. Apenas hacía poco más de un mes desde que él le había terminado para siempre. No sabía cómo decirles a sus propios padres lo que había sucedido. Su madre diría que se lo advirtió—. Solo será un momento.

Él suspiró, asintiendo. Qué incómodo era hablar con ella después de todo lo sucedido.

Aun así, Kikyō lucía nerviosa. Se veía más pálida aún de lo que ya era y casi podía jurar que oía su corazón acelerado.

«¿Qué estará ocultando Kikyō? ¿Habrá venido para vengarse de mí?».

Continuará…


Este capítulo en particular me gusta, por la escena de InuYasha y sus padres, que, supongo, es quien más merece su liberación mental por ahora. Bueno, creo que las cosas van quedando muy claras para ustedes, ¿no es así? Empiezan a resolverse sus dudas, esas que siempre están en los comentarios desde que se grabó el vídeo. Me encanta la forma en la que se llevan los eventos. Espero que a ustedes también, me hace muy feliz leerlos.

Elyk91: No sabes cuánto amo redactar cachetadas. Sí, claro, ambos están defendiendo a sus amigos. Tú sí odias a Yura, creo que más que a Kōga me encanta que me digas que amas mis avances.

Laurita Herrera: yo también tengo nervios, Dios. Kōga está enloqueciendo, es lo que me temo. Gracias por estás pendiente, bella.

Tuttynieves: ¡Disfruta!

Iseul: ¡Escucha mis audios, te amo, diosa! Veo que has sufrido en estos capítulos, lo siento.

Chechy14: Nada, ellos no hablan, es lo triste.

También a Ally, AIROT TAISHO y Aomecita Taishō por estar siempre pendiente de esto.

En el próximo capítulo:

«—Doctora Yoshida, qué gusto. —Hizo una reverencia ante la sonriente mujer, que también se inclinó.

—Qué bueno verte aquí, Takeda. —Comenzó a caminar despacio mientras ordenaba unos documentos y el aludido la seguía a una distancia prudente—. Es bueno cuando los hombres se interesan en un momento tan importante como este.

Él agachó la mirada, sintiéndose muy mierda: había dejado que pase tanto tiempo que no sabía ni qué tenía Sango. ¿Realmente la merecía?

[…]

—¡Sango, por favor, escúchame!

[…]

—Yura, maldita perra».