No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Isabella dejó caer sus compras en el vestíbulo antes de cerrar la puerta detrás de ella y activar su nuevo y elaborado sistema de alarma. Lo hizo no porque tuviera miedo de estar sola en su apartamento, sino porque le había prometido a su excesivamente preocupado marido que siempre, siempre trabaría todas las cerraduras y activaría la alarma tan pronto como llegara a casa.

Según su calendario, su período debería haber comenzado el día anterior. ¡Pero no había sido así! Así que considerándose a sí misma oficialmente con un retraso, había pasado por la farmacia en su camino a casa del trabajo y recogió un kit de detección temprana del embarazo.

Sacó la caja de su bolsa, la cual también contenía su suministro mensual habitual de tampones y compresas higiénicas, no había querido ser demasiado optimista, y se sentó en el sofá a leer las instrucciones. Parecía bastante fácil. Orinas en la punta, ves cuántas líneas aparecen después de varios minutos, y sé consumida por la alegría o la total devastación, dependiendo de tu situación específica. Podía hacerlo. No hay problema.

En el baño fue cuidadosa de seguir las instrucciones al pie de la letra. Dejó la prueba hecha en el borde del lavabo y la miró, el corazón intentando estrangularla, los ojos extrañamente adoloridos y el estómago haciendo volteretas por la anticipación. Una línea azul apareció, indicando que la prueba había funcionado correctamente.

—Vamos, línea número dos —dijo ella, las manos cerrándose en puños en el frío borde del lavamanos de porcelana mientras miraba el palito blanco—. Vamos, línea número dos. Vamos. Vamos.

Su visión se puso borrosa por las lágrimas cuando ninguna cantidad de persuasión hizo aparecer la segunda línea.

No estaba embarazada.

Se sentó en el borde de la bañera tomando calmantes respiraciones lentas. Sucederá, se dijo a sí misma. Sólo sé paciente. Siempre está el próximo mes. O el mes después de ése. O el mes después de ése.

Se envolvió el estómago que se apretaba con los brazos y se inclinó hacia delante. Tenía que decirle a Edward. Él querría saber, aunque la noticia no fuera lo que habían esperado. Deseaba que él estuviera con ella para poder decírselo a la cara. No, no era por eso. Deseaba que él estuviera con ella para que pudiera tomarla en sus brazos y le dijera que todo estaría bien. Pero estaba de gira con su banda. Y ella estaba aquí. Sola.

Botó la fallida prueba de embarazo a la papelera junto al inodoro y sacó el teléfono del bolso. Miró la hora para asegurarse de que él no estuviera en el escenario y luego llamó a su número.

Garrett, de toda la gente, respondió al tercer timbre.

—Hola, Isabella. ¿Qué haces? —dijo en tono de broma.

—Hola, Garrett. ¿Puedo hablar con Edward, por favor? —Listo. Sonaba perfectamente normal. No como si estuviera muriendo por dentro.

—Oh, está demasiado ocupado para hablar en este momento —le dijo Garrett.

—Dame el teléfono. —Oyó ella decir a Edward en el fondo.

—¿Ya estás embarazada? —preguntó Garrett.

El corazón de Isabella se rompió en mil pedazos e intentó hablar, pero el único sonido que se le escapó fue un ahogado sollozo. Lágrimas calientes corrieron por sus mejillas y sorbió ruidosamente por la nariz, jadeando por aire.

—No llores, cariño —dijo Edward en su oído.

—Mi periodo estaba retrasado... y pensé que quizás... así que hice una prueba de embarazo. —Inhaló una respiración calmante que fue cualquier cosa menos calmante—. Salió negativo.

—Tenemos suficiente tiempo —dijo él suavemente—. Seguiremos intentando.

—¿Cómo se supone que quede embarazada contigo lejos todo el tiempo? —Se odiaba a sí misma por decirlo en el momento en que las palabras salieron de sus labios.

No era culpa de él que ella tuviera treinta y cinco años y todos sus óvulos estuvieran resecos, defectuosas cáscaras incapaces de producir el hijo que él quería.

—¿Cuándo ovularás de nuevo? —preguntó él.

—Aproximadamente diez días. —Si sus estúpidos y ancianos ovarios eran siquiera capaces de ovular.

—Me subiré a un avión y estaré allí para aprovecharme de ti. Lo prometo.

Ella suspiró y se secó las lágrimas de los ojos con la manga de su chaqueta.

—Lo siento. No quise desquitarme contigo. Es sólo que me ilusioné tanto. —Y se había dado de bruces con la realidad por la falta de una simple línea azul.

Él se quedó en silencio durante un largo rato, y luego dijo:

—Isabella, tenemos que aceptar la idea de que es posible que nunca tengamos un bebé.

—No digas eso —espetó ella.

—Cariño, sé que no quieres oírlo y sólo puedo pensar en una cosa más maravillosa que tener un bebé contigo.

Ella no podía pensar en nada más maravilloso que sostener en brazos un niño que ella había hecho con el amor de su vida.

—No hay nada más maravilloso que eso.

—Sí lo hay —dijo él.

—¿Qué? —Si él decía que "tocar en vivo en frente a los fans", ella iba a meter la manos por el teléfono y lo iba a estrangular.

—Amarte por el resto de mi vida.

Sus ojos se inundaron con nuevas lágrimas, y la única respuesta que ella pudo lograr fue inhalar por la nariz.

—Eres mi corazón, Isabella. Estoy seguro de que tener un bebé sumará a mi amor por ti, pero nunca nada va a restarle. Contigo en mi vida, ya estoy bendecido más allá de la razón, así que está destinado que un bebé nos suceda, sucederá y si no es así, todavía nos tenemos el uno al otro. Eres más que suficiente para hacerme feliz.

Ella asintió, tan feliz de que su marido fuera bueno en estas cosas emocionales.

—¿Isabella?

—Sí —dijo ella.

—¿Me amarás menos si no puedo darte un bebé?

—¡Por supuesto que no! —¿Cómo podía siquiera preguntarle eso?

—Entonces, deja de torturarte.

—De acuerdo —dijo ella, un sentimiento de serenidad apoderándose de ella. Todo saldría bien para ellos tuvieran el regalo de tener un niño o no, porque se tenían el uno al otro. Se preguntó por qué no se le había ocurrido hasta que él se lo dijo—. Eres lo mejor que me sucedió jamás, Edward. Te amo.

—Yo también te amo. Ahora será mejor que descanses, porque en menos de dos semanas estaré de regreso en tu cama, follándote sin sentido y haciendo lo mejor para convertirte en madre.

Ella rió.

—Lo espero con ansias.

—¿Recordaste cerrar la puerta con llave y poner la alarma?

—Sí.

—¿Y ahora estás sonriendo?

Lo hacía. Él siempre la hacía sonreír.

—Sí.

—Bien. Puede que esta noche sea capaz de dormir.

Ella suspiró pensando por adelantado en pasar las próximas diez noches sola en su cama.

—Ya te extraño.

—Yo también te extraño. Llámame antes de ir a la cama.

—Lo haré.

Dijeron que sus te amo y sus adioses, y ella colgó. Acunó el teléfono contra el pecho y sonrió para sí. No pasaría mucho tiempo antes de que él llegara a casa y la llevara de regreso al paraíso. Y ni siquiera tendrían que salir de la cama para encontrarlo juntos.

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Un mes después...

Isabella apenas podía ver la pantalla de su teléfono a través de sus lágrimas de felicidad mientras le escribía un mensaje a su esposo.

Seremos padres.

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Ya terminamos la historia, nenes e.e que hermoso. Como siempre mil gracias por seguirme en esta locura de historia, saben que siempre busco compartir los libros que me encantan y que sé que les encantarán a ustedes!

Espero que tengan lindas fiestas y que siempre recuerden leer mucho!

No olviden dejar un lindo comentario y pasarse por mi grupo de Facebook 'Twilight Over The Moon'.

¡Nos leemos pronto!