No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.
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Dentro de la suite del penthouse, Edward dejó caer su llave tarjeta en la encimera de la cocina y corrió hacia la puerta de vidrio que lleva al balcón. El océano azul cerúleo se extendía frente a él hasta que el agua se encontraba con el horizonte y se fundían en una sola franja azul. Debajo de él, altas palmeras se mecían en la fuerte brisa de la costa y unos pocos bañistas salpicaban la arena blanca y caminaban en las olas de la orilla.
—Que vista increíble —dijo, sorprendido.
Siempre había amado el océano y había sido parcial a sus nativas playas del sur de California. Hasta ahora.
—Eso diría —dijo Isabella.
Cuando él le echó un vistazo sobre el hombro, ella no miraba la playa en absoluto.
—¿Me estás mirando el culo?
—En este momento, sí, pero el paquete completo me parece increíble.
—Te daré el paquete completo —dijo él, tomándola de la muñeca y tirando de ella entre sus brazos para poder besarla profundamente.
—Por favor, hazlo —murmuró ella contra sus labios.
—¿Estás segura de que puedes lidiar con todo?
Ella lo hizo volverse y lentamente lo hizo caminar hacia atrás hasta que sus pantorrillas chocaron contra algo sólido. Lo siguiente que él supo, sus shorts estaban alrededor de sus tobillos y él estaba sentado en un cómodo sillón de jardín. Isabella cayó de rodillas frente a él y puso ambas manos en los muslos de él para separarle las piernas. Con los ojos fijos en los de él, ella tomó su verga en una mano.
—Hazme saber cuándo creas que he lidiado con todo —dijo, sus suaves y rosados labios curvados en una irónica sonrisa.
Uso una mano para masajearle suavemente las bolas. La otra le acarició su longitud con un tentador toque que apenas rozaba la superficie de su piel... y que instantáneamente lo tuvo retorciéndose de excitación. Todo el tiempo que lo tocó, ella mantuvo la mirada fija en al de él. Él no podía apartar la mirada, aunque el hermoso océano sirviera como un espectacular telón de fondo para su bella esposa.
—Usa la boca. —Lo dijo como una orden, pero las palabras salieron como una súplica.
—Insinuaste que no podía lidiar con todo —dijo ella—. No dijiste nada de mi boca. Además, sé que no puedo llevarme toda la cosa a la boca sin dislocarme la mandíbula y tomar años de lecciones para tragar espadas.
Él tomó su verga con una mano.
—Las espadas desearían ser así de gruesas —bromeó.
—Oh, por favor, perdóname —dijo ella, muy seria—. Lecciones para tragar secoyas, entonces.
Él rió entre dientes y liberó el asidero en su polla para apartar un sedoso mechón de cabello de la mejilla de ella. Le trazó el labio superior con el dedo pulgar.
—No tienes que tomarlo todo. Solo la parte más sensible.
—Que considerado de tu parte.
—Siempre tengo tus mejores intereses en el corazón.
—Entonces, ¿por qué soy yo la que está de rodillas? —lo desafío ella.
Él felizmente la correspondería con la boca en su parte más sensible, pero ella había comenzado esto.
—Porque me amas.
—¿Eres un tipo con suerte o qué?
—Él más afortunado —dijo él y luego gimió cuando ella bajó la cabeza para provocarle las bolas con su lista lengua.
Él se retorció cuando el aliento de ella sopló delicadamente contra la humedad que ella había dejado atrás.
—Espero que estén listos para hacer hermosos bebes, pequeñines —le dijo ella a sus bolas.
—¿Pequeñines?
—Le hablaba a tus espermatozoides.
Edward resopló y la levantó de sus rodillas, alentándola para sentarse a horcajadas de su regazo.
—Están listos —le aseguró.
Enterrado dentro de ella, perdido en el éxtasis que el cuerpo de ella siempre le daba al suyo, Edward no estaba seguro de qué era lo instó a abrir los ojos. Pero lo que vio justo sobre la barandilla del balcón cerca de la pared le hizo hervir la sangre. Isabella gruñó en protesta cuando él la levantó de su regazo y la lanzó sin mucha delicadeza al sofá antes de ponerse de pie de un salto y correr rápidamente hacia la barandilla. En su prisa, tropezó con los shorts que tenía alrededor de los tobillos. Un instante antes de que agarrara el teléfono celular conectado a uno de esos bastones para selfies, éste desapareció alrededor de la pared entre su balcón y el de al lado.
Edward se subió los shorts de un tirón y se trepó a la barandilla, resuelto a reclamar la pieza de equipo que había violado completamente su privacidad y la de Isabella.
—¿Qué demonios haces? —gritó Isabella, sujetando la parte trasera de sus shorts para tirarlo de vuelta a su balcón antes de que pudiera trepar al del vecino.
—Alguien nos miraba... o más bien nos grababa... con su maldito celular. —Le apartó las manos de un empujón y volvió a treparse a la baranda de piedra.
—Entonces ve y golpéales la puerta. ¡Te matarás!
Él echó un vistazo a los casi quince metros entre su cabeza y el piso y retrocedió de la baranda hacia el balcón. Estaba tan furioso, que no pensaba claramente. Afortunadamente para él, su esposa era más racional de lo que él tenía a ser.
—Alguien está a punto de que le pateen el trasero —dijo y atravesó corriendo la suite hacia la salida. Una vez en el pasillo, golpeó con fuerza la puerta vecina y esperó una respuesta. ¿Qué tal si nadie respondía? ¿Entones qué? Entonces iría al gerente del hotel. —¡Abre la maldita puerta! —bramó—. Sé que estás ahí dentro. —Aporreó la puerta una vez más, llegando inclusive a agitar el pomo.
Le sorprendió cuando giró en su mano y la puerta se abrió.
—¿Irás a ver quién es, Heidi? Te dije que era él en el balcón teniendo un poco más de sexo, ¿verdad?
¿El fan del aeropuerto? De ninguna maldita manera.
—Dame tu celular —ordenó Edward, extendiendo una mano en dirección al tipo—. ¡Ahora!
—Oye, si tienes tantos deseos de que tenga tu número...
Edward arrebató el dispositivo de la mano del hombre y revisó su galería de fotos en busca de videos o imágenes de Isabella y él. Descubrió muchos videos de varios conciertos, pero ningún video sexual.
—También necesitaré ver el celular de tu novia —dijo Edward, revisando los videos una vez más en caso de que de alguna manera se le hubiera escapado alguno de Isabella dándole placer con las manos y la boca, o montada a su polla en el sofá del patio. Pero no, nada.
—Normalmente no permitiría que un tipo coqueteara con mi chica —dijo Mike—. Pero a ti te permitiría follarla en nuestra noche de bodas.
¿Y por qué querría Edward hacer eso cuando ya estaba casado con la mujer ideal? Su mujer ideal le tocó el brazo y se puso de puntillas para mirar sobre su hombro.
—¿Bien? —pregunto Isabella.
—Nada en el teléfono de él. Sólo necesito revisar el de su mujer.
—¿Por qué necesitas revisar nuestros teléfonos, de todos modos? —preguntó Mike.
—Porque te vi grabándonos con tu celular mientras estábamos en el balcón —dijo Edward, tomando el teléfono de Heidi y revisando su galería de fotos.
—No tengo idea de qué hablas —dijo Mike—. ¿Su habitación está junto a la nuestra?
—Obviamente. —El tipo acababa de decir que sabía que estaban en el balcón teniendo sexo... ¿era completamente estúpido?
La frustración de Edward creció a la vez que foto tras foto de un muy esponjoso y muy naranja Pomerania agraciaba cada imagen en el teléfono de Heidi. No había nada remotamente relacionado con Isabella o él guardado en sus archivos.
—¡Ésa es Peaches! —dijo Heidi—. Oh, ya la extraño tanto. Desearía que la hubiéramos traído con nosotros.
—A veces creo que ella ama más a esa perra que a mí —dijo Mike y sacudió la cabeza.
—Aquí tampoco hay nada —le dijo Edward a Isabella mientras terminaba de pasar las fotografías de la perra.
—Quizás viste cosas —dijo ella—. ¿Y estás seguro de que lo viste de este lado del balcón?
Él estaba seguro. Al menos lo había estado hasta que ambos celulares resultaron estar libres de evidencia.
—Quizás estaba equivocado.
—Si ustedes dos están libres para la cena, nos encantaría invitarlos. Mis amigos jamás creerán que A, conocí a Edward Cullen. B, que se aloja en la habitación junto a la mía. Y C, que cenó conmigo.
—No —dijo Edward, sin consultar a Isabella. Estaba bastante seguro de que opinaban lo mismo con respecto a esto—. Ya tenemos planes.
—Sin ánimo de ofender, pero es nuestra luna de miel —dijo Isabella, sonando ligeramente como si pidiera disculpas. Edward no tenía idea de por qué—. Sólo queremos pasar tiempo juntos a solas.
—En privado —agregó Edward, todavía convencido de que uno de estos dos, probablemente Mike, los había estado espiando.
—Entiendo —dijo Mike abatido mientras se rascaba la nuca—. Bueno, si cambian de opinión...
—No lo haremos —dijo Edward y giró a Isabella hacia la puerta abierta de su habitación.
La hizo entrar y cerró la puerta. Quería estar solo con ella, seguro, pero mayormente quería alejarse de Mike y Heidi. Lo hacían sentir incómodo, aunque no podía decir por qué.
—¿Qué se te metió? —Isabella se paró dentro de la habitación con ambos manos en las caderas y mirándolo con desaprobación.
—¿De qué hablas? —Honestamente, él no tenía idea.
—Jamás te he visto actuar de forma tan grosera con un fan. Jamás. Primero lo mandaste a volar en el avión y ahora irrumpes en su habitación acusándolo de grabarnos con su celular y después rechazas la invitación a su boda y a cenar sin siquiera una disculpa.
—¿Quieres ir a su boda y a cenar con ellos?
—Demonios, no, pero pudiste mostrar un poco más de cortesía. Él obviamente te idolatra.
—Mucha gente me idolatra —señaló él.
—Lo sé. Es sólo que cuando comienzas a darlo por sentado...
Oh.
—Me vuelvo un imbécil egocéntrico.
Ella sonrió y relajó su postura.
—Y ése no es quien tú eres.
Eso era lo que su padre había sido. Edward se había prometido a sí mismo mucho tiempo atrás que si alguna vez estaba cerca de igualar el fenomenal éxito de su padre como guitarrista, jamás daría a sus fans por sentado y que jamás haría sentir a su familia como si no fueran lo más importante en su vida. Así que, si ya rompía su primera promesa, ¿quién diría que no era capaz de romper la segunda?
—¿Debería de ir a disculparme con ellos? —preguntó Edward.
—No creo que eso sea necesario —dijo ella—. Son bastante raros.
Él rió.
—Pero si nos encontramos con ellos de nuevo, intenta ser un poco más agradable.
—Lo intentaré. Pero si lo atrapo espiándonos de nuevo, le pisaré la cara.
—Si estás seguro de que fue él, no te detendré.
Él la atrajo a sus brazos y la besó lenta y profundamente, esperando que ella pudiera sentir cuánto la amaba a través del contacto de sus labios y la cresta que se ensanchaba rápidamente en sus shorts.
—¿Dónde estábamos? —murmuró.
—Antes de terminar totalmente concentrada en ti, necesitas llamar a Garrett —dijo ella.
—Bromeas, ¿verdad?
Ella sacudió la cabeza.
—Debe estar preocupado. Me sorprende que no te haya llamado diez veces ya.
—Todavía tengo el teléfono en modo avión —admitió Edward.
—Bueno, eso lo explica todo. —Ella rió y se alejó—. No hables mucho —dijo mientras cruzaba una puerta abierta y desaparecía en el baño.
Edward sacó el teléfono del bolsillo y después de ajustar la configuración, llamó a Garrett. Ni siquiera se molestó en leer la multitud de mensajes de texto o en escuchar su buzón de voz.
—¿Qué demonios, amigo? —contestó Garrett—. ¿Dónde estás? ¿Por qué no contestas tu teléfono? Incluso intenté llamar a Isabella. Comenzaba a creer que estabas muerto.
—Ésta es la morgue... —dijo Edward, haciendo su mejor intento por disfrazar su voz hablando un tono más bajo de lo normal—. Encontramos este teléfono en el cuerpo de un muerto. ¿Puede venir a identificar los restos?
—Eso no es ni siquiera gracioso, Edward.
Edward rió entre dientes.
—¿Cómo supiste que era yo?
—Porque —dijo Garrett—. ¡Apestas!
—¿En general o sólo para disfrazar la voz?
—Ambos. ¿Dónde demonios estás? —Garrett sonaba inusitadamente molesto.
—Estoy en el paraíso con Isabella.
—¿Qué? ¿Ya están en Aruba? Creí que se irían mañana. ¿O de nuevo hablas del coño de Isabella de nuevo?
A Edward sí le gustaba alabar su coño.
—Ambos. Tuvimos un cambio de planes. —Oyó el agua abrirse en la ducha, y un momento después Isabella cantaba "Come and Get Your Love".
Muy mal. Él sonrió y se adentró en el baño para ver su actuación. Y para conseguir su amor.
—Empaqué una maleta, y he estado sentado aquí todo el día esperando...
—Eso te pasa por auto invitarte a mi luna de miel. Debo colgar.
—Edward...
—Adiós.
—¿Cuándo regresarás?
—A tiempo para la gira. Díselo a Jazz por mí. —Colgó y arrojo el teléfono en la encimera del lavamanos antes de sacarse la ropa y entrar en la ducha detrás de la sexy mujer que era dueña de su corazón.
No le importaba que no pudiera cantar afinadamente. La amaba de todos modos. Se unió a ella para hacer un dúo mientras se llenaba las manos con sus curvas. "Eres excelente y toda mía y siempre divina". No la letra exacta, pero él no podía recordarla con la sangre de su cabeza bombeando hacia su polla.
—Ven y consigue mi amor —dijo ella y se volvió en sus brazos. Hundió los dedos en el cabello de él y tiró de su boca hacia la de ella.
—No tienes que decírmelo dos veces.
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Otra vez el odioso fan… ¿qué piensan que pase ahora? No olviden dejar un lindo comentario, tampoco olviden pasarse por nuestro lindo grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.
¡Nos leemos pronto!
