El precio del alcohol y las disculpas

Nota de autor: Seguimos celebrando a Harry (Tarde) con estos bellos capítulos. Recuerden, queridos, lo escribió la Moonsign, J.K es dueña de mundo y yo soy su google translate personal. Disfruten de los paros cardiacos =).

"Veo dentro de mí y mi corazón es negro

Veo mi puerta roja y está pintada de negro

Posiblemente pueda desaparecer y no enfrentarme a los hechos

No es fácil enfrentar algo cuando todo tú mundo es negro"

Paint it Black por The Rolling Stones

SIRIUS:

Sirius se sentía terrible. Sentía como si lo único que hacía desde que los demás lo rescataron de la bodega era traicionar y dañar a Remus. Sucedía una y otra vez, incapaz de poder detenerse. Primero fue la promesa de no volver a beber. Luego su inhabilidad de atender la necesidad de contacto físico que Remus raramente pedía pero Sirius sabía que requería desesperadamente. Sabía que Remus se rompía desde adentro (y cuando era luna llena, desde afuera) preocupándose por Sirius. Y ahora lastimaba de nuevo a Remus, está vez yendo tan lejos como para llamarlo traidor.

Sirius tomó otro sorbo a la botella de vino que tenía en la mano. La ironía de estar sentado en una habitación que mantuvo secreta a Remus, haciendo precisamente lo que prometió no volver a realizar, le importaba poco.

Sirius presionó su rostro en la tela escarlata con dorado que recubría el sillón puf donde estaba sentado, dejando salir miserables hipidos. Escarlata y dorado. Los colores de Gryffindor. No se sentía muy valiente ahora mismo.

Remus estaba solo en la enfermería, temblando y con espasmos que lo preparaban para una transformación realmente cercana. Sirius sabía que si corría ahora, podría verlo antes de que fuera al Sauce Boxeador, pero no se atrevía a hacerlo. No podía decidir si mejoraría las cosas, el ir a disculparse y mostrarle a Remus lo arrepentido que estaba, o por el contrario las empeoraría, estaba ebrio y Remus le ordenó que no lo siguiese.

¿Por qué había bebido está noche, de cualquier forma? Apenas recordaba el huir de la biblioteca, la culpa apretándole malevolentemente el estómago y aferrándose a cada uno de sus órganos. Recordaba sus propios pensamientos escupiéndole la cruda verdad acerca de no merecer a Remus, mucho menos el obligar a Remus a tener que perdonarle.

Se encontró en la cocina sin darse cuenta con los elfos domésticos, siempre ansiosos de complacer, pasándole una botella de vino sin tener que pedirla. No pudo soportar la tentación de momentáneo olvido que provenía de estar increíblemente borracho.

Miró la botella en su mano e inmediatamente sintió asco. Era todo culpa del alcohol, pensó. Todo comenzó con el alcohol. Todo comenzó cuando pidió que le trajeran las botellas de su padre a la habitación. De ahí había terminado pegando unos posters que ni siquiera quería tener. Entonces lo habían dejado en la bodega con todos los barriles de vino y los demonios sombras mutando en cada esquina.

Y por supuesto, rompió la promesa a Remus. Rompió una promesa.

Todo por culpa del alcohol.

Se quedó mirando la botella en su mano y se inclinó sobre el puf para vomitar violentamente en el suelo. Sentándose de nuevo, tiró la botella contra la pared de la forma más dramática que se le ocurrió a Sirius Black. Golpeó la piedra satisfactoriamente, vidrio volando en todas direcciones, brillando en la luz iridiscente que flotaba de las velas.

Tenía que ver a Madame Pomfrey, se dio cuenta. Ella sería capaz de ayudarlo, y por supuesto que sería discreta. Posiblemente sería capaz de convencerla sobre no contarle nada a Dumbledore y McGonagall. Incluso peor, a los Potter o a los Anders.

Se quedó sentado unos instantes, viendo el líquido ambarino correr por el suelo desde la pared. El color le recordaba a los ojos de Remus, un feliz pensamiento que pensó el jamás ser capaz de tener estando tan ebrio, de eso estaba seguro.

Se puso en pie con dificultad, sacando la varita para realizar el encantamiento tempus. Era mucho más tarde de lo que pensaba. La luna ya había salido y Remus estaría escondido en la cabaña de los gritos. Necesitaba ver a Madame Pomfrey ahora, antes de perder el coraje.

No podía esperar a poder contárselo a Remus.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

No fue hasta intentar caminar por el corredor que Sirius se dio cuenta lo torpe que el alcohol ponía a sus miembros. No podía caminar en una línea derecha, teniendo que forzarse a no reír tontamente al imaginar la cara de alegría que pondría Remus cuando supiera que buscó ayuda.

Sus pensamientos estaban difusos y tomó el giro que no llevaba a la enfermería si no al corredor principal, justo frente a las puertas de entrada. "¡Maldita sea! ¡Concéntrate, Sirius!"

Frunció el ceño, esforzándose en recordar la ruta más rápida de regreso. Sí, a la izquierda, atravesando el tapiz de la dama con el unicornio. Se giró, solo para tropezar con Snape entre todas las personas.

La nariz del chico demostró su disgusto. Era una nariz tan grande que el disgusto parecía caerse de ella. Sirius tuvo que impedir reírse.

— ¡Santo Dios, Black! —Snape farfulló— ¿Qué demonios has estado bebiendo? Hueles como alfombra de bar viejo —Pese a que sonaba valiente, Sirius estaba seguro de haber visto el miedo en los ojos de Snape cuando olió el alcohol. Le recordó a Sirius perturbadoramente a la mirada en los ojos de Remus cuando descubrió el whiskey de fuego en la enfermería.

Mi padre se bebía esto...

— Oh, púdrete, Quejicus —Sirius exclamó. No estaba en condiciones de pelear con un Slytherin. Además, le tuvo pena apenas vio el miedo que ocultaba. Lastimosamente, estando más que ebrio, lo que dijo en realidad sonó más como "P'dete, Que'cus"

Snape lucía maliciosamente deleitado: — Ooh, estás propiamente borracho, ¿No es así, Black? Dime, ¿Qué pensaría McGonagall si se enterara? ¿O tú precioso profesor Dumbledore? Él piensa que el sol te sale del culo, ¿Verdad? El Slytherin que resultó Gryffindor. El que tuvo la fuerza para resistirse a la casa de las serpientes.

Sirius luchaba por concentrarse. Se maldijo silenciosamente el estar tan ebrio. Sobrio, hubiese maldecido a Snape para dejarlo pudriéndose en un charco de su propia grasa. Pero de no haber estado bebiendo, tampoco se encontraría en esta posición ¿No es así?

— No 'e atrevas a dec'rles —Dijo a Snape, cuando finalmente logró entender la amenaza que el Slytherin le había lanzado. El tono amenazador se desechó entre las palabras dichas a medias.

— ¿O qué? —Snape se burló— ¿Me vomitarás encima? —Apoyó su esquelético cuerpo contra la pared. Sirius pensaba que el muchacho de seguro esperaba verse amenazante, cuando realmente parecía un saco de carne colgado por el cuello.

Sirius abrió la boca, intentando pensar un comentario inteligente.

— ¿Es este otro secreto tuyo, Black? —Snape preguntó cruelmente— ¿Eres un alcohólico aparte de ocultarte en el clóset? Apuesto a que tienes otros secretos igual de jugosos, ¿Cierto? —Sirius se quedó mirándolo— Conozco todos tus secretos, para que sepas —Snape continuó— También lo dañinos que pueden resultar —Sus labios se estrecharon en un gesto que podría tomarse por una sonrisa, si es que no estabas confundido, corto de vista y bastante ebrio— Para empezar, sé lo de Lupin.

Esa simple oración fue para Sirius como si le tiraran un balde de agua fría. ¡El maldito de Quejicus sabía sobre la licantropía de Remus! "¡OhDIOSOhDIOSOhDIOS! ¡Merlín, ayúdame! ¿Qué demonios podría sucederle a Remus si lo contaba? Oh DIOS, el ministerio...las reservas de hombros lobo...látigos de plata..." Y entonces finalmente bajó de su asombro, su mente alcoholizada comprendiendo la situación. "Va a chantajearme. Y no hay nada que pueda hacer. Tendré que obedecerlo. Por Lunático"

— ¿Q'é quieres de mí? —Sirius susurró débilmente— ¿A cambio de no con'arlo? —Merlín, deseaba estar sobrio. Necesitaba pensar.

Snape sonrió: — Me impresionas, Black. Incluso cuando estás ebrio como cuba sigues siendo bastante inteligente.

Sirius se tambaleó y tuvo que agarrarse de la pared. Snape empezó a reírse.

— Me encontraré con alguien en Hogsmeade hoy. Algunos de mis amigos me lo presentarán. Cosas de Slytherins, no lo entenderías —Hizo una mueca burlona a Sirius— Bueno, al menos no en tú estado. Dudo que ahora comprendas muchas cosas, a excepción del hecho de que te chantajearé de aquí a Tombuctú. Pretendía salir por la puerta principal —Señaló las enormes puertas dobles— Pero, sé que tus amigos y tú deben conocer pasajes a todas partes. Dime una forma para salir o toda la escuela se entera.

La respiración de Sirius se atoró. No era tan terrible lo que Snape le pedía. Escabullirse a Hogsmeade. Por supuesto que aquí no terminarían las cosas. Snape ahora tenía el secreto de Lunático a su disposición. Obligaría a Sirius y los demás Merodeadores a hacer lo que quisiera, cuando quisiera, desde ahora y hasta que se graduaran e incluso más allá. La vida de Remus estaba completamente arruinada.

"No hay nada que pueda hacer" Pensó "Tendré que decirle"

Bueno, había tres pasajes a Hogsmeade. El que estaba detrás del espejo. El otro tras la bruja jorobada, y por supuesto, el que se encontraba en la Cabaña de los Gritos. No le podía decir a Snape sobre ese. Especialmente no esa noche. Era luna llena y Remus estaba...

Oh Merlín.

Era brillante. Una salida del predicamento. Dios, era un genio, incluso estando ebrio. Sería la mejor revancha Merodeadora. Una broma reina de todas las bromas. Una forma de demostrar que nadie se metía con Los Merodeadores, especialmente con su Lunático. Se desharían del chantaje de Snape para siempre.

¡Oh era un genio!

— Bien, Q'ejicus —Escupió, sonando como si lo dijera de mala gana en lugar de victorioso— Te diré d'nde está el maldito pasaje. Se e'cuentra 'bajo de las r'mas del Sauce Boxeador. Hay una p'erta que lleva 'fuera por el co'redor de la enfermería. Toca el centro del t'onco con una rama. Deti'ene los golpes. El pasaje lleva a Hogsmeade.

Snape sonrió triunfante, dándose la vuelta para irse: — Por tú bien espero que digas la verdad, Black —Clamó mientras se iba— ¡Si no ten por seguro que le contaré a todo el mundo sobre la desagradable relación que tienes con Lupin!

Sirius se paralizó. ¿QUÉ?

Y de repente le volvió a caer un balde de agua encima. Este lo dejó completamente sobrio. Se equivocó de secreto. Snape sabía de su relación, no de Remus siendo un hombre lobo.

Y entonces algo más le cayó encima. "Oh Dios, acabo de matar a Snape. No, Lunático matará a Snape. Convertí a mí Remus en un asesino. Oh Dios, eso jamás pasará desapercibido para el Ministerio..."

— ¿Qué carajo acabo de hacer?

Tenía que detener a Snape. Empezó a correr por el corredor, tropezándose y obligando a su cuerpo a no detenerse "encontraraSnapehayqueDETENERaSnape".

¡Ahí! Una figura oscura adelante, apresurándose por el oscuro corredor: — ¡Snape! ¡Detente!

— ¿Sirius?

Sirius inmediatamente se detuvo: — ¿James?

— ¡Te he estado buscando por todas partes! ¿Tienes idea la hora que es? Pensaba que habías hecho algo estúpido.

— ¡Por Dios, James, lo hice! ¡He hecho algo terrible! ¡Tienes que ayudarme! —Sirius agarró a James y lo sacudió.

— ¿Qué? ¿Qué sucede?

— Le conté a Snape como atravesar el Sauce Boxeador. Se dirige allí.

Incluso con poca luz, Sirius vio como la cara de James perdía todo color: — Por favor dime que es una broma —Sirius hipó mientras negaba— Otra vez estás borracho. Maldita sea, tenemos que detenerlo —Sirius asintió, preparándose para correr— ¡No! Tú solo... ¡Maldición! Solo ve a decírselo a Dumbledore. No estás en condiciones de rescatar a Snape.

— Pero...

— ¡Haz lo que te pido, maldita sea!

Sirius trastabilló y asintió débilmente. James se dio la vuelta y emprendió su búsqueda.

"¿Qué hice? ¿Qué hice? ¿Qué hice?"

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Sirius no sentía nada. No había pensamiento en su mente, no emociones. Toda su mente era un hueco insensible de asombro. Al parecer resultó que traicionar irremediablemente a la persona que más amas en este mundo, era mejor que el olvido del alcohol.

No podía recordar cómo reaccionó Dumbledore. Una vaga memoria de él gateando por los escalones y golpeando fuertemente su recámara privada. Suponía que debió contar toda la historia a velocidades, porque lo siguiente que supo era que lo sentaban a la fuerza en una silla y Dumbledore se iba, aún vestido con sus pijamas naranja con rayas púrpura. Sirius no podía asegurarlo, pero creía que el director ni siquiera tenía puestos zapatos.

El único sonido en toda la oficina eran los gruñidos y movimientos de varios instrumentos raros que llenaban toda la habitación, recargados en la chimenea al final de la pared.

Sirius perdió el control del tiempo. Podría haber pasado minutos, horas, días... no tenía idea. ¿Estaba Snape muerto?

Su mente permaneció en negro mientras su estómago producía un líquido que le quemaba la garganta.

¿Y Lunático? ¿Había despedazado al Slytherin?

Su estómago dio otro giro, obligándolo a inclinarse sobre la silla por una arcada. No le quedaba nada del vino tras varios minutos de violentos vómitos, por lo que solo pudo sacar bilis ácida. Todos los músculos de su abdomen dolían y se retorcían.

Terminó desparramado en el reposabrazos de la silla, viendo el vómito en el suelo, incapaz de moverse o incluso respirar.

Sirius no supo cuánto duró en aquella posición. No supo que la luna se ocultaba, dándose cuenta de ello cuando los rayos del sol le pagaron en la mejilla. Vomitó de nuevo.

¿Dónde estaba Dumbledore? Había estado esperando por horas.

Como respuesta, hubo un fuerte ruido abajo a la vez que la gárgola se movía para dar paso a la escalera. La puerta se abrió unos segundos después y Sirius intentó alzar la cabeza. Era como si la tuviese llena de concreto y apenas pudo ver los lujosos pijamas de Dumbledore, junto a las dos figuras que lo seguían, antes de tener que dejar caer la cabeza de nuevo en el reposabrazos.

— Siéntense, señor Potter, señor Snape.

Sirius vio entumecido, dormido, como James y Snape obedecían, dedicándole miradas al vómito en el suelo y la cara destruida de Sirius. Una parte muy, muy distante de Sirius sentía alivio de ver la nariz anormalmente larga del Slytherin sin ningún daño. Snape se apretaba un brazo con dolor y James tenía un rasguño en la mejilla, acompañado de un bulto en el hombro que revelaba vendajes por debajo.

— Tenemos una situación bastante seria entre manos, caballeros —Dumbledore habló. Su voz no delató ningún tipo de emoción y sus ojos azules brillaban, pero Sirius no notaba su usual calor. Brillaban de la misma forma en que lo hacían los diamantes: frívolos, viejos e impersonales.

— Black debería ser expulsado —Snape gritó— ¡Intentó matarme!

— Le aseguro, señor Snape —Dumbledore empezó firmemente— Que el señor Black lidiará con las severas consecuencias de sus actos. Sin embargo, como usted y yo nos damos cuenta, el señor Black no estaba, ni está, en una posición mental aceptable para considerar lógicas sus acciones.

— ¡No puedo creerlo! —Snape estaba lívido y desesperanzado— ¿Todavía lo defiende? ¿Solo por ser un niño de su preciosa casa dorada de Gryffindor? —Escupió la última palabra como si tuviera un mal sabor de boca.

Sirius sabía que en situaciones normales reaccionaría, probablemente molesto, pero se sentía distante a su cuerpo y solo podía ver a Snape con ojos blancos. Ni siquiera pudo dedicarle una mirada de calma a James cuando lo vio ponerse mitad molesto y mitad preocupado.

— Su casa no tiene nada que ver con el hecho de...

— ¡Por supuesto que lo hace! —Parecía que Snape iba a llorar— De haber sido yo quien mandara a Potter y Black a las garras de un hombre lobo, usted no haría nada por mí.

La sorpresa de escuchar a Snape usar el término "Hombre lobo" fue tan fuerte que Sirius logró moverse. Sus músculos reaccionaron involuntariamente y el aire se le trabó en la garganta. Puede que Snape no supiese antes lo que era Remus, pero ahora lo conocía plenamente. La última esperanza de Sirius se rompió y murió en su pecho.

— Considero que las acciones del señor Potter son lo suficiente para demostrarle que a él lo puede sacar de sus conjeturas —Dumbledore respondió duramente— Le salvó la vida.

— ¡Después de que su mejor amigo intentará quitármela! —Snape gritó de regreso, dedicándole una mirada de odio puro a James— ¡Posiblemente estuvo involucrado desde el principio y solo se acobardó hasta el final!

Esa acusación golpeó a Sirius fuertemente. Él, él mismo, podría ser un traidor, estúpido y mago de sangre oscura pero el acusar a James, quien puso su propia vida en riesgo para rescatar a Snape, de haber participado estaba más que mal. James era la única razón por la cual Remus no sería llevado ante el Ministerio para ser acusado de un crimen que no quiso cometer.

Sirius levantó la cabeza del reposabrazos e intentó mirar a Snape: — No —Habló, su garganta doliéndole tras sus constantes vómitos— Él no estaba, no tuvo nada que ver con esto. Lo sabes, S-S-Sn... —No podía obligarse a usar el nombre de Snape con respeto, pero la culpa tampoco le permitía llamarlo "Quejicus".

— ¡Cierra la boca, asqueroso amante de los hombres lobo! —Snape exclamó, viendo con asco— ¡Sé exactamente lo que eres!

¡Suficiente!

Los tres muchachos pegaron un brinco. Ninguno había visto a Dumbledore verdaderamente molesto. Sus blancas cejas estaban tan alzadas en aquella expresión de furia, que se veían fuera de lugar. Sirius recordó que Dumbledore había derrotado al mago más oscuro en tres siglos con una simple varita. Era el mago más poderoso con vida en todo el mundo mágico y Sirius tenía su futuro en sus manos.

— Señor Snape —Dumbledore procedió, sus ojos moviéndose de un rostro al otro— De lo que he escuchado, usted no es inocente en toda la situación. Usó conocimientos de la vida personal del señor Black para chantajearlo. Esto, por supuesto, no excusa sus acciones cometidas, así como las acciones de él no perdonan las suyas. Servirá castigo por un mes y me hará la promesa de ni siquiera respirar pensando en la condición del señor Lupin, su relación con Black y mucho menos contárselo a alguien. De lo contrario, informaré a las autoridades acerca de a quién iba a ver hoy y las razones por las que lo hacía.

Snape se puso pálido de muerte y Sirius sentía la curiosidad querer romper sus paredes de entumecimiento. La cabeza de James también giró para ver al Slytherin.

— Señor Black —Dumbledore le dedicó toda su atención— Usted servirá detención con su jefa de casa hasta la Navidad. También atenderá terapias regulares con Madame Pomfrey para solucionar su adicción a la bebida de la cual, según nos cuenta el señor Potter, tiene mucho rato siendo descuidada.

Eso definitivamente rompió sus escudos. La ironía. El hecho de que iba a ver a Madame Pomfrey cuando todo este desastre tuvo lugar. Recordaba lo determinado que se encontraba, lo valiente. Recordaba pensar en lo orgulloso que se sentiría Remus al ver que solucionaba su problema

Eso se había ido. Remus jamás lo perdonaría. James y Peter jamás lo perdonarían. Bellatrix tenía razón, nunca puedes escapar de lo que corre por tus venas. Las sombras; esas malvadas sombras que se aferraban a él en las noches, ellas no provenían de una inocente oscuridad en una bodega. Tenía todo el derecho de tenerles miedo porque eran su familia. Su sangre. Él mismo. No intentaban llevárselo. Eran él. Ellos lo hicieron malvado y cruel. Lo convirtieron en un traidor y enemigo. Podría haberse librado de Slytherin en primer año, pero nunca podría librarse de su propia sangre. Su propia sangre sucia.

Se dio cuenta distantemente de que se estaba riendo. Riendo y llorando. Toda la situación era tan cruel que le daba risa. La forma en que se jugó a sí mismo una broma tantos años. Creyendo que era un Gryffindor merecedor de James, Remus y Peter. Santo Dios, era verdaderamente cómico.

Alguien lo sacudió, otro lo abofeteó. Otro más le gritó, algo sobre no ser el momento para volverse loco, no ahora y menos tras esto. Entonces tuvo un vial contra los labios y Sirius esperó que lo estuvieran envenenando. Algo que le permitiera escapar de esto, su vida y sangre. Bebió alegremente y se desmayó.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Sirius se despertó por los quejidos lastimeros de un niño que sonaban tan peculiares porque provenían de la voz de un adolescente. Los interceptaba una pared de piedra, pero eran tan altos que lograron sacar a Sirius de la poción que lo obligaba a dormir.

— ¡Ca'uto! ¡Ca'uto! ¡Lunático perdón, Lunático perdón!

Pese a estar drogado y medio dormido, Sirius no tuvo que preguntar lo que sucedía. Los eventos de la noche anterior le cayeron encima como un ataque estomacal y sintió algo encogerse sobre él a medida que la culpa lo consumía.

¡Por favor! ¡Por favor! Lunático perdón...perdónperdónperdón.

Los ojos de Sirius se abrieron y descubrió que se encontraba en la enfermería. Los gritos de Remus, por supuesto, venían de su habitación privada. Sirius no pudo evitar que un gemido de desesperación se le escapara mientras veía a un Remus post-luna sentado en la cama, llorando y rogando, creyendo que había hecho algo mal que molestó a Sirius lo suficiente para no visitarlo.

Las voces de Madame Pomfrey y los otros Merodeadores eran bajas y se perdían en la inmensidad del cuarto, todos luchando para poder calmar al nervioso hombre lobo.

Sirius añoraba el entumecimiento, pero se había disuelto mientras dormía y el cemento que le había paralizado la cabeza ahora se adueñaba de su corazón. Todo le dolía.

Deseaba poder levantarse y abrir la puerta. Deseaba poder ver los ambarinos ojos de Remus brillar cuando lo viese entrar, acomodándose en su regazo y agarrando su camisa mientras murmuraba "CanutoCanutoCanuto".

Sabía que no tenía derecho a desear esas cosas. Se le había arrebatado ese privilegio, pero todas las partes de su cuerpo lo añoraban.

Sirius no emitió sonido alguno. No se movió, pero las lágrimas calientes le bajaron por las mejillas con cada nuevo grito de Remus. Su garganta se cerró y su nariz le picaba pero ni siquiera se esforzó en controlar el dique que se partía en su interior. Simplemente se quedó ahí como un peso horrible mientras los gritos se convertían en gemidos, que al final terminaron evaporándose. Sirius supuso que Remus había llorado hasta dormirse.

Tras largos minutos de silencio provenientes de la habitación de al lado, la puerta se abrió y una figura emergió de ella. Los ojos de Sirius estaban abnegados en lágrimas pero el cabello de James era imposible de no reconocerse.

Dudó en la puerta, su borroso rostro girando a ver a Sirius y dándose cuenta de que tenía los ojos abiertos. Hubo una pausa extensa y entonces se movió para sentarse al borde de la cama. Sirius se tensionó, pero no hizo amago de moverse. Seguía acurrucado y no podía forzarse a mirar a la cara de su mejor amigo, ex mejor amigo. Ni siquiera le quedaban fuerzas para sentir vergüenza por tener las mejillas húmedas y haber empapado la almohada con sus lágrimas.

— Te hice una promesa el año pasado —James habló con un tono indescifrable— ¿La recuerdas?

Sirius se quedó mirando las túnicas de James. En la gran marea oscura había una huella de una mano en chocolate, como si las hubieran agarrado dedos desesperados.

— Tú me hiciste prometerlo —James siguió diciendo, más que todo como si intentara convencerse a sí mismo— No puedes romper promesas, Sirius.

Sirius se preguntaba el si Remus se había comido el chocolate, el si alguien lo había abierto en un intento de calmarlo y simplemente se derritió en su mano.

— Fue ese día bajo el sauce, no el boxeador, el otro que está en el lago. Te pedí que terminaras con Remus porque no quería que ninguno de los dos saliera herido. Tú me dijiste que jamás lo lastimarías, pero yo te recordé que algunas veces decías y hacías cosas estúpidas sin pensarlo, que podrías lastimarlo sin querer. ¿Lo recuerdas?

¿Quién había limpiado a Remus antes de acostarlo a dormir? Sirius no pudo evitar preguntárselo. ¿Quién había hecho su trabajo? El asear cuidadosamente los dedos del chico mientras se quedaba profundo, limpiando su boca y sintiendo el olor a chocolate.

— Tú me hiciste prometerlo —James sonaba agitado— Tú me hiciste prometerte que si alguna vez lo herías, no importaba que tan accidental hubiese sido, no importaban las circunstancias, yo debía escogerlo a él sobre ti. ¿Lo recuerdas? Tú lo dijiste, Sirius. Él sobre ti, todas las veces.

¿Qué tanto recordaría Remus de lo sucedido? ¿Se despertaría pensando que todo estaba bien? ¿Tendría alguien que contárselo todo? ¿Cómo reaccionaría? ¿Lloraría? ¿Mantendría aquella horrible expresión que decía "Por supuesto"? "Por supuesto que Sirius me traicionó. Soy una criatura oscura y un hombre lobo. Me lo merezco. No es culpa de Sirius".

Sería insoportable ser perdonado bajo aquellas condiciones. Sirius jamás podría aceptar disculpas que provenían del odio interno de Remus, no le importaba lo mucho que lo ansiaba.

— Así que no puedo ser tú amigo —James le avisó, su voz, por primera vez en todo lo que Sirius le conocía, sonando vieja. Sonaba maduro, cansado y arrepentido— No puedo ser tú amigo hasta que Remus te perdone.

La puerta de la habitación de Remus volvió a abrirse para darle salida a un cabizbajo Peter.

él alguna vez te perdona —James terminó, pero en vez de sonar cruel simplemente desprendía lástima.

Peter y él salieron de la enfermería.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Nadie le comentó a Sirius quién, exactamente, contó a Remus lo sucedido. Definitivamente no fue él. A duras penas veía a Los Merodeadores o a cualquier compañero de clase fuera de las clases.

Se sentaba solo en aquellas clases, tan alejado de los demás como podía. Sentía ojos especulativos sobre él, todos preguntándose que podría haber sido tan malo como para apartar a la panda leal de Merodeadores. Asesinato, oyó a muchos murmurar, cosa que no estaba demasiado alejada de la realidad. Decidir que prefería a su familia sobre sus amigos, era otra. Haber cogido con Lily Evans en la cama de James Potter. Convertir toda la tarea de Remus en nifflers que dejó en la oficina del profesor Dumbledore.

Nadie se atrevía a preguntarle a Los Merodeadores la razón. Especialmente después de que James, JAMES POTTER, maldijera a LILY EVANS para que sus túnicas fueran verde lima y dos tallas más grandes, cuando se cansó de que ella lo acosara al respecto. Si Lily Evans no podía extraerle la verdad a Los Merodeadores, nadie podía.

Apenas las clases finalizaban, se iba a la cocina para comer. La primera vez que lo hizo un elfo doméstico le había alcanzado una botella de vino que terminó estrellada contra la pared. Viendo que se perdía el desayuno y los almuerzos del Gran Comedor, no era de extrañar que llegara con hambre a la cama.

Después de cenar, iba a la oficina de la profesora McGonagall para cumplir detención. Algunas veces era copiar oraciones, otras tenía que limpiar y pulir, varias veces había sido organizar los ingredientes de Slughorn. Una vez lo obligaron a organizar todos los papeles firmados de los castigos que databan de hace diez años. Fue una tortura que la profesora McGonagall no anticipo, el ver su nombre al lado del de James, Remus y Peter como si mereciera estar ahí.

Cuatro años y unas semanas de castigos; los cuatro tenían más que 2/4 de lo que toda la casa Gryffindor había recolectado en los cinco años anteriores a su llegada.

Cuando McGonagall vino a ver cómo le iba después de dos horas lo encontró aferrándose a un papel de tercer año, sus ojos mirando a la nada, y ella simplemente lo trató con dedos suaves y lo envió a la enfermería.

Porque ahí se quedaba todas las noches, en la enfermería plagada de sombras y recuerdos que vivían eternamente en él al haber terminado su cacería. Se quedaba acostado con los ojos abiertos en su cama, repitiendo una y otra vez la monumental estupidez de sus actos, siempre malvados cada vez que los veía de nuevo, riéndose de él todo el tiempo.

Algunas veces Madame Pomfrey le daba una poción para dormir que le hacía doler el estómago, con su cabeza luchando contra los ingredientes.

Noches tras noche, días tras día. Clases, cocina, castigo, enfermería, pesadillas... una y otra vez y una y otra vez.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Nombre (s): James Potter, Sirius Black, Remus Lupin y Peter Pettigrew.

Casa: Gryffindor.

Año: Tercer año, Herbología.

Profesor: Pomona Sprout.

Razones del castigo: Encantar las orejeras rosadas de la profesora Sprout para cantar "Soy muy sexy para mis orejeras, muy sexy para mis orejeras, tan sexy que duele" hasta que el profesor Flitwick pudo remover el hechizo. Intentaron escapar el castigo diciendo "Usted se VEÍA muy sexy y el viejo Sluggy no le quitaba los ojos de encima".

Castigo: Re plantar a todas las mandrágoras en el Invernadero 3 durante el almuerzo, frente a todos los estudiantes que quieran asistir, usando orejeras rosadas.

Recomendaciones a la jefa de casa: Minerva, favor encontrar de dónde sacaron ese libro y confiscarlo. Son demasiado inteligentes, permitirles acceso a esa información es una receta para el desastre. Jamás había encontrado una panda de estudiantes tan problemáticos, tanto de maestra como cuando fui estudiante. Muchas gracias, Pomona.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Era muy pasado el toque de queda y no había nadie en la sala común mientras Sirius subía al cuarto, vestido con el pijama de la enfermería. Estaba tan delgado que apenas cruzó frente a la ventana y vio su reflejo, no pudo evitar pensar que se veía como un paraguas por la forma en que le quedaban la camisa sobre unos hombros esqueléticos.

Terminó de subir las escaleras al cuarto de Los Merodeadores y empujó gentilmente la puerta. Avanzando en puntillas, se dirigió a la cama de Remus.

Solo quería mirarlo. No lo despertaría. Solo quería ver a Remus durmiendo en su habitual posición de bolita de lobo, dejando salir unos adorables ronquidos caninos mientras dormía; la forma en que su arenoso cabello se erizaba y como mantenía los puños apretados contra la almohada.

Se asomó entre las cortinas de Remus y su corazón se detuvo. Remus no estaba ahí. ¡Dios santo! ¿Snape lo había contado todo? ¿Habían expulsado a Remus sin decirle a nadie?

"No, lo viste en clase hoy" Sirius pensó "No quería mirarme, pero estaba ahí" Entonces ¿Dónde se había metido?

Escaneó el cuarto y sus ojos descansaron sobre su propia cama. Las cortinas estaban casi completamente cerradas. Dudo unos momentos. Obviamente él no...

Se encaminó en esa dirección y se asomó por una pequeña rendija. Ahí estaba, justo como Sirius se lo había imaginado. A excepción de estar abrazando la almohada de Sirius y no la propia. Y con el cuerpo doblado en la cama de cobijas rojas y doradas de Sirius, no en la suya.

Sirius se congeló con una mezcla de sorpresa, esperanza y tristeza. No tenía la menor idea de cuánto llevaba mirando hasta que el silencio se rompió de repente.

— Sé que estás ahí, pulgoso estúpido —La voz de Remus reflejaba sueño a la vez que frialdad— Soy un maldito hombre lobo. Conoces perfectamente ese hecho dado que me usaste como tú arma homicida el otro día, pero ¿El que tengo buenos sentidos se te olvidó?

Sirius dio un respingo.

— ¿Sirius? —Ese fue James, sonando mucho más dormido que Remus— ¿Qué demonios haces aquí?

Sirius retrocedió otro paso, el corazón martilleándole. No estaba preparado para esto. No quería confrontarlos: — No pretendía despertarlos —Susurró— Solo me iré —Empezó a caminar a la puerta.

— Espera. Lumos —El corazón de Sirius fue quien tomó la decisión de quedarse cuando Remus se lo pidió. Parpadeó ante la luz que emanaba de la varita del hombre lobo. Remus abrió completamente las cortinas de la cama— ¿Qué haces aquí? —Volvió a preguntar.

Sirius se dio cuenta de que Peter se sentaba en su cama, mirándolos con curiosidad.

— Yo... yo solo quería revisar... —"Que todavía fueras igual de maravilloso que siempre. Que no sufrieras igual que yo por todo esto. Que todavía te vieras igual de bello cuando duermes."

— ¿Revisar qué? —James preguntó tras unos segundos.

— Revisar que... revisar que... —Jugueteaba con sus manos y retrocedió aún más a la puerta. Entonces sus ojos recayeron en Remus quien se sentaba en la cama, cabello rebelde sobre la cara, su expresión contenida y formándose en esa emoción que Sirius no podía identificar— ¡Oh, Merlín, lo siento Lunático! —De repente ya no podía controlarse— Lo lamento. Lo lamento, lo lamento. Por favor, no quería... no estaba pensando... —Se tambaleó y terminó cayendo al suelo frente a la cama, intentando alcanzar las manos de Remus. Remus las apartó bruscamente, su mueca siendo una de furia.

— ¡No me llames así! —La respiración de Remus se agitó— ¡No tienes ningún derecho de llamarme así!

Sirius apartó las manos, dejándolas en su regazo, y se arrodilló frente a la cama: — Tienes razón, no lo tengo, sé que no lo tengo —Tomó aire profundamente y lo dejó salir— No quiero que me perdones, Remus. No vine a pedirte eso. Solo quería contarte qué ocurrió exactamente entre Snape y yo. Solo para que entiendas... no, no para que entiendas porque no hay nada comprensible en lo que hice... solo para que...sepas.

— No quiero saberlo —Remus susurró— No quiero saber nada de lo que sucedió.

Sirius se sentó en el suelo, llevando sus rodillas al pecho y abrazándolas, ocultando la cara entre ellas.

— ¿Lunático? —James empezó con suavidad— Tal vez deberías escucharlo. ¿No quieres saber la razón precisa por la que estás molesto?

— ¡No! —Remus respondió airadamente— Porque si me lo d-dice, lo voy a comprender y luego lo p-p-perdonaré y ya me cansé de perdonarlo todo el tiempo. Perdonar y perdonar y perdonar.

Sirius no levantó la cabeza pero si escuchó a James levantarse y dirigirse a la cama de Remus. No vio al chico mayor, el jefe selecto de la manada, abrazar a Remus cuando se suponía que eso era trabajo de Sirius. Peter siguió el ejemplo de James y Sirius oyó la cama moverse para sostenerlos a los tres sobre ella.

— ¿Lunático? —James susurró.

— Bien —Remus sonaba derrotado— Que hable.

Fue todo lo que Sirius necesitó. Escupió todo. Era como si vomitara palabras. La habitación opuesta al tapiz de Bárnabas con su ballet, la botella de vino que se estrelló en la pared, el encontrarse a Snape y que este amenazará con chantajearlo. El malentendido con respecto al secreto, su brillante pero estúpida idea de la Mejor broma, el darse cuenta de lo que hacía...

No estuvo seguro de lo preciso que fue. Daba mil vueltas y olvidaba detalles que luego debía retomar. A veces describía de más la pose de Snape contra la pared, olvidando cosas mucho más importantes que luego debía explicar. Jamás levantó la mirada una sola vez, como si hablara con sus rodillas.

Nadie lo interrumpió, finalmente terminó desvariando, esperando por una reacción, cualquier reacción, de los tres chicos en la cama.

Al fin, Remus tomó un profundo respiro. Sirius levantó los ojos para verle la cara. Remus tenía una expresión que no había visto nunca. Era retorcida y adolorida, tan llena de pena que lo hacía ver casi feo. Sirius jamás pensó que eso sería posible.

— Estabas ahí la última vez que hablé con mi padre —Remus habló, con una voz suave y estoica que contrastaba con su expresión— ¿Recuerdas lo que nos dijimos? Viste todo por el cristal.

— Sí —Sirius susurró, incierto de a dónde iba la cosa.

— Él habló sobre el precio —Remus continuó, esta vez siendo él quien apartará la mirada— Me dijo que todos teníamos que pagar un precio. Dijo que siempre hay un precio por pertenecerle a alguien.

— Tú no me perteneces —Sirius lo corrigió, enfermándose ante la idea. Jamás había pensado en Remus como una posesión. Un regalo, sí y en especial uno que no merecía, pero jamás una posesión— Nunca me has pertenecido. Eres tú propia persona.

Remus negó aquella afirmación: — Me entregué a ti. Todo lo que soy, Sirius, y tú lo tomaste así que sí te pertenezco. Y tú te entregaste a mí de regreso. Pero siempre hubo un precio, Sirius, justo como dijo mi padre. Todas las crueles bromas, las preocupaciones, las noches sin poder dormir mientras te abrazaba y cuidaba de las sombras. Y estaba contento de hacerlo porque te amo. Pero la cosa es, siempre soy yo quien tiene que perdonarte. Perdonarte por hacer bromas con las cuales no estoy de acuerdo, por meterme en ellas y lograr que me castiguen incluso cuando no tuve nada que ver, por reclamar tanta atención física de mí parte y no darme nada cuando yo lo pido. Perdonarte por romper todas tus promesas. Ahora me pides que lo haga de nuevo, Sirius. Más perdones. Y sé que tú también tienes muchas cosas por las que perdonarme... mis excentricidades, mí manía con el estudio, mí licantropía, pero ya me cansé. Y ahora tengo que perdonar de nuevo.

Era el discurso más extenso que Remus había dado, cada palabra pegándole directamente al pecho. Y lo peor era que todo era verdad. Cada cosa que dijo Remus sobre él era cierta.

— No estoy pidiendo que me perdones —Sirius dijo finalmente, su voz no más que una grieta— Te dije que no quería que me perdonaras. Solo quería darte una razón para odiarme. La verdadera razón. También te equivocas sobre otras cosas. Nunca tendré que perdonarte por nada de lo que mencionaste. Esas cosas te hacen ser tú. Son lo que me hizo enamorarme de ti en primer lugar. Son lo que te hace Remus. Son lo que te hace nuestro Lunático. O el Lunático de James y Peter, supongo.

Remus hipó y no se dignó a mirarlo. El silencio se hizo eterno entre los dos.

La tensión entre ambos era insoportable. A cada segundo parecía arrancarle algo a Sirius: — ¿Saben qué? Solo... solo... Olvídenlo. Me iré ahora —Logró ponerse en pie y rápidamente llegó a la puerta.

— ¡Sirius, espera! —Remus lo llamó.

De igual forma siguió caminando porque su cerebro no sería capaz de recibir el dolor. Porque él recordaba la última conversación de Remus con su padre. Recordaba cada palabra de ella. Estaba impresa en su mente. Y también recordaba claramente lo que Remus le había contestado a su padre ese día.

¿Es este el precio de pertenecerte? Porque he decidido que ya no quiero volver a pagarlo nunca más.

Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

No fue a la enfermería. Siguió caminando todo el corredor hasta llegar a las puertas de entrada. Las abrió y salió del castillo. El aire de Octubre era frío y lo atravesó por entre aquellos delgados pijamas de la enfermería, aunque él seguía ahogándose con aquel intercambio en la torre de Gryffindor. Había perdido a Remus para siempre. Sabía eso con certeza ahora. Ese conocimiento lo estaba atragantando.

Comenzó a correr, yendo lo más rápido que podía al lago y adquiriendo aún más velocidad a medida que descendía por la colina.

Su mente se llenaba de horribles pensamiento e imágenes, cosas que no podía bloquear nunca más. Lo volvía loco la culpa, el auto desprecio y el odio que sentía hacía su familia y sangre.

Deseaba que hubiese una forma de sacarse la magia y quemarlos a todos. Quemar las sombras burlonas y las artes oscuras. Quemar el fanatismo purista de su madre y la sangre pura de su padre que había heredado.

Quemar todo y dejar de pensar de una vez por todas.

Había un profundo ardor en su estómago. Sirius primero pensó que era su imaginación o un efecto colateral de su errática corrida. Pero habiendo crecido con magia toda su vida no le tomó mucho darse cuenta de que irradiaba poder. Se centraba en su vientre y crecía, cambiando a cada paso.

Sonrió. Esto era. Se quemaría vivo. Quemaría todo a su paso. Sus pensamientos, su sangre, su maldad, su amor. Todo lo que era. Se dispersaba desde su estómago en ríos de fuego que corrían por sus venas, llenándolo a medida que se calentaban más y más. Corrió mucho más rápido, como si pensase que la velocidad ayudaría al fuego. Aquí era. ¿Cómo se le decía? ¿Combustión espontánea? Cuando una persona se prendía fuego y se quemaba de adentro hacia afuera. Olvido infinito.

Y entonces explotó, abrazándolo, expandiéndose. Se cayó por el poder que expulsaba, rodando por lo que quedaba de colina, con los ojos cerrados y los miembros sacudiéndose hasta que finalmente se detuvo frente a las comisuras del lago.

Se quedó quieto unos minutos, jadeando y luchando por recuperar el aire. ¿Estaba prendido en llamas? ¿Por qué no le dolía?

Lentamente, muy lentamente, abrió los ojos.

Todo el mundo estaba gris.