No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella se acurrucó en su almohada y se estiró en busca de Edward. Había esperado que estuviera profundamente dormido por el cansancio después del revolcón en la ducha que había culminado en la cómoda cama tamaño king, pero el espacio junto a ella estaba vacío. Levantó la cabeza de la almohada y a través de la puerta del patio lo vio de pie contra la baranda del balcón. De frente al mar, su desnuda forma masculina recortada por el globo naranja del sol poniente. Su corazón de niña dio un vuelco ante la imagen. No sabía que aún poseía un corazón de niña antes de que este hombre se convirtiera en la faceta más importante de su vida.

Envolviéndose el cuerpo desnudo con una sábana, Isabella se levantó de la cama y se acercó a su marido. El corazón le golpeaba con la anticipación de su contacto, su beso. Se preguntaba si él siempre haría que su pulso se acelerarse. Estaba segura de que incluso si tenían noventa años y vivían en un hogar de ancianos, verlo (demonios, pensar en él) haría que su corazón aleteara. Sólo faltaba una cosa en su felices para siempre, pero no era por falta de intentos.

Presionó una mano contra su bajo vientre y oró por el milagro que quería compartir con Edward. Quizás ya había concebido. ¿Pero no lo sabría si era así? No se sentía diferente. Seguramente crear una nueva vida que era una mezcla de sí misma y el hombre al que amaba le haría sentir algo.

—Pensé que estabas dormida —dijo Edward.

Ella levantó la mirada hacia él y sonrió.

—Lo estaba. ¿Hay alguna razón por la que no querías compartir el atardecer conmigo?

El brazo de él le rodeó la espalda, y él tiró de ella contra su costado. Ubicó un beso cerca de su sien y dijo:

—No quería molestar tu descanso. Pensé que estabas cansada.

—Sí disfruté esa siesta. ¿Por qué no estás descansando?

Él se encogió de hombros.

—Realmente no estoy cansado. Supongo que estoy acostumbrado a viajar.

Y eso los mantenía separados mucho más de lo que a ella le gustaría. También hacía que embarazarse fuera excesivamente difícil. Quizás algún día ella sería capaz de unírsele en la gira, pero su actual situación laboral no lo permitiría. Ya ponía a prueba los límites al salir de luna de miel en medio del semestre.

Probablemente había exagerado el uso de la tarjeta "recuperación del accidente", pero cuando vislumbró la mortalidad, se dio cuenta de que lo único en su vida sin lo cual no podía vivir era Edward.

—Espera —dijo él—. Regresaré enseguida.

Isabella se volvió para verlo entrar en la suite. Sí, la puesta de sol era espectacular, pero no era rival para el encanto de Edward Cullen vistiendo nada más que toda su atención. Él encendió la luz de la cocina, y ella podía verlo hurgando, pero no podía decir qué hacía. Unos momentos más tarde regresó con una botella de champagne y un par de copas.

—Me imaginé que un brindis no estaría fuera de lugar —dijo él.

Ella recordó cuando él había brindado de ella en su noche de bodas. La había empapado en champagne y lo había lamido de su cuerpo. A ella no le importaría repetir su actuación, pero esta noche él jugaba a ser caballero. Después de sacar el corcho, les sirvió a ambos una copa de champagne y dejó la botella a sus pies.

—Por Isabella —dijo, inclinando la copa hacia ella—. Más hermosa que una puesta de sol, más preciosa que los diamantes, y más fina que la seda. Te amo más cada vez que respiro.

Su marido era un romántico incurable. Isabella levantó su copa.

—Por Edward, quien ha olvidado que el champagne sabe mejor así.

Levantó la copa y la inclinó hacia su pecho, una gran gota cayendo sobre su pecho antes de que Edward capturara su mano.

—No lo he olvidado —dijo él, sus intensos ojos oscuros fijos en los de ella. El corazón de ella dio un vuelco, y se humedeció los labios preparándose para su beso. —Pero a veces me gustaría un momento para disfrutar de tu compañía fuera del dormitorio.

—Técnicamente, no estamos en el dormitorio —dijo ella.

Él rió entre dientes.

—Cariño, contigo, el dormitorio está en todas partes.

—Entonces no tienes otra opción. El único lugar para disfrutar de mí es en el dormitorio.

Él sacudió la cabeza, los labios torcidos en una divertida sonrisa.

—Eres demasiado inteligente para tu propio bien.

Él reclamó sus labios en un acalorado beso y luego se alejó, la frente apoyada contra la de ella.

—Déjame intentar esto de nuevo —dijo, y levantó la copa una vez más—. Por Isabella. Más sexy que el pecado. Más cachonda que Garrett.

Ella resopló, pensando que podría representar una competencia para el tipo.

—Más irresistible que una cerveza fría en una tarde calurosa.

—Y mucho menos romántica que su esposo —dijo ella, luchando contra el impulso de derribarlo en el suelo y hacer lo que le placiera con él.

Sabía que tenía que permitir que estos momentos de ternura se dieran entre ellos sin instigar sexo alucinante. Bueno, a veces. Edward necesitaba este tipo de encantador afecto para hacerlo feliz, y ella con toda seguridad lo quería delirante de alegría.

—A él no le importa —dijo él.

—Sí, le importa. Simplemente es demasiado dulce para admitirlo.

—No soy dulce.

—Lo que tú digas —dijo ella con una sonrisa indulgente—. Cariño.

Así que quizás ella no podría darle un bebé tan fácilmente como habían previsto, pero podía satisfacer sus otras necesidades. Incluso las que no compartían necesariamente.

—Propongo un brindis por mi querido esposo, Edward. Más sexy que un deportivo italiano. Más dulce que el jarabe. Más romántico que una puesta de sol en la playa.

La cual se estaban perdiendo porque estaban demasiado envueltos el uno en el otro. No es que a ella le importara.

—¿Qué más? —instó él. Ella buscó similitudes en su cerebro.

—Más tierno que la carne asada hecha a fuego lento.

Él rió, el brazo alrededor de la espalda de ella apretándose para acercar más la parte inferior de sus cuerpos.

—Ves —murmuró—. Eres romántica. Nunca nadie antes me ha comparado con un trozo de carne.

—No pasas mucho tiempo con tus groupies, ¿verdad?

—No si puedo evitarlo. —Él levantó su copa una vez más—. Por nosotros. Dos personas muy diferentes perfectas uno para el otro.

Ella definitivamente brindaría por eso. Los ojos fijos en los de Edward, sonrió y chocó su copa con la de él antes de sorber su champagne. Ella había querido que se le ocurriera un lugar o una forma única e inusual para hacer el amor con él mientras estaban aquí, pero se le ocurrió que planear algo tan romántico que le paraliza el corazón sería mucho más significativo para él. Y conociendo a Edward, también sabía que, si era romántica, él rockearía su mundo en la cama. O en la playa. O donde fuera que terminaran compartiendo el día juntos.

Los labios de él sabían a champagne cuando ella lo besó brevemente, pero se apartó antes de perderse en él una vez más.

—Volveré enseguida —prometió y regresó a la habitación para encontrar su ropa. Necesitaba hablar con el conserje antes de que se hiciera demasiado tarde para poder planear un día perfecto para su perfecto marido.

—¿Adónde vas? —dijo Edward mientras entraba a la habitación detrás de ella—. Pensé que estábamos viendo la puesta de sol.

Sin molestarse con ropa interior, ella se pasó un vestido azul pálido sobre la cabeza y le mostró la espalda a Edward para que él le subiera la cremallera.

—Lo hacíamos, pero se acabó.

Mientras él lentamente le cerraba la parte posterior del vestido.

—Oh. Estaba demasiado envuelto en ti para darme cuenta.

Maldición, el hombre decía las cosas más efectivas para hacerle debilitar las rodillas. Nunca iba a ser capaz de superarlo en el departamento del romance, pero iba a intentarlo en su luna de miel, por Dios.

—Regresaré pronto. Sólo salgo a planear una sorpresa. Para ti.

Sobre el hombro, vio una encantadora sonrisa extenderse a través del hermoso rostro de él.

—¿Una sorpresa? ¿Es la aventura sexual que prometiste?

Los labios de él le rozaron el hombro, y ella estuvo medio tentada de convencerlo para ir a la muy acogedora cama. Pero si hacía eso, tendría que retrasar sus planes un día. O, conociendo el insaciable apetito sexual de Edward, dos o tres días.

—Puede ser. Tendrás que esperar y ver. ¿Vamos a salir a cenar esta noche o nos quedaremos aquí?

Las manos de él se deslizaron alrededor del cuerpo de ella hasta su vientre, y el roce de sus labios se convirtió en una acariciante hacia arriba por el lado de su cuello.

—No creo que pueda mantener mis manos lejos de ti el tiempo suficiente para comportarme correctamente en público.

Ella se sentía de la misma manera.

—Ordena servicio de habitaciones mientras estoy fuera —dijo ella mientras se obligaba a salir de su abrazo.

Él la siguió hasta la puerta, aparentemente ajeno al hecho de que estaba completamente desnudo y parcialmente excitado. No era algo que ella pudiera ignorar tan fácilmente. Se detuvo con las puntas de los dedos en el pomo de la puerta y respiró hondo, tratando de enfriar su ardor lo suficiente para enfrentarse a un desconocido en la conserjería.

—¿Cambiaste de opinión acerca de salir? —dijo Edward con una sonrisa conocedora.

Ella deseó poder enojarse con él por ser tan condenadamente distractor pero, ¿cómo podría posiblemente ignorar al hombre cuando estaba desnudo y medio, en realidad enteramente, duro en su incesante deseo por ella?

—Uno para el camino —dijo sin aliento.

Ella chocó contra su duro cuerpo, su boca buscando la de él mientras lo llevaba hacia la cocina. Jadeó cuando él le levantó la falda y plantó su cálido trasero en la fría superficie de la encimera. Y luego estaba dentro de ella, llenándola como sólo él podía, reclamándole en un frenesí de excitación, deseo y lujuria hasta que ella se estremeció con la liberación y él la siguió sobre el borde.

Todavía enterrado profundamente dentro de ella, él le capturó el rostro entre las manos y la besó larga y profundamente. Cuando él se apartó, los ojos de ella se abrieron lentamente y si ya no hubiera estado completamente floja de satisfacción, se habría fundido en el acto de la intensidad de su amorosa mirada.

—La amo, Sra. Cullen.

—Lo amo, Sr. Cullen.

—¿Crees que has tenido suficiente de mí para irte ahora? —preguntó él, las cejas elevándose.

—Nunca tendré suficiente de ti.

Él sonrió y le acarició el cabello.

—Respuesta correcta.

La sonrisa de él se desvaneció lentamente mientras la miraba fijamente a los ojos y luego se inclinaba hacia adelante para capturar sus labios con los suyos. Ella quedó atrapada en su beso y en el calor de su carne bajo sus palmas. Ella liberó su boca de la de él y apoyó la frente contra su hombro.

—Sí, tengo que ir a hablar con el maldito conserje.

—No necesito una sorpresa —dijo él—. Sólo estar aquí contigo es suficiente.

Suficiente no era por lo que ella iba. Quería volarle la cabeza y hacer que su corazón latiera como el suyo lo hacía cada vez que él abría la boca. Esperaba que este conserje fuera mejor planeando romance que ella. Necesitaba su propio Cyrano de Bergerac bajo el balcón diciéndole cómo cortejar adecuadamente a su marido.

Después de una rápida limpieza en el baño y optando por usar ropa interior después de todo, salió de la suite y corrió hacia el vestíbulo en busca de asistencia de romance. Realmente envidiaba a las mujeres que eran naturales en este tipo de cosas. No era fácil para ella admitir que, en esto, ella apestaba completamente. Por suerte, la conserje resultaba ser una de esas naturales que Isabella envidiaba.

—Por lo general ayudo a hombres a planear este tipo de cosas —dijo la rubia de mediana edad mientras palmeaba la mano de Isabella.

Isabella rió.

—Mi esposo no necesita ayuda en el departamento de romance. Siempre tiene la cabeza en las nubes. Pero, por una vez, quiero ser la romántica. Con su ayuda, por supuesto. —No podía creer que de hecho se sonrojara, pero era un poco embarazoso admitir ante a una completa desconocida que no tenía un hueso romántico en su cuerpo.

—Entonces, ¿qué tipo de cosas le gusta a él?

La mujer tenía un acento que Isabella no podía localizar. ¿Holandés, quizás?

—Ama la playa. Y la cerveza.

—Están en el penthouse, ¿correcto?

Isabella asintió.

—Tienen acceso a una palapa de playa. Viene reservada automáticamente con su habitación.

—¿Una palapa? ¿Qué es eso?

—Es una cama en la playa rodeada en tres lados por cortinas y abierta a una espectacular vista del agua.

Isabella ya tenía todo tipo de imágenes eróticas corriendo a través de su cabeza.

—Oh, le encantará eso.

—¿Qué hay de un brunch* en la playa? Haremos que el servicio de habitaciones le lleve la comida a la palapa.

—Eso suena maravilloso. ¿Con cerveza para Edward?

Los pálidos ojos azules de la mujer se agrandaron.

—¿Para el brunch?

—Usted subestima lo mucho que mi marido ama la cerveza.

—Quizás les gustaría visitar la Cervecería Balashi. —Comenzó a buscar a través de folletos.

—¿Es romántico allí? —preguntó Isabella.

La mujer rió entre dientes.

—¿La cerveza es romántica alguna vez?

¿Cómo demonios se suponía que debía saberlo?

—Guardaremos la cervecería para otro día. Entonces... el brunch en la palapa cubre unas pocas horas de romance en la mañana. ¿Qué más tiene? —preguntó Isabella, estirándose hacia una pila de folletos.

La mujer, cuyo nombre era Sue según su plaqueta de identificación de bronce, insistió en que el parasailing* no era romántico, aunque era divertido, así que Isabella mantuvo ese folleto con uno de la cervecería para tener algo que probar más adelante en la semana.

Se decidió por paseos a caballo en la playa y un crucero con cena privada seguido de un paseo a un faro para ver el atardecer. Un día perfectamente romántico para su perfectamente romántico marido.

Con el plan de juego en su lugar, Isabella estrechó la mano de Sue.

—Muchas gracias por su ayuda —dijo Isabella—. Lo habría hecho hacer snorkel con tiburones y paracaidismo si no me hubiera encausado.

Sue sonrió cálidamente.

—Aún debería hacer esas cosas si está interesada —insistió—.¿Qué tal el miércoles?

—Le preguntaré si está dispuesto y me contactaré con usted. —Ella no quería tomar todas las decisiones acerca de sus excursiones mientras estaban en Aruba. Sólo las de mañana.

—Perfecto. Espero que disfruten su tiempo juntos.

—Estoy segura de que lo haré —dijo Isabella.

Disfrutaba cada minuto con Edward, incluso si sólo estaban sentados en el sofá viendo repeticiones de The Munsters, cenando pizza, alitas de pollo y cerveza, y vistiendo camisetas y pantalones de gimnasia. Pero estaba segura de que él estaría encantado de que ella se tomara la molestia de intentar ser romántica para él.

Era fácil de complacer.

Con una sonrisa en su cara y caminando con brío, Isabella comenzó a dirigirse hacia el ascensor y se detuvo cuando notó a la mujer del avión parada en el mostrador de recepción, examinando una pila de tarjetas de visita. ¿Cuál era su nombre? Algo con una H.

—¿Grandes planes para mañana? —le preguntó H, levantando la mirada de la tarjeta en la mano al rostro de Isabella.

—Algunos —dijo Isabella.

—Que se diviertan —dijo ella y caminó hacia la salida.

Isabella sacudió la cabeza ante la extraña intrusión. Parecía que H, ¡Heidi!, hubiera estado parada allí esperándola. O esperando hablar con la conserje. Pero entonces, en lugar de hablar con Sue, Heidi acababa de irse. Isabella atribuyó el comportamiento de Heidi a su rareza en general y regresó a la habitación.

Encontró la mesa del comedor cubierta con comida del servicio de habitaciones para su cena, pero no había ni rastro de Edward. Se aseguró de que el cartel de No Molestar estuviera exhibido afuera antes de cerrar y trabar la puerta detrás de ella.

—¿Edward?

—Aquí —exclamó desde el dormitorio.

Ella había imaginado que era donde él la esperaría. Entró en la habitación y lo encontró en la cama. Estaba tendido de espaldas, completamente desnudo, con varias fresas bañadas en chocolate apoyadas en el bajo vientre para llamar la atención a su gloriosa polla.

—Pensé que te gustaría comenzar con el postre —dijo él con una sugerente sonrisa.

—Podría —dijo ella, bajándose la cremallera del vestido.

Dudaba que lo necesitara por el resto de la noche.

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*Brunch: Es un almuerzo o un desayuno tardío.

*Parasailling: Es un deporte acuático, te amarras a un paracaídas y un bote pequeño te desliza por el agua mientras montas una tabla de surf.

Holi! Regresamos con la programación de esta linda historia jeje ¿qué opinan del capítulo? No olviden dejar un lindo comentario. Tampoco olviden pasarse por nuestro precioso grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.

¡Nos leemos pronto!