Después de pasar mucho tiempo lamentando la muerte de Emori y llorando en silencio, Ontari Woodward había conseguido quedarse dormida junto al cuerpo de Roan Azgeda en la cama que compartía con este en su pequeño apartamento encima del bar.

Roan la había consolado como nunca antes y detestaba en lo más profundo que se sintiese así. No conocía demasiado a Emori aunque había oído a Ontari hablarle de ella alguna que otra vez. Odiaba la idea de que fuesen a dejar libre a un monstruo así, que alguien como ella hubiese tenido que pasar por algo tan horrible como eso y que su final lamentablemente no hubiese sido otro. Lamentaba aún más no poder hacer nada por remediar lo ocurrido y que ahora Ontari estuviese sufriendo así.

Quería hacer algo por ella. Sentía la necesidad de cuidarla, de protegerla desde siempre pero aquella noche la sentía aún más.

Viéndola dormir con la cabeza hundida en la almohada y sus mejillas húmedas y calientes, no pudo evitar contemplarla largos momentos antes de acercar la mano a su rostro, y acariciarla muy suavemente con la yema de sus dedos.

Ontari pronto se estremeció bajo las sabanas y se movió ligeramente buscando su calor por instinto acurrucándose contra él bajo las sabanas.

Roan se inclinó y poso sus labios sobre su cabeza apoyando su mejilla de ella al tiempo que pasaba su brazo por encima queriendo abrazarla y retenerla en aquel plácido momento para siempre.

Le dio la impresión de que estaba realmente cansada, agotada tanto física como emocionalmente hasta limites que verdaderamente llegaban a preocuparle, y supuso que iba mucho más allá del fatídico acontecimiento por el cual había terminado allí.

Hollysbrooke era un lugar duro, inhóspito y poco acogedor, un lugar que por desgracia no debería existir pero que la acuciante realidad obligaba a que existiese. Y que por mucho que dijese estar acostumbrada a meterse en líos y visitarlo con frecuencia, las cosas siempre podían volverse peor estando allí.

Dios, en momentos como este le encantaría poder matar a Gustus y a Layla, enfrentarles duramente y que se planteasen que clase de vida estaban obligando a vivir a sus propios hijos y que ellos no parecían conscientes de tener nada que ver en ello.

Algún día se hartaría de toda esa mierda y lograría que Ontari dejase de sufrir.

Se lo debía, se lo merecía de alguna extraña manera por haber llenado su vida de luz y de alegría. Ontari le había salvado de todas las maneras posibles y de querer el mundo removería cielo y tierra solo por entregárselo a ella.

Estaba profunda y completamente enamorado de ella y lo sabía. Ontari también y aún así jamás lo había utilizado para manipularle, para conseguir alguna cosa suya o para conseguir que hiciese lo que ella quisiese como pensaba la gente desde fuera que sería, no.

Ella simplemente le hacía feliz.

Se sentía feliz de tenerla en su vida, de que le permitiese estar en la suya y de poder estar ahí para ella.

Llevaba mucho tiempo pensando que podría hacer para demostrarle cuanto la amaba, cuanto deseaba que estuviese para siempre con él y volviendo la cabeza hacia la cómoda se la quedo mirando fijamente durante algunos instantes.

Nadie sabía nada al respecto pero se había gastado mucho más de lo que se podría permitir en el anillo que había en la negra cajita que se ocultaba bajo la desordenada montaña de camisetas en el segundo cajón desde poco después de que ella entrase en Hollysbrooke.

Sabía que era una locura, en el fondo sabía que posiblemente a todos incluido a ella se lo pareciese pero no había sido un repentino arrebato, ni un caprichoso acto al azar, no.

Él quería estar con ella, quería pedirle ser algo más y quería que en un futuro ella aceptase formar una vida junto a él.

Aunque sabía que solo contaba con diecisiete años y que pronto alcanzaría la mayoría esperar, se había propuesto esperar algo más para dárselo.

Quería hacer las cosas bien con ella, quizás hablar con Lexa y con Ilian antes, esperar a que Luna mejorase del todo y hablar también con ella.

Puede que hablar con Gustus y pedirle permiso de alguna extraña manera aunque a decir verdad, solo necesitase el de sus hermanos y el de ella para hacerlo.

En todo caso lo haría por ella, no por Gustus. Él no merecía nada por su parte, pero quería que Ontari sintiese ese tipo de reconocimiento, de aceptación, que tuviese lo que cualquier chica desearía tener el respeto, la admiración y el orgullo de sus padres antes de iniciar un nuevo camino y echar a volar al lado de alguien más.

Un agudo sonido, una especie de maullido se coló a través del apartamento inesperadamente haciendo que Roan volviese la cabeza hacia la puerta y que Ontari entreabriese sus ojos muy adormilada.

—¿Qué... qué pasa? —murmuró ella llevándose el dorso de la mano a los ojos frotándoselos un poco volviendo a escuchar aquel estridente e insistente sonido una vez más—. ¿Qué es eso?

Roan que frunció el ceño escuchándolo también no supo bien de que se trataba.

—¿Kaylee está aquí? —le preguntó Ontari algo confusa dirigiendo su mirada fugazmente hacia la puerta y luego a él.

Parecía una especie de llanto agudo como de bebé.

Roan negó con la cabeza igual de desconcertado que ella e hizo por destaparse y bajar los pies al suelo. Ontari que se le adelantó se puso en pie tambaleándose un poco por el sueño, y bordeo la cama dirigiéndose al salón volviendo a escuchar aquel eco e insistente sonido de nuevo.

Roan que se puso en pie saliendo del pequeño dormitorio tras ella recorrió con la vista el salón tratando de identificar de donde provenía aquel sonido pero parecía no tener un origen concreto.

Ontari que llevaba puesta la larga camiseta gris de él también recorrió cada rincón del salón con la mirada, y acercándose a la entreabierta ventana miro hacia abajo, hacia la calle viendo la acera vacía y algunos coches pasar a lo lejos con sus reflectantes luces iluminando la noche.

Un nuevo sonido hizo que Ontari volviese la cabeza hacia la puerta de la calle y se dirigió directamente a abrirla, pero tampoco había nada allí.

Justo cuando Roan la interrogaba con la mirada y ella se encogía de hombros disponiéndose a volver a cerrar la puerta, aquella especie de agudo llanto de bebé se volvió a oír mucho más claro resonar por toda la escalera.

Frunciendo el ceño Ontari salió al pequeño rellano y se asomó al estrecho hueco de la escalera oyendo nuevamente aquel sonido.

—¿Viene de ahí? —le preguntó Roan tratando de recuperar del suelo su ropa interior para ponerse algo encima.

Ontari que no respondió bajó los escalones decidida y al llegar al estrecho rellano que separaba la puerta interior del bar de las escaleras que conducían al piso de Roan y al de arriba que ocupaba un viejo anciano que apenas salía de casa el sonido se intensificó.

Tanteando la pared en busca de la luz del portal, Ontari la pulso y en cuanto esta se encendió suavemente volvió la cabeza en busca del origen de aquel sonido.

—Oh, por dios.

Roan que bajaba los escalones al tiempo que se ponía una camiseta la vio perderse por un instante bajo la escalera y cuando llegó al último escalón, Ontari emergió del hueco de estas con una pequeña bolita gritona de pelo blanco entre sus manos.

—Es un gatito.

El gatito volvió a maullar agudamente clamando por su mamá pero no parecía estar por ningún lado.

Ontari se fijó en la puerta del portal viendo la madera rota en la parte baja de algún que otro cliente borracho del bar que había tratado de entrar y vio el espacio en la quebrada madera del tamaño de una enorme bota por donde muy probablemente alguna gata callejera se había colado para dar a luz bajo la escalera y se había llevado a las crías dejando olvidada muy probablemente a esta.

Roan que se acercó a verla no pudo evitar llevarse la mano al pecho con alivio, viendo a Ontari acunarla tiernamente contra su pecho mientras volvía a maullar.

—¿Está solo?

Ontari que sintió aquella bolita de pelo temblar entre sus manos por el frío pegada a su pecho abriendo su pequeña boca para maullar, deslizó la mano con cuidado por su pelaje para tranquilizarle.

—Eso parece, no he visto a su madre por ningún sitio —respondió Ontari volviendo nuevamente la cabeza para revisar que no estuviese oculta por allí—. Es tan pequeñito.

Roan que se acercó a ella por detrás apoyó las manos de su cintura sobre la camisa fijándose por encima de su hombro en como la pequeña cría maullaba sin cesar.

—Si, no debe tener más de un mes o dos —dijo Roan fijándose en la blanca bolita de pelo mover sus pequeñas patitas sobre la camiseta que llevaba puesta Ontari—. Aquí hace demasiado frío, es mejor que le subamos.

Ontari que estaba completamente prendada de aquella cosita tan bonita, pequeña e indefensa asintió sin dejar de mirarla y cogerla con cuidado y se dirigió con él hacia las escaleras para regresar arriba.

Debía de tener mucha hambre si no paraba de maullar así.

—Yo me ocuparé de ti, ¿vale? —le prometió al pequeño y suave gatito blanco acariciándole con suavidad y protección.

—Nos ocuparemos los dos —repuso Roan besando su cabeza mientras subían escuchándole maullar nuevamente—. Calentaré un poco de leche para él, será mejor que os pongáis cerca del radiador para que entre en calor. Eso si, pon unos cojines o mantas en el suelo no quiero que cojas frío.

Ontari que estaba prendada con aquella blanca y suave criaturita levantó la vista al escucharle, y se le quedo mirando unos instantes.

—¿Qué ocurre? —preguntó él desconcertado llegando a la puerta de su apartamento con ella viéndola mirarle así.

Ontari que no pudo evitar sonreír con cierta tristeza se inclinó besandole muy dulcemente con amor, realmente la quería. La quería muchísimo y ella le quería a él.

—No ocurre nada —respondió ella entrando por la puerta con el gatito por delante de él.

Roan que cerro tras de si sin entender también le devolvió la sonrisa viéndola de pie con su enorme camiseta cayendo a medio muslo y aquella pequeña bolita de pelo entre las manos que había logrado volver a hacerla sonreír un poco.

—Podríamos quedárnoslo, ¿no crees? —le propuso él ya que no pensaba volver a dejar al indefenso gatito en aquellas calles.

Ontari que pensaba llevárselo a su casa para cuidar de él y que no invadiese el espacio de Roan levantó la vista del gatito al oírlo.

—¿Hablas de nosotros? —preguntó ella algo insegura por si le estaba entendiendo mal—. ¿De... de los dos?

Roan que se dirigió directamente hacia la pequeña cocina para abrir la nevera y sacar la leche para comenzar a preparársela al gatito volvió la cabeza para mirarla viéndola dirigirse al radiador del salón y se sonrió.

—Si, ¿por qué no? —dijo él abriendo el mueble de la cocina en busca de algún pequeño bol donde servirsela sonriéndose un poco al volverse a verla—. Estaría bien tener algo que solo fuese de los dos.

Ontari que se le quedo viendo largamente desde el salón teniendo que sonreír un poco para si, bajo la mirada al gatito cuyas patitas arañaban y resbalaban por la tela de la camiseta que llevaba puesta y por un instante, recobró en su interior algo extraño, una especie de ilusión.

Eran escasas las veces que podía tener algo para si sin tener que compartirlo con sus hermanos o con alguien más, lo que Roan le proponía no le sonaba nada mal y aquel pequeño gatito necesitaba a alguien que le cuidase.

Roan abrió el microondas para meter el bol con la leche y y tras pulsar unos treinta segundos cruzó el salón para ir a dar con ella, y con el gatito, tomándola muy tiernamente del rostro al ver como a pesar de aquel pequeño atisbo de sonrisa la alegría aún no llegaba del todo a sus ojos.

—¿Qué me dices? —le propuso él besándola muy dulcemente en los labios antes de sonreírle a los ojos—. ¿Nos lo quedamos?

Ontari que llevo la mano a su mejilla en una tierna caricia se pego de él apoyando la cabeza de su cuello antes de depositar en este un tierno y pequeño beso bajando la mirada al gatito entre ellos.

—Ahí fuera no puede volver.

—No, no puede volver —contestó Roan rodeándola con sus brazos en lo que se calentaba la leche y la estrechaba entre ellos dulcemente—. Y menos sin nadie que cuide de él.

Ontari que mantenía sus ojos cerrados inhalando el aroma que aún desprendía su piel, el calor que provenía de él asintió quedamente.

Si, no estaría nada mal poder cuidar ambos de él.

Se sentía afortunada de tener a alguien así en su vida, se sentía afortunada de que él fuese para ella, y ella para él. Excesivamente afortunada, si...

Continuara...