65. Vías de escape
Edward salió de clases dispuesto a charlar con los chicos antes de comenzar con el entrenamiento de esa tarde. Tenían una franja de media hora para prepararse antes de que los de infantil les dejasen libre el polideportivo.
Salió al patio de secundaria y sintió la típica brisa que solía haber sobre aquella hora de la tarde, acompañado del griterío de los niños mientras jugaban a pitching a lo lejos del campo. Un minuto después, recibió un mensaje de Bella avisándole que fuera al vestuario de chicas de piscina.
Edward casi se sonroja por llegar a leer parte de la última conversación que tuvieron. Pero al segundo siguiente, frunció el ceño. Ella no solía interrumpirle en aquellas tardes. Así que, con mucha confusión, acudió al lugar que le había indicado.
—¿Bella?
—Cierra con seguro, por favor.
Él hizo lo que le pidió y luego volvió a girarse. Pero seguía sin verla.
—¿Dónde...?
Ella apareció con las manos encogidas detrás de la pared de los vestidores, la que llevaba a los banquillos de las duchas.
—La verdad es que estaba empezando a echarme para atrás —dijo con un poco de cobardía. Pero al ver su expresión, Bella supo que lavar el conjunto de voleibol de su anterior colegio había valido la pena.
Edward se acercó a la castaña sin quitar la vista del uniforme deportivo violeta con rayas blancas que llevaba puesto. La camiseta era algo amplia, pero que igual destacaba su prominente delantera, como era usual... y luego la parte de abajo sí que consistía en unos pequeños apenas visibles shorts. Bella jamás los había usado por lo mucho que se subían al mínimo roce de sus muslos... hasta esa situación en concreto, claro. Los había acompañado de unas medias altas que casi le rozaban la rodilla, que tardarían muy poco tiempo en empezar a bajarse, para terminar todo con unas zapatillas blancas y bajas.
—El otro día me mencionaste... que una de tus fantasías era hacerlo en un gimnasio —mencionó ella—. Pensé que esto contaría como parte de él.
Él tragó con dureza y sus orejas empezaron a enrojecer.
—¿Y tú... cómo...? —Miró hacia arriba, a los lados. El vestuario gris estaba impecable y vacío.
—Por supuesto, me encargué de todo —se apresuró a decir Bella—. Llamé a secretaria para saber que a esta hora la piscina estaba libre; también pedí las llaves de este vestuario, y no del general porque aquí no suelen venir tantas personas y está más limpio, ehm...
Edward dejó su mochila y su bolsa de gimnasio en una de las bancas sin dejar de escucharla.
—Sé que tienes 30 minutos antes del último entrenamiento, nadie va a entrar y... bueno. —Ella bajó la vista al suelo—. Era un poco arriesgado, pero... necesitaba que tuviésemos un momento a solas...
Él ya no aguantó la impaciencia y se acercó a pasos rápidos hasta alcanzar a besarla.
—Ninguna otra persona podría hacer una locura de forma tan bien premeditada.
Bella no pudo estar más de acuerdo.
—Los dos somos iguales en ese aspecto, ¿no?
Pero Edward estaba tan excitado por su aspecto, que le respondió con el simple hecho de volver a besarla. Bella estaba más que satisfecha. Al poco tiempo, ambos acabaron detrás de la pared hacia los banquillos de las duchas, el único sitio donde se podían encontrar bancos más anchos.
Realmente lo iban a hacer allí...
La castaña notó un estremecimiento por toda la columna. Notó que la esquina del banquillo le presionaba la parte interior del muslo cuando Edward quiso recostarla encima. Él separó sus bocas y volvió a coger aire en la esquina de su cuello. Mientras tanto, ella repasó su torso con una mano mientras la otra, casi aplastada entre sus cuerpos, se dirigió poco a poco hacia el sur... Edward estiró y succionó su labio inferior cuando Bella comenzó a acariciar y bombear su miembro viril.
La dureza creció en su mano más pronto de lo que pensaba.
—Esto... después de tantos días, estoy algo ansioso —advirtió Edward. Bella identificó el temor y nerviosismo en sus palabras y le concedió una sonrisa amable.
—Yo también. —Lo besó una vez más, antes de ir descendiendo poco a poco por su cuerpo, hasta que su rostro quedó a la altura de su erección todavía enfundada por el pantalón.
Edward tragó fuerte. Lo que vino después fue piezas de ropa cayendo a su alrededor, grandes bocanadas de aire mezcladas con inevitables jadeos, cuerpos entremezclados y toques que culminaban en placenteros orgasmos.
Las rodillas de la castaña quedaron cubiertas con dos marcas rojas de las baldosas del suelo. Se exponían en toda su gloria, enredadas entorno a la cintura del rubio. Por otro lado, la espalda de Edward y su pobre trasero quedaron marcados por las tablas del banquillo. Esa última la consiguió durante el tiempo en que él estuvo sentado mientras Bella permanecía desnuda y respirando de forma agitada sobre su pecho, buscando calmarse.
La barra que sujetaba los colgadores había actuado como un gran soporte en sus recientes actividades... La posición que eligieron fue dura, pero al menos evitaron que el banquillo sonase tanto como lo hizo cuando él trató de ponerse encima de ella.
—Jamás me habría imaginado las ventajas de usar el gimnasio en horas libres —mencionó Edward con voz jocosa.
Bella siguió acariciando su torso. Le encantaba hacerlo cuando tenía la oportunidad y, además, sabía que él lo disfrutaba mucho.
—Todos pagamos este derecho en la cuota mensual del colegio —alegó ella—. Pero aún así, casi nadie lo usa.
—Así de tontos somos.
Ella movió la cabeza.
—¿Al final ambos hemos acabado haciendo ejercicio, eh?
Edward rio.
—Y sudando.
Bella miró más allá de la barra de los colgadores.
—Qué bien que aquí hay duchas.
—Si quieres las probamos juntos.
Edward se estremeció cuando sintió la vibración de la risa de la castaña en la piel. Se sintió tan bien...
—¿Sexo en la ducha, Edward? —se mofó ella—. Es el peor de los clásicos.
—Por eso debemos probarlas para tener nuestra propia opinión —señaló, con el que él creyó el argumento perfecto—. ¿Acaso no te provoca verme mojado?
A Bella le delató la picardía y Edward soltó una carcajada, gesto al que ella se unió otra vez.
—Se me va a meter el agua a los ojos —alegó divertida mientras presionaba la barbilla en su pecho para mirarlo.
—Tengo una toalla entre mis cosas.
—Igual no tardaremos en resbalarnos.
Edward alzó una ceja.
—Nos vamos a la parte más seca.
—Tendremos frío —se quejó la castaña.
—En teoría el vestuario está temperado. —Él se inclinó para besar su nariz—. Pero si igual sientes frío, ponemos el agua muy caliente para que salga un vaho de vapor que sirva de calefacción en el ambiente y ya está. Al fin y al cabo, aquí no se agota.
Ella sonrió.
—Lo dicho. Planificas tanto como yo.
El móvil de Edward sonó y lo dejó estar, pero Bella sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que se levantase a cogerlo.
—¿No te han echado de menos en el partido?
Edward negó.
—Dejé a alguien a cargo.
Y es que, a la mitad de lo que hacían, él ya había recibido una llamada de los chicos preguntándole acerca de si iba a ir al entrenamiento. Por voluntad propia, él prefirió avisar que faltaría ese día y se quedó a disfrutar del resto del tiempo que disponía con Bella. La castaña le dio un pequeño beso en el pecho.
—La suerte de ser el favorito de la clase, ¿no es así? —alegó ella con gracia.
Sin embargo, Edward se quedó pensativo.
—A veces no es cuestión de suerte.
nnn
Edward buscó sitio entre los pocos asientos disponibles del comedor del internado. El estómago se le cerraba por sí mismo cuando tenía que tratar de pasar entre aquel complejo de mesas y bancos estrechos. Los habían barnizado y toda la cosa para conservar las piezas antiguas, pero aún así era todo un reto permanecer sentado por más de media hora encima de ellos. Y por si no era suficiente incómodo, también tenía que aguantar las bromas pesadas de los niños a su alrededor o mirar a nada que no fuesen las paredes sobrecargadas de ornamentos y cuadros horribles.
Al pasar detrás de una mesa, alguien le quiso poner el puntapié. Edward por suerte reaccionó a tiempo y lo evitó. Pero la situación era tan irónica, que el niño pecoso que lo quería fastidiar se enrabió y se levantó de un salto.
—¿Crees que te puedes salir con la tuya?
Acto seguido, levantó el puño en dirección hacia Edward, pero él lo esquivó y entonces su intencionado agresor casi se cae. Los niños de las mesas vecinas empezaron a reírse. El pecoso miró con rabia y empezó a llorar.
La alerta levantó la atención de las cocineras y la profesora de turno. No se alarmaban ante el resto del alboroto, pero con ese sí.
—¿Qué ha sucedido?
—¡Edward me ha pegado! —chilló el pecoso.
—¡No es cierto! —replicó él, pero enseguida los otros niños empezaron a asentir con la cabeza.
—¡SÍ! ¡Le ha hecho así, con la mano! —decían mientras ilustraban el movimiento con el brazo como podían.
Edward no comprendió nada entonces. Solo sería después, que aprendería lo que allí llamaban la fidelidad de grupo. De forma inconsciente, ellos ya habían aprendido a defenderse los unos con los otros.
Y él era nuevo.
—¿Es cierto eso, Edward?
Él levantó la mirada hacia la profesora, negando.
—No...
—¡Sí lo hizo!
—¡Sí, sí!
No había ninguno que no hablase en su favor. Y los que se quedaban callados, tampoco hacían nada para remediarlo.
—¡Bien, suficiente! —anunció la profesora con rotundidad—. No nos moveremos de aquí hasta que me digáis quien de los dos miente.
Edward, mantuvo su postura y el otro niño también. El rubio estaba confiado de su suerte. Estaba diciendo la verdad, así que... nada tenía por qué ir mal. Pero con el paso de los minutos, Edward se dio cuenta de que aquella era una batalla perdida. La insistencia de las voces persistía por su derrota en lugar de la de su oponente. El enfado de la profesora crecía y la negativa del niño delante de él no parecía sino fortalecerse más y más. Si todo ya estaba apuntando en su contra, ¿Para qué iba a seguir buscándose una peor tortura?
—En serio quiero irme de aquí, mamá.
Esme cerró los ojos.
—Estás a mitad de curso.
—¿Y qué?
La mujer tomó un suspiro y continuó.
—Tu padre dijo que era un buen colegio. —volvió a insistir—. Si tan solo pudieses tratar de adaptarte...
—¡No! ¡No y no! —chilló el niño de inmediato—. ¡La vida aquí es horrible e injusta! No te tengo a ti, no tengo a nadie y tampoco puedo ir a ninguna parte. ¿Por qué me estás castigando? —empezó a llorar—. ¿Qué te he hecho?
La mujer al otro lado estaba haciendo el esfuerzo más grande de toda su vida para no llorar.
—¿Vamos a hacer algo, vale? —acabó por proponerle—. Aguanta cuatro semanas más, Zoi Mou, te lo suplico. Es todo lo que te pido.
—¿Y luego qué? —preguntó él.
—Si en cinco semanas el panorama no cambio, te juro por mi vida Edward que voy yo misma y te saco de allí.
—¿De verdad?
Esme asintió al otro lado del teléfono.
—Te metí allí por tu bien, cariño —le indicó—. Pero si sufres más de lo que ganas, entonces voy a ponerle remedio.
Edward salió con el ánimo recobrado de aquella conversación.
Sin embargo, la emoción no le duró tanto como pensaba. La realidad le hizo recordar que todavía tenía un mes por delante, un mes lleno de amenazas diarias, miedo y desesperanza.
Aquella noche tuvo que empezar a pensar cómo podría hacer que el tiempo pasase más rápido. Todo sería más fácil si se llevase bien con ellos... Así que, de alguna manera tenía que lograr conseguir lo que su madre le aconsejó. Adaptarse.
No era cuestión de querer, sino de una elección desesperada... y de necesidad.
nnn
Para Bella, despertar e irse al baño a disimular sus ojos inyectados de sangre con colirio, se había vuelto parte de su rutina. A pesar de que las nauseas se le habían pasado hacía unos días, sus córneas escocían por la falta de sueño y por las numerosas horas de exposición frente a sus apuntes en la pantalla.
Pero a ella no le generaba ninguna pena.
El café que bebió una hora antes de quedarse dormida seguía en su escritorio. Era una burla, la prueba de su inaptitud para quedarse trabajando toda la noche como había planeado.
Y a ese paso, ¿cómo demonios lograría sacar tiempo para hacer todo lo que tenía que hacer?
La pantalla del móvil se iluminó, por suerte, y cedió de forma temporal la tortura mental que estaba ejerciendo sobre sí misma. Bajó como alma que lleva al viento y fue a recibir a Edward para acto seguido llevarlo a su cuarto de la manera más sigilosa posible.
Una vez dentro, cerró la puerta con pestillo y se encontró cara a cara con aquellos pozos azules de un peculiar tono oscuro que siempre estaban ahí para consolarla. Lo amaba.
—Hey.
Edward pasó la mano por su mejilla, pero a cambio ella tiró de su camiseta para besarlo.
Lo había echado tanto de menos...
Él soltó una breve risa, desprevenido por su frenesí.
—¿Quieres algo rápido para desahogarte, verdad?
Bella asintió con vehemencia.
Edward acarició sus labios con el pulgar y luego los aplastó con los suyos, correspondiéndola. Ella pasó las manos por sus hombros e hizo presión mientras él la alzaba y la llevaba hacia la cama. Bella quiso empezar a sacarse la camiseta con tanto afán que se encontró incapaz de llevarlo al cabo. La frustración la hizo tirar de la tela con fuerza entre sus torsos, pero Edward cogió sus manos y le dio un beso suave en los labios mientras él se ocupaba. A medida que ella disminuía su prisa, el rubio la fue recostando sobre las sábanas rosas.
Como siempre, él admiró la vista de sus generosos pechos fuera del sujetador y los agarró entre sus manos, encantado. Bella aprovechó aquella distracción para continuar desnudándose. Al menos, se ocupó de evitar usar una prenda ligera que apretase tanto su piel como la falda del colegio. Él la seguiría poco después y, aunque no había nada erótico en la manera en que lo hacían, las miradas furtivas sobre el otro los hicieron sonreír.
Ambos se situaron en el centro de la gran cama. Recién entonces, Edward pudo percibir el curioso aroma frutal que emanaba de los hombros de la castaña. Un ingenio que sin duda había surgido con el tiempo a preparar ese encuentro.
La castaña trató de abrir sus piernas para recibirlo, pero él se apartó, ganándose un mohín de protesta.
—Necesitas preliminares, Bella.
—Quiero hacerlo ya... —insistió ella.
—Si no dejas a tu cuerpo relajarse, te va a doler.
Bella bufó y él le dio un pico en la nariz.
—Además, también te gusta la dulzura.
Ella lo miró, Edward acarició su mejilla y dejó que sus labios volviesen a unirse. Cediendo a su voluntad, Bella rascó su cuello cabelludo antes de dejar que sus curiosas manos resiguieran los músculos de sus brazos. Edward fue repartiendo unos cuantos besos por su cuello hasta llegar a uno de sus pechos.
El rubio repasó el pezón con los labios mojados y luego hizo lo mismo con el otro, hasta tenerlos erguidos. Ella arqueó su espalda, ofreciéndoselos, y él se llevó el pecho derecho a la boca, succionándolo y dando pequeños toques en la punta con su lengua.
La necesidad de fricción hizo que Bella guiase la mano de Edward entre sus pliegues. Una vez estuvo conforme, ella lo dejó libre y vertió un poco de saliva en una mano para llevarla hacia su erección.
Él jadeó y mantuvo la mirada conectada con la suya mientras volvían a unir sus bocas, sulfurados por los focos de placer que sentían. Después de bombear con rapidez unas cuantas veces, Bella volvió a sentir la mano seca sobre la erección del rubio en poco tiempo.
Pero sabía cómo ponerle remedio.
El orgasmo la azotó contra los dedos de Edward. Él mantuvo su mano ahí y ella fue la que tomó la iniciativa en quitarla, tan pronto como se recuperó de las secuelas. Entonces decidió descender por su cuerpo. Acarició su torso y las pequeñas protuberancias de sus tetillas, recorriendo la firmeza de sus músculos hasta detenerse en su erección.
Repasó el glande por la humedad de sus labios antes de llevársela a la boca. Estiró sus manos sobre sus muslos y pubis, sabiendo que lo excitaba de sobremanera.
Así que empleó el truco que aprendió con Edward la última vez en el gimnasio, y bajó sobre su cuerpo hasta encontrarse con su erección. La cogió entre las manos y se la llevó a la boca.
Edward jadeó. Él ya ardía de deseo por su cuerpo y eso también la hizo estremecerse con anticipación. Como supuso, él no tardó en acariciarle la cabeza con suavidad para advertirle con la mirada que se apartara. Ella soltó el miembro erguido, con un hilo de saliva desde su labio. Se limpió un poco, pero igual él la atrajo hacia él para besarla. Ambos notaron un ligero sabor salado en sus bocas, pero era a lo que menos prestaban atención. Edward recorrió su trasero con las manos, amasándolo hasta que Bella tuvo que dejar marchar sus labios para tomar aire. Entonces Edward besó su cuello, mientras poco a poco la dejaba sobre el colchón y se colocaba detrás de ella.
—¿Tú no tenías piscina a esta hora?
Bella asintió.
—En teoría...
Él sonrió y acarició uno de sus muslos.
—Como me preocupo por ti, antes de venir he investigado una postura para seguir fortaleciendo tu flexibilidad.
Bella soltó una risita que se extinguió tan pronto como la punta mojada de su erección tanteó su entrada. En su última sesión del gimnasio, percibió que un entretenimiento oral antes de aquello facilitaba un poco las cosas.
—¿Quieres probarla?
—Está bien. —Bella tragó fuerte—. Solo... no te equivoques de agujero desde ahí atrás.
El rio. Trató de pasar una pierna por encima de la suya. Al primer intento, Bella apartó la pierna porque le dio un tirón tremendo. Y al segundo, Edward tanteó su erección entre sus pliegues hasta deslizarse sin problema dentro de ella.
Bella lanzó un sonido de sorpresa.
—¿Qué?
La castaña lo miró por encima del hombro.
—Creo... que es el ángulo idóneo.
Edward sonrió con orbes casi negras. Los labios femeninos abrazaron con fuerza su erección cada vez que entraba y salía de su cuerpo. Bella estaba tan excitada que solo al inicio jadeaba por aire como pocas veces acostumbraba a hacer.
—¿Entonces te gusta?
Ella asintió.
—Siento que tal vez se me va a dormir la pierna. —Tomó aire—. Pero la verdad es que para lo que estoy disfrutando... compensa.
Escuchar eso le dio mucha más confianza a Edward para continuar embistiendo. El choque de sus cuerpos se escuchaba por todo el cuarto. Ambos juntaron sus manos, hasta que encontraron el desahogo que buscaban.
nnn
Aquel breve encuentro, sería lo último que Bella y Edward tendrían en los próximos tres días. Y ella se dedicó a compensar sus ratos libres con lectura. Ahorraba mucho más tiempo que cuando estaba con Edward, pero cuando estaba con él también esos descansos eran más... efectivos.
La castaña se lamentó. Si lo llamaba en aquel momento, tal vez tampoco podría hablar con ella, ya que aprovechaba esos tiempos en que no se veían para estar con sus amigos. Amigos... algo que ella en teoría, también debería de tener.
Aunque añadir la presión social a la gigantesca lista que ya tenía no parecía ser la mejor de las ideas.
¿Pero qué le quedaba cuando le venía esa necesidad de hablar con alguien? Dejándose llevar por la suerte, revisó el chat de sus redes sociales en el móvil y... entre tantos compañeros del colegio con los que hablaba de cosas insignificantes o trabajos, estaba Ethan.
¿Sería buena idea escribirle? Ella empezó a meditarlo. Además de Edward, era el único con el que se llevaba más o menos bien. Y con quien podía hablar mucho más allá que de determinados temas como hacía con personas como Jess. De primeras no le salía que Ethan estuviese en línea, así que probó a escribirle y luego, antes de que los nervios la hicieran arrepentirse, dejó en paz el móvil para irse a estudiar.
Alrededor de 10 minutos más tarde sonó la notificación de su respuesta. Ella quiso leer su mensaje, pero por abrir el chat de forma rápida, presionó llamada.
—¿Bella?
Maldita sea...
—¡Lo siento, lo siento! —se apresuró a decir—. No pretendía llamarte, sino escribirle, pero, ugh...
—También puedo hablar —alegó él.
—Ah.
Ethan suspiró.
—Cuánto tiempo.
—Sí, he estado estudiando. Y en mi tiempos libres... —Una imagen de Edward teniendo sexo con ella le vino a lamente—... También he estado ocupada.
—¿Ya no lo estás?
—Lo sigo estando —señaló ella—. Es solo que... es duro querer bloquear todas las distracciones y que el cuerpo no te rinda lo que quieres, ¿Sabes?
—Bueno, dicen que no hay nada como esforzarte teniendo una motivación, ¿no?
Bella se encogió de hombros.
—Sí... Aprovecho en leer.
—¿Qué te gusta?
—Pues, informativos, de filosofía... —Y luego de decirlo, no supo si había hecho mal en ello. Solo Edward había comprendido sus gustos.
—Ajá... —murmuró Ethan—. ¿Algo que te relaje más?
—Eso es lo único en lo que invierto menos tiempo.
Ethan rechistó al otro lado del dispositivo.
—La utilidad no lo es todo, niña mimada. —Lo dijo con un tono neutro que lo hizo sentir más como reproche que como insulto—. Mira que nos lo vienen advirtiendo desde distopías como Nosotros y Un mundo feliz desde el año de la pera.
—Hum...
—¿Las has leído?
Ella frunció los labios.
—Esas en específico, no.
—Pues te las recomiendo.
Bella lo pensó.
—¿Qué tienen de especial?
Él soltó un bufido.
—Ya sabes, te hacen reflexionar sobre la humanidad.
💎Hmm, la historia empieza a llegar al punto que me gusta. 😎 Pronto vendrán bombas y se responderán muchas cosas. Llegamos a la cumbre de la novela, chicas.
💎Con este capítulo finalizo la maratón. Trataré de actualizar cuanto antes, tal vez el fin de semana. Pero se vienen capítulos intensos, solo digo eso. Gracias por el apoyo y hasta la próxima n.n
Kisses! 😘😘😘
