59. (Des)confianzas II
Bella no tuvo tiempo de preguntar a qué se refería, pues el rubio se levantó de inmediato y se dirigió al último cajón de su escritorio. Ella se recostó sobre los codos para ver mejor y se fijó en que él sacaba una caja gris entre sus manos.
—Edward... ¿Qué es eso?
Él sonrió.
—Mis preparativos para tu primera vez.
nnn
Edward dejó la caja encima del escritorio, abrió la tapa y de ahí sacó un perfume que pulverizó en ambos extremos de la habitación.
—¿Qué...?
—Es frutal, relajante, según la web —se apresuró a explicarle—. Usé las velas en el hotel, así que quedaba probar este... dicen que ayuda a la lívido y... si estabas más excitada pues... eh...sería mejor para ti.
—Oh, Edward... —murmuró Bella con cierta ternura. Él se rascó la cabeza, sonriendo como siempre que quería evitar la vergüenza, pero el rojo en sus orejas lo delataba. Ella solo tenía ganas de comérselo a besos, pero en ese momento regresó al escritorio y sacó una una botellita roja con un líquido transparente. Lubricante.
—Creo que vale la pena probarlo —opinó el rubio—. Es de efecto calor, no hace falta ponerlo en zonas demasiado... tú sabes. Si eso, lo podemos probar en partes como el brazo o la mano. Cualquier cosa, se quita con agua y ya está, ¿no?
—Está bien... pero ven aquí ya —murmuró la castaña mientras se ponía a gatear hasta el borde de la cama y lo agarraba de la camisa para acercarlo. Él se rio con fuerza.
—Impaciente... —Pero enseguida, Bella consiguió tenerlo con ella sobre la colcha. Rodó sobre su cuerpo, entre risas, y una vez ella estuvo arriba se sacó la americana seguida del jersey para tirarlo en dirección a donde solía dejar su ropa, encima de las almohadas.
Edward no quitó la vista del movimiento de sus pechos en el proceso.
—¿Impaciente? —Bella se restregó sobre su erección, forzándolo a jadear—. Pues yo creo que esta espera... debe ser más torturosa para ti, ¿no?
El rubio tragó con fuerza.
—Prefiero que tú estés lista.
Ella rozó las puntas de sus narices, antes de proponerse agradecerle por sus atenciones con ella. Mientras él se sacaba la camisa, Bella se entretuvo acariciando ligeramente el rasposo mentón con su mejilla, luego besó su mandíbula, sobre la cual dio una leve mordida juguetona, y siguió hasta su cuello, donde también quiso provocarle con algún que otro lametón.
—Bella...
Ella sonrió y llevó a una de sus manos a acariciar el bulto entre sus piernas mientras que con la boca besaba y le mordía el hombro tan pronto como Edward lo dejó al descubierto.
—Oye... —murmuró él entre risas.
Bella actuaba atrevida. Se sentía atrevida, y tenía ganas...
Ninguno de los dos experimentaron la misma presión que en el hotel. Más bien, la excitación que sentían por la familiaridad del ambiente los hacía sentir como... si estuvieran en uno de sus juegos de siempre.
Para los que tenían el tiempo contado... y que trataban de disfrutar al máximo.
Como ya estaba acostumbrado a hacer, Edward empleó un mismo orden para desvestir a Bella. Empezó por ocuparse del botón y la cremallera de la falda, pues había aprendido muy bien a que sin esa prenda fuera primero, no lo dejaría quitarle la parte de arriba por miedo a que se le formasen "rollitos de grasa" en la cintura.
Bella se lo agradeció con la mirada, justo antes de que él le bajara la falda junto a las bragas. Ella se deshizo de los mocasines quitándoselos sin mucho esfuerzo con sus mismos pies, algo en lo que Edward la imitó. Y de repente, quedó ante él una visión muy provocadora de la castaña.
Edward miró con las pupilas dilatadas el triángulo depilado y expuesto entre sus piernas, pero ella lo sacó de su insomnio volviéndolo a besar.
—Creo que te toca sacarte a ti algo también, ¿no crees?
Y mientras él se separaba un poco de ella para quitarse los pantalones, bóxers y calcetines, ella lo hizo con el resto de capas que traía encima, quedándose en sujetador. Edward respiró con fuerza.
—Si no quieres...
Pero Bella ganó confianza y acabó quitándoselo del cuerpo. No miró hacia abajo, y en su lugar se detuvo a leer la reacción de Edward mientras este admiraba sus pechos desnudos con detalle por primera vez.
Eran llenos y generosos, coronados por unas areolas de color carne con los bordes de un tono ligeramente más oscuro, al igual que las piedras de sus pezones. Sin embargo, Bella no se sentía a gusto ni con la forma de gota que estos adoptaban por el gran tamaño ni por tener unas areolas ubicadas tan abajo y cercanas al borde de la mama. Además, a simples rasgos, para ella lucían evidentemente desproporcionados a comparación del resto de su físico.
Sabía que estaban lejos de ser estéticamente agraciados, sobre todo con toda las marcas rojas del sujetador en su piel, mucho más evidentes que la de las bragas en sus caderas. Y es que para ella, mostrarse sin sujetador era tal vez la vulnerabilidad más íntima de su cuerpo que había compartido con Edward hasta entonces.
—¿N...no te parecen horribles?
Edward alzó las cejas, sin apartar la vista de allí.
—No te mentiría si ahora te dijese que me siento en el quinto cielo.
Bella parecía contrariada, completamente... como si por su sola naturaleza fuese incapaz de entenderlo. Sin embargo, Edward se encontraba tan excitado que volvió a sentarla sobre sus muslos y la besó con urgencia. Ella se dejó hacer, por lo que las manos de Edward aprovecharon para ir al borde de sus pechos. Palparon con cuidado, tocaron, exploraron el contorno, su tacto, hasta que sus dedos rozaron uno de sus pezones.
La castaña se estremeció, pero Edward se animó a repasar con los dedos la piel de su pecho. Primero por la piel blanquecina y poco a poco se fue acercando a la areola, repasándola en círculos, levemente... y luego se animó a coger un pezón entre sus dedos y lo apretó.
—Más suave.
Él lo soltó de inmediato, para luego volver a probar apenas rozándolo. Bella presionó su entrepierna contra la piel de Edward.
—¿Es... igual de placentero por toda la...?
Ella negó.
—Solo lo noto ahí...
Edward volvió a aplicar el mismo toque en los dos pechos a la vez mientras inclinaba su rostro y devoraba su boca. Las caderas de Bella embistieron contra su muslo, necesitando fricción. Después de probar la fogosidad de sus labios, Edward bajó a besarle el cuello con cuidado. Ella estaba en las nubes y de pronto sintió algo frío rodando por su brazo. Edward había extendido una pequeña cantidad del lubricante en formato roll-on con facilidad, y la sensación que dejó en su piel pasó a tornarse cálida y cosquilleante al instante.
—¿Cómo se siente?
—Caliente...
La boca de Edward siguió bajando sin prisas por su cuello hasta llegar a besar su clavícula.
—¿Está bien entonces, no?
—Por ahora... —contestó Bella, sin prever que en aquel preciso momento él se metería el pecho derecho en la boca.
Ella se forzó a mirar hacia abajo, porque bajo ninguna circunstancia podía perdérselo. Edward acarició el borde circular de la areola con la lengua y luego regaló a Bella una vista privilegiada de cómo succionaba el pezón entre sus labios. El erotismo del gesto la llevó a coger una de las manos de Edward y ubicarla entre sus pliegues mientras él seguía dándose un festín con sus pechos.
Bella echó la cabeza atrás cuando acarició el capuchón de su clítoris, extasiada, mientras Edward bajaba los labios por sus costillas hasta que, por sorpresa, con la mano desocupada y dio un pequeño repaso de roll-on por sus pechos también, sobre la zona de sus areolas.
—¡Edward!
—Shh, solo disfruta...
Bella retuvo la respiración y él formó una sonrisa socarrona, a la vez que la acostaba sobre la cama y seguía el reguero de besos hasta su monte de Venus. Bella ya podía anticipar la sensación de su boca sobre sus húmedos pliegues... pero la picazón que había empezado a manifestarse sobre la zona que Edward había sensibilizado con sus atenciones... era cada vez más intensa.
—Creo que empieza a picar...
Él levantó la cabeza hacia ella.
—¿Pica?
—Sí... —Bella se rascó la zona de la areola con cuidado, pero tan pronto como hizo eso, el cosquilleo empezó a intensificarse también en el otro lado... y también por sus brazos. Edward percibió su incomodidad, así que no esperó más tiempo para actuar.
—Voy a por algo para limpiarte, entonces.
Saltó de su sitio, dejándola restregándose los brazos contra la colcha tratando de borrar ese molesto efecto del lubricante. Cinco minutos más tarde, Edward volvió a entrar con una toalla algo grande y mojada por el extremo que sujetaba.
—Espero que no te moleste que sea la que uso para ducharme, porque la otra ya está para lavar.
—No importa...
Cerró la puerta detrás de él, bajándose los calzoncillos que se había puesto para salir de imprevisto, y se acercó a Bella con su erección agitándose mientras se sentaba. Aquel sutil movimiento a ella le resultó curioso y gracioso, y se quedó pensando en eso mientras Edward pasaba la toalla caliente por ambos brazos y prácticamente los empapaba. Pero el pensamiento de Bella se nubló en cuanto se la pasó por sus pechos.
—¿Mejor?
—Mmh...
Sentir la rugosidad del material sobre sus sensibles pezones, mojándolos a su vez, era... definitivamente... puro placer.
La urgencia por obtener alivio hizo que Bella se apresurara a coger la mano de Edward y la bajara de nuevo a su sexo. Él siguió repasando la toalla sobre su areola con cuidado a la vez que acariciaba sus pliegues con la otra mano. No obstante, el estar concentrado en ambas tareas, además de ocuparse de contemplar el deleite de Bella... contribuyó a que, en una de esas, sus dedos exploraran más allá de la cuenta y acabaran sumergiéndose en dentro de ella...
Bella se mordió el labio, mientras Edward enmudecía.
—¿Es... raro?
—No... —murmuró, encontrando cierto gusto a esa intromisión—. Puedes seguir...
—¿Seguro?
—Sí...
Y él así lo hizo, repetidas veces, moviéndolos, tratando de curvarlos como alguna vez habría visto en internet... y guiándose por la reacción de Bella. Sin embargo, él debió leer la necesidad en sus ojos, porque dejó la toalla a un lado y directamente bajó por su cuerpo hasta meter la cabeza entre sus piernas y lamerle el clítoris sin ninguna sutileza.
—Ah...
Edward sujetó sus muslos para que los mantuviese bien separados y siguió pasando la punta de la lengua por la misma perla hinchada dentro de su capuchón, repetidas veces; golpeándola, repasándola en círculos y succionándola mientras bombeaba los dedos dentro de ella. En lo que empujaba las caderas contra su boca, Bella cogió la toalla para limpiar los restos del lubricante del otro pecho y se corrió sin poder evitarlo.
Edward sintió las deliciosas contracciones sobre sus dedos, deleitándose del regalo erótica de verla sucumbir ante el placer, una vez más. Al cabo de unos segundos los sacó de su interior, lubricados y resbaladizos. Si daban... el siguiente paso, ella estaba más que lista.
—¿Quieres continuar?
Bella levantó la cabeza con autosuficiencia, apartando la toalla.
—Por supuesto...
Edward asintió y se posicionó entre sus piernas, sujetándose el pene mientras buscaba su entrada. Ella cruzó los tobillos por encima de sus nalgas cuando lo sintió deslizarse con cuidado. Al mismo tiempo Edward se estiró sobre su cuerpo, quedando frente a frente con ella antes de salir y volver a embestir en su interior, una y otra vez. La nueva posición causó que las sensibles puntas de los pezones de Bella rozaran el pecho masculino todo el tiempo. Bella abrió más las piernas cuando las embestidas fueron más certeras y trató de ejercer el movimiento contrario para que su pelvis chocara directamente contra su clítoris en cada acometida. Aquella estimulación combinada de varios puntos de placer a la vez, lograron que Bella se viniese de una forma potente, dura y fuerte como nunca antes lo había hecho.
Edward se deleitó de su expresión mientras sus paredes y muslos se ceñían a él, lo que también desencadenó su orgasmo en tres sacudidas más.
Ambos dejaron que el placer les embriagara, en lo que su respiración se normalizaba.
—¿Qué tal ha estado...?
Bella abrió los ojos y sonrió encantadoramente.
—Perfecto...
Ambos rieron sin más y se besaron, satisfechos, contentos y enamorados.
nnn
Rose caminó por el espacio llena de despachos individuales, algunos con paredes transparentes, otros cubiertos con papel de colores negros o blancos, al estilo minimalista. Sí, así era la firma de su padre.
Las preevaluaciones no le habían ido bien, pero tampoco tan mal... y la culpa la tenía su tormentosa investigación. La segunda visita al mismo lugar le hizo entender que no tendría oportunidad de averiguar mucho más... así que necesitaba buscar otras salidas a su plan.
—¿Kennedy?
Y en aquel mediano despacho, justo al lado de la oficina de su padre, estaba el hombre de rizos marrones cuyos progenitores siempre desearon en que se convirtiese en un idealista de primera. Ante la mención de su nombre, bajó los pies de la mesa.
—Rose, hola —saludó con sorpresa a la joven adolescente—. Ya sabes que me puedes llamar Ned. ¿Qué haces aquí? Tu padre está com...
—Ya, está en la cafetería de abajo con mi madre. —Formó una sonrisa forzada. Los había convencido de que iba al baño de la segunda planta porque estaba más limpio, así que tenía que darse prisa—. Te estaba buscando a ti.
El hombre lucía confundido.
—Vaya...
Ella rápidamente tomó asiento en la silla de los clientes.
—Necesito que me digas si conoces a algún investigador que sea de fiar. —Su petición fue breve y directa, a lo que él frunció el ceño.
—¿Nos lo debemos tomar como una ofensa?
Rose casi sonríe. Él era un tipo bromista y siempre habían tenido buen trato en las escasas conversaciones que habían mantenido hasta entonces.
—Preferiría a alguien que no sea de este bufete.
—¿Por qué motivo? —preguntó Ned con interés, cogiendo la libreta que utilizaba para apuntar datos de posibles casos.
—Ehm... Pues verás, los padres de una amiga se quieren divorciar y, a escondidas, su madre quiere averiguar si su marido le es infiel o no para sacarle más dinero —le explicó Rose con lentitud, dándole tiempo a él de escribir y a ella de pensar.
—Puede venir aquí y llevaremos su caso.
Rose miró hacia abajo, jugando entre sus dedos.
—El punto es que ambos son amigos de mi padre... Y si a su madre le ayuda alguien de este bufete o a la inversa, alguno de los dos se sentirá traicionado por mi padre y tanto mi amiga como ellos quieren evitar que eso suceda.
Según la expresión confusa del hombre, sus argumentos parecían haber surgido efecto.
—Comprendo... —murmuró Kennedy—. Pero no necesitamos llegar al extremo de recurrir a la competencia. Digo, en caso de una investigación, ni siquiera Nathan tiene por qué intervenir...
—Ya, Ned, eso lo podemos entender tú y yo, pero no todas las personas son abogadas. No creo que los padres de mi amiga vean la diferencia entre que mi padre se encargue o que lo alga alguien de su mismo trabajo —se excusó con una envidiable habilidad—. El nombre del bufete en común ya les basta para relacionarlo con él, así que lo mejor es saber si conoces algún investigador independiente que me puedas mencionar o yo veré qué hago desde fuera.
Ned apretó la cabeza del móvil en su mano repetidas veces.
—Bien... —exclamó cansado, después de pensarlo durante un momento—. Pues puedo darle el contacto de alguien.
Ella sonrió triunfalmente.
—Y que sea lo más barato posible por favor —añadió ella con confianza—. Ya sabes, incluso a los ricos les gusta ahorrar si pueden hacerlo.
—Sí, lo entiendo. Comunícale a la madre de tu amiga que venga aquí y le pas la información de la persona que busca...
—En realidad, prefiero que me lo des a mí y yo ya se lo hago saber —insistió Rose—. Como te digo, no quieren saber que nada viene de aquí.
—Por esta vez, te lo dejo pasar. —Se ganó una mirada seria mientras le entregaba una pequeña tarjeta—. Ten. Recién se ha graduado hace unos meses, y en el bufete no lo aceptaron porque ya estábamos llenos de personal, pero es bueno.
—Gracias, Ned.
Él suspiró.
—No has acabado ni el colegio y ya serías hasta mejor abogada que muchos compañeros...
💎Bueno, bueno... 👀 los tórtolos están felices, ¿no? 😎 🔥🔥🔥, pero Rose se está moviendo, sobre terrenos peligrosos. Y a saber si lo de Ethan seguirá trayendo algún hilo por ahí. 😛
💎Iré contestando a todos los reviews que me faltaban. Espero que hayáis disfrutado de este capítulo. Muchas gracias por vuestro apoyo y, continuando con la maratón, ¡hasta mañana! n.n
Kisses! 😘😘😘
