Disclaimer: Ninguno de los nombres de personajes o lugares aquí mencionados son de mi pertenencia, a excepción de aquellos creados para sustentar esta obra. El resto son propiedad de Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Cuento de Hadas~

Por: Devil-In-My-Shoes


Especial de Aniversario

Parte II: Hacia el Futuro...

Asami inspiró profundamente, llenando sus pulmones de aquella fragancia fresca y suave que entraba a través de la ventana abierta. La brisa nocturna traía con ella el aroma lozano y reconfortante de los bosques de Zaofu.

Era consciente de que ya era pasada su hora de dormir y de que, como reina, sus deberes iniciaban con el alba. Sin embargo, se encontraba demasiado emocionada como para conciliar el sueño. Así que cogió un libro a medio leer y se hundió en uno de los sillones, al lado de la chimenea, para recibir el calor del fuego.

Pensaba en Korra y en su pronto regreso; y un cosquilleo le recorría las manos cuando recordaba que Kira vendría con ella. La idea de recibir al fin noticias de su protegida luego de su traslado permanente al mundo humano era lo que la mantenía despierta, carcomida por los nervios y la ansiedad.

¿Habría encajado bien con las demás cazadoras? ¿Sabría hallar su lugar en la Partida de Caza Real? ¿Habría pasado la Ceremonia de Selección?

Asami exhaló una risilla ahogada mientras pasaba la página de su libro. Preocuparse era una tontería; Kira se encontraría bien sin duda. Y Korra estaría con ella todo el tiempo. Además, Kira era una joven dulce y amigable, muy estudiosa y diligente con sus entrenamientos. Sin mencionar que…

Oyó un ligero ruido procedente de su habitación, no más fuerte que el chirrido de un postigo. Pero como no escuchó nada más, Asami volvió a concentrarse en el libro, y leyó hasta que se le cerraron los ojos.

Sabía que no tenía que temer por el bienestar de Kira, porque era como ella. Más que eso, era su reencarnación. Y ella solía ser como el mar, vasto e implacable.

Nunca necesitó esforzarse para saber dónde encontrarla. Siempre estaba tan cerca que podía escuchar su respiración, y el latido salvaje y prohibido de su corazón. Una sombra leal, atenta a cualquier peligro que pudiese amenazarla. Saber que ella estaba cerca era un consuelo en el fondo de su mente.

Su ausencia, sin embargo… En la vida existen carencias incurables, y Asami tenía muchas. Salvo por Korra, con quien al menos podía estar una vez al año. En cambio, ella existía sólo en sus sueños, y aún en ellos era siempre una ilusión efímera.

Años atrás, Asami lo había aceptado: todo lo que pasó y todo lo que sucedería después. Ya fuera por obra del destino o de la mala suerte, sabía que su muerte era inevitable. Entonces, ¿por qué ahora se negaba a soportarlo?

Asami sintió algo cálido que bajaba por su mejilla y adquiría un sabor salado en su boca.

Una lágrima.

Cansada, se puso en pie y dejó el libro en el sillón. Se sentía desorientada. Mientras se dirigía hacia su habitación, miró hacia la ventana que había al lado del balcón y percibió un pequeño movimiento. Asami se detuvo y la somnolencia desapareció.

Había luna llena, y su luz atravesaba el cristal de la ventana y dibujaba un cuadrado iluminado en el suelo. Justo en su borde, al lado de la ventana, distinguió la silueta de alguien que se acercaba a ella en un silencio terrorífico.

Antes de que pudiera librarse de la parálisis que le impedía respirar, la figura habló en tono amable y familiar.

—No tengas miedo, Asami. Sólo quería hablar contigo.

—Sin duda me he quedado dormida —replicó ella, sonriendo—. Tenía tiempo que no soñaba contigo… Kuvira.

—No puedes soñar con algo en lo que ya no piensas.

Era un reproche. Asami vaciló.

—Bien, esto es nuevo —acató a decir Asami, llevándose una mano a la sien—. Jamás he soñado que discuto contigo, aunque cuando… vivías… lo hicimos mucho.

Kuvira rió por lo bajo, probablemente porque le hacía gracia la confusión de la nueva reina fæ. Asami levantó la cabeza y vio que su expresión era tierna y clara. Casi podía verle el alma con los ojos.

—A menos que… —razonó Asami—. Esto no es un sueño, ¿cierto? ¿En verdad estás aquí?

—Pequeñaja —dijo en tono tranquilizador—. No hay nadie aquí además de ti. Pero lo que ves y sientes es real, y existe gracias a Kira. Por ella estoy aquí.

Kuvira sonrió con gentileza y rodeó a Asami con su brazo para que se apoyara en su pecho. Cuando su incomodidad desapareció, Asami suspiró:

—¿Acaso le ocurrió algo malo?

—Ven conmigo —dijo simplemente Kuvira.

—¿A dónde? Si mis escoltas me ven salir de mis aposentos en medio de la noche se armará un revuelo. ¿Si entiendes que "reina" es sólo una palabra elegante para decir "prisionera"?

—Yo puedo sacarte de aquí.

A pesar de que el sentido común le decía que debía negarse, la idea de hacer algo atrevido e impulsivo le resultaba enormemente atractiva, especialmente si lo hacía en compañía de Kuvira, como antaño, cuando no era más que una adolescente. De modo que Asami asintió con la cabeza.

Kuvira se agachó y abrió una de las puertas del balcón mientras le indicaba con un gesto que hiciera lo mismo. Las dos salieron al aire frío de la noche. Kuvira cerró las puertas detrás de ellas y en voz baja indicó:

—Pégate a mí para que no te vean.

Señaló hacia la torre que había al final del muro del patio, y Asami vio que el guardia que patrullaba por la pasarela acababa de girar por la esquina y caminaba hacia el norte, en dirección a ellas, por el lado oeste del muro.

Kuvira la empujó para ocultarla en las sombras que proyectaba el palacio. Permanecieron inmóviles mientras el centinela cambiaba de dirección y empezaba a caminar hacia el sur. Cuando llegara a la esquina, pasaría por la torre y continuaría hacia el este, a lo largo del patio, hasta el punto en que éste se encontraba con el patio central. Luego volvería por el mismo camino.

—Rápido, aférrate a mi espalda. Treparé por el muro.

Asami dudó.

—¡De prisa, antes de que el guardia regrese! —insistió Kuvira.

Asami alargó las manos hacia ella, se agarró de sus hombros y se aupó. No podía creer lo sólida, lo tangible… que era Kuvira. Sí, esto era real y no un sueño. Asami ya había experimentado algo similar antes, de niña, pero con su madre fallecida.

Se preguntó si se debía a una especie de don por ser la hija de Akaren o si los muertos podían manifestarse así cuando la situación lo demandaba.

Quizás solamente ignoraba el poder de los sueños, cuando estos se mezclaban con la realidad…

Sea como fuere, tener que subir cuarenta y cinco metros en vertical aferrada nada más a la espalda de un fantasma, no dejaba de ser una experiencia aterradora.

«No pienses —se instó—. No sientas. Sólo déjate llevar».

Asami no veía hacia dónde iban ni cuántos travesaños quedaban por subir. Tampoco veía a qué altura habían subido ya, e imaginaba que debajo de ellas sólo había un vacío.

—No te gustan las alturas —le susurró Kuvira.

—Si está oscuro —respondió, humillada—. Si es de...

—Shh… No tienes por qué defender tu orgullo conmigo, pequeñaja —la interrumpió Kuvira, mientras la izaba y le daba media vuelta, de forma que la cargó como si fuese una niña, frente a frente.

Asami la rodeó con los brazos y las piernas, como si Kuvira fuese el pilar de la tierra, porque no parecía haber otra alternativa. Kuvira subió deprisa por el muro. A Asami le temblaron las manos y el corazón le latió con fuerza, hasta que puso los pies en el suelo y supo que estaba a salvo.

El centinela volvía a recorrer el mismo camino, y pronto volvería a pasar por la torre y giraría hacia el norte, así que ambas se quedaron donde estaban. Cuando el guardia hubo completado el trayecto, y volvía a alejarse de ellas, Kuvira tiró de Asami a través de lo que identificó de repente como un tejado.

La empujó hacia el tejado de otro edificio más alto y, tirando de ella, corriendo, se encontraron apretujadas en una minúscula y resbaladiza vertiente; rodaron por encima del caballete, bajaron por el lado opuesto y después descendieron por otro tejado, tras lo cual subieron por otro y otro más.

Cuando llegaron a la cima de la torre más alejada del palacio, el helado viento de la noche le revolvió el pelo a Asami y las puntas de las orejas se le enrojecieron. Tembló tanto de frío como de emoción. A Kuvira no parecía afectarle la temperatura.

Asami se apoyó a su lado, pegada a la maravillosa y sólida pared, aún temblando.

—Estás torturándome por algo que hice, ¿no es cierto?

Kuvira esbozó una sonrisa peculiarmente maligna.

—Tan sólo quería que comprobaras cuán real es esto —dijo.

Asami miró a Kuvira. Estaba tendida de espaldas sobre el tejado; una silueta oscura con las piernas dobladas que miraba el firmamento. Y captó un fugaz destello en uno de sus luminosos ojos verdes.

—¿Real? Ya sé que esto es real —afirmó Asami—. Si fuera un sueño, como en tantos otros de los que he tenido desde que… te fuiste, entonces ya te habría besado.

Kuvira se puso de pie en la irregular plancha del tejado con tal rapidez, con tanta facilidad, que Asami cerró los ojos para no marearse. Cuando volvió a abrirlos, Kuvira se había acomodado a su lado, con la espalda apoyada en la pared, igual que ella.

Sin apartar sus imperiosos ojos verdes del rostro de la reina, Kuvira alargó una mano y le sujetó la barbilla. Entonces se inclinó y acarició los labios de Asami con los suyos.

Asami no se resistió, y Kuvira puso la otra mano en la parte inferior de su espalda, atrayéndola hacia ella y apretando sus labios contra los suyos con más ardor. Asami cerró los ojos y pasó los brazos por encima de los hombros de Kuvira. Mientras le devolvía el beso, sus dedos juguetearon con el lacio cabello negro de la fæ.

Al cabo de un momento, Kuvira apartó sus labios de los de Asami y le rozó la frente con ellos.

—¿Aún piensas que esto es tortura? —le susurró al oído.

—No. Pero ahora sí tengo miedo de despertar en mi sillón y descubrir que fue sólo un sueño.

Kuvira tomó las dos manos, blancas y heladas, de Asami antes de afirmar:

—En tus sueños lidias con un recuerdo. Yo soy más que eso. ¿Me crees?

Le creía. Allí, en la cima de la torre, con su familiar silueta, su voz, todas las cosas de Kuvira a las que estaba acostumbrada, asiéndose fuerte a sus manos, le creyó completamente.

Y se estremeció al sentir la caricia de los dedos de Kuvira en sus manos, examinándolas, como si buscara reconocerlas.

—Tus manos solían ser diminutas —susurró—. Cuando eras una bebé, temía que pudieran romperse en mil pedazos nada más tocarlas… Yasuko siempre se reía de mí, porque me asustaba cargarte. —Ambas se vieron a los ojos—. Y mírate ahora, Reina de los Fæ. Quizás es tiempo de que deje de llamarte pequeñaja.

Asami se acurrucó en su pecho mientras la abrazaba, reconfortada por su aroma, por su calidez…

—Kuvira… ¿Por qué estás aquí?

—Ya te lo dije. Es por Kira.

Asami se removió, inquieta, a causa de su tono acusador.

—Entiendo. Yo…

—¿Por qué nunca le has hablado sobre mí? Mi vida es parte de la suya, mi pasado es su pasado —aseveró Kuvira.

—No fue una decisión fácil, ¿sabes? Cuando Korra y yo decidimos criar a Kira como si fuera nuestra hija, esto fue lo primero sobre lo que discutimos. Es culpa mía, no de Korra… Yo fui quien sugirió separar tu identidad de la de Kira.

Kuvira le apretó las manos con fuerza.

—¿Por qué? —demandó.

Asami se quedó callada un momento.

—Porque tenía miedo —musitó al fin—. A toda costa, debía proteger a Kira de tu tragedia. Me aterraba la idea de que… de que la maldición no hubiese acabado contigo; y de que pudiera perpetuarse en Kira… Que su destino terminara siendo el mismo que el tuyo…

Kuvira no respondió, se quedó de pie, jugando con sus manos, que no había soltado. Asami creyó que no le iba a responder. Luego, a medida que los segundos pasaban, dejó de importarle tanto, porque su contacto empezó a parecerle más trascendente que su respuesta.

—Kuvira… el tener que asesinarte por poco acabó conmigo —continuó Asami—. Jamás podría soportar el tener que pasar por lo mismo con mi pequeña… Con mi Kira… Ella es todo lo que me queda de ti.

—Ocultar el pasado no cambiará la historia —sentenció Kuvira—. Pero eso no significa que vaya a repetirse… La maldición murió conmigo, Asami. Ni Yasuko, ni yo permitiríamos que se repitiera algo así. Kira está a salvo. Lo único que puede perjudicarla ahora, eres tú.

Asami sintió náuseas; tuvo que emplear todas sus fuerzas para no derrumbarse.

—¿Cómo dices?

—Tu miedo. Estás contagiándole tu miedo. Kira se ha vuelto más insegura que nunca, y es porque siente que Korra y tú dudan de su capacidad. Si ambas están aterradas todo el tiempo por lo que pueda sucederle a ella, entonces jamás tendrá confianza en sí misma. Además…

Kuvira apartó la mirada un momento, como si quisiera ordenar sus pensamientos.

—Kira necesita saber quién es realmente. Está perdida, Asami. Su camino lo oscurece una sombra de duda. Kira ya ni siquiera está segura de lo que tú y Korra sienten por ella… Esto le hace daño a Kira, y me hace daño a mí.

Mientras pensaba en todo lo que había aprendido, Asami se puso dos dedos sobre los labios y recordó la presión del beso que acababa de compartir con Kuvira. Había sentido una felicidad extraordinaria entre sus brazos. ¿Cómo era posible que alguien que tuvo un destino tan horrible le despertara unos sentimientos tan tiernos?

¿Podía ser que Kuvira y Kira fueran la misma persona, y aún así vivir vidas completamente distintas?

Entonces Kuvira volvió a abrazarla, y le dijo:

—Mi verdadera madre fue una cazadora. Kira está destinada a vivir la vida que me fue arrebatada por Cassiel. Si Suyin no hubiera ordenado matar a mi madre para criarme como suya, yo habría crecido para ser una simple aprendiz de cazadora. Ésa es la verdad, y ésa es en quien Kira se ha convertido. Nuestro destino se ha restaurado.

—Yo… comprendo ahora… —suspiró Asami—. ¿Podrías perdonarme por mi error?

Kuvira sonrió.

—La disculpa se la debes a Kira, no a mí.

Asami apoyó la cabeza en el pecho de Kuvira y asintió.

—Dime cómo era tu madre —le pidió—. Me gustaría saber en cuánto se parecía a ti…

Kuvira empezó a describir la gentil belleza de la mujer que la había traído al mundo con un ligero tono de añoranza. El ritmo pausado de su voz y el dulce olor de su piel eran reconfortantes, y Asami empezó a sentir los párpados pesados. Justo antes de quedarse dormida, segura entre sus brazos, se le escapó en un susurro:

—Jamás dejé de amarte.


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Kira y el resto de los aprendices elegidos se sorprendieron cuando Korra los dejó atrás en una nube de polvo, galopando por el sendero hacia un caballo que no podían distinguir bien en la distancia. Cuando se acercaron, Kira reconoció el pelaje azul plateado de Isilión y les dijo a los demás:

—Es la reina Asami en su corcel.

Los aprendices y ella detuvieron sus caballos a cierta distancia, pues no querían entrometerse en la reunión de la Cazadora Real y su amada.

Korra frenó a Pólvora y se deslizó fuera de la silla, para luego correr con una sonrisa en los labios. Asami desmontó del lomo de Isilión, pero se sujetó con una mano a su silla para estabilizarse en cuanto sintió el empujón de Korra al lanzarse sobre ella con tanto ímpetu que la tiró de espaldas en la nieve.

Asami se echó a reír y la estrechó con fuerza.

—Mi Korra… —susurró, y esbozó una sonrisa tentativa.

—Sami… —dijo la cazadora, y antes de que pudiera perder la oportunidad, se inclinó sobre ella y la besó, tomando su rostro entre sus manos. Dejó escapar un pequeño sollozo y se estiró para rodearle el cuello con los brazos.

Kira se volvió un poco hacia otro lado, sin querer mirar. Le avergonzaba el espectáculo que sus madres estaban montando delante de los nuevos aprendices en su primer día en Zaofu. Pero cuando atisbó los rostros de sus compañeros de viaje, le consoló notar que todos sonreían.

Sólo entonces Kira se permitió sonreír también y, aunque todavía estaba enfadada con ambas, el amor que sentía era más fuerte que la rabia.

Y después de haberle dado a la reina y a la Cazadora Real unos momentos más a solas, Kira y los aprendices cabalgaron por el sendero para encontrarse con ellas.

Luego de ponerse en pie, y de recibir a los nuevos como es debido, Asami acortó la distancia que la separaba de Kira, le apoyó sus manos temblorosas en los hombros y susurró:

—Sé que te debo una explicación… y una disculpa.

—Por eso estoy aquí —dijo Kira, y aunque no había sido su intención mostrarse tan fría con ella, no pudo evitarlo.

—Enmendaré mi error, te lo prometo.

Asami sonrió insegura y abrazó a su hija. Esta vez Kira le devolvió el gesto, y advirtió que Korra exhalaba un suspiro de alivio.

Finalmente, Asami se apartó de ella y, retomando su papel de reina exclamó:

—Bueno... Nuestros invitados esperan de pie y están cansados; yo digo que es momento de ir a cenar.

Se alzó, alta y magnífica con su túnica carmesí, y dio una palmada. Tras ese sonido, un grupo de soldados fæ aparecieron para hacerse cargo de sus cansados caballos mientras que Asami guiaba a los recién llegados hacia el castillo de cristal.

Cuando al fin pudo entrar a su dormitorio, esa noche después de la cena, Kira deshizo su bolsa mientras escuchaba a Korra y a Asami charlar en la habitación continua. Dispuso con cuidado su espada, los protectores de antebrazos y espinillas, y luego se quitó la túnica y la camisa de malla.

Se sentó en la cama y estudió su vieja alcoba, sorprendida por lo mucho que extrañaba su vida en Zaofu.

Afuera brillaban las estrellas, y el suave ulular de los búhos flotaba por los jardines del castillo. Todo el mundo estaba en calma y silencio, como si se sumiera en el sueño de una noche líquida.

Kira se arrastró bajo las sedosas sábanas de su cama y alargó una mano para apagar la vela en su mesa de noche, pero se detuvo a escasos centímetros, y pronunció un hechizo para aguzar sus oídos. Ahora escuchaba con más claridad las voces de Korra y Asami en la otra habitación:

"…entonces ambas estamos de acuerdo —dijo Korra—. Kira debe conocer su pasado."

"Así será. Le hablaré sobre Kuvira y, una vez que lo haya comprendido todo, le será más fácil decidir si quiere volver al mundo humano contigo… o quedarse aquí, y olvidarse de la Partida de Caza Real."

"Supongo que es justo —accedió Korra, suavizando la voz—. Pero debo confesar, que me entristecería mucho si Kira decide renunciar a ser una cazadora…"

También hubo un cambio en la voz de Asami.

"Sea como sea, las dos la apoyaremos."

"Por supuesto, Sami."

Estaban besándose ahora, y Kira cortó el hechizo en sus oídos, concentrándose en quedarse dormida. Lo último que quería era oírlas haciendo el amor.

Apagó la vela.

Se sentía agradecida y triste a la vez. Agradecida, porque ambas querían sólo lo mejor para ella, y estaban dispuestas a reconocer y a enmendar sus errores. Y triste porque, a pesar de lo mucho que se amaban, la separación era siempre una constante entre ellas.

«Me pregunto si, alguna vez, podremos ser una familia unida por más de un día…»


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Kira despertó con un sobresalto al escuchar que alguien entraba en su habitación. Sintió que una cortina de cabello rozaba su cara, junto con unos labios como pétalos de rosa. Suspiró.

Asami.

Sus ojos brillaban como un par de luceros en la oscuridad de la habitación, y su largo cabello ondulado se derramaba en torno a su rostro y hombros. Llevaba puesta una delicada bata ceñida a la cintura con una cinta de plata.

—Despierta, mi cielo. Hay algo que debo mostrarte —susurró.

Kira se apresuró a ponerse en pie y se dio cuenta de que Asami iba descalza.

—Pero… ni siquiera ha amanecido —protestó en cuanto sintió a la reina tirar de su brazo.

—Y por eso debes darte prisa, Kira. Vamos.

Sorprendió a Kira al guiarla todavía más allá de los alrededores del castillo de cristal, esquivando a sus propios guardias y escoltas, por senderos entrecruzados por ortigas y groselleros, hasta que las luces del palacio se desvanecieron en la distancia y entraron en el bosque más asilvestrado.

En la oscuridad, Kira tuvo que confiar en la aguda visión nocturna del corcel fæ Isilión para no perderse. Los curtidos árboles se ensanchaban y estaban cada vez más cercanos entre sí, hasta tal punto que amenazaban con crear una barrera impenetrable. Justo cuando parecía que ya no podían avanzar, el bosque se terminó y entraron en un claro bañado por la luz de una brillante hoz de luna menguante.

Un pino solitario se alzaba en medio del claro. No era más alto que los demás de su especie, pero sí más ancho que un centenar de árboles normales sumados; en comparación, los demás parecían tan esqueléticos como pimpollos azotados por el viento.

Un manto de raíces irradiaba desde el tronco gigantesco y cubría la tierra con unas venas enfundadas en corteza que causaban la impresión de que todo el bosque fluía desde aquel árbol, como si fuera el mismísimo corazón de Zaofu. El pino presidía el bosque como una matriarca benevolente y protegía a sus habitantes bajo el refugio de sus ramas.

—He aquí una de las raíces de Yggdrasil —dijo Asami.

—¿Cómo? ¿Eso es una raíz? —exclamó Kira—. ¡Pero si parece un árbol enorme!

—¿No me crees? Si es así, ¿por qué no intentas bajar tus defensas y abrir tu mente hacia este "árbol" como te enseñé?

Kira obedeció. Retiró las defensas y permitió que su conciencia fluyera hacia fuera, tocando levemente a Asami y a Isilión, y expandiéndose luego más allá. Con una brusquedad inesperada descubrió una entidad inmensa, un ser consciente de una naturaleza tan colosal que no alcanzaba a percibir los límites de su psique.

Hasta el aire parecía vibrar con la energía y la fuerza que emanaba de... ¿del árbol?

La fuente era inconfundible.

Deliberados e inexorables, los pensamientos del árbol se movían a pasos medidos, lentos como el avance del hielo sobre el granito. No prestaba atención a Kira ni, seguro, a ningún otro individuo. Estaba preocupado por entero con los asuntos de todo aquello que crece y florece bajo el cielo, con el cáñamo y los lirios, las prímulas de atardecer, y el sueño de los gorriones en lo alto de sus anchas ramas.

—¡Está despierto! —exclamó Kira, llevada por la sorpresa—. O sea... Es inteligente.

—Claro que está despierto —dijo Asami. Su voz sonó baja y suave en el aire de la noche—. Es una parte del Árbol de la Vida; una de las raíces que mantienen conectados a cada mundo del Universo entre sí. Llegaste hasta Zaofu desde el mundo humano cruzando por una de sus ramas, ¿no es verdad?

Kira comenzaba a comprender.

—Entonces… en algún lugar de los Cuatro Reinos, una raíz como ésta se asoma por el suelo.

—Sí, pero nadie sabe dónde exactamente.

Kira asintió, aunque eso no acababa de responder el resto de sus inquietudes.

—¿Era esto lo que querías mostrarme? —dudó, pues fuera o no una parte de Yggdrasil, no le parecía razón suficiente para que Asami la despertara en medio de la madrugada.

La reina se rió por lo bajo.

—Estás impaciente por saber qué tiene que ver todo esto contigo, ¿no? Pues es simple. Dado que yo no puedo abandonar Zaofu, sólo existe una forma en la que puedo mostrarte lo que deseo. Si tocamos la raíz de Yggdrasil juntas, nuestras mentes podrán viajar hacia los Cuatro Reinos… Ahí yace la verdad sobre tu pasado, Kira.

La joven aprendiz gruñó y recuperó el malhumor, empujada por una oleada de recuerdos desagradables que arruinaban el placer de estar con Asami.

—¿Dices que Korra me obligó a venir hasta aquí para ver algo que se encontraba en los Cuatro Reinos desde el inicio? ¡Vaya pérdida de tiempo!

Hizo una mueca cuando Asami la cogió por el antebrazo con una fuerza dolorosa.

—Korra no hubiera sido capaz de revelarte lo que yo tengo para decirte. Después de todo, era yo quien estaba unida a Kuvira.

Kira intentó zafarse de su mano.

—¡Otra vez ese nombre! ¿Qué rayos significa?

—Toca la raíz de Yggdrasil y lo descubrirás —aseveró la reina.

Sin dejar de fruncir el ceño, Kira hizo lo dicho y Asami la siguió.

El mundo se desvaneció con un resplandor dorado.


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Ante ellas se alzaban las ruinas de un edificio. Era grande y de piedra. Por su arquitectura y dimensiones, parecía algún tipo de templo o santuario. La parte de arriba estaba completamente derruida, al igual que las torres que había a ambos lados. En la parte frontal se podían ver dos grandes ventanales, cuyos cristales habían desaparecido con el paso del tiempo.

—Kira, ¿sabes dónde estamos? —la aprendiz se limitó a negar con la cabeza—. Ya has estado aquí, antes, en otra vida… Esta solía ser la catedral de Aberoq.

—Este es… ¿el sitio donde venciste a Suyin? —Kira lucía conmocionada—. Pero yo no…

Asami guardó silencio y se limitó a caminar con ella a través de las ruinas. En el centro de la fachada, había un gran arco como entrada, sin puerta. Lo atravesaron y llegaron a un largo pasillo. A los lados del pasillo, había varias puertas de madera carcomida y algunas de ellas se habían salido de las bisagras.

A medida que pasaban, Kira fue echando un vistazo entre los huecos que dejaban las puertas, pero no pudo ver gran cosa; había poca luz y todo parecía estar cubierto de polvo y nieve.

—Muchas personas perdieron sus vidas aquí, en esta ciudad —dijo Asami, mientras la guiaba hacia el exterior de la catedral—. Fue una batalla sangrienta y cruel… una masacre.

Afuera, el paisaje desolado de la ciudad en ruinas era el mismo. Asami percibió que su visita a Aberoq había despertado algo en el interior de su protegida, pues Kira se estremeció de miedo y rabia hasta que todo su cuerpo quedó consumido por unos escalofríos febriles que le incendiaban las mejillas y la dejaban sin aliento. Y estaba triste, tan triste...

—Es como… como en mis pesadillas… —musitó Kira.

No pudo evitar fijarse en las barricadas improvisadas que llenaban los huecos entre los edificios: tablones, barriles, montones de piedras, los astillados maderos de los techos destrozados por los combates entre Kuvira y Suyin. Todo parecía lamentablemente frágil.

Asami tenía la mirada vidriosa, y manifestó de repente:

—Fue justo aquí donde te asesiné, Ismira.

El puro y auténtico miedo contorsionó el rostro de Kira.

—¿Qué has dicho?

Las lágrimas brotaron de los ojos cerrados de Asami mientras su voz oscilaba con las frases de su pasado, suspiraba y sollozaba con el dolor de sus recuerdos. Y cuando el silencio absorbió la última nota de la historia que narraba, pudo ver la impresión en el rostro pálido de Kira.

—Tuve que matar a Kuvira. Sólo eso podía salvarla.

Al decir esto, Asami se sintió como si llevara una marca de sangre en la frente.

—A lo largo de mi juventud, Kuvira fue quien me inspiró, la luz que me guió —continuó—. Pero cuanto más me bañaba en gloria, cuanto más yo brillaba... Más se perdía ella en las sombras. La maldición creció, y antes de que yo me diera cuenta, Kuvira se encontró más allá del punto sin retorno.

Asami se obligó a respirar hondo, miró a Kira y notó que también estaba llorando. Con el pulgar, retiró sus lágrimas, similares a diminutos copos de nieve. Luego, susurró:

—Yo la amaba. La maté porque la amaba. Y en el preciso instante en el que ella perdió la vida, naciste tú. Viniste a este mundo por mi mano, y es por eso que pienso en ti como mi hija. Por eso deseaba protegerte de esta horrible verdad… Ahora comprendo lo equivocada que estaba al ocultártela.

Bajo la tenue luz de la luna, vio que la alegría y el asombro saltaban al rostro de su pequeña. Luego Kira titubeó, y aparecieron las dudas de la preocupación.

Entonces, suavemente, preguntó:

—¿Kuvira era… una mujer valiente?

Al tratar de responder, le fallaron las palabras, y nuevamente las lágrimas echaron a rodar por las mejillas de Asami.

—Ella… Ella era… la más valiente. Y como su reencarnación, tú también lo eres, Kira. Jamás lo olvides.

La joven aprendiz sonrió, dejándose acunar contra el pecho de Asami. Ambas sollozaron hasta que sus emociones se calmaron, y aquel paisaje en ruinas dejó de verse tan desolado.

—¿Está Kuvira enterrada por aquí? —preguntó Kira, ya más animada—. Quisiera… quisiera rendirle mis honores.

—Desafortunadamente, su tumba se perdió debajo del hielo cuando la ciudad de Aberoq colapsó sobre sí misma. De Kuvira no queda más que su recuerdo, y somos muy pocos los que sabemos sobre su vida y sacrificios —confesó Asami, con la mirada perdida en algún punto entre las ruinas.

—¡Pero eso está mal! —protestó Kira—. ¡No podemos dejar que su memoria desaparezca así! ¿Acaso no se merece algo mejor?

Asami asintió para indicar que estaba de acuerdo.

—Tienes razón, se merece algo mejor.

Eligieron la parte central de la catedral, porque los altos muros de piedra ofrecían protección contra los ataques del clima. También porque el sol calentaba aquella sala durante la mayor parte del día, iluminándola de tal modo que se podían ver coloridos reflejos de luz en el suelo, gracias a los vitrales que aún permanecían en pie.

Juntas, Asami y Kira pronunciaron una frase del idioma antiguo, y su magia hizo que la roca del suelo se ondulara y se elevara como si se tratase de agua surgente. Así, levantaron una magnífica columna de muchas facetas, y como último tributo, grabaron la siguiente inscripción en la piedra:

Entre estas ruinas descansa Kuvira

Última fæ híbrida de su era

Domadora de espíritus

Gran amor de Yasuko Sato

Maestra de la Cazadora Real Korra

Espada y Escudo de la reina Asami, hija de Akaren

Reflejo de lealtad y coraje hasta el final

Que su nombre perdure en la historia.

Stydja unin mor'ranr

Asami vio mentalmente a Kuvira plantada ante ella, pálida y fantasmagórica, con sus solemnes ojos verde jade. Recordó el calor de su piel, el especiado aroma de su cabello y la sensación que le provocaba estar con ella bajo el manto de la oscuridad.

Posó una mano sobre la fría roca donde había grabado su memoria, lamentando no poder alargarla y tocar a Kuvira por última vez.

«Gracias por todo lo que me enseñaste».

Oyó que Kira se situaba a su lado, sintió el contacto de su mente y percibió en ella una gran tristeza y mucha comprensión. La aprendiz soltó un largo suspiro y cerró los ojos un momento.

—¿Sabes? Creo que la conocí en un sueño —murmuró Kira—. Si Kuvira reencarnó en mí, entonces ambas compartimos el mismo nombre verdadero, ¿cierto? «Ismira».

Asami asintió y Kira dijo:

—"Conoces mi nombre, pero ignoras que también le pertenezco." ¿Suena como algo que Kuvira diría?

—Bastante —replicó Asami, sin poder evitar reír por lo bajo.

—Y… —añadió Kira, jugueteando nerviosamente con las manos—. ¿Korra sabía que ustedes eran amantes?

—Sí. Lo comprendía y lo aceptaba.

Kira sorbió por la nariz y sonrió, satisfecha.

—Korra es lo máximo.

Asami desvió la mirada de la inscripción rúnica que había grabado en la piedra, soltó una breve carcajada y se limpió los ojos con el dorso de la mano.

—Vaya que lo es —admitió—. Creo que ya es hora de que volvamos con ella. No me perdonaría el no aprovechar el poco tiempo que tenemos para estar juntas.

—¿Y no podrías…? —la voz de Kira vaciló—. ¿No podrías venir a vernos de vez en cuando usando el poder de la raíz de Yggdrasil?

Asami le acarició la fría mejilla a su pequeña.

—No puedo abusar de Yggdrasil con fines egoístas. Sería mal visto por mis súbditos fæ, y yo tengo un juramento que cumplir.

Kira estaba por bajar la mirada cuando Asami añadió:

—Pero… Si encontraras la raíz de Yggdrasil que sobresale del suelo en los Cuatro Reinos, no veo por qué Korra y tú no podrían frecuentar sus visitas a Zaofu. Aunque, te advierto que nadie ha podido dar con la ubicación de esa raíz desde hace varios siglos. Muchos incluso han olvidado que existe. No será fácil.

—Suena como una invitación a una aventura —dijo Kira, emocionada.

Asami le guiñó el ojo.

—Atrévete, joven cazadora. El mundo es tuyo para descubrirlo, si eres valiente.

—Lo seré, ¡te lo prometo!

Entonces se dieron media vuelta y dejaron que sus mentes viajaran de vuelta a donde se encontraban sus cuerpos, en el corazón de Zaofu.

Allí ya habían acabado.


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Kira disfrutó cuando Asami la arropó en la cama y le besó la frente, tal y como lo hacía cuando era una niña. Se despidió de su madre cuando salió de la habitación y se quedó contemplando la oscuridad en silencio.

Su cama estaba situada de tal modo que, desde ella, tumbada boca arriba, podía contemplar el cielo y la luna. Se dedicó a observar las nubes que, al desplazarse por el cielo, ocultaban las estrellas, para poco después dejarlas de nuevo a la vista.

Se sentía… diferente. Como si algo dentro de sí misma hubiera cambiado.

Una sonrisa le cruzó el rostro al recodar cómo Kuvira le había enseñado a hacer rebotar guijarros en el agua. Había sido algo tan simple; algo que siempre había sabido hacer, pero nunca se había atrevido a intentarlo por miedo a fallar, porque no confiaba en sus propios instintos.

—No. Nada en mí ha cambiado —pensó orgullosa—. Sólo mi percepción de quién soy… Sé lo que quiero y voy a conseguirlo.

«Yo seré la siguiente Cazadora Real».

Rodó para levantarse, encendió la vela, la tomó con una mano, y sorprendió a Korra y a Asami al acercarse a rastras a su habitación y acurrucarse con ellas en su cama. Apoyó el rostro sobre el pecho de Korra y sintió la calidez del cuerpo de Asami en el suyo propio.

Korra rió suavemente y la tapó con la sábana de terciopelo mientras Asami apagaba la vela y cerraba los ojos.

Juntas en Zaofu, durmieron larga y profundamente.

»Fin«


Notas de la Autora: Felicitaciones, viajeros. Han desbloqueado el final secreto de este fic tras haber apoyado la historia a lo largo de tres años exactos.

Espero que este final haya llenado sus expectativas, o que cuando menos les haya parecido entretenido. Y si no les ha gustado, tienen la libertad de ignorarlo y quedarse con el final original. Pero me parecía que Kuvira merecía algo más que perderse para siempre entre las ruinas de Aberoq luego de morir.

En fin, éste fue mi regalo para ustedes, eternamente agradecida por tomarse su tiempo para darme ánimos con la historia y compartir sus opiniones. Fue un viaje increíble y estoy complacida de terminarlo el mismo día en el que comenzó, un 21 de octubre. ¡Feliz aniversario Cuento de Hadas! Jaja.

Sin más, me despido, ahora sí, para siempre.

Gracias por todo durante estos tres años, chicos y chicas.

Pórtense bien esta noche de Samhain, que los espíritus y los fæ van a andar sueltos, y nunca se sabe cuáles son sus intenciones. No quiero saber de nadie que desapareció en un bosque o un cementerio por querer pasarse de listo en Noche de Brujas.

Se les quiere mucho.

Devil-In-My-Shoes

21/10/2020