Todos los personajes y la historia pertenecen a JK Rowling
POV TAURUS MALFOY 36
Abrí los ojos algo mareado. Me incorporé de la cama y me percaté que no estaba en mi cuarto, me encontraba en la enfermería. ¿Ein? No recordaba haber ido a la enfermería este año.
—Uff. —emití un lastimoso suspiro. La espalda y el brazo me dolían horrores.
Reparé en mi cuerpo, estaba vestido con el pijama que se le da a los pacientes. Luego vi que tenía el brazo en cabestrillo. Ahí fue el momento cuando recordé lo que había sucedido. El hipogrifo me atravesó el brazo con su pico, me clavó sus garras en mi espalda y caí inconsciente. Eso lo explicaba todo.
Hice un rápido vistazo a la enfermería. No había rastro de nadie. Estaba completamente solo. Aún estaba bastante cansado y adolorido, así que decidí tumbarme en la cama. Un minuto más tarde, la puerta de la enfermería se abrió y de ella surgió la señora Pomfrey. Me miró unos segundos y luego se fue por donde vino.
Mmm, que extraño ... Creía que se quedaría para preguntarme al menos como me encontraba. Instantes después la puerta volvió a abrirse. Pero esta vez no era la señora Pomfrey la persona que entraba, era mi viejo y temible enemigo. El director Albus Dumbledore.
Por acto reflejo, recordé mi entrenamiento en oclumancia y mantuve mi mente en guardia. No iba a permitir que el viejo loco me volviera a leer la mente.
—Taurus, le he pedido a la señora Pomfrey que me avisara cuando te levantaras. ¿Puedo sentarme a tu lado, Taurus? —dijo con aparente amabilidad el director.
—Estamos en un país libre ... —dije concentrándome en mis defensas mentales.
Spider me recomendó que evitara el contacto visual con Dumbledore, pero mi orgullo me impedía rehuir. Así que le observé directamente a los ojos, fijándome hasta el más mínimo movimiento de Dumbledore que me indicara que volvía a usar la legeremancia. A decir verdad, esperaba que intentara volver a atacarme mentalmente, quería descubrir si era capaz de repelerlo.
—Lo tomaré como un sí. —dijo el director sentándose al pie de mi cama y observándome.
—¿Te dedicas a visitar a todos los alumnos que pasan por la enfermería? —pregunté .
—No a todos. Sólo a mis alumnos preferidos. —respondió Dumbledore acompañado de una sonrisa falsa. Sabía que era una sonrisa falsa porque sus ojos no le acompañaban en la sonrisa.
—Qué honrado me siento, Dumbledore. —dije sarcásticamente. —¿Has venido a saludar solamente?—
—No. Venía a preguntarte si recuerdas algo de lo que pasó. —dijo Dumbledore.
—Estoy seguro que ya lo sabes, Dumbledore. —respondí frunciendo el ceño.
—Ya me han contado los hechos acontecidos en clase de Hagrid. Pero quería escucharlo también de tu boca. —añadió el director.
—No hay mucho que contar. Parkinson hizo una estupidez y yo traté de evitar una tragedia. —
—Muy heroico de tu parte.—añadió el director.
—Ya sabes lo que dicen, no todos los héroes llevan capa.—respondí con altanería.
—Pues no lo había escuchado nunca.—dijo Dumbledore.
—Es un dicho muggle. Mayormente son unos mierdas, pero tienen algunas frases e ideas dignas de admirar.—argumenté con mi característica sonrisa ladina.
—Está siendo una muy agradable conversación, pero iré directamente al grano. ¿Quieres denunciar a Hagrid, al colegio o al hipogrifo por lo sucedido?—preguntó con el rostro impasible Dumbledore.
—No. —dije bostezando.
Entre que estaba muy cansado y el esfuerzo que estaba realizando para mantener en alto mis defensas mentales, temía caer dormido en cualquier momento.
—¿Cómo has dicho? —preguntó muy sorprendido Dumbledore.
Por primera vez, sus palabras concordaban con sus emociones. Estaba realmente sorprendido que no quisiera denunciar.
—Como te he dicho antes, Parkinson cometió una estupidez. No le echo la culpa ni al guardabosques, ni al hipogrifo, ni al colegio, ni a ti. Ni siquiera a Parkinson. Son cosas que pasan. —dije con sinceridad.
Quería acabar con Dumbledore, pero no de esta manera, no recurriendo al victimismo. Acabaría con él por jugar con mi mente entre otras muchas cosas, pero de esto no le podía echar la culpa y no me aprovecharía de mi ventaja.
—Muy noble de tu parte. —dijo Dumbledore recuperando su rostro serio e impasible. —Por desgracia, tu amiga Pansy Parkinson no piensa igual... —
Llamar a Pansy Parkinson mi amiga era pasarse, es cierto que ya no me desagrada y la he llegado a tolerar. Incluso me agrada que esté tan atenta conmigo. Pero Pansy Parkinson no es mi amiga. Yo no tengo amigos.
—Ahora mismo está fuera amenazando con contárselo a sus padres y destruir este colegio a base de demandas si no la dejamos pasar a verte. ¿Te importaría, si no es mucha molestia, calmarla? —continuó Dumbledore.
—¿Y qué gano yo a cambio?—pregunté. Lo último que me apetecía ahora mismo era calmar a Parkinson en estado histérico. Sólo deseaba dormir. Además, nunca me han gustado hacer las cosas por la cara.
—Mmm,—dijo pensativo, mesándose su larga baba.—Si lo consigues...—pasó a observarme con una mirada penetrante. — seguiré echando la vista gorda con tus asuntos extracurriculares, Taurus. —
Este viejo cabrón ... Qué ingenuo he sido... Si me ha leído la mente significa que sabe todo acerca de mi apuestas, mis extorsiones, de los apuntes y de los exámenes. Tengo que entrenar el doble en oclumancia para recordar, cuanto antes, lo que me ha borrado y así destruir a Dumbledore.
—Dile que pase. —dije apretando mi mano del brazo sano con fuerza de la rabia.
—Muchas gracias, Taurus. —dijo con su estúpida sonrisa falsa y dándome una palmada en el hombro. —Ahora me tengo que retirar. Ya nos veremos, Taurus. —se fue de mi cama y abrió la puerta de la enfermería. —Aa, se me olvidaba, no te sobre esfuerces si quieres recuperarte pronto. Así que no te exijas demasiado, ni físicamente ... —otra vez apareció una sonrisa, pero esta vez era una sonrisa falsa amable. Esta vez era una sonrisa soberbia. —... ni mentalmente.—
¡Maldito bastardo! ¿Ha conseguido volver a leerme la mente? No, no, imposible. Si así hubiera sido hubiera sentido dolor de cabeza. Quizás mientras estaba inconsciente ... ¿Se puede leer la mente de alguien que está dormido?
La puerta se abrió de nuevo, interrumpiendo mis pensamientos, y apareció Parkinson. Tenia los ojos hinchados de tanto llorar. Fue corriendo y dio un salto a mi cama para abrazarme.
—¡TAU! —gritó llorando sin control abrazándome con fuerza. —¡BO BIEBO BUBO! (quiere decir lo siento mucho, pero como está hipando por los sollozos dice eso)—
—¡Ayy! Joder Parkinson, me haces daño. Aparta—me quejé sintiendo un agudo dolor en el brazo.
—Bo biebo. (lo siento)—dijo, apartándose de mi cama, apenada Parkinson dejándome un rastro de su moquera en el pijama.
Asqueroso, esto es sencillamente asqueroso.
—¡Cálmate y deja de llorar que no te entiendo, Parkinson!—exclamé fastidiado por la situación.
—¡BEBÍA BE HABIAB BUEBO!(creía que habías muerto)—gritó Parkinson haciendo caso omiso a mi orden y llorando a moco tendido.
—Te repito que no entiendo una mierda lo que estás hablando. Vamos a hacer una cosa, Parkinson. Esto me ayuda a calmarme con mis ataques de ira, puede que te funcione a ti también. Repite conmigo ..—inspiré profundamente. —Inspira ...—exhalé todo el aire de mis pulmones — Espira ... Ahora tú.
Limpiándose las lágrimas, asintió con la cabeza.
—Bien, inspira ... espira. Eso es... Inspira ... espira. Otra vez. Ahora más profundo todavía. Bien, lo haces muy bien. Buena chica. —después de 1 minuto haciendo eso parecía que se había calmado.
—¡Lo siento tanto, Tau! Yo .. yo.. —al ver que estaba a punto de volver a llorar la interrumpí.
—Eh, nada de llorar. Las serpientes no lloran.—dije.
—Yo no soy una serpiente, Tau. Soy una culebrilla, débil y patética... —dijo Parkinson cabizbaja mirando al suelo.
—¿Crees que si pensara que eres patética te habría escogido para mi equipo de quidditch? Vas a ser una de mis cazadoras titulares, como capitán del equipo te prohibo que te compadezcas de ti misma. Necesito a tu mejor yo para los próximos partidos que se avecinan.—
—Pero por mi culpa casi te matan ... —dijo Parkinson, casi en un susurro y muy triste.
—No me insultes, Parkinson. —ésta levantó la vista extrañada. —¿Con quién crees que estás hablando? Soy Taurus Malfoy Black, hace falta algo más que un hipogrifo para matarme.—dije con altanería.—
Por primera vez desde que llegó a la enfermería, una sonrisa apareció en su rostro.
—Tienes razón, eres mi Tau. El héroe que venció al basilisco. —dijo Parkinson mostrando sus dientes.
Odiaba que me recordaran esa hazaña en la que no tenía el menor recuerdo, pero mejor ver a Parkinson sonriendo que llorando, así que no la contradije.
—Exacto. Bueno, ahora que te veo más calmada, quiero que me hagas un favor. —dije.
—¡Lo que quieras! —exclamó Parkinson enseguida.
—Quiero que no le digas nada a tus padres acerca de lo sucedido, y que no montes un espectáculo.—dije
—¿Pero por qué? ¡Tenemos que hacer pagar al gigante y a esa bestia lo que te hicieron!—dijo Parkinson.
—No quiero ser el centro de atención por haber sido derrotado por una bestia sin cerebro. —mentí en parte. Lo hacía sobre todo por el chantaje de Dumbledore.
—No les diré que fuiste atacado. Diré que me atacaron a mi. Mis padres forman parte del consejo escolar, seguro que aún sin contar toda la verdad consiguen la justicia que meremos. —argumentó Parkinson.
—A mi tampoco me cae bien el guardabosques, pero en esta ocasión la culpa de lo sucedido fue mayormente tuya por no hacerme caso y cometer la estupidez de insultar a la bestia. —expliqué.
Parkinson estaba dubitativa. Sólo me faltaba dar un pequeño empujón para que accediera. Sabía que sentía algo por mí, así que decidí manipularla emocionalmente un poquito.
—Hazlo por mí ... Pansy. —dije tratando de sonar lo más seductor posible.
Parkinson abrió los ojos como platos y me miraba embobada. Unos instantes después asintió con su cara, que estaba roja como un tomate. Mi plan había sido un éxito.
—¿Puedo darte un abrazo, Tau? —preguntó algo tímida.
—Mmmm, vale. Pero esta vez ten más cuidado con mi brazo, que todavía me duele. —expliqué.
Parkinson, más contenta que unas castañuelas, se tumbó a mi lado y me abrazó con cuidado.
—¿Puedes volver a llamarme Pansy, Tau? —preguntó Parkinson con los ojos cerrados posando su cabeza en mi clavícula.
—Claro, Pansy. —dije rodando los ojos.
—Gracias. —dijo Parkinson.
—Lo que sea por mi niña consentida. —dije irónicamente.
Estuvimos más de cinco minutos en mi cama sin decir nada. Yo mirando al techo, y ella abrazada a mí y con los ojos cerrados.
—Te quiero, Tau ... —dijo Pansy medio dormida, en un susurro casi inaudible, quedándose dormida después.
Fingí no escucharla. No quería más dramas adolescentes por un buen tiempo.
