Capítulo 66.
Bangkok, con enlace a Múnich.
Tras el primer partido, la Selección de Japón la tuvo relativamente fácil durante el resto de la primera ronda. La intención del entrenador Kira y del equipo era acabar como primeros del grupo F de la segunda ronda eliminatoria para los Juegos Olímpicos y estaban en vías de lograrlo. Tras el impresionante debut en casa, el siguiente encuentro sería contra Tailandia, el cual habría de jugarse en el Estadio Rajamangala, ubicado en Bangkok.
El equipo de fútbol tailandés no era como el malasio, en la mente de varios jugadores japoneses todavía estaba impreso el recuerdo de que aquéllos estuvieron a punto de eliminarlos en las previas al Mundial Sub-19, ocurrido algunos años atrás, así que sabían que no podían tomarse este partido a la ligera. Además, los tailandeses estarían jugando en casa, lo cual en sí era un factor a favor para ellos que había que tener en cuenta. Sin embargo, el buen resultado que Japón obtuvo contra Malasia llenó a los jugadores de optimismo y altas expectativas, por lo que a casi nadie le importó que tuvieran ese detalle en contra. Además, un nutrido grupo de aficionados nipones hizo el viaje con ellos hasta Bangkok para animarlos de manera apropiada, de manera que no se sentirían tan solos en tierra ajena.
El partido tuvo lugar en una noche agradable, con un clima estable que no interrumpiría el encuentro con lluvias inesperadas. El estadio se encontraba lleno a su máxima capacidad, lo cual era bastante sorprendente considerando que no era un juego tan importante y que el fútbol no era el deporte más popular del país. Los comentarios para la transmisión internacional seguían estando a cargo de los señores Takahashi y Toda, aunque en esta ocasión tendrían mucho menos público debido a la hora y al día en el que tendría lugar el evento.
–Wakabayashi, ¿tu novia también va a ver este partido? –le preguntó Hana a Genzo, mientras éste se ajustaba las agujetas de sus tacos.
A pesar de lo que sabía, Hana seguía tratando a Lily como la novia de Genzo y en estricto sentido todavía lo era pero, a pesar de eso, él esbozo una sonrisa torcida que hizo que Aizawa se apresurara a explicarse.
–Digo, Lily aún es tu novia, ¿no? –cuestionó.
–Dependerá de su tiempo libre el que la doctora vea este juego –contestó el portero–. Y sí, sigue siendo mi novia, al menos no ha terminado formalmente conmigo y no es del tipo de persona que lo haría de la manera informal.
–¿Te refieres a un mensaje de texto mal enviado a las cinco de la mañana? –aventuró Hana, con una sonrisa igual de extraña que la que él puso.
–Algo así –asintió Wakabayashi–. ¿De verdad hay gente que hace eso?
–Tuve un novio que eso hizo conmigo. –Hana se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja–. No es agradable que te hagan eso.
–Supongo que no –reconoció Genzo, con acritud.
–Es bueno que no te preocupe eso –acotó Hana–. Supongo que, si tu novia quisiera terminar contigo, esperaría a que volvieras a Alemania para hacerlo.
–Eso espero. –Wakabayashi hizo una mueca–. Aunque casi preferiría que lo hiciera por mensaje, no me gustaría volver después de tanto tiempo para encontrarme con una sorpresa así.
–Bien, no es como si ella pudiera venir hasta Japón sólo para terminar contigo, ¿no? –señaló Hana–. Creo que eso sería demasiado, cruzar el planeta para romper una relación.
–Aunque pudiera, no lo haría –aceptó Genzo–. La doctora no vendría hasta este lado del mundo para una cuestión tan banal.
Hana iba a decir que terminar una relación con alguien no era algo banal, pero se ahorró el comentario al ver que el rostro de Wakabayashi lucía sombrío. Por alguna razón que él no quiso decir en voz alta, ese día se veía particularmente pesimista con respecto a su relación (sólo con eso, pues su ánimo futbolístico estaba al tope, como siempre) y Hana no quiso ser impertinente tocando un tema que se veía que a Genzo le afectaba.
A pocos metros del sitio en donde se encontraban hablando estos dos, Taro Misaki miraba extrañado hacia la tribuna, como si ésta le hubiese lanzado algún insulto inesperado. Dado que Misaki no era de los que se preocupaban por los fans del rival, este hecho llamó la atención de Hikaru Matsuyama, quien se acercó a su amigo sutilmente, como quien no quiere la cosa, para contemplar también la tribuna.
–¿Estás nervioso, Misaki? –preguntó Matsuyama al fin, al no encontrar algo interesante para ver–. Te ves tenso, cosa que me sorprende porque ésta no es la primera vez que jugamos fuera de casa.
–No estoy nervioso por el partido –negó Taro, con desazón–. Pero sí estoy tenso, y lo estoy por una razón bien estúpida.
Entre el grupo de aficionados que habían hecho el viaje hasta Japón se encontraba Azumi Hayakawa, lo cual era bastante extraño si se tomaba en cuenta que ella llevaba un tiempo considerable viviendo en París. Después del fracaso de la no-relación que tuvieron Taro y Azumi, ésta había decidido regresar a su natal Francia a retomar la vida que dejó allá para ir a Japón en busca de algo que no fue más que una ilusión. Si bien Azumi juró y perjuró que su partida no tenía nada que ver con Misaki, lo cierto fue que ella cortó todo tipo de contacto con él, lo que le confirmó a éste que sí tuvo mucho que ver en la decisión que tomó la chica de abandonar tierras niponas.
–De entrada, ¿qué clase de persona abandona el país en el que creció, su familia, sus amigos y la familia que conoce para ir detrás de alguien que nunca ha demostrado interés por ella? –le dijo Eriko a Taro alguna vez, cuando se enteró de su situación con Azumi–. No había justificación para que ella se mudara al otro lado del mundo bajo el pretexto de que "es el país de sus padres" si ya tenía algo estable en Francia. Ella nunca había puesto un pie en Japón, ni siquiera nació aquí, ¿qué fue lo que la trajo hasta acá en realidad? Si fuiste tú, no es culpa tuya que ella se haya dado de bruces contra la realidad cuando se dio cuenta de que tú no la ves más que como amiga.
Pero si bien sabía que Eriko tenía razón en todo, Misaki no podía evitar sentirse culpable por la debacle en la que Azumi se vio involucrada y que llevó a la ruptura de su amistad con ella. Sí, es cierto, Taro nunca la vio como potencial novia, pero sí era una amiga muy cercana y que Azumi dejara de hablarle le dolió más de lo que esperaba. Teniendo esto en cuenta, que Azumi le enviara un correo electrónico de la nada, tras años de silencio, para avisarle que iría a apoyarlo a Tailandia, desconcertó tanto a Misaki que por un momento olvidó el mal presentimiento que lo había estado acosando por meses.
–¿Es por Hayakawa? –preguntó Matsuyama sin rodeos. Él estuvo presente cuando Taro leyó el correo de la chica, por lo que estaba enterado del asunto.
–Sí, para qué negarlo –admitió Misaki–. Estoy mirando la tribuna para ver si la visualizo y corroborar que en serio está aquí, lo cual es una estupidez.
–Bien, es estúpido que creas que podrás verla con sólo fijar tu vista en la tribuna, pero no es estúpido que te sientas inquieto por su presencia –replicó Matsuyama–. Yo también me sentiría incómodo si supiera que mi ex novia, a la que tengo tiempo de no ver, me avisa que va a venir a verme a jugar a otro país, sobre todo si ella no está viviendo en dicho lugar.
–Azumi no es mi ex novia –lo corrigió Taro, con una sonrisita avergonzada–. Y empiezo a creer que ése fue precisamente el problema.
–¿Y qué opina tu verdadera novia al respecto? –inquirió Hikaru.
Algo que a Misaki le agradaba de Matsuyama era que él no hablaba con sarcasmo ni hacía muecas burlonas cuando tocaba temas incómodos. De haber sido otro el interlocutor, como Wakabayashi por ejemplo, seguramente ya habría hecho más de un gesto de mofa o algún comentario fuera de lugar.
–Se lo tomó mejor de lo que esperaba –contestó Taro–, aunque después me dijo que iba a conseguirse un lanzallamas, sólo por si acaso.
Hikaru lo miró con cara de sorpresa aterrorizada, lo que hizo que Misaki se riera.
–Estaba bromeando, obvio –señaló él–. O eso espero.
–Bueno, ella es una Wakabayashi –le hizo notar Matsuyama, con mucho tino–. Yo no estaría tan seguro de que haya estado bromeando.
–Tendré que correr el riesgo –aseguró Misaki–. De todos modos, si yo no sé en dónde está Azumi, dudo mucho que Eriko lo sepa.
–Pero tendrá tiempo para averiguarlo –insistió Hikaru –. Noventa minutos completos, cuando menos.
–No estás ayudando –reclamó Taro, con el ceño fruncido.
–Lo siento, me dejé llevar. –Matsuyama se echó a reír–. Pero tómalo con calma, ¿de acuerdo? Quizás Hayakawa esté aquí para hacer las paces.
–O quizás, para variar, está huyendo otra vez –replicó Misaki–. Sólo así tendría sentido que haya venido hasta acá.
Sí, era cierto que si alguien podía cruzar medio planeta sólo para hacer las paces, ese alguien era Azumi Hayakawa, pero Taro estaba seguro que había algo más en esa repentina visita, algo que sonaba a una huida precipitada. Y algo le decía al joven que muy seguramente iba a tener que involucrarse más de lo que deseaba en cualquiera que fuera el problema que tuviese Azumi, con la finalidad de ayudarla y quizás así reparar sus propios errores.
–¿De qué vendría huyendo? –cuestionó Matsuyama, confundido–. No tiene mucho sentido.
–No de qué, sino de quién –aclaró Taro–. No importa realmente, no tiene caso que te moleste con estas cuestiones.
–No es una molestia escuchar las preocupaciones de un amigo –replicó Hikaru, poniéndole una mano en el hombro–. Además, tu vida amorosa es de lo más divertida.
–Gracias. Me haces sentir que sólo me escuchas para reírte –refunfuñó Misaki.
Ambos hombres compartieron unas buenas risas durante unos instantes, lo cual aligeró el estrés que Taro llevaba cargando consigo desde hacía tiempo. Matsuyama volvió a ponerse serio después de un rato y preguntó lo que quería saber.
–¿En qué te basas para creer con tanta seguridad que tu ex, eh, digo, Hayakawa viene huyendo de alguien? –inquirió–. Han pasado años desde que no hablas con ella, no sabes cuáles son sus verdaderas motivaciones.
–En que recibí un mensaje de un conocido que tenemos en común –respondió Misaki, resignado–. Es quien me ha dado a entender que Azumi se fue de Francia para evitarlo a él.
El conocido en común que tenían Taro y Azumi no era otro que Jean Lacoste, ese médico francés que tantos dolores de cabeza le causó al sueco Stefan Levin. Por lo que Misaki pudo intuir a raíz del mensaje de Jean, al volver a París el doctor causó mucho revuelo en Azumi, algo que la chica no se tomó de buena manera después del descalabro amoroso que tuvo con Taro. Dicho de otra forma, ella ya había sufrido por un hombre y no estaba dispuesta a volver a sufrir por otro, pero no estaba preparada para el impacto que recibió cuando volvió a ver a Jean. Éste no venía del mejor humor tras su supuesto fracaso amoroso en Alemania con la doctora Cortés, pero también fue víctima de las jugarretas del amor y acabó cayendo en el mismo pozo sin fondo al que Azumi fue arrojada también. Sin embargo, considerando que ninguno de los dos estaba en su mejor momento anímicamente hablando, con cada uno sufriendo por un amor no correspondido, no se podía esperar que lo que sea que hubiera habido entre esos dos tuviese un buen final, prueba de ello era que Azumi ahora se encontraba en Bangkok, a la espera de ver un partido que jugaría el joven que le rompió el corazón años atrás.
–¿Ahora también la haces de casamentero? –fue el comentario que hizo Matsuyama–. Es raro, si tomamos en cuenta que no eres capaz de resolver tu propia vida amorosa.
–Gracias, Matsuyama, eres un gran amigo, nunca cambies –repuso Misaki, con sarcasmo–. Te burlas porque a ti te ha ido muy bien con tu primera y única novia.
–Oye, no todos necesitamos romperle el corazón a medio centenar de chicas antes de encontrar a la adecuada, como hiciste tú. –Hikaru no pudo evitar seguir haciendo bromas a costa de su amigo, aunque después trató de aligerar el asunto–. No hablo en serio, ya lo sabes.
–Lo sé y no me ofende. –A pesar de todo, Taro rio–. De verdad que me da gusto que tu relación con Fujisawa marche tan bien.
–Sí, soy afortunado de tenerla de nuevo a mi lado –sonrió Matsuyama, con cierta nostalgia–. No sé qué hubiera hecho si ella hubiese decidido quedarse en América.
–Es bueno que estés consciente de eso –señaló Misaki.
–Tan lo estoy que he decidido que es momento de dar el gran paso –confesó Hikaru, con orgullosa vergüenza.
–¿Qué dices? –Misaki se sorprendió–. ¿Vas a pedirle matrimonio?
–Ya lo hice. –Matsuyama esbozó una sonrisa cómplice–. Y ella ha aceptado, pero esperaremos a que termine la universidad para casarnos.
–¡Felicidades! –Taro palmeó con energía la espalda de su amigo–. ¿Qué te hizo decidirte a dar el gran paso?
–Creo que tuve la idea desde que Yoshiko volvió de América, pero todavía éramos demasiado jóvenes para casarnos –explicó Hikaru–. Y no comparto la idea de Tsubasa y Nakazawa de casarse tan jóvenes; aunque lo respeto, no es para mí. Sin embargo, ahora que he visto cómo batallan Hyuga y Wakabayashi con sus respectivas parejas, quienes se encuentran viviendo al otro lado del planeta, me ha hecho decidirme. Sé que todavía estoy lejos del día en el que algún club de Europa me contrate, pero si llega a hacerlo, no quiero irme y dejar aquí a Yoshiko.
–De verdad que me da mucho gusto que hayas tomado esa decisión y me da más gusto todavía que ella haya aceptado –aseguró Misaki–. Espero que me invites a la boda.
–Eso puedes darlo por seguro –sonrió Matsuyama.
Era bastante extraño que ellos estuviesen hablando sobre eso en la previa del partido contra Tailandia, pero Taro pensó que ése era tan buen momento como cualquier otro. De repente, con una punzada melancólica, el joven se dio cuenta de que todos habían llegado al punto en donde comenzaban a hacer planes más serios a futuro, como casarse o hablar de jugar en Europa. "Yo estoy demasiado lejos de hacer cualquiera de las dos cosas", pensó Misaki, con desazón. "¿Será hora de formalizar lo que sea que tengo con Eriko? ¿Es ella la persona con la que deseo pasar toda mi vida?". La respuesta que le dio su cerebro lo sorprendió, a pesar de que en el fondo ya sabía cuál era. Pero ésas eran cuestiones que se deberían de ver después, con calma y a su debido tiempo. Por el momento, lo primero en lo que debía concentrarse era en el partido que estaba por jugar y después en tratar de corregir lo que sea que hubiera llevado a Azumi hasta ahí.
Los jugadores de ambos equipos salieron al campo; los de Tailandia, como era de esperarse, fueron recibidos con una atronadora ovación que calentó los ánimos de los locales. Los japoneses, sin embargo, también recibieron su buena cuota de porras de parte de los aficionados nipones que habían hecho el viaje hasta Bangkok. La alineación de los tailandeses incluía a jugadores como Singprasert Bunnag y los hermanos Khongsawat, los cuales estuvieron a punto de ser los verdugos de los japoneses en las eliminatorias del Mundial Sub-19; por parte de Japón la alineación no varió gran cosa de la utilizada en el partido contra Malasia, lo cual demostraba que Kira seguía teniendo plena confianza en sus planes.
–En la ocasión anterior que nos enfrentamos a Wakabayashi, no conseguimos anotarle un gol pero esta vez será diferente –dijo Bunnag a los hermanos Khongsawat–. Le meteremos muchos goles y aseguraremos el pase a la ronda final.
–Ya tenemos calado el juego de Japón –coincidió Chana Khongsawat–. Nos será fácil ponerlos en donde queremos, sobre todo porque no están jugando ni Tsubasa Ozhora ni Kojiro Hyuga.
Pero una vez iniciado el encuentro, los tailandeses habrían de darse cuenta de que habían pasado varios años desde el Sub-19 y que Japón había crecido mucho durante ese tiempo. A los hermanos Khongsawat no les resultó fácil atravesar la sólida defensa de Japón y, cuando conseguían hacerlo, se topaban con el imbatible muro que el Shugoshin Wakabayashi formaba frente a su portería.
–Con una elegancia y serenidad que se han convertido en su sello característico, Genzo Wakabayashi evita la jugada de riesgo de Bunnag –comentó el señor Takahashi–. Mientras él esté bajo los palos, Japón no tiene nada qué temer.
Los hermanos Khongsawat se tomaron este reto como algo personal, por lo que una y otra vez dispararon hacia la portería de Wakabayashi, haciendo uso de sus técnicas ampliamente aplicadas en anteriores torneos. Pero lo cierto era que a Japón no se le podía engañar dos veces con la misma estrategia y, si bien era cierto que Misaki no se enfrentó a ellos en las eliminatorias del Mundial Sub-19 (debido a que había sido corrido de la Selección por parte del entrenador Minato Gamo), Matsuyama y Misugi sí que recordaban a ese trío y al problemático Bunnag y aplicaron su experiencia de ese anterior encuentro para evitar que en esta ocasión pudieran hacer jugadas de peligro. Los tailandeses tuvieron que reconocer que Japón estaba jugando de manera impecable.
–Pongámosle más empeño –les dijo a sus compañeros Falan Khongsawat–. ¡Debemos aprovechar que estamos en casa para sacarle estos tres puntos a Japón!
En las tribunas, los aficionados tailandeses trataban de darles ánimos a sus seleccionados y hacerle sentir a Japón la fuerza del jugador número doce, es decir, la fuerza del fan. Sin embargo, los fans japoneses contrarrestaron con cánticos y porras tan intensas que, a pesar de que éstos eran inferiores numéricamente hablando, los jugadores japoneses llegaron a sentir que estaban en casa.
Ubicada estratégicamente en un palco de lujo se encontraba Eriko Wakabayashi, quien pudo hacer el viaje hasta Bangkok gracias a su dinero y al hecho de que no tenía algo importante que hacer con su vida. Ella no coreaba los cánticos que entonaban los aficionados que tenía debajo suyo, pero animaba a Misaki desde el fondo de su corazón. Sabía que era prácticamente imposible que pudiera verla, pero desde que comenzó el encuentro Eriko se puso a buscar a Azumi entre los fans que habían gastado su dinero para ir a apoyar a una selección de un deporte que no era ni remotamente popular en el país. Para su sorpresa, la encontró cuando faltaban quince minutos para que se acabara la primera mitad, sentada entre un grupo de admiradores de mayor edad, y si tuvo ese golpe de suerte fue porque, al igual que ella, Azumi no se levantaba cada vez que el equipo japonés hacía una buena jugada ni tampoco seguía los cánticos de la gente que tenía a su alrededor.
–Así que cumplió su amenaza de venir –comentó Eriko, en voz baja–. ¡Vaya descaro!
Pero aun desde donde estaba, Eriko pudo darse cuenta de que Azumi lucía decaída, casi como si hubiera ido al juego en contra de su voluntad. Parecía como si la chica viniese cargando sobre sus hombros el fantasma de un drama que ha sido común a tantos millones de personas en la historia de la Humanidad y que seguirá cobrando víctimas hasta el fin de los tiempos: el fantasma de la decepción amorosa. Muy a su pesar, Eriko empezó a sentirse mal por ella (no tendría por qué, después de todo era una rival amorosa), pero Azumi se veía tan decaída que no pudo evitarlo.
Mientras tanto, en el campo las jugadas de riesgo para Japón continuaban y a Tailandia le estaba costando cada vez más trabajo mantenerlos bajo control, hasta Ryo Ishizaki con su Ganmen Block llegó a cortar pases que podrían haber sido de peligro para el arco japonés (de no haber estado Genzo ahí, obvio).
–Ishizaki está haciéndolo muy bien –le dijo Hana al entrenador Kira–. Su forma de jugar y su espíritu de lucha mantienen en alto el estado de ánimo del equipo.
–Ésa es quizás su mejor virtud –asintió Kira–. Se ha esforzado mucho para estar a la par de sus compañeros, a pesar de saber que no tiene la misma habilidad.
Hana pensó que decir que Ishizaki no tenía la misma habilidad que sus compañeros era quedarse corto, pero al menos tenía que admitir que estaba dando su máximo esfuerzo.
Misaki, quien al comienzo del partido se sentía preocupado por Azumi, fue capaz de dejar de lado su vida personal y poner toda su capacidad al servicio de su selección. Seguía teniendo la responsabilidad auto adquirida de sacar adelante al equipo mientras Tsubasa estuviese lejos para demostrar que era tan capaz como él y que podía ser un buen sustituto en su ausencia.
"No, no un sustituto", se corrigió. "Un segundo líder, en todo caso".
–Taro Misaki no sólo está mostrando un juego magnífico, sino también un enorme poder sin precedentes bajo presión –comentó el locutor Takahashi.
–Se ha convertido en una pieza clave para el equipo –acordó su inseparable compañero Toda–. Un comandante adecuado para esta nueva Selección sin estrellas internacionales.
Si Misaki hubiese podido escuchar el comentario de Toda, sin duda que se habría sentido complacido. Decir que él era el comandante de la Selección de Japón sin estrellas internacionales sonaba mejor que decir que era un simple sustituto de Tsubasa Ozhora.
Sakun, Chana y Falan Khongsawat se combinaron para actuar como señuelo y tomar desprevenida a la defensa de Japón. Su estrategia tuvo éxito, pues se llevaron tras de sí a los defensas para que al final Bunnag se hiciera con el balón y se enfrentara uno a uno con el portero. Por supuesto, a Wakabayashi no le resultó difícil salir victorioso del duelo y cortar cualquier esperanza de los tailandeses de anotar el primer gol. Tras recuperar el esférico, Genzo le envió un pase directo a Wakashimazu, quien se lanzó en un contraataque veloz hacia la meta de Tailandia. Junto a él se echaron a correr Misaki, Nitta y Matsuyama como soporte, aunque al final fue Taro el que consiguió colarse hasta el área chica del rival. Al ver la oportunidad, Ken le envió el balón y Misaki lo metió en la portería con un buen tiro de derecha, abriendo así el marcador.
–¡Gol de Japón! –exclamó el comentarista Toda–. ¡Misaki equilibra la balanza a favor con un precioso disparo de pierna derecha!
–¡Bien hecho, Taro! –gritó Azumi, quien se levantó por primera vez de su asiento–. ¡Sigues siendo el mejor!
–¿Quién se cree esta descarada? –gruñó Eriko, enojada–. ¡Se desaparece durante años y de buenas a primeras viene hasta acá para animar a Taro como si nada hubiera pasado!
Un aficionado cuarentón la vio con extrañeza, pero se volteó de inmediato cuando Eriko lo fulminó con esa mirada tan propia de los Wakabayashi. La joven intentó concentrarse de nuevo en el partido, pero el festejo de Azumi por el gol de Misaki la había puesto de mal humor.
Antes de que concluyera la primera mitad, quedó bastante claro que Japón tenía dominado el encuentro y que si Tailandia no hacía algo para la segunda parte, perdería un importante juego en casa. Cabía la posibilidad de que las cosas cambiaran, después de todo un marcador de un gol en contra es fácil de remontar, sólo era cuestión de que el equipo local cambiara de táctica. No fue así; si bien los hermanos Khongsawat y Bunnag estuvieron a punto de lograr el empate, fue Japón, de la mano de Shun Nitta, quien fue bendecido por la diosa de la Victoria al conseguir la segunda anotación de la noche, con la cual habría de sellar el partido.
–Japón es mucho más fuerte de como lo fue durante el campeonato juvenil de Asia –comentó con mucho desánimo Falan Khongsawat, cuando el árbitro puso fin a sus sueños de gloria.
–Sí… aun sin Tsubasa y Hyuga… –añadió Bunnag.
–Esta fuerte Selección de Japón ha incluso derrotado a la poderosa Selección Sub-22 de Tailandia –señaló el señor Takahashi, como parte de sus comentarios finales–. Nos alegra saber que, sin lugar a dudas, son un fuerte candidato para clasificarse a los Olímpicos.
Los jugadores comenzaron a retirarse a los vestidores, siendo Genzo uno de los primeros en hacerlo. En el camino se topó con Wakashimazu, quien no perdió ocasión de felicitar a uno de sus antiguos rivales.
–Gran partido, Wakabayashi –le dijo Ken, quizás de manera demasiado amistosa y Genzo no pudo evitar preguntarse si Hana habría tenido que ver con ese cambio de actitud.
–Lo mismo digo, Wakashimazu –respondió el portero.
–Gracias, aunque estuve algo lento –replicó Wakashimazu–. Debo ponerle más empeño a mi faceta como delantero si quiero tener una oportunidad.
Wakabayashi sabía a qué se refería, él no hablaba como tal de anotar goles sino de continuar siendo titular cuando Hyuga volviera a ser convocado. Con una palmada en el hombro, el portero le deseó suerte y apresuró el paso al ver que Hana se dirigía hacia Ken. Ya en los vestidores, Genzo no resistió la tentación de ver su teléfono y no pudo evitar sentir una punzada de desilusión cuando se dio cuenta de que no tenía mensajes pendientes por leer. Era cierto que Lily no prometió ver cada uno de sus partidos y tampoco esperaba que ella lo felicitara después de cada juego, incluso no esperaba que los viese todos y menos ése en donde las diferencias horarias hicieron de las suyas, pero de cualquier manera no pudo evitar sentirse levemente decepcionado. La distancia comenzaba a hacer mella en ambos y Wakabayashi se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que Lily comenzara a perder el interés en su relación.
"No es habitual en ti ser tan pesimista", se recriminó. "No ha pasado tanto tiempo todavía y además ella debe de estar muy ocupada con su trabajo, no puedes esperar que esté al pendiente de todo lo que haces…".
Lo cierto era que Lily sí había querido ver el encuentro, pero tal y como Genzo había pensado, la diferencia horaria y su propia carga de trabajo se lo impidieron, ni siquiera tuvo un momento para mandarle un mensaje al portero pero se dijo que, debido a que su relación estaba en pausa, por decirlo de alguna manera, él no se tomaría a mal que ella no le llamara. De tal manera que la doctora se sorprendió mucho cuando recibió un email de Hana, que envió desde la misma Tailandia, en donde le reclamaba que había visto a Wakabayashi decaído por el hecho de que Lily no se había comunicado con él.
"No sé a qué están jugando los dos, pero sería bueno que ambos maduraran", escribió Hana, sin pelos en la lengua. "Él te extraña, pero su orgullo le impide decírtelo y yo sé que tú también quieres hacer las paces con él. ¿De verdad vas a aguardar hasta que él vuelva a Alemania para arreglar sus diferencias?".
–Esta mujer es entrometida con ganas –farfulló Lily, furibunda–. ¿Por qué carajos está tan interesada en que Genzo y yo nos reconciliemos? Además, ¿qué se piensa, que iré hasta Japón a hablar con él?
Sin embargo, Lily tenía que admitir que Hana tenía razón: le hacía falta manejar las cosas con más madurez. Había pasado el suficiente tiempo como para que a la doctora se le bajara un poco el enojo y también para que empezara a extrañar a Genzo, pero había tomado una decisión y lo lógico sería que se mantuviera en ella, considerando que no era posible tomar otra salida; se esperaría, pues, a que Wakabayashi volviera a Europa para terminar su discusión pendiente, de todos modos no era como si alguno de los dos pudiera atravesar el planeta en ese momento para resolver la cuestión.
"Pero esto es algo que debí haber pensado en un inicio", pensó Lily, mientras miraba el fondo de pantalla de su computadora personal, una fotografía que se había tomado con Genzo en alguna de las visitas que él hizo a Múnich. "Sabía que en algún momento nuestras carreras nos iban a complicar las cosas y aun así no me importó; supongo que, como suele suceder, la emoción me hizo menospreciar este detalle tan importante y por eso me ha dolido tanto el golpe contra la realidad".
No sacaba algo positivo con seguir pensando en lo mismo; en vez de eso, Lily decidió enviarle un mensaje a Genzo para disculparse por no haber podido ver el partido contra Tailandia. Wakabayashi le respondió que no importaba porque estaba consciente de que su trabajo era más importante, algo que Lily tomó como un reclamo aunque quizás él no lo dijo con mala intención.
"Espero que puedas ver el próximo, doctora, pero si no puedes, no pasa nada", escribió Genzo. "Seguiré dando lo mejor de mí".
–Lo malo de los mensajes de texto es que uno no sabe cuáles son las verdaderas intenciones de quien los escribe –bufó Lily, molesta–. Quizás me lo está diciendo en serio, pero siento como si me estuviera reclamando. ¡Aish, hubiese sido mejor que no le hubiera mandado nada!
Era bastante frustrante que, a últimas fechas, su relación con Genzo diera un paso hacia adelante y retrocediera dos, pero ése era el principal problema de las relaciones a distancia, que son difíciles de mantener cuando no se puede hablar cara a cara con la otra persona.
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Múnich.
Tras hablarlo larga y detenidamente, Karl y Elieth decidieron que ella lo entrevistaría a él en un lugar privado y que dicha conferencia la publicarían en sus redes sociales; si algo habían aprendido en los últimos meses fue que no debía ser menospreciado el poder de sitios como Facebook, Instagram y Twitter, los grandes gigantes de la información en el siglo XXI. Ninguno de los dos era particularmente adepto a las redes sociales, pero justamente eso fue lo que permitió que gente más experta, como Hedy Lims, propagara información falsa a través de estos medios de comunicación, información que después fue muy difícil desmentir debido a que se corrió como reguero de pólvora. Así como la gente de antes creía a ciegas lo que escuchaban en sitios públicos o lo que les contara la vecina, las personas del siglo actual creían a pie juntillas lo que aparecía en una red social.
Así pues, la pareja imperial decidió transmitir la entrevista en vivo por las redes sociales de Karl y después serían retransmitidas en las de Elieth, que al fin y al cabo el famoso era él y por tanto la versión directa tendría más visualizaciones en sus cuentas. Cuando Markus Küefer, el redactor en jefe de Sport Heute y que también era el otro jefe de Elieth, supo lo que ésta y Schneider iban a hacer en conjunto (ella cometió el desliz de comentárselo, cosa de la que se arrepintió después), les ofreció publicar la entrevista en su próximo número, aunque Elieth tuvo la impresión de que su jefe la estaba presionando a aceptar por el hecho de que trabajaba para él. Tras analizar los pros y los contras, Karl y Elieth decidieron aceptar la oferta, no tanto por la presión de Küefer sino porque el periódico tenía buena fama y les daría un mayor soporte a sus declaraciones. Markus aseguraba que su intención era apoyar al Káiser en un momento en donde fue atacado por varios periódicos pero, si bien Elieth creía que esto tenía su parte de verdad, también pensaba que Küefer lo hacía por otra razón menos generosa.
–Es obvio que espera conseguir una buena venta con la publicación de nuestra entrevista –señaló la francesa–. Seguramente ésa es otra razón de peso para querer que le cedamos los derechos, más que pretender que quiere apoyarte.
–Me sorprende que pienses tan mal de tu jefe –sonrió Karl–. Creí que lo tenías en un mejor concepto.
–Oh, no es una mala persona –aseguró Elieth–. Markus es un hombre honrado y decente, eso nadie se lo quita, es mucho más digno que los imbéciles que trabajan para Blind, pero no es perfecto. Si tiene la oportunidad de sacar provecho de algo, lo hará sin pensarlo dos veces. ¿Por qué crees que no le molestó que me volviera corresponsal del Bayern? Porque así tendría información de primera mano para Sport Heute sin tener que estar batallando con los permisos, era algo que le convenía.
–Algo así me supuse. Como dices, nadie es perfecto. –Schneider se echó a reír, aunque después se tornó serio–. Podemos confiar en él, ¿verdad?
–¿Te preocupa que pueda distorsionar la historia? –inquirió ella–. No lo hará, no te preocupes, no es de ese tipo de personas. Además, seré yo quien la edite y la deje lista para publicarla, me aseguraré de que se imprima tal cual la entrego, bajo amenaza de demandar si le cambia una coma.
–Menos mal –dijo Schneider, aliviado–. No me lo tomes a mal, pero con las experiencias previas que hemos tenido todos, lo normal es preocuparse por estos puntos.
–Cualquier precaución es poca, realmente. –Elieth tuvo que darle la razón–. Pero ya había pensado en eso.
Una ventaja con la que contaban era que, tras las declaraciones de Cassandra Pedraza Larreta, las personas que seguían el chisme del supuesto triángulo amoroso entre Schneider, Lims y Shanks estaban ansiosas por escuchar y/o leer una versión oficial del Káiser, dado que a Hedy Lims parecía habérsela tragado la Tierra, así que sus declaraciones serían bien recibidas y más si se las hacía a la otra involucrada en el asunto. Por supuesto, había que manejar las cosas con calma para evitar que se le fueran de las manos, pues la información que dieran podía ser usada como arma de doble filo por alguien mal intencionado.
–Aunque, si me lo preguntas, dudo que haya alguien que quiera meterse contigo en estos momentos –opinó Elieth–. Con las demandas pendientes contra el reportero de Blind y contra la Paulaner, cualquiera lo va a pensar dos veces antes de querer fastidiarte, mi Emperador.
–Supongo que no –admitió Schneider.
Una vez que hubieron tomado estas decisiones, el siguiente paso fue determinar qué preguntas debían incluir en la entrevista. A Rudy Frank le sorprendió mucho que ambos le consultaran sobre el tema pues creía que, al no haber tomado en cuenta su sugerencia de que no fuese Elieth la reportera elegida, Karl le estaba diciendo que había decidido hacer las cosas por su cuenta. El entrenador de buena gana les dio el visto bueno a las preguntas escogidas por Elieth e incluso consiguió autorización para que la conferencia tuviera lugar en las oficinas corporativas de Säbener Straße, algo que sorprendió hasta al mismo Karl.
–Me gustaría saber qué hizo tu padre para conseguir el permiso de Rummenigge –comentó Elieth–. Tu tocayo rara vez es tan magnánimo.
–Rummenigge está desesperado por limpiar el nombre de la directiva del club –señaló Karl–. Como no recibí apoyo cuando Hedy comenzó con sus acosos y literalmente ignoraron las protestas del entrenador, Rummenigge me ofrece un entorno seguro para hacer mi declaración como muestra de que el equipo cuida de sus jugadores. Y tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo ha sido así, creo que en esta ocasión los directivos no le dieron la importancia que debieron haberle dado a este problema porque no consideraron que sería algo serio.
–No le tomaron importancia por el hecho de que eres hombre y que debería de gustarte el acoso de una mujer, más si es una modelo. –Elieth frunció el ceño–. Y también porque preferían molestar a un jugador, aun así se tratara del Káiser de Alemania, en vez de arriesgarse a perder un patrocinador importante. Las cosas como son.
–Lo más probable es que haya sido así –suspiró el alemán–. Al menos alguien está intentando corregir esa falta.
Aproximadamente unas tres semanas después del partido de la DFB-Pokal entre el Hamburgo y el Bayern Múnich, la pareja estaba lista para llevar a cabo su elaborado proceso de confesión pública. Karl se sentía ridículo por tener que seguir tanto protocolo para revelar una cosa que no le debería de interesar a nadie más que a él, pero sabía que era la mejor opción para acallar los rumores. Se les preparó a los jóvenes una oficina privada en Säbener Straße a la que sólo tuvieron acceso el entrenador Rudy Frank y el mismo Rummenigge. Elieth estuvo a punto de protestar al ver a este último pero se contuvo al caer en cuenta de que debió de esperar algo así. Daba lo mismo, si la entrevista iba a hacerse pública, no importaba quién estuviera presente en el momento de grabarla. Así también, Rummenigge mandó traer a alguien de la oficina de prensa para que tomara el vídeo, en vez de dejar que Rudy Frank lo grabara como se había pensado originalmente.
–Buenas tardes a todos los que nos escuchan –comenzó Elieth–. Soy Elieth Shanks, corresponsal de Sport Heute, y el día de hoy estoy junto a una persona que no necesita presentación, pues es el mejor jugador de Europa y próximamente del mundo entero, el Káiser de Alemania Karl Heinz Schneider.
Rudy Frank sonrió ante la mención de que Karl sería el mejor jugador del mundo; Rummenigge hizo un gesto por el hecho de que Elieth dijo que era reportera de Sport Heute. Habría preferido que ella no mencionara su afiliación o, en todo caso, que se nombrara corresponsal del Bayern Múnich.
–Estamos aquí hoy, en las instalaciones del Bayern Múnich de Säbener Straße para dar una declaración con respecto a los sucesos recientemente ocurridos en el partido eliminatorio de la DFB-Pokal entre el Bayern y el Hamburgo, en los que yo misma he tenido parte y que han causado cierto revuelo a nivel nacional –continuó Elieth–.Dado que a últimas fechas la desinformación ha ocasionado que se corran rumores negativos y falsos, Karl y yo hemos decidido dar esta declaración para dejar en claro algunas cosas.
–Te agradezco que me hayas dado la oportunidad de hacer esto contigo –comentó Karl, cuando ella le dio la palabra–. No sólo porque eres la otra persona involucrada en estos eventos sino también porque te respeto como reportera, eres una de las periodistas deportivas más veraz y objetiva que hay en la actualidad.
–Gracias. –Elieth sonrió con sincera sorpresa–. Comencemos entonces con lo que todo mundo desea saber: ¿Qué relación tienes con Hedy Lims? Obviamente esperamos que nos respondas con la verdad.
–Lims y yo teníamos, hasta hace poco, una relación que era meramente profesional –respondió Karl, con mucha seriedad–. Trabajamos juntos para un anuncio de la Paulaner a comienzo de la temporada y después de eso no tuve contacto con ella por mucho tiempo, hasta hace unos cuantos meses en los que de manera extraña y sorpresiva se presentó en varios de los entrenamientos del equipo a pesar de que no había sido invitada a ellos. Después de este punto, mi relación con ella dejó de ser profesional para convertirse en una especie de acoso persistente: era evidente que yo era su punto de interés, pero de primera intención no me percaté de ello y llegué a pensar que estaba ahí por cuestiones meramente laborales. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que ella iba a las prácticas por mí y no porque estuviese relacionado a su contrato como modelo de la marca cervecera.
En breves palabras Karl resumió lo ocurrido con Hedy en los últimos meses y que ya ha sido plasmado aquí con anterioridad. No omitió ningún detalle, ni siquiera el hecho de que un día cualquiera el entrenador le dio la noticia de que se vería obligado a cenar con Hedy Lims, bajo pena de ser demandado por incumplimiento de contrato. Para proteger a su padre, Karl añadió también que Rudy Frank intentó evitar esta reunión pero que los directivos directamente lo mandaron a freír espárragos y lo obligaron a obedecer órdenes. Rummenigge ardía en deseos de aclarar este punto para salvar su propio nombre, pero había prometido que no intervendría así que se quedó callado, no deseaba empeorar las cosas con una intromisión no deseada. Después, Schneider habló también de sus intentos de cortar por vía legal la cena impuesta con la Paulaner y del poco éxito obtenido por falta de tiempo, por lo que se vio obligado a llevarla a cabo. Esto, aseguró, permitió que la modelo se aprovechara de la situación para declarar que tenía una relación amorosa con el Káiser de Alemania.
–No habría habido problema de haber estado yo soltero –enfatizó Karl, de manera inesperada–. Pero para ese momento yo ya estaba enamorado de otra mujer y temía perderla, así que hice la cosa más idiota que puede hacer un hombre: ocultárselo todo y esperar a que nunca se diera cuenta de que fui a cenar con otra. A veces, la ingenuidad nos lleva a hacer cosas verdaderamente estúpidas pero que en ese momento pensamos que son la mejor idea.
A pesar de saber que él diría algo así, estas palabras desconcertaron a Elieth, quien no pudo evitar ruborizarse; tuvo que recordar por qué estaban ahí para ayudarse a recobrar la compostura y continuar con la entrevista.
–Todos cometemos errores, Emperador –continuó ella–, pero no nos desviemos del tema: ¿dices entonces que, de haber estado soltero, no te habría importado salir con Hedy Lims?
–No, porque lo habría tomado como un compromiso laboral más –contestó Schneider–. Déjame explicarlo: si me resistí tanto a esa cena fue porque, es momento de que lo diga, yo ya estaba en una relación con una reportera, una relación que quería mantener en secreto para protegerla del show mediático que se desencadenaría al hacerlo público. Algunas personas cercanas a mí tuvieron experiencias negativas con sus relaciones por culpa de los tabloides y deseaba evitar que eso nos sucediera a nosotros. De no haber tenido ese compromiso, habría podido ir a cenar con Hedy Lims como quien va a una cena de negocios y habría ignorado lo que ella dijera de mí, pero por querer proteger a la mujer a la que amo fue que terminé empeorando la situación.
Karl se quedó callado algunos instantes, dudando. Ciertamente que habían elegido dejar para el final la declaración de que Elieth era la reportera de la que estaba enamorado, aunque a esas alturas ya mucha gente debía de sospecharlo gracias a lo que ella hizo en el partido de la DFB-Pokal, por lo que él eligió hacer lo que su conciencia le dictó que hiciera en ese momento.
–Lo cierto es que, si pudiera hacer las cosas de nuevo, te diría todo desde el primer momento para que no dudaras de mí, meine Kleine –declaró el alemán–. Así no habríamos peleado después ni habrías acabado metiéndote en el estadio para confesarme que también me amas. Nunca debí dejar que Lims casi arruinara nuestra relación, debí ser directo y honesto contigo desde el principio.
Debido a la sorpresa, Elieth se quedó callada tras estas palabras. No es que Karl no se las hubiera dicho antes, pero que no temiera repetirlas en una entrevista en vivo, delante de su padre/entrenador del equipo y del presidente del club, indicaba lo mucho que ella le importaba.
–Y yo no debí meterme al partido entre el Bayern y el Hamburgo, pero lo hice porque me dejé llevar por mi estupidez y por mi inmadurez –respondió Elieth, mirando hacia la cámara–. Debido a lo sucedido con Lims, Karl y yo tuvimos una discusión fuerte y la tristeza que sentí al pensar que estaba por perder a quien amo me empujó a interrumpir el juego para resolver cuanto antes nuestros problemas. No estuvo bien y me disculpo por ello, debí haber pensado mejor las cosas en vez de haber dado un mal ejemplo, considerando que también soy corresponsal del Bayern Múnich y que con mis actos manché el nombre del equipo. Estoy consciente de que llegamos a este punto porque tanto Karl como yo cometimos errores, porque en vez de hablar las cosas de frente preferimos callar lo importante. Creo que la lección que hemos aprendido de esto es que para que una relación de pareja funcione, debe haber buena comunicación por ambas partes.
Rudy Frank carraspeó para recordarles que estaban saliéndose del guion, aunque sospechaba que cualquier cosa que hiciera sería completamente inútil. Sin embargo, tenía que admitir que el asunto se veía mucho más real y sincero, si hubieran seguido al pie de la letra lo previamente establecido se corría el riesgo de que la gente pensara que todo estaba actuado.
–Estoy de acuerdo, meine Kleine, no hay algo más importante que la comunicación –asintió Karl–. Supongo que no queda más que decir que eres tú la mujer a quien amo y que si los dos hemos decidido hacer esta declaración es para dejarle en claro al mundo que Hedy Lims ha manipulado la información para hacer creer que es mi pareja, pero esto es mentira; a pesar de la fama de mujeriego que tengo, la cual es falsa, sólo tengo una novia y es Elieth Shanks, reportera de Sport Heute y corresponsal del Bayern Múnich, a quien amo.
Nuevamente Elieth volvió a perder la compostura y esta vez no pudo recuperarla sin soltar una risilla nerviosa, ruborizarse al máximo y tartamudear un discurso atropellado de por qué se metió al partido y qué buscaba conseguir con eso, a pesar de que prácticamente lo acababa de explicar. Sin embargo, esto sirvió para que ella se retratara a sí misma como una mujer loca y enamorada, y hasta Rummenigge se dio cuenta de que eso era lo mejor que ella podía hacer: la gente solía disculpar casi cualquier acto disparatado que hubiese sido hecho bajo la influencia del amor, siempre y cuando no hubiera salido alguien lastimado en el proceso.
–Esto no ha resultado como lo habíamos planeado, lo cual es una vergüenza –continuó Elieth, bastante apenada–. Nuestra idea era dar una entrevista para dar a conocer nuestras versiones acerca de lo ocurrido en las últimas semanas, pero no hemos sabido hacerlo correctamente. Sin embargo, creo que hemos dicho lo más importante: somos una pareja enamorada, como tantas que hay en el mundo, y nuestros actos fueron impulsados por el temor de perder nuestra relación, la cual hemos visto amenazada por Hedy Lims.
–No sólo nuestra relación, sino también mi integridad como persona y como jugador –añadió Schneider–. Jamás debí permitir que un patrocinador me obligara a hacer lo que no deseo ni que se metiera en cuestiones de mi vida personal sólo por el temor de ser demandado. En cualquier caso, me siento afortunado de no haber perdido a la mujer que amo por culpa de estos malentendidos.
Karl se dio cuenta de que Rummenigge volvía a fruncir el ceño, seguramente porque estaba dejando mal parado al club por no haber movido un dedo para ayudarlo y, aunque estrictamente hablando no había motivos para proteger al Bayern porque sí lo dejó solo, se apresuró a agregar un comentario conciliador.
–Quisiera aclarar que a últimas fechas he recibido apoyo del club con respecto a este punto –añadió Schneider–. A la directiva no le ha parecido bien este abuso de poder por parte de la Paulaner y ha estado en la mejor disposición de ayudarme a resolver este inconveniente.
–Se tardaron mucho, a mi parecer, pero más vale tarde que nunca. –Elieth no evitó el comentario ácido–. Pero en fin, que ése no es el tema de esta conferencia sino el que dieras tu versión de los hechos al mundo y creo que ya lo has dicho, fuerte y claro: Hedy Lims nunca ha sido tu pareja y lo que ella ha hecho ha sido sin tu consentimiento.
Al final los dos cerraron la entrevista con comentarios que sólo podrían ser hechos por una pareja que se tuviera mucha confianza. Cuando se cortó la grabación, el encargado de prensa levantó ambos pulgares en alto como señal de que las cosas habían salido bien.
–Esto fue mucho mejor de lo que esperaba, el vídeo tuvo más visitas de las estimadas –señaló.
–Nunca hay que subestimar la ansiedad de las personas por enterarse de un buen chisme –replicó Elieth.
–¿Será suficiente? –preguntó Karl, ansioso.
–Tendrá que serlo –sentenció Rudy Frank–. No se trata de que hagas declaraciones cada semana para mantener a raya a esa modelo.
–De mantenerla a raya ya nos encargaremos nosotros –intervino Rummenigge–. No vamos a dejar esto impune.
Elieth estuvo a punto de soltar otro comentario mordaz, pero Karl le hizo un gesto para pedirle que se contuviera. Si Rummenigge lo notó o no, no hizo acotaciones al respecto y se despidió tras asegurar que tenía mucho trabajo por hacer.
–El resultado de esto lo veremos en las próximas semanas –señaló el encargado de prensa–. Pero por los números que vi, creo que obtendremos algo bueno.
–¿Para quién? –preguntó Elieth, en voz baja.
–Para todos –fue Rudy Frank quien contestó–. Creo que podemos tomar esto como una pequeña victoria y deberíamos festejarlo. Señorita Shanks, ¿cree que este día sí nos podrá hacer el honor de comer en familia? Le he pedido muchas veces a Karl-Heinz que te invite, pero por lo que veo no ha hecho más que hacerse el tonto.
–¡Eso no es verdad! –protestó Karl, mientras Elieth se echaba a reír–. ¡No ha habido oportunidad por culpa de este desastre que estamos tratando de corregir!
Elieth aceptó de buena gana la invitación de Rudy Frank; si tu suegro tan amablemente te invita a su casa a comer, lo más lógico es acceder de buen modo.
No sería sino hasta el día siguiente cuando Elieth se daría cuenta del verdadero alcance de su estrategia: la opinión pública estaba ahora del lado del Káiser de Alemania y de la reportera imprudente que había entrado en el campo para tratar de proteger su relación con uno de los hombres más famosos del país. Hedy Lims terminó hundiéndose más en el lodo por haber sido la acosadora manzana de la discordia que irrumpió en una relación que dos personas quisieron mantener en privado. Si bien había mucha gente que pensaba que Karl Heinz Schneider tenía la culpa por no haber hecho pública su relación con Elieth Shanks, lo cierto era que el consenso general era que Hedy llegó muy lejos en su intento de ser reconocida como la pareja del Káiser de Alemania.
Por su parte la Paulaner, a través de Paula Waxweiler, intentaba limar asperezas con el Bayern Múnich y principalmente con Schneider a través de comentarios aparentemente inocentes y bien intencionados hechos en las redes sociales del equipo y del mismo Karl. A Elieth le sorprendió ver que en la publicación de la entrevista en su cuenta de Instagram tuvo favoritos de Paula y de otros personajes relevantes de la Paulaner, quienes actuaron como si nunca en su vida hubiesen escuchado hablar de alguien llamado Bernard Brunt. La francesa tenía que darles crédito, al menos se estaban esforzando en querer corregir sus errores, pero ella sabía que les iba a costar mucho más que buenas intenciones para lograrlo.
Mientras tanto, se filtró el rumor de que el Bayern Múnich buscaba terminar cuanto antes el contrato de patrocinio que tenía con la Paulaner, pero pocos se lo creyeron. Si bien era verdad que el Bayern sí quería hacer una revisión de dicha asociación, no era probable que buscara la manera de concluirlo, la realidad no era así de sencilla. Sin embargo, sí podría suceder que el club quisiera forzar a la cervecera a hacer algo verdaderamente grande que los reivindicara, bajo la amenaza de alguna demanda comercial.
Y mientras tanto, ¿qué hacía Hedy Lims? La modelo llevaba varias semanas desaparecida, básicamente desde el lío de la estación de policía. Durante ese tiempo se le hicieron memes, remakes con canciones movidas en donde una y otra vez azotaba contra el suelo y muchas parodias, con lo cual le dio a la población el entretenimiento morboso que tanto le gusta ver de las personas famosas. Su Instagram, tan activo antes del partido entre el Bayern y el Hamburgo, se encontraba abandonado y con más moscas que el cadáver de una vaca. Nadie sabía a ciencia cierta qué había sucedido con la modelo, pero los más perspicaces creían que pronto se volverían a tener noticias suyas.
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Dortmund.
Schweil Teigerbran fue uno de los muchos que siguió el cuento entre Karl y Elieth con sumo interés, por razones obvias. Desde que Genzo Wakabayashi le confirmó que entre esos dos había una relación especial, Teigerbran había decidido hacerse a un lado, como buen perdedor, y desear que Schneider llevase a buen término su relación. Después de todo, no ganaba algo positivo con esperar lo contrario, estaba consciente de que Elieth nunca le haría caso si ya estaba enamorada del Káiser de Alemania. Obviamente, Teigerbran fue uno de los pocos que no creyó en los cuentos de Lims y que declaró, cuando alguien le preguntó qué opinaba de ese asunto, que había que conocer la otra versión de la historia, es decir, la que correspondía a Schneider, antes de elaborar un juicio precipitado. Así pues, cuando Karl y Elieth hicieron sus declaraciones, Schweil no pudo menos que aplaudirles a ambos su audacia. Mientras se tomaba un café en un local medianamente concurrido en Dortmund y veía alguna nota relacionada a la nueva Pareja Imperial, como comenzaban a ser conocidos Schneider y Shanks, Teigerbran se preguntaba si se vería demasiado cínico el que felicitara a Elieth por su nueva relación.
–Pues yo creo que esto está montado –opinó un hombre de mediana edad, sentado a dos mesas más allá de donde se encontraba él–. Está claro que el Káiser quiere limpiar su nombre y su cochina fama de mujeriego y está usando a esa reportera para hacerlo. Que ella tampoco es una limpia paloma, por cierto, ésa es otra que quiere fama, es tan convenenciera como la modelo pero la diferencia está en que a aquélla sí la aceptaron para montar el teatrito.
Teigerbran dudó entre si debía callar al tipo o hacerse el desentendido. No le gustaba cuando insultaban sin razón a otro "compañero de trabajo" ni tampoco le agradó que denigraran a Elieth, pero tampoco quería delatar su presencia ahí. No le había resultado tan difícil pasar desapercibido y por lo mismo había conseguido tomar su café sin problemas, pero si intervenía sin duda que alguien lo reconocería como una de las jóvenes promesas del fútbol alemán y no quería hacerse famoso por culpa de algún vídeo viral.
–Oiga, usted, cierre la boca, ¿no le da vergüenza? –espetó entonces una de las camareras, una joven de cabello castaño claro–. Mire que ir por ahí insultando a la gente sólo por envidia no está bien.
–¿Qué? –exclamó el hombre, sorprendido de que fuese una mesera la que se atreviera a cerrarle la boca–. ¿De qué demonios estás hablando, mujer tonta?
–Del hecho de que está diciendo que Schneider miente –respondió la mujer, sin amedrentarse–. Habla como si fuera poseedor de la verdad absoluta de los hechos pero es obvio que es un hombre resentido con la vida que disfruta de ver la caída de alguien más. Sin embargo, no es éste su peor pecado, señor, sino el hecho de que afirme que esa reportera es una mala mujer sin que tenga bases reales para decirlo. ¿Cuál es su problema?
–Usted no tiene derecho a hablarme de esa manera –contraatacó el tipo–. Éste es un país libre y yo digo lo que quiero.
–Pero ésta no es su casa sino un restaurante público y a nadie le interesan las opiniones de un hombre resentido –replicó la mesera.
–Voy a enseñarte a cerrar la boca. –El sujeto comenzó a ponerse de pie, con actitud amenazante.
La camarera levantó con ambas manos la charola que llevaba, con toda la intención de usarla como arma o como escudo, según fuera el caso. El sujeto intentó lanzar un golpe con la diestra pero antes de que pudiera coger impulso, Teigerbran ya se había puesto en pie y lo había detenido por el hombro.
–Vamos, hombre, seguro que hay una manera mejor de arreglar las cosas –dijo el futbolista–. ¿Qué te parece si las descubrimos allá afuera?
El sujeto comenzó a soltar improperios al tiempo en el que llegaba el gerente y le pedía al agresivo comensal que saliera del lugar. Teigerbran hizo ligera presión sobre el brazo para obligar al hombre a caminar y no lo soltó hasta que estuvo afuera. Éste se marchó gritando que ya se cobraría la afrenta, pero nadie realmente le prestó atención.
–Gracias –le dijo la mesera a Schweil–. Evitaste que le diera una buena paliza a ese tipo.
El joven sonrió involuntariamente, pues quedaba claro que la chica no habría tenido oportunidad contra el hombre. Iba Teigerbran a responder algo agudo, cuando el gerente le hizo una seña a la camarera.
–Aliona, tú y yo tenemos que hablar sobre la manera en la que te comportas con los clientes –señaló–. Te he dicho ya que no puedes expresar tus opiniones así cuando estás trabajando, tengas la razón o no.
La chica le guiñó el ojo con cierta vergüenza a Teigerbran, tras lo cual siguió al gerente de regreso al local. El futbolista recordó que no se había acabado su café y consideró que tal vez sería buena idea volver para hacerlo y tal vez pedir un par de tazas más.
Notas:
–Después de siete años de haberlo comenzado, este fanfic ha entrado por fin en su recta final, aunque no sé calcular cuantos capítulos le faltan todavía.
