Capítulo 65.

Múnich.

A Elieth no le hacía una maldita gracia el asunto.

Sabía que sus actos tendrían consecuencias y que debía pagar por ello, pero eso no significaba que le fuese a gustar la idea. De entrada, que Karl le comentara que era probable que la cambiaran de área la ofuscó más de lo que esperaba, no porque no se lo hubiera visto venir sino porque no le resultaba tan estimulante el fútbol femenino por una simple razón: se esperaba que en el área femenil hubiera mujeres encargándose de todo, mientras que una mujer en un mundo de hombres representaba un reto mayor por el machismo que imperaba en ese tipo de lugares y Elieth había conseguido labrarse una reputación de reportera en la Bundesliga varonil que quería seguir manteniendo. Sin embargo, gracias a su momento de estúpida debilidad, ahora eso estaba por irse al carajo.

– Bueno, no se ha ido al carajo, realmente, ni está cerca de hacerlo –fue lo que opinó Lily cuando Elieth le contó que Schneider le avisó que los altos mandos del Bayern Múnich estaban pensando en cambiarla a corresponsal del fútbol femenil–. En Sport Heute sigues haciendo reportajes sobre la Bundesliga varonil y tu cambio en el Bayern pinta para ser momentáneo, como lo fue el mío.

– Lo sé, pero me desanima el tener que hacerlo –replicó Elieth–. Sé que yo me lo busqué pero eso no evita que experimente mucha frustración. Ahora entiendo cómo debiste sentirte cuando te castigaron por haberte besuqueado con Genzo a mitad del túnel de los jugadores.

– Ésa fue una manera muy ruda de decirlo porque no fue como si nos hubiéramos agarrado a besos, él sólo me dio uno –la contradijo Lily–. Pero sí, me sentí igual que tú, frustrada porque sentí que estaba bajando de nivel. Sin embargo, sé que tú, al igual que yo, conseguirás darle la vuelta a este mal momento, sólo es cuestión de que aguantes lo suficiente.

– Sí, lo sé –suspiró Elieth–. Supongo que debo de tener suerte de que no me corrieran, aunque todavía pueden hacerlo.

– Si no lo hicieron la misma noche del partido, no lo van a hacer después –opinó Lily.

– Sigo creyendo que debería de renunciar en vez de esperar a que me despidan –comentó Elieth–. No quiero que a la larga se perjudique la reputación de los Schneider, la gente podría decir que están abusando de su poder en el club.

– Podría ser que eso suceda, no lo voy a negar, pero no creo que a alguien le afecte que sigas trabajando para el Bayern a pesar de lo que hiciste –replicó Lily–. No le robaste el puesto a otra persona, no perjudicaste a alguien ni por tu culpa se despidió gente, dudo que haya una persona a la que de verdad le importe que no te corran, con excepción de Hedy Lims. Además, tuviste que pagar una buena multa y ya lo hiciste, ¿no?

– En realidad la pagó Karl, pero estoy insistiéndole para que me permita regresarle el dinero –asintió Elieth–. Papá quería que esa sanción se eliminara también pero lo convencí de que no abusara de su poder diplomático.

– No debió ser sencillo convencer a Monsieur Shanks –sonrió Lily.

– No, no lo fue, pero por fortuna Leo estaba ahí y me ayudó a hablar con él –suspiró la francesa–. Muchas gracias por tus palabras, Lapinette, de verdad que agradezco tu apoyo.

– No tienes por qué agradecer, para eso estamos las mejores amigas –respondió Lily, tras lo cual se acercó a Elieth para jalarle una oreja–. Pero antes de que se me olvide: ¡Deja de decirle a la gente que yo te conté que Karl se iba a transferir al Borussia Dortmund!

– ¡Auch! ¡Pero si es verdad, eso fue lo que me dijiste! –exclamó Elieth con cierto dolor.

– No, no lo dije, tú lo entendiste así –gruñó la mexicana–. ¡Al menos podrías dejar de contárselo a todo el mundo!

– Se lo digo a la gente para distraer su atención y que no me cuestionen sobre mi acto estúpido –aclaró Elieth, mientras se sobaba la oreja–. Ya estoy harta de que sólo me aborden para preguntarme sobre eso.

– Debe ser pesado, pero estoy segura de que la atención de la gente se desviará pronto hacia otro tema –replicó Lily–. Uno que se ve que va a venir fuerte y que hará que tanto lo tuyo como lo del reportero de Blind luzcan como problemas propios del jardín de niños.

Lily tenía la razón en esto: la imprudente actuación de Elieth en el partido entre el Bayern Múnich y el Hamburgo comenzaba a olvidarse gracias al escándalo que siguió tras el despido de Bernard Brunt de la Paulaner por abuso de poder. La declaración que hizo la Paulaner al respecto fue hecha con la intención de no llamar demasiado la atención y habría podido ser así de no ser porque, además de que se corrió el rumor de que Karl Heinz Schneider había interpuesto una demanda contra la Paulaner, alguien, nunca se supo quien, confirmó lo que todo mundo sospechaba: Brunt estuvo presionando al joven Káiser de Alemania para que acudiese a cenar con la modelo que era la actual cara de la Paulaner, Hedy Lims, para una cuestión meramente personal y que de ninguna manera estaba relacionada a cuestiones laborales.

Este "vengador desconocido", como comenzó a ser llamado en algunos sitios públicos, incluso filtró correos electrónicos intercambiados entre los tres anteriormente mencionados que dejaban muy mal parados a Brunt y a la misma Lims. Ésta quedaba como una mujer urgida y pretenciosa que evidentemente buscaba utilizar al Káiser de Alemania como trampolín para saltar a la popularidad, pero Brunt se destapó como el hombre prepotente con poder que era y que lanzó amenazas a diestra y siniestra para conseguir sus objetivos. Lo que comenzó siendo un rumor pronto se convirtió en un hecho consumado y el asunto se volvió viral en pocas horas ya que, además, quedó en evidencia también que había un amorío entre Brunt y la Lims, pues ese "vengador desconocido" dio a conocer de forma anónima los audios de algunas de las conversaciones que hubo entre ellos, cuando Hedy cometió la imprudencia de llamar a Bernard a sus oficinas en la Paulaner. Como el asunto entre Lims-Schneider-Shanks de la comisaría todavía estaba candente, no se necesitó más que una ligera chispa para que todo estallara en un escándalo monumental.

Uno de los más sorprendidos con el asunto fue el mismo Karl, pues ni siquiera recordaba haberse comunicando con Brunt a través de correos electrónicos, aunque las capturas que aparecieron eran bastante contundentes y no dejaban lugar a dudas. Preocupado, se comunicó de inmediato con Otto Heffner para preguntarle si esto tendría alguna consecuencia a nivel legal pero el abogado le dijo que no debía angustiarse pues, contrario a lo que esperaba, eso jugaría a su favor: había pruebas por escrito de que el joven había sido extorsionado y eso incriminaría más a Brunt. Por su parte, lo que a Elieth le sorprendía más que eso era que la persona que filtró esa información debía ser muy cercana a Brunt para poder haber tenido acceso a esos emails y conversaciones o de plano el hombre era muy descuidado.

– Alguien muy cercano lo odia mucho a él o a la Lims –comentó Elieth a Lily.

– O a los dos –opinó Lily–. Sea como fuere, esto se ha convertido en una bomba de tiempo que va a tener mucho daño colateral cuando estalle. Y cuando eso suceda, el que hayas entrado al partido se va a ver pequeño en comparación. Lo tuyo no fue más que un momento de debilidad derivado del amor, por más cursi que suene, pero lo de Brunt y Lims, bueno, eso ya es acoso.

El problema con esto radicaba en que este tipo de abuso resultaba impensable para una sociedad como la alemana y amenazaba con cimbrar los cimientos del fútbol teutón como nunca antes pues, ¿sería Schneider el primer futbolista que se encontraba en esta situación o había habido otros jugadores que fueron amenazados para ceder a los caprichos de un patrocinador? ¿Hasta dónde llegaba el poder de un contrato y de un tercero, incluso de alguien dentro del club, sobre un futbolista? ¿Existirían casos de explotación de tipo sexual o nadie se habría atrevido a llegar tan lejos? Era cierto que los jugadores eran meros peones en ese negocio redondo y jugoso que es el fútbol, que si un club creía conveniente para sus intereses el vender a un futbolista, lo hacía sin preocuparse si el deportista estaba de acuerdo, pero la situación con Schneider había abierto los ojos del país a una nueva posibilidad: gracias a los contratos, los deportistas en general, no sólo los futbolistas, podían quedar abiertos a cualquier tipo de acoso y de abuso, a los cuales tendrían que someterse para evitar un problema legal. Si ya era bastante jodido para cualquier jugador que un equipo se deshiciera de él por no serle útil, como le había pasado a Genzo Wakabayashi con el Hamburgo, era todavía peor que se les quisiera tratar como esclavos (sexuales) por causa del capricho de alguien con mucho poder.

No faltó quien dijera que Schneider estaba haciendo un berrinche porque al hombre se le pagaba bien para jugar fútbol y que a todas partes a donde acudía era tratado como un emperador, que no debía de hacer tanto escándalo sólo porque lo habían obligado a ir a cenar con una guapa mujer, pero casi al mismo tiempo hubo otro grupo de personas que no dudaron en salir a defenderlo: acoso sexual es acoso, se haga contra un hombre o contra una mujer.

– Si esto le hubiese pasado a una futbolista, se harían marchas y se habrían producido varios despidos, tanto en el Bayern como en la Paulaner –opinó alguien en Twitter–, pero como se le hace a un hombre, no tiene importancia y se le tacha de llorón al afectado, es decir, a Schneider, lo cual no debe ser. Si esto fuera justo, a Hedy Lims deberían cesarla de inmediato como cara de la Paulaner.

Lo que era cierto era que otros patrocinadores temblaban ante la idea de que esto fuese la chispa que desencadenara una caza de brujas a nivel general; al menos, varios clubes tomarían la decisión de revisar a conciencia los contratos de patrocinio para proteger más a sus jugadores. Por lo pronto Schneider podía decir que había tenido razón en una cosa: que él alzara la voz ayudaría a la larga a evitar que futbolistas menos conocidos que él pasaran por lo que él pasó. Mientras más información salía a la luz, más se tambaleaba el convenio que tenían la Paulaner y el Bayern Múnich, la cervecera tendría que mover bien sus cartas para evitar una jugada de parte del equipo que le costara una pérdida millonaria y los directivos se devanaban los sesos buscando una manera de corregir el error de Brunt. La pregunta clave era: ¿quién demonios le había dado tanto poder a alguien que no lo merecía? La respuesta realmente no importaba, el daño ya estaba hecho y no quedaba más remedio de ver cómo corregirlo.

Sin embargo, no sólo en la Paulaner había estrés, gritos y reuniones inesperadas, también en el Bayern Múnich comenzaron a lanzarse acusaciones a las cabezas más importantes, comenzando por el entrenador: ¿por qué Rudy Frank, que sí sabía lo que estaba sucediendo con su hijo, no puso sobre aviso a los altos mandos? El entrenador Schneider tuvo que mantener la compostura al recordar que sí había intentado arreglar este asunto por la vía a seguir para alguien de su categoría y que los altos mandos lo habían mandado al cuerno, pretextando que no se podía alterar el contrato establecido y que por tanto Schneider debía seguir lo ordenado por la Paulaner. Tras la declaración de Rudy Frank, que pudo ser comprobada, la molestia general se dirigió después hacia los altos mandos del club que ignoraron la situación; el enojo del presidente Rummenigge era tal que se sabía que habría otras cabezas cortadas en el mismo club, independientemente de las que rodaran en la Paulaner.

Con todo esto, Elieth comenzó a pensar que quizás su renuncia efectivamente no tendría ningún impacto en el club, comparado con el drama que se vivía gracias a Hedy Lims. Así pues, ella seguía conservando la esperanza de que las cosas tuvieran un mejor panorama para cuando su jefe y el entrenador Schneider la mandaran llamar, cosa que sucedió un par de días después de que Karl le avisara sobre la misma. Ella iba preparada para cualquier cosa, siguiendo el lema de "espera lo mejor y prepárate para lo peor" que solía aplicar cada vez que la situación se le tornaba adversa.

"Bien, no pueden dejar pasar mucho tiempo cuando se trata de algo como lo que yo hice", pensó Elieth, mientras se dirigía hacia la oficina del jefe de departamento de prensa del Bayern Múnich. "Tienen que asegurarse de que no volveré a cometer una estupidez semejante porque, aunque por el momento no haya tenido consecuencias, no pueden permitir que alguien del club entre a su antojo a los partidos, pues se estaría asentando un mal precedente".

Cuando llegó a la oficina de su jefe, la puerta estaba abierta y éste se encontraba hablando en voz baja con Rudy Frank acerca de buscar a un reportero confiable que le diera a Karl la oportunidad de dar su versión de los hechos, pero en cuanto vieron a Elieth se callaron rápidamente y la invitaron a entrar con cordiales sonrisas ensayadas. Ella se preguntó a qué se habrían estado refiriendo los dos hombres y supuso que era de la cena con Hedy Lims y de la presión de Bernard Brunt, que en esos momentos pesaba más en el club. Tras titubear un poco e irse por las ramas con comentarios que no fueron a cuento, el jefe del departamento de prensa, un sujeto rechoncho de apellido Weber, por fin tocó el tema por el cual la había hecho ir.

– Señorita Shanks, eh, Elieth, sabes que siempre he admirado mucho tu forma de escribir –empezó el hombre–. Eres una reportera dura y directa, además de que sabes conservar la objetividad en medida de lo posible. Sin embargo, considerando lo que hiciste en el último partido de la DFB-Pokal, queda claro que no puedes seguir trabajando en el área que estabas asignada, así que serás movida a otra sección durante un tiempo prudente.

– No queremos que pienses que hacemos esto por gusto ni por un deseo real de castigarte –intervino el entrenador Rudy Frank–. Es meramente algo preventivo, pues el club se encuentra actualmente en una situación delicada y queremos evitar cualquier escándalo posible.

Él se abstuvo de decir que el mismo Karl Heinz Rummenigge había puesto el grito en el cielo la noche del partido, alegando que la reportera debía ser severamente sancionada y separada de su cargo cuanto antes, pero en cuanto comenzaron a llover las noticias sobre Hedy Lims y la Paulaner, Rummenigge cambió de parecer y se limitó a pedir que se tomaran medidas para evitar que la señorita Shanks volviera a causar problemas, de ahí que los dos Schneider consideraran la opción de moverla de área como posible solución a la petición del presidente. ¿Por qué motivo Rummenigge había cambiado de parecer? Simple, no quería dejar abierta la opción de que Elieth demandara al club después si la corría en un momento de enojo, problemas más graves tenía Rummenigge como para agregarle uno más.

– Entiendo perfectamente –aceptó Elieth, quien se contuvo de hacer un comentario sarcástico. Sin embargo, no se esforzó ni un poco en mostrar sorpresa por la petición–. Agradezco que me estén dando esta oportunidad, pero espero que esto sólo sea momentáneo. ¿A qué área seré reasignada?

Tal y como Karl ya le había dicho, el señor Weber le dio a escoger entre irse al fútbol femenil, al básquetbol varonil o al básquetbol femenil; lo de darle a elegir era un mero protocolo, pues prácticamente ya estaba establecido que ella sería corresponsal del fútbol femenil. Elieth, con cierto desánimo, escogió lo que se esperaba que escogiera y los otros dos celebraron su elección.

"Más falso no se puede ver esto", pensó Elieth, fingiendo una sonrisa. "Me queda claro que Karl sólo me dijo que estaba exagerando por querer renunciar para hacerme sentir menos culpable".

– Esperamos verte pronto de vuelta en el fútbol varonil –dijo el señor Weber–. Y de verdad nos da gusto el haber podido resolver esto de buena manera. Tal vez en un par de meses estés de regreso, quizás antes.

– Espero que sea antes. Bien, ¿puedo hacerle una pregunta, señor, ya que hemos acabado conmigo? –soltó Elieth, antes de que cualquiera de los dos hombres se apresurara a sacarla de ahí–. ¿Por qué están buscando a un reportero para que le permita a Schneider "dar su versión de los hechos"?

– ¡Oh! –exclamó Rudy Frank, tras lo cual intercambió una mirada con Weber–. Es un asunto que no está relacionado contigo, o al menos no totalmente.

– ¿No totalmente? –Elieth enarcó las cejas–. O sea que sí tiene que ver conmigo.

– Eh, sí –titubeó el entrenador, quien se dio cuenta de que había cometido un desliz–, pero me parece que no es prudente comentártelo.

– ¿Por qué no? –cuestionó la francesa–. Si tiene que ver conmigo entonces tengo derecho a saberlo.

Rudy Frank volvió a ver a Weber, quien se encogió de hombros como diciendo "es tu culpa, tú lo resuelves", por lo cual al señor Schneider le pareció que lo más conveniente sería hablar.

– Schneider está planeando dar una declaración acerca de los líos en los cuales se ha visto involucrado en los últimos días, uno de los cuales está relacionado contigo, como bien sabes –aclaró Rudy Frank–. Así que estábamos comentando a qué reportero respetable se le puede encargar esta labor.

Elieth lo fulminó con la mirada y el entrenador se preguntó qué había dicho mal pero, aunque repasó mentalmente las palabras que acababa de pronunciar, no entendió por qué ella pareció enfurecerse con ello. A pesar de esto, cuando Elieth habló lo hizo con una voz bastante normal, aunque lucía ofendida.

– Entiendo, entrenador –comentó la joven–. ¿Esto ha sido idea del propio Schneider o suya?

– De los dos –admitió Rudy Frank.

– Gracias por explicarme –dijo Elieth–. Si no tienen algo más que decirme, creo que es momento de que me retire para ir a presentarme con el encargado del área de prensa de la rama femenil.

– Por supuesto –aceptó el señor Weber.

Elieth se apresuró a salir de la oficina como si hubiese dejado la comida en la estufa encendida o, lo más probable, como si le urgiera ir a hacerse de palabras con alguien. Weber estaba aliviado de que las cosas hubieran resultado mejor de lo que parecían, pero Rudy Frank, quien conocía a la señorita Shanks gracias a Karl y a Lily, no estaba convencido de las cosas hubiesen resultado tan bien.

– ¿Qué es lo que te preocupa, realmente? –preguntó Weber, cuando Rudy Frank le expresó sus dudas–. ¿Qué Elieth cause problemas en el área femenil? Si quieres saber mi opinión, veo poco probable que eso suceda. Sí, lo de meterse al partido fue una estupidez, todos lo sabemos, pero ella suele ser responsable y está consciente de que actuó mal. Además, creo que resulta más que obvio que lo hizo por causa de tu hijo, en otras circunstancias ella no habría actuado así.

– No es eso lo que me preocupa –negó el entrenador Schneider, ignorando la alusión a Karl–. Creo que se ofendió cuando dije que estamos buscando a un reportero respetable para que entreviste a Karl Heinz.

– ¿Crees que ella quiera hacerlo? –preguntó Weber.

– No me queda la menor duda de eso –asintió Rudy Frank–. Así como tampoco dudo que eso fue lo que la ofendió: que no la hayamos considerado a ella en primer lugar.

– ¿Y no lo hiciste? –quiso saber Weber.

– La descarté porque no me pareció que ella fuese la mejor opción, considerando lo muy implicada que está en el asunto –contestó el entrenador.

– Pues, si me lo preguntas, creo que precisamente por estar tan involucrada en esto es que ella sería una buena opción –opinó el jefe del área de periodismo.

Rudy Frank estuvo en lo cierto al pensar que Elieth se indignó por no haberla considerado para entrevistar a Karl, pues en cuanto ella salió se dirigió sin tardanza a los gimnasios del club, en donde debía estar Karl con el resto de los jugadores, con la finalidad de reclamarle por dejarla fuera de algo tan importante. Ella lo encontró en una de las bicicletas estáticas, en donde estaba preparándose para el entrenamiento del día.

– Schneider, necesito hablar contigo, ¿tienes un minuto? –le preguntó Elieth, sin saludarlo siquiera–. Es importante.

– Sí, por supuesto. –Karl sonrió al verla, aunque en cuanto vio su expresión se dio cuenta de que ella no había ido a visitarlo para algo bueno.

"Seguramente ya habló con papá y con el señor Weber acerca de su traspaso", pensó Schneider, mientras se bajaba de la bicicleta para llevarla a un sitio apartado, aprovechando que ya le quedaban menos de tres minutos para acabar ese ejercicio en específico. "No debió de gustarle pero ella ya estaba avisada de eso, ¿por qué entonces le ha molestado? A menos que se trate de otra cosa…".

– ¿Qué sucede? –preguntó Karl, tratando de sonar tranquilo–. ¿Has hablado ya con el entrenador y con el señor Weber?

– Sí, lo he hecho, y me dijeron unas cosas bien interesantes –contestó Elieth, con el ceño fruncido.

– Luces enojada, supongo que te han comentado ya lo del cambio de área –comentó Schneider, inquieto–. Ya habíamos hablado de eso, ¿recuerdas?

– Sí, ya me habías dicho que eso iban a hacer conmigo y está bien –bufó la chica–. Digo, no brinco de la alegría pero es mejor que renunciar. Sin embargo, no es eso lo que me tiene molesta, Karl Heinz Schneider.

– ¿Qué ha sido, entonces? –quiso saber él.

– Tu padre me acaba de decir que estás buscando a un reportero para que te entreviste y que así tú puedas defenderte de la mierda que te ha caído encima –explicó la francesa–. ¿Es eso cierto?

A pocos metros de ellos, Sho, Levin, Corman, Shiken y Nimba se estaban ejercitando también y no pudieron evitar el intercambiar miradas entre ellos, siendo Sho el que se encogió de hombros para quitarle importancia al hecho.

– Mientras no se vuelva a meter al campo a pleno partido, realmente no importa –opinó el chino.

– O puede hacerlo si vamos abajo en el marcador y hemos perdido la sangre fría –replicó Corman–. Sería una buena estrategia para cortar el estrés.

Los hombres rieron por lo bajo y siguieron con lo suyo, dejando que la "pareja imperial" solucionara sus problemas. Karl, mientras tanto, no entendía el por qué a Elieth le había molestado que él quisiera buscar un reportero para dar su versión de los hechos.

– Sí, es cierto –reconoció el alemán–. He pensado que sería beneficioso, tanto para mí como para el equipo, que diera alguna entrevista para explicar el por qué he decidido demandar a la Paulaner y cuál es exactamente mi relación con Hedy Lims.

– Supongo que también piensas hablar de mí –cuestionó Elieth, cruzándose de brazos–. ¿O no ibas a hacerlo?

– Sí, pensaba hacerlo –aseguró Schneider, quien seguía sin entender por qué ella estaba tan enojada–. Eso es más que obvio, pues tú eres la razón principal por la cual no quería salir con Lims.

– ¿Y a qué "reportero respetable" pensabas pedirle la entrevista? –preguntó Elieth–. ¿A algún pelmazo que no deje de decirte que eres un mujeriego y que andar con dos mujeres es lo que se esperaba de alguien como tú?

– Eh… –Karl titubeó. Ella lo desconcertó por completo, ¡no había pensado en esa posibilidad! –. Debe de haber alguien que sea más objetivo y que esté dispuesto a escuchar sin juzgar.

– Sí lo hay: yo –replicó la francesa, golpeándose el pecho con una mano–. Yo soy ese reportero respetable que no te va a juzgar. ¿Por qué no pensaste en mí de inicio?

– ¿Eh? ¿Tú? Pues… –comenzó a decir Karl, tratando de encontrar una explicación que no la ofendiera–. No es que no crea que eres respetable, de hecho sí considero que lo eres, de lo contrario nunca te hubiera ofrecido venir al Bayern Múnich como corresponsal, pero no creo que seas la persona más adecuada para esto ya que tú también estás involucrada.

– Todo lo contrario, mi estimado Emperador, yo soy la opción más viable –replicó Elieth, enérgicamente–. Yo también tengo derecho a dar mi versión de la historia y a que se me considere como una periodista y no únicamente como tu novia, la cual sólo sería mencionada vagamente durante tu entrevista en vez de darle un rol protagónico si elijes a otra persona.

Karl se quedó callado para analizar lo que Elieth había dicho. Cuando su padre le dijo que tenía que buscar a una reportera que no fuese su novia, Karl ni siquiera lo cuestionó, pues creía que por conflicto de intereses lo mejor sería que Elieth quedara fuera. Sin embargo, ahora que ella había expresado su indignación, él tenía que admitir que no había pensado en que la joven también tenía derecho a alzar la voz y dar su opinión, pues hasta el momento sólo era vista como la loca que interrumpió un partido de fútbol para besarse con el Káiser de Alemania. Seguramente, nadie se preguntaba si Elieth había tenido una auténtica razón de peso para hacer lo que hizo, pues no era del conocimiento público que, si había una mujer que merecía ser considerada como el prospecto amoroso de Schneider, ésa mujer no era Hedy Lims sino Elieth Shanks.

– Tengo que darte la razón en eso –señaló Schneider, tras unos minutos–. No lo había visto desde ese punto de vista; sinceramente, creí que lo mejor para ti sería dejarte fuera para evitar un conflicto de intereses.

– Pues claro que va a haber un conflicto de intereses, ¡soy tu novia! –exclamó Elieth, lanzándole una mirada furibunda a Sho, quien los espiaba de manera muy sutil–. No me puedes dejar fuera de esto aunque quieras y de todos modos mi nombre ya anda en boca de todos gracias a las tonterías de la Lims y a mis propias tonterías, así que el quedarme callada no me va a dejar mejor parada. Si soy yo la que te da la entrevista, no sólo me permitiría a mí destacarme como persona independiente sino que al mismo tiempo, por más contradictorio que suene, nos estaríamos apoyando como pareja: soy tu novia, sí, pero también reportera y como tal te doy la oportunidad de dar tu versión de los hechos y también me la estaría dando a mí. Hay mucho más detrás de la opinión general de que estoy loca y que por eso me meto a interrumpir los partidos por gusto.

– No creo que alguien piense que estás loca –sonrió Karl.

– Oh, seguro que sí lo hay –contradijo ella–. Es más, casi podría apostar a que la mayoría de la gente lo piensa, por eso es que debería de hablar para confirmarles que sí, estoy loca, pero no de la manera en la que todos piensan.

– Como dices, es totalmente contradictorio pero podría funcionar –admitió Karl.

– Por supuesto que funcionará –insistió Elieth–, porque, después de todo, estamos juntos en esto, ¿o no?

Él la miró con mucha ternura y tuvo que resistir el impulso de abrazarla ahí mismo ya que se habría visto poco profesional (daba igual que ya toda Alemania supiera que ellos eran pareja), pero sí esbozó una sonrisa en la que llevaba el amor que sentía por la francesa.

– Me ha gustado lo que mencionaste acerca de que nos estaríamos apoyando como pareja –señaló Schneider–. Es la primera vez que dices algo así.

– Te dije que iba a comportarme de una manera más madura. –Elieth se encogió de hombros–. Todavía estoy cometiendo errores, como sacarte de plena actividad física para hablar sobre esto, pero lo estoy intentando.

– Sí, tienes razón: estamos juntos en esto –asintió Karl–. Y saldremos juntos de esto.

– ¿Entonces vas a darme a mí la exclusiva? –preguntó ella.

– Sí, lo haré –aceptó el alemán–. Ya estoy convencido de que no habrá otro periodista más idóneo que tú. Habrá que determinar después cuándo será el mejor momento para hacerla y el medio más adecuado para distribuirla.

– Yo me encargo del medio, que para eso tengo mis contactos –ofreció Elieth–. Tú sólo preocúpate por el horario, aunque no dejes pasar mucho tiempo, debemos hacerlo ahora que está este huracán mediático pues la gente todavía estará interesada en escucharnos.

– Lo sé bien –aseguró Karl.

Se despidieron sin mucha ceremonia aunque tampoco les hacía falta. Schneider regresó al área de aparatos para continuar con su rutina, mientras sus compañeros fingían que no los habían estado espiando. A su vez, Elieth se marchó de mejor humor, hasta incluso casi no le molestaba su cambio de área.

"Porque por fin, después de tantas idas y venidas, de tantas dudas y trampas, estamos juntos en esto".

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Tokio, con enlaces ocasionales a Múnich.

El primer partido del camino de los Guerreros Dorados (y no los de los Caballeros del Zodiaco) hacia los Olímpicos de Madrid fue, pues, contra Malasia, el cual finalizó con una contundente victoria en casa. Como ya fue repetido hasta el cansancio, los japoneses que militaban en el extranjero no fueron convocados así que Japón sólo jugó con sus estrellas nacionales y un invitado especial, es decir, Genzo Wakabayashi, quien era el único futbolista de una liga extranjera que fue convocado para las clasificatorias.

"¡Vamos!", pensó Taro Misaki, mientras esperaba a que diera comienzo el partido. "Éste es el primer paso hacia los Olímpicos y la medalla de oro!".

– ¡Japón, Japón, Japón! –coreaban los aficionados presentes en el (Nuevo) Estadio Olímpico de Tokio, al tiempo en que ondeaban sendas banderas del Sol Naciente y otras más con el escudo de la JFA.

A través de una deficiente señal de Internet, Lily estaba preparada para ver el juego. Por fortuna, gracias a una curiosa conveniencia, los narradores hacían comentarios en inglés a pesar de ser japoneses, quizás porque su señal estaba destinada a transmitirse en el extranjero (aunque no queda muy claro a quién en el extranjero podría interesarle un encuentro futbolístico entre Japón y Malasia, como no fuera a Lily o a los mismos malasios).

– Para este primer partido tenemos una sorpresa del entrenador japonés, Kira Kozo, que es la conversión de Ken Wakashimazu de portero a delantero –dijo uno de los dos comentaristas japoneses que narrarían el partido, un joven de apellido Toda–. No, sería mejor decir que lo que hizo florecer esta cualidad oculta en este jugador fue un "Kiraísmo", es decir, algo que sólo el propio Kira podría haber conseguido.

– Habrá que ver si funciona esta estrategia –expresó el otro conductor, el señor Takahashi–. Es un cambio bastante drástico, pero ya se ha visto en otras ocasiones que un portero se convierta en delantero con excelentes resultados. Tal es el caso de Jorge Campos, un guardameta mexicano que también jugó como delantero.

– Sin duda que Kira sacó de ahí su inspiración –comentó Lily a una pantalla de computadora que no la escucharía–. Aunque como Jorge Campos no hay dos.

– Así mismo, Kira ha puesto una inmensa confianza en las Tres M, Misaki, Misugi y Matsuyama, al dejarlos asumir el balance del equipo –continuó Toda.

– Además, la presencia del shugoshin Wakabayashi indiscutiblemente le da al equipo una fuerte impresión de seguridad –añadió Takahashi.

– Eso es más que obvio, ni se pone en duda –dijo Lily, cuyo corazón comenzó a latir con fuerza al ver a Genzo en la pantalla–. Japón tiene suerte de que el Hamburgo haya decidido prescindir de él.

El árbitro dio comienzo al encuentro, una vez que se determinó que serían los japoneses quienes pusieran en movimiento el esférico. Para sorpresa de muchos, el primer gol fue anotado por Wakashimazu, quien empujó el balón con la cabeza tras recibir un estupendo pase de Misaki. Hana fue la que más saltó y celebró esa anotación, pues por más que lo intentó no pudo contener su emoción por el primer gol oficial de Wakashimazu como delantero de la Selección de Japón.

– ¡Bien hecho, Ken! –exclamó la muchacha, fuera de sí–. ¡Ése fue un gol estupendo!

– ¿Qué pasó con lo de "mantener la objetividad"? –se burló Kira, aunque estaba tan emocionado como ella. ¡Su estrategia estaba dando resultados!

– Es que por ser el primero debemos celebrarlo como se merece –rio Hana, avergonzada.

De ahí en más el partido fue viento en popa para los japoneses, que comenzaron a jugar a medio gas a partir del tercer gol. El segundo tanto fue anotado por Hikaru Matsuyama, gracias a otra estupenda asistencia por parte de Taro Misaki; el tercer gol corrió a cuenta de Wakashimazu otra vez, aunque con un pase de Jun Misugi en esta ocasión. El cuarto gol fue obra de Misaki, quien lo anotó con su Boomerang Shot. En las tribunas una sobria y altanera Eriko, quien se había negado a ponerse una camiseta de la Selección de Japón como sí habían hecho las personas a su alrededor, no pudo evitar soltar un grito de emoción cuando vio al amor de su vida meter el balón en la portería.

– Eres grande, Taro –expresó la mujer, en voz baja, tras disculparse por su inicial exabrupto.

Wakabayashi, por su parte, despejaba sin mucho problema los pocos balones que el equipo malasio conseguía hacer llegar hasta su meta. Acostumbrado como estaba a la intensidad de la Bundesliga, ese partido le estaba pareciendo un juego de calentamiento. Aún así aplicó toda su capacidad desde el comienzo y con mucha maestría detenía las jugadas que podrían haber representado un riesgo de haber estado Morisaki bajo los palos, pero que con Wakabayashi no era más que una incomodidad menor. En algún momento en el que la acción se estaba llevando muy lejos de su arco, Genzo no pudo evitar preguntarse si Lily estaría viendo ese partido. Ella no le había asegurado que lo haría, pero creía conocerla lo suficiente como para saber que sí lo vería. En cualquier caso, él debía esforzarse en dar lo mejor de sí para conseguir la meta que se había propuesto al partir de Alemania, clasificar a los Juegos Olímpicos de Madrid.

Japón se fue a los vestidores al medio tiempo con el resultado parcial de cuatro goles contra cero. Kira no consideraba conveniente modificar su estrategia así que no hizo cambios y mantuvo el mismo perfil. La voz de su conciencia le sugirió que tal vez sería prudente dejar que Morisaki sustituyera a Wakabayashi ahora que iban ganando, para ir calando al tercer portero; sin embargo, cuando el entrenador lo sugirió en voz alta, Genzo dijo con firmeza que podía seguir jugando y Kira no insistió en el cambio. Curiosamente, el único que no se tomó bien esta situación fue Misaki, quien no podía entender por qué de repente tuvo un mal presentimiento.

– ¿Estás bien, Misaki? –le preguntó Ishizaki, mientras le daba una palmada en la espalda–. ¿O es que te duele el estómago?

– Estoy bien, no me pasa nada –negó Misaki y movió la cabeza para alejar los pensamientos negativos de su mente–. Salgamos a ganar este partido.

En la segunda mitad no hubo un cambio notorio en el balance del juego y Japón sentenció el partido con dos goles más, uno anotado por Matsuyama y el otro por Makoto Soda. Ken se quedó con las ganas de hacer un hat-trick en su debut, pero dos goles eran bastante buenos para su primera vez como delantero, no había que echar de una vez toda la carne al asador. De esta manera, Japón ganaría su primer partido con un abultado marcador de seis goles contra cero, lo cual le otorgaba tres puntos muy importantes. Los aficionados japoneses estaban que reventaban de la alegría, pues no cabía duda de que Kira había elegido una buena alineación que le permitió ganar el encuentro sin la necesidad de recurrir a Tsubasa Ozhora o a Kojiro Hyuga.

– Sin embargo, aún es pronto para saber si de verdad Kira ha tenido la razón al planear esta estrategia tan arriesgada –opinó el señor Takahashi–. Malasia no es un rival de temer, la verdadera prueba vendrá con Arabia Saudita y Australia.

– Bien, pero que la Selección comience con buen pie es una buena señal, ¿no es así? –replicó Toda–. Seis goles siguen siendo una buena cantidad para un equipo como Malasia.

– Pues yo estoy de acuerdo con el señor Takahashi –señaló Lily–. Es demasiado pronto para cantar victoria.

Los once titulares se acercaron en esos momentos a la zona de la tribuna en donde estaba la barra japonesa principal e hicieron sendas reverencias para agradecer a los aficionados su apoyo. Pasados unos minutos, la mayoría de los jugadores comenzaron a retirarse a los vestidores, siendo Genzo de los primeros en hacerlo. Se sentía satisfecho por el resultado del primer encuentro; él también opinaba que era demasiado pronto para dar rienda suelta al optimismo pero podían permitirse festejar una victoria merecida por ese día y al siguiente reiniciar los entrenamientos con intensidad. Él estaba consciente, como seguramente el entrenador Kira también lo estaba, de que lo verdaderamente difícil vendría en la segunda ronda, así que ése era el momento indicado para pulir bien las armas. Justo estaba Wakabayashi por llegar a los vestidores cuando Ken Wakashimazu le dio alcance y aquél le palmeó el hombro con energía, con la intención de felicitarlo.

– Hiciste un gran trabajo como delantero, Wakashimazu –le dijo Wakabayashi, con sinceridad–. No sabía que escondías tan buenas dotes de goleador.

– Gracias, Wakabayashi. Aún estoy lejos de ser tan bueno como Hyuga o como otros que hay en la Selección pero esto apenas es el comienzo –respondió Ken–. Aunque no por eso vayas a creer que voy a dejarte el camino libre en la portería, no he renunciado a mi puesto de guardameta y no pienso hacerlo.

– Contaba con eso –rio Genzo–. Me resulta aburrido no tener una buena competencia.

Menos mal que Yuzo Morisaki no andaba cerca o habría ido corriendo a lanzarse de cabeza al pozo o barranco más cercano.

Después de tomar la consabida ducha de rigor y de ponerse una muda limpia de ropa, Genzo tomó su Smartphone para revisar sus mensajes y le sorprendió encontrar uno de Lily, quien lo felicitaba por haber tenido tan buen desempeño durante el partido. Él notó que ella no lo felicitó por ganar, como seguramente hubiera hecho de únicamente haber investigado el resultado final, sino que elogió su actuación en la portería, algo que sólo habría podido hacer de haber visto el encuentro. Sí, el mensaje era escueto y se podría considerar que hasta rayaba en lo impersonal, pero Wakabayashi la conocía bien como para saber que ella debió haber pasado varios minutos pensando en qué decirle que no sonara demasiado comprometedor. Además, que Lily lo felicitara en sí ya era algo digno de mencionar, pues bien pudo haber ignorado sin más que él tenía partido ese día.

"Gracias, doctora", fue la respuesta que él le dio. "Me ha dado mucho gusto saber que te tomaste el tiempo para verme jugar. Voy a seguir esforzándome al máximo".

Ella tardó tanto tiempo en contestar que Genzo llegó a pensar que no lo haría. Ya iban de regreso al hotel cuando al fin la doctora le envió un mensaje: "No fue gran cosa, de cualquier manera tenía que levantarme temprano".

"Seguro que sí, doctora, seguro que sí", sonrió Wakabayashi, con ironía. "Sé que lo hiciste por mí pero vamos a fingir que no fue así".

Como respuesta, Genzo le envió las palabras "Ai shiteru", que en japonés significan "te amo". Él sabía que era altamente probable que Lily no las entendiera pero precisamente por eso se las mandó. Ella entonces le escribió "no hablo japonés" y él se limitó a decirle un sencillo "lo sé", en alemán. A pesar de este intercambio tan lacónico de palabras, Wakabayashi se sintió de buen humor pues la doctora Del Valle seguía al pendiente de él, como esperaba que lo hiciera.

Mientras tanto en Múnich, Lily se maldijo por ser tan tonta; pasó al menos cinco minutos pensando en qué mensaje podría mandarle a Genzo que no sonara demasiado efusivo pero tampoco que resultase muy frío y cuando creyó haber encontrado algo que resultaba perfecto, él le tumbó sus intenciones con unas cuantas palabras.

"Me comporto como idiota", pensó Lily, ofuscada. "Nada me costaría decirle que sí, que me levanté temprano para verlo jugar, aunque de cualquier manera él lo sabe aunque no se lo diga".

Aunque era verdad que su conocimiento del japonés era prácticamente nulo, Lily presentía que las palabras "Ai shiteru" tenían un fuerte significado oculto pero no quiso comprobarlo. Podría enviarle un mensaje a Hana preguntándole qué significaban o lo habría podido investigar en Santo Google, pero no quiso caer en la sutil trampa que Genzo le había tendido. Tuvo el presentimiento de que él le dijo eso a propósito para que ella le preguntara su significado así que prefirió no tratar de averiguarlo. "Pero veré tu próximo partido y volveré a felicitarte por tu gran actuación, Gen", pensó Lily. "Puedes estar seguro de eso".

Tras las felicitaciones de Kira y las consabidas palabras de "esto apenas es el comienzo, nos falta mucho camino por recorrer", los jugadores tuvieron el resto del día libre y Taro Misaki decidió reunirse con Eriko en un café cercano, demasiado lujoso para gusto de él pero era del tipo de lugares que le encantaban a ella así que no protestó. Eriko se deshizo en elogios hacia su novio, ponderando sus cualidades y señalando el hecho de que él había sido el eje del partido al haber estado detrás de la mayoría de las jugadas que culminaron en gol y, sí, menospreciando un poco la actuación de sus compañeros.

– ¿Te has visto un resumen del partido para poder decirme todo eso? –preguntó Taro, divertido?

– ¿Tan obvia fui? –Eriko no se inmutó.

– Usaste términos que no creo que sepas qué significan –se rio Misaki.

– Bien, le pedí a Genzo que me diera su opinión –bufó Eriko.

– Ya se me hacía que esos comentarios eran más propios de Wakabayashi que tuyos –señaló Misaki, sin dejar de sonreír–. Es bueno saber que él considera que fui el eje del partido.

– De todos modos, Genzo no necesita impresionar a nadie con sus conocimientos sobre fútbol, así que puede prestármelos un poco –gruñó la joven.

– Tú tampoco necesitas impresionarme, Eri –aseguró Taro–. Sabes que te quiero como eres: una auténtica ignorante del fútbol.

– Eres un tonto –gruñó ella, aunque se ruborizó.

Eriko se desvió entonces hacia otros temas de interés común para ambos, pero aunque Taro trató de ponerle toda su atención, invariablemente su mente se desviaba a terrenos más sombríos. El mal presentimiento que lo rondaba desde hacía varias semanas no quería dejarlo en paz, por más que él se convencía de que todo marchaba bien. La Selección de Japón acababa de demostrar que era una máquina de crear goles sin la necesidad de que Tsubasa y Kojiro estuvieran en ella y contaban con el Super Great GoalKeeper para proteger la portería así que, ¿qué podría salir mal?

"Todo", le susurró esa sombría voz. "Por eso estás tan asustado".

– ¿Me estás escuchando, Taro? –Eriko lo trajo de vuelta al mundo real–. Parece que has vuelto a fugarte otra vez. ¿Qué es lo que te sucede?

– Lo siento, Eri, de verdad –se disculpó Misaki, avergonzado–. Es algo que no tiene importancia.

– Debe de tenerla, si te ha tenido tanto tiempo en las nubes –replicó Eriko–. Lo que no te dije es que Genzo en realidad me comentó que está sorprendido de que hayas jugado tan bien, considerando que a últimas fechas has estado perdido en tus pensamientos.

– Sí, también eso suena a algo que diría Wakabayashi –suspiró Taro–. Pensé que había pasado desapercibido, pero veo que no ha sido así.

– ¿Qué es lo que te preocupa, Taro? –cuestionó Eriko con su voz más persuasiva–. Yo también he notado que algo te angustia pero preferí esperar a que tú mismo me contaras qué te pasa; dado que no ha sido así, me veo en la necesidad de presionarte un poco.

– Tú nunca presionas sólo un poco, Eri –sonrió Misaki–, pero agradezco que te preocupes por mí. Como te dije antes, es una tontería pero no consigo sacármelo de la mente: tengo el presentimiento de que algo malo va a pasar, algo que no vamos a poder controlar por más que queramos.

– ¿Algo como qué? –Eriko hizo un pequeño fruncimiento de labios que para él no pasó inadvertido–. Eso es algo muy inespecífico.

– No lo sé –manifestó Taro–. ¡Ojalá lo supiera! Pero mis dotes de vidente no están tan desarrolladas como yo quisiera.

– Tonto –sonrió ella y le tomó la mano–. ¿Y si vamos con una adivina?

– No estoy seguro de que eso sea una buena idea. –Misaki se rascó la nuca, inquieto, con su mano libre–. Creo que no te lo he contado, pero cuando jugamos el Mundial Sub-19 hace algunos años, una conocida de la preparatoria tenía una abuela vidente y decidió ir con ella para que le predijera lo que le sucedería a Japón para ese mundial; la mujer pronosticó una serie de desgracias que se hicieron realidad en su mayoría, una de las cuales fue el accidente que tuve en el que me lesioné la pierna y que hizo que me perdiera el torneo prácticamente en su totalidad. Después de eso, no me quedaron muchas ganas de seguir consultando videntes para conocer el futuro.

– Vaya, eso no lo sabía –confesó Eriko, asombrada–. Es decir, claro que sabía que te atropellaron, fue gracias a eso que tú y yo nos conocimos años después en la sala de espera del doctor Shibazaki, pero no estaba enterada de esas predicciones y mira que Hana me ha puesto al tanto de todo lo que ha sucedido con la Generación Dorada de Japón.

– Quizás no lo sabía, no fue algo que se hiciera del conocimiento público –sonrió Taro–. El caso es que gracias a eso no tengo ganas de consultar videntes y por lo mismo temo por lo que pueda venir en el futuro. No quiero enfrentarme a otra lesión en un momento tan importante, no ahora que por fin tengo la oportunidad de brillar sin que Tsubasa y Kojiro me hagan sombra.

Eriko era quizás la única persona ante la cual Taro reconocería abiertamente que, a esas alturas, Tsubasa Ozhora era más un rival que un compañero indispensable y/o un amigo entrañable. Ahora que ambos eran profesionales y que la diferencia entre sus habilidades resultaba abismal, a Misaki le costaba trabajo no alegrarse cuando podía jugar sin Tsubasa porque eso le daba la oportunidad de destacarse, cosa que no podía hacer del todo cuando el niño prodigio del fútbol japonés estaba en el campo de juego.

– Entonces aprovecha esa oportunidad y no permitas que una mala experiencia previa te arruine las cosas –sugirió Eriko–. Un rayo no golpea dos veces el mismo árbol y tú ya tuviste tu buena cuota de mala suerte para toda una vida, así que deja de angustiarte tanto y mejor enfócate en lograr la meta que te has propuesto.

– Sí, tienes razón –asintió Misaki, después de suspirar–. Creo que también esa mala sensación puede deberse a que estoy ansioso por el peso de la responsabilidad que tengo de clasificar al equipo a los Olímpicos.

– También había pensado en eso. –Eriko volvió a apretarle la mano con cariño–. Pero te culpas porque quieres: no estás jugando solo en los partidos, hay otros diez jugadores contigo, cariño.

– Genzo te ha instruido bien, por lo que veo –señaló Taro, más relajado–. Es más o menos lo que él me diría.

– Oye, que yo también soy capaz de pensar por mi cuenta –bufó Eriko y frunció el ceño.

Taro soltó una pequeña carcajada y sintió que la sensación de opresión que tenía en el pecho había disminuido notoriamente, aunque no desapareció del todo. Agradeció enormemente el tener a quien expresarle sus preocupaciones sin que lo tacharan de idiota, como seguramente habría ocurrido de contarle esos presentimientos a alguno de sus compañeros. ¿Qué habría dicho Matsuyama de habérselo comentado? Lo más probable es que se hubiera reído un poco de él, con todo y que Taro era el que más motivos tenía para preocuparse por los malos presagios.

Sin embargo, cuando por la noche se encontró a solas en su cama, el mal presentimiento volvió a invadir a Misaki, comenzando por su pecho y extendiéndose lentamente hasta invadir cada molécula de su cuerpo, extendiendo sus raíces en cada neurona de su cerebro. Era como un cáncer mental que no estaba dispuesto a darle tregua. "No te dejaré ganar", pensó él, tratando de dominarlo. "Seré más fuerte, esta vez no caeré derrotado".

"¿Y quién ha dicho que serás tú el afectado?", le susurró esa voz, nacida de su más profunda oscuridad.

Y fue cuando supo que, sin importar cuánto lo intentara, no iba a poder evitar lo que iba a ocurrir, que se limitaría a presenciar ese evento como un simple espectador que es incapaz de detener lo inevitable.

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Múnich.

Por fin, tras semanas de esfuerzo, desvelos y estrés desmesurado, Nela entregó su tesis en tiempo y forma, y si a eso se le añadía que el abuelo Huan-Yue por fin estaba de regreso en China tras revelar que sólo estuvo probando a su nieto y a su novia pero que en realidad apoyaba su relación, la inglesa tenía motivos de sobra para sentir que había superado las pruebas difíciles que enfrentó en las últimas semanas. Eso le dejaba tiempo libre para, además, relajarse un poco antes de comenzar a preocuparse por las solicitudes de ingreso a las universidades de Inglaterra a las que aplicó, lo cual acarrearía nuevos problemas y estrés pero ya vería eso en su debido momento.

Aprovechando que tenía una tarde libre, Débora ayudaba a Nela a poner un poco de orden en su escritorio, el cual estaba lleno de papeles, libros y objetos de papelería varios que, aunque Nela intentó acomodar lo mejor posible, acabaron haciendo un desastre mal calculado.

– ¿Has recibido ya respuesta de tus solicitudes? –quiso saber la mexicana, mientras acomodaba una pila de fotocopias desordenadas.

– Todavía no –negó Nela–. Faltan varias semanas para que empiecen a enviar sus contestaciones.

– Ya veo –dijo Débora–. ¿Y ya has hablado con Sho sobre eso?

– No, todavía no. –Nela sintió una punzada de incomodidad–. Es decir, tuvimos que tocar el tema gracias a su abuelo pero no hemos tratado el asunto de qué vamos a hacer si llegan a aceptarme en algún lado.

– Hmmm. –Débora frunció el ceño pero dudó en decir lo que estaba pensando.

– ¿Qué ocurre? –inquirió Nela–. No te calles lo que piensas.

– Es que no me quiero meter en lo que no me importa –replicó Débora–. Los asuntos de pareja siempre deben tratarse entre dos personas pues un tercero ya estorba, aprendí bien eso gracias a Jean.

– Sí, pero eres amiga y tu opinión me interesa –contradijo Nela–. Sobre todo cuando claramente algo no te ha parecido correcto.

– No es que no me haya parecido correcto, es que creo que estás tomando el asunto muy a la ligera –explicó la doctora–. Si regresas a Inglaterra, tu relación con Sho se verá muy afectada.

– Sólo un poco –aseguró la inglesa–. Es decir, sí, será una relación a distancia, pero vendré a Alemania cada que pueda hacerlo y seguro que Junguang querrá visitarme durante sus vacaciones.

– ¿Y eso será suficiente? –insistió Débora–. ¿Realmente crees que con eso les bastará para conservar su noviazgo?

– Wakabayashi y Lily lo han estado haciendo así desde hace varios meses –replicó Nela–. ¿Por qué no podemos hacerlo también nosotros?

– Wakabayashi y Lily tienen problemas de relación porque se han dado cuenta de que, si siguen por la vía en la que van, acabarán por separarse –suspiró Débora–. Llegaron a ese punto en donde ambos se dieron cuenta de que ninguno va a renunciar a sus sueños por causa del otro y por eso se encuentran en la disyuntiva de qué va a suceder con su relación. Y lo mismo te va a pasar a ti cuando te llegue la carta de aceptación de Cambridge o de Oxford porque por mucho que Sho te quiera, no abandonará el Bayern Múnich por ti. Estoy segura de que tú sabes que eso de "el amor lo puede todo" no es más que un cliché de las comedias románticas que no funciona en la vida real.

Nela se quedó callada un rato y fingió que estaba concentrada en ordenar sus libros, aunque en realidad analizaba lo que Débora acababa de decir, de una manera un tanto ruda pero cierta. Ella también creía que dos personas que no tenían metas compatibles estaban destinadas a fracasar, pero no quería catalogar su relación como una de ésas. "Estoy siendo bastante hipócrita, lo sé", se recriminó. "Pero, ¿quién quiere aceptar que su noviazgo probablemente no tenga futuro?"

– Vaya que has madurado, Debs –comentó Nela, después de un rato de silencio–. No hace mucho, eras del tipo de mujer romántica que creía firmemente en ese lema de los Beatles: "All you need is love (Todo lo que necesitas es amor)".

– Después de lo que sucedió con Stefan, tendría que ser muy ciega para seguir creyendo que el amor es suficiente para eliminar tus problemas de pareja –admitió Débora–. Se necesita mucho más que buena voluntad para eso.

– Sí, es cierto –asintió Nela; volvió a quedarse callada durante algunos segundos, tras lo cual agregó–: Aun así, creo que Wakabayashi y Lily están lejos de acabar su relación, ambos son de voluntad fuerte y al menos van a intentar llegar a un acuerdo antes de mandarlo todo al carajo. Pero, aunque así fuera, eso no significa que a Junguang y a mí nos va a pasar igual.

– Tal vez no –reconoció Débora–. Pero debes admitir que las probabilidades son altas.

– Lo sé –suspiró la inglesa–. Y agradezco que te preocupes por mí pero, a riesgo de sonar como ardida que desea regresar el golpe, ¿has pensado tú en qué sucederá con Levin y contigo?

– No –sonrió Débora, con pesar–. Bien jugado, amiga, bien jugado, pero en mi caso tengo la justificación de que no quiero presionar a Stefan, todavía está saliendo de su cascarón y es muy pronto para comenzar a hablar de una relación a largo plazo. Además, ni siquiera sé cuáles son sus ideas al respecto; sé que estuvo comprometido con su ex, pero no sé si después de lo que le sucedió todavía tenga deseos de casarse.

– Por no decir que hablar de matrimonio a esta edad es algo apresurado, ¿no te parece? –opinó Nela–. ¿O es que quieres casarte ya? Aunque si dices que Levin estuvo comprometido antes, no debe de importarle que todavía sean jóvenes para casarse.

– No quiero hacerlo aun –negó la otra–. Es decir, sí me quiero casar algún día y tener hijos, pero mínimo quiero acabar mi especialidad primero.

– ¿Y es con Levin con quien quieres hacerlo? –cuestionó la psicóloga–. Porque si no es con él, tarde o temprano su relación va a terminar en un callejón sin salida.

– No he pensado mucho en eso –suspiró Débora–, pero todavía somos jóvenes: si nuestro noviazgo no funciona, quedará con un bonito recuerdo para ambos.

– Si eso es lo que piensas, ten cuidado a la hora de decírselo a Levin, si es que tienes planeado hacerlo –sugirió Nela–, que eso mismo le dijo Wakabayashi a Lily y ya viste cómo resultó.

– Lo sé bien –rio la doctora–. Y tú ve buscando el momento más adecuado para hablar con Sho acerca del futuro de su relación. Es bueno que de vez en cuando apliques los consejos que les das a otros.

– Qué graciosa. –Nela rio con ella.

Nela bien sabía que Débora tenía razón: debía hablar con Sho y dejar los puntos sobre las íes. Aunque no quisiera reconocerlo, lo que había sucedido con Genzo y Lily la desanimaba más de lo que esperaba, pues temía que, a pesar de sus esfuerzos, a Junguang y a ella les acabara pasando lo mismo.

Notas:

– En el manga sólo se especifica que el primer gol de Japón contra Malasia fue anotado por Wakashimazu con un pase de Misaki, así que me tomé la libertad de elegir quiénes metieron los otros cinco.