No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Edward tropezó con un escalón mientras Isabella lo guiaba con los ojos vendados a algún lugar particular en la playa. Sabía que estaban en la playa porque la arena estaba tibia contra sus pies descalzos, los gritos de las gaviotas que lo habían despertado esa mañana eran mucho más fuertes y el sonido del oleaje golpeando la costa era más que una un arrullo distante.

—Lo siento —dijo Isabella—. Ni siquiera puedo hacer esto correctamente.

—¿Hacer qué?

—Sorprenderte. ¿Tu pie está bien?

—Está muy bien —dijo él, aunque los dedos le dolían un poco de cuando se los había golpeado contra algún obstáculo en su camino—. Y lo estás haciendo genial —añadió—. Estoy totalmente sorprendido. —Por qué cosa, no tenía idea, ya que ella había insistido en mantenerle los ojos cubiertos.

Lo instó a subir varios escalones, y él la siguió sin vacilación, confiando en su guía aunque ella lo había conducido hacia objetivos más de una vez en su travesía desde su habitación de hotel hasta donde fuera que se dirigieran.

Isabella le colocó las manos en una suave plataforma. Se sentía como una cama, pero él supuso que estaba equivocado; ¿por qué habría una cama en la playa? Su estómago gruñó cuando el dulce aroma de artículos de pastelería tocó sus fosas nasales. ¿Y eso que olía era tocino?

Oh Dios, comida.

Esperaba que fuera para él y no que flotara del desayuno de otra persona. Realmente podría venirle bien una comida caliente. Para cuando Isabella y él habían hecho su camino fuera del dormitorio y entraron al comedor para cenar, el festín que él había ordenado se había enfriado y estaba poco apetitoso. El filet mignon perdía mucho de su atractivo cuando era calentado en el microondas.

—Súbete aquí —dijo Isabella, ayudándolo a hacer su camino sobre lo que todavía se sentía como una cama.

Él hizo un poco de trampa y miró hacia abajo a través de la angosta grieta en la parte inferior de la venda. Suaves sábanas blancas se arrugaron bajo sus manos y rodillas cuando él se subió al colchón. Definitivamente estaba en una cama en la playa.

¿Qué demonios?

Isabella lo acomodó en un nido de almohadas, asegurándose de que estuviera completamente cómodo antes estirarse y quitarle la venda. Él parpadeó varias veces para permitir que sus ojos se ajustaran al resplandor de la brillante luz solar chispeando sobre la superficie del agua que se extendía ante ellos.

—¡Sorpresa! —dijo ella—. ¿Qué piensas? ¿Es romántico?

El corazón de él golpeó cuando se le ocurrió que ella intentaba ser romántica para él.

Su Isabella, cuya vena romántica era normalmente delgada como un cabello, había organizado esta salida para darle cálidos sentimientos. Y definitivamente había funcionado. La locación era espectacularmente romántica, pero la expresión de su esposa era lo que tenían sus ojos extrañamente nublados.

—Es increíblemente romántico —dijo en torno a la presión en su pecho.

Ella sonrió brillantemente como si él le había dado el mejor cumplido que ella había tenido jamás y se estiró para tomar un plato de masas de hojaldre. Ella insistió en alimentarlo arrancando trozos con los dedos y colocándolos en su boca. Le hizo bajar los dulces con cerveza congelada, lo cual... puaj. Pero él la tragó sin quejas porque sabía que ella intentaba ser atenta y complacerlo, y no había manera de que él hiciera algo que la hiciera sentir que ésta no era la mejor sorpresa que él había tenido jamás, porque estaba ahí arriba junto a acceder a casarse con él y decirle que quería comenzar una familia.

Eventualmente la felicidad lo superó y la atrajo hacia él por la cercanía que ansiaba. Sí, era un rudo y famoso guitarrista del metal que pensaba que bien podía morir si no abrazaba a su esposa en ese exacto momento, y si alguien tenía un problema con eso, bueno, que se fueran a la mierda.

Isabella entrelazó sus dedos con los suyos y presionó el rostro contra su cuello. Su cálido aliento le acarició el cuello. El dulce aroma de su cabello y piel, vainilla con un indicio de coco, le llenó la nariz. Él no necesitaba la vista del océano que se extendía ante ellos. Su paraíso estaba envuelto firmemente en su abrazo.

—¿Deberíamos escoger nombres? —murmuró ella—. ¿O nos dará mala suerte?

Los brazos de él se apretaron. Incluso ahora ella pensaba en bebés.

—No pensé que creías en la suerte —dijo él.

—Tienes razón, no lo hago. Así que si tenemos un niño, creo que debemos nombrarlo como tu padre —dijo ella.

—Isabella, no te hagas esto a ti misma.

—Y si es una niña, me gusta el nombre Carlie.

Él supuso que tendrían esta conversación quisiera o no.

—Es lindo —dijo él—. Y me gustaría nombrar a mi hijo como mi papá, pero jamás vamos a nombrar a un bebé como mi madre.

Isabella volvió la cabeza y lo miró sorprendida.

—Creí que eras cercano a tu madre.

Cercano no era la palabra que él usaría, pero se llevaban bien.

—No es eso—dijo él—. Una Esme Cullen en la familia es suficiente.

Ella sonrió.

—¿Qué hay de Caroline Cullen?

Él sacudió la cabeza ligeramente.

—No.

—¿Karen Cullen?

Edward rió.

—¿Karen? ¿Es siquiera un nombre real?

—O si tenemos trillizas, podemos llamarlas Esme, Caroline y Karen Cullen.

—¿Trillizas? —Tener más de uno al mismo tiempo nunca se le había ocurrido—. Voy a tener que conseguir un segundo trabajo.

La traviesa sonrisa de ella le dijo que bromeaba, pero luego ésta se desvaneció y su expresión se volvió seria.

Isabella deslizó la mano libre sobre la parte interna del antebrazo de Edward y el tatuaje de una daga y rosas sangrientas allí. Su dedo acarició el nombre entretejido entre las espinas y pétalos.

—Si es una niña, la llamaremos Renesmee.

El corazón de Edward se contrajo y su brazo se apretó, aplastando a Isabella contra su costado. ¿El dolor de la trágica pérdida de su hermana pequeña lo dejaría alguna vez?

—Eso le hubiera gustado —dijo, el aliento atrapado en la apretada garganta.

Isabella le frotó la espalda, aflojando músculos que él no se había dado cuenta estaban anudados por la tensión.

—Creo que el desayuno se enfría —dijo ella después de un largo momento.

Él liberó su asidero en ella y ella se alejó, obsequiándole un largo y persistente beso antes de acomodarse para sentarse junto a él en la pila de almohadas. Mientras ella recuperaba las bandejas de comida al pie de la cama y las ubicó sobre sus regazos, él levantó la mirada para asimilar la espectacular vista del océano. En la privacidad de su oasis con cortinas, era como si Isabella y él fueran las únicas dos personas en la playa.

Bueno, casi. Una persona de pie en las olas era la única excepción a su soledad. El hombre estaba de frente a él y le tomó a Edward un momento reconocer que ese hombre era Mike y que lo miraba directamente. ¿Cuánto tiempo los había estado observando?

Mike levantó una mano en saludo luego se escabulló fuera de vista. Edward había tenido suficiente de la invasión de ese tipo. Se movió para bajarse de la cama y decirle unas cuantas cosas a ese tipo y darle unos cuantos puñetazos. Isabella lo miró, la ceja alzada, cuando él golpeó la bandeja que ella intentaba acomodar sobre su regazo.

—¿Vas a algún lugar? —preguntó ella.

—Ese tipo, Mike, estaba parado allá en las olas observándonos.

Isabella miró por encima del hombro.

—Ya se fue.

—Mi objetivo es encontrarlo y hacerle comprender que nos gustaría un poco de privacidad. Ya que no parece comprender las cosas por las buenas, está a punto de que se lo meta en la cabeza por las malas.

—¿Vas a provocar una pelea con él?

—Pensé en comenzar con un buen puñetazo en la nariz.

Isabella le tomó el brazo antes de que pudiera bajarse del colchón.

—No hagas esto ahora —dijo ella, su tono suplicante—. Arruinará todo nuestro día. Y quería que fuera perfecto para ti.

—¿Cómo puede ser perfecto cuando un imbécil sigue espiándonos? —Él aún estaba furioso con Mike, pero Edward era un poco, de acuerdo, extremadamente, débil cuando se trataba de negar los pedidos de su esposa.

—Ya se fue —dijo ella, siempre la voz de la razón—. Si lo atrapas de nuevo, no me interpondré.

Él sabía que ella cambiaría de opinión cuando comenzaran a volar los puños, pero tenía razón. Meterse en una pelea y quizás ser arrestado o expulsado del hotel arruinaría su día perfecto juntos.

Una vez más se recostó contra las almohadas e intentó respirar uniformemente para poder calmar su ira.

—Olvidé mencionarlo anoche —dijo Isabella mientras se acomodaba junto a él y alzaba la tapa de la bandeja de huevos escalfados, tocino y panecillos ingleses tostados—. Su prometida estaba alrededor de la recepción mientras yo hablaba con la conserje. No estoy segura de que fuera una coincidencia. Pareció que escuchaba mi conversación a hurtadillas.

Edward sacudió su cabeza con molestia.

—¿Ves con lo que te casaste? —se quejó.

Ella le dio una sonrisa seductora, la cabeza inclinada sólo un poco, y el aliento de él quedó atascado.

—Oh, lo veo muy bien —dijo, sus ojos fijos en los suyos.

Y de repente a él no le importó una mierda su fama o las personas que invadían su privacidad. Todo lo que le importaba era mantener una sonrisa en el rostro de esta mujer. Y darle un puñetazo en la nariz a algún idiota no la haría feliz. Esperaba que compartir el desayuno y robarle algunos besos lo haría.

Después de terminar su delicioso desayuno con la gran vista y aún mejor compañía, un camarero tomó sus platos vacíos y los dejó solos. La brisa que soplaba desde el océano hacía que las blancas cortinas ondearan suavemente, pero él todavía tenía un poco de calor. Se quitó la camiseta y la lanzó a los pies de la cama.

—Eso está mejor —dijo con un contento suspiro.

—Eso diría yo. —Ella se arrodilló detrás de él y dijo—. ¿Qué tal un masaje?

—Eso suena maravilloso.

El contacto de ella sobre la piel desnuda de su espalada fue relajante al principio; masajeando hasta sacar toda la tensión de sus músculos, alejando cada preocupación. Pero como era el status quo con su esposa, su contacto pronto se volvió sensual mientras sus manos comenzaban a explorarle el pecho, vientre y bíceps.

Volvió la cabeza para ofrecerle una mirada de falsa desaprobación, pero el calor en la mirada de ella encendió un fuego dentro de él que no se extinguiría hasta que la poseyera.

La arrastró debajo de las mantas y le subió la falda por los muslos, tirando impacientemente de su ropa interior hasta que ella tuvo piedad de él y se la quitó. Él bajó la parte delantera de sus shorts de un tirón, demasiado impaciente para sacárselos completamente.

Como un tímido novato asegurándose de que cada parte desnuda del cuerpo estaba cubierta, encontró la resbaladiza y atractiva humedad entre los muslos de ella y se enterró profundamente dentro de ella.

Sus embestidas fueron lánguidamente lentas a la vez que se centraba en la sensación de ella bajo él, alrededor y tocando lugares dentro de él que nunca nadie había alcanzado. Esta mujer lo consumía en tantos niveles. A cada nivel. No podía creer lo afortunado que era de haberla encontrado.

Utilizó un ritmo que igualaba las olas que chocaban con la playa a sus pies y permitió que la música en su alma entrara en su mente y le llenara el corazón. Siempre oía música en su cabeza cuando estaba dentro de ella. Había avanzado hasta el punto en que no exigía que ella esperara mientras él escribía los riffs y solos en un papel, en las sábanas o incluso en su piel, pero aún oía las notas tan claramente como lo había hecho la primera vez que hicieron el amor.

El cuerpo de Isabella se tensó debajo de él, y él reclamó sus labios en un profundo beso para tragar su grito de liberación.

Cuando los estremecimientos de ella se calmaron y sus manos aflojaron su asidero en la espalda de él, él se apartó y la miró mientras seguía llenándola con lentas y profundas embestidas tras lentas y profundas embestidas. Él se tomó su tiempo para encontrar la liberación, ajeno a todo lo que le rodeaba excepto la mujer en sus brazos y los sentimientos que despertaba en él.

Cuando acabó, ahogó un gemido satisfecho contra la garganta húmeda por el sudor de Isabella, el cuerpo temblándole por la intensidad de su éxtasis. La fuerza de sus brazos cedió y él se desplomó sobre ella, sonriendo de felicidad cuando ella lo envolvió con sus brazos y lo acercó aún más a ella.

—No creo que debamos hacer eso aquí —le susurró Isabella al oído.

—¿Mi bella esposa en una cama en la playa? No puedo pensar en ningún otro resultado posible con esa combinación.

—Fue espectacular —murmuró ella—. Y no se nos metió arena en lugares incómodos.

—Este hotel es genial —dijo él, y Isabella rió entre dientes, lo cual hizo que su coño le hiciera cosas muy maravillosas a su polla todavía enterrado dentro de ella.

—¿Recuerdas cuando dije que arruinarías mi vida si reías mientras te estaba haciendo el amor? —preguntó él.

—¿Arruinar tu vida? Eso es un poco demasiado dramático, cariño.

—Bueno, mentí. Eso se siente condenadamente increíble. Ríete todo lo que quieras mientras estoy dentro de ti.

Ella se rió de nuevo, y el vientre de él se tensó involuntariamente ante la sensación extrañamente excitante. Oh Dios, necesitaba que ella hiciera eso otra vez.

—Una vaca y un sacerdote entran a un bar —dijo—. El camarero dice: ¿Por qué la cara larga?

Isabella se echó a reír, enviando adicionales ondas de placer a lo largo de su polla.

—No creo que haya un sacerdote en esa broma —dijo—. Y es un caballo el que tiene una cara larga, no una vaca.

—Oh —Él se encogió de hombros—. Como sea. Sólo sigue riendo.

—Hablando de caballos —dijo ella, intentado levantarse de debajo de él—. ¿Qué hora es?

—Hora de las cosquillas.

Hacerle cosquillas tuvo como resultado la risa deseada, pero ella también se retorció y sacudió las caderas hasta que él ya no estuvo dentro de ella. Qué decepción.

—Tenemos que irnos —dijo ella sin aliento cuando él le dio un descanso a sus torturadas costillas—. Tenemos que estar en algún lugar al mediodía.

—¿Dónde? —preguntó él.

—Es una sorpresa.

—Bueno, si es la mita de bueno que esta sorpresa, me espera algo genial.

Menos de una hora más tarde, Edward se encontró cara a cara con un enorme caballo con motas grises. Se había preguntado por qué Isabella le había hecho poner zapatos y por qué ella se había cambiado la falda antes de dejar el hotel.

—¿Y se supone que me suba a esta cosa? —le preguntó a Isabella, que ya estaba montada a un elegante caballo negro esperando que Edward encontrara sus bolas.

Bolas que aparentemente habían huido de la escena cuando se enfrentaron a montar una impredecible tonelada de músculos, dientes y piel.

—¿No te gustan los caballos? —preguntó ella.

No tenía el corazón para decepcionarla después de que ella se había tomado la molestia de hacer algo romántico para él, así que se subió al caballo.

—Sí me gustan los caballos —mintió.

En realidad, nunca había estado sobre un caballo. Le había acariciado la nariz de uno en uno zoológico de niño y casi perdió algunos dedos por su trabajo, pero no se lo dijo a Isabella. Su corazón golpeaba como un martillo, pero se las arregló para ofrecerle a Isabella una sonrisa valiente desde su posición sobre la montura.

—Y creí que lucías sexy en una motocicleta —ronroneó Isabella, mirándolo de esa manera que siempre hacía que su vientre se apretara.

Si lo miraba de esa manera, estaba garantizado que tendría sexo en un futuro muy próximo.

Cabalgaron hacia la playa, la arena succionando los cascos de los caballos, pero los animales parecían acostumbrados a ello. Isabella cabalgaba con confianza; obviamente había hecho esto antes. Edward simplemente intentaba no caer a su muerte. Estaba seguro de que si se caía de su silla de montar, el caballo lo usaría como un felpudo para limpiarse la arena de las pezuñas.

—¿Qué haces ahí atrás? —exclamó Isabella por encima del hombro—. Ven aquí a mi lado para que podamos hablar.

Edward rebotó ligeramente en la silla, sin tener idea de cómo hacer que el caballo fuera más rápido. No era como si tuviera un acelerador.

—Um, sí, haré justo eso —murmuró en voz baja.

Isabella tiró de las riendas para detener su caballo y esperó a que Edward la alcanzara.

—No luces como si disfrutaras esto —dijo Isabella.

—Lo intento.

—¿Alguna vez has estado sobre un caballo?

—No exactamente —admitió él.

—¿Por qué no se lo dijiste al guía cuando te preguntó?

—Porque si él lo hubiera sabido, habría venido con nosotros y yo quería estar a solas contigo.

Ella inclinó la cabeza y la sacudió ligeramente, una tierna sonrisa curvando sus sensuales labios.

—¿Sabes lo difícil que es enojarse contigo?

—¿Por qué estarías enojada conmigo?

—Porque mentiste y pusiste tu vida en peligro.

—No mentí —dijo él a la defensiva.

Su caballo se movió, y él se deslizó de lado en la montura. Tiró de las riendas para no caerse, y el caballo sacudió su gigantesca cabeza en señal de protesta.

—Sí, lo hiciste. El guía preguntó si tenías experiencia en montar, y dijiste que tenías mucha experiencia.

—Él no dijo montar un caballo, dijo montar. He montado mucho en mi vida. Deberías saberlo, ya que eres mi montura favorita.

Ella se inclinó y lo golpeó en el brazo.

—Edward Cullen, eres imposible.

Él rió entre dientes.

—Sabes que te gusta.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Ahora muéstrame cómo funciona esta cosa antes de que me caiga y me rompa el cuello.

Ella le dio instrucciones básicas sobre detenerse y continuar, girar, y usar los estribos para distribuir el peso en lugar de tirar de las riendas como si fueran una cuerda de salvamento. Pronto él fue lo suficientemente valiente para instar al caballo a galopar. E incluso se divertía.

—¿Dónde aprendiste a montar? —le preguntó a Isabella.

—Oh... —dijo ella, luciendo sorprendida por su pregunta. Se llevó un mechón de cabello castaño detrás de la oreja y evitó su mirada—. Requisito de chica de granja.

Él la conocía lo suficiente para saber cuándo le ocultaba algo.

—¿Estás segura de que no hay nada más?

—Monté un poco cuando era joven. Creciendo en el campo, la mayoría de mis amigos tenían caballos. Nunca tuve uno propio hasta que...

Edward levantó una ceja.

—Jeremy me compró uno como regalo de bodas. —Se encogió como si acabara de decir un horror absoluto.

—Oh —dijo él rotundamente.

—Y después de que me apegué a ella, él la vendió a un molino como uno de mis castigos.

—¿Castigo? ¿Por qué? —Él sabía que a ella le gustaba evitar todas las conversaciones que involucraban el infierno que su ex marido le había hecho pasar, pero él pensaba que compartir lo que había sucedido era más saludable para ella. Y estaba más que feliz de tener razones adicionales para odiar a Jeremy Condaroy. El tipo estaba en lo más alto de su lista negra.

Ella se encogió de hombros.

—No lo recuerdo. —Ella se apoyó en su caballo y gritó—. ¡Carrera a la palmera doblada!

El caballo de ella salió corriendo en una carrera de velocidad, y la montura de Edward tomó el ejemplo del de Isabella y corrió tras ella. La arena se borroneó debajo de él a la vez que seguros y estables cascos acortaban la distancia entre los dos caballos.

Edward casi podía entender por qué algunas personas disfrutaban de esto, el viento en su cabello era emocionante, pero no sentía que tenía suficiente control sobre el enorme animal con una mente propia. Más adelante, un par de jinetes se acercaron. Isabella no parecía darse cuenta dado que estaba decidida a ser la primera en llegar a la palmera doblada en la distancia.

Edward reconoció los jinetes casi de inmediato: Mike y Heidi. ¿Era una coincidencia que hubieran decidido montar caballos el mismo día, a la misma hora y en la misma playa donde montaban Edward y Isabella? Edward lo dudaba sinceramente. Calculó que Heidi había estado escuchando a hurtadillas los planes de Isabella y él para el día.

Molesto, Edward tiró de las riendas para dirigir su caballo al galope en la dirección opuesta. El animal aparentemente no apreció su tratamiento rudo, pero sí giró. Directamente hacia el océano. El caballo corrió hacia las olas que se acercaban y decidiendo en el último momento que no quería tomar un baño, se detuvo de repente.

Edward voló sobre la cabeza del caballo y aterrizó con un enorme chapoteo en algún lugar del Caribe.

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Okay… es oficial, detesto a Mike jajaja ¿ustedes también? Díganme que no soy la única jaja

No se olviden de dejar un lindo comentario. Solo nos quedan 5 capítulos e.e no quiero que se acabe!

¡Nos leemos pronto!