Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Cuento de Hadas~
Por: Devil-In-My-Shoes
Especial de Aniversario
Parte I: Desde el Pasado...
Dos guardias flanqueaban las puertas abiertas del salón del trono. Su presencia era una formalidad respetada sólo cuando se esperaban visitantes importantes en el palacio. Hicieron una forzada reverencia mientras Korra conducía a su aprendiz hacia la fina estancia.
Varias personas aguardaban frente al trono, y la joven aprendiz sintió que su boca se secaba nada más verlos. Hombres y mujeres se volvieron para ver quién se aproximaba, y sus ojos relucieron con interés en cuanto reconocieron a la Cazadora Real.
Las cazadoras, entre los presentes, asintieron cortésmente con la cabeza. Los demás se inclinaron en una reverencia. Se aproximaron al trono, y Korra condujo a su aprendiz a un lado de la pequeña multitud.
—No estés nerviosa, Kira —le susurró Korra con gentileza—. Esto terminará pronto, ya lo verás.
La joven, de pecosa piel bronceada y ojos verde mar, hizo una mueca y se tiró del cuello de la túnica.
—No es la ceremonia lo que me preocupa —respondió. Su voz ocultaba un ligero temblor—. Son ellos. Ellos me aterran.
Kira señaló hacia la multitud y Korra notó que, a pesar del calor veraniego, todos —a excepción de las cazadoras— vestían con varias capas de prendas opulentas. Las mujeres estaban cubiertas con elaboradas togas; los hombres llevaban abrigos largos, con las mangas decoradas con sus respectivas iniciales. Había enormes gemas engarzadas en los botones de los abrigos. Cadenas de metales preciosos se cerraban en torno a cuellos y muñecas, y joyas centelleaban en manos enguantadas.
—Me juzgarán sin siquiera conocerme —añadió Kira.
—Es algo que no puedes evitar. Lo único que puedes hacer… es enfrentarlo. Apenas tienes dieciséis años, pero estás mejor preparada que el resto. Si controlas tu miedo —le aconsejó Korra—, no habrá manera de que falles.
Reuniendo todo su coraje, Kira miró a los desconocidos más jóvenes y observó que varios de ellos volvían rápidamente la cara. Se preguntó sorprendida qué habrían esperado encontrar. ¿A una extraña silenciosa y salvaje? ¿A una ruda luchadora endurecida por su entrenamiento? ¿A una humana convertida en fæ?
Dado que ninguno de ellos le sostenía la mirada, Kira fue capaz de examinarlos libremente.
Sólo dos de las aprendices poseían el cabello negro y la tez pálida, los típicos rasgos ignitas. Una vestía con la túnica rojo fuego de la nobleza ignita. Otra asía la mano de una chica delgada que miraba con expresión ensoñadora el resplandeciente techo de cristal del salón del trono. El verde de sus ojos la identificaba como parte del reino Terra.
Las otras tres cazadoras aprendices permanecían juntas; su corta estatura y su piel morena eran típicas de la gente del reino Aqua. Hablaban tranquilamente entre ellas, y ocasionalmente una risa resonaba en el salón.
Un par de monjes aguardaban en silencio. Pesados talismanes dorados de la religión aerita colgaban sobre la túnica naranja del mayor, y tanto éste como su hijo se habían rasurado la cabeza.
Una segunda pareja del reino Aqua permanecía en el extremo más alejado de donde esperaban las cazadoras. La piel del hijo era de un moreno más pálido, que delataba una madre de diferente raza. El padre también vestía con túnica, pero la suya era la azul de un guerrero, y no lucía joyas ni talismanes. Kira pensó que se parecía mucho al viejo jefe Tonraq, el padre de su maestra Korra.
Una familia del reino Terra rondaba cerca del pasillo. Aunque la madre llevaba ropas lujosas, las miradas furtivas que dirigía a los demás insinuaban que se sentía incómoda en su compañía. Su hija era una joven baja y fornida, cuya tez poseía unas facciones de un tono amarillo enfermizo.
Kira trató de relajarse. Luego de examinar a su competencia, concluyó que Korra tenía razón. A pesar de ser de menor edad que el resto, ella estaba mejor preparada, y aunque algunos de aquellos aprendices eran más fornidos y corpulentos, podría vencerlos si no se dejaba dominar por el miedo.
No quería dejar en ridículo a Korra, y mucho menos decepcionar a la reina Asami. Ambas esperaban grandes cosas de ella.
Unos pasos resonaron en el corredor. Al darse la vuelta, Kira vio que otro trío de ignitas grandiosamente vestidas se unía a los visitantes. La más baja del grupo dirigió una mirada arrogante al círculo de aprendices. Barrió la estancia con los ojos, que se detuvieron en Korra, y a continuación se desplazaron hacia Kira.
La ignita miró directamente los ojos de Kira y una sonrisa amistosa le curvó las comisuras de la boca. Sorprendida, Kira empezó a sonreír en respuesta, pero mientras lo hacía, la expresión de la ignita se tornó lentamente en una mueca de desprecio. Kira sólo fue capaz de devolverle una mirada de consternación.
La aprendiz ignita se giró con desdén, pero no tan rápido como para que ella no pudiera captar una sonrisa de petulante satisfacción. Kira entornó los ojos mientras observaba cómo la ignita concentraba su atención en el resto de los aspirantes. Parecía conocer al otro muchacho del reino Aqua, y ambos intercambiaron un guiño amistoso.
Kira tragó en seco al darse cuenta de que… ella no conocía a nadie más. ¿Cómo podría? Había pasado los últimos seis años de su formación entrenándose con la reina Asami en el mundo de los fæ. ¿Y le extrañaba que la contemplaran como a un bicho raro?
Claro, tenía a la Cazadora Real Korra de su lado, y el respaldo de toda la tribu del sur. Además, algunas veteranas de la Partida de Caza de Real, como la ex capitana Lin Beifong, la habían ayudado a readaptarse a las costumbres humanas… Sin embargo, ¿a caso eso no la hacía aún más rara?
Durante aquellos meses desde su regreso al mundo humano, Lin y su esposa Kya la habían corregido siempre que pronunciaba alguna palabra con acento fæ, y constantemente la obligaban a expresar las frases de forma distinta, y se las hacían repetir hasta que sonaran más cercanas al dialecto humano.
Korra también le advirtió que los aprendices no serían igual de propensos que los jóvenes de la tribu del sur en aceptar su pasado, y que sólo empeoraría las cosas si atraía la atención de todos hacia sí misma con su exótica manera de hablar.
Normalmente, una aprendiz de cazadora no viajaba al reino fæ sino hasta haber cumplido los dieciocho años de edad. Y, sin embargo, Kira ya había pasado la mayoría de su infancia allá.
Un golpe fuerte y metálico interrumpió aquel juego social. Todas las cabezas se giraron hacia las puertas del gran salón. Siguió un silencio largo y tenso, y a continuación una serie de excitados murmullos llenaron el aire cuando las imponentes puertas empezaron a abrirse hacia fuera.
A medida que el hueco se ensanchaba, un cálido brillo dorado fluyó desde el exterior. Y así, bañado por el sol del mediodía, el rey Mako entró a la estancia, y se desplazó por la larga alfombra de terciopelo hasta su trono de piedra. Una espesa barba negra oscurecía su rostro, y tenía una expresión severa que mostraba su firmeza y duro carácter.
Kira reconoció al príncipe Bolin, que avanzó a grandes zancadas y se plantó junto a su hermano mayor delante del trono. También él parecía más viejo y menos despreocupado. Al ver a Kira, los labios del príncipe Bolin trazaron una delgada línea.
Criada por la reina fæ y la Cazadora Real, amiga de una ex capitana, una bruja y, además, del príncipe del reino Terra: Kira comprendió de repente el porqué de las miradas envidiosas que le asestaban los aprendices a su alrededor.
Nunca antes se había encontrado en semejante posición. Todo lo que resultaba normal para ella, tristemente la convertía en un fenómeno para los demás.
—El reino Terra les da la bienvenida —exclamó entonces el rey Mako—. Seguidamente dará comienzo la Ceremonia de Selección. Los aspirantes a capitán o capitana de la Partida de Caza Real, formen una fila, por favor. Los combates por el puesto empezarán luego del rito de iniciación.
Mientras los demás aspirantes se precipitaban hacia delante, Kira sintió que una mano le tocaba ligeramente el hombro. Se giró y miró a Korra. Una fugaz sonrisa asomó a los labios de la Cazadora Real y Kira le respondió con un asentimiento de cabeza.
Se colocó detrás del último aprendiz de la fila, y su atención se vio atraída entonces por un débil siseo a su izquierda.
—Esa por lo menos sabe cuál es su sitio —murmuró una voz.
Kira volvió ligeramente la cabeza hacia dos cortesanas que se hallaban de pie en las cercanías.
—Es la chica que vino de Zaofu, ¿no?
—Sí —contestó la primera—. Le he dicho a mi hija que se mantenga alejada de ella. No quiero que mi dulce niña adquiera hábitos desagradables... ni violentos. Tú sabes cómo son esos fæ…
La respuesta de la segunda mujer se perdió cuando Kira avanzó. Se presionó una mano contra el pecho, sorprendida al descubrir que su corazón latía rápidamente. «Acostúmbrate —se dijo—. No será la última vez».
Resistiendo el impulso de mirar atrás en busca de Korra, Kira irguió los hombros y siguió a los demás aspirantes por el largo pasillo en el centro del palacio. Miró hacia la izquierda y sus ojos se toparon con la gélida mirada azul de una cazadora anciana.
El ceño fruncido destacaba en su rostro surcado de arrugas, y sus ojos ardían en los de ella. Kira volvió a fijar la vista en el suelo, sintiendo un calor en el rostro. Se dio cuenta, con irritación, de que le temblaban las manos. ¿Iba a permitirse el lujo de ponerse nerviosa por la mirada de una vieja cazadora?
Tras aleccionar a su rostro para adoptar lo que esperaba que fuera una expresión de serena tranquilidad, dejó que sus ojos vagaran por las filas de caras... y estuvo a punto de tropezar cuando le flaquearon las piernas. Daba la impresión de que todas y cada una de las personas en el salón la estaban observando.
Tragó saliva con dificultad y clavó los ojos en la espalda del muchacho que tenía delante. Cuando los aspirantes alcanzaron el final del pasillo, el príncipe Bolin dirigió al primer aprendiz de la fila hacia la izquierda, luego a la aprendiz que estaba de segunda hacia la derecha, y continuó con esta pauta hasta que formaron una fila a lo ancho del salón.
Kira quedó en el medio, enfrente del rey Mako, que permanecía de pie silenciosamente, observando la actividad que se desarrollaba ante él. No tenía dudas de que el fiero monarca la estuviera inspeccionando también, aunque con más intensidad que sus súbditos.
«A saber qué espera Su Majestad de mí» —meditó Kira—. «¿Pensará en mí como su futura Cazadora Real? ¿Me aprobará como futura candidata si puedo convertirme en capitana luego de esta prueba? Korra también fue capitana de la Partida de Caza antes de convertirse en Cazadora Real, pero… ¿Estoy a la altura de sus expectativas?»
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Un perturbador silencio inundó a la pequeña multitud que observaba los decisivos combates entre los aprendices cuando Kira fue derribada del cuadrilátero. Su oponente final: la aprendiz ignita que la había despreciado esa tarde en el salón del trono. El enfrentamiento fue corto y humillante. Kira no tuvo oportunidad.
Débil y horrorizada por lo que acababa de ocurrirle, la joven aprendiz permaneció tendida en el pasto mientras la sangre que brotaba del golpe en su frente le nublaba la vista.
—Fallé… —suspiró.
Oyó los primeros aplausos. Poco a poco, la ovación fue aumentando hasta que toda la multitud empezó a gritar de júbilo. La nueva capitana de la Partida de Caza Real había sido elegida; y no era ella.
Entonces respiró profundamente y se alzó en pie con esfuerzo. Furiosa, Kira clavó las uñas en las palmas de sus manos con la esperanza de que el dolor físico la ayudara a controlar la rabia y la desesperación. Mientras avanzaba, con el sentimiento de que su mundo se había acabado, vio que Korra corría hacia ella.
—¡Kira! —su voz no reflejaba decepción, sino angustia. La Cazadora Real estaba pálida—. ¡Kira! ¿Te encuentras bien?
Su aprendiz la miró a los ojos: la expresión de Kira era tan despiadada que llegó a provocarle un escalofrío.
—Déjame, estoy bien —siseó con brusquedad, y se escabulló dentro de las tiendas de los sanadores.
Para cuando Korra volvió a encontrarla, Kira estaba sentada en un banco de madera. Tenía el corto cabello negro empapado por el sudor y se había quitado parcialmente la camisa para que pudieran limpiarle una herida en el hombro, cosérsela y vendársela.
Al ver a su maestra, Kira se puso en pie lentamente, apartó la mano del sanador y volvió a colocarse la camisa en su sitio.
—¿Qué más quieres de mí? —le reprochó con insolencia—. ¿Por qué insistes en perder tu tiempo conmigo? ¿Acaso no bastó con esto para que comprendieras que adoptaste a una inútil?
Korra no respondió, pero la observó igual que un halcón observa a su presa. Kira sintió que su frustración aumentaba, pero insistió.
—¿Ahora qué? ¿Vas a anunciárselo a Asami? ¿También ella debe enterarse de que acogió a una incompetente bajo sus alas?
—Sabes bien que no eres ninguna de esas cosas, Kira. Está bien fallar, pero lo que no puedo aceptar es que te hayas dejado dominar por el miedo...
—Ah, entonces soy sólo una cobarde… ¡Tanto mejor! ¿No?
—No es lo que quise decir —se apresuró Korra.
La expresión de Kira se volvió indescifrable. Exasperada, la aprendiz dio la vuelta para marcharse, pero Korra la cogió del brazo. Antes de que Kira tuviera tiempo de reaccionar, la Cazadora Real le puso la otra mano en la cintura, la atrajo hacia ella y sus vívidos ojos plata y zafiro capturaron su mirada.
—No tienes nada que demostrarnos ni a Asami ni a mí —susurró en su oído… Y la abrazó con fuerza contra su pecho—. Estamos orgullosas y te amamos… Te amamos con todo nuestro corazón, Ismira.
Oír su nombre verdadero la hizo estremecer, tanto que Kira terminó por refugiarse entre los brazos de la Cazadora Real… su madre.
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Kira sobrellevó los siguientes cinco meses con la Partida de Caza Real, bajo el mandato de su nueva capitana, con la circunspección y el aplomo apropiados. El nombre de la joven ignita que se había ganado el puesto de la ex capitana Tei era Rangi. Y Kira se esforzaba cada día con tal de obtener su respeto; tarea que no resultaba nada fácil.
Los miedos de Kira parecían ser más fuertes que su sentido del deber, y más de una vez terminó cediendo a ellos a pesar de su deseo de mejorar. Era más sencillo tomar las riendas de su joven yegua y galopar hacia la provincia del este, donde podía contar con la compañía de la bruja Kya para alegrarle el día.
Nunca transcurrían más de cinco minutos sin que hubiera algo que encontrara divertido cuando estaba con la enérgica bruja y su esposa.
Justo ese día, la vieja ex capitana Lin estaba contándole sobre el último descubrimiento medicinal de Kya, que curaba el dolor de estómago, pero provocaba picor de pies, así como el subsiguiente descubrimiento para curar el picor de pies que causaba dolor de estómago. Enseguida, a Kira se le escapó una carcajada.
—¿Con qué blasfemias sobre mi persona estás envenenando los oídos de esta niña? ¿Eh? ¿Gata montesa? —Kya las miró a ambas con fingida molestia antes de invitarlas adentro para comer.
La pequeña cabaña de la pareja de esposas era austera, salvo por lo necesario para alimentarse, mantener la higiene y procurarse una vida intelectual. Había dos paredes enteras sembradas de huecos en los que se guardaban cientos de pergaminos y libros. Junto a la mesa había una funda dorada y una espada a juego, cuya hoja tenía el color del bronce iridiscente.
Kira sospechó que aquella era la antigua espada de cazadora de Lin, y no pudo evitar preguntarle a la mujer de las cicatrices en la mejilla:
—Tú fuiste la capitana de Korra, ¿no? Y ella fue capitana después de ti, mucho antes de convertirse en Cazadora Real. ¿Podrías contarme… cómo lo hizo?
Lin abrió los ojos, desanimada.
—En ese entonces las cosas eran diferentes. Estábamos en medio de una guerra y no era posible establecer el rango de una cazadora mediante pruebas de valentía y astucia. Eso se demostraba en el campo de batalla. Korra probó ser merecedora del puesto cuando perdí mi mano —explicó señalando su muñón—. E Izumi, la antigua Cazadora Real, lo aprobó.
—¿Crees que, si estuviéramos en una guerra, yo también habría logrado demostrar mi valía como lo hizo Korra?
Eso provocó el silencio de Lin. Al fin, dijo:
—Niña, la guerra es un infierno. Piensa antes de hablar.
—Perdóname. No era mi intención despreciar la paz que vivimos ahora… Yo sólo…
Kya abrió una serie de armarios escondidos en el interior de la pared curva, sacó bollos de pan y cuencos de fruta, y los llevó a la mesa. Se detuvo un momento encima de la comida con los ojos cerrados antes de sentarse junto a Lin y Kira.
—Pequeña, nadie pone en duda tu valía —dijo la bruja—. Eres una excelente luchadora y una gran cazadora. Como una de tus maestras, eso es algo que tengo muy claro.
Kira frunció el ceño.
—¿Y eso de qué sirve si no soy capaz de demostrarlo? —gruñó—. ¿Por qué tengo siempre tanto miedo? ¿Por qué no puedo ser como Korra o como Asami… o como ustedes dos? ¿Qué es lo que me falta? ¿Qué está mal conmigo?
Lin y Kya se miraron entre sí, preocupadas.
—Tal vez deberíamos hablarle de Kuv-… —empezó a decir Kya.
—No. Eso no nos corresponde a nosotras —la detuvo Lin—. Korra y Asami tomaron esa decisión juntas. La responsabilidad es de ellas.
—Arquímedes desaprobaría esto —bufó Kya, resignada, aunque con un tinte de tristeza.
Kira no pudo evitar mostrarse ansiosa.
—¿De qué hablan ahora ustedes dos? ¿Quién es Arquímedes? ¿Y quién es "Kuv" o como se llame? ¿Qué están ocultándome?
Lin le dio un codazo a la bruja en respuesta.
—¿Ya ves lo que hiciste? —la reprendió—. ¡Siempre hablas de más!
Indignada, Kya golpeó la mesa.
—¡La pequeña necesita saber quién es! ¡Negar el pasado sólo nubla el futuro!
—¡Lo entiendo, cariño, pero tú no eres su madre!
—¡Pues Asami y Korra tampoco lo son!
Lin hizo una pausa, con rostro grave.
—Kya…
—Lo siento, lo siento. No quise decir eso —se disculpó la bruja.
Ambas se voltearon hacia Kira con la intención de enmendar la situación, pero en su lugar no encontraron más que una silla vacía.
—Korra va a matarnos —murmuró Kya.
Lin se apretó el puente de la nariz.
—Maldición. Precisamente por esto te dije que no quería tener mocosos.
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Cabalgó sin descanso, río arriba, entre pinos cubiertos de nieve y hierbajos cristalinos de hielo. La joven se sentía frustrada. Sabía que Korra vendría a buscarla en unas horas para llevar a los nuevos aprendices elegidos a Zaofu y para… para visitar a la reina Asami.
Pero Kira no quería verla. Asami esperaría noticias de la Ceremonia de Selección, buenas noticias. Mas lo único que tenía para decirle era que había fracasado, y no sólo eso, sino que también era incapaz de ganarse el respeto de su nueva capitana al mando. Vaya cazadora en la que se había convertido…
Kira se inclinó más sobre la silla de montar y espoleó a su yegua, aunque sin saber a dónde ir.
Dio un rodeo y atravesó el pueblo. Su yegua dejó atrás casas y chozas de madera, ferrerías de piedra y tiendas con los postigos cerrados; los edificios estaban bien cuidados y muchos habían sido pintados recientemente. En la provincia del este no había miseria; su rey no lo consentía. Éste era el hogar de cuna de la heroína que le había dado fin a la guerra entre humanos y fæ.
Asami Sato, en otro tiempo. Hoy reina de los fæ y salvadora de los Cuatro Reinos. Hace más de dieciséis años partió a la guerra sin entrenamiento ni preparación alguna. Una simple criada, una huérfana…
«Hizo lo que tenía que hacer sin vacilación alguna» —se dijo Kira mientras se internaba en los bosques del este—. «Yo jamás seré capaz de semejante valentía… No soy como ella».
Cuanto más se adentraba en el bosque, más denso se volvía éste. No había ningún sendero claro que seguir y la espesa nieve entorpecía el paso de su yegua. El río Diente de Oso corría a su lado e inundaba el espacio con el ruido del barboteo del agua. Una cumbre cercana tapaba el sol y la sumía en un crepúsculo prematuro.
El valle se oscureció y fueron pasando las horas.
Sin el calor del sol, el arañazo de la bruma se metía silenciosamente en el aire y, a ras del suelo, la niebla se congelaba en los árboles y los ceñía de blancura. Los animales de la noche empezaron a abandonar sus guaridas para observar desde sus sombríos escondrijos a la extraña que allanaba sus dominios.
Por fin Kira desmontó y escrutó el paisaje a su alrededor. La respiración de la joven era rápida y agitada, como la de un lobo acorralado. Exploró un poco más y luego dijo con voz atormentada:
—Excelente… ¡Ahora estoy perdida!
Se hallaba en una playa de guijarros justo a la izquierda de la desembocadura del río Diente de Oso, pero un profundo lago, en cuyas aguas titilaba la temblorosa luz de las estrellas, ocupaba toda la anchura del valle y le bloqueaba el camino hacia adelante.
Retroceder significaba enfrentar a Korra y darle explicaciones a Asami, cosa que no pretendía hacer. De modo que se abrigó con su capa de viaje y se acercó a la orilla del lago. A sus pies, los guijarros estaban húmedos y cubiertos de lodo. Tomó la piedra más grande que encontró y la lanzó con todas sus fuerzas contra el espejo del agua.
La piedra se hundió de inmediato con un salpicón.
Irritada, Kira repitió la acción una y otra vez, hasta que se le cansaron los brazos.
—¿Por qué no puedo hacer nada bien? —se gritó, y esta vez envió una última roca al lago con una patada.
—Es porque no sabes lo que haces.
Al oír aquella voz desconocida, Kira se dio la vuelta con tal rapidez que los guijarros salieron disparados bajo sus talones. Inmediatamente se llevó la mano a la empuñadura de su espada. El instinto y las enseñanzas de toda su vida le exigían precaución.
La figura que emergió de lo espeso del bosque también llevaba la mano peligrosamente acomodada en la funda de una espada.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —demandó Kira, luchando por no retroceder en respuesta al avance certero de la desconocida.
—Tú eres quien se encuentra fuera de lugar, humana. Este es el límite entre el mundo humano y el mundo fæ. Veo que eres una aprendiz de cazadora, pero si no estás en compañía de la Cazadora Real, entonces tienes prohibido merodear por aquí. El camino de Yggdrasil no se abrirá para ti.
Kira dio un respingo; no tenía idea de cómo había llegado hasta uno de los sitios que más ansiaba evitar.
—No busco la entrada a Zaofu —dijo entonces—. Tan sólo estoy… estoy perdida...
—Eso se ve a leguas —respondió la extraña.
La luz de la luna dio de lleno contra la figura sombría y reveló a una fæ de mirada felina y serena. El bello rostro era perfecto como un retrato: la barbilla afilada, los pómulos altos y las largas pestañas le daban un aire exótico. La única mácula en su belleza era un delicado lunar en la mejilla izquierda.
Entonces algún movimiento hizo ondear la larga cabellera negra de la fæ y dejó a la vista unas orejas puntiagudas. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kira.
—¿Nos hemos visto antes? —preguntó la joven aprendiz.
—No lo creo.
La fæ se detuvo junto a ella a la orilla del lago y se inclinó para recoger un guijarro.
—Lo que quieres es que tu piedra sea lo más plana posible, y con suerte, de forma triangular —le mostró el guijarro que sostenía en la mano y luego, con un gesto rápido del brazo, lo lanzó hacia el lago.
La piedra impactó contra la superficie del agua siete veces antes de hundirse.
—Ahora inténtalo tú —la animó la fæ—. Busca una buena piedra y trata de superar mi marca.
Kira exhaló un suspiro e hizo lo que se le dijo. Miró el lago de frente y lanzó el guijarro con todas sus fuerzas en un intento por vencer la distancia que había ganado la fæ. Sin embargo, su guijarro no hizo más que hundirse al primer impacto. Kira parecía a punto de llorar.
—No. Mira —dijo la fæ al tiempo que la sujetaba del brazo y le mostraba el movimiento de muñeca correcto—. No es cuestión de fuerza, sino de velocidad. Lanza rápido, sin pensar, y concéntrate en hacer girar la piedra de forma horizontal.
Esta vez Kira lo intentó, guiada por la mano de la fæ, y miró con asombro cómo su piedra daba tres saltos antes de hundirse. Agradecida, la joven aprendiz susurró:
—Sitja, fricai. Gracias, amiga.
—Sé onr hvass. De nada —replicó la fæ, y añadió—: Tu acento es perfecto, para ser una humana.
—Que no te sorprenda, fui educada por la reina Asami en persona.
La fæ la observó unos segundos y esbozó una sonrisa fugaz. Cuando replicó no disimuló que las palabras de la aprendiz le habían provocado regocijo.
—Entonces eres muy afortunada.
—No, no lo soy.
Y con esa afirmación, Kira se dejó caer sentada sobre la orilla del lago. La fæ permaneció de pie, pero la contemplaba fijamente. Kira fue consciente en ese momento de tener la cara manchada de tierra y de lágrimas, y el cabello, enmarañado. Debía de parecerle horrible a esa hermosa fæ.
—Asami jamás se decepcionaría de ti —dijo simplemente la fæ—. No porque tengas miedo… Asami vivió aterrada la mayor parte de su vida. Aún hoy, sé que ella siente el mismo miedo que tú.
Kira sintió que su corazón estaba por saltarle del pecho.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso la conoces desde antes?
—Sí.
Kira exhaló muy despacio.
—¿Quién eres tú? —le preguntó.
—Tú conoces mi nombre, pero ignoras que le pertenezco.
—No, yo… —Kira trató de luchar contra su confusión—. ¿Qué significa eso?
—Me recuerdas a Asami cuando la conocí. Era más joven que tú, sólo tenía trece años, pero su curiosidad era igual que la tuya. Creo que durante un año entero no oí de ella más que cómo, qué, cuándo y, sobre todo, por qué.
—Es que necesito saber tantas cosas... —murmuró Kira—. No sólo estoy perdida, me siento perdida. Quisiera saber de dónde vengo. ¿Quién soy? ¿Y por qué la Cazadora Real y la reina fæ decidieron acogerme sin dudarlo? El cielo sabe que soy más un estorbo para ellas. Tal vez si supiera esas cosas, vería más claro el camino.
—Entonces pregúntaselo a ellas.
—Me da miedo —arguyó Kira—. ¿Y si no me gusta lo que tienen para decirme?
—¿Piensas ocultarte tras la excusa del miedo toda tu vida? —dijo bruscamente la fæ.
Era una respuesta tan inesperada que la dejó aturdida. Era la clase de comentario cruel e improvisado que suelen hacer los humanos, pero jamás se le había ocurrido que se lo oiría a una fæ.
—Te están buscando —anunció repentinamente la fæ—. Es Korra. Deberías tomar tu yegua y galopar hacia el noroeste; no tardarás en toparte con ella.
Dicho esto, la fæ dio un par de pasos hacia la yegua de la aprendiz y le acarició las oscuras crines con los dedos. La yegua, poco más que una potrilla de frisón, exhaló un par de nubes de vaho a través de sus anchos ollares. La sonrisa de la fæ era cansada, pero Kira se atrevió a intuir que también era triste.
—Es magnífica. Definitivamente es la cría de Pólvora, el corcel de Korra, ¿o me equivoco? Dime, ¿ya le pusiste un nombre?
—Obsidiana —respondió Kira, sorprendida de que hubiera algo que aquella fæ no supiera—. P-pero… ¡Oye! ¡No te vayas!
Le pareció una tontería, pero odiaba la idea de que esa fæ se marchara tan repentinamente como había llegado. No quería que se fuera; quería que se quedara, y quería hablar y lanzar piedras al lago con ella para siempre. Incluso si se sentía confundida por esos sentimientos, Kira anhelaba que aquella desconocida se quedara a su lado… Porque era como si comprendiera todo lo que ella ignoraba sobre sí misma.
La fæ detuvo su marcha. Una sombra le nubló los ojos y el silencio se hizo sentir.
—Estás hablándole a la nada —dijo.
Sus palabras fueron tranquilas, casi un susurro, pero Kira pudo percibir tanta ira y amargura en ellas... Se le hizo un nudo en el estómago.
—Joven humana, debes despertar.
El canto de las cigarras volvió a sonar en el claro.
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Kira comprendió que había quedado inconsciente; y la cruda verdad se le abrió paso en la mente poco a poco. Y comenzó a asumir la noción de que, en algún momento, luego de abandonar la cabaña de Kya y Lin, su yegua Obsidiana la había tirado de la silla. Un golpe en la cabeza la había noqueado y su codo derecho, que había recibido todo el peso de su cuerpo durante la caída, estaba roto. El hueso asomaba por la carne y el dolor era insoportable.
«¿Y todo lo demás?» —se preguntó, haciendo un esfuerzo por incorporarse—. «¿Acaso fue sólo un sueño?»
Era consciente de lo que la estaba sacando de quicio, lo que le atacaba los nervios: el miedo, ni más ni menos. Ese maldito miedo, y ahora, la sensación de estar volviéndose loca. Se miró el brazo roto y se mordió los labios, deseando que Korra la encontrara pronto.
Y así fue, casi después de una hora vio a la Cazadora Real precipitarse colina abajo por un montón de nieve. Se detuvo al cruzársele en el camino un arroyo que borbotaba; se puso en cuclillas y escuchó con atención, a la espera de poder percibir alguna señal procedente del bosque.
—¡Korra! —gritó Kira, pero el alivio no le duró mucho. Recordó por qué estaba molesta con ella.
La Cazadora Real atravesó el arroyo. Caminó sorteando árboles hasta llegar a un tronco caído y consiguió recuperar las riendas de Obsidiana. La yegua rebufó en respuesta, como si se avergonzara de lo ocurrido.
—¡Kira! ¿Qué sucedió?
Encontró a su aprendiz hecha un ovillo, jadeante, aterrada, aferrándose el codo roto con las manos crispadas. Kira se negó a hablarle, incluso cuando Korra se agachó a su lado para examinarle las heridas.
—Lin y Kya deben estar cerca. Ellas también estaban buscándote. Ven, deja que te limpie la herida. Luego las alcanzaremos para que Kya te cure.
De nuevo Kira se negó a dirigirle la palabra, pero se estremeció cuando Korra se apartó de ella para acercarse a su caballo e ir a buscar agua y paños.
—¿Qué es lo que me ocultan Asami y tú? —musitó finalmente.
La angustia se vio reflejada en las facciones de la Cazadora Real, fina y afilada como el pinchazo de una aguja. No supo qué decir. El silencio descendió sobre ellas de manera súbita, hasta que todo lo que Kira pudo escuchar fue su propio corazón; demasiado rápido, demasiado inestable, rugiendo en sus oídos con la furia de un vendaval.
Pasaron unos instantes sin que Korra pudiera responder. Al fin, pesarosa, dijo:
—Si de verdad quieres saberlo, vendrás conmigo para ver a Asami.
»Continuará...
Notas de la Autora: ¡Sean bienvenidos una vez más, viajeros! Esta nueva aventura los llevará a descubrir el final secreto de esta historia, con motivo del tercer aniversario del fic este 21 de octubre. Ese día nos volveremos a decir adiós con la 2da parte de este especial de aniversario.
Faltan muy pocos días, pero hasta entonces, su opinión es de la máxima importancia. ¿Les gusta la idea de un final sorpresa?
Es más un regalo para ustedes, por todo su apoyo a lo largo de estos tres años con los que el fic nació, creció y terminó.
Además, una de nuestras tres protagonistas no tuvo un cierre apropiado, y creo que era necesario dárselo :)
¡Nos vemos!
