No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Cuando Isabella descifró quiénes componían el par de jinetes que se acercaba y saludaba entusiastamente con la mano, hizo una mueca. ¿Qué sucedía con ese tipo Mike y su futura esposa? Echó un vistazo sobre el hombro para ver si Edward había reconocido a su indeseada compañía. No estaba segura de por qué Edward corría directamente hacia el agua, pero el corazón se le detuvo durante varios latidos cuando observó al caballo detenerse de repente.

Edward voló por el aire y aterrizó en el agua con una impresionante salpicadura. Al menos había tenido un aterrizaje relativamente suave. Él nunca más iba a volver a permitirle planear una salida.

Ella hizo que su caballo anduviera más despacio y se volvió en la dirección opuesta, apresurándose para ver a Edward y asegurarse de que no se hubiera ahogado. Aunque él salió a la superficie inmediatamente, él corazón de ella le golpeaba en el pecho y las palmas se le habían humedecido con sudor.

—¡Edward! —exclamó mientras desmontaba y corría hacia la orilla para ver cómo estaba—. ¿Estás bien?

—¡Odio a los malditos caballos! —gruñó él mientras caminaba trabajosamente hacia la orilla.

El agua le aplastaba el oscuro cabello largo hasta los hombros y goteaba por la fuerte línea de su mandíbula. Su camiseta de algodón negro gastado y sus shorts estaban pegados a su cuerpo. Isabella decidió no señalar que había sido un error del operador el que lo había lanzado en trayectoria con un chapuzón en el océano. O que ella creía que él lucía sexy empapado.

—Estoy segura de que el caballo no tuvo la intención de lanzarte —dijo Isabella.

Miró sobre el hombro al animal culpable y tuvo que admitir que el caballo lucía algo divertido. Hizo una mueca, esperando que Edward no notara que muy probablemente la bestia se había vengado a propósito por ser manejado inadecuadamente por un aficionado.

Edward pasó a grandes pasos junto a ella y se quedó parado mirando la playa con los puños apoyados en las caderas. Su furia no estaba dirigida al caballo gris que había descubierto una perdida porción de hierba que mordisquear. La ira de Edward estaba a punto de ser desatada sobre la sonriente pareja que se dirigía hacia ellos.

Isabella corrió para pararse frente a él para intentar calmar su furia. Él tendía a ser tranquilo hasta que se enojaba, y luego se ponía algo exaltado.

—Edward, por favor, sé razonable. Es sólo un fan que quiere pasar algo de tiempo contigo. No tiene intención de causar algún daño.

Sus palabras parecieron rebotar sobre él; él ni siquiera reconoció que ella había hablado. Tocarle el brazo, sacudirle el hombro, poner su rostro frente al de él; nada funcionaba. Él la ignoraba completamente.

—¡Edward!

—Dijiste que podría darle un puñetazo en la nariz la próxima vez que nos molestara. No te retractarías ahora, ¿verdad?

—Pero...

Él levantó la mano para silenciarla, y ella automáticamente se encogió. No creía que él fuer a golpearla, sabía que no lo haría, pero había sido golpeada suficientes veces en el pasado para que ésta se volviera una reacción instintiva.

Ella abrió los ojos ante el fuerte jadeo de él.

—Creíste que iba a golpearte —dijo él, tomándola en sus brazos. Ella se apartó; porque él estaba mojado, no porque tuviera miedo de él.—Nunca te... —dijo él con voz ronca—. Isabella, nunca te golpearía. Jamás.

—Lo sé —dijo ella, pero no tuvo tiempo de explicar más, porque de repente tenían compañía.

—Amigo —dijo Mike con una efusiva risa entre dientes—. ¿Estás bien? Te vi lanzarte de ese caballo.

—Sí, ésa fue mi intención —dijo Edward sin entusiasmo y se estiró para tomar la mano de Isabella.

La miró, su cabeza sacudiéndose ligeramente hacia un lado y hacia el otro como si estuviera demasiado pasmado para ponerle palabras a sus pensamientos. Y no podían tener una conversación muy personal con Tweedle Dumb y Tweedle Dumber* pendientes de cada palabra. Ella necesitaba que esos dos captaran la idea. Inmediatamente.

—Sé que estás entusiasmado por conocer a Edward —le dijo Isabella a Mike—. Pero es increíblemente descortés de tu parte seguir acosándolo. Acosándonos. ¿Cómo te sentirías si alguien que no conoces te siguiera a todas partes e interrumpiera tu luna de miel? —Su mirada fue de Mike a Heidi y de regreso a Mike. Ambos parecían estar sorprendidos de que ella supiera hablar—. ¿Bien?

—No lo sé. —Mike se encogió de hombros—. Supongo que creí que él estaba acostumbrado a esta altura.

—Considerando que es su primera luna de miel en Aruba, ¿cómo podría estar acostumbrado?

—Isabella —murmuró Edward, todavía luciendo completamente traumado.

—Lo dije en serio —dijo Mike—. Debería estar acostumbrado a que la gente quiera conocerlo.

—Ya lo conociste —señaló Isabella.

—Pero no tengo ninguna evidencia. Mis amigos en casa creen que estoy inventando esta mierda.

Isabella sacudió la cabeza hacia él con incredulidad.

—¿De eso se trata esto? ¿Quieres evidencia?

Así que un Edward de rostro ceniciento, empapado y sin sonreír permitió que varias fotografías poco favorecedoras de él fueran tomadas con Mike. Y con Heidi. Y con Mike y Heidi. Y luego ellos quisieron una con él y Isabella. Y una de Isabella, Edward y Mike. Seguida de otra de Isabella, Edward y Heidi. Un par más de Edward solo. Incluso pararon a un amable y servicial transeúnte que tomara una foto grupal de los cuatro.

—Entonces, ¿ahora nos dejarán en paz? —preguntó Isabella después de que estuvieran satisfechos con las fotografías.

En este punto tenían suficientes para un calendario del Edward del día.

—Intentaremos comportarnos —dijo Mike, subiéndose una vez más al caballo—. Es sólo que no tienes idea de cuán genial es estar en el mismo planeta que Master Cullen, mucho menos en la misma isla.

De hecho, ella sí sabía lo genial que era, pero estaba increíblemente feliz de verlos irse. Se volvió hacia Edward con un ligero comentario sobre la otra pareja listo en los labios, pero se encontró aplastada contra el pecho de él antes de que siquiera pudiera pronunciar una sola palabra.

—Nunca te golpearía, Isabella. Jamás. Tienes que creerme. La idea de que sufras me destruye por dentro. Ni siquiera puedo imaginar cómo me sentiría sabiendo que fui yo el que te lastimó.

¿Él todavía pensaba en que ella se había encogido para apartarse de él? A veces ella olvidaba lo sensible que él podía ser.

—No creí que fueras a golpearme, cariño —dijo, la voz ahogada contra el pecho de él—. Fue sólo una reacción automática. No tuvo nada que ver contigo.

—Y todo que ver con él. —La última palabra de Edward chorreó con tanto veneno que Jeremy probablemente se había desplomado en la cárcel por un inexplicable caso de envenenamiento.

—Jeremy está fuera de mi vida ahora.

—Pero, ¿alguna vez estaría completamente fuera de su cabeza?

Definitivamente estaba ahí menos frecuentemente de lo que había estado seis meses atrás, pero su presencia en sus pensamientos la tomaba por sorpresa mucho más a menudo de lo que le gustaría.

—¿Me dirás qué hiciste para que él vendiera tu caballo? —preguntó Edward.

Ella se tensó. Odiaba ser lanzada de regreso a su pasado con Jeremy. Por mucho preferiría enterrarlo que mirarlo a la cara.

—Le di una propina del treinta por ciento a un bonito camarero del club de campo después de ir a montar un día.

Los brazos de Edward se apretaron alrededor de ella.

—¿Eso es todo?

Ella se apartó y miró a los dulces ojos marrones de su esposo.

—Jeremy lo tomó como una muestra de que quería ser la puta del tipo. Yo ni siquiera noté que él era atractivo hasta que Jeremy comenzó a gritarme por mirarlo.

—¿Cómo soportabas vivir con ese sujeto?

Isabella sacudió la cabeza.

—No vivía cuando estaba con él —dijo—. Creo que en realidad no comencé a vivir hasta que te conocí.

Los labios temblaban cuando sonrió.

—Sra. Cullen, creo que eso es lo más romántico que me ha dicho jamás.

Ella rió suavemente y deslizó las manos por la espalda de él para que poder aferrarse a su firme trasero con ambos manos.

—No te acostumbres.

—¿Sabes lo que realmente apesta en este momento? —preguntó él.

Ella alzó una ceja hacia él. Por lo que a ella se refería, nada apestaba respecto a este tierno momento en sus brazos.

—¿Qué?

—Que estoy empapado y tú estás perfectamente seca.

Uh oh.

—Edward, no lo harías —dijo ella cuando él la levantó en sus fuertes brazos. Él le sonrió a su ruborizado rostro.

—¿Por qué no habría de hacerlo?

—Podría resultar herida —concluyó ella.

—No —dijo él, chapoteando en la orilla hasta que las olas se estrellaban contra sus muslos—. Sólo mojada.

Ella esperaba que la dejara caer en el océano, pero en su lugar él se hundió para sentarse en el agua con ella en su regazo. Su apretado asidero se sentía como si no quisiera dejarla ir. Pero quizás la sostenía sólo porque ella tenía un apretón de muerte alrededor de su cuello y él no quería arriesgarse a una decapitación.

—Podríamos habernos puesto nuestros trajes de baño primero —dijo Isabella mientras tironeaba las piernas de su capri, las cuales estaban incómodamente retorcidas alrededor de sus muslos y pantorrillas.

—Pensé que hoy estábamos siendo aventureros.

Ella se acurrucó contra el hombro de él y luego escupió agua salada cuando una ola bastante agresiva le inundó el rostro.

—La conserje me aseguró que montar a caballo era más romántico que el paracaidismo.

—Depende —dijo él—. Si hiciéramos un salto tándem, podríamos lograr hacer un rapidito antes de que nos estrellemos con nuestras muertes. Los suicidios dobles son intensamente románticos.

Otra ola inundó el rostro de Isabella, y ella escupió.

—De acuerdo, estoy comenzando a pensar que intentas ahogarme.

Él inclinó la cabeza, estudiándola como si por primera vez se diese cuenta de que su cabeza estaba más abajo que la de él. De modo que mientras que las olas se agitaban alrededor de sus anchos hombros, mayormente se vertían sobre la boca y la nariz de ella. Él retrocedió hacia la orilla, tirando de ella con él hasta que ambos estuvieron a salvo de todo, excepto de las olas más altas. La acomodó en la arena entre sus piernas, la envolvió con ambos brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

Isabella no podía recordar la última vez que simplemente se había sentado y mirado la nada hasta que su mente quedara en blanco y estuviera verdaderamente relajada. Algo en el repetitivo chapoteo de las olas la envió a una profunda calma; un estado altamente inusual en el que encontrarse a sí misma cuando su viril marido estaba presionado contra ella.

—Algo me está mordisqueando el dedo del pie —murmuró Edward después de un largo tiempo—. Pero estoy demasiado relajado para que me importe.

—¿Dónde está tu zapatilla?

—Lo perdí cuando me caí. Estoy seguro de que un cangrejo ermitaño está dentro de él, diseñando una espaciosa choza nueva en este mismo momento.

Ella rió ante la idea de un cangrejo arrastrando por ahí una zapatilla Vans talla 44 con estampado de calaveras.

—Deberíamos regresar a la habitación y cambiarnos —dijo—. Tenemos que estar en un lugar dentro de una hora.

—No vas a hacer que me suba una vez más a ese caballo, ¿verdad? —preguntó él.

—Podemos caminar de regreso al rancho —dijo ella.

Ella se retorció para salirse de su asidero y luchó para encontrar equilibrio en la incesante arremetida de las olas. Le ofreció una mano a Edward y él la miró con incertidumbre.

—¿Nuestra próxima aventura implica grandes mamíferos con pezuñas?

Ella rió entre dientes y sacudió la cabeza.

—¿Grandes peces dentudos?

—Espero que no —dijo ella. Él gimió ante su falta de garantía. —Bueno, si no quieres unirte a mí, simplemente iré sola —dijo, volviéndose para subir penosamente a la playa, agua cayendo a raudales de su cuerpo, arena mojada succionado sus zapatillas deportivas.

Ella reprimió una sonrisa triunfal cuando Edward se le acercó por detrás y le envolvió la cintura con los brazos para detenerla. Él entrelazó sus manos con las de ella y las presionó en su vientre.

—Sabes que quiero pasar cada momento contigo —dijo—. Incluso si corro peligro.

Ella sonrió y ladeó la cabeza para mirarlo a los ojos. Sus miradas se encontraron y el calor de su incesante deseo mutuo pasó entre ellos. Él se inclinó lentamente y rozó sus labios con los suyos. Una fría gota de agua cayó del cabello de él y golpeó la parte superior del seno de ella, deslizándose a lo largo de su carne repentinamente sobrecalentada para desaparecer en su escote. Un escalofrío de excitación corrió a lo largo de sus terminaciones nerviosas, convergiendo entre sus muslos.

—¿Seguro que no quieres regresar cabalgando? —preguntó ella—. Sería más rápido que caminar.

—Estoy seguro.

—Y realmente quiero apurarme a regresar al hotel para sacarte esta ropa mojada.

El indicio de su sugerencia fue toda la persuasión que él necesitó para montar detrás de ella en el más grande de los dos caballos. Los mansos animales habían esperado pacientemente por ellos bajo un bosquecillo de palmeras, como si estuvieran acostumbrados a ser abandonados por parejas locamente enamoradas.

Edward frotó la curva inferior del pecho de Isabella con el pulgar mientras se aferraba a ella durante su cabalgata de regreso al establo. Ella estaba más que lista para lanzarlo sobre un montón de heno cercano y aprovecharse de él, pero él estaba demasiado ocupado relatando escandalosamente su primera aventura sobre, y fuera, del caballo al risueño propietario del establo. Edward no parecía reconocer que ella estaba en desesperada necesidad de atención. O quizás la volvía loca a propósito.

Durante el traslado de regreso a su hotel, Edward repitió su historia de desventura para el conductor. Quizás el paseo no había sido tan romántico, pero al parecer había causado impresión en él.

Cuando llegaron a su habitación y Edward no hizo nada más que lanzar su única zapatilla y la ropa mojada en la bañera antes de secarse y buscar un atuendo limpio, Isabella comenzó a sospechar que algo andaba mal.

—¿Qué te sucede? —preguntó, de pie completamente desnuda junto a la cama, lo cual normalmente era su señal para ponerse manos a la obra.

Él se pasó una camisa limpia sobre su cabeza secada con una toalla.

—¿A qué te refieres?

Ella cruzó los brazos sobre sus pechos desnudos y se encogió de hombros.

—Simplemente parece una buena oportunidad para hacer el amor.

—Creí que teníamos que estar en un lugar en unos cuantos minutos.

Ella miró el reloj.

—Se supone que llamen a la habitación cuando llegue nuestro transporte. Tenemos algo de tiempo.

—¿Algo?

Ella sonrió cuando él se quitó la camisa de nuevo y la arrastró sobre la cama. Él estaba hasta las bolas en su interior cuando el condenado teléfono sonó. Isabella tanteó en busca del auricular, tratando de no sonar como si estuviera involucrada en placeres carnales cuando contestó.

—Hola-ah-ah —jadeó cuando él encontró su punto.

—Es la recepción. El taxi que usted pidió ha llegado, señora.

—Bajaremos enseguida. —Dejó caer el auricular, sin molestarse en colgarlo, y deslizó las manos por el trasero que se contraía rítmicamente de su esposo.

—Sabía que no teníamos tiempo para esto —dijo él, incrementando su ritmo. Pero ella sabía cómo hacerlo acabar rápidamente. Un dedo expertamente colocado en su culo y él se estremeció sin control, ya que no tuvo más remedio que acabar. —Oh Dios —gimió él, las manos empuñándole el cabello mientras encontraba liberación dentro de ella—. ¿Por qué hiciste eso? Sabes que no puedo caminar bien después de que me haces acabar así.

—¿No te gustó? —murmuró ella, su dedo moviéndose dentro de él para intensificar su placer.

Con todo el cuerpo estremeciéndose, él colapsó sobre ella. Su vientre tembló contra el de ella, y ella pudo sentir su polla sacudiéndose en su interior.

—Jesús, mujer, sabes que me gusta. —Los labios de él se con reverencia contra su garganta—. ¿Terminaste?

El sonido del teléfono le había sacado lamente del juego y no, no había estado cerca de terminar.

—Estoy bien. No tenemos tiempo para mí.

—Nos haremos tiempo. —Él se deslizó hacia abajo por su cuerpo para darle placer con la boca.

La concentración regresó pronto y en cuestión de minutos ella gritaba mientras él lograba varias anotaciones consecutivas. Ambos tenían las rodillas un poco flojas cuando atravesaron el hotel hacia el taxi que esperaba afuera.

—Lamentamos haberlo hecho esperar —dijo Edward. El conductor les echó un vistazo y sonrió.

—Yo también me habría hecho esperar —dijo mientras le abría la puerta a Isabella.

Una vez dentro del taxi, Edward inmediatamente la tomó en brazos para una ronda de mimos posteriores al sexo y susurrados te amo. El conductor no se molestó en intentar entablar una conversación de camino al puerto. Pero Isabella lo atrapó echándoles vistazos por el espejo retrovisor y sonriendo antes las repugnantes muestras de afecto que ella compartía con su marido.

El velero era mucho más grande de lo que ella había previsto, y estuvo un poco decepcionada cuando descubrió que no eran la única pareja que iba a asistir a esa cena en el crucero. Todos los demás ya estaban a bordo y o bien estaban parados junto a la baranda observando el agua y a la tripulación, o bien sentados en una de las mesas de la cubierta. Aunque la ocasión no era tan privada como a Isabella le hubiera gustado, sin duda era romántico. Y su marido era prácticamente era un charco de sentimentalismo derretido para cuando les mostraron sus asientos reservados.

—Esto sí que es romántico —dijo él mientras estiraban la mano sobre la mesa y la tomaba la suya.

—¿Más romántico que ser lanzado al océano por un malhumorado caballo?

—Sólo un poco —dijo él con una suave risa entre dientes.

Una vez que el barco zarpó, Isabella cerró los ojos y gozó de la fresca brisa del océano contra su piel. Probablemente había tomado demasiado sol ese día, pero estaba determinada a disfrutar de su temporal alivio de los duros inviernos del Medio Oeste. Se preguntó si echaría de menos la nieve y el hielo cuando se desarraigara y se mudara a California al año siguiente. Lo dudaba.

Edward acercó su silla a la de ella para que ambos pudieran ver la interminable expansión de agua azul cristalina del océano y para poder tocarla a ella. Él parecía creer que ella se evaporaría si no tenía al menos una mano sobre ella en todo momento. No que a ella le importara.

—¿Les gustaría un vaso de vino? —preguntó la única camarera a bordo. La alegre joven estaba ocupada, pero no trabajaba en exceso ya que sólo había seis parejas a las que servir.

—Por favor —dijo Isabella. Sostuvo firme el pie de su copa mientras el vino era servido.

—¿Usted, señor?

—No lo creo, mierda —dijo Edward.

—Uh, um —tartamudeó la camarera—. ¿P-perdón?

Isabella giró la cabeza para darle a su esposo una mirada de reprimenda, pero él no fulminaba con la vista a la camarera nerviosa o su vaso de vino. Su mirada feroz estaba fija en la pareja de la mesa contigua.

—Vaya, hola —dijo Mike, ofreciendo un saludo amigable—. Seguimos encontrándonos.

—Ignóralo —dijo Isabella.

Empujó la silla de Edward para que su espalda estuviera vuelta hacia la intrusiva pareja.

—¿Cómo puedo ignorarlo? —dijo Edward con los dientes entrecerrados—. Nunca se va.

Ahora Isabella no tenía duda de que Heidi había estado escuchando a escondidas la noche anterior y había tomado nota de todas las horas y lugares que Edward y ella visitarían ese día.

—Disfrutemos de la cena y finjamos que no existen —dijo Isabella.

Su plan final para la noche había sido dar un paseo por la playa Arashi con Edward hacia el Faro California y observar la puesta de sol, pero sabía que Mike y Heidi milagrosamente aparecerían allí también, y eso no sería romántico en lo más mínimo. Isabella trabajó duro en ser coqueta y atenta con Edward durante la cena, pero él estaba tenso y obviamente luchaba para mantener su atención en ella.

Para cuando el barco atracó, Isabella estaba lista para apuñalar a alguien en el ojo con su zapato de tacón alto. Se quedaron atrás mientras las demás parejas desembarcaban. Parecían tener un acuerdo silencioso de que Mike y Heidi se irían si ellos eran los últimos en poner pie en tierra.

—Ésa fue una agradable cena —le dijo Edward, la mirada fija en la rampa de desembarco por la que bajaban los invitados.

—¿Siquiera sabes lo que comiste?

Las cejas de él se juntaron.

—¿Mariscos?

—¿Lo estás preguntando?

—Marisco —dijo con más seguridad mientras observaba a la camarera limpiar un plato con la vacía concha de una langosta de una mesa.

—Planeaba llevarte en un paseo vespertino para ver el Faro California. Se supone que los mejores atardeceres de la isla se ven desde allí.

—Eso suena bien.

—No esta noche. Sabes que Mike y Heidi aparecerán por allí, y te enfadarás de nuevo.

Edward se frotó el rostro con una mano.

—Entonces, ¿qué quieres hacer?

—Regresaremos a la habitación de hotel y nos encerraremos dentro. Al menos ahí tendremos nuestra privacidad.

Edward sacudió la cabeza con desagrado.

—Te preocupaste tanto para planear esto... no es justo que tengamos que escondernos en nuestra habitación de hotel mientras ellos controlan la isla.

—Es una gran habitación de hotel —le recordó ella. Él sonrió y asintió. —Y sí tiene una perfecta vista del atardecer.

—No sabremos lo que nos perdemos si nos saltamos el faro.

—Y la compañía es mucho más importante que la vista de todas maneras —dijo Edward.

—Sí, no tenerlos a ellos de compañía es mucho más importante

Él rió entre dientes y le besó la mejilla.

—Me alegra que finalmente veas las cosas como yo.

Cuando decidieron que probablemente era seguro aventurarse a la orilla, bajaron por la bamboleante rampa hacia el muelle. Resultó que no era tan seguro después de todo.

—Oigan, ustedes dos —dijo Mike—. ¿No es Aruba fantástica? Me alegra tanto que hayamos decidido casarnos aquí.

Sin comentarios, Edward tomó la mano de Isabella y la llevó hasta una parada de taxis. Ella estuvo agradecida de ver un taxi esperando allí. No iba a regañar a Edward por ser maleducado. Algunas personas merecían su grosería; Mike y Heidi, por ejemplo.

—¿Les importa si compartimos un taxi? —preguntó Mike mientras Edward le abría la puerta a Isabella.

—De hecho... —comenzó a decir Edward, pero Isabella colocó una mano calmante sobre su pecho. No porque quisiera proteger a Mike, sino porque el tipo no valía la pena el enfado.

—Lo siento, Mike, pero nos gustaría tener un poco de tiempo a solas de camino al faro. Estoy segura de que lo entiendes.

Aparentemente, Mike no era lo suficientemente listo para darse cuenta de que ella lo engañaba o que él no debería conocer su próximo destino.

—Oh, sí. Lo entiendo. Supongo que nos veremos allí entonces.

El hecho de que Heidi le tomara dos fotografías con su teléfono móvil no pasó desapercibido para Isabella, pero francamente estaba demasiado cansada por toda la situación para provocar un problema por su continuo comportamiento grosero.

—Sí, los veremos allí —dijo Isabella.

No se sentía apenada en lo más mínimo por mentirles. De hecho, esperaba que se sentaran en el faro hasta el amanecer esperando que aparecieran. Los hijos de puta. Edward tomó la mano de Isabella y posó un inesperado beso en sus nudillos antes de ayudarla a subir al asiento trasero del taxi. Saludó a Michael con un dedo a la altura de la ceja, resultó ser el dedo mayor, antes de unirse a Isabella en el coche.

—A veces olvido lo inteligente que eres —dijo antes de acercarla para un beso que le hizo curvar los dedos de los pies.

—¿Así que van al faro? —preguntó el conductor del taxi.

—Conduzca en esa dirección —dijo Isabella—. Pero no se detenga. En realidad, queremos ir a nuestro hotel, pero tome la ruta panorámica.

Una gran sesión de besos con su marido en el asiento trasero no era un mal Plan B, decidió Isabella. Eventualmente llegarían al hotel, libres de Mike y Heidi.

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*Tweedle Dumb y Tweedle Dumber: Son los personajes de Alicia en el País de las Maravillas. Los que son iguales jaja Literalmente es como "hermano tonto" y "hermano más tonto".

Este capítulo me pareció bastante agridulce jaja porque estos dos se la pasaron bien, pero me fastidian Mike y Heidi… ¿qué opinan ustedes? No olviden dejar un lindo comentario, tampoco olviden pasarse por nuestro lindo grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.

¡Nos leemos pronto!