Capítulo 109.- Primeros de mayo
Hotel Continental, Barcelona
Finales de abril y principios de mayo de 1937
Y Carabobo. Pero acabando ya.
«Con la vuelta al gobierno de la CNT-FAI y compartiendo la responsabilidad colectiva en las iniciativas de la Generalitat, el controvertido decreto que había estado en suspenso desde la crisis de marzo, se reintrodujo el 27 de abril, con lo que los ministros de la CNT-FAI transigieron otra vez, aceptando el desarme de los últimos vestigios del poder revolucionario. Se dieron 48 horas a las patrullas obreras para entregar sus armas a la policía del Estado. La tensión alcanzó ahora un punto álgido y se produjeron enfrentamientos entre la policía y los trabajadores, en un intento de ambos grupos armados de desarmarse mutuamente.
La Generalitat prohibió entonces las celebraciones del Primero de Mayo, argumentando que la tensión en Barcelona era demasiado intensa. Dada la fuerza de las tradiciones obreras en la ciudad, esta decisión puede ser interpretada como una provocación por parte del gobierno. Ciertamente, la prohibición de la concentración del Primero de Mayo no ayudó a solventar los conflictos callejeros entre el poder obrero armado y las fuerzas de represión republicana y dos días más tarde, el 3 de mayo de 1937, estallaron en Barcelona los "hechos de mayo".»
«Una revolución a medias (artículo)»
Chris Ealham
(extraído de solidaridadobrera org)
Alonso condujo a Victoria a su habitación del hotel, mientras trataba de razonar con claridad; enojado se encontraba por el asunto de las armas, no cabía duda, mas no podía pasar por alto lo último mencionado: la muchacha había dicho que había visto a Julián y a otro hombre; mas ella no podía haber reconocido a Julián.
Sólo le había hablado de él y del resto de la patrulla, y con pocos detalles.
– Ya habéis visto a Julián antes –comprendió al cerrar la puerta del cuarto tras de sí–. Y cuando sucedió, se os presentó como tal, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijisteis?
Victoria mostró duda en su rostro. Pesar, tal vez. Se sentó en el diván en el que había dormido.
– Le vi morir Padre. Me salvó del que os estuvo buscando en Somorrostro.
Alonso asintió y sentose a su lado. Había mencionado la noche anterior que había sido perseguida, mas sin explicación detallada; faltaban, a lo que había contado, pormenores en los que no había querido indagar. Tuvo que admitir que aunque creído había que un hombre habíala intentado matar, dudas albergaba de la interpretación de Victoria con respecto a los motivos. Tal vez, admitió con pesadumbre, lo que sucedía era que había sido tan testarudo, tan terco, que había sido incapaz de escuchar a su hija con el respeto que debía; había sido injusto. Creyendo que exageraba o que se confundía, la había tratado como a una niña embustera. Aquesa forma de juzgarla y tratarla, les había separado en Cabra; no deseaba que aquello tornara a pasar.
Debía en el futuro cambiar aquella indeseable forma de pensar y actuar.
– ¿Cuándo murió Julián? ¿Dónde? Decidme, por favor.
– Cuando estuve en Aragón con Simone, la francesa –explicó Victoria. Se detuvo, como buscando las palabras–. Hallé a ese… Ser... Por primera vez en la sierra de Madrid, aunque había oído antes hablar de él a Carmencita y a su familia. Le llaman «el hombre sin alma». Mas no es hombre Padre, pues las heridas que se llevó, muerto le debían haber dejado. En vez de eso su carne se cerraba y se curaba casi al instante. Vuestro amigo Julián lo hizo desaparecer con una explosión que se lo llevó a él también.
Alonso asintió. Un lacayo del futuro que si bien no estaría hecho de metal como el Ernesto de Taos (*1), poseía habilidades o prodigios que le hacían difícil de matar. Sonaba a obra de la bruja. Mas… Estaba muerta... ¿Verdad? ¿Quién habría detrás? Alonso no se había detenido a pensarlo tampoco. Alguien más despiadado, probablemente.
– Si Julián está vivo y no es impostor, para él tal suceso no habrá aún acontecido –razonó al cabo.
– Tal temo –aceptó Victoria.
– No habréis de decírselo entonces, hija –murmuró Alonso–. Juradlo.
– ¿Por qué?
– Porque he visto en mis viajes con el Ministerio cómo a veces la Historia era restablecida por nuestras acciones, pero en otras, acciones tales fueron la causa de que la Historia llegara a ser lo que había sido en primer lugar. Nunca encontré lógica en los designios del Tiempo –se sinceró Alonso–, pues no parece haberla o de hacerlo, bien complicadas son las reglas. Si le decís que morirá –resumió–, temo que cambie lo que vaya a hacer, lo cual ha sido salvaros. Guardaos el secreto a menos que algo realmente importante os obligue a desvelarlo. ¿Os dijo algo más?
Victoria asintió.
– Dijo que yo era el hilo de Ariadna, pero no entendí a qué se refería –recordó–. ¿Tiene sentido para vos?
Alonso negó.
– Se lo preguntaremos cuando estemos seguros de que es él –juzgó Alonso–. Si el futuro ha enviado un hombre que no puede morir para mataros, puedo creer que será capaz de cambiarle la cara a otro para tendernos una trampa. No sería la primera vez que inocentes caemos en sus argucias. Hablaremos luego del asunto del encargo del inglés. Ahora ayudadme, os lo ruego. No sé dónde he dejado mis condenados zapatos.
(*1) Ver: «Tiempo de Dragones»
Irene cabalgó colina arriba y dejó atrás al pensativo Bolívar y a los soldados que celebraban la victoria. La retaguardia comenzaba a llegar hasta ellos, en forma de carros, ganado y apoyos; heridos transportados, muertos despojados, cantineras llenando y repartiendo jarras de vino. Llegó por fin hasta la arboleda, cerca del hospital de campaña, y tras descabalgar de un salto despertó a Ernesto de dos bofetadas con un vuelco en el corazón por verle con los ojos cerrados.
Despertó. Menos mal.
– ¡Joder! ¡Creí que estabas muerto, cabronazo! ¿Estás bien?
– He… Tenido días... Mejores –gruñó él.
Gris. Los labios secos. Le acercó un poco del agua hervida que había sobrado de limpiarle el muslo.
– Pues agárrate los machos esposo mío, que vienen curvas.
Irene sacó a Chispitas y explicó el problema: detectaba dos portales cuando había esperado sólo uno. No estaban precisamente cerca el uno del otro.
– Estimo que faltan menos de diez minutos para que se formen –informó finalmente la IA–. He podido analizar sus lecturas y creo que he podido identificar aproximadamente los tiempos a los que llevan.
Ernesto parecía confundido. Sí, hijo, sí. Dos portales. Toca decidir.
– Danos más detalles –gruñó Irene mientras ayudaba a levantarse al pobre Ernesto y le acercaba al caballo.
– El último portal de América debería llevarnos a Barcelona, a una fecha posterior a la que salimos, muy adelantados en el laberinto –explicó Chispitas–. Pero por algún motivo se ha formado otro. Comparadas las lecturas de sus distorsiones, puedo estimar que es posterior a los años treinta del siglo XX, también en España. Con alta probabilidad.
– Eso no tiene sentido –murmuró Ernesto. Gruñó de dolor al levantar la pierna por encima de la silla–. Se suponía que el laberinto estaba en la guerra civil.
– Bueno, nosotros estamos en América –suspiró Irene–. El laberinto nos llevó aquí para escapar de Barcelona.
Montó tras él, a la grupa, y le aguantó en la silla para que no cayera.
– ¿Puedes afinar en la predicción, Chispitas? –preguntó Ernesto–. ¿Dónde crees que lleva el otro portal?
– Por lo inesperado y por el momento en la línea, encuentro altamente probable que lleve a un momento oculto en la línea temporal de Lola Mendieta.
Irene tomó las riendas que le pasaba Ernesto.
– Pues chachi es saberlo –murmuró–. Ahora guíanos al que lleve a Barcelona.
– No –dijo Ernesto.
Irene iba a preguntar que a qué coño venía aquello, pero Ernesto la interrumpió. El caballo bajo ellos dudó unos momentos y tras cascotear un poco se quedó en el sitio con un bufido.
– ¿Recuerdas lo que hablamos en Madrid? –murmuró. Sonaba febril–. ¿Cuando la proclamación de la República? ¿Que debíamos empezar a pensar diferente? ¿A hacer cosas que no haríamos normalmente? ¿Recuerdas lo que hablamos en Somorrostro? Aún sigo creyéndolo. El otro Ministerio es capaz de anticiparse porque en el fondo somos nosotros: saben lo que vamos a hacer. Quizás para acabar con esto, tengamos que empezar a hacer cosas que nosotros no haríamos.
Irene recordó.
Había dejado una nota en el Florida para avisar al Julián del año 39 (*2), pero si seguían allí, o bien la nota advirtiendo sobre Martina había volado o bien el Julián del 39 no la había encontrado. Romper la rueda. Anticiparse. Recordaba la cuestión del hilo de Ariadna en Somorrostro. Y entonces entendió. Si el otro portal llevaba a un momento de la vida de Lola Mendieta, Ernesto pensaba matarla. Si la mataba, evitaba todo. Un lío para arreglar todas las misiones en las que Lola había metido mano, pero se arreglaba lo principal: se evitaba el asesinato de Ferguson. Se suponía que Amechunga había escondido el punto de bifurcación, el asesinato de Ferguson, detrás del laberinto. Aquello podía ser después de todo…
... Un atajo.
– Acércame lo que puedas al portal posterior a la guerra –rogó Ernesto–. Luego tú llévate a Chispitas y vuelve al laberinto. Cubrimos todas las posibilidades.
– ¡No! –exclamó Irene–. ¡Separarnos es un plan de mierda!
– Con esta herida no llegaré muy lejos –protestó Ernesto–. Y no está claro que salgamos con vida del laberinto de todos modos. Hazlo –rogó–. Llévame allí.
Irene sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Llévame allí, decía. A matar a Lola. Tan desesperados estamos después de arrastrarnos malamente por las guerras de Independencia y lo que nos queda por España. Merece la pena, decían los ojos fríos de Ernesto, su careto febril y cenizo a medio día o menos de palmarla después de haber sobrevivido a todo. México. Bolívar. Argentina. Bogotá. Ingleses en las costas del Perú...
– No nos volveremos a ver –pensó en voz alta Irene.
– Así no tendré que soportar que me cuentes otra vez que te cepillaste a Ava Gardner –sonrió Ernesto, con una tos–. Vamos. Sabes que tengo razón.
Irene no pudo pensar en otra cosa que en que vaya días de mierda que llevaba últimamente. Hacía unas horas que había estado a punto de ahogarse en el Pacífico y ahora tocaba decisión contrarreloj. Separarse.
– Son demasiadas suposiciones –protestó–. Ni siquiera estamos seguros de que ese portal lleve a Lola.
– Es lo mejor que hemos tenido desde que empezamos en Annual –insistió Ernesto–. Si se está formando, si está allí, es importante. Merece la pena. ¡Llévame, por favor!
La miró, retorciéndose hacia atrás sobre la silla del caballo. Ya había visto esa mirada antes cien veces y aunque estaba dispuesta a pasar de su culo, se le ocurrió que a lo mejor el muy gilipollas tenía razón. O que no la tenía, pero que en la España de la posguerra igual tenía más suerte de encontrar a un médico con penicilina o quina o lo que cojones hiciese falta para que no la palmara. Incluso en el Ministerio alterno; con suerte, igual le capturaban y le salvaban la vida.
Se le ocurrió, en fin, que quizás llevarle fuera le salvaría.
A la mierda todo.
Irene, sin perder un segundo, se dejó guiar por Chispitas hacia el supuesto portal de Lola Mendieta. Si quería poder llegar después al que la llevaría de vuelta al laberinto, iba a tener que reventar a ese pobre caballo.
(*2) Ver: «Tiempo de Futuros»
NdA: Se me ha pasado poner las fuentes que he ido consultando para estos capítulos. Para Azaña me he estado leyendo «La velada de Benicarló», sus «Diarios de guerra» y le eché un ojo a «Retrato de un desconocido», de Cipriano Rivas Cherif. También pude echarle mano a una edición de sus diarios robados, aunque los hechos descritos son de su etapa como ministro de la guerra. Para los hechos de mayo, me he podido volver a ver «Tierra y Libertad» de Ken Loach, por supuesto «Homenaje a Cataluña» de Orwell y por supuesto la Wikipedia que ayuda a enlazarlo todo. Azaña menciona en su entrada del 20 de mayo todo lo que sucede bajo su punto de vista. Exhaustivamente. Le eché un ojo a «Diario de un pistolero anarquista», de Miquel Mir, pero hay algo raro en ese libro que me hace desconfiar. No niego que no hubiese violencia anarquista de retaguardia (la había y mucha), pero hay algo en ese libro que no me acaba de cuadrar y no sé aún por qué.
En otro orden de cosas, me he decidido a empezar a marcar las referencias que vienen de mi head canon. Este relato es una continuación de «Tiempo de futuros» y «Tiempo de Dragones» y a veces olvido que puedo volver loca a la gente con referencias que no son de la serie.
En otro orden extra, espero sepáis perdonar que Bolívar conozca a Irene y a Ernesto por los nombres de Beatriz y Bernardo Bautista y en los capítulos de Carabobo por el matrimonio Buendía-Iguarán. Cuando escribí su primer encuentro no había leído aún «Cien años de Soledad», así que haciendo honor a Orwell, planeo borrar el nombre del matrimonio Bautista de la historia en cuanto tenga tiempo :)
