Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 59.


—Hola, Hitomi —la saludó con efusividad, como si la conociera desde hacía mucho tiempo.

La aludida frunció el ceño, preparada para tocar el botón de seguridad. Aquel extraño llevaba puestos unos lentes oscuros y parecía misterioso. No podía reconocerlo.

—¿Qué se le ofrece...? —Sabía que los guardias le habrían hecho una requisa de armas, sin embargo…—. No lo recuerdo.

—Oh, es que hace mucho que no vengo, soy amigo de Kagome. —Le mostró un paquete de bombones—. Vine a dejarle este presente, ¿me puedes anunciar, por favor?

—Lo siento, la señorita no se encuentra por ahora. —No dejó de hablar con duda, pero al menos tenía opción de echarlo disimuladamente. Sabía que ese tipo jamás había estado ahí. Ella lo sabía mejor que nadie.

—Oh, es una pena… la veré después, pero… déjale mis saludos. —Comentó sarcástico, ya que jamás develó su identidad, mientras colocaba la caja de chocolates sobre el escritorio de mármol. Por alguna razón, Hitomi sintió escalofríos.

El extraño hombre dio media vuelta y se marchó. Hitomi sintió mucho miedo. La última vez que habían visitado a Kagome, ella había salido extrañamente herida. Ya no quería dejar pasar a nadie por muy conocido de ella que este dijera que sea. Ya no arriesgaría la vida de un inquilino ni su trabajo. No más.

Tomó con desconfianza la caja de chocolates y la tiró a la basura.


Había llegado hasta ahí con la intención de entrar sin siquiera avisarle. tenía la idea de impostar la voz y hacerse pasar por el empleado de alguna empresa o lo que fuera. Solo quería tener una buena excusa para que Sango le abriera la puerta, pero cuando la vio venir metiendo algo en su bolso, sintió que el corazón se le quiso salir del pecho. Fue incluso peor que cuando la vio en la clínica hacía solo un par de días.

—Sango… —Detuvo el andar de su chica mientras ella lo veía con pánico. Intentó desviarlo inmediatamente, pero él la detuvo del brazo—. Sango, por favor, escúchame.

—Qué es lo que quieres. ¿No te dijo InuYasha que me dejaras en paz? —Zafó el agarre, como si quemara. No quería verlo a la cara, ya que aquellos ojos azules seguramente la harían fallar—. Qué estás haciendo aquí.

—Me enteré lo de Kikyō y Kagome. —Confesó, no sabiendo cómo iniciar la conversación—. Yo…

—Sí, no me digas… —volvió a recordar aquellos momentos y se sintió mareada. No sabía si era la ira o el miedo que le causó esa forma de actuar de Hishā—. Tenía que pasar alguna vez.

El viento movió sus cabellos rebeldes y por un momento recordaron aquellos días de felicidad que de un momento a otro se les fueron arrebatados. Ahora había un lazo que los uniría para siempre y eso era lo único que confortaba el alma de Miroku. A Sango, en cambio, eso le asustaba.

—He traído esto. —Le extendió por fin el sobre manila y temblaba. Francamente, era un momento decisivo para su vida y esperaba que Sango le diera lo oportunidad. Cuando la vio tomarlo, sintió que las piernas le fallaban—. Sango…

—Y esto es… —Lo alzó, analizando el sobre con desconfianza.

—Las pruebas de lo que pasó con Yura.

Al instante, Tanaca tomó el sobre por la mitad y lo desgarró junto con lo que sea que hubiera ahí dentro. Hizo pedazos grandes y luego muy pequeños, rompiendo el disco en el acto, para después hacerlos una especie de bola, caminar hasta el bote de basura más cercano y arrojarlas ahí. Ni siquiera se tomó la molestia de preguntar.

Miroku se quedó anonadado viendo la escena. Se le secó la garganta y no pudo decir nada ante lo que había presenciado. No podía ni siquiera entender qué había sido todo eso, ya que pasó tan rápido.

—Te voy a decir algo y quiero que lo tengas bien claro, Takeda —le sostuvo la mirada y fue firme, podía verlo a los ojos porque la ira sellaba todo poder que él tuviera sobre ella—. Yo sé lo que vi y no me interesa si pasó o no.

—Sango, cómo pudiste… ni siquiera viste lo que había, eran las pruebas de que jamás… —suspiró, rendido. Era verdad que Sango no escucharía lo que le dijera y volvió a sentirse agotado, como si no hubiera comido o dormido en años.

—¿Jamás? —Se acercó a él y le tocó el pecho con el dedo índice, acusándolo—. ¡Tú me mentiste! ¡Me engañaste! ¡Me ocultaste todo desde el principio y no confiaste en mí! —Movió la cabeza negativamente, sin ganas de llorar, pero con una decepción que la superaba—. ¿De qué sirve una relación si no hay confianza y comunicación?

—Pero ahora tú y yo…

—Ahora «tú y yo» nada —interrumpió, dando un paso atrás, tal y como lo había hecho con su relación—. No me interesa si eso fue real o no, solo quiero que me dejes en paz… —Volvió a negar, pero esta vez, se tocó el vientre—. Déjanos en paz.

No dijo una palabra. Dio la vuelta y se metió de nuevo al recinto de su edificio, sin volver a mirar atrás.

Miroku la observó perderse entre la construcción y no dejó de pensar en sus palabras. Así que después de todo, Sango no quería estar con él y ya no se trataba de Yura, sino de sus propios sentimientos.

Ya no lo amaba.

Y él no podía contra eso.


Tōga y Midoriko estaban totalmente en contra de que su hija se fuera. Les parecía demasiado extraño que Kagome se hubiera hecho una herida en el hombro tan grave y de repente simplemente llamara a Bankotsu para decirle que la vaya a auxiliar.

Algo en sus hijos no estaba bien y ellos podían presentirlo, sin embargo, los chicos no querían decir nada al respecto. Después de que habían visto el vídeo íntimo de InuYasha y Kagome, pasaron tantas cosas que no habían tenido tiempo de preguntarse quién había grabado semejante cosa, cómo es que lo habían hecho y cómo habían conseguido sus correos personales. Buscaban en sus recuerdos y no le hallaban lógica.

Sin embargo, InuYasha parecía no saber tampoco de dónde había salido el material, y Kagome seguramente tampoco tenía idea. Así que era un secreto de ellos exclusivamente. Claro que no podían ser Sango y Miroku, eso no tenía sentido, sin embargo…

¿Y si la persona que había grabado el vídeo había sido quien hirió a Kagome? Al principio se trataba de honra y apariencias, pero ahora parecía que algo siniestro los estaba acechando y la sensación de muerte de hacía más de 20 años comenzó a hacerse presente en Midoriko, quitándole el sueño.

—Tōga, tengo mucho miedo. —Comentó, aferrándose más al cuerpo de su marido mientras veían desde las escaleras del templo a sus hijos subirse al auto de InuYasha.

—Tranquila… —le ofreció seguridad, pero francamente también tenía miedo— InuYasha va a proteger a Kagome.


—Efectivamente, como me lo dijo —habló sonriente, sintiendo la victoria en sus manos— la chica no estaba en su departamento, en el que me indicó al principio.

Muy bien. ¿Fuiste al templo?

—Se acaba de subir al auto de un hombre joven parecido a ella, de gran melena negra —observaba el panorama, empezando a seguirlos de forma cuidadosa. Lo escuchó gruñir una maldición del otro lado de la línea—. Los estoy siguiendo.

Saldré para su edificio, es seguro que irán ahí.

—La chica parece llevar vendas en un hombro. —No dejaba de mirar el auto que perseguía—. Seguramente estuvo en el hospital.

¡Solo síguelos!

—De acuerdo.


Durante el trayecto no cruzaron muchas palabras. Ella iba muy pensativa y casi triste. El semblante de Kagome había cambiado mucho en esos días, ya casi no podía reconocerla.

—¿Estás segura de que no quieres que me quede a cuidarte? —No dejó de ver la vía, pero la veía de soslayo.

Ella asintió, sin dejar de ver sus pies.

—Estoy bien, InuYasha.

—De acuerdo.

Ese día no solo iría a dejar a Kagome en el departamento, sino que aprovecharía para preguntarle a Hitomi si ella sabía quién los había visitado aquella vez que grabaron el vídeo. Él se enteraría y se juró que destrozaría con sus propias manos al maldito ser que propició toda esa desgracia e hizo que Kikyō hiriera a Kagome. Y si era Kōga, mucho mejor. Desde que lo había conocido tenía ganas de molerlo a golpes, por su cara de imbécil y su obsesión por Kagome. Es que le jodía tanto que ese inepto pensara si quiera en su hermana. Kagome que era tan suya como una parte de su mismo cuerpo.

Había sido demasiado pasivo; ya que primero tuvo aquel terrible accidente, luego vino lo de sus amigos, sus padres, todo aquello terrible de lo que se había enterado, la anulación de su matrimonio, el embarazo de Sango, Miroku dañando el rostro de Yura, Kagome siendo herida con un arma blanca por Kikyō, la develación de su romance incestuoso… toda esa mierda había bloqueado su sentido y no lo dejaba concentrarse en aquello que realmente era importante: quién más sabía de él y Kagome. Quién demonios había violado su intimidad.

Miró por el retrovisor y le pareció ver un auto ir muy despacio cerca de ellos. Suspiró, restándole importancia, ya que de seguro lo estaba imaginando. Era obvio, con tanta mierda que traía encima.

—Kagome… —se aclaró la garganta, algo nervioso—, ¿qué le hiciste a mi Kotodama?

Taishō sintió la garganta seca, sin saber qué responder. No esperaba que se diera cuenta, juraba que había quedado igual.

—Lo remodelé… estaba algo gastado.

Como no le imprimió emoción a su respuesta, se hizo un silencio incómodo en donde únicamente podía escucharse el motor del automóvil. InuYasha solo asintió, pensando en que debía ser así, ya que él poco se lo quitaba.

De pronto recordó las copias que había sacado hacía poco y volvió en sí.

—Kagome, abre la guantera y saca, por favor, el sobre manila que hay ahí. No quiero olvidarlo.

Ella hizo lo propio sin decir palabra y lo tomó con delicadeza.

—¿Qué es esto?

—Se trata de las pruebas que demuestran que Miroku jamás engañó a Sango. —Sonrió con orgullo. Por un momento pequeño se sintió orgulloso de saber que no estaba defendiendo en vano a su amigo—. Tú eres la única que puede salvar su relación.

Kagome observó los documentos con curiosidad, sintiendo un extraño nerviosismo. ¿En serio Miroku no la había engañado? Sintió como si un gran peso se le quitara de encima y por fin pudo respirar tranquila. Hasta sentía que los problemas que estaba viviendo no eran tan graves como parecían. Asintió decidida. Analizaría esos documentos y seguramente arreglaría, por lo menos, la situación de Sango.

Alguna de las dos debería ser feliz.

—Los analizaré y, de ser verdad… Miroku y Sango van a regresar.

InuYasha sonrió de nuevo, también viendo una luz de esperanza para su mejor amigo.

—Bien.


Había estado teletrabajando esos días y agradecía que su jefe se lo permitiera. Tuvo que contarle que había pasado unos días malos debido a su reciente ruptura y que solo necesitaba un par para recuperarse. Seguía enviando sus informes y correos electrónicos, siendo lo más eficiente que pudiera y contactando a sus subordinados para supervisar que los trabajos siguieran el rumbo perfecto que caracterizaba sus obras arquitectónicas. Seguro que, para el día siguiente, estaría en perfecto estado para volver.

Antes pensaba en irse de ese país hasta que conoció a Bankotsu. Ahora que había empezado a formar algo con él, le parecía triste tener que dejarlo, entonces optó por seguir en Shibuya al menos hasta ver en qué terminaba todo eso. No estaba lista aún para decirle lo que había hecho así que lo había estado evadiendo todos esos días. Esperaba de corazón que no la odiara, pero no estaba lista… aún no.

Si Bankotsu la rechazaba al saber su pasado, entonces debía estar lista para otro conflicto de sentimientos. Claro que no amaba a Bankotsu, pero sí que se estaba apegando mucho a él.

Su teléfono de invitados sonó y ella se levantó de inmediato. De alguna manera esperaba por Bankotsu o por algún Taishō o asociado que viniera por ella. Si querían guerra, eso tendrían.

Señorita Hishā, el señor Ikeda…

—No quiero verlo —sentenció al instante, al punto de intentar cortar la comunicación, pero escuchó movimiento en el auricular y frunció el ceño.

¡Por favor, Kikyō, es solo un momento! Te juro que no te quitaré demasiado tiempo.

La aludida suspiró, rendida, rolando los ojos. Esperó un par de segundos para tomar la decisión y habló: —Déjalo pasar.

Dejó abierta la puerta y se acomodó la bata de seda azul que traía. Su largo cabello negro caía en cascada y lucía fabulosa a pesar de no estar en sus mejores términos anímicos. Caminó hasta el comedor y volvió a sentarse frente al computador.

Pocos minutos después escuchó la puerta cerrarse.

—¿Qué es lo que quieres? Te noto alterado. —Nunca dejó de hacer su trabajo.

—Vine a invitarte a que me acompañes a vengarnos de Kagome.

Kikyō sintió escalofríos al oír ese nombre. Todo su humor cambió por completo y volvió a sentir ira. Aunque ya no era un sentimiento loco como hacía un par de días. Se sentía diferente, pero no dejaba de causarle malestar.

—Deja de decir estupideces.

—¡Solo piénsalo! —Exclamó, como si tuviera la mejor idea del universo—. Nos vengamos de todas las humillaciones que nos ha hecho pasar y le hacemos daño a InuYasha.

—InuYasha… —pronunció ella, recordando aquellos hermosos ojos dorados que alguna vez amó tanto—. ¿Solo has venido a decir estas cosas imbéciles?

—Me vengaré, Kikyō, limpiaré tu nombre con el cuerpo de aquella mujer…

—¡Ya cállate! —Le empezó a dar escalofríos y no fue hasta que vio su rostro ensombrecido y sus ojos desquiciados que sintió terror. Recogió los pies instintivamente y por primera vez en la presencia de Kōga, sintió ganas de llorar.

De pánico.

—Si te interesa —pronunció peligroso, acercándose hasta la gran mesa de vidrio—. Voy a estar aquí esta noche —tiró un pedazo de papel sobre la superficie y miró fijamente a su prima.

—Kōga, tú no…

—Nos vengaré, Kikyō.


Después de que llegara a su departamento y viera las alfombras cambiadas, sintió una especie de alivio. Sus padres se habían encargado de arreglarlo todo. Su sangre ya la había limpiado InuYasha, solo. Se lo pidió especialmente para no levantar más sospechas.

Debió ser muy duro.

Al fin se sentó en sus muebles junto con el sobre que InuYasha le había dado y se dispuso a mirarlo. No hacía mucho tiempo su hermano se había ido al templo, así que esperó a quedarse sola.

Empezó por el vídeo y se quedó completamente asombrada al ver a Miroku aborreciendo a Yura semidesnuda, fue totalmente impactante. El vídeo no duraba mucho, pero se notaba que no había pasado nada realmente. Cerró su laptop y fue por fin a las fotos.

—Espera… yo las vi… —a su mente llegaron los recuerdos de aquellas mujeres que habían estado frente a la editorial aquella tarde en que Kikyō se había estado probando el vestido de novia—. ¡Yo las vi aquel día! ¡Eran aquellas sospechosas mujeres que creí reconocer y no me equivoqué!

Pasó las fotos y notó la secuencia… ¡Esa maldita había aprovechado la situación para besar a Miroku y de seguro que su amiga Kagura había sido la fotógrafa estrella! ¡No era su culpa! Sango estaba siendo infeliz únicamente por aquellas mentiras e instigaciones.

Se levantó decidida, jadeando por los sentimientos encontrados. Había juzgado mal a su amigo, lo había odiado sin razón y ahora estaba odiando más a Yura. Tomó un par de cosas y olvidó que apenas se estaba recuperando de su herida reciente.

Iría en ese mismo instante y acabaría con el sufrimiento de sus dos mejores amigos.


—Señor, un auto gris con las especificaciones que usted me dio está saliendo del edificio. —Se comunicó por el auricular obedeciendo al pedido de su cliente. Le había dicho que esperara pacientemente por si alguien conduciendo un auto de ese color y otras especificaciones, salía del edificio.

Gracias, lo estoy viendo también. Has sido un gran investigador. —Lo escuchó reír y sintió incomodidad, no entendía por qué estaba tan pendiente de aquella mujer—. Revisa tu cuenta en breve, te haré el pago y espero que nunca más nos volvamos a comunicar.

El detective asintió para él. Casi nunca veía en persona a sus clientes, así que no tenía por qué recordarle cómo funcionaba su propio trabajo.

—Fue un placer.

Continuará…


En el próximo capítulo:

«—Tranquila, Kagome —le habló con voz tranquilizadora, pero ella sintió horror— soy yo.

[…]

—Seguro que no tienes problemas en tocarle las pelotas a tu hermano InuYasha, ¿no es así, Kagome?

[…]

—Kagome… —¿Al fin estaba aceptando amarlo sin hacer reclamos? ¿Al fin podría tenerla como siempre había querido?

[…]

—Antes que nada, deben saber que… —tragó duro, ante la mirada expectativa de todos— Kōga lo sabía todo desde el principio y fue quien grabó a InuYasha y Kagome teniendo sexo en su departamento.»