Todos los personajes y la historia pertenecen a JK Rowling
POV VIOLET POTTER 22
Hermione fue al ropero a cambiarse de ropa, con la túnica de quidditch de Slytherin de Taurus, y luego se subió junto a Draco a una de las dos Nimbus 2001 que había traído Taurus.
—Ay, son tan monos. Los shippeo a muerte. —dije juntando las manos emocionada. —Hacen una pareja maravillosa. Me recuerdan a Romeo y Julieta. Un amor imposible que vence a todas las adversidades. —suspiré entusiasmada.
—No sé si me gusta tu metáfora teniendo en cuenta que Romeo y Julieta acaban muertos por suicidio. —replicó Taurus haciendo una mueca.
—¿Cómo es que sabes la historia de Romeo y Julieta? Es una historia muggle. —
—No sé cuántas veces tengo que decir esto para que os entre en vuestras diminutas cabezas. Debo conocer a mi enemigo, y por eso me dedico a conocer la cultura muggle a través de sus libros.—contestó Taurus impasible.
Después nos mantuvimos unos minutos en silencio, de vez en cuando le miraba de reojo, en una de esas miradas furtivas vi una sonrisa en su rostro viendo el cielo donde se encontraba la parejita. Pero no su típica sonrisa soberbia, si no una sonrisa sincera de felicidad.
—Tengo que reconocer que Hermione tenía razón. —dije observándole.
—¿En que tenía razón la sangre sucia? —preguntó interesado Taurus.
—Dijo que has cambiado. Y tenía razón. —contesté seriamente.
—Espero que para bien, pequeñaja. —dijo Taurus burlonamente.
—Voy a ignorar el comentario por lo bien que te estás portando con Hermione. —dije con un mohín. —A lo que iba, has cambiado tu comportamiento con los amigos de Draco. Pero me pregunto que si nos estás tratando mejor por tu hermano o porque de verdad sientes que no nos deberías tratar como nos tratabas antes.—
—Lo importante es que ya no os estoy puteando tanto. ¿Acaso importa el motivo? —argumentó Taurus.
—Importa, Taurus. Importa. —contesté. —Al menos, a mi me importa.—
—Pues si quieres saber mi respuesta. Ni yo mismo lo sé. —dijo Taurus con la mirada perdida en el cielo.
Unos minutos después Hermione y Draco regresaron al suelo.
—¿Qué tal por ahí arriba, sangre sucia? —preguntó Taurus.
—¡Ha sido alucinante! ¡Hacía muchísimo tiempo que no me divertía tanto! —exclamó Hermione, entusiasmada. —Draco me ha contado durante el vuelo que has anulado el entrenamiento de Slytherin para que yo pudiera volar.¡Muchas gracias! —abrazó a Taurus, éste hacía una cara de no saber donde meterse, y le daba palmadas torpes en la espalda. —Y también gracias por tu túnica. —Hermione empezó a enrojecer.
—Sí lo que sea, pero repito que no te estoy dando mi túnica. Ha sido un préstamo que acaba de finalizar, así que cámbiate y devuélvemela.—dijo Taurus.
—Sí, sí. Esperad aquí, voy a cambiarme en el escobero. —exclamó Hermione algo avergonzada.
Tres días más tarde íbamos a tener la primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. Era la única optativa que habíamos escogido los cinco. También estaban en esa clase Taurus, Parkinson, Blaise, Theo, Crabbe y Goyle.
Hagrid aguardaba a que llegáramos en la puerta de su cabaña. Estaba junto con Fanga sus pies.
—¡Vamos, daos prisa! —gritó Hagrid a medida que nos aproximábamos—. ¡Hoy tengo algo especial para vosotros! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, seguidme!—
Durante un desagradable instante, temí que Hagrid nos condujera al bosque a visitar a otra extraña y peligrosa criatura como Aragog. Sin embargo, Hagrid anduvo por el límite de los árboles y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.
—¡Acercaos todos a la cerca! —gritó Hagrid—. Aseguraos de que tenéis buena visión. Lo primero que tenéis que hacer es abrir los libros...—
—¿De qué modo? —dijo Parkinson.
—¿Qué? —dijo Hagrid.
—¿De qué modo abrimos los libros? —repitió Parkinson.
Sacó su ejemplar de El monstruoso libro de los monstruos, que había atado con una cuerda. Otros lo imitaron. Unos, como Harry, habían atado el libro con un cinturón; otros lo habían metido muy apretado en la mochila o lo habían sujetado con pinzas.
—¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? —preguntó Hagrid decepcionado.
Todos, incluido Taurus para mi sorpresa, negamos con la cabeza.
—Tenéis que acariciarlo —dijo Hagrid, como si fuera lo más obvio del mundo—. Mirad...—
Cogió el ejemplar de Hermione y desprendió el celo mágico que lo sujetaba. El libro intentó morderle, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme dedo índice, y el libro se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano.
—¡Qué tontos hemos sido todos! —dijo Parkinson despectivamente—. ¡Teníamos que acariciarlo! ¿Cómo no se nos ocurrió?—
—Yo... yo pensé que os haría gracia —le dijo Hagrid a Hermione, dubitativo.
—¡Ah, qué gracia nos hace...! —continuó Parkinson—. ¡Realmente ingenioso, hacernos comprar libros que quieren comernos las manos!
—Cierra la boca, Parkinson —le dije en voz baja.
Me daba algo de pena Hagrid, que se había quedado algo triste. Es cierto que casi morimos el año pasado, pero también nos había ayudado en muchas ocasiones. También estaba el hecho que odiaba a Parkinson, todo el día siempre pegada a Taurus como una garrapata ...
—Bien, pues —dijo Hagrid, que parecía haber perdido el hilo—. Así que... ya tenéis los libros y... y... ahora os hacen falta las criaturas mágicas. Sí, así que iré a por ellas. Esperad un momento...—
Se alejó de nosotros penetrando en el bosque y perdiéndose de nuestra vista.
—Por Merlín, este lugar está en decadencia —dijo Parkinson en voz alta—. Estas clases son idiotas. ¿No opinas lo mismo, Tau?—exclamó agarrándose otra vez en el brazo de Taurus
—Cierra la boca, Parkinson —repetí aún más cabreada.
—Cuidado, Potter, hay un dementor detrás de tu hermano. —dijo Parkinson riéndose con Crabbe y Goyle.
—¡Retira eso, imbécil! —contesté yendo hacia ella. Taurus se interpuso deteniéndome.
—Tranquilízate, enana. Nada de peleas entre serpientes. —dijo Taurus mirándome seriamente.
—¡Pues controla la lengua la zorra de tu amiga, Taurus!—contesté airadamente.
—¡Te voy a ma...! —la amenaza de Parkinson fue interrupida por un grito muy agudo.
—¡AAAAAAHHHHH! —gritó Lavender Brown, señalando hacia la otra parte del prado.
Trotando en nuestra dirección, se acercaba una criatura, la más extraña que había visto en mi vida. Tenía el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de unos quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Llevaba un collar alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de la cadena. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de la criatura.
—¡Hola de nuevo! —gritaba, sacudiendo la cadenas y forzando a la bestia a ir hacia la cerca, donde estábamos. Todos nos echamos un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estábamos y ató al animal a la cerca—. ¡Esto es un hipogrifo! —gritó Hagrid alegremente, haciéndonos una señal con la mano—. ¿A que es hermoso? Se llama Buckbeak. Venga, si queréis acercaros un poco...—
Nadie parecía querer acercarse.
—Lo primero que tenéis que saber de los hipogrifos es que son orgullosos —continuó Hagrid—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendáis a ninguno, porque podría ser lo último que hicierais.—
Hagrid y una criatura mortalmente peligrosa. Nada podía salir mal.
