Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Capítulo 55.
La brillante y suave piel desnuda de Kagura, envuelta apenas por las sábanas blancas, le daban un toque artístico, como sus pinturas mismas. Parecía un ángel, con aquella espalda perfecta y brazos delgados. El cabello medio largo que le cubría los hombros y despedían un dulce aroma a fruta. Todo en ella era perfecto.
O eso era lo que Kōga pensaba.
Se levantó entonces para andar por ahí. Como nunca, quería explorar el nuevo departamento que su novia había terminado de pagar gracias a la venta de sus cuadros. Por fin se sentía mejor después de todos aquellos pensamientos oscuros que había tenido.
Lo primero era pensar en vengarse de InuYasha, dañar a Kagome y a Yura, por mentirle, pero pasar la noche en los brazos de su chica le había hecho cambiar por completo de parecer. Ya no tenía esas ganas locas de estrangular a Kagome con sus propias manos o arrastrar a Yura de los cabellos y sacarla y patadas de su casa.
Le llamó la atención un sobre manila sobre el mueble del televisor que estaba en el cuarto de Kagura, pero su corazón empezó a acelerarse cuando vio inscrito un nombre en ese sobre.
Se imaginó de qué iba, así que sacó el contenido y lo siguiente que escuchó, fue la sangre hervirle por las venas y agolparse en su cara.
Vio el contenido uno a uno siguiendo la secuencia marcada y separada por un clip y al llegar al final, encontró un disco al que se apresuró a probar en el reproductor de DVD que aún conservaba Kagura.
El sonido de aquel vídeo la despertó paulatinamente. A lo lejos escuchaba a una mujer hablar y gritar, aunque no era tan alto. ¿Kōga se había levantado a ver una película? Ya deberían ser las ocho o nueve de la mañana. Era raro que viera algo en vez de preparar el desayuno, como normalmente pasaba si es que ella no se levantaba primero.
Se removió inquieta y cuando reconoció la voz de aquella mujer, abrió los ojos de golpe. Se quedó helada ahí, con sus uñas enterradas en la almohada. No podía ser cierto.
¡Qué estúpida era! ¡Había dejado toda la evidencia a la vista!
Se incorporó con lentitud y sin taparse el pecho desnudo. Miró para los pies de la cama y ahí, en aquel filo, estaba sentado su novio. No podía ver la expresión en su cara, pero era obvio lo que estaba pasando. El vídeo terminó rápidamente y Kōga hizo uso del control para apagar la pantalla.
Kagura lo vio temblar y por primera vez en la vida, sintió miedo de él.
—Puedo explicarlo. —Dijo nerviosa, pero trató de sonar firme.
Ikeda no respondió por un buen rato. Seguía temblando y no daba señales de alguna otra expresión. Kagura quiso acercarse a él, pero tenía tanto miedo… no entendía por qué se sentía así, si él jamás demostró ser un hombre violento. Casi podía jurar que una extraña vibra salía desde todo su ser.
—Así que tú eres la editora de esa perra. —Comentó por fin, con la voz ronca. La aludida trató de excusarse, pero él golpeó su mano contra el colchón, haciéndola callar en el acto—. Y ambas se estuvieron burlando de mí todo este tiempo, burlándose de Sango y hasta del tonto de Miroku, ¿no es así?
—Yo hice eso antes de conocerte. —Ella seguía viendo su espalda. Estaba en shock, no sabía cómo reaccionar, pero seguía teniendo mucho miedo—. Ella me ofrecía dinero y yo lo necesitaba… juro que quise evitar lo de Sango, pero…
—¡Deja de mentir ya! —Se levantó exasperado, con el infierno ardiendo dentro de los ojos—. ¡Maldita sea, solo querías mi dinero! ¡¿Era eso, perra?! —Todo su cuerpo temblaba y lo único que quería era abalanzarse sobre ella.
—¡Cállate, deja de decir insolencias! —Ella también se irguió desde su posición.
El pánico pareció atravesarle el cuerpo con lanzas cuando de un sagaz movimiento, Kōga estaba casi sobre ella, ahorcándola con sus enormes manos. Lo miró espantada, sintiendo cómo afianzaba el agarre con cada segundo. ¿Acaso la iba a matar? Unas enormes ganas de llorar y pedir por su vida se le habían atorado en la garganta.
—Eres una perra aprovechada, Kagura, y yo que estaba enamorándome de ti… —hizo un sonido extraño con la garganta, como de frustración y resentimiento.
—S-suél-ta-tame ya —tomó el brazo masculino con ambas manos, empezando a sentir cómo la sangre se le estancaba en el rostro y el aire era escaso.
Maldito fuera el momento en que se había cruzado con Yura.
Kōga respondió a la petición unos segundos después. Sentía ganas de matar a alguien, quería matar a alguien. Todos a su alrededor eran unos malditos mentirosos. La maldita de Yura, aquella maldita infeliz había jugado con él para sacarle todo el dinero que podía.
Quería gritar con todas sus fuerzas y romper miles de botellas de alcohol contra la cara de InuYasha, estampar el rostro de Kagome contra la pared y después, estrujar con sus propias manos cada centímetro de ese cuerpo incestuosamente delicioso.
Retrocedió de aquella cama, viendo a Kagura toser y respirar con dificultad. Se puso a duras penas su pantalón y camisa, sin dejar de verla ni por un segundo.
Tenía que irse a encontrar a Yura y darle lo que se merecía antes de botarla como la perra que era. Tomó sus llaves y se fue del departamento de su ahora ex novia.
Kagura se quedó ahí, anonadada y con una sensación de pánico absoluto en todo el cuerpo. Apenas después de unos minutos que escuchó el portazo de Kōga, es que empezó a temblar sin poder controlarse. Una ola de pavor le envolvió el cuerpo y se asustó más por no saber cómo controlarla. Las lágrimas empezaron a brotar libres sin poder hacer nada para que dejaran de rodar. Seguía respirando con dificultad y aún podía sentir la mano de Ikeda apretándole el cuello.
—¿Por qué…? —Susurró, recostándose despacio en posición fetal, encogiendo las piernas y sin poder dejar de temblar.
¿Por qué se había cruzado en la vida con un psicópata que resultó ser el único hombre al que de verdad había amado?
Así que le habían partido el corazón de la forma más violenta y sin escrúpulos que jamás esperó y en ese momento solo podía sentir miedo.
Quería poner una cadena de metal en la puerta para que ese monstruo no fuera a su casa nunca más.
¿Qué demonios le había pasado al dulce Kōga del que se había enamorado perdidamente?
El cuerpo ya le dolía por el esfuerzo de correr. Se quejaba con cada zancada que daba y juraba que no soportaría un minuto más sin llorar.
Alguien la venía persiguiendo desde hacía un par de minutos y corría a una velocidad increíble. Las calles vacías solo hacían que temiera más por su vida. ¿En dónde demonios estaba metida? ¿Por qué se había metido a un barrio tan extraño y solitario? ¿Por qué de pronto la estaban siguiendo como si trajera un secreto de la seguridad civil entre las manos?
Negó, al tiempo que tropezaba con sus propios pies. Claro, era demasiado bueno ya, que hubiera alcanzado a correr tanto aún con sus plataformas medio altas.
Ese sería su fin, podía sentirlo.
El extraño hombre jadeaba detrás de ella. ¿Por qué no le hacía daño de una vez por todas? Ella no lo miraba, había caído de frente y lo único que veía era el suelo, esperando a que procediera. Estaba llorando y gimoteando, mostrando lo realmente cobarde que era.
Al cabo de unos segundos, sintió cómo el extraño la tomaba por la boca y obstruía su respiración. Lo sintió respirar con odio en su oído y se desesperó, pataleando y tratando de soltarse. Gritaba, aunque inútil.
Nadie la escucharía.
El delincuente no decía palabra, pero mostró frente a sus ojos una filosa mini cuchilla que parecía brillar en la oscuridad.
El alma de Yura pareció salirse de su cuerpo por el pánico. No, no, no… ¡No podía ser, no! ¡La matarla con esa arma!
Trató de soltarse desesperadamente y quiso golpearlo, pero aquel maldito era más ágil y aquel espacio de aire que había dejado entre las fosas nasales y sus dedos volvió a cerrarse y el aire le hizo falta.
Yura, llena de pánico, vio cómo la punta de la cuchilla se acercaba peligrosamente hasta su rostro y lloró, lloró con todas sus fuerzas. Era la primera vez que sentía tanto miedo por su vida. ¿Tan miserable sería su muerte?
Vio en cámara lenta cómo aquella afilada navaja se enterraba en su mejilla derecha.
Aulló de dolor puro, cuando, de un certero y pronunciado movimiento, aquel filo cortó su piel blanca.
La sangre comenzó a brotar de inmediato y ella dejó de moverse, completamente bloqueada por el dolor de la herida.
Cayó de rodillas al suelo, mientras, detrás de ella, aquel extraño hombre echaba a correr sin más. Nunca le vio el rostro, porque traía un pasamontaña, vestía de negro y llevaba una capucha. Quién… quién se había atrevido a arruinarle el rostro de esa manera.
—¡Oye, a donde vas! —Logró escuchar a lo lejos, mientras su vista se nublaba, no supo sí por el ataque reciente o por el miedo—. ¡¿Estás bien?!
Pero su cuerpo simplemente ya no respondió.
Acababa de llegar a casa después de un largo día en la editorial y al fin podía meterse a dar una ducha.
Suspiró, con el estrés del trabajo martillando su cuello y hombros. Necesitaba ir al spa con urgencia o colapsaría pronto. Miró su celular y notó que aún eran las 7 pm. Era temprano para comer algo aún. Dejó el móvil sobre la mesa de centro de su sala y caminó hasta la cocina.
Quería quitarse su uniforme molesto del trabajo antes de preparar su cena, pero aún quería tomar algo de refresco.
De pronto, Hitomi anunció a alguien abajo. Se asombró bastante al saber quién era, pero era obvio que necesitaba decirle algo importante, de lo contrario, no iría a esa hora a buscarla.
—Sí, dile que pase.
Al cabo un par de minutos estaba ahí, tocando la puerta. Kagome tragó duro antes de recibirla y no supo qué cara poner.
—Kagome…
La vio con aquella expresión de angustia en los ojos y se espantó. Algo raro había en ella que le hacía dar incluso miedo. Algo no andaba bien con ella, podía verlo en sus ojos.
—Pa-pasa, por favor —le dijo con la voz temblorosa, haciendo un ademán.
La aludida entró a grandes zancadas, como llena un sentimiento extraño de impaciencia. Kagome sentía que la sangre se le había subido a la cabeza y no supo por qué sentía tanto pánico.
Estaba mareada.
—Kikyō, ¿estás bien? —Intentó sondear el terreno, pero Hishā seguía de espaldas a ella, sin decir palabra. Parecía estar temblando.
—Kagome… —otra vez aquella mirada extraña llena de angustia que ella no supo cómo entender. Qué estaba pasando con Kikyō que parecía una desquiciada—. Kagome, ayúdame…
Taishō corrió hacia ella e intentó tomarla de los brazos, creyendo que iba a caer, pero no fue así.
—¿Qué sucede, Kikyō? —Comenzó a desesperarse y quiso desparecer, seguía sin entender aquel miedo injustificado. ¿Le habría pasado algo malo a InuYasha? No, no podía ser—. ¿Kikyō?
—Kagome, Kagome —la tomó por las mangas de su uniforme y la miró directamente, aunque con aquella extraña expresión de desesperación—, ya sé… ya sé quién es la amante de InuYasha.
—¿Qué?
Continuará…
Espero que este capítulo les haya gustado. En lo personal yo amé escribirlo porque al fin salieron las primeras acciones obsesivas y asesinas de Kōga. Y, bueno, Kikyō…
Dejo mis agradecimientos para el siguiente capítulo y pido mi bendición porque la necesitaré.
