Capítulo 64.

Múnich.

Tomando en consideración lo que ocurrió en el partido entre el Bayern Múnich y el Hamburgo, Rudy Frank creyó que llegaría a su casa directamente a dormir, pero una vez que estuvo en la comodidad de su habituación se dio cuenta de que no conseguía conciliar el sueño, a pesar de que el cansancio se había apoderado de cada átomo de su cuerpo. El equipo tuvo una jornada magnífica, no se podía negar, pero él estaba preocupado por Karl, quien no había dado señales de vida desde que se marchó del estadio para ir a buscar a Elieth Shanks. Cierto era que no se había marchado solo, otra vez ese portero esquivo del Hamburgo (o mejor dicho, ex portero) se había encargado de llevarlo a la estación de la Landespolizei, de acuerdo a lo que Karl le alcanzó a decir mientras iba de camino hacia allá, pero de cualquier manera era imposible que Rudy Frank, como padre abnegado que era, se preocupara por él.

Tratando de hacer el menor ruido posible, el hombre tomó su teléfono con la finalidad de llamarle a Karl, pero antes de que siquiera tuviera la oportunidad de encender la pantalla, una voz cortó el silencio de la noche.

– Espero que no estés pensando en marcarle otra vez a tu hijo –dijo Lorelei, desde la cama–. Ya es muy tarde y debe de estar dormido; déjalo descansar, mañana le llamas.

– No sé por qué tú no estás preocupada –replicó Rudy Frank, turbado por lo mucho que ella lo conocía, tanto que supo lo que iba a hacer antes de que tuviera la oportunidad de intentarlo–. No tenemos noticias de él desde hace horas.

– Nuestro hijo ya tiene edad para cuidarse solo –replicó Lorelei–. Vivimos en un país relativamente seguro, posee una patada con la cual puede partirle la espalda a cualquiera y no está solo, así que no tendría por qué preocuparme. Además, si pudo atravesar el país en auto con un esguince de cuello en recuperación, seguro que puede sobrevivir a un viaje a la estación de policía de esta ciudad estando en perfectas condiciones de salud. Me enternece que sigas viendo a nuestro Karl como un niño, pero ya es un adulto responsable de sus actos, querido.

– Supongo que lo es –admitió el entrenador, abochornado–. Pero también es cierto que lo voy a ver siempre como mi pequeño.

Lorelei se incorporó en la cama y se estiró para encender la luz de la lámpara de su mesilla de noche para ver a su marido parado junto a la ventana, con el teléfono aún en la mano.

– Entiendo que quieras saber qué ha sucedido, pero es muy tarde y Karl tuvo un día pesado –repuso la mujer–. ¿Cuántas veces le has intentado llamar? ¿Diez, veinte? Si no ha contestado no es porque lo hayan secuestrado, sino porque seguramente está descansando.

– Tal vez tienes razón –suspiró Rudy Frank y decidió capitular–. De cualquier manera, nada puede ser peor a lo que sucedió en el estadio, no hay forma en la que se vuelva a meter en líos en una estación de policía.

– Así es, querido –asintió Lorelei, mientras daba palmadas en la parte de la cama que estaba vacía–. ¿Por qué no vienes a dormir tú también? Buena falta te hace.

– De acuerdo –cedió Rudy Frank, dejando el teléfono en su propio buró para acostarse después junto a su mujer.

Esta vez no tardó en quedarse dormido, pues las palabras de Lorelei lo habían relajado: Karl-Heinz era un hombre adulto y como tal seguramente sabría hacerse cargo de cualquier situación que se le presentara.

Obviamente, cuando despertó a la mañana siguiente y se enteró de que Hedy Lims había atacado a Karl y a Elieth a las afueras de la estación de la Landespolizei, Rudy Frank puso el grito en el cielo. No sólo su hijo había estado en peligro (un poco exagerado el hombre, hay que decirlo), sino que había empeorado el escándalo que venía arrastrando el Bayern desde la noche anterior con la entrada de Elieth Shanks al campo. Los medios de comunicación se dividían entre darle cobertura a la paliza futbolística y a la paliza que Elieth le propinó a Hedy, según el vídeo que andaba circulando por las redes sociales y que Marie tuvo el tino de mostrarles a sus padres durante el desayuno. Rudy Frank comenzó a ser acosado por reporteros que querían que diera su versión de los hechos, aún cuando no tenía ni idea de qué había ocurrido. En esos momentos, hasta Lorelei tuvo que estar de acuerdo en que era necesario ponerse en contacto con Karl lo antes posible, pero éste seguía sin contestar el teléfono.

– ¿Ahora sí ya puedo preocuparme? –le preguntó Rudy Frank a su mujer, a la décima vez que la llamada se desvió al buzón de voz.

– Por supuesto –aceptó Lorelei, enojada–. Voy a darle una buena a ese niño cuando aparezca.

– Creo que lo mejor será que vaya a buscarlo a su departamento –señaló el señor Schneider–. No tiene caso que continúe intentando comunicarme por teléfono, es obvio que lo tiene apagado.

– Lo cual es lo más lógico, papá, todo mundo debe de estar buscándolo para que dé su versión de los hechos –señaló Marie, con sutileza–. Yo haría lo mismo estando en su lugar, me desaparecería por un tiempo mientras pienso en cómo hacerle para resolver el lío en el que me metí.

– ¿No deberías de estar en la escuela, jovencita? –la regañó el hombre.

– Ya casi me voy papá –respondió Marie, sin inmutarse–. No te angusties, que no estoy faltando a mis clases, aunque espero que nadie quiera acosarme en la universidad.

– Yo te llevaré, entonces –señaló Rudy Frank–. Si van a molestar a alguien por problemas relacionados al Bayern, que sea a mí y no a una de mis hijas.

Cuarenta minutos después, tras haber dejado a Marie en la universidad y asegurarse de que ningún reportero la acosaba (al menos en las afueras), Rudy Frank se dirigió al apartamento de soltero de Karl con la esperanza de que él estuviera ahí y le diera las explicaciones que le debía, no tanto porque sintiera que como hijo debía dárselas sino porque no podría apoyarlo como entrenador si no le contaba el asunto a detalle.

Karl, por su parte, tal y como Marie lo dijo, se había desconectado del mundo. En cuanto Wakabayashi lo dejó al pie de su edificio, el alemán apagó el teléfono y se metió a la cama en cuanto se comió una manzana para calmar el hambre, cayendo rendido casi al instante por el estrés y por el cansancio físico (aunque haya sido un partido relativamente fácil, sigue siendo una liga profesional y eso conlleva un esfuerzo físico extenuante). Si el joven apagó el teléfono fue porque ya tenía experiencia con ese tipo de situaciones y sabía que no tardarían en llegar las llamadas o los mensajes inconvenientes y no le quedaban ni cerebro ni energía suficientes para lidiar con eso, al menos no en ese momento (ni tampoco después, para qué hacerse el tonto, pero estaría más descansado y con más ánimo para aguantar), por no mencionar que el chat de su cuenta de Instagram comenzó a llenarse de comentarios no deseados. Además, era casi seguro que en cuanto Sho y Levin vieran el vídeo de Elieth y Hedy, no se aguantarían las ganas de hacer comentarios sarcásticos y/o burlones, algo que Schneider quería evitar el mayor tiempo posible.

Si bien el alemán creyó que dormiría todo el día, lo cierto es que su cuerpo acostumbrado a levantarse temprano hizo que se despertara mucho antes de lo que lo había planeado, además de que su estómago comenzó a rugir por comida (algo real, no una mugrosa manzana), así que no tuvo más remedio que salir de la cama para satisfacer esa necesidad.

– Menos mal que Elieth va a venir más tarde –se dijo en voz alta–. No tengo ganas de cocinar ni de pedir comida a domicilio, ya no hablemos de salir a comer a un restaurante, aunque sigo diciendo que mi plan de hacerme pasar por Enric Taylor podría funcionar.

Mientras se calentaba un café y se preparaba un par de sándwiches, Karl le echó un vistazo rápido a un periódico al que estaba suscrito desde hacía tiempo y que aún entregaba sus ediciones en físico (curiosamente esa suscripción la tenía gracias a que se la había regalado su padre), por lo que no pasó mucho tiempo antes de que se enterara del escándalo que se había creado en torno a Hedy Lims y al video en donde Elieth la hacía volar por los aires; había, además, un artículo detallado con imágenes a color de la intrusión que hizo la francesa al partido, que llamaba tanto o quizás más la atención que el juego en sí, aunque una goliza como la que el Bayern le dio al Hamburgo era algo que no se veía todos los días. Por si fuera poco, alguien aprovechó esta situación para sacar a colación la fama de mujeriego que el Káiser de Alemania cargaba sobre su espalda desde que alcanzó la mayoría de edad, y el que dos mujeres estuvieran "peleando por su amor" (si es que se le podía llamar "pelea" a lo que sea que ocurrió entre Elieth y Hedy) no hacía más que empeorar los rumores. Sin embargo, esto no era algo nuevo para Karl, él ya había esperado que una consecuencia lógica de los eventos entre Hedy y Elieth era que más de uno pensara que todo era culpa del "mujeriego más descarado de Alemania", como lo habían llamado alguna vez. Aún así, a Schneider le parecía surrealista que temas así fuesen del interés de los periódicos locales, pero estaba consciente de que el chisme vende, ya lo había comprobado con Blind en varias ocasiones. Tras echar un vistazo a lo que decía el periódico sobre el encontronazo entre las dos mujeres (que por fortuna no ocupaba la primera plana, ni que fuera esto una novela mexicana), Karl le dio un sorbo a su café hecho en microondas y tiró el periódico a la basura, al tiempo que se preguntaba si sería buena idea hacer lo mismo con el celular.

"La gente olvidará esto pronto", pensó Karl, tratando de darse ánimos. "Sólo basta señalar que olvidaron el lío que se hizo por ese primer beso que le dio Wakabayashi a Lily en aquel partido que se jugó hace meses… tras varias semanas de comentarlo, sí, es cierto, pero lo olvidaron al fin y al cabo. ¿O no? Lo mismo sucederá con esto, sólo es cuestión de aguantar".

Además, había otro asunto en el cual debía pensar: ahora que se habían arreglado las cosas con Elieth, tenía que enfocarse en las demandas contra la Paulaner y contra el reportero de Blind. Otto Heffner iba a tener mucho trabajo en las próximas semanas y Karl debía estar enfocado en eso también si quería que el asunto llegara a buen término. Después de todo, iba a atreverse a ir en contra de uno de los patrocinadores más fuertes del Bayern Múnich, pero se trataba de una cuestión de principios y de dignidad. Si él, que tenía cierta influencia en el club, no alzaba la voz contra la injusticia de la que fue partícipe, ¿qué sucedería con otros jugadores con menos autoridad que se vieran en su misma situación? Schneider tenía que llevar esa demanda hasta sus últimas consecuencias aunque le preocupaba una cuestión importante: ¿Cómo quedaría su relación con el club al final de este lío? No había manera de anticiparlo pero probablemente no saldría bien parada, al menos sí sería incómodo para Karl el tener que participar en futuros promocionales con la Paulaner. Y más si Hedy Lims seguía siendo la imagen de la cervecera.

"A todo esto: ¿cómo le habrá ido a Lims con el vídeo que anda circulando por ahí?", se preguntó Schneider. "No creo que eso le deje una buena imagen ante la Paulaner". Como era de esperarse, tuvo el impulsivo deseo de encender su teléfono o su computadora personal para buscar información al respecto. Si a él le estaba lloviendo en los periódicos por mujeriego, no se imaginaba la que habría de estarle cayendo a Hedy por agresora. Y a Elieth por haberse metido al partido, había que decirlo, aunque Schneider estaba seguro que a ella le importaría un carajo lo que los medios hablaran sobre ella. Además, había quedado peor parada Hedy, pues no sólo se había autoproclamado como su novia oficial, cosa que ya se había comprobado que era falsa, sino que también había quedado como la atacante que salió mal librada de su maldad y ésas eran el tipo de cosas que el Internet no perdonaba, la gente disfrutaba cuando alguien recibía su merecido. Si Karl resistió la tentación de buscar lo que deseaba saber fue porque de verdad quería desconectarse de eso por lo menos por ese día.

"Porque de cualquier manera no me voy a librar de este lío, sin importar lo que haga", pensó, ya resignado con su destino.

En estos pensamientos estaba cuando alguien tocó con insistencia el timbre de su departamento. Lo primero que Karl pensó fue que algún reportero había logrado colarse hasta ahí así que decidió fingir que no estaba en casa, aunque le preocupaba la cuestión de que detrás de ese reportero insistente viniesen otros más y se preguntó si debía llamar a la policía para que los contuviera. "No, a la policía no, ya tuvieron bastante de mí por un buen tiempo", pensó, mientras esbozaba una mueca de burla. Pero podría contratar a algún guardia privado o algo similar, alguien que alejara a los intrusos, era una mejor idea que tener que verles las caras a los pobres agentes de la Landespolizei.

– Abre, Karl-Heinz, soy yo –gritó Rudy Frank, desde el otro lado de la puerta–. Quiero saber si estás bien.

Era evidente que el entrenador se dio cuenta de que Karl podría pensar que se trataba de una visita no deseada, o quizás quería darle tiempo a su hijo para prepararse en el caso de que no estuviera solo. Al escucharlo, Karl soltó un suspiro de alivio y se apresuró a abrirle; Rudy Frank experimentó un consuelo similar al ver que su hijo estaba bien y entró al departamento sin tardanza para que Karl cerrara la puerta otra vez, pues estaba consciente de que, aunque en ese momento todo estaba tranquilo, podría haber algún impertinente escondido por ahí.

– Me alegra saber que estás a salvo, hijo –señaló Rudy Frank, mientras Karl lo conducía a la cocina–. ¿Estás solo? Te he estado llamando desde anoche pero no has respondido a mis llamadas así que comenzaba a preocuparme un poco.

"Un poco" se quedaba corto, pero Karl no tenía por qué saber que su padre casi se trepa por las paredes por culpa de la angustia.

– Sí, estoy solo, aunque más tarde vendrá Elieth –contestó Karl, experimentando cierta vergüenza–. Y lo siento, apagué el teléfono por bienestar mental. Desde la madrugada anda circulando por las redes un, eh, cierto vídeo comprometedor que iba a ocasionar que comenzaran a llegarme mensajes no deseados de parte de mis compañeros de equipo, además de que mi Instagram por poco revienta con las notificaciones.

– ¿Hablas de ese vídeo en donde tu novia le aplica una llave a Hedy Lims? –El señor Schneider no pudo reprimir la sonrisa.

– Así que ya lo viste tú también –suspiró Karl, más apenado todavía–. No debería de sorprenderme, seguramente fue Marie quien te lo mostró.

– Si no hubiera sido ella, me lo habría hecho llegar alguien más –señaló Rudy Frank–. Algunos de mis colaboradores me lo han reenviado y es difícil ignorar tantos mensajes.

– Ahora entiendes por qué apagué el teléfono –bufó Karl–. Si a ti te están enviando eso, no quiero imaginar lo que han de estar mandándome a mí. Aunque debí de haberte avisado que logré salir con vida de la estación de Landespolizei antes de apagarlo, lo lamento, pero estaba tan cansado que no se me pasó por la mente.

– Está bien, lo entiendo –dijo el entrenador–. Lo importante es que estás bien, pero debo decirte que las cosas allá afuera están bastante movidas, por decirlo de alguna manera.

– ¿Es tan malo como parece? –preguntó Karl, e hizo una mueca.

– Creo que tú mismo ya tienes una idea bastante clara de lo malo que es –respondió Rudy Frank, mientras rechazaba el medio sándwich que Karl aún no consumía–. Ya tienes bastante experiencia en este tipo de situaciones así que cualquier cosa que te diga estará de más, este asunto es un desastre combinado y como tal va creciendo cual bola de nieve que va cuesta abajo.

– Sí, ya me lo temía –suspiró Karl, tras lo cual continuó comiendo su sándwich–. Le he estado dando vueltas al asunto y cada vez me convenzo más de que no voy poder ignorar esta situación o dejaré mal parado al club, a Elieth y a mí mismo. Con echarle un vistazo al periódico me enteré de que otra vez se dispararon los comentarios sobre mi fama de mujeriego y ciertamente lo que ocurrió entre Eli y Hedy no ayuda a mitigarlos, así que mucho me temo que tendré que hacer alguna declaración para calmar un poco las aguas.

– ¿Qué estás pensando hacer? –quiso saber Rudy Frank.

– No lo sé exactamente. –Karl se encogió de hombros–. Una conferencia de prensa me parece excesiva, pero una declaración en las redes sociales me resulta frívola e impersonal.

– Hmmm. Tal vez una entrevista corta y breve con alguien reconocido del medio, que no sea tu novia, podría ser la mejor opción –señaló Rudy Frank, haciendo énfasis en la palabra "novia"–. No faltará quien quiera saber tu opinión con respecto a lo que la señorita Shanks hizo en el partido y con lo que la señorita Lims hizo después de éste. Sólo faltaría escoger al periodista más adecuado para que te dé los medios necesarios para dar tu punto de vista y aclarar esas dudas.

– Ésa es la mejor idea que he escuchado últimamente –señaló Karl, llevando el plato sucio al fregadero–. Sólo tendría que decidir a qué periodista elegir.

– Seguramente en cuanto enciendas tu teléfono recibirás la llamada de más de un reportero, basta con escoger al que tenga mejor reputación –añadió el entrenador Schneider–. Y si no te contacta alguien decente, ya nos encargaremos de localizarlo nosotros.

– Gracias, papá, pero aunque agradezco tu idea, creo que yo debo de buscar por mi cuenta a la persona adecuada –negó Karl–. Suficiente es que me crean un mujeriego que "no sabe controlar a sus mujeres" como para añadirle el nepotismo al asunto.

– ¡Pero en este caso estaría justificado! –rio Rudy Frank–. Después de todo sigo siendo el entrenador del equipo en donde juegas.

– Esto es más un asunto personal que uno del equipo –replicó el muchacho–, así que debo hacer las cosas solo.

– De acuerdo, en esto sí tengo que darte la razón –cedió el señor Schneider, después de pensarlo unos instantes–. Como bien has dicho, no es un asunto del club y tú ya tienes edad suficiente para arreglar tus problemas sin mi ayuda. De hecho, ha sido así desde que tienes catorce años, pero por algún motivo insisto en querer hacer lo que pueda por ti, a pesar de que tu madre constantemente me señala lo tonto que me veo al preocuparme en exceso por tu bienestar.

– No eres tonto, entrenador, es lo que los padres hacen por los hijos, me parece –sonrió Karl–. Es probable que algún día yo llegue a ser igual con mis propios hijos. Y de verdad que te agradezco que estés aquí apoyándome, papá.

– No tienes por qué. –El entrenador desvió la mirada para no convertir la situación en algo cursi–. Pero al menos te pido que me informes a qué reportero le darás la entrevista.

– Por supuesto –asintió el joven–. Incluso te daré un adelanto general de lo que diré.

– Muy bien. –Rudy Frank comenzó a caminar hacia la puerta–. No te quito más tiempo entonces, que debes alistarte para recibir a tu novia. De todos modos yo ya cumplí con mi objetivo, que era saber si te encontrabas bien.

– A la próxima no te haré esperar tanto –señaló Karl, acompañándolo–. Y si ves a un reportero en la calle, dile de favor que me he ido a la Patagonia.

– Espero no tener que llegar a ese extremo –rio Rudy Frank–. Ah, antes de que lo olvide: tu madre sigue esperando a que lleves a la señorita Shanks a comer, así que más vale que aproveches esta ocasión para hacérselo saber. Porque damos por hecho que, considerando lo que sucedió ayer, ustedes dos están juntos oficialmente.

– Algo así. –Karl se rascó la oreja, inquieto–. Y no he olvidado ese asunto de llevar a Elieth a casa, pero con tanto lío no ha habido oportunidad de planearlo. Además, también hay que tratar con ella el asunto de su contrato en el Bayern, el cual tendrá que cambiar debido a las circunstancias.

– Sí, también he pensado en eso –suspiró el entrenador–. Pero lo trataremos a su debido tiempo.

En cuanto el hombre se fue, tras asegurarse de que no había moros en la costa, Karl se dispuso a darle una pequeña arreglada a su apartamento, así como asegurarse de que su cocina funcionaba adecuadamente para no tener sorpresas a la hora de recibir a Elieth. Cuando pasó por su dormitorio, en un impulso cambió las sábanas y el cubrecama y se aseguró de tener condones a la mano, no demasiado visibles pero sí al alcance por cualquier eventualidad. No pensaba presionar a Elieth para hacer algo que no quería, ni siquiera se lo iba a sugerir, pero con ellos nunca se sabía.

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Como continuaba lesionado, Kaltz no tenía necesidad de presentarse cuanto antes en las instalaciones de su club, sobre todo porque el escándalo por la destitución de Zeeman había llevado las cosas al límite. Al alemán no le gustaba la idea de mantenerse alejado cuando se estaba gestionando una crisis tan grande en el equipo, pero su presencia no serviría para calmar los ánimos de nadie y, por el contrario, se arriesgaba a ser cuestionado por cosas que no hizo, como jugar en el partido. Así pues, decidió que quedarse un par de días más en Múnich al lado de Bárbara no le haría daño a alguien y que sólo regresaría a Hamburgo de urgencia si el nuevo entrenador lo mandaba llamar antes, en el caso de que la directiva encontrara pronto a un nuevo entrenador, claro está.

– A mi parecer, se tardaron mucho en correr a Zeeman –comentó Bárbara, mientras leía las noticias por encima del hombro de Kaltz. Ella acababa de regresar del hospital y comía de buen ánimo la comida que él había comprado para compartir–. A estas alturas ya no tiene caso tapar el pozo una vez que se ha ahogado el niño.

– Supongo que no –aceptó Kaltz–. Pero es peor no taparlo nunca y que se ahoguen los demás que quedaron vivos.

– Vaya, qué profundo me saliste –se burló Bárbara–, no te conocía esas dotes filosóficas.

– Ya ves –dijo Hermann, con actitud burlona–. Es lo que sucede cuando destrozan a tu equipo sin piedad y tú no puedes hacer nada más que verlo desde las gradas.

El alemán se preguntaba a quién elegiría la directiva como nuevo entrenador; se habían barajado varios nombres pero ninguno sonaba con más fuerza que los demás, aunque a esas alturas lo que importaba era que Zeeman no estaría ya al mando del equipo. La tardanza de la directiva en correr al técnico, aunado a que nadie podía señalar un posible sustituto debido a que no había rumores reales sobre quién podría ocupar el banquillo, le daban a entender a Kaltz que si Zeeman tardó tanto en ser despedido no fue porque la directiva confiara plenamente en él, sino porque simplemente no tenían a otra persona a quién poner en su lugar. En el pasado, cuando el Hamburgo estaba cubierto de gloria, varios fueron los entrenadores que se disputaron el lujo de guiar al equipo, pero en la actualidad, en donde el Hamburgo no valía ni cinco pesos, ningún técnico conocido quería perder su tiempo con un club que no lo iba a llevar a nada. Con Wakabayashi las cosas habían sido distintas, pero ahora que él se había ido, el equipo estaba yéndose a pique. No sin cierta sorpresa, Kaltz tuvo que aceptar que a la directiva le resultó más fácil sustituir a un portero, cuyo reemplazo ya estaba jugando en el club, que meterse en el lío de buscar a otro técnico que quisiera hacerse cargo del equipo.

– ¿De verdad crees que tú solo habrías podido hacer la diferencia? –preguntó Bárbara, con total seriedad–. ¿Algo que evitara que el Bayern los moliera a patadas, literalmente?

– No –reconoció Kaltz–. Como dije ayer, hay que ser honestos y aceptar las cosas como son, yo solo no habría podido detener a Schneider, no hablemos de los otros dos, es decir, Sho y Levin. Este Hamburgo está mal desde hace tiempo pero me había negado a verlo, Babs.

– ¿Y qué piensas hacer ahora que ya te diste cuenta de las cosas? –quiso saber la pelirroja–. Porque supongo que no vas a quedarte de brazos cruzados.

– Sé que debo preocuparme más por mi futuro profesional que por el equipo y que si quiero convertirme en un futbolista de alto nivel tengo que hacer lo mismo que Gen y que el viejo Schneider, es decir, comenzar a buscar nuevos horizontes. –Kaltz se rascó la cabeza–. Mi contrato expira en un año y entonces seré libre de buscar un nuevo club, pero todavía no he pensado a cuál me gustaría irme. O mejor debería decir que no sé qué equipo podrá interesarse en mí.

– Vamos, con tu capacidad es seguro que habrá varios que quieran contratarte –replicó Bárbara y frunció el ceño.

– Tal vez sí, tal vez no. –Hermann se encogió de hombros–. Pero una cosa es segura: yo no soy Gen ni tampoco el viejo Schneider, no tendré una larga lista de equipos peleando por mí ni me va a caer del cielo la oferta de un buen club.

– No menosprecies tus habilidades –lo regañó Bárbara, mientras le jalaba una oreja.

– ¡Auch! No las menosprecio, estoy siendo sincero –se rio Kaltz–. Pero de todos modos sólo necesito una buena oferta, me conformo con que a la hora de la verdad haya dos o tres clubes buenos interesados en mí.

– Suponiendo que pudieras elegir, ¿a qué equipo te irías? –preguntó Bárbara, tras unos instantes de silencio–. De cualquier parte del mundo.

– ¿De cualquier parte del mundo? –Hermann lo meditó durante algunos instantes–. Bueno, de entrada te digo que no quisiera irme de Alemania, no tanto porque sea mi país sino porque quiero ser un fiel representante del fútbol alemán y eso sólo lo conseguiré jugando aquí. Ahora bien, considerando el estilo de juego de cada club, creo que el Borussia Dortmund sería una buena opción para mí.

– ¿No preferirías irte al Bayern? –cuestionó Bárbara.- Es actualmente el mejor equipo de Alemania y uno de los mejores de Europa, sin duda que ahí apreciarían a alguien de tu nivel.

– No estoy muy seguro de que mi estilo se adapte al Bayern –fue la respuesta de Kaltz–. Además, vas a decir que estoy loco, pero me resulta más divertido enfrentarme al viejo Schneider que jugar con él.

– Ya empiezas a sonar como Wakabayashi. –Bárbara puso los ojos en blanco.

– ¿Qué quieres? Hemos sido amigos desde hace mucho tiempo. –Hermann volvió a reír–. A los tres nos gustaba ganar todos los torneos juntos, pero cuando Schneider se fue al Bayern, Gen y yo nos dedicamos a hacerle la contra porque nos emocionaba la idea de enfrentarlo y vencerlo. Quizás por separado no podríamos contra él, pero unidos teníamos una oportunidad. Sin embargo, ahora que es altamente probable que Gen se vaya al Bayern junto a Schneider, no me queda más remedio que buscar a otro compañero con el cual aliarme para enfrentarlos, porque si me fuera al Bayern no podríamos hacer el trío que teníamos en el Hamburgo.

– ¿Y por qué no? –insistió Bárbara, mientras repartía su última porción de pollo con Kaltz–. Segura estoy que a ellos les gustaría tenerte de compañero.

– Porque Sho y Levin se acoplan al viejo Schneider mejor que yo –aclaró Hermann–. Esos tres forman un grupo muy difícil de vencer, ningún entrenador desarmaría ese trío para introducir a un nuevo jugador. Por eso creo que el Dortmund es una buena opción para mí, porque ahí juega Teigerbran y tal vez podríamos acoplarnos mejor. Sin embargo, tendría que hacer algo con su nombre, ¡Schweil Teigerbran es demasiado largo como para gritarlo a medio partido!

Bárbara se rio y le dio un leve jalón de oreja a Kaltz, tras lo cual lo besó con ternura en la frente.

– Sea a donde quiera que te vayas, yo te apoyaré incondicionalmente –declaró ella–, que de eso no te quede duda. Y estaré esperando con ansias el día en el que te enfrentes a Schneider y lo derrotes.

– Gracias, Babs, por confiar tanto en mí. –Él la miró con mucho amor–. Y ya que estamos hablando de Schneider, ¿sigues creyendo que él mentía con respecto a Hedy Lims?

– Pues no –contestó ella, sin inmutarse–. Sería una necia si lo siguiera creyendo. No me puedes culpar, yo conozco a Elieth desde hace mucho pero de Schneider tengo más presente su fama de mujeriego. Que ahora sé que es injustificada, pues, pero es la imagen que tenía de él y me dejé llevar por eso y por el hecho de que ella es mi amiga.

– Sí, es curioso que lo tomen por mujeriego, cuando nunca ha hecho algo para ganarse esa fama –admitió Kaltz, pensativo–. Pero pudiste haberme hecho caso y darle el beneficio de la duda.

– Ya será para la próxima –bromeó ella–. Hablando en serio, no creas que no estoy arrepentida de haber juzgado a Schneider tan a la ligera, le he mandado un mensaje disculpándome por avivar el fuego entre Elieth y él pero no me lo ha respondido.

– Lo más seguro es que tenga apagado el teléfono, es lo que yo haría estando en su lugar –señaló Kaltz, tras lo cual sonrió–. ¿De verdad te has disculpado con él?

– Es lo mínimo que podía hacer. –Bárbara se encogió de hombros–. A mí también me juzgaron sin conocerme y yo cometí el mismo error con Schneider, aunque las pruebas le jugaron más en contra a él que a mí.

– Pero has sabido reconocer tu falta. –Kaltz le acomodó un mechón de pelo rojo–. Ésa es mi chica.

Ella le metió un trozo de pollo en la boca, el último que quedaba en su plato, para ocultarle el hecho de que la hizo ruborizarse. Bueno, que no había hecho gran cosa más que disculparse y probablemente Schneider ni siquiera se tomaría a mal el asunto, pero el hecho de que Bárbara quisiera reparar su error decía mucho sobre su personalidad.

– ¿Entonces no debo preocuparme por el hecho de que Schneider siga sin responderme? –indagó Bárbara, después de un rato.

– No lo sé –contestó Kaltz–. ¿Qué opinas tú?

– Bien, tú lo conoces mejor, es tu amigo desde hace muchos años –replicó la pelirroja–. ¿Es normal que desaparezca así cuando las cosas se ponen pesadas con la prensa?

– Pues, sí, es normal para él –asintió Kaltz, pensativo–. Cuando la prensa lo ataca, él simplemente la ignora y se desaparece durante unos cuantos días, o deja de entrar a sus redes sociales para evitar un mal rato. Dejémoslo descansar por hoy y si mañana no responde, iré a visitarlo antes de volver a Hamburgo.

– Muy bien –aceptó Bárbara, más tranquila–. Creo que en los próximos días Schneider va a necesitar de todo nuestro apoyo, tanto él como Elieth, pues les están lloviendo las críticas por los muchos escándalos que protagonizaron ayer.

– Parece como si se hubieran puesto de acuerdo para hacer en una noche todo lo que no hicieron en varios meses –se mofó Kaltz–. El viejo Schneider siempre se ha preocupado por mantener una buena reputación tanto fuera como dentro de la cancha y todo se le fue al carajo en un par de horas.

– En parte fue culpa de Elieth y en parte de Hedy Lims –señaló Bárbara–. A quien también le está lloviendo sobre mojado, por cierto.

– Sí, pero a nadie le importa –replicó Hermann–. Ella sola se buscó todo lo que le está pasando.

– Igual que el imbécil de Blind –asintió Bárbara–. Aún así, me siento un tanto miserable por sentir satisfacción por el hecho de que a esos dos le esté yendo tan mal. Digo, tampoco soy una santurrona, pero les va a costar trabajo que alguien los apoye en estos momentos y por experiencia sé que eso también es malo.

– No te sientas mal por eso, Babs –le pidió Kaltz–. Te aseguro que habrá quien quiera volver a darles trabajo a esos dos, nunca falta el que se quiere colgar de la fama de alguien, aun así sea negativa, para llamar la atención y esos dos van a llamar la atención de la gente durante mucho tiempo.

– Supongo que tienes razón –admitió ella.

En esos momentos Kaltz recibió un mensaje de Amaruso, quien le decía que se había enterado del rumor de que la directiva estaba planeando darle salida a Ëkdal para el mercado de fichajes de verano, pero Hermann estuvo lejos de creérselo: sin un entrenador nuevo, no había razón para que el club quisiera deshacerse de un jugador, ya que el 99% de las ocasiones en las que un futbolista abandonaba un club por decisión ajena a la suya era porque el entrenador ya no contaba con él, tal y como había sucedido con Genzo. Así pues, por más ganas que tuviera de actuar a lo Mauro Icardi y bajarle la novia a un (ex) compañero, era poco probable que Alder hiciera sus maletas pronto para abandonar Hamburgo. Además, tras el descalabro ocurrido con la partida de Wakabayashi, el club no se arriesgaría a dejar fuera a otro jugador que a la larga podría ser importante. No quedaba más que esperar a que llegara el nuevo técnico para saber realmente a qué debía atenerse el equipo entero.

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A media tarde, justo cuando Elieth terminaba de cocinar lo que ella y Karl habrían de comer, la Paulaner dejó caer otra bomba a través de un comunicado: Bernard Brunt, el director de relaciones públicas entre la Cervecera y el Bayern Múnich, fue cesado provisionalmente de su puesto sin goce de sueldo. El motivo quedaba muy claro en el comunicado: había pruebas contundentes de que Brunt había abusado de su autoridad para manipular a uno de los jugadores del Bayern (y no a uno cualquiera, sino al mismísimo Káiser de Alemania) para que acudiera a una cena con una tercera persona que no tenía nada que ver con el patrocinio que había entre ambos consorcios, lo cual estaba poniendo en riesgo esta colaboración. El CEO del Grupo Paulaner estaba comprometido a llevar la investigación sobre abuso de poder hasta sus últimas consecuencias y a castigar a quienes resultasen responsables; así mismo, anunció que ellos se deslindaban de cualquier decisión tomada por Brunt a nombre del consorcio. En el mismo comunicado, el CEO anunciaba que el puesto de Brunt sería ocupado provisionalmente por Paula Waxweiler, quien se encargaría de "reparar los lazos entre el Bayern Múnich y la Paulaner, los cuales fueron dañados por el abuso de confianza perpetrado por Brunt".

Casi nadie sabía a ciencia cierta qué era lo que estaba sucediendo pero no pasó mucho tiempo antes de que alguien relacionara este suceso con la cena que Hedy Lims tuvo con Karl Heinz Schneider días atrás, a pesar de que no se hubiera mencionado el nombre de la modelo en el comunicado. Y luego, sin que nadie supiera a ciencia cierta quién o cómo filtró la información, se empezó a correr el rumor de que el Káiser había demandado a la Paulaner por abuso de poder y de tergiversación de contrato, aunque nadie podía confirmar esto. Las ya de por sí atascadas redes sociales de Schneider llegaron al tope con preguntas relacionadas a dicha demanda pues más de uno quería saber si era cierto.

– Mira, hasta a mí me están preguntando si es verdad –comentó Elieth, mientras Karl la miraba con el ceño fruncido-. Están desesperados por conocer la realidad detrás del inesperado comunicado de la Paulaner.

– Me gustaría saber quién filtró la información de la demanda, pocas personas lo sabían y yo no lo había hecho público –gruñó Schneider.

– Es obvio que lo hizo alguien dentro de la cervecera –replicó la francesa–. Alguien que quiere ver el mundo arder o que quiere tumbar definitivamente a ese baboso del puesto.

– O las dos cosas –aceptó Karl.

Mientras estuvo preparando la comida, ella le contó a Schneider el desenlace de la novela dramática titulada "Fui atacada por la acosadora de mi macho a las afueras de la Estación de Policía": tras mucho papeleo inútil, la burocracia inherente a cualquier oficina de gobierno y declaraciones varias, la denuncia contra Hedy Lims quedó finalmente establecida y se fijó una fianza para la mujer. Elieth no estaba segura de qué había ocurrido después, ya que se marchó en cuanto hubo concluido el asunto, pero se enteró de que a primeras horas de la mañana alguien llegó a pagar la fianza de Lims, con lo cual la modelo había quedado libre. La reportera no tenía idea de quién había pagado la fianza, sólo estaba enterada de que a partir de ese momento a la Lims se la había tragado la tierra; al parecer, Karl no era el único que no quería saber nada de las redes sociales por ese día, sobre todo porque el post explosivo de Cassandra Pedraza Larreta estaba haciendo estragos en la ya dañada reputación de Hedy. Por supuesto, era imposible que no se le ligara a Schneider con esto, lo cual no hacía más que incrementar el escándalo del que era víctima.

– De verdad que el mundo no me va a dar una tregua ni siquiera el día de hoy, no salgo de un problema para entrar a otro –gruñó Karl.

– Mejor dicho: estás metido en varios líos a la vez –lo corrigió Elieth–. Y lo siento de verdad porque yo fui la causante de uno de ellos, el más pesado.

– Es cierto que tú causaste un buen lío, pero no fue ni de lejos el peor –negó Karl, con una sonrisa–. Brunt y Lims se llevan el título en ese rubro, meine Kleine.

– Y no es para menos –aceptó ella, tras lo cual se tomó de un golpe su copa de vino–. Y hablando de lo que hice ayer, lo he estado pensando mucho y creo que no sería correcto que continuara como corresponsal del equipo, no después de lo que hice en el partido, así que voy a presentar mi renuncia.

– ¡Oh! –exclamó Schneider, con las cejas muy alzadas por la sorpresa–. Vaya, ¿no crees que estás siendo muy extremista con esto? Es decir, estoy de acuerdo en que debe de haber alguna consecuencia por tus acciones pero la renuncia me parece extrema. A Lily la acusaron de traición al equipo y todavía así no la corrieron, no creo que tú debas irte por algo que se consideraría una falta menos grave.

– ¿De verdad? –preguntó Elieth–. Bueno, no estoy segura de que irrumpir en un partido sea "una falta menos grave" que besarse en público con el amor de tu vida pero, ¿qué crees tú que debería de hacer entonces?

– Quizás te sorprenda, pero hablé con mi padre al respecto hace rato –respondió Schneider–. Y los dos hemos pensado en que la mejor opción sería moverte a otra área.

– ¿A qué área, específicamente? –cuestionó Elieth, mordaz–. ¿A la de lavar los uniformes del equipo?

– En otras palabras, ya no serías la corresponsal de los encuentros del equipo varonil –aclaró Karl, divertido por su comentario–, sino que te harías cargo de los partidos de la rama femenil, algo similar a lo que se hizo con Lily cuando la directiva la puso a prueba.

– ¿Y qué, si me comporto podré volver a los partidos de los hombres? –soltó ella, con el ceño fruncido–. Suena a que tratan a la liga femenil como las "ligas menores", como si no les importara el que yo pudiera meterme a un partido ahí y arruinar las cosas.

– Más bien es por el hecho de que seguirías hablando de fútbol, que es tu especialidad, no porque no nos preocupe el equipo femenil –aclaró Karl–. Si lo prefieres podrías hacerte corresponsal del equipo de basquetbol.

– No, el equipo femenil estará bien –aceptó Elieth, resignada–. ¿Durante cuánto tiempo será?

– Esto es sólo una propuesta, el entrenador tendrá que hablar con la directiva y con tu aún jefe para determinar durante cuánto tiempo se tomará esta medida –explicó Schneider, sirviéndose más del asado que había preparado ella–. Yo no pensaba comentar el asunto hoy pero, dado que has decidido adelantarte a los hechos, opté por hacerlo antes de que tomaras una decisión precipitada.

– Entiendo –aceptó la joven, quien se quedó callada durante unos instantes antes de continuar–: En ese caso, esto es algo que se puede tratar después.

– Por supuesto –asintió Karl–. Por hoy, el mundo que se encuentra detrás de estas puertas se puede quedar ahí.

– En otras palabras, que se vaya mucho al demonio –se rio Elieth–. Eres demasiado cortés como para expresarlo en malas palabras, mi Emperador.

Ambos alzaron las copas y brindaron por ese pequeño pacto, el cual respetaron al pie de la letra sin sentir ninguna clase de escrúpulo, tan era así que, rato después, cuando la comida y el vino habían sido más que digeridos, Karl se dio cuenta de que su precaución de dejar los condones a la mano no había estado de más. Cuando Elieth llegó al departamento, ninguno de los dos había tenido en mente la posibilidad de tener relaciones sexuales pero en algún momento se dieron cuenta de que era absurdo comportarse con tanta timidez, no con toda la historia que tenían detrás, así que con una sola mirada ambos supieron que estaban deseando lo mismo, de manera que se dirigieron al dormitorio sin tardanza, mientras comenzaban a dejar piezas de ropa arrumbadas por el suelo.

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"Le deseé buen viaje a Wakabayashi en tu lugar", decía el mensaje de Leonardo. "Como sé que te mueres por saberlo, sí, él tenía ganas de que fueras a despedirlo, pero estaba resignado a que no lo harías. Por muy enojada que estés, hermanita, al menos apóyalo a la distancia, sigue siendo tu novio después de todo".

Lily miró por cuarta ocasión el mensaje de su hermano, preguntándose el por qué carajos la hacía sonreír el que él le dijera que Genzo había esperado que ella fuese a despedirlo al aeropuerto. Era inmaduro, lo sabía, pero no podía evitarlo, después de todo no era perfecta y tenía emociones muy humanas, tantas que eran la causa por la cual no podía dejar su orgullo de lado. En ese momento, Lily comenzaba a pensar que le había dado a Wakabayashi una prórroga muy larga, pues pasarían meses antes de que él pudiera volver a Alemania, más tiempo del que ella necesitaba para calmar su enojo. Sin embargo, ya era demasiado tarde para arrepentirse y por tanto se apegaría a su decisión. Quién sabe, quizás una separación larga era lo que ambos necesitaban para esclarecer si de verdad se amaban lo suficiente como para acoplarse a una relación así, una en donde él tuviera que viajar constantemente mientras ella lo esperaba en Múnich.

"Por supuesto que voy a apoyarlo", respondió Lily a Leonardo. "Trataré de ver la mayor cantidad de partidos posibles, siempre y cuando el trabajo y los horarios me lo permitan".

Sin embargo, aunque Múnich estaba a siete horas menos que Tokio, si Lily se levantaba temprano podría ver la mayoría de los juegos de Japón antes de que tuviera que irse a trabajar, o por lo menos aquéllos que fuesen a transmitirse en línea. La doctora dudaba que esto fuera a suceder, ya que había encuentros que serían insignificantes y por tanto no valdría la pena transmitirlos, pero contaba con que al menos pudiera ver los más importantes.

– Porque estoy segura de que Japón pasará la primera ronda –le dijo Lily a Káiser, quien ronroneaba con alegría–. Y los partidos de la segunda ronda sí que los transmitirán; por lo pronto, sé que el primer encuentro de Japón será de local contra Malasia a la 1 de la tarde, hora de Tokio, que serían las 6 de la mañana de aquí. Lo que sí es no tengo muy en claro cómo funcionan las rondas preliminares asiáticas, es un sistema clasificatorio muy complicado pero espero irlo entendiendo conforme vaya viendo los partidos.

"Y también espero que Genzo esté bien y que juegue sin problemas", deseó Lily de todo corazón. "Pues ir a los Olímpicos es uno de sus máximos sueños y yo de verdad quiero que lo cumpla. Sin importar lo que suceda con nosotros en el futuro, siempre voy a desear que Genzo Wakabayashi llegue al pináculo de su carrera y que cumpla con todas sus metas, ya que siempre voy a ser su más leal fan, sin importar lo que suceda".

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Tokio.

Volver a Tokio fue un buen bálsamo para Genzo Wakabayashi, cuyos ánimos de comerse al mundo habían vuelto a su punto máximo. El entrenador Kira había anunciado semanas antes que él formaría parte de los convocados oficiales y ya se había pasado la sorpresa que ocasionó el ver su nombre entre ellos, pues Kira había asegurado que no utilizaría a jugadores que estuviesen militando en el extranjero para jugar las preliminares asiáticas. En cuanto pisó tierras japonesas, Genzo dejó atrás el problema que tenía de no contar oficialmente con un equipo profesional y decidió enfocarse al cien por ciento en la Selección y en el compromiso que tenía por delante. Cerraría su mente a los problemas que le esperaban al otro lado del mar para darlo todo por la camiseta, aunque ciertamente había un "pequeño" problemita femenino que seguía molestándolo en un rincón de su cerebro, como una luz roja que estuviera prendiéndose cada determinado tiempo. Sin embargo, ese tipo de cuestiones nunca afectaban su capacidad así que el equipo podía estar seguro de que su "dios protector de Japón" jugaría al cien por ciento.

Al llegar a la concentración de la Selección, Wakabayashi tuvo que pasar por los análisis médicos de rigor y presentarse con el entrenador Kira, como era la costumbre. El técnico había reafirmado la decisión de contar con él en la portería para así poder usar a Ken Wakashimazu como delantero experimental, aunque, tal y como se había dejado en claro al momento de lanzar las convocatorias, Wakashimazu podría fungir también como guardameta en caso necesario. Sin embargo, el plan principal era proteger la portería de Japón con Wakabayashi bajo los palos, con lo cual Kira esperaba preocuparse menos por la defensa y más por el ataque.

– Es un plan bastante ambicioso poner a Wakashimazu como delantero, considerando que no tiene experiencia profesional en este ramo –comentó Kira a Hana, mientras se encargaban de algunos tediosos trámites obligatorios–. Pero confío mucho en él y en mi equipo en general, estoy convencido de que podremos salir adelante con la alineación que planeo utilizar.

– Totalmente, entrenador –asintió Hana–. Y, en caso de que algo falle, estará Misaki para respaldar el ataque, así que no debería de haber problemas.

– Vaya, pensé que mostrarías más confianza por Wakashimazu–. Kira no resistió hacer el comentario–. Sobre todo tomando en cuenta lo que sé acerca de ustedes dos.

– ¡Ah! –exclamó Hana y enrojeció–. Mis opiniones sobre los jugadores debe de ser siempre lo más imparcial y objetiva posible, entrenador, no tiene por qué influir mi interés personal en ellas. Sin embargo, eso no indica que no confíe en que Wakashimazu vaya a hacerlo bien.

– Está bien, sólo bromeaba –se rio Kira–. Pero sí, Misaki es el plan de apoyo en caso de que Ken no esté listo todavía para funcionar como delantero.

En la primera ronda eliminatoria, Japón se enfrentaría a Malasia, a Bahréin y a Tailandia, equipos que aparentaban ser fáciles y por tanto casi podría asegurarse que los nipones se llevarían la victoria en dichos encuentros. Japón pasaría a la segunda ronda si conseguía más puntos que sus rivales, en donde tentativamente podría enfrentarse a Australia y a Arabia Saudita. Sería contra ellos con quienes vendría la verdadera prueba, pues Australia era quizás el único rival real de Japón para conseguir la plaza en los Olímpicos por contar con un equipo muy fuerte, y tal vez también Arabia Saudita podría representar un problema ya que su capitán, el príncipe Owairan, deseaba con muchas ganas el llevar a su Selección a la justa olímpica. Sin embargo, había rumores fuertes que decían que Owairan no estaba en las mejores condiciones, pues estaba en la edad en donde se esperaba que comenzara a preocuparse más por las cuestiones de su reino que por el fútbol, ya que era el príncipe heredero y su padre no tardaría en cederle el trono. Si bien esto no estaba confirmado, al menos sí se sabía con seguridad que ésa era la razón por la cual Owairan no podía aspirar a jugar para un equipo profesional en Europa: su deber con el trono iba por encima de cualquier meta personal y por tanto no podía, ni debía, abandonar su país por un motivo egoísta.

– Aún así no debemos confiarnos con Arabia Saudita, sea que el príncipe esté en las mejores condiciones o no –señaló Kira–. Debemos jugar siempre con la mentalidad de que cualquier equipo puede darnos pelea.

– Por lo menos los australianos la darán –opinó Hana–. Los expertos nos sitúan junto a ellos como los candidatos que tienen más probabilidades de clasificar a los Olímpicos.

– Lo sé bien –dijo el técnico.

Tras unos minutos más de papeleo obligatorio, Hana se retiró para ir a cumplir con algunos mandados que le encargó Kira; en el pasillo se topó con Wakabayashi, quien venía saliendo del consultorio del médico. Tras los saludos de cortesía, Hana le preguntó a Genzo cómo le estaba yendo en Europa y él tuvo un ligerísimo titubeo que no pasó desapercibido para ella.

– No podría decir que me está yendo de maravilla, ciertamente –contestó Wakabayashi, con expresión neutra–. No llegué a un acuerdo con la directiva del Hamburgo por lo que no podré salirme del club hasta el mercado de fichajes de verano, así que no pude entablar conversaciones con otros equipos, tendré que esperar un poco más para buscar otras opciones.

– Entiendo –dijo Hana, decaída al principio aunque después intentó alentarlo–. Lo siento mucho, pero eso al menos eso te permitirá jugar con nosotros las eliminatorias.

– Sí, es verdad. –Genzo le sonrió–. Es un buen cambio, no lo voy a negar.

– A todos nos agrada contar contigo –aseguró Hana, contenta–. Nos sentiremos más tranquilos si sabemos que tendremos al SGGK en la portería.

– Gracias –asintió Wakabayashi, con tanta modestia como pudo, algo raro en él.

Hana caminó a su lado en silencio durante unos minutos, dudando en si atreverse a preguntar o no lo que tenía ganas de saber. Al final, decidió animarse a hacerlo.

– Perdóname si estoy metiéndome en lo que no me importa, Wakabayashi, pero, ¿cómo te va con la doctora Del Valle? –quiso saber–. Espero que hayas resuelto el malentendido que se generó a raíz de que empezaron a decir que yo era tu nueva novia.

– Hmmm. –Genzo hizo una mueca difícil de definir–. Sí se resolvió ese problema pero… mentiría si te dijera que todo marcha de maravilla con la doctora.

– Oh, ¿de verdad? –Hana se desilusionó–. ¿Qué sucedió?

– Cometí un error con ella y ahora estamos un tanto distanciados, por decirlo de alguna manera –respondió el portero–. Y tendré que esperar a que vuelva a Alemania para resolverlo ya que ella se ha negado a hablar conmigo de ese tema por el momento.

– Lamento mucho saber eso –expresó Hana, con total sinceridad–. Pero estoy segura de que sabrán resolver cualquier problema, por muy difícil que parezca.

– ¿Por qué estás tan convencida? –cuestionó Genzo, extrañado.

– Porque la doctora Lily parece ser una persona muy centrada –contestó Hana.

– ¿Y tú cómo sabes eso? –Él le dirigió una mirada sorprendida–. Es decir, sí, la doctora Del Valle suele ser una persona centrada, cuando no está enojada, pero, ¿cómo es que tú lo sabes?

– Ah, me parece que no te comuniqué que hace tiempo le envié un correo electrónico, cuando se corrió ese rumor de que tú y yo éramos pareja, para aclararle la situación y decirle que no había algo romántico entre nosotros –explicó Hana, avergonzada por creer que había sobrepasado el límite.

– Sí, algo me comentó ella en su momento –concordó Wakabayashi, al recordar que Lily sí se lo había contado–. Estaba muy asombrada por eso, no esperaba un comunicado tan cortés de tu parte.

– No quería que se lo tomara a mal –se justificó Hana–. El caso es que le mandé ese correo y ella me contestó de una manera muy amable. Fue tan agradable conmigo que decidí responderle y nos hemos estado comunicando a través de correo electrónico desde entonces.

– Ya veo –dijo Wakabayashi, francamente pasmado pues nunca hubiera imaginado que Lily y Hana hubieran estado enviándose mensajes en todo ese tiempo–. Me quedé con la idea de que la doctora sólo te había respondido una vez pero veo que no fue así.

– Sí –aceptó Hana–. Hablamos de cosas sin importancia pero me ha caído muy bien y siento que yo también le agrado a ella, así que me entristece saber que ustedes están distanciados. Sin embargo, como ya te dije, estoy convencida de que a la larga lo podrán superar, los dos son personas fuertes y decididas y hacen una gran pareja, a mi parecer.

– Gracias –respondió Genzo, sintiéndose reconfortado–. Ya pensaré en eso cuando esté de regreso en Alemania.

Aunque él no se lo hubiera expresado abiertamente, algo en su semblante le hacía ver a Hana que sus palabras lo habían alentado. Sin embargo, si bien la chica tenía ganas de saber qué había ocurrido exactamente, aceptó que eso era un asunto de ellos y que no tenía derecho a intervenir, así que se limitaría a escuchar a Genzo en el remoto caso de que él quisiera tocar el tema.

Cosa que no iba a suceder, por supuesto, porque Wakabayashi era demasiado reservado como para hablar de sus asuntos personales con cualquiera.

El primer partido que la Selección de Japón tendría sería contra Malasia en el (Nuevo) Estadio Olímpico de Tokio (N/A: Tardé tanto en escribir este fic que el bendito estadio ya está terminado). Jugar en casa sería un gran punto a favor de los japoneses, quienes como siempre esperaban contar con el apoyo de sus fieles aficionados. A los fans les entusiasmaba que Wakabayashi estuviese como titular en la portería, además de que tenían mucha fe en que el equipo consiguiera llevarse la victoria. Era cierto que jugadores de la talla de Tsubasa Ozhora, Kojiro Hyuga y Aoi Shingo no estarían en la alineación final, pero a cambio tendrían a las Tres M, es decir, a Taro Misaki, Hikaru Matsuyama y Jun Misugi para coordinar el plan de defensa y ataque de Japón. Además, más de uno tenía curiosidad de saber cómo funcionaría tener a Wakashimazu como delantero, pues aunque éste ya había jugado en esta posición en otras ocasiones y partidos amistosos, la verdadera prueba vendría en estas eliminatorias.

En el vestuario, tras las indicaciones de rigor, la Selección en pleno junto con el entrenador y sus asistentes formaron un corro y se tomaron de las manos, con la idea de darse ánimos para la aventura que estaban a punto de comenzar.

– ¡Hoy comienzan para nosotros las preliminares asiáticas de las Olimpiadas de Madrid! –exclamó Kira, con energía–. ¡Nosotros, con toda seguridad, ganaremos nuestro boleto! ¡Ganaremos a cualquier precio!

– ¡Sí! –contestaron los demás, al unísono.

– ¡Con toda seguridad ganaremos! –gritó Taro Misaki, a su vez–. ¡Nosotros debemos ganar!

En ese momento dieron la indicación de que los once titulares debían salir al campo de juego. Y la Selección Japonesa daba ya el primer paso en el misterio.


Notas:

– Hasta el momento, Kaltz no ha mencionado en el manga que vaya a cambiarse de equipo; sin embargo, a mi parecer él merece estar en un club mejor y por eso puse que está pensando en buscar otras opciones. El haber sugerido el Borussia Dortmund como posible alternativa es una elección personal, basándome en la interacción que han tenido Teigerbran y Kaltz en el Rising Sun y en el hecho de que sería difícil para Kaltz hacer dupla con Schneider en el Bayern debido a la presencia de Sho y Levin.

– Cuando Takahashi escribió el Golden 23, los equipos asiáticos hacían rondas complicadas de partidos para elegir a los tres que irían a los Juegos Olímpicos; desde el 2016, son los tres primeros lugares de la Copa Asiática Sub-23 los que se clasifican a las Olimpíadas, pero como quiero apegarme lo más posible al manga y éste introdujo las antiguas rondas clasificatorias en la trama del Golden 23, seguiré esta línea para no alejarme de la historia.