Viendo que ya resultarían inútiles, Bellatrix vació su bolso de todos los filtros sanadores que había preparado y le preguntó a su madre:

-Sin embargo, si meto las pociones que hay en esta sala, sí que funcionarán, ¿verdad?

-Sí. Pero obviamente ninguna de ellas servirá para curarte, no iba a caer en semejante necedad.

-No estaba pensando en curar nada –murmuró la bruja mientras empezaba a vaciar estanterías y a introducir los filtros en su bolso-, pensaba más bien en saquearte. Siri, coge esas de allá, es felix felicis y el litro es carísimo. Podemos regalárselas a nuestros amigos nacidos de muggles para que sean felices.

El robo de sus preciadas pociones unido a la alegre mención de los sangre sucia hizo que la sonrisa del retrato se borrara. Siguió insultándolos con todo tipo de adjetivos decimonónicos. Ellos la ignoraron mientras hacían acopio de pociones. Comprobaron que era verdad: ni una sola era sanadora. Aún así continuaron. Cuando ya se había apropiado de las más valiosas y difíciles de conseguir, Sirius miró al retrato y comentó:

-Si ahora nos indicas con tu proverbial amabilidad donde está el libro que "tomaste prestado" del ministerio, querida tita, nos marchamos y te permitimos seguir disfrutando del infierno en el que estés.

La sonrisa volvió lentamente a los labios de Druella. Con un gesto de los ojos les señaló una librería de un rincón. Era más estrecha que el resto y sus portezuelas eran opacas, no permitían vislumbrar su contenido. No obstante, sabían que no les mentía, el libro debía estar ahí. Y lo sabían por la manecilla que protegía el aparador y parecía tener vida propia: giraba nerviosa sin llegar a abrirse.

-¿Es otro cierre de sangre? –preguntó Sirius.

Bellatrix negó con la cabeza.

-Prope cruciatu –murmuró examinándolo-, "Cierre a la tortura". Cuando lo tocas, recibes lo que podrían ser varios crucios seguidos.

-¿Cómo se neutraliza? –preguntó él sospechando cuál era la respuesta.

-De ninguna forma. Si aguantas el tiempo suficiente, se abre; si no, se cierra para siempre.

-Vale, yo lo hago –sentenció él de inmediato.

Su mujer lo detuvo.

-¿Has recibido alguna vez un crucio?

-Sí, mi madre, un par de veces…

-De alguien que sepa hacerlo de verdad, me refiero –comentó ella.

-Vale, sé a dónde quieres llegar. Yo no he soportado las torturas de Voldemort, pero no pienso dejar que…

-No se trata de que no quieras que me haga daño: si fallas, se cerrará y no conseguiremos el puñetero libro. Yo no siento dolor, Sirius, llegué a encontrar placer en la tortura, puedo resistirlo sin esfuerzo ni secuelas.

A sus espaldas, Druella se rió burlona de la autoconfianza de su hija. Ellos la ignoraron. Viendo que su marido iba a replicar, Bellatrix añadió:

-Me has prometido que me obedecerías y sé que eres un hombre de palabra, es de las cosas que más me gustan de ti…

El animago maldijo en todos los idiomas, pero tuvo que aceptar. Bellatrix cerró los ojos, respiró hondo y alcanzó el estado mental en el que se sumía tras años de experiencias con su maestro. Seguidamente, acercó la mano al pomo. Al principio Sirius creyó que el maleficio no funcionaba: la expresión de su mujer no varió. Pero al rato se dio cuenta de que la mano que le quedaba libre estaba blanca de la fuerza con que agarraba la tela de su vestido. Unos segundos más que al animago se le hicieron eternos y el armario se abrió. Bellatrix sacudió la cabeza y los hombros y abrió los ojos. Miró al retrato y comentó con una amplia sonrisa:

-Joder, lo echaba de menos, ¡casi me he corrido del gusto!

Su madre le dirigió una mueca de desprecio absoluto.

-Ha sido mucho más débil que los de Voldemort… -continuó la morena- Y ni se puede empezar a comparar con los míos. Eras débil, Druella, siempre lo fuiste. Por eso nunca te respeté como a papá.

-La inteligencia vale más que la fortaleza –sentenció su madre.

-A Bella le sobran ambas –comentó Sirius con orgullo.

-¿Ah sí? ¿Por eso ni siquiera ha podido deshacerse de mi retrato? ¿Tenéis cuadros en casa? Quizá algún día os hago una visita…

Esa idea fue la primera que a Sirius le inspiró verdadero terror. Bellatrix la miró sorprendida y comentó:

-¿Crees que no he podido? Te estaba permitiendo unos segundos más de vida para que vieras como desvalijamos y destruimos tu amado laboratorio, tu lugar favorito del mundo… pero ahora que ya sabes que lo hemos hecho…

Sirius lo comprendió. El cabello de Bellatrix se revolvió y sobre su hombro apareció Saiph, que hasta entonces se había mantenido oculto. Echó a volar hacia el retrato. Druella frunció los ojos intentando distinguir qué era aquel bulto negro que se aproximaba. La pantalla de fuego intentó cortarle el paso, pero Saiph era fuego en sí mismo: no le afectó lo más mínimo. Ante la mirada de espanto de Druella, se colocó frente a ella. Lanzó una pequeña llamita a una esquina del amplio lienzo y volvió al hombro de Bellatrix.

-¡NO, NO, NO! ¡ESTO NO DEBERÍA PASAR! ¡Nunca saldréis de aquí con vida, apaga eso o…!

Con placer, los tres observaron como las llamas envolvían a la mujer y la devoraban poco a poco. Druella chilló desquiciada hasta el final. Su último retazo de vida murió ahí.

-Sigamos –murmuró Bellatrix.

Lo único que había en el armarito era un pequeño libro. No era el que buscaban. Bellatrix tiró de él. Actuaba como una especie de palanca: en un lateral, una de las estanterías de pociones se separó de la pared y se abrió ligeramente. De la habitación que resultó salía un olor a putrefacción que Sirius reconoció. No permitió que su mujer entrara primero. Lo hizo él y comprobó lo que ya sospechaba: Druella Black murió en su habitación favorita y nadie se deshizo de su cadáver. Sirius dedujo que fue algún envenenamiento por error con sus propios filtros. Por suerte, una década después de su muerte solo quedaban huesos. El esqueleto, ataviado con su vestido y sus joyas, seguía sentado al escritorio, encorvado, con la calavera caída sobre la mesa. A Merlín gracias no había carne ni cartílago, pero seguía siendo una imagen espeluznante.

-Bellatrix, no entres –advirtió él impidiéndole el paso.

-¿Es otra trampa? ¿No es aquí?

Sí que era ahí. En otra mesa, al otro lado de la pequeña estancia, se hallaba el libro en cuestión bien protegido en una vitrina. Sabía que no iba a ser fácil llevárselo. Pero tampoco quería arriesgarse a que su mujer tuviese pesadillas con la imagen de su madre… Bellatrix no quería volver a verla ni en carne, ni en huesos, ni en forma alguna.

-Sí, sí es aquí… Pero que entre primero Saiph.

El dragoncito sobrevoló sus cabezas y accedió a la sala. Ni un segundo dudó lo que tenía que hacer. Con una llamarada, hasta las joyas empezaron a derretirse; por supuesto de la ropa y los huesos no quedó ni polvo. Sirius se sorprendió de nuevo del poder del fuego de Saiph. Aún así se sintió profundamente aliviado. Cuando Bellatrix entró, seguramente sospechó lo que había sucedido, pero solo vio el escritorio al fondo con un par de objetos en llamas. Centró su atención en el aparador donde estaba la vitrina con el codiciado libro. Mientras lo observaba murmuró de nuevo un "gracias" a su marido. Él la besó en la mejilla y se colocó junto a ella.

-Mira, hay cuatro pociones –murmuró Bellatrix observando unos pequeños frascos junto a la vitrina.

-Aquí hay un pergamino. ¡Qué maja la tita, que nos dejó una explicación! –murmuró Sirius burlón.

Bellatrix leyó en voz alta: "El libro está protegido por veneno. Una de las pociones, lo neutraliza; otra lo refuerza; la tercera te provocará la muerte; y con la cuarta perderás tu alma. Elige bien cómo prefieres morir".

-¿Estás de broma? –inquirió Sirius- ¿Después de todo tipo de maleficios quiere jugar a las adivinanzas?

-Lo que quería era demostrar que era más inteligente que yo. Supo que nadie más se atrevería a volver aquí, todo esto lo diseñó para mí –murmuró la bruja examinando las pociones con cuidado.

-¿Qué es ese olor dulzón? –preguntó el animago acercándose más.

-Es el veneno, veneno de cobra real. Cuando ese tipo de veneno entra en contacto con una superficie, abandona la anterior. Es decir, si cojo el libro, dejará de estar envenenado y el veneno pasará a mi cuerpo. Y ahí se quedará.

-¿Cuánto tarda en matar?

-Cinco… diez minutos a lo sumo, si no tienes el antídoto. Pero yo lo he traído –murmuró distraída sin dejar de analizar los frascos.

-Ya, pero en el bolso, ya te ha dicho que por el maleficio…

-El pergamino miente –sentenció la morena-: todas estas pociones son veneno.

-No me extrañaría en Druella, pero…

La mortífaga cogió los cuatro frascos y los estampó uno por uno sobre la pared del fondo. Todos ellos corroyeron la piedra y expulsaron un humo negro. La mortífaga tenía razón: todos eran veneno. Sirius sintió un sudor frío. Le preguntó cómo lo había sabido.

-Mi madre siempre decía que si te dan una opción mala, la tomes, porque en nuestra familia el resto de opciones siempre serán peores. A eso se refería papá, él decía que los Black siempre ganamos, pero hacemos trampas.

-¿Quieres decir que la única opción es coger el libro y envenenarnos uno de los dos?

-Sí. Soy una mortífaga, lo seré siempre, significa literalmente que me como a la muerte. Y por Circe que mi madre no me gana por un poco de veneno.

-¡Pero es mortal, Bella, solo rozarlo te matará! Además, no hemos decidido que seas tú quien…

En ese momento sintieron con horror cómo las paredes empezaban a cerrarse sobre ellos. Era otra trampa: había un límite de tiempo. Desde que habían entrado el reloj había corrido y habían consumido el tiempo. Ahora tanto las paredes de esa sala como las del laboratorio empezaban a estrecharse. Ambos se miraron agobiados.

- Sirius, por lo que más quieras, haz lo que te digo –exclamó Bellatrix extremadamente nerviosa-. En cuanto lo extraiga, me desmayaré. Tienes que cogerme en brazos y sacarnos de aquí. Todo el sótano se está hundiendo, no solo esta sala. Sal del sótano y de la casa, no pares hasta que estemos fuera. Tengo que sacrificarme yo porque no tengo fuerza para sacarte ni para abrir las puertas sin magia.

El animago tenía varias preguntas y otras tantas quejas. No pudo pronunciar ninguna porque sin perder un segundo, Bellatrix estrechó el libro entre sus brazos. Sirius la agarró de la cintura un segundo antes de que perdiera el conocimiento. La levantó en brazos sin problema y la apretó junto a sí mientras todo se estrechaba y se llenaba de humo negro.

-¡Vamos, Saiph!

El dragoncito salió delante batiendo las alas para dispersar el humo. La sala principal del laboratorio casi se había convertido en un pasillo cuando lograron salir. Recorrieron el sótano a toda velocidad y llegaron a la puerta que volvía a la planta baja. No había picaporte y la contraseña no sirvió. Si Saiph la intentaba quemar, probablemente abrasaría también a los Black. Así que con un par de patadas, Sirius la abrió. Mientras salían a toda velocidad, escuchó que el retrato de Cygnus (que había vuelto) gritaba: "Recuerda, ¡los Black ganamos haciendo trampas!". Él siguió corriendo. Les salieron al paso maleficios espectrales, pero el animago y el dragón los esquivaron y dispersaron todos. Como le había indicado su mujer, no pararon hasta que se vieron fuera de la mansión.

Parecía mentira que aún brillara el sol de la tarde, pero así era. Tumbó a Bellatrix sobre la hierba y comprobó su pulso: era muy débil. La bruja temblaba y parecía hallarse más cerca de los muertos que de los vivos.

-Bella, ¡Bella por favor! –gimoteó Sirius intentando que se despertara.

Empezó a revolver entre las pociones que había en el bolso, pero ninguna era sanadora. No obstante, ella había asegurado que tenía el antídoto… ¿Y si era el felix felicis, la suerte líquida? Observó el frasco. No, la enfermedad y la muerte burlaban los beneficios de esa poción. Aún así siguió revolviendo desesperado mientras Bellatrix cada vez respiraba con más dificultad. Saiph estaba junto a ella golpeándola con la cabecita sin entender por qué no abría los ojos.

-Trixie, por favor… Si te pasa algo, nos morimos los tres. Ya sé que tu padre y tú creíais que…

Entonces recordó las palabras de Cygnus: "Los Black siempre hacemos trampa". Pensó que se refería a Druella, pero ella era Rosier, no Black. El encantamiento neutralizador de pociones afectaba al bolso, pero… Saiph se posó sobre el pecho de la mortífaga y rugió para alertar a Sirius. El mago introdujo la mano en el vestido de la bruja; siempre le gustó almacenar cosas en su escote. Encontró un diminuto frasco con un líquido verde.

-Es un antídoto universal, más potente que un bezoar –murmuró destapándolo con agitación-, sirve para cualquier veneno…. O eso espero.

Le abrió la boca con cuidado y vertió su contenido. Saiph y él se miraron nerviosos y a punto de llorar. Pocos segundos después, Bellatrix empezó a toser. Sirius la ayudó a centrarse y después la amonestó:

-Amor mío, loca de mi corazón, ¿te hubiera costado mucho decírmelo?

La bruja sonrió frotándose los ojos.

-Temía que hubiese maleficios de verbalización –murmuró casi sin voz-, ya sabes, los que…

Se interrumpió porque volvió a toser. El mago la acomodó entre sus brazos y asintió. Esos maleficios actuaban parecido al encantamiento tabú que avisaba a Voldemort cuando lo nombraban: aplicado a una estancia, podía hacer que una poción u artefacto mágico perdiera sus propiedades por el mero hecho de mencionarlo.

-Además… -murmuró la bruja sonriente- No creí que tuvieras problema en meterme mano.

El animago sacudió la cabeza pero no pudo evitar sonreír. "La próxima vez me enveneno yo, no es negociable" sentenció. Ella negó con la cabeza y él siguió abrazándola. "¿Cómo lo sabías, cómo sabías que sería veneno?" le preguntó mientras sacaba su varita y le curaba el corte de la mano.

-Mi madre se creía muy inteligente, pero no lo era. Era guapa, elegante, sabía engatusar a las personas… pero su inteligencia no era destacable. Siempre le fascinaron las pociones que incorporaban veneno, las fabricaba para Voldemort y hablaban de qué serpientes tienen el veneno más letal y todo eso…

-¿Mientras tú hacías de canguro a Nagini? –preguntó Sirius recordando la broma macabra que le gastó a su compañera.

-Exacto –sonrió ella-. Por eso me he metido el antídoto en el sujetador, tuvo años para planear esto. Sospeché que utilizaría el maleficio que afecta a los bolsos, lo usaba siempre que Cissy y Andy salían porque una vez las pilló robando filtros amorosos para sus citas.

-¿Tú no salías con ellas?

-No. Estaba ocupada diseñando estrategias para joder la vida sentimental de un idiota.

-¡Cada vez que me acuerdo me indigno! ¡James se burlaba de mí porque nunca era capaz de conservar una novia! ¡Pero eras tú la que las fastidiabas!

Bellatrix se rió apoyada en su hombro mientras recuperaba fuerzas.

-En cuanto ha desarrollado la hipótesis sobre qué pasaría si me envenenaba, he sabido que era la única posibilidad. Druella era de las que les costaba callarse y no presumir de sus hazañas como dicta el buen gusto.

Hubo unos segundos de silencio.

-Eres la persona más inteligente que he conocido, Trixie. Y la más poderosa.

-Sin ti hubiese muerto antes de entrar –sonrió ella-. ¡Y sin nuestro pequeñín!

-Somos el mejor equipo del mundo, es evidente. Y los más guapos.

Mientras esperaban a que a Bellatrix se le atenuara el mareo para poder aparecerse, curiosearon el libro ya neutralizado. Su contenido sobre pociones era muy avanzado y sin duda valioso. Si caía en malas manos podía ser mortífero. "Si da tiempo antes de devolvérselo a Hermione, hay que hacer una copia a vuelapluma" murmuró la morena. En otros tiempos Sirius no se hubiese fiado de quedarse con algo tan oscuro, pero después de lo que acababan de pasar… asintió. Seguía sin asimilar lo vivido, a cada segundo surgían nuevas dudas:

-¿Cómo supo ella que vendrías a por él? A ti nunca te ha interesado la elaboración de pociones.

-Sabía era que yo era la única que me atrevería a volver a esta casa y también sabía que a Voldemort sí que podría interesarle ese libro. Como has visto hay varias pociones para prolongar la vida… Sospecharía que él me mandaría a por él. O que el Ministerio querría recuperarlo y tras unos años en Azkaban yo haría un trato y me ofrecería a devolvérselo a cambio de mi libertad, o algo así. La ironía es que lo haya hecho por una sangre sucia…

El animago tuvo que reconocer que era irónico. Le preguntó si la casa se derrumbaría como los sótanos. La slytherin negó con la cabeza. Los sótanos quedarían sellados, pero no afectaría a la estructura de la mansión.

-Lo bueno es que así podré volver sin angustias, podré hablar con papá…

-Tenemos que buscar un encantamiento que elimine los hechizos fijadores, no puede ser tan difícil. Ya le preguntaremos a McGonagall.

La bruja estuvo de acuerdo. Pasaron un rato tirados en la hierba hasta que se sintió mejor. Los efectos del veneno tardaban en desaparecer, así que aún estaría unas horas sin poder moverse bien y con cosquilleos por el cuerpo, pero eso no era problema para aparecerse. Colocó bien a Saiph junto a ella, Sirius la agarró y los apareció a los dos. Abrió la puerta de su apartamento sin soltar a su mujer.

-¿Puedes andar sola?

-Claro queee… sí… -respondió la morena ya en el suelo.

-Qué cabezota eres -le reprochó el mago cogiéndola en brazos de nuevo.

La llevó hasta la cama y llamó a Kreacher. El elfo apareció de inmediato. Sirius le pidió que trajera un par de cosas y le indicó que le comunicara a Hermione que ya tenían el libro. La criatura asintió y desapareció. Sirius volvió con Bellatrix y la ayudó a quitarse la ropa. Después buscó en los cajones algo que le sirviera de pijama. Encontró un jersey suyo de cuando era joven. No pudo evitar sonreír, sería una venganza por cómo boicoteó su vida amorosa. Como la bruja tenía la vista nublada y la prenda era muy confortable le permitió ponérselo. Se recostó en la cama, se frotó los ojos y entonces vio con horror la imagen de un león. Bellatrix Black llevaba un jersey de gryffindor.

-¡MALDITO IDIOTA TRAIDOR! –exclamó intentando quitárselo.

-¡Pero si te queda genial! –protestó él riéndose- Ese color te favorece, ¡mira!

Con un movimiento de su varita levitó un espejo frente a ella. A la morena le costó enfocar, pero cuando lo consiguió escrutó su imagen. Al final masculló: "Maldita sea, ¡por qué todo me queda bien!". Se rindió. También tuvo que ver el hecho de que en las manos no tenía ninguna fuerza y no lograba quitárselo. El animago sonrió satisfecho, aunque supo que su mujer se vengaría. Escuchó un "pop" en el salón y fue a ver qué había traído Kreacher.

Mientras, la bruja utilizó un encantamiento que copiaba textos a vuelapluma para que duplicase el libro en un rollo de pergamino. El volumen contaba con hechizos anticopia, pero ella sabía esquivarlos. Al poco volvió Sirius.

-A ver –murmuró-, primero tómate esta poción sanadora para mitigar los síntomas que te quedan. Y después le he pedido a Kreacher chocolate caliente para que puedas cenar algo; si ves que falta un poco es porque alguien… y no miro a nadie… –murmuró mirando a Saiph- ha metido el morro dentro.

El dragoncito miró a su madre como disculpándose.

-En su defensa tengo que decir que pensaba que era para mí. En cuanto le he dicho que era para ti ha sacado la cabeza.

Bellatrix sonrió y se tomó las dos bebidas. Después, con ayuda de Sirius, se acomodó en la cama y murmuró:

-Ve a llevarles el libro a los tontos estos, yo estaré aquí.

-Sí, puedo hacer eso –concedió Sirius- o esperar a mañana y acostarme contigo ahora mismo…

"Que decisión más difícil" murmuró mientras se desnudaba y se ponía el pijama. La morena sonrió feliz. Y vio también la ocasión de vengarse. Cogió su varita y con un sencillo conjuro el pijama de Sirius cambió a los colores de slytherin. Él protestó al punto. Pero su vanidad le obligó a mirarse al espejo. "Mierda, el plateado hace juego con mis ojos" masculló. Tuvo que aceptar que se veía estupendo con cualquier cosa y se lo dejó. Desde luego su mujer estaba de acuerdo. En cuanto se tumbó a su lado, Bellatrix empleó las pocas fuerzas que le quedaban en abalanzarse sobre él e intentar desabrocharle la camisa.

-Me pone mucho verte por fin en la casa correcta.

El merodeador sonrió al pensar que el sombrero seleccionador estaría de acuerdo.

-Quieta, fiera, que no eres capaz ni de controlar los temblores. No vamos a hacer nada.

La bruja puso una mueca de tristeza, pero tuvo que aceptar que tenía razón. "Vale, pero mañana te lo pones otra vez" le ordenó. Él aceptó. Bellatrix aprovechó los pocos botones que había logrado abrir y apoyó la cabeza en su pecho. Le abrazó y él le pasó un abrazo por la cintura mientras le acariciaba el pelo.

-No hemos traído mi libro de cuentos, ¿verdad?

-No. Pero me has hecho leértelo tantas veces que creo que me lo sé de memoria –bromeó el animago.

-¡Qué bien! –exclamó la mortífaga tapándolos a ambos con la manta de pelo- Empieza por el del conejito asesino y te voy diciendo cuáles quiero después.

Sirius iba a alegar que no lo decía en serio, pero era una guerra perdida. Así que con voz suave y relajante empezó a contarle su versión de sus cuentos favoritos. Saiph apareció revoloteando y se acomodó en su pecho sobre su tatuaje; para el dragoncito era evidente que ese era su sitio. Diez minutos después, dragón y dueña dormían profundamente. Sirius los contempló embobado durante unos minutos y finalmente cerró los ojos también.