Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.
Capítulo 58.
Aquella fatídica noche parecía haber quedado atrás. Es decir, nadie más que ella se sentía tan libre en ese momento. Había ignorado todas las llamadas de su ex pareja, sus intentos de llegar hasta su departamento, sus mensajes enloquecidos desde cualquier otro número diciéndole que jamás iba a perdonarle que le haya puesto un dedo encima a su hermana; como si a ella le importaran mucho sus amenazas estúpidas, y le pidió a su abogado que siguiera con los trámites como siempre. Se trataba de una situación que no solo era necesaria, sino que vital en su vida.
Se regocijó en el hecho de saber que nadie tenía derecho a reclamarle nada, porque moralmente no estaban en ningún derecho de hacerlo y que había actuado según cualquier persona lo habría hecho luego de descubrir lo que ella, así que si uno de ellos intentaba si quiera decirle a la policía lo que había hecho, estarían en una terrible desventaja. Ella iba acabar con todos en un segundo, como estaba acostumbrada a que fueran las cosas.
Se sentía tranquila, aunque no hubiera pasado más de 24 horas desde que había decidido enfrentarse a cada uno de los seres que se había burlado de ella. Excepto con InuYasha, ya que no soportaba si quiera recordar su nombre. Ella estaba bien.
Sin embargo, la tormenta que Kikyō Hishā había desatado en la vida todos quienes la engañaron, parecía apenas estar comenzando.
Nadie había ido por ella.
Se sentía miserable y tan sola. Era obvio que no había nadie en el mundo a quien le preocupara su salud y su existencia. Le pareció extraño que ni siquiera Kōga, con lo buena persona que era, se hubiera preocupado en llamarla. Automáticamente se dio cuenta de la tontería en la que estaba pensando, ya que no había llevado ningún teléfono con ella.
Quería saber quién había sido el maldito infeliz que le había desgraciado el rostro, porque lo iba a matar con sus propias manos. Sabía que después de las vendas iba a quedar con una tremenda cicatriz que seguramente jamás se borraría. Solo tenía como opción el maquillaje, dependiendo de qué tan grave había sido el ataque.
Buscaba en su registro de conocidos y muchos parecían ser culpables.
Los médicos del hospital público le habían dado medicina y aunque aún tenía el suero conectado y a punto de terminarse, quería irse ya de ese maldito lugar. Hacia poco que había despertado y un enfermero le preguntó por familiares o algún conocido que pudiera ir a visitarla. Por supuesto solo pensó en Kōga. Recordó su número móvil, de hecho fue lo primero que memorizó apenas empezó a salir con él.
A ese tiempo, ya debería estar por llegar.
Escuchó de pronto el sonido de las ruedas de unas maletas acercándose a su habitación. Le dolía mucho la cabeza y parecía que los sonidos se habían potencializado para su oído.
—Pase por aquí, señor. ¿Seguro de que quiere meter todo eso ahí?
Ese era el enfermero que estaba a su cargo. ¿Estaría hablándole a Kōga? ¿Al fin ese estúpido había ido por ella? Lo escuchó decir algo y sintió alivio cuando confirmó que era él, sin embargo…
—Dicen que lo que mal empieza, mal acaba. —Dijo con burla, mientras entraba un par de maletas y dos fundas negras llenas de algo que parecía ser ropa—. Yo mismo te iba a dar tu merecido, pero veo que alguien se me adelantó.
Se quedó muda, viendo que aquella mirada dulce de siempre se había perdido, ahora solo reflejaba odio y un terrible instinto destructor que pudo atravesarle el cuerpo desde lejos. Se estremeció, aún sin responder.
—Kōga, me han herido y tú…
—Ojalá te hubieran matado, maldita perra aprovechada. —Esta vez, arrastró cada palabra con odio. Sentía ganas de estrangularla, pero a diferencia de Kagura, a Yura sí que la quería matar.
Yura frunció el ceño, sintiendo el corazón acelerado.
—Dime qué mierda te pasa. —Él seguía cerca de la puerta, sin acercarse demasiado. Seguramente la maldita de Kagura le había contado todo—. ¿Fue esa traidora, Kagura, quien te dijo cosas de mí?
Kōga seguía frenando aquellas locas ganas de asesinarla, así que se limitó a sacarse la billetera del bolsillo trasero de su pantalón y buscar efectivo. ¿Hasta cuándo pensaba mentirle de esa manera? Y todavía tenía los ovarios de decirle eso. Qué gran sinvergüenza.
—He traído tus porquerías aquí porque no quiero que vuelvas a aparecerte por mi casa. —Caminó peligrosamente hacia ella y la vio abrir los ojos con pánico. Empezaba a hacerse adicto a ver esa expresión en una mujer. No estaba del todo mal. Tomó el dinero en su mano izquierda y de un certero movimiento, plantó los billetes en el cuello femenino y lo apretó, de paso—. No quiero volver a verte cerca de mí, quiero que te quede claro —la movió contra la camilla, escuchando cómo salían gritos ahogados llenos de desesperación— eres una maldita, cómo fuiste capaz de engañarme y usar a Miroku para arruinar la vida de Sango… —recordar todo eso le daba aún más cólera.
—S-suél… —trató de tomarle el brazo, pero casi no podía moverse. Empezaba a ponerse lila para ese entonces.
—Si vuelvo a verte cerca de mi casa o de mi editorial, te juro que me encargaré de que no vuelvas a ver el sol salir.
La soltó en el acto y ella agarró aire como si no hubiera un mañana. Empezó a toser casi al instante.
—Mal-maldito imbécil —jadeaba, pero no dejaba de mirarlo directamente a los ojos— gusano…
—Toma mis miserias para que puedas pagarte un taxi cuando salgas de aquí.
Retrocedió sin dejar de verla hasta llegar a la puerta. Tomó la manija y la miró por última vez, insatisfecho de que aún siguiera con vida aquella traidora. Todas las malditas mujeres eran una escoria, unas perras infelices y unas traidoras.
—La-lárgate ya
En tan solo unos segundos, el estrepitoso sonido de la puerta cerrarse con tanta ira la dejó muda, sin moverse ni un centímetro. Apenas hasta ese momento podía empezar a notar su corazón acelerado y las manos hincándole. Tenía mucho miedo.
¿A dónde había ido el Kōga que conocía?
Observaba pensativo el filo de la pequeña arma y no dejaba de recordar cada momento vivido. Nunca en su vida había hecho algo como eso, pero lo que le preocupaba francamente, es que no sintiera el más mínimo remordimiento.
No sentía ganas de volverlo a hacer, pero sí que se sentía cómodo con lo hecho. No sabía describir la sensación, pero imaginar su cara cuando despertara y se diera cuenta de que su rostro ya no era el mismo, era algo que lo hacía casi reír.
Entonces recordó las palabras que en ese momento no había entendido, pero que ahí tomaban todo el sentido del mundo:
«—¡Eres un miserable infeliz! —Comenzó a gritar, colérica—. ¡No volverás a ver a Sango, te lo juro!
—No me importa. —Él soltó una risa irónica, estaba como loco—. Puedes hacer lo que se te venga en gana, pero si le haces daño… no sé si tú vuelvas a verte en un espejo».
Lo había hecho: había arruinado el rostro de esa perra.
Después de todo lo que había descubierto esos días, fue lo único que se le ocurrió en venganza y no pudo haberlo hecho mejor, incluso haciendo cumplir su sentencia anterior.
Escuchó que la puerta se abrió y miró para la entrada.
—Miroku, tú… —se quedó helado, cuando vio lo que su amigo traía en las manos— qué haces con eso.
—Se la clavé a Yura en la cara.
La herida ya no le dolía demasiado, pero sí que tenía miedo de hacerse daño. Se levantó con delicadeza de su cama y observó por la ventana. El sol parecía brillar con más fuerza que nunca. Las pastillas a un lado de su cama y agua de limón para su energía la esperaban.
Se tomó la medicina sin decir palabra y se dispuso a meterse a su bañera.
Mientras se sumergía en el agua caliente, recordaba cada momento vivido después de haberle contado a InuYasha que Kikyō al fin se había enterado de todo. Sango no tardó demasiado en enterarse de todo y fue a buscarla a la clínica. Una vez ahí, tuvieron una seria conversación sobre todo lo ocurrido.
«—¡Esa loca fue a mi casa a humillarme! —Jadeaba, con la ira reflejada en cada expresión.
—¡Pero, ¿cómo diablos se enteró?! ¡No entiendo nada! —InuYasha se tomó los cabellos con ambas manos y soltó una maldición, caminando hacia cualquier lado de la habitación. Kagome respiraba con dificultad y tenía muchas ganas de llorar. Miró a Sango como si le rogara que no dijera lo que sabía—. No puedo creer que le hizo esto a Kagome.
—¡Kagome, pudo haberte matado! —agregó Sango, nerviosísima y a punto del llanto, también. Asintió disimuladamente atendiendo al pedido de su mejor amiga. Si Kagome decía que aún no era tiempo, pues no lo era. Ella respetaría eso.
—No, Sango, no es así… —respondió, con voz pausada, también agradeciendo aquella compresión. La aludida recordaba perfectamente qué había en Kikyō cuando sucedió todo el asunto y sabia que ese episodio no se repetiría— además… era yo quien se acostaba con su exmarido.
Se hizo un silencio incómodo e InuYasha deseó morirse en verdad. Nadie había respondido a su pregunta y eso lo estaba cabreando. Volvió a mirar a las chicas y fue apenas que notó que Sango estaba…
—Sa-Sango, tú…
—Así es —dijo inmediatamente, recordando a Miroku— y dile a tu amigo que me deje en paz.
—¿Cómo? ¿Entonces Miroku también lo sabe? —InuYasha simplemente no podía dar crédito a lo que escuchaba. Todo se había venido encima y volvió a pensar en el vídeo que había visto.
Claro, ese vídeo había sido la prueba que vio Kikyō. Y Sango ahora estaba embarazada del hijo de su mejor amigo. Kagome estaba ahí, herida por su ex. Todo era una maldita mierda. Todo estaba mezclado. Quiso gritar.
—Se enteró esta mañana.
—Sango… —Kagome tosió— debe ser muy duro para ti.
—Más duro fue ver a Kikyō burlándose de mi embarazo. —Solo recordarlo y quería golpearla en la cara.
InuYasha tragó duro. No sabía si debía decir ahí lo del vídeo, seguro que ellas no lo sabrían. Por un momento pensó que Kōga podría haber sido el responsable, pero era obvio que Kagome jamás le esconderla algo como eso. Jamás. ¿Debería decirles? No, mejor iría a romperle la cara a ese maldito, ya que era casi confirmado que todo tenía que ver con él. Sin embargo, necesitaba pruebas para demandarlo por invasión a la privacidad, pero, ¿cómo iba a investigar eso? Y entonces supo qué haría: Hitomi.
—InuYasha, la próxima vez que Kikyō haga algo como esto, levantaré cargos contra ella. ¿Te queda claro? —Sango habló y parecía una orden. Él asintió, sin remordimientos.
—No, Sango… —Kagome también sentenció—, no lo hará, pero, de todas formas, ha sido mi culpa y debo enfrentarlo.
—Cállate, tonta, eso no volverá a pasar, ya que yo te voy a proteger»
Después de eso, no se volvió a hablar del tema e InuYasha había estado pendiente de ella como jamás antes. Kagome, a pesar de todo, seguía con su semblante triste y reflexivo. Kikyō no había vuelto a llamar ni decir nada y sus padres no se creían eso de que todo había sido un accidente.
Ese ya era el tercer día que estaba en el templo y por fin se sentía lista para regresar a su departamento. No se sentía bien, cada vez que tenía a InuYasha cerca pensaba en lo que haría si se enteraba de que todo ese tiempo estuvo ocultando que Kōga lo sabía, los había grabado y, además, acosado y chantajeado todo ese tiempo.
Ya no quería sostener esa mentira, pero tenía miedo de que ahora lo enfrentara y ese loco terminara matando a su hermano. Le daba escalofríos pensar en algo como eso.
Ese día en la clínica no pronunció absolutamente nada y se alegró de que Sango tampoco hubiera dicho nada. Aún no era hora de todo eso. Además, si sus padres se enteraban… no podría imaginar lo que pasaría. Lo único que habían tomado bien era el embarazo de su mejor amiga. Sí, como hacía mucho que no se veían y entre tanta desgracia, las noticias importantes no habían corrido.
Estaba harta de todo eso. Mientras más pensaba en ese día en que Kikyō la atacó, menos quería abrir la boca. Comenzaba a sentir odio por Hishā y por todos.
Kirara había pasado durmiendo junto a ella todo ese tiempo y era lo único que la reconfortaba.
InuYasha se quedó en silencio sepulcral después de escuchar todo lo que Miroku le había contado. Todo lo que había pasado en esos momentos de ausencia. No podía evitar sentirse una mierda por no estar a lado de su amigo en esos momentos.
—¿Crees que no te vio? —Atinó a decir, luego de un rato.
—No tiene idea de quién la atacó. —Miroku miraba al suelo, muy pensativo. Ahora se sentía mal por lo que había hecho.
—Tienes una esperanza, Miroku, ahora que Kagura te ha dado las pruebas… —alzó las recientes copias que había sacado desde la impresora abandonada de su escritorio. Desde que Miroku se había mudado a su departamento, poco pasaba ahí y menos usaba sus dispositivos. Esas copias eran importantes por si algo le pasaba a las originales— deberías ir a ver a Sango. —Por un momento dejó de lado sus terribles problemas y preocupaciones y se concentró en su mejor amigo, que tantas veces lo había ayudado. No sabía si estaba bien ocultarlo, pero por ese momento debía ser respetuoso, después de todo, lo de Kikyō era más perjudicial para él y para su hermana que para sus mejores amigos.
—¿Tú lo crees así, InuYasha? —Entrecerró los ojos, dubitativo—. Sango… ¿La has visto? ¿Cómo está?
—Afectada… —Asintió, con los nervios de punta. De verdad había estado intentando no tocar aquel tema con él en esos momentos, pero parecía que la conversación era inevitable. Miroku lo miró de inmediato. No sabía nada, claro.
—¿Acaso…?
—No, no —interrumpió, su humor parecía acelerarse con cada segundo— Kikyō le clavó una navaja igual a la tuya a Kagome en el hombro…
—¡¿Pero qué mierda dices, InuYasha?! —Se levantó de una vez, espantado. Cómo era que pasaba tanto en un abrir y cerrar de ojos—. ¡¿Están bien?! ¡¿Qué hiciste ante esto?!
—¡He buscado a Kikyō como un loco para enfrentarla, Miroku! —También se puso de pie, alterándose al recordar todos sus intentos fallidos de querer ir hasta ella o por lo menos, denunciarla—. ¡Y aquella mujer no da la cara y Kagome me prohíbe ponerle una denuncia o amenazarla si quiera, maldita sea! —Explotó. No podía con tanta presión y no quería desviar el tema de Miroku, pero era casi imposible no descargar aquella furia y aquella frustración que lo asediaba desde hacía casi un día.
Su mejor amigo suspiró. Toda su impresión se había ido al caño después de aquella descarga emocional de InuYasha. Ambos se sentaron de nuevo, exhalando como si acabaran de librar una batalla campal.
—¿Cómo están Sango y Kagome? —Prefirió preguntar porque quejarse de qué había pasado después de eso, no servía de nada.
—Kagome ya está mejor… Sango fue abofeteada y humillada por Kikyō. —Agachó la cabeza, suspirando con frustración.
Miroku hizo puños las manos y también quiso gritar de frustración, volviendo a sentir aquella sensación de impotencia contra esa mujer. Definitivamente y aunque sonara estúpido, Kikyō tenía sangre Ikeda, dudaba que fuera adoptada. Pero lo que más le jodía era que no podían decir demasiado, ya que la situación en la que se encontraba Kikyō era muy fuerte y tenía todo el infeliz derecho de enojarse, sin embargo, Sango no tenía la culpa de sus relaciones incestuosas. Sango estaba embarazada, ella no tenía la culpa. No la tenía.
—Kikyō… ella… —no sabía cómo expresar su ira—. Cómo… ¿Cómo fue que se enteró?
A Miroku se le había olvidado por completo que Kōga sabía que ellos se habían besado. Sango ya se lo había dicho, que tenía incluso un vídeo. No lo recordó hasta ese momento, pero… ¿Realmente Kōga le habría dicho eso a su prima? Si eso también lo afectaba, ya que lo hacía ver como un cómplice.
—Por ese maldito video que te conté.
También lo había olvidado; desde aquella vez que InuYasha le comentó que sus padres se habían enterado, que ya lo sabía. Claro que era Kōga, ese infeliz era quien había grabado ese vídeo. Entonces Sango le había mentido y no solo había sido un beso. ¡Ese maldito había ocasionado toda esa mierda! Y no solo le afectaba a InuYasha y Kagome, sino que a Sango y a él también.
—InuYasha, el vídeo…
Antes de que dijera algo más, el celular del ambarino sonó, cortando al acto su oración.
—¿Kagome? ¿Estás bien?... ¿No es demasiado pronto? Si, está bien, ahora mismo voy por ti. —Lo vio cortar y ponerse como loco, tomando las copias de forma inmediata—. Me tengo que ir, Kagome me necesita.
—Pero InuYasha, yo tengo que decirte que… —lo vio ir hacia la puerta en menos de dos segundos. En serio se veía desesperado por irse.
—Me cuentas después, Kagome necesita de mí ahora… —Abrió la puerta y sacó el cuerpo fuera de la habitación— ve con Sango y me cuentas qué pasó.
—¡InuYasha!
Continuará…
PERDONEN LA DEMORA, SANTO CIELO.
He estado concentradísima en remodelar el fanfic, en corregirlo e ir dándole más consistencia desde sus inicios; también tuve fin de semestre; me reuní con mi madre después de un año sin verla; he estado un poco delicada de salud —nada grave— y me quise dar un descanso. En serio que mil perdones a todos mis lectores por la demora. Gracias a quienes me agregaron a redes o dejaron un review a preguntarme si estaba bien y por qué no había actualizado.
Esta vez les traigo dos grandes regalos: actualización doble y… mi amada amiga Iseul le ha hecho un fanfic a este fanfic y ustedes no saben lo feliz que estoy, Dios mío. Algunos de ustedes deben seguir su arte y su actual fic titulado «Asatte» —que, si no, se los recomiendo mares— que está disponible en su perfil de fanfiction, así que pronto tendrán noticias de ella. Por mi parte, informo que es arte puro: atrapa la esencia de esta historia, de los personajes y, sobre todo, contiene un hecho muy importante que jamás conté sobre parte del argumento de esta historia. ES PURO ARTE. No puedo esperar a que lo lean. Y, claro, ese fic es OFICIALMENTE CANÓNICO, LIGADO DIRECTAMENTE A NOTA, lo cual me hace el triple de feliz. Desde ya les digo que yo lloré, fue demasiada emoción, jamás me habían dado un regalo tan grande. Te amo, Iseul.
Por lo pronto, pueden encontrar el enlace a su cuenta en mi perfil de fanfiction; ya luego les dejaré el del fic también, cuando ella se anime a subirlo.
También me reservo los agradecimientos pertinentes para el siguiente capítulo después de estas actualizaciones. Esta vez no demoraré. Mil amores para todos ustedes, me hacen feliz.
