Capítulo 114.- DoblePensar

Barcelona.

4 de mayo de 1937

«Doblepensar significa el poder de mantener

dos creencias contradictorias

en la mente simultáneamente,

y aceptar ambas.»

«1984»

George Orwell

– Por favor, señor Ulloa. Es usted mi última esperanza.

Alonso asintió y con buenas palabras trató de tranquilizar a la esposa de Blair. Quedose mirando la tal Eileen el interior de la habitación, y aunque no pudo culparla pues el extraño espectáculo era digno de estudio, el gesto de curiosidad ciertamente no le gustó.

– La acompañaré a su habitación, señora Blair –sugirió Alonso.

Detrás de ellos Irene roncaba despatarrada sobre la cama y Julián y Pacino trataban de poner orden porque en el cuarto vacío se les había colado una mujer con dos niños en temprana edad y una anciana que no hacía más que santiguarse. El hotel Continental y sus pasillos se habían llenado de paisanos, algunos con demasiado miedo para volver a sus casas por los tiroteos en las calles y otros desesperados por encontrar lugar con sustento y cobijo durante unos días. Supuso Alonso que en todas las casas de huéspedes de la ciudad las cosas no serían diferentes; la habitación de Eileen Blair, por contra, no tenía invitados inesperados. Alonso quedose en la puerta mientras ella entraba y sacaba una chaqueta del armario, para acto seguido entregársela.

– ¿Dónde cree que está su marido? –preguntó Alonso.

– Anoche pudo llamar por teléfono y hablar con John McNair, un amigo. Le llevó cigarrillos al hotel Falcón –explicó–. Lo que le pido es que vaya usted con él, amigo Ulloa. Eric no deja de mencionar cómo le ha ayudado siempre en el frente. Con esta situación, temo por él, y un amigo cerca nunca está de más.

Alonso asintió. Les quedaba poco para volver a hallar portal, mas entretanto encontraba que ser fiel a la historia que le había hecho llegar allí no era contradicción; seguía siendo un miliciano agregado al POUM y si Blair había ido al Falcón, debía hacer lo mismo para no llamar la atención. La mujer pareció tomar los instantes de cavilación de Alonso como duda y, en un gesto que le sorprendió, puso su delicada y blanca mano en su mejilla.

– Haré cualquier cosa para que Eric esté seguro, señor Ulloa.

Alonso dudó unos instantes ante la implicación de frase, gesto y mirada, y todo lo deprisa que la sorpresa por aqueso le permitió, se retiró la mano del rostro y la tomó entre las suyas, solemne.

– Señora Blair. Usted y su marido me han reunido con mi hija Inés –pudo balbucear–. Haré lo posible porque esté seguro mientras me quede tiempo en Barcelona.


– ¿Que te piras? ¡No seas cabrón! ¡Ese no era el plan! –abroncó Pacino.

Julián le hizo un gesto de silencio a Pacino, porque el nano número 2 se le estaba quedando dormido en brazos y había estado dando la vara durante veinte minutos sin parar; no era cuestión de que se le despertara ahora. Salieron a la puerta de la habita con Alonso, porque el nano número 1 se estaba también quedando dormido y ninguno de aquellos mocosos parecían tener el sueño de Irene quien, babeando sobre la almohada, murmuraba algo sobre una tal Pola a la que, los sueños sueños eran, parecía estar conociendo en el sentido bíblico de la palabra. La abuela fingía no escuchar mientras lavaba pañales con careto de escándalo, al tiempo que la madre tapaba las orejas a número 1.

– Mira macho... ¿Lo ves necesario? –le preguntó Julián.

ViejAlonso asintió, firme. Decía que se lo debía por haberles reunido con Victoria y que técnicamente, estaba en su tapadera el comportarse como un miliciano del POUM. Lo último sobraba totalmente, así que Julián supuso que en el fondo George Orwell y su señora le caían bien. Como la yegua Solete. Lo mismito. Bueno, tiempo había hasta el portal.

– Orwell no sufrirá ningún daño durante los sucesos de mayo –intervino entonces Chispitas con su tono de seño insoportable–. Este gesto de agradecimiento es innecesario.

Julián estuvo a punto de soltar un taco, porque al hablar la PDA en su cuello había sobresaltado al nano número 2, el cual se debatió inquieto unos segundos antes de volver a dormir. Volvió a pedir silencio y le pasó al bebé a Pacino quien, sin saber cómo agarrarlo, se lo puso en el antebrazo. Aprovechando el respiro se quitó a Chispitas del cuello y se la colgó a Alonso. Toma. P'a tí p'a siempre.

– ¿Se puede saber qué…? –protestó la maquinita.

– Llévatela, Alonso –recomendó Julián, disfrutando el momento–. Ya sabes el plan. En un par de días en Pedralbes a pillar portal y a continuar. Hasta entonces, buena suerte.

– Esto no era parte del plan –rugió en susurros Chispitas.

Julián volvió a tomar en brazos a número 2 ante el gesto de alivio de Pacino.

– Mira mona. Si no te guardaras detalles, no te daríamos estos sustos –contestó Julián. Luego se volvió hacia Alonso. Tras las canas, sonreía con agradecimiento–. Cuídate. No hemos sacado un caballo de la Telefónica para cagarla ahora. Aún nos queda misión. Nos vemos donde Azaña.


Alonso salió del hotel a las calles desiertas, la luz del mediodía, sin atención prestar a advertencias y protestas del personal de recepción. La vizcaína portada era por Victoria, mas por si fuere menester, envuelta en una manta llevaba la toledana a la espalda, en la mano su fusil traído del frente.

– Esto es una locura innecesaria –protestó por enésima vez la máquina a su cuello.

– Veréis Amelia que nada hay innecesario cuando de honor y de sus deudas se trata. De las que importan, al menos –quiso explicar Alonso–. Ahora guiadme. ¿Dónde está ese hotel Falcón?

– Bajando las Ramblas, hacia el mar, en la plaza del Teatro. ¡Es peligroso camino, Alonso de Entrerríos! ¡Y no creas que…! ¿Por qué me llamas Amelia?

Alonso entendió de inmediato la advertencia. El Continental se hallaba cerca de la Fuente de Canaletas; al menos cinco calles cortaban el bulevar hasta el Falcón y era probable que en cada una de ellas una barricada con su correspondiente tiroteo hubiera montada. Eso por no contar con los edificios altos. Desde allí, cualquier tirador que no fuese un patán podría hacer blanco. Se había cambiado el mono de miliciano de la CNT por los pantalones del traje que Victoria habíale comprado, junto con una vieja chaqueta de Blair que Eileen le había prestado. Esperaba no llamar mucho la atención mas, andar por la calle y más aún armado de fusil, era ponerse una diana en la espalda.

– Os llamo Amelia porque lo sois –contestó mientras echaba a andar.

– Soy una inteligencia artificial copia de…

– Sois una copia de algo que vino de un tiempo que no debió existir –interrumpió Alonso. Avanzó en carrera, pegado por la pared, hasta la siguiente bocacalle–. Mas por lo que entendí de toda aquella extraña aventura, quien os hizo en ese tiempo os hizo como nuestra Amelia. No veo inconveniente en trataros como tal, especialmente ahora que ella falta.

La máquina guardó silenció y Alonso la notó un poco más caliente en el pecho.

– Creo que lo que pasa es que quieres dorarme la píldora, Alonso de Entrerríos.

– Podría ser –concedió Alonso–. ¿Funciona?

– No. Según Orwell debe haber al menos un francotirador de los guardias de asalto en la torre de una iglesia cercana al Falcón –avisó la voz–. Sin embargo, en mis bases de datos no hay iglesias…

– Debe referirse a esa torre de ahí –señaló–. Es donde yo me pondría para…

El zumbido de una bala se clavó a una cuarta de su cabeza en la fachada de piedra y Alonso comprendió que debía empezar a correr. Lo hizo de árbol en árbol y zigzagueando, ganándose varios tiros más que debían venir desde las ventanas. Cuando oyó la ráfaga de metralleta no se lo pensó dos veces y se tiró detrás de una barricada de adoquines sin importarle dueño. Cuando abrió los ojos, monos azules y pañuelos rojinegros se le quedaron mirando, sorprendidos.

Què fas camarada. Estàs boig? (*1)

Anarquistas. Les enseñó el carnet del POUM. Si le había quedado algo claro de toda aquella historia era que en aquella pequeña guerra estaban del mismo bando.

– Voy al Falcón. ¿Lo veis posible, camaradas?

Estàs fotut. (*2)

– Eso pensé.

Y entre los ánimos y algún tiro de supresión de los de la barricada, Alonso siguió corriendo Ramblas abajo.


(*1) Qué haces camarada. ¿Estás loco?

(*2) Estás jodido.


Chispitas siguió registrando movimiento en los acelerómetros hasta que por fin la carrera se detuvo. El ritmo cardiaco de Alonso de Entrerríos era apresurado y frenético, pero no detectó anomalías que indicaran una herida de bala.

– Hemos llegado –le oyó murmurar.

Luego le oyó preguntar por Blair, hasta que averiguó que se encontraba al otro lado de la calle, en el viejo teatro. Entrerríos se abrió la camisa un poco y le permitió observar la situación: el Falcón, como temía, estaba atestado de refugiados por pasillos y habitaciones del mismo modo que el Continental.

– Tendremos que cruzar la calle para llegar al teatro –informó Enterríos–. Allí está la sede del POUM.

Chispitas había anticipado ese curso de acción con un 90% de probabilidad.

– Seguirá habiendo francotiradores –señaló.

Alonso de Entrerríos respiró hondo.

– Entonces tendré que seguir corriendo.


Le dispararon al menos dos veces hasta llegar a la puerta del teatro.

Alonso había temido más disparos desde un café cercano el cual, por el rabillo del ojo, vio estaba lleno de uniformes grises, las mesas tiradas en improvisada barricada. Cruzada la calle y comprobado que teniendo seguía el mismo número de agujeros en el cuerpo, suspiró con alivio. Le abrieron la puerta en cuanto enseñó el carné y nada más pisar el interior, informó que buscaba al inglés Blair. Le llevaron a la platea del teatro donde, envuelto en un trozo de telón, el largo rostro con bigotito de Eric Blair parecía dormir el sueño de los justos. Extraña estampa le pareció, el suelo de las tablas lleno de hombres descompuestos y dormidos, sus fusiles abrazados como si se tratase de simplona obra de teatro sobre la guerra.

– Su mujer anda preocupada por usted, camarada Blair –dijo Alonso al agacharse.

El inglés abrió sus juguetones y hundidos ojos azules.

– Intenté llamarla –sonrió–. No sé si podremos volver al Falcón... Menos aún al Continental… Demasiados tiradores en las ventanas… ¿Es esa mi chaqueta? –añadió somnoliento.

Alonso se la quitó y le cubrió con ella, al tiempo que desenvolvía su manta y se cubría tumbándose también en el suelo del escenario. Blair no dijo nada al ver la espada y volvió a cerrar los ojos con aspecto cansado.

– Le gustará hacer guardia por las noches –le dijo.

– ¿Qué hay de los días?

– ¡Ah! Por los días hacemos guardia también.

Alonso sonrió y fue a contestar, mas al mirar a Blair a su lado vio el disimulado gesto de sacar del bolsillo de la chaqueta objeto que guardó con él. En verdad, llevándola a la carrera, no había notado nada y recordó, tal podía ser aún pardiez, que Victoria seguía sin confiar en los ingleses.


Victoria empezó su turno nocturno entre menos humo de cigarrillo.

El tabaco se acababa y con él la moral de los que aún quedaban en el edificio de la Telefónica. El delegado de la noche ya no estaba molestando y en su lugar el del día, Victoria lo había visto alguna vez de antes, daba cabezadas mientras sus dos compañeros del turno de noche redirigían llamadas bajo las instrucciones dadas: permitir sólo las aquellas con contraseña, limitar las otras. Supuso que de normal poco había que hacer por la noche, mas en verdad muchos elegían intentar hablar con sus seres queridos con la esperanza de encontrar más líneas abiertas a aquellas horas. Más líneas había, pero siendo sólo tres en aquella sala y los pocos que habría en los otros tableros conmutadores por la noche, Victoria podía entender que poco servicio podrían encontrar los barceloneses.

Al poco de empezar y cuando ya había atendido al menos una docena de peticiones, el moreno feo como un demonio le hizo señales. Victoria al principio no entendió.

– Creo que debes conmutar al canal nueve –indicó Chispitas.

Victoria así lo hizo

– ¿Inés? –oyó por los auriculares.

Era Padre. Si acaso la había llamado Inés, era porque en verdad dudaba de que privada fuese la conversación.

– ¿Padre? ¿Qué ocurre? ¿Estáis bien?

– Eileen pidiome ayudar al camarada Blair. Ando con él y los compañeros del POUM. Agradecería que tranquilizaseis a la gente del Continental –le rogó–. Mi marcha fue apresurada.

Victoria dudó antes de contestar. El moreno feo como el demonio fingía seguir conmutando líneas, mas estaba segura de que escuchaba.

– Les haré llegar mensaje. No esperaba que fueseis con nuestro amigo inglés –contestó.

Padre dudó unos segundos.

– Era mi deber como miembro del POUM –contestó–. Y creo que algo de razón teníais con el matrimonio. Cuidaos, hija.

Victoria asintió despacio, dándole vuelta a las palabras. Algo había visto, comprendió, que le había hecho dudar.

– Cuidaos vos también –dijo como despedida–, Padre.


NdA: Nos aproximamos al final de las andanzas barcelonesas de la pandilla. Aún quedan un par de capítulos. Siento el rollo, pero esta parte creo que es importante.

¡Mucha novelización! Para empezar, ni siquiera estoy seguro de que el asedio a la Telefónica durase más de un par de días. La parte del Falcón y el teatro sale de "Homenaje a Cataluña", aunque Orwell no hace una narración muy coherente de qué sucede y cuándo. A ver si llego al portal de una vez. Gracias por leer :)