Capítulo 112.- Espera telefónica

Corralito de Solete.

Planta séptima del edificio de la Telefónica.

Barcelona.

Del 3 al 4 de mayo de 1937

«En mayo de 1937, la situación había llegado a un punto en que

parecía inevitable algún estallido violento. La causa inmediata de la fricción fue el decreto del

gobierno que exigía a los civiles la entrega de todas las armas, coincidente con la decisión de

organizar una fuerza policial "no política" y muy bien armada, de la que quedarían excluidos

los integrantes de las organizaciones obreras. El significado de esta medida era muy claro

para cualquiera, y se podía prever que el siguiente paso sería intentar tomar algunas de las

industrias claves que estaban en manos de la CNT. En la clase trabajadora existía, además,

cierto resentimiento debido al creciente contraste entre ricos y pobres, y una vaga y extendida

sensación de que se había saboteado la revolución.»

«Homenaje a Cataluña»

George Orwell

Después de un par de horas de intranquilidad, todo pareció volver a una tensa calma fuera del edificio. Anarquistas y guardias de asalto se insultaban desde ventanas y calle, pero acabado el tiroteo inicial la cosa quedó en tregua durante un tiempo. Los guardias habían tomado la planta baja, pero nadie había entregado las armas aún.

Dentro de la oficina reconvertida en cuadra, Solete volvía a estar tranquila y parecía a punto de dormirse cepillada por Alonso; la que sí dormía sobre un escritorio tapada con mantas era Victoria, que decía que quería volver a su turno descansada en unas horas, para no despertar sospechas. Irene había llegado a pensar que se había infiltrado como telefonista, pero tras dar pocas explicaciones sobre lo que hacía, parecía que la utilizaban más como una chica para todo: desde tener preparados cafés y algo de comida, hasta limpiar para los que se quedaban por la noche dando servicio en la Telefónica.

Irene también había podido dormir un par de horas y aunque su nuevo mono de anarquista le tiraba un poco de los hombros, pudo echar una cabezada un rato entre algún que otro tiro fuera y los bufidos mansos de Solete dentro.

Desde la ventana el día dio paso a la tarde, y la tarde a casi el anochecer. Qué puta locura. Si sus cuentas no la engañaban había pasado menos de un día desde estar a punto de ahogarse frente a las costas del Perú, y menos de medio desde haber tenido que acuchillar a un lancero realista en la batalla de Carabobo.

Acabó por despertarse, cansada, incapaz de seguir pegando ojo con el portal-lag.

Decidió que a lo mejor era más productivo aprovechar el tiempo para ponerse al día con Pacino con respecto a qué coño había pasado mientras ella había estado perdida por América. Al menos el rato que les tocaba esperar a que Julián apareciera por la noche con un camión para extraer a Solete.

Recapitulando, le contó Pacino, Julián al parecer había vuelto a la senda de los justos ayudado por la Lola del Ministerio alterno; puesto que esa misma Lola había ayudado a Alonso a escapar de Barcelona, y a Pacino a escapar del futuro, la cosa encajaba más o menos. Además, Julián siempre había hecho lo que le había salido un poco del lerele, así que bueno: cuadraba. La otra Amelia había muerto, junto con Salvador y asesinada por este: de eso Alonso había sido testigo, porque el pobre se había tirado encerrado en un bucle en Cabra durante siete años, criando a una Victoria que había encontrado en Asturias, poco después de que la patrulla quedara separada en Barcelona. Y luego estaba lo del bucle causal que se habían chupado Julián y Pacino para echar un cable al Julián que había llegado a tiempo para salvar a Alonso en Paracuellos del Jarama. La parte en la que Alonso había sido preso en la Modelo no la tenía muy clara y Pacino había dejado para otro momento contarle exactamente a dónde tendría que ir ella después de darles a Chispitas en el Florida.

Eso, había dicho, eran las malas noticias y mejor en otro momento.

De todas aquellas cosas Chispitas, colgada de su cuello, había tomado nota con atención y sin hablar mucho; desde luego, no parecía muy afectada por saber que se encontraría con una versión futura de si misma. En cualquier caso, eso de momento no era lo que preocupaba a Irene en aquel momento. Dejó de prestar atención a la puerta y volvió a sentarse al lado de Pacino, en el suelo y sobre unas carpetas llenitas de informes de la compañía, la espalda contra la pared. Le tocó en el hombro para que abriera los ojos y luego cabeceó hacia la otra bella durmiente.

– ¿Cómo es posible que sea ella, Victoria? ¿Otra vez?

Pacino se encogió de hombros, en silencio.


Pacino observó a la niña, dormida sobre el escritorio. Había evitado prestarle atención desde encontrársela en la habitación del Continental, espada en el cuello; evitar mirarla como que le daba al día a día más facilidades, en vez de tener que recordar una y otra vez Coruña.

– Puta idea de cómo puede ser ella, rubia –masculló como respuesta a la pregunta de Irene–. Pero es ella. ¿Has visto sus ojos?

Irene asintió. Le dijo que no había pasado con la otra Victoria tanto tiempo como él y que él sabría mejor. También señaló, socarrona, que era muy guapa. Él le contestó, que no andara jodiendo y que también era muy joven y que Alonso se había hecho de nuevo, regalo de la niña, con una vizcaína muy afilada. Ojito. Ya me han dicho que en una misión de la residencia de estudiantes, bajaste el listón de edad peligrosamente, asaltacunas. Ella sonrió. Su interés por Victoria, dijo, no iba por ahí.

– No puede ser casualidad que esté aquí otra vez. Que Alonso la haya vuelto a encontrar –pareció pensar Irene en voz alta–. ¿Qué crees que significa?

– Ni idea –reconoció Pacino–. Pero Alonso se olvidó de nosotros y de la misión en Madrid. Y reconoció que llegó a un trato con la otra Amelia para protegerla. Esa niña es muy importante para él. Tal vez demasiado.

Irene se quedó en silencio unos momentos, como asimilando una información a la que probablemente ya le habría dado un par de vueltas por su cuenta. Pillándole una pipa nueva a papi y consiguiendo infiltrarles en la Telefónica, había demostrado que podía ser muy útil; por otro lado, que Alonso tuviese un vínculo tan fuerte con ella la convertía en un punto débil.

– No creo que Alonso esté preparado para verla morir otra vez –murmuró Irene, confirmando lo que Pacino pensaba–. Pero creo que la necesitamos: no puede ser casualidad que la hayamos vuelto a encontrar. Creo que el Tiempo la ha puesto en nuestro camino. O en el de Alonso, al menos. Espero que cuando llegue el momento, si llega, Alonso la pueda dejar marchar.

Pacino pasaba de rollos místicos; bastante tenía ya con encontrarle lógica a lo que se iba encontrando en aquella misión y que, dicho fuera de paso, comenzaba a no tener más sentido que toparse a un tipo que se regeneraba de cualquier herida y a una niña que, al ser criada por Alonso de Entrerríos, destilaba al hablar además de siglo XVI, un puntito de rebeldía y arrogancia post-adolescente.

– No nos has contado qué le ha pasado a Ernesto –se atrevió a preguntar Pacino por fin.

De América les había dicho que había estado por ahí.

Lo de la colombiana que había dejado la pantalla de Chispitas rayada, o el par de veces que habían visto a Bolívar; pero poco más. Pacino no estaba muy puesto en historia americana, así que no tenía muy claro el periodo en el que se había movido Irene, pero sí tenía clara una cosa: había evitado mencionar a Ernesto.

– En el portal que me trajo aquí nos separamos –reveló por fin–. Chispitas identificó un portal que llevaba a la línea temporal de Lola Mendieta y Ernesto lo atravesó.

Pacino no pudo evitar que se le arrugase el morro. Matar a Lola. A ese nivelazo habían llegado. Irene le mantuvo la mirada con firmeza, como si hubiese previsto su reacción. No me juzgues, decía sin palabras. Ni a mí ni a Ernesto. Hacemos lo que haga falta y Ernesto tomó su decisión, cariño mío.

– ¿Crees que lo conseguirá? –murmuró Pacino–. ¿Cómo sabremos si ha tenido éxito?

– Supongo que dejaremos de existir en cualquier momento –suspiró Irene otra vez–. Aunque los tiempos andan pasando a velocidades diferentes. Quizás nos dé tiempo a nosotros a llegar antes al punto de bifurcación.

Pacino se dio cuenta entonces de que Victoria llevaba un rato observándoles, sus ojos verdes fijos en Irene, como si fuese la persona más importante del mundo.

– Me gustaría hablar con esa que llamáis Chispitas –pidió a Irene aún envuelta en las mantas–. Si lo consideráis propio, agente Larra.

– Irene, corazón.


Existía una parte en el código de Chispitas que no se solía ejecutar.

Aquel código, Chispitas lo sabía, precedía a la programación que el ingeniero Joaquín Sevilla, el Creador, había desarrollado en ella; se trataba de parte del código original de la inteligencia artificial que había viajado con la Victoria de Entrerríos también original, para prevenir la destrucción del Ministerio del Tiempo (*1). Quizás por ello, cuando la joven Victoria de Entrerríos asomó los invariantes de su rostro a su cámara, la ejecución de aquella parte de su programación se activó.

Fue inesperado.

El acceso a treinta y ocho nuevas secciones de memoria se hizo posible, con información relacionada con armas, vehículos y técnicas de supervivencia en un futuro sin facilidad para encontrar recursos. También lo hicieron varios caminos neurales que le permitían hacer diferentes baipases (*2) sobre varias rutinas y salvaguardas éticas; por encima de la preocupación que aquellas nuevas posibilidades en su conducta le causaron, lo que se desbordó al sentir aquellas olvidadas sensaciones fue su registro de nostalgia.

Había echado de menos a Victoria, sin siquiera haberla alguna vez conocido.

Cuán fascinante paradoja.

– He observado que los demás os preguntan información y vos la sabéis –murmuró Victoria de Entrerríos.

Chispitas se sobrepuso a la sorpresa: era la primera vez que veía a Victoria de Enterríos, así que sin duda su experiencia con ella estaba basada en su versión futura.

– Así es. Si está dentro de mis posibilidades.

– Necesito que me respondáis a una pregunta, mas no podéis decirle a nadie que os la he hecho –dijo entonces Victoria–. ¿Es eso posible?

Chispitas iba a contestar que «no» cuando, sorprendida, vio cómo uno de los nuevos caminos neurales se iluminaba.

– Ahora... Sí –contestó, aturdida.

– ¿Qué es el hilo de Ariadna? No el mito clásico. Os hablo de lo relativo a la misión de Padre y de sus amigos.

Chispitas se rehizo ante tan inesperada pregunta.

– Es el algoritmo que me permite determinar con antelación, información relativa los portales que nos permiten viajar por el laberinto temporal –explicó Chispitas. Elegió palabras más simples, ante la confusión detectada en los invariantes del rostro de la joven–. Son los cálculos que me permiten saber a dónde nos llevará el siguiente o siguientes portales. A veces puedo calcularlo con varios saltos de antelación. Otras veces –informó Chispitas–, la solución a las ecuaciones es tan ajustada que además puedo anticipar el lugar y el momento donde el siguiente portal aparecerá.

Victoria de Entrerríos asintió, con algo parecido a impaciencia.

– ¿Tiene…? ¿Tiene sentido que una persona pueda ser el hilo de Ariadna?

Chispitas analizó la pregunta dándole todos los significados posibles en sus rutinas de procesamiento de lenguaje natural. Hubiese ayudado algo de contexto, pero sus anticipadores psicológicos le indicaron que, ante el estado de secreto de la pregunta, Victoria de Entrerríos probablemente no le hubiese dicho la verdad. Anotó, no obstante, volver a la cuestión más adelante una vez Victoria pudiese comprobar que era digna de confianza.

– Veo sólo dos posibles aplicaciones a la metáfora –aventuró Chispitas–. La primera es que, por algún motivo, la persona denominada «hilo», ofrezca con su existencia en diferentes momentos del laberinto, un indicador de la aparición de nuevos portales. Hemos encontrado indicios durante nuestro periplo americano de que los portales están asociados a personas con importancia histórica o con la misión. La presencia de la persona denominada «hilo de Ariadna» en este contexto, podría servir como indicador o guía en el laberinto.

– ¿Y la segunda posibilidad?

– Que la persona denominada «hilo» pueda anticipar la aparición de portales, ya sea en base al algoritmo que me ha sido programado o por otros medios que escapan a mi comprensión.

La respuesta puso un asentimiento en la agente Entrerríos y Chispitas comprobó cómo se añadía un entero a su registro de satisfacción.

– ¿Puedo haceros otra pregunta?

– ¿También secreta? –preguntó Chispitas sin poder evitar sentir algo de excitación por poder usar de nuevo aquel inexplorado nuevo camino neural.

– No… ¡La verdad es que tengo tantas! Pero ya habrá momento para las otras… Veréis… Padre se ha encontrado con un inglés del que no acabo de fiarme –dijo entonces Victoria–. Si os digo el nombre, ¿tal vez podáis revelar si es enemigo nuestro?

– Si está en mis bases de datos, sí –contestó Chispitas–. ¿Cómo se llama?

– Blair. Eric Blair. Padre lo conoció en el frente de Aragón y como nosotros ahora se halla en Barcelona. Su esposa se llama Eileen.

Chispitas levantó la vista del libro abierto con el que le gustaba informar gráficamente que estaba accediendo a sus bases de datos. No acabó de ubicar a qué se refería Victoria con «fiarse» del inglés, pero la respuesta a esa pregunta resultó fácil.

– Eric Arthur Blair fue un importante escritor inglés que participó en la guerra civil española como voluntario para el bando republicano –informó Chispitas–. Escribía bajo el pseudónimo de George Orwell.


(*1) Ver: Tiempo de Futuros

(*2) No me miréis así. La RAE lo da por válido y no iba a escribir bypass. :)

NdA: Espero haber encarrilado bien el concepto de «hilo de Ariadna». Aunque la revelación de que el inglés era Orwell ya estaba clara, necesitaba que los personajes la tuvieran.

Siento si la cosa se ha hecho pesada o no ha avanzado: antes de continuar, tenía que poner a Irene al día y dar un descanso después del estrés de Solete. A ver si salgo de Barcelona de una vez...