Capítulo 110.- Tres de mayo
Hotel Continental, Barcelona
Finales de abril y principios de mayo de 1937
Y los momentos posteriores a la batalla de Carabobo
«La debilidad de las teorías anarquistas se puso de manifiesto, en primer lugar,
por la actitud de las organizaciones anarquistas respecto de la cuestión de la organización política del poder.
Según la teoría anarquista, la victoria revolucionaria se obtendría y garantizaría
poniendo la gestión de las fábricas en manos de los sindicatos.
Los anarquistas nunca intentaron arrebatar el poder al gobierno del Frente Popular.
Ni propiciaron la organización de un poder político de los soviets.
En vez de propagar la lucha de clases contra la burguesía,
preconizaron la armonía de clases entre todos los grupos que formaban
parte del frente antifascista.»
«El anarquismo y la revolución española»
Helmut Wagner
(extraído de marxist org)
– Aquí estará bien –indicó Chispitas–. Gracias, Pacino.
Julián vio cómo Pacino la dejaba sobre la cómoda de la habitación, bañada por un rayo de luz del sol.
– De nada. Aún nos tienes que decir por qué crees que Azaña...
Pacino se interrumpió cuando alguien tocó la puerta. Julián entonces fingió abrir el armario para guardar cosas; lo fingió porque ni tenían maletas, ni ropa y, por debajo de las chaquetas aún iban con lamparones de la sangre de Paul. Al menos la bolsa de viaje con la impresora de la documentación y la pipa de Lola daba un poco el pego como equipaje, por lo que se dispuso a que quedara bien visible desde la puerta. Pacino, tirantes colgando desde el pantalón, se dio vidilla en quitarse la camisa y parecer como que se ponía cómodo.
– La tapadera –murmuró acercándose.
– ¿Qué coño de tapadera de mierda dices? ¡No! –gruñó Julián–. ¿Qué haces? ¡No estamos en Pedralbes y se supone que…!
Demasiado tarde. Pacino no tuvo cojones a besarle, pero ya le había pasado la mano por la cintura en plan «cari» y se lo había acercado tripita contra tripita siguiendo el papel de un amorosísimo top; al abrirse la puerta la camarera se quedó cortada en el gesto de entrar, con el carrito a medio. WTF, básicamente.
Julián la reconoció: era la muchacha que se habían encontrado en la entrada del hotel.
– ¡Oh! ¡Lo siento! –dijo. Parecía sinceramente sorprendida porque se había puesto roja como un tomate y había tardado unos segundos en reaccionar ante el intento de espectáculo homoerótico–. Como no contestaban…
Julián no tuvo que fingir molestia para apartarse a Pacino de encima. En fin. Juan Cholo. Enchiladas. Mezcal. Hermosas playas en Cancún.
– Un poco pronto para arreglar la habitación, ¿no cree? –señaló–. Recién nos registramos, chava.
Había algo en ella… Julián se detuvo y la observó, frente al carro. Era alta. Hombros anchos. No tenía ni idea de cómo eran las kelis en el año 37, pero si limpiar habitaciones ponía ese físico, tendrían que haberlo incluido en el programa de algún centro de alto rendimiento. Pacino sonrió socarrón y se acercó a la muchacha.
– De nuevo disculpas –murmuró la camarera solícita–. Me quedaba la habitación por asear y...
– Relinda. Esto que viste –sonrió sacando un billete–, no lo viste. ¿Sí?
Se quedó observando a Pacino unos momentos y Julián creyó ver en el cruce de miradas algo extraño. Tardaba en pillar el billete. No era una camarera de hotel. Y aquello era una puta trampa. No lo pensó más y sacó la pipa de Lola de la bolsa.
– Cierra la puerta –ordenó sin acento mexicano.
Entonces alguien dio una patada a la puerta del balcón y se abrió de par en par asomándose por las cortinas rápidamente la boca de un fusil.
Llegaron a la explanada verde donde se suponía que iba a aparecer el portal para Ernesto; pero no estaba. No aún. Demasiado pronto: no había empezado a formarse.
– Debes darte prisa Irene –apremió Chispitas–. Estimo al menos siete minutos para llegar al otro portal y se formará en menos de tres: la distancia es excesiva. ¡Podemos perderlo!
– ¿Estás segura de que es aquí? –insistió Irene mientras controlaba el cascoteo de la yegua. No era plan de dejar a Ernesto herido y tirado en mitad de la nada.
Una pequeña luz comenzó a formarse en el aire, como respuesta, así que Irene acercó el caballo lo más que pudo a ella y tras desmontar ayudó a hacerlo a Ernesto quien, manteniéndose de pie y apoyado sobre un mosquete descargado, ni le dio un abrazo.
– No hay tiempo para despedidas, esposa mía –sonrió Ernesto–. Lárgate ya. Y buena suerte.
Irene volvió de un salto al caballo.
– Buena suerte a ti también.
– Buena suerte, Ernesto –dijo Chispitas a pleno volumen.
Ernesto las miró desde el suelo, firme a pesar de tener carita de ir ya por cuarenta de fiebre, y levantó la mano. Ella trincó las riendas y enfiló en dirección contraria. Plan de mierda, Ernesto. Dando botes de un lado a otro de América para que ahora se acabe todo así. Luego clavó talones en los flancos de su yegua blanca y se fue arrancando terruños porque si no se daba vida, la que se quedaba atrapada para siempre en América iba a ser ella con Chispitas comiéndole la oreja por haber llegado tarde.
–¡Vamos Solete! –animó Irene al bicho–. ¡Si llegamos a tiempo te dejo suelta para que hagas lo que te dé la gana!
Ernesto vio alejarse a Irene al tiempo que empezaba a formarse frente a él la esfera de luz, viento y electricidad. Deseó con todas sus fuerzas que Chispitas y ella consiguiesen llegar al otro portal y esperó, paciente, a que acabara de formarse.
Para bien o para mal estaba convencido de que aquel iba a ser su último.
Se formó y en cuanto se estabilizó del todo cojeó hasta la entrada; observó aún desde América cómo al otro lado tenía lo que parecía la habitación de un bebé. Una cuna. La decoración gritaba años cincuenta. Se palpó el muslo al sentirlo húmedo de nuevo y sintió un escalofrío: tras la marcha a caballo la sangre volvía a salir; le quedaba poco tiempo. Atravesó el portal y se quedó quieto, en la habitación, incapaz de vencer la angustia y el mareo del tránsito. El aire de repente era más fino; costaba respirar. Se apoyó en la pared y desmontó la bayoneta del mosquete, para luego asomarse a la cuna.
Casi al mismo tiempo que lo hizo el portal se deshizo tras él, con un leve estallido de luz. Respiró hasta hacerse con el aire. Vamos, vamos, vamos. No le quedaba mucho tiempo… ¿Era ese bebé Lola Mendieta? Como dormía supuso que sería un buen momento para hacerlo.
Se fijó entonces en la esclavilla de oro en su bracito.
«Lucía», leyó.
Oyó entonces la discusión en el cuarto de al lado y supo, aliviado, que no tendría que matar al bebé. Agarró la bayoneta por el encastre y se dio ánimos. Seguía herido y, por lo que sabía, aquel día Lola Mendieta llevaba una pistola.
Si no tenía cuidado, en vez de arreglarlo todo lo iba a complicar de narices.
Pacino tardó unos instantes en darse cuenta de la advertencia de Julián.
Se había quedado mirando a la camarera, billete aún en la mano, perdido en los ojos verdes. Gritos, explosiones y olor a brea y pólvora quemada le vinieron entonces a la memoria como un puto recuerdo horrible y olvidado. Coruña. Las noches. La muralla (*1). Aquella cría era Victoria.
Más que la advertencia de Julián le sacó de su ensimismamiento que la joven sacó una espada oculta de entre unas toallas y le plantó la punta en el cuello.
–¡Vale, vale, vale, Viqui! –logró decir olvidando por completo la tonada–. Vamos a calmarnos un poquito.
– Vamos a calmarnos, en verdad –oyó detrás. Era Alonso. ¡Alonso estaba allí! Había entrado por la ventana del balcón y les apuntaba con un mohoso Mauser lleno de barro. Y tenía la cara de «os degüello si me dicen que lo haga». Mierda–. Contra la pared.
A Pacino no le tuvo que convencer el fusil, porque se dejó guiar por la punta del sable que tenía casi clavada en la nuez; entretanto, Julián aún apuntaba con la pistola futurista de Lola alternativamente a Victoria y a Alonso, sin saber qué coño hacer.
– Alonso, tío –gruñó Julián–. ¿De qué va todo esto?
– A que mucha casualidad, amigos míos, es que hayáis aparecido aquí –dijo–. ¿Dónde nos vimos por última vez?
Pacino dejó el gesto de asentir a medias, porque notó cómo se le clavaba el hierro al hacerlo.
– A ver, macho… Casualidad, no… Aquí nos ha traído la Chispi –señaló.
– ¿La Amelia máquina?
– Estoy aquí –dijo entonces Chispitas desde la cómoda–. Estoy segura de que no será necesario recurrir a la violencia. Cuando mi otra yo me contó este encuentro, no mencionó los detalles.
Pacino no pudo evitar sonreír al ver el careto sorprendido de Victoria.
– Padre, ¿quién ha…?
– Luego tiempo habrá para explicar, hija mía –contestó. Volvió la mirada hacia Julián–. ¿Dónde os vi por última vez? Responded.
– Alonso… ¿Te das cuenta –señaló Julián–, de que si nos has visto después de Madrid, eso no significa que no seamos nosotros? La última vez que te vimos te había sacado el culo de Paracuellos. Y te fuiste a buscar a Victoria. Que supongo que será esta.
Pacino vio a Alonso dudar, tras el fusil.
– Alonso, tienes razón. No estamos aquí de casualidad –añadió–. Esa Chispitas nos la dio Irene saliendo del Florida. Ella sabía que estabais aquí y nos ha traído.
– Aunque como de costumbre –gruñó Julián–, nos dijo la mitad de la verdad.
Alonso bajó el fusil, por fin, y Julián le imitó con la pipa. Pacino se apartó despacito la espada de Victoria del cuello y observó cómo, rollo bipolar primero te amenazo y luego te quiero mogollón, Alonso y Julián se fundían en un abrazo.
Victoria le tendió la mano.
– A vos no os conozco –dijo–. Aunque aventuro que debéis ser el que mi padre llama «Pacino».
Pacino se la estrechó.
– Celebro que hayamos aclarado las cosas –anunció entonces Chispitas desde la cómoda–. ¿Alguien podría ponerme en pie? Ahora que estamos todos juntos es necesario que planeemos cómo vamos a ayudar a Irene y a mi versión pasada cuando aparezcan aquí en unos días.
Irene siguió dándole a los flancos de la pobre yegua subiendo y bajando lomas como locas. Dos piradas, lanzándose entre cortadas, árboles y grietas a galope tendido. Tres, si contaba a Chispitas, quien no hacía otra cosa más que berrear que el portal se les cerraba.
– ¡Más deprisa! –apremiaba.
– ¡Solete da lo que da, guapa!
– ¡Si no llegamos habremos perdido el laberinto! ¡Tenemos que llegar!
Irene siguió dando saltos en la silla, sintiendo el palpitar del animal bajo ella y oyendo su respiración agotada. Un poco más. Sólo un poco más. Oyó un disparo y un grito detrás. Alguien le estaría dando el alto. ¡Joder! ¡No iba a ser el día fácil! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!
Vio entonces el portal ya formado, a unos cien metros adelante, al fondo de una ladera.
– ¡Alto! ¡Téngase! ¡Quieta! –oyó.
Irene no sabía si eran realistas o patriotas, pero el siguiente cacho de plomo le pasó zumbando demasiado cerca de la oreja derecha, así que decidió que era mejor no preguntarles y lanzarse ladera abajo. Solete hizo un renuncio, pero la controló a tiempo, logró que aceptara el camino y le arreó.
– ¡Un último esfuerzo guapa, vamos!
Ladera abajo, sobre la yegua agotada, Irene comprobó que el portal comenzaba a hacerse más pequeño. Más pequeño, más pequeño. ¡No! ¡No, no, no, no! Arreó a la yegua una vez más y se lanzó a lo que quedaba de luz, gritos y disparos detrás, joder, no había uno fácil, y sin pensarlo dos veces se tiró hacia la luz con Chispitas, Solete y toda la sangre y el barro que se llevaba de América hacia un suelo de grava y un cielo que, puta idea de dónde iba, no podía ser peor que aquello.
Pasaron.
Pasaron entre brillo, aire, electricidad y el resoplido aterrado de Solete.
Y de repente Irene se encontró tirando de las riendas, quita, so, hijaputa párate, en lo que parecía la azotea plana de un edificio. Cascoteo, bufido. Sí, reconoció. Ella también estaba mareada.
El portal tras ellas se cerró y varios hombres con monos azules y pañuelos rojos y negros se la quedaron mirando sin explicarse, probablemente, qué coño hacía una rubia a caballo al lado de su puesto de ametralladora. Sobre la azotea. Todo megacósmicamente lógico.
– Camarada, com has pujat l'egua aquí dalt?
La campana no la salvó.
Los camiones que empezaron a aparcar abajo, en la puerta del edificio, sí.
Barcelona. Una ametralladora en una azotea y camiones de hombres entrando. Los anarquistas dejaron de prestarle atención a Irene y se quedaron mirando la calle, sin dar crédito.
– Chispitas, confirma –murmuró Irene mientras se bajaba de Solete y le acariciaba el cuello–. Dime que no estoy…
– Es el tres de mayo de 1937 –contestó Chispitas–. Nos encontramos en lo alto del edificio de la Telefónica, en Barcelona.
(*1) ver: «Tiempo de Futuros». Pacino es enviado con la otra Victoria al sitio de Coruña del año 1589 (el de María Pita). Spoiler: no lo pasan pipa precisamente.
(*2) Camarada, ¿cómo has subido la yegua aquí arriba?
NdA: La yegua se llama Solete porque no iba a llamarla Celestia o Princesa Sun Butt
