Capítulo 108.- Finales de abril

Campo de Carabobo.

Cercanías de la ciudad de Valencia.

Futura República de Gran Colombia.

Lo que en la actualidad es Venezuela.

24 de junio de 1821

Y Barcelona en el año 37.

«Nada ocurrió el primero de Mayo. La situación era bien extraña. Barcelona, la

llamada ciudad revolucionaria, fue quizá la única en la Europa

no fascista que no celebró ese día. Pero admito que me sentí aliviado.

Se esperaba que el contingente del ILP marchara en la

manifestación con la sección del POUM y todo el mundo preveía incidentes.

Lo último que yo deseaba era verme mezclado en alguna tonta lucha callejera.

Marchar por la calle detrás de banderas rojas,

con ampulosos eslóganes escritos, para luego morir de un balazo

disparado con una metralleta desde alguna ventana

por un desconocido no respondía a mi idea de lo que es una forma útil de morir.»

«Homenaje a Cataluña»

George Orwell

Bolívar leyó el mensaje y se revolvió sobre la silla y el caballo; esperó unos instantes que a Irene le parecieron eternos y entonces despachó al edecán de su lado con un gesto. Volvió el lacayo a donde estaban Ernesto y ella, dispersando a los soldados que les habían acompañado sin siquiera tomarles los nombres. Adiós a las promesas de recompensa, hola llamada de atención del Libertador.

– Está usted herido, señor Buendía –observó el edecán–. Tendrá que verle un cirujano.

– Lo agradecería –musitó Ernesto.

– Acompañe a su señor esposo –ordenó a Irene–, que iré a buscarla cuando acabe la batalla. Su Excelencia desea ver el lugar y comprobar que es cierto lo que dicen de Nevado.

Irene asintió tratando de parecer sumisa y cargándose con Ernesto, brazo tras el cuello, llevó su cojera cerca de una tienda bien grande no muy lejos del puesto de mando. El sol caía de plano y a lo lejos, cañonazos, tiros y gritos de hombres en pelea apenas les llegaban; los gritos que comenzaron a hacerse más fuertes fueron los que salían precisamente de la tienda y eso molaba bien poco. Irene comprendió el error casi al mismo tiempo que Ernesto descubría el percal alarmado no, lo siguiente: sobre mantas en la tierra o improvisadas mesas, los heridos llegaban en pequeños grupos listos para entablillar huesos rotos, desangrarse o ser directamente amputados.

– Ni de coña –murmuró Ernesto ante los aullidos de un muchacho al que cortaban el brazo.

– Te obligarán si te dejo aquí –gruñó Irene. Tras un par de vistazos descubrió un grupo de árboles no muy lejos y supuso que quizás podría hacerse con agua hirviendo y algunas vendas limpias–. Vamos. Tengo una idea.


Se quedaron frente a la puerta del hotel Continental. En las Ramblas, cerquita de la plaza de Cataluña, cuqui de la muerte.

Era un edificio de cuatro plantas y una fachada de piedra clara que hacía ángulo, sembrado de balconcitos muy chic. «Gran Continental Hotel Gran Continental», rezaba la pancarta en lo alto. A Julián aquello le sonaba a jugada sucia de Chispi aunque, después de ir corriendo de un lado para otro desde el bombardeo del Florida y todo el tema del bucle, lavarse un poco y una cama como que le llamaba bastante.

– ¿Por qué este hotel precisamente?

– Porque está lleno de extranjeros –se justificó Chispitas. Mentía. Perraca–. No llamaréis la atención si acudís a vuestras tapaderas de Madrid. Deberíais tener a mano la documentación.

Julián recordó que aquella Chispitas estaría informada de lo de Madrid. Por ella misma. Otro punto curioso de la historia, porque en algún momento tendría que informarse de lo que aún no sabía. En otro orden de cosas todavía les debía una explicación, y una explicación les debía, de por qué había dicho que Azaña se olía que eran agentes del Ministerio del Tiempo. Paso a paso, supuso Julián. Lo primero es lo primero y la maquinita que mueve los hilos nos quiere aquí: por algo será. No le acababa de molar volver a ser Juan Cholo: el acento mexicano falsete se le pegaba al cerebro como dulce de tamarindo. Órale. Chingada.

– A mí me va –se encogió de hombros Pacino, práctico.

– A ti te va todo, amor –bromeó Julián.

– Ya sabes que sí –sonrió Pacino–. Aunque cuadrará más que dentro del hotel sigamos dentro del armario. Los años treinta siguen sin parecerme gay-friendly.

– Creía que ya habíamos descartado esa tapadera.

Pacino sonrió. Ampliamente.

– A ver –dijo muy serio–. Ni de coña.

Julián subió los dos escalones que había para entrar.

– Tú dirás lo que quieras pero…

Le interrumpió tropezarse con una camarera de hotel, jovencita, de uniforme pero sin cofia. Ojos verdes. Morena y espigada.

Que se le quedó mirando como si hubiera visto un fantasma.

– Te encuentras… Quiero decir –Julián decidió volver a México. Tequila. Charros. Rancheras– … ¡Órale! Qué malpaso tuvimos usted y yo. ¿Se encuentra bien, señorita?

La muchacha se le quedó mirando unos instantes que se hicieron eternos. Parpadeando. Primero miró a Julián y luego a Pacino, para luego mirar a Julián. Parecía alarmada. O enfadada. Difícil de decir.

– Este… Lando Caricias a su servicio –se presentó Pacino–. No se le salte la térmica, señorita. Fue accidente. No nos habremos visto antes, ¿verdad?

Ahí ya dejó de prestar atención a Julián y se quedó mirando al Largo para no soltarle vista.

Pero no más se fue corriendo, sin decir ni pío.

– Me recuerda a alguien, ¿viste? –murmuró Pacino al entrar al hotel.


Irene evitó el rostro cenizo de Ernesto y deseó que Julián estuviera allí; él hubiera sabido qué hacer. Al pie de un árbol, con los gemidos de los heridos de fondo, excepto lavar, coser, y vendar, no podía hacer mucho más por el pobre Ernesto. El lanzazo en el muslo apenas sangraba ya sin torniquete y aunque había podido cerrar la herida entre gruñidos y algún que otro desmayo, si los matasanos de aquella época amputaban era por una buena razón: las heridas difíciles se infectaban fácilmente.

Y a Ernesto ya comenzaba a subirle la fiebre un poco.

Los gritos de alegría de los soldados les llegaron entonces en lenta sucesión. La batalla estaba ganada. Por fin.

– Chispitas. ¿Cuánto queda para que se forme el portal?

– Lo ignoro, Irene –resumió la IA–. Podrían ser horas. O días.

– ¿Tan mal me ves? –sonrió Ernesto. Hablaba débilmente–. Aún tienes que guiar a Bolívar hasta Nevado. Es posible que el portal se forme cerca de él. O de camino a Caracas. Y necesitamos volver a ser sus amigos del alma.

Aquello era probablemente cierto. Las curas de Ernesto habían durado apenas media hora y el edecán de su Excelencia no había aparecido buscándola, pero algo le decía que con la batalla ganada pronto lo haría. Y había que ganarse a Bolívar para no llevarse sustos. Eso incluía besos de ron y puros, si hacía falta.

– Vale… Pero cuando se forme el portal, iremos a España, ¿verdad? –recordó Irene. Se paró. Había sonado un poco más angustiada de lo que pretendía. Aquello no le daría ánimos precisamente–. Ya hemos terminado con América. Allí podrán echarte un ojo a esa herida.

– Ni siquiera había penicilina en el 36 –recordó entonces Ernesto–. Las cosas no estarán mucho mejor que aquí.

Irene no quiso creerle.

El edecán apareció entonces llamándola, cerca de la tienda de los heridos. ¡Señora Iguarán!, llamó.

– Vete –ordenó Ernesto–. Y llévate a Chispitas.

Irene tardó en levantarse.

– No te me mueras, hijo de puta –le dijo–. Vuelvo en un rato.

Y salió de los árboles para reunirse con Bolívar.


Victoria fingió alejarse del hotel, para dar la vuelta a la manzana y entrar por los almacenes. Allí saludó a cocineros y camareros que encontró de camino por los pasillos del servicio, y volvió al recibidor a tiempo, y discretamente, para ver en él a Juan Trampero y a su amigo registrarse en el hotel. No la había reconocido. O fingía. Victoria no estaba segura.

¿Qué debía hacer? Avisar a Padre, sin duda, mas ¿de qué manera? Aún no le había querido contar cómo había visto morir a Juan Trampero y revelar que habíale reconocido (a una versión de él anterior al manos, pardiez qué confuso), haríala tener que contar la muerte. Quizás era lo mejor. Padre encontrábase más acostumbrado a las cosas de viajar por el Tiempo y ocultarle información de poco habíale de servir si acaso quería que confiara en ella. Se decidió a subir entonces a la habitación de Padre, con rapidez, adelantando en las escaleras a los hombres.

Mas esperando a Padre encontrar en su habitación, hallole de camino en la puerta del cuarto de los ingleses, departiendo con Eileen.

– ¡Vos! –rugió Padre al verla–. ¡Con vos he de hablar ahora mismo!

A Victoria no le costó esfuerzo imaginar que la inglesa habría revelado el asunto del arma. Padre siempre recurría al voseo cuando enojado se hallaba.

– Padre, cosas más importantes nos ocupan ahora.

– No puedo imaginar cuáles –masculló.

Eileen se disculpó con media sonrisa y cerró la puerta, y Victoria lo tomó del brazo alejándole de allí.

– ¿Habéis ido a comprar arma al inglés cuando el recado había sido para mí? –rezongó en susurros al encontrarse con más huéspedes por el pasillo–. ¿En qué estabais pensando hija? ¡Esta ciudad es peligrosa! ¡Y en estos días aún más! Ambiente anda revuelto entre anarquistas y comunistas. Algo malo se viene.

– Hablemos de eso luego, Padre –se excusó Victoria–. Han aparecido dos hombres en el hotel. Uno de ellos es el que creo que vos llamáis Julián.

– ¿Qué? ¿Julián aquí? ¿Cómo?


Dieron a montar un caballo a Irene y guió a su Excelencia y al séquito hacia el riachuelo y el claro cerca de donde habían visto a Nevado y a Tinjacá por última vez. Bolívar no le dirigió la palabra durante el trayecto. Iba rodeado de los pelotas habituales comentando la jugada; al parecer dos coroneles se habían lanzado al ataque en plan machote cuando todo estaba ganado y los realistas se los habían llevado por delante en una escaramuza. «Dos bravos mandos», «el valor les encendió en demasía» y cosas por el estilo.

De vez en cuando un mensajero se les aparecía para pedir instrucciones: estaban persiguiendo a las tropas realistas, las cuales se batían en retirada.

– Una victoria memorable, Excelencia –recalcó Pelota Máximo, el de las patillas cortas.

– Umhh… –gruñó Bolívar.

Cuando llegaron al riachuelo y a la arboleda las cosas no habían cambiado mucho; algunos cadáveres más si acaso, pero lo que quedaba del pobre bicho y del desgraciado Tinjacá estaban donde les habían dejado. Bolívar descabalgó y se dirigió al indio; luego pasó su mano por el pelaje ensangrentado del perro y allí estuvo un poco más. Cuando levantó la rodilla del suelo, sus ojos estaban vidriosos. Irene no se paró a juzgar: sólo quería regresar con Ernesto lo antes posible y salir de allí. Bolívar entonces ordenó avanzar por entre las posiciones para encontrar más heridos, y demoró subir al caballo para quedarse al lado de Irene unos momentos.

– Qué clase de hombre llora por un perro y no por sus hombres –murmuró Bolívar.

Lo había dicho para él, más que para ella, pero Irene supuso que a pesar de no haberse cruzado una palabra en lo que para él eran diez años, ser la única rubia del lugar quizás le daba atribuciones diferentes a las que podía haber tenido cualquier otro de sus lacayos, en especial Pelota Máximo. Además, tocaba tenerle de buenas. Aún no sabían dónde se iba a formar el portal.

– Uno que ha visto morir a demasiados hombres y a pocos perros, supongo –contestó Irene.

Bolívar sonrió sin perder la tristeza del rostro. Se tropezaron con un grupo de soldados heridos que dieron vítores a su General. Bolívar les correspondió, quitándose el sombrero.

– Excelencia –aprovechó Irene–. Debo volver con mi esposo. Y usted debe regresar con premura a Caracas. Esta victoria le hará entrar triunfante en la ciudad. Y le abrirá las puertas del Congreso de Cúcuta. No debe demorarse.

– Todos unidos en una Gran Colombia –murmuró de nuevo Bolívar–. Está usted muy bien informada, señora Iguarán.

– Soy una espía. Es mi trabajo.

Bolívar volvió la mirada, al encontrarlos, hacia un grupo de cadáveres. Allí soldados de infantería realistas y patriotas se encontraban desparramados sin concierto; acuchillados a bayonetazos, parecían haber muerto en un cuerpo a cuerpo atroz y salvaje. Bolívar los observó largamente desde su caballo, hasta que un mensajero apareció de la nada con otra orden. Lo despachó rápidamente, al tiempo que Chispitas, colgada del cuello de Irene, comenzaba a vibrar.

– Me pregunto si merecerá la pena –susurró Simón Bolívar. Sonaba grave. Su rostro moreno y enflaquecido parecía haber envejecido treinta en tan solo diez años–. Si todas estas muertes, habrán conseguido algo en el fondo. Libertad… Justicia… ¿Qué opina usted?

Irene trató de disimular la impaciencia. Mira majo. No te digo lo que va a pasar en el próximo siglo porque igual te chinas un poco.

– Opino que ellos lo creían, Excelencia.

Bolívar asintió, pensativo, sobre su caballo.

– Por el servicio de hoy, olvidaré ese mensaje que no entregaron –sonrió distante–. No crea que no lo recuerdo. Regrese con su marido, señora Iguarán. Un hombre afortunado el señor Buendía, sin duda. Dele mis recuerdos y que cure pronto y si les place, vengan a Caracas y que se recupere allá.

Irene asintió, mientras le veía marcharse. Puta buena memoria tenía el cabrón. Como no había dicho nada del caballo, para quien se lo quede oiga, Irene se fue trotando ladera arriba en busca de Ernesto. Chispitas volvió a vibrar insistente, así que se detuvo un momento, no fuera a ser. Era.

– ¿Ya se está formando? ¿Dónde?

– Hay un imprevisto, Irene –anunció Chispitas–. Recibo dos señales diferentes. Se están formando dos portales.


NdA: Primero el ordenador a tomar viento y luego que me atasco. Lo dicho. El universo quiere que me dedique a otra cosa, pero tengo que acabar este fic para bien