Capítulo 113.- La revolución que se acaba
Barcelona.
Del 3 al 4 de mayo de 1937
«Sabemos que nadie se apodera del mando con la intención de dejarlo.
El poder no es un medio, sino un fin en sí mismo.
No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución;
se hace la revolución para establecer una dictadura»
«1984»
George Orwell
– ¿Nerviosa?
– Soy una inteligencia artificial –contestó Chispitas–. No me pongo «nerviosa».
– Imagínate cagarla y decirle a tu otra yo algo que nos saque del bucle –insistió Julián. Comenzaba a entender porqué a Pacino le gustaba chinchar; era casi terapéutico–. Personalmente, estaría un poco nervioso si me fuese a conocer a mi mismo del pasado. ¿Piensas repetir palabra por palabra lo que oíste de ti misma? ¿O vas a improvisar?
– Por ahora ese no es nuestro mayor problema –recordó Chispitas–. Ahora, cíñase al plan, agente Martínez.
– Agente Martínez –sonrió Julián–... Veo que hemos dado un paso atrás en nuestra relación.
– Y los que haga falta hasta que deje de comportarse como un pre-adolescente malcriado.
Julián aparcó el camión despacito delante del edificio de la Telefónica, entre otras cosas porque por enésima vez y a punta de fusil, le estaban dando el alto. A través de la oscuridad sólo rota por linternas y faros, era capaz de distinguir que había otro camión volcado, un poco chamuscado, y dos más cerrando la puerta principal. El farolazo del guardia de asalto (*1) le deslumbró a través de la ventanilla.
– ¿Qué hace usted aquí?
Julián se sacó el salvoconducto, lentamente. Ya había pasado por el trámite en dos controles antes: uno anarquista y otro del gobierno; el anarquista le había hecho dos impactos de bala en el parabrisas al no tragarse el salvoconducto del otro bando, pero ese había sido el único susto de la noche. Al menos, eso esperaba.
– Vengo por el caballo.
– ¿Por el qué?
Julián mantuvo el tipo lo mejor posible porque, para ser sincero, más que nervios lo que estaba era a punto de descojonarse. En fin, tocaba teatrillo.
– Esos anarquistas cabrones robaron un caballo hace unos días y lo metieron al edificio. El dueño quiere recuperarlo. Lo han negociado y vengo a sacarlo.
– Nadie me ha dicho nada de un caballo –gruñó el guardia.
Otro se le acercó. Como el incrédulo, llevaba su correspondiente gorra de plato y su uniforme gris. Y una cara de mala hostia que lo flipas.
– Os lo digo yo ahora. Dentro de un ratín va a salir un caballo por esa puerta –informó Julián–. Cuando lo haga, lo voy a meter en el cajón a él y a los anarquistas que lo acompañan, que irán desarmados. Pero eso no es lo más raro.
– ¿Ah, no?
– No, compañeros. Lo más raro es que todo esto es secreto. Debéis de dar orden de que nadie diga nada.
El guardia se acercó el salvoconducto al farol y frunció el ceño del todo al ver la firma del consejero Rodríguez Salas en la orden. Bendita impresora de Lola del futuro, suspiró Julián cuando le dejaron pasar; cuando se les acabase el papel las iban a pasar putas. El tipo se acabó yendo para dar órdenes a los de la entrada, pero el de la cara de mala hostia se quedó y le devolvió el papel una vez lo hubo leído. Concienzudamente.
– ¿Cómo está la cosa en el resto de la ciudad? –le preguntó cuando se iba.
– Han levantado barricadas –explicó Julián. Se le quitaron las ganas de cachondeo al verle el careto al guardia. De mala hostia había pasado algo parecido al agobio–. El oeste está tomado por anarquistas y aquí en el centro, ya lo habréis visto. Un edificio sí y otro no. Se vienen días cabrones.
El otro asintió, el rostro cansado.
Entonces le dio un par de palmas al capó y le abrió paso.
¡Ding!, sonó el ascensor.
Luego las puertas se abrieron y Pacino, aún con las manos en alto y apuntado por una docena de fusiles, fue despacito con Alonso e Irene a sacar a Solete. El momento, a decir verdad, fue más tensito que cuando los anarquistas de arriba les habían preguntado que por qué bajaban. ¿Cómo que a rendirse? ¿Estamos locos o qué? ¿Y de dónde ha salido el caballo?
– ¡Vamos, vamos! ¡Rápido! –ordenó un guardia al fondo, haciéndoles salir.
El Julián, con un pito mal liado para acabar de vender el papel de camionero, les esperaba en la calle con la rampa listo para subir al bicho. Alonso e Irene se quedaron en el cajón calmando a la yegua, mientras Pacino subía con él a la cabina.
Estaba oscuro de cojones fuera.
– ¿Y la cría? ¿Se queda al final? –preguntó Julián mientras arrancaba.
– A Alonso no le moló, pero era el plan –contestó Pacino.
– Ya sé que es el plan, pero es un plan de mierda. Esperaba que Alonso pusiera pegas.
– Ponerlas, las ha puesto.
Julián arrancó y empezó a conducir por las calles que le indicaba Chispitas en plan GPS con mala uva; con los rodeos, iban a necesitar un buen rato para llegar al Tibidabo. Esperó de corazón que Victoria supiese lo que hacía y se alegró de no ser Alonso.
Al menos la cría tenía a la Chispitas americana con ella.
Victoria vio desde la ventana cómo el camión de los amigos de Padre se llevaba la yegua, y tras santiguarse, volvió a la oficina que servía de cocina con las otras, a continuar con el plan. Allí cortaban los bocadillos que aún quedaban del día, listos para ser repartidos entre los del turno de noche.
– ¡Esto es una mierda! ¡Una tregua de mierda! ¡Yo no trabajo para esos fascistas! –se oyó.
Victoria ofreciose a llevar las bandejas de bocadillos al oír los gritos, y salió con premura de la oficina que servía de cocina.
– No es buen momento –objetó Montse.
– Mejor calmarles con comida –propuso Victoria.
Junto con las otras dos chicas, Marta y Montse, había racionado lo que los guardias de asalto habían ofrecido tras tomar la segunda planta. Valientes sitiadores, no pudo evitar pensar, que ofrecían comida a los sitiados; mas así habían sido los términos de tan extraña tregua. No todos los camaradas parecían a gusto con la orden de facilitar las llamadas a aquellos que les atacaban, a cambio de comida y un alto el fuego.
En verdad que era enfrentamiento difícil de entender si, tal y como decía Chispitas, en el fondo todos estaban en el mismo bando. Victoria recordaba la camaradería de diferentes tendencias políticas en el frente de Somosierra, o la de los brigadistas en Pina; quizás, no pudo evitar pensar, al hallarse Barcelona tan lejos del enemigo común, enemigos más cercanos trataban de encontrarse.
Victoria llegó hasta la centralita, hasta arriba de humo de cigarrillo y hombres con los nervios en punta.
– ¡Aún estamos en guerra, camarada! –chilló el delegado–. ¡Nuestro enemigo común es…!
– ¡Nuestro enemigo está escaleras abajo! ¡Van a acabar con la revolución! –chilló el otro–. ¡Qué me importa que la bota sea fascista o comunista si la tengo en mi cuello igual!
Y dicho esto, el muchacho agarró el fusil apoyado en la pared y se fue, dejando un hueco libre frente a los paneles de agujeros y cables. El delegado, un tipo flaco y de peinado alguna vez engominado, se llevó las manos a la cabeza presa de la tensión. Victoria, en dos días ayudando en el turno de noche, conocía al elemento lo suficiente como habérselo quitado de encima primero con un empujón, y luego retorciéndole la muñeca hasta hacérsela vendar. Olía a linimento, mal tabaco, y a pocos baños, aunque la verdad fuese dicha, a nadie allí le sobraba aseo.
– ¡Debes ofrecerte ahora! –apremió en susurros Chispitas, colgada de su cuello.
Victoria gruñó. No le placía la idea, mas el plan era el plan.
– Sé operar una centralita –dijo secamente al delegado al ofrecerle una de las bandejas.
El otro no se dignó en mirarla. Agarró un trozo de bocadillo y le dio la espalda, saliendo de la habitación. Victoria supuso que quizás debía habérselo quitado de encima con menos brusquedad en el pasado, mas Padre no le había enseñado a coquetear. Si quería ser agente, caviló con calma, debía aprender a usar otras armas en el futuro; en cualquier caso, como el delegado no dijo que no y tampoco estaba, Victoria se sentó en la silla vacía frente a los conmutadores. Los dos muchachos de los otros puestos la miraron, sorprendidos, entre humo de cigarrillo y ceniceros repletos de tabaco picado.
– El delegado… –fue a decir uno.
– … No me ha dicho que no –gruñó Victoria.
Y empezó a hacer lo que le susurraba Chispitas, colgada aún de su cuello bajo el mono, porque en verdad lo único que sabía de centralitas, era que estaban relacionadas con teléfonos.
Primero los cascos.
Luego ir conectando agujeros con cables, en función del número que le indicaran…
Pardiez. No parecía complejo.
Irene acarició a Solete por última vez y le dio una cariñosa palmada en los cuartos traseros. El animal no necesitó más, y libre de bocado y silla, se perdió trotando alegre entre el sotomonte y la espesura de árboles. Aquella parte de la sierra parecía bastante espesa y aunque el rocío y el fresco de la mañana eran intensitos, no parecía mal lugar para una yegua. Chispitas decía que había granjas por la zona, así que si Solete se cansaba de la vida salvaje, quiso pensar que sería capaz de buscarse la vida por allí.
Irene se sentía cansada de pelotas; la siguiente parte del plan tenía que incluír irse a un hotel o algo, pero como para cruzar las calles alegremente: hasta el día 8 era jugársela y los portales iban a aparecer antes.
Observó por última vez a la yegua meterse en el bosque, casi con envidia.
– Será el mejor lugar para ella –recordó Chispitas desde el cuello de Julián.
– Eso no podéis saberlo –gruñó Alonso.
– Mejor que el siglo XIX en América. Y mejor que Barcelona, si me preguntas –suspiró Pacino.
Amanecía.
Tenían el camión parado porque de tanto subir y bajar por caminos de la sierra de Collserola, Julián decía que se había recalentado. No se veía mucho más allá del camino y los árboles, pero lo que sí se veía era Barcelona, al pie de los montes: una alfombra de edificios inacabable que llegaba hasta el mar. La luz del amanecer dibujaba varias humaredas y aunque no podían verse por la lejanía, las calles allí abajo estarían atravesadas de trincheras de adoquines y de gente tirando a matar.
– Así que conociste a Orwell –murmuró Irene.
– No me pareció mal hombre. Para ser inglés, quiero decir –contestó Alonso–. Mas Victoria opina que algo esconde.
Irene asintió. Orwell no escondía nada que ella supiera y Chispitas parecía confirmarlo; aunque desconocía el detalle de que su primera esposa le fuera infiel, tuvo que aceptar que no sería la primera mujer en la historia que buscaba compañía con su marido en el frente.
– Debemos regresar al hotel –sugirió Chispitas.
– No puedo oponerme a una cama caliente y dormir un poco hasta el siguiente portal –aceptó Irene.
Pacino y Julián se miraron de una manera que a Irene no le moló nada.
– Las malas noticias, ¿no? ¿Es algo que no me va a dejar dormir?
Julián se rascó la barbilla, donde la barba.
– Probablemente.
– Entonces decídmelo luego.
Montaron todos al camión y bajaron a la ciudad. Poco antes de llegar al Continental, tuvieron que continuar a pie, porque habían cortado todos los accesos. Corriendo y huyendo de los tiros cada vez más cercanos, se plantaron al mediodía en la habitación. Irene pasó de la morena que se quedó hablando con Alonso en la puerta y se tiró en la cama.
Decía que era la mujer de Blair, o algo, y que buscaba a su marido.
Irene no prestó atención y con la única preocupación de que el nuevo portal no iba a aparecer inmediatamente, se durmió casi al instante pensando una vez más en Ernesto.
(*1) NdA: No sé si lo he comentado ya, pero Orwell en «Homenaje» se hace un lío y llama erróneamente guardias civiles a los guardias de asalto. Estos últimos eran un equivalente (de la época, entiéndase) a la policía nacional actual y llevaban uniformes grises. Nada de cascos blancos de plástico, con una eterna cara de cabreo y mala puntería.
