Capítulo 111.- Salvando a la agente Solete
Hotel Continental y azotea del edificio de la Telefónica
Barcelona.
Algunos días antes y también el 3 de mayo de 1937
«Se trataba del antagonismo entre quienes querían que
la revolución siguiera adelante y los que deseaban frenarla o impedirla, es decir; entre
anarquistas y comunistas. Desde el punto de vista político, en Cataluña no existía otro poder
que el PSUC y sus aliados liberales. Pero a él se oponía la fuerza incierta de la CNT, no tan
bien armada y menos segura en cuanto a sus metas, pero poderosa a causa del número y de su
predominio en varias industrias claves. Dada esta relación de fuerzas, el choque era
inevitable. Desde el punto de vista de la Generalitat, controlada por el PSUC, el primer paso
necesario para asegurar su posición consistía en despojar de sus armas a la CNT.»
«Homenaje a Cataluña»
George Orwell
– ¿Un caballo decís? –se sorprendió Padre–. ¿Que Irene aparecerá el día tres de mayo en la azotea del edificio de la Telefónica con un caballo?
– Una yegua, para ser exactos –corrigió la máquina–. Ella y yo habremos efectuado nuestro último salto desde América. El esfuerzo del animal fue decisivo para alcanzar a tiempo el portal.
Victoria decidió seguir en silencio pues le pareció inapropiado intervenir sin saber más. ¡Pero a la vez tenía tantas preguntas! Para empezar, ¿cómo era posible que hubiese alguien dentro de aquel relicario? Padre ya le había hablado largamente de sus compañeros de patrulla, incluida la Amelia máquina a la que habían rebautizado cariñosamente como Chispitas; mas a pesar de saber de su existencia y de en aquese instante oírla y verla, seguíala sorprendiendo tan extraño fenómeno, pues la imagen no sólo era capaz de hablar y razonar: sobre la cómoda de la habitación del hotel Continental, su rostro humano y tranquilo movía los labios desde su cristalina superficie como sin en verdad, de ventana en miniatura se tratase y una hermosa mujer vestida con ropajes antiguos se escondiera detrás. El desconcierto no acababa ahí: parecía saber lo que iba a pasar pues ya lo había vivido; con Irene Larra iba a aparecer en unos días tras un desconcertante viaje por América y por ello acertaba a conocer lo que les acontecería.
– No es por ser desagradecido con el bicho –murmuró Julián Martínez–, pero… ¿Y si dejamos a la yegua en la azotea y sacamos a Irene? Según cuentas, el ambiente ya va a ser raruno.
Victoria no acabó de entender a qué se refería Julián Martínez con la palabra «raruno»; en cualquier caso, tal y como había anticipado Chispitas, si iba a haber refriega parecía lógico no complicar más una situación de por sí compleja. La máquina les había resumido como en unos días, en la mañana del 3 de mayo, más de cien guardas de asalto intentarían tomar el edificio de la Telefónica de manos anarquistas. Sería un asalto armado en toda regla, con disparos, heridos y muertos, y aunque se alcanzaría una tregua en relativamente poco tiempo, aparecer del lado equivocado de los disparos complicaría el rescate de Irene Larra.
– El Ministerio no ha de ser desagradecido con aquellos que le ayudan –zanjó Padre. Victoria recordó que en verdad tenía debilidad por los caballos–. Sacaremos a Irene y a la yegua. Sólo tenemos que hallar el modo.
– Alonso –intervino Pacino–, si es el edificio blanco ese que está cerca de la plaza de Cataluña, no sé cómo vamos a hacerlo. Es alto de cojones. Debe haber como varios pisos de diferencia con los edificios vecinos. ¿No podemos sacar a Irene y olvidarnos? Alguien acabará sacando al caballo… Aunque sea con una grúa.
Victoria estudió el rostro de aquel llamado Pacino pues le costaba ocultar que en verdad le resultaba atractivo. Le recordó un poco a don Federico: bien plantado, agradable, y con gustos en hombres más que en otra cosa por lo que había podido ver al entrar en su habitación. Era curioso: del poco tiempo que había compartido con Juan Trampero en Pina de Ebro, Julián Martínez no le había parecido varón de gustos tales.
– Pacino, Julián… Un caballo salido de las Guerras de Independencia americanas en lo alto de un edificio en el año 1937 sería una anécdota histórica que no pasaría desapercibida para aquellos que nos persiguen –señaló Chispitas–. Debemos sacar de allí al animal, y debemos hacerlo sin ser vistos.
Irene se bajó de un salto y trató de calmar a Solete. Cascoteaba sobre la grava, inquieta, tan aturdida como ella con el cambio de altitud, tiempo y aires; aún frenética por el esfuerzo giraba sobre sí misma sin atender a riendas. Cuando empezaron los tiros abajo, la cosa no ayudó.
– ¡Calma! ¡Calma! ¡Tranquila! –murmuró acariciando su cuello.
– Irene –avisó Chispitas–. ¡Hay que sacar al animal de aquí!
Irene asintió. Abajo se estaba liando, con gritos, «altos» y disparos por las ventanas. Cambiar de azotea no era posible: los tejados de abajo estaban a más de diez metros de altura y parecían de teja.
–¡Mierda! –comprendió–. ¡Damos demasiado el cante! ¡Si nos pillan aquí con un caballo los del otro Ministerio nos van a cazar!
Julián se frotó los ojos, porque estaba un poco hasta los cojones.
Fuera de la habitación de hotel atardecía, y sólo sabía que quería tirarse en la cama y dormir aunque fuese junto al Largo; ya le daba igual todo, hasta sus bromas de parvulario. Obviamente Chispitas ya sabía lo que iba a suceder; lo que pasaba era que la hijaputa no quería decirles cómo iban a sacar a la yegua y a Irene. Si por tocar las narices o porque temía que revelar algún detalle cambiara los hechos como habían cambiado durante el bucle, la cosa estaba por ver. A esas alturas de la película, al menos que al pobre bicho le salieran alas o se teleportara mágicamente hasta la recepción, jodido estaba hacerle bajar. Con vida al menos. Con el hambre que debía haber en Barcelona, el elefante en la habitación era hacerle picadillo y venderlo al peso en la Boquería.
– Entonces, ¿grúa? –intentó Pacino–. Sólo habría que bajarla hasta la primera azotea plana de algún edificio colindante y luego ya de allí…
– No lo veo claro –gruñó Julián–. Montar una grúa allí arriba los días de antes va a ser de locos. Y no sé de dónde la vamos a sacar. Además, si la bajamos al otro tejado, tenemos el mismo problema: vamos a necesitar varias grúas entonces y vamos a dar el cante igual. Y hasta la calle deben ser por lo menos ocho pisos. Un cojón de cuerda para una sola... ¿Ascensor?
– Si lo hay, no llegará hasta la azotea –se rascó Pacino la barbilla–… Y no sé si los ascensores de los años treinta van a aguantar el peso de un caballo. ¿Cuánto pesa un bicho así, por cierto?
– Dependiendo del ejemplar, como cinco o seis hombres –estimó Alonso.
– ¿Puede un caballo bajar escaleras? –intervino entonces Victoria.
De lo alto de la azotea salía una pequeña torre acabada en una cúpula. Irene caminó hasta allí tirando de las riendas de Solete la cual, un poco más dócil, parecía haberse acostumbrado un poco al sonido del fregao por abajo; allí al parecer seguían los tiros y los camiones llegando. Tres de mayo. La cosa no acababa hasta el día ocho. ¿Podrían esconderse en aquella torre hasta que todo se hubiese calmado?
Cuando fue a intentar abrirla, la puerta de acceso lo hizo de par en par y aparecieron por ella Pacino y quien debía por las canas ser el padre de Alonso.
¿Alonso y Pacino? Pero qué…
– ¡Vamos! ¡Por aquí!
– ¿Pero qué coño?
– ¿Qué? –sonrió Pacino–. ¿No te alegras de vernos?
Los dos vestían monos azules y pañuelos rojinegros al cuello. Le tiraron otro disfraz a Irene y, ya dentro de la torre, se quitó la falda y la casaca para ponerse el mono por encima de enaguas y blusa.
– ¿Cómo sabíais que iba a estar aquí? –acertó a preguntar.
Mientras Alonso usaba su pañuelo para taparle un ojo a la yegua, Pacino tocó a Chispitas.
– Nos lo ha dicho ella. Mejor dicho: nos lo va a decir.
Irene miró abajo del interior de la torre. Unas escaleras de caracol metálicas salvaban un desnivel de por lo menos cinco metros.
– Antes conseguiréis que Irene se enamore de varón que hacer bajar a un caballo escaleras, hija mía –razonó Padre, meditabundo–. Mas planos inclinados… Si no es mucha la pendiente… Quizás… Siempre que el animal no tenga miedo... Y sus herraduras hallen buen agarre... Difícil, mas no imposible...
– Sólo habría que traer tablas dentro del edificio –pareció pensar en voz alta Pacino–. Y luego ir bajándolas piso por piso hasta el último con ascensor. Y rezar para que en los rellanos el bicho pueda girar.
– Lento proceso –continuó Padre–. Mas creo que es lo menos malo.
– ¡Genial! Así que nos metemos en el edificio de la Telefónica hasta el culo de anarquistas armados hasta los dientes –señaló Julián Martínez, de humor falto–, subimos unas tablas hasta la azotea, las dejamos colocadas, y durante los tiroteos vamos bajando al bicho recolocando tablas o por el ascensor hasta recepción, la cual probablemente esté llena de guardias de asalto. ¿Ese es el plan?
– No todos nosotros –negó Padre–. Irene aún os creerá del otro bando y no se tomará bien veros sin más. Y no deseo que Victoria esté en medio de un tiroteo.
Victoria había temido reacción tal, mas por temerla, había preparado respuesta; no deseaba ser dejada aparte a las primeras de cambio y tras el asunto de las pistolas, quizás aún podría demostrar a Padre su valía.
– Más mujeres que hombres habrá de telefonistas allá, Padre –le hizo ver–. Y de todos, creo que soy la única que tiene un contacto con los hombres entre quienes nos tendríamos que mezclar. Bien os vendría alguien que abriera las puertas por dentro.
– ¿Qué decís, hija?
– En dos días debo volver a ver al camarada Gerard –le contó–, pues os he conseguido con el dinero del inglés arma para vos y para él. Acordada la compra, quizás pueda pedirle que me busque hueco allí. Si estoy dentro cuando bajéis, preparar puedo ya sea escondite o salida.
Una vez dentro de la torre Irene le dio las riendas a Alonso y éste tiró de ellas con gentileza. De altura la escalera de caracol tendría un piso por arriba y dos por debajo. Los chicos habían preparado en ella una rampa con retales de madera que sin ser demasiado estrecha, tampoco parecía muy ancha. Ni segura.
Alonso entonces susurró al oído de Solete algo y la yegua comenzó, lentamente, a descender por los tablones con el ojo del hueco de las escaleras tapado. Le había preparado además un morral lleno de grano y heno que le acercaba cuando dudaba un poco. Con los cascos cubiertos por tela, parecía que no resbalaba.
– No es que no me alegre de veros –murmuró Irene a Pacino–, pero me tenéis que contar un par de cositas.
– ¿Qué quieres oír primero? ¿Las buenas noticias o las malas?
Solete hizo un renuncio que Alonso controló por poco. Acarició el cuello del animal y logró que continuara rampa abajo. Fuera los tiros y las voces se oían lejanas; dentro, los crujidos de los tablones al ser cargados por el peso de los cascos, daban casi más miedo.
– Empecemos por las buenas –gruñó Irene.
Pacino suspiró.
– Nuestra Chispitas nos ha contado que en tu próximo salto, vas a viajar al Florida a salvarnos el culo a Julián y a mí. Y Amechunga está muerta, fíjate. Eso que te has perdido.
– ¿Julián? ¿Está con nosotros? ¿La otra Amelia muerta? ¿Qué es eso de «nuestra Chispitas»?
Una explosión fuera. Solete intentó recular, y su casco trasero izquierdo apoyó fuera de las tablas. Irene se lanzó a agarrarle la pata y logró que la volviera a apoyar.
– No volváis a hacerlo –abroncó Alonso, firme, más con tono suave–. Abordar caballo nervioso por detrás es jugarse una coz. Me alegra veros, por cierto.
– A mí también verte, viejales –contestó Irene, aceptando el apunte–; pero empezad a ponerme al día rapidín.
– Oh, no te preocupes –volvió a sonreír Pacino–. Vamos a tener mucho tiempo para eso.
Alonso quedó alerta cuando Victoria tocó la puerta de metal.
La calle estaba desierta.
Tal y como había anticipado la Amelia máquina, las manifestaciones del primero de mayo no se habían organizado y en verdad, su instinto de soldado así se lo decía, el ambiente en Barcelona olía a peligro.
Correrse vio un visor en la cancela, y tras ello apareció la desconfiada mirada de un hombre entrado en años estudiándoles de arriba a abajo.
– Creí que vendrías sola, camarada –le dijo a Victoria.
– Llevar dinero es complejo en estos tiempos, camarada Gerard.
Tras unos momentos de duda les abrió y les llevó al taller abandonado. No apreció peligro alguno Alonso durante el trayecto; cuando llegaron allí aunque ya no estaban, el hueco en el polvo y el claro en la pared delataban que, como había descrito Victoria, cajas de armas habían llenado esa parte de la nave. Sacó entonces el viejo dos pistolas desenvolviendo un pañuelo: un revólver desvencijado y una pistola del 22 mostró. Alonso comprobolas. El aspecto peor era que el funcionamiento. Encontrábanse bien mantenidas y, tal y como Blair deseaba, para salir de un apuro valdrían.
– Lo que pide es mucho –sentenció Alonso cuando el viejo recordó la cantidad.
– El trato fue con ella, no contigo, camarada.
– El dinero entregaré –dijo Victoria–, si me haces un último favor camarada Gerard. He oído que en la Telefónica buscan telefonistas y mi trabajo en el hotel acaba hoy.
El viejo levantó una ceja, con media sonrisa.
– Sólo para la noche quedan huecos, he oído –admitió, para luego tomar los billetes del inglés–. Ahí, siempre faltan chicas. Veré lo que puedo hacer. Pásate esta noche por allí y di que vas de mi parte. Habla con el camarada Valls.
A Alonso poco gustó el arreglo mas, como temía, para que el plan funcionase no quedaba otra.
Lograron descender la escalera en espiral de la torre y tras bajar y volver a colocar los tablones a toda prisa salvaron un piso más. Las escaleras eran más anchas allí, rectas, y acostumbrada al descenso y a las carantoñas de Alonso, Solete avanzó más deprisa. Vieron pasar a varios anarquistas, fusil en mano, con gritos en la boca y cara de susto y la verdad era que muy pocos se fijaban mucho tiempo en el caballo. La mayoría corrían de una ventana a otra del edificio tratando de entender qué cojones pasaba. Por el hueco de las escaleras principales, varios pisos por debajo, algunos se asomaban y disparaban con alarma avisando de que los guardias subían.
–¡Entregad las armas, camaradas! –gritó un guardia por debajo.
–¡Entregadlas vosotros, maricones!
– ¿Dónde estamos? –preguntó Irene.
Una puerta de lo que parecía una oficina se abrió y apareció, con unas ojeras terribles, la jovencita más guapa que Irene había visto en mucho tiempo.
– Estáis en la planta séptima –anunció con gestos de que pasaran. Cuando lo hicieron, Irene observó sin creérselo cómo habían preparado un pequeño corralito para Solete moviendo escritorios en una oficina no muy grande, pero vacía. La muchacha le tendió la mano–. Encantada, Irene Larra. Soy Victoria. Victoria de Entrerríos.
Irene sonrió, agradada.
– El placer, Victoria, es todo mío.
– Ni se os ocurra –gruñó Alonso a su lado haciendo pasar al caballo.
NdA: Más de 2500 palabras para arreglar lo del caballo. ¡Vaya lío! Al final me voy a quedar más capítulos en Barcelona de lo que pensaba. La semana que viene otro. A ver si salgo.
