Disclaimer: Los personajes son de Rumiko Takahashi. La trama me pertenece en entereza, aunque a ustedes no les parezca.


Capítulo 60.


Hitomi no había querido decirle nada y eso lo ponía histérico como el infierno. Se fue del maldito edificio con más dudas que respuestas. Al parecer, ella no recordaba haber recibido a nadie aquel día. Pero sabía que estaba mintiendo, ¿estaría amenazada? Cómo iba a hacer para sacarle la verdad. Era una situación que empezaba a colmarle ya la paciencia. La próxima persona a la que iría sería a Sango. Solo esperaría a que por fin arregle su situación con Miroku y ya.

Y hablando del rey de Roma y Miroku que… en fin.

—Hola.

No sirvió de nada, Sango no me quiere ver más… —lo oyó cabizbajo, del otro lado de la línea.

Él sonrió, sabiendo que podía darle una mejor noticia.

—Kagome irá a contarle a Sango lo sucedido esta misma noche, Miroku, le di las pruebas y está dispuesta ayudarte a recuperar tu relación.

¡¿Qué?! ¡¿Lo dices en serio?! —Con esa efusividad parecía otro. Al fin una buena noticia. Al fin, después de toda esa desgracia—. ¡Gracias, gracias, InuYasha!

—Ya, no seas ridículo.


Había salido muy pronto de su edificio y no llamó a nadie, no quería alarmar a Sango. Lo haría de sorpresa y esperaba que funcionara. Estaba algo feliz, debía admitir que saber que podía devolverle la felicidad a su mejor amiga, le arreglaba parte de su vida, también.

Manejaba despacio por las calles poco transitadas. Pronto habría demasiado tráfico por el centro, así que iba mentalizándose. Estaba tan concentrada en sus pensamientos que no notó que auto de repente se interpuso en su camino.

El chillido de las llantas y el freno a raya la despertaron de inmediato. Sintió el corazón desbocado y quiso gritar. Estaba temblando, pero afortunadamente no le había pasado nada.

Los autos siguieron pasando a su derecha y no entendió por qué el intruso imbécil que casi hace que se maten, no se movía un centímetro.

Vio a alguien bajarse y esperó a que por fin fuera a disculparse. Traía un buzo negro con capucha, al parecer. Dejó abiertas las puertas de piloto y copiloto y con curiosidad lo observó venir hacia ella.

Sintió escalofríos, así que apenas notó que se dirigía a ella, empezó a subir el vidrio de su auto.

—Tranquila, Kagome —le habló con voz tranquilizadora, pero ella sintió horror— soy yo.

—Kōga… —después de unos segundos que tomó valentía, lo encaró—. ¡¿Estás loco, imbécil?! ¡Casi haces que nos matemos! ¡¿No te bastó con haberle dicho todo a Kikyō, ahora también querías matarme?!

—No seas insolente —le dijo con frialdad— yo no le dije nada, lo descubrió por error. —Recordó el vídeo y sintió el odio apoderarse de él.

—Ah, claro… —no le creyó ni un poco— lárgate de aquí.

Se descuidó, bajó la guardia y miró para el volante, pensando que la ignoraría y podría irse sin decir más. Pero no, fue el peor error que cometió en su vida. La peor cosa.

Kōga, en un acto rapidísimo metió ambas manos por la ventana medio abierta y le tapó la boca, haciéndole oler una droga que la dejaría inconsciente en cuestión de segundos.

—¿Esto no te recuerda…—cerró los ojos, disfrutando de los gritos ahogados, del pánico y de los intentos que ella hacía por quitarle la mano de su boca y, por otro lado, buscar cómo cerrar la ventana— a cuando intentaste intoxicarme?


Sentía un terrible dolor de cabeza, así que no pudo abrir rápido los ojos. Se quejó porque sentía el cuerpo entumido y cuando notó que tenía los pies atados, se obligó a abrir los ojos de golpe, chocando con la luz brillante de un foco que colgaba justo sobre ella.

Una cama sucia, una habitación vacía y en malas condiciones, eso podía notar por un lado y, por el otro, alguien sentado en una silla. La luz no la dejaba ver bien.

—Tú y todas las mujeres son una putas.

Esa voz la hizo estremecer y se sentó de inmediato, queriendo zafar el agarre de sus pies, inclinándose para desatar el nudo con sus manos.

—¡Qué quieres hacerme!

—Si se te ocurre zafar el nudo, no disfrutarás nada antes de que termine con tu vida. —De un salto estuvo sobre ella, como un león feroz que acecha a su presa cuando ya la tiene ahí, sin escapatoria.

Le tomó los brazos y con una mano, los sostuvo sin problemas. Los femeninos eran finos y cortos, así que no tuvo ninguna dificultad.

—Kō-Kōga…

—Si te amarro de las manos, cómo vas a tomarme las bolas para chupármela. —Le lamió la cara mientras soltaba una risa macabra.

—No… asqueroso… —pronunció despacio, echándose a llorar en el acto. Sintió que el estómago se le revolvió y quiso morirse en ese momento—. I-InuYasha… —susurró, mientras sentía el peso del cuerpo masculino ahogarla, ultrajarla.

—¿InuYasha? —Respiró indignado y sin podérselo creer. No podía seguir reclamándolo a esas alturas de la vida—. ¿Qué no ves, zorra, que él no va a venir por ti? —con la otra mano, la tomó del cuello, quitándole el aire en el proceso.

Se había hecho adicto a esa expresión de las mujeres siendo estranguladas. Era exquisito.

—M-maldito… —sintiendo que la presión la estaba matando, intentaba moverse con todas sus fuerzas, pero era como si tuviese piedras en el cuerpo. Suponía que se trataba de los efectos de la droga que había usado para dormirla.

—Seguro que no tienes problemas en tocarle las pelotas a tu hermano InuYasha, ¿no es así, Kagome?

La soltó por fin, escuchándola toser y agarrar aire con desesperación. La aludida solo podía sentir odio, un odio profundo que le estaba dominando el ser mismo, su anatomía. Le escupió la cara al acto, sin dejar de quejarse y de llorar silenciosamente.

Su cuerpo estaba sucio, estaba asqueroso por sus caricias insanas.

—¡Mira bien, maldita! —la tomó del pelo en un acto inesperado, haciéndola quejarse nuevamente por el dolor. La sentó de golpe y sin soltarle las manos le mostró una mesita lateral con una cámara que había estado grabando todo ese tiempo, una que ni siquiera había notado—. ¡Grabaré cómo tomo venganza por todas las humillaciones que nos hiciste a Kikyō y a mí!

Kagome sintió un golpe en el pecho con aquella información. ¿Kikyō también estaba detrás de todo eso? ¿Realmente era capaz su odio de llegar a ese extremo?

—Ki…Kikyō —la herida que ella le había hecho dolió y sintió que estaba ardiendo. No había notado que había empezado a sangrar—. Ella…

—Así es… —mintió descaradamente, haciéndola sentir culpable— pues te mereces esto y más.

Taishō se quedó en silencio por un momento, recordando todo lo que había pasado. Recordaba el primer beso con InuYasha, la primera vez que tuvieron sexo y también cuando sintió que hicieron el amor, cuando los separaron, cuando tuvieron aquel primer gran pánico al creer que estaba embarazada y cuando volvieron a verse. Todo el camino vivido con Kikyō y el accidente, cuando ella se enteró, cuando la apuñaló… todo eso vino a ella y se preguntó si lo merecía. ¿Lo merecía?

¿Ella realmente lo merecía?

Su cuerpo cayó casi inerte al desgastado colchón. No sintió las manos de Kōga invadir su cuerpo o sus palabras soeces insultándola. No podía dejar de pensar en su amor enfermo por InuYasha, en cómo le mintió a su ex amiga, en lo muy mierda que había sido. Y entonces las lágrimas empezaron a correr y ya no era por Kōga: era por ella.

Era por la clase persona en la que se había convertido, por aquella conducta asquerosa y abominable, por aquellos sentimientos románticos hacia su propio hermano.

¿En verdad era una ser humano tan asqueroso? Había pasado por encima de Kikyō, había metido a sus mejores amigos en problemas por pedirles que guardaran el secreto de su pecado. Un delicioso pecado.

Amaba a InuYasha con todas las fuerzas de su alma y no podía evitar el amor que sentía por él, por más que lo intentara. Y entonces había herido a mucha gente en el proceso. ¿Alguna vez se puso a pensar en Kikyō? ¿Alguna vez pensó en si Hishā habría estado derramando gruesas lágrimas mientras ella estaba sintiendo a su hermano dentro?

Miraba fijamente a la cámara, porque era como si le confesara con la mirada todo lo que estaba pensando. Si su castigo por todo lo que había hecho era dejar que Kōga la violase por fin, entonces debería aceptarlo.

¿Era necesario aceptarlo para redimirse? ¿Con eso pagaría todo el daño que había causado?

Volvió a en sí cuando sintió un golpe seco en su cara.

—¡Reacciona, maldita perra! —Lo oyó gritar con odio, pero aún le parecía lejos. La había desnudado casi por completo, rompiendo su falda y blusa en el acto, lanzándola por quién sabía dónde, solo estaba en ropa interior. Ella no se inmutó, solo soltó un quejido de dolor—. ¡¿Sigues pensando en InuYasha?! ¡¿Aún cuando no tienes más opción que obedecerme, sigues humillándome?!

—Vale la pena… —pronunció lentamente, sintiendo ya su mejilla inflamarse por el reciente golpe. Su boca estaba sangrando—, ¿vale la pena que me hagas daño para saldar mi deuda moral con Kikyō?

—¿Qué?

Kōga se desconcertó. Así que la imbécil estaba pensando en ceder por creer que con eso pagaría, de alguna forma, lo que le había hecho a su prima. Soltó severa risa.

—¿Qué es tan gracioso? —Lo miró, y ya no parecía estar tan pasiva como antes.

—Yo siempre quise poseerte, tonta —se colocó a horcajadas sobre ella dejándole libres los brazos— pero no hay forma de que repares lo que le hiciste a Kikyō.

Kagome se llevó el dedo índice a la boca y cortó con sus dientes la uña, dejándola puntiaguda como un cuchillo. Su mente estaba maquinando y ella ni siquiera se daba cuenta.

—Entonces… —se preparó mentalmente para lo que haría y lo mentalizó, mirándolo directamente— Kōga, tú y yo —alzó la mano izquierda sigilosamente hasta tocar la mejilla masculina. Lo vio dudar por un momento y aprovechó para atraer el rostro de Ikeda muy cerca de ella, sin dejar de verlo como si fuera a besarlo— deberíamos…

—Kagome… —¿Al fin estaba aceptando amarlo sin hacer reclamos? ¿Al fin podría tenerla como siempre había querido? ¿Ya no era necesario matarla? Por un momento, por un momento podría vivir el sueño, con sus ojos cerrados, él…

—¡Ver quién vivirá más tiempo!

Fue certero. Fue perfecto. Kagome clavó hasta el fondo la uña deforme que hacía poco había cortado con los dientes. Fue directo al ojo, increíble. Cerró los suyos propios cuando sintió la sangre caliente rodarle por las manos y luego retiró la extremidad.

—¡Aaaaah, maldita zorra! —No pudo evitar tirarse a un lado del colchón, con un dolor asqueroso apoderándose de todo su cuerpo.

Kagome aprovechó el momento para tirarlo fuera de la cama y lo más rápido que pudo, se inclinó a quitarse las cuerdas de los pies.

—Maldita sea… estos nudos no se…

—¡No creas que vas a escapar!

Kagome sintió la mano ensangrentada de Kōga ponerse sobre su pie izquierdo y en ese momento su mente le dijo que ya no saldría viva de ahí.

—¡No!


Tenía un tic nervioso, moviendo las piernas y comiéndose las uñas. No había parado de pensar en Kōga toda la tarde. ¿Era capaz de hacerle algo malo a Kagome? ¿Realmente era capaz?

Ese no era el Kōga que ella conocía, no era. Su primo siempre había sido un hombre amable y bueno, pero cuando lo vio a los ojos ese día, sintió el propio infierno arder en él. ¿Lo haría? ¿Realmente lo haría?

No dejaba de mirar aquella dirección que él le había dejado en la tarde. No podía parar de pensar. Sí, odiaba a Kagome, pero eso estaba más allá de ella. No podía permitir que eso pasara. Al menos debería confirmar que solo eran amenazas y nada más.

Debía hacerlo por ella y, aunque le costara aceptarlo, por Kagome.


—¡Suéltame, maldito! —las lágrimas ya habían cesado, porque ahora solo podía sentir terror. Seguramente moriría ahí, en ese maldito lugar. Su cuerpo tal vez jamás sería encontrado.

Le dolía mucho el hombro, la herida se había vuelto a abrir.

—¡Vas a pagar con tu vida, ya me cansé de juegos!

Se había quedado quieto mientras recuperaba su visión de un ojo. Ya no sentía el dolor punzante, era como si la mitad de la cara se le hubiera dormido. No tenía la misma sensación de fuerza en el cuerpo, pero podía apostar que acabaría con Kagome.

Se abalanzó sobre ella llevando el cuchillo que había preparado especialmente para esa ocasión. Todo ahí estaba lleno de sangre.

El forcejeo comenzó cuando Kagome advirtió los movimientos lentos de su atacante y logró detener el ataque con el arma, tomándole del brazo para que no llegara hasta su pecho. Jadeaba y se quejaba por el dolor de su herida. No sabía por cuánto tiempo podría estarlo soportando, pero lucharía por su vida hasta el último momento. Con ambas manos, se tuvo por fin de las extremidades masculinas que empuñaban el afilado cuchillo con todas sus fuerzas.

—No-no voy a morir aquí… —pronunció con dificultad. Casi podía sentir su carne abrirse en el hombro y sus músculos tensarse para seguir evitando el ataque. El sudor la estaba bañando.

—¡Cállate, maldita! ¡Acepta tu destino! —Infringió más fuerza con ambas manos. Kagome también se estaba defendiendo así.

«No sé cuánto tiempo más vaya a soportar este dolor. ¡Por favor, InuYasha, ayudarme!»

—¡Aquí moriremos los dos! —Su cabeza ya dolía por la presión que estaba haciendo y presentía que pronto iba a desfallecer.

Ya no le quedaban fuerzas para seguir.

—¡Eso vamos a verlo!

Todo sucedió casi en cámara lenta.

Kōga sacó el peso de su cuerpo de sobre la pierna libre de Kagome para colocarse en una mejor posición, en una en la que no tuviera que preocuparse por que ella lo pudiera patear; pero fue el peor error de su vida. Kagome logró meterle un rodillazo certero en las partes nobles, haciéndolo temblar.

Y así fue como Kagome Taishō, sin esperarlo, sin planearlo y sin medirlo, dobló sus manos al son de las de él e invirtió el ataque, enterrando el cuchillo en el pecho de Kōga Ikeda, quien con toda la presión que estaba haciendo para matar a Kagome, propició su propia muerte, cayendo ferozmente sobre aquella maldita arma.

Fue un par de segundos, pero Kagome pudo ver la expresión desfigurada de su agresor cuando la punta afiliada abría su carne y lo atravesaba. Fue espantoso.

Todo volvió a suceder en tiempo real y la sangre chispeó el rostro de Kagome, haciéndola gritar de pánico.

—¡No! ¡No, no, no, no! —se removió como pudo, viendo el cuerpo casi inerte caer sobre el cuchillo y enterrarse más, quedando boca abajo sobre la cama. Se escuchaban sus quejidos ahogados—. ¡No, no, Kōga! ¡Kōga!


La cena había estado deliciosa, pero Midoriko no había podido probar ni un bocado.

—No me siento bien. —Respondió, después de que InuYasha le preguntara por qué no había querido comer, por milésima vez.

—Mamá, dejé a Kagome en su departamento y estaba bien —intentó calmarla, mirándola pasivamente—, si quieres, puedo…

Se escuchó el timbre de la puerta y Midoriko miró allá con desesperación. Nadie más que una madre podía saber que sus hijos no estaban bien. Vio a su marido caminar rápidamente hacia la entrada y saludar a la recién llegada.

—¡Querida Sango, no te esperaba!

Tanaca cruzó rápidamente el pasillo hasta llegar a la sala. Se veía pálida. No saludó a nadie. Traía un semblante desesperado y decidido. InuYasha se levantó y pensó en que algo le había pasado con su embarazo o con Miroku… ese tonto.

—¡Hija, ¿pasa algo con tu bebé?! —Se levantó lentamente, mirándola con pánico.

—No es eso, Midoriko… —Sango estaba mal, al punto de las lágrimas.

—¡Dinos ya! —InuYasha no podía más con la desesperación que le dio de un momento a otro.

—Antes que nada, deben saber que… —tragó duro, ante la mirada expectativa de todos— Kōga lo sabía todo desde el principio y fue quien grabó a InuYasha y Kagome teniendo sexo en su departamento.

Les cayó un terrible balde de agua fría encima, sintiendo todo venirse abajo. Tōga desvió la mirada, con las palabras atoradas.

—¡Cómo que ese maldito…! —Lo sabía, siempre lo supo. ¡Esa rata infeliz de Kōga! Ese maldito infeliz—. ¡Lo mataré! —Comenzó a caminar rápido a la salida, mientras Tōga y su mujer se reunían sin poder controlar la forma violenta en la que sus cuerpos temblaban, sin poder aún procesar lo que Sango les acababa de decir. Sin poder hacer nada.

—¡Espera, InuYasha! —Le advirtió Sango, aún más desesperada.

—¡Sango, en dónde está mi hija! —Midoriko había empezado a llorar con fuerza, aferrada al cuerpo de la muchacha. No podía verla ya a la cara y no se trataba de que hubieran declarado la relación incestuosa de sus hijos, sino por toda la culpa que la estaba matando—. Por favor…

—Sango, por favor —Tōga también estaba mal, tomando a su mujer de los brazos.

—Creo que… —recordó el auto de Kōga con las puertas abiertas tan cerca del apartamento de su amiga. Kagome no estaba por ninguna parte, no contestaba el teléfono—. Creo que Kōga secuestró a Kagome.

Continuará…


Para decirles que calculé minuciosamente los capítulos para que justo en el 60, Kōga al fin estuviera muerto.