Capítulo 115.- Espías como nosotros

Barcelona. Sí. Todavía seguimos aquí.

Del 4 al 5 de mayo de 1937

«Antaño hubo muchas veces escenas de matanzas igualmente terribles,

pero a todos le parecía mucho peor la de ahora,

por haber sucedido entre ellos mismos.»

«Rebelión en la granja»

George Orwell


«Regresé asqueado y furioso a mi puesto sobre la azotea. Al participar en

acontecimientos como ésos supongo que, en una pequeña medida, se está haciendo historia, y

uno debería sentirse personaje histórico por derecho propio. Sin embargo, no ocurre así

porque en tales momentos los detalles físicos siempre pesan más.

(…)

Si eso era historia, yo no me sentía con ánimos de vivirla. Se parecía más

a los malos momentos pasados en el frente, cuando por falta de hombres debían hacerse horas

extra de guardia. En lugar de sentirse heroico, uno permanece en su puesto, aburrido,

cayéndose de sueño y totalmente indiferente a lo que sucede.»

«Homenaje a Cataluña»

George Orwell

La noche era fría y la ciudad seguía en guerra.

De lo primero Alonso no tenía duda pues de ello daban cuenta sus huesos; de lo segundo, sobre la guerra, era difícil de asegurar pues excepto disparos lejanos y explosiones aisladas, desde la azotea del teatro Poliorama no se veía un frente, ni una posición enemiga clara que hubiera que tomar o defender. Apostados Blair y él en un terrado, poco había que hacer entre sombras excepto asegurarse de que no venían tropas con la sorpresa de la noche, ni que el grupo de guardias de asalto de la terraza de enfrente hicieran amago de querer cobrarse presa en ellos.

En lo que llevaban de día y descansos de guardia, habían podido cruzar al hotel Falcón en dos ocasiones. De él habían sacado algo de comida para los compañeros del teatro. Eso y poco más había sido todo el ajetreo resultado de acompañar a Eric Blair como un miliciano más adscrito al POUM.

– Me tiene intrigado con la espada, camarada Ulloa –dijo de pronto Blair.

Había abierto los ojos de improviso, le tocaba descansar, y le estaba mirando cómodamente tumbado todo lo largo que era, que no era poco, desde el suelo del terrado. La espada la llevaba prendida Alonso a la espalda, aún oculta por la manta.

– Es recuerdo de Toledo –contestó Alonso, la mirada vuelta a la calle–. Supuse que sería útil en caso, como parece, de ir cortos de munición.

Aquello arrancó media risa de Blair, dejándole arrugas en su consumido rostro. Tras el infeliz recuento, una veintena de fusiles y cincuenta cartuchos contaban de reserva para todos los hombres del POUM y, la verdad fuese dicha, ante un descuido los fusiles tendían a desaparecer en manos de quienes se los quisieran llevar. El inglés ya había perdido uno y, como consecuencia, Alonso compartía el suyo con él por turnos.

– ¿Cuándo partirá?

La pregunta encontró a Alonso por sorpresa; al cabo, no encontró motivo para ocultar sus intenciones.

– Sabiendo que está usted bien y que su mujer anda tranquila, toca ir por mi hija Inés –respondió–. Quizás esta noche. Quizás mañana.

– No volverá al frente, ¿verdad?

– No es mi intención. Pero el Tiempo quizás tenga otros planes –confesó.

– Yo no esperaría. En marchar, digo. Ya ha hecho bastante por mi, amigo mío.

Alonso quedó mudo unos segundos. El comentario, con fuerte acento, no había sido dicho como reproche; al menos, eso le pareció.

– ¿Qué hará usted cuando esto acabe? –preguntó entonces Alonso–. ¿Irá a Madrid?

Blair puso sus manos por detrás de la nuca, aún tumbado sobre el suelo de la azotea y la vista perdida en el oscuro cielo.

– He estado pensando. Después de esto, no estaría conforme con combatir por los comunistas. Supongo que volveré al frente de Huesca.

– Seguirá combatiendo junto a comunistas –señaló Alonso.

– Luchar contra el fascismo y del mismo lado que los comunistas, no es lo mismo que luchar por los comunistas –puntualizó Blair–. Temo que la causa comunista no es la causa de los trabajadores, y menos aún la de los oprimidos. Lo será mientras les convenga, supongo; y lo que está pasando en Barcelona estos días no hace más que reforzar mi convicción sobre ello. Fíjese, amigo Ulloa, que los comunistas del PSUC no han dudado en aliarse con los liberales burgueses del gobierno, en contra de los anarquistas. Temo que de vencer al fascismo, el comunismo acabe con los liberales como ahora está intentando acabar con los anarquistas.

– Creí que el PSUC era socialista –murmuró Alonso.

– Uno puede llamarse lo que quiera y seguir siendo otra cosa –sonrió Blair, pícaro–. Por ejemplo, ¿es su nombre Ulloa realmente?

Alonso perdió la atención a la oscuridad de la calle.

El tono de la pregunta le inquietó y, por cómo vibró la Amelia máquina colgada de su cuello, algo dentro de su alma le dijo que se adentraba en peligrosa conversación.

– No –admitió Alonso al cabo. Luego agachó la cabeza por debajo del murete y bajó el fusil, despacio–. Dígame, amigo Blair… ¿Es acaso normal que un miliciano tenga una lista de nombres en el bolsillo de la chaqueta?


Chispitas volvió a poner todos sus sensores en línea, y como temía comprendió que no podría aconsejar a Alonso de Entrerríos: George Orwell estaba demasiado cerca y sin duda la oiría. Por otro lado existía la remota posibilidad de que fuese un agente del otro Ministerio, en cuyo caso ocultarse no tenía utilidad. ¡Entrerríos había mencionado una lista! ¿De qué hablaba?

– Un miliciano quizás no. Un escritor, por otro lado... –dijo Orwell.

– Es usted escritor –murmuró Alonso de Entrerríos.

Chispitas no había visto ninguna lista y desde luego Entrerríos no había compartido información tal con ella. ¿A qué se refería? Trató de centrarse en la conversación, atenta a analizar cada palabra de Orwell.

– Soy escritor… A ratos.

– ¿Piensa escribir sobre lo que nos está pasando? ¿Sobre Barcelona?

– Es posible. Si vuelvo con vida.

Alonso de Enterríos se tomó su tiempo en contestar; su pulso se había acelerado brevemente, pero había vuelto a la normalidad.

– Le agradecería que no me mencionara –pidió–. Como ya dije, soy hombre buscado.

– ¡Una lástima! De todos los hombres que me he encontrado en esta guerra –suspiró Orwell–, es usted el que más me intriga. Después de estas semanas he llegado a la conclusión de que odia usted por igual a anarquistas, comunistas y a fascistas. Y sin embargo ha elegido nuestro bando. De no haber encontrado a su hija Inés, le hubiese tomado por un… Espía.

– Es lo que es usted –dijo entonces muy despacio Alonso de Entrerríos–… Un espía...

El silencio se le hizo eterno a Chispitas, aunque sólo duró 4.5 segundos.

Comenzó a buscar en sus bases de datos a toda prisa. ¡No había indicaciones de que George Orwell fuese un espía! ¿Espía para quién? ¿De qué estaba hablando el agente Entrerríos?


Alonso lo comprendió entonces.

No andaba errado el instinto de Victoria, si bien dudaba de que Blair fuese agente del otro Ministerio. Era inglés. En tierra extraña. Si para su gobierno o como vendedor de información para el mejor postor, el asunto estaba por ver. No dudaba en que odiaba a los fascistas, pero el papel doblado que su mujer le había pasado en el chaqueta no era mensaje: Alonso había podido verlo de refilón tras ser testigo de cómo Blair hablaba con un orondo ruso en el Falcón. Blair apuntaba nombres en él y aunque el gesto inicialmente le había pasado por normal en alguien que no dominara el lenguaje de la tierra, en aquella conversación especial importancia cobraba.

– No dice usted que no –murmuró Alonso.

– Nunca le he dicho toda la verdad. Como usted conmigo –sonrió Blair–. Pero nunca le he mentido, Ulloa. No quiero empezar ahora.

Alonso levantó el fusil y volvió a la guardia. La calle seguía tranquila cerca, mas alguna explosión y ráfagas de metralleta se oían sin parar en la lejanía.

– Le ruego no me mencione. Ni en esa lista, ni en lo que escriba –pidió finalmente Alonso–. Se lo ruego.

– Lo haré con una condición –resopló Blair–. Le creo en lo de su hija. Pero me tiene que decir qué demonios hace usted en esta guerra.

Alonso tomó aire varias veces. No deseaba mentir al inglés, mas no podía contarle la verdad. Confiaba en él, a pesar de que no había negado ser un espía. Quizás, pensó, con media verdad bastara.

– Existe en España un Ministerio dedicado a proteger la Historia. Yo trabajo para él. Otros, los que me buscan, tratan de cambiar la Historia en su beneficio. Yo y mis amigos tratamos de impedirlo.

– ¿Un Ministerio? ¿Cambiar la Historia? ¿Cómo…? ¿Es usted periodista? ¿Historiador? ¿Archivero? ¿Qué…?

– Es todo lo que puedo decirle, amigo mío –le interrumpió Alonso, alargándole el fusil–. Tome. Trate de no perderlo esta vez. Y recuerde que me hizo usted promesa.

La mirada alegre y pícara de Blair tornose seria por unos momentos. Luego sonrió, al tomar el arma en sus manos.

– Buena suerte –dijo como despedida.

– Buena suerte. Y agache esa cabeza la próxima vez que esté en el frente –recomendó Alonso mientras partía–. Mire que las trincheras españolas no se hicieron para ingleses altos.


Amanecía ya y Victoria estaba a punto de acabar su turno como operadora en el edificio de la Telefónica.

Bostezó y se estiró, aprovechando el gesto para ver si podía hacer la llamada ya o no.

–¡Es ahora o nunca Victoria! –susurró Chispitas colgada de su cuello.

Bien que lo sabía. Había estado vigilando al moreno y, a punto de terminar el turno e ir a dormir, cabeceaba dentro de sus auriculares como de costumbre. Victoria se armó de valor y lentamente se levantó. Observó al delegado, también dormitando y de espaldas, y se acercó al otro lentamente.

El número de teléfono de Pedralbes estaba en su cuadro y tenía que conmutarlo: no podía llamar al palacio desde su puesto, pues era teléfono intervenido; debía conmutar las líneas y volver a su cuadro sin que se dieran cuenta.

Lentamente tomó en sus manos uno de los cables y enchufó la clavija en donde le había instruído Chispitas.

– Ahora el siguiente y podrás volver a tu sitio –susurró la máquina en su cuello.

Victoria tomó el otro cable y lo deslizó delante del moreno para poder introducir la clavija… El agujero estaba demasiado cerca de la mesa y tenía… No llegaba... Demasiado cerca. Demasiado cerca. ¡Demasiado cerca! Le tocó sin querer con el brazo y el otro inmediatamente se despertó, alarmado, pues las broncas del delegado ante operadores que se dormían eran de escándalo.

A Victoria no se le ocurrió otra cosa que sentarse delante de él en la mesa, tapando con su cuerpo el enlace de cables. Se puso un dedo en los labios, señalando al delegado y el muchacho, aún parpadeando las legañas, comprendió que debía permanecer en silencio. Era hombre joven, no muy bien parecido.

– Gracias –susurró.

Victoria no se apartó. Se daría cuenta. Debía… Bueno, por qué no.

– Me preguntaba si… Después del turno… Cuando esto acabe… ¿Te gustaría…? ¿Salir conmigo?

El moreno se la quedó mirando, aún despertándose.

– Pero… Tengo novia –susurró con la voz pastosa.

Victoria apretó los dientes y trató de que los demonios no se la llevaran. Apretó un poco los hombros, juntando los brazos, para que sus pechos abultasen un poco bajo el mono azul.

– Pero… No tiene por qué enterarse… –dijo todo lo sugerentemente que pudo.

El muchacho se la quedó mirando, aún aturdido, mas Victoria no supo si por el sueño o porque su interpretación había sido especialmente desafortunada.

– Es que… Nos vamos a casar…

Victoria perdió la calma y, pardiez, decidió acabar con la comedia de un puño en la quijada. Tras el golpe, logró agarrar al muchacho en la silla para que no cayera con estruendo y, tras unos instantes en los que temió haber despertado al delegado, fijó la conexión, volvió a su puesto y activó la llamada. Los tonos le parecieron eternos, porque al quinto, el moreno comenzaba a recobrar la conciencia.

–¿Aló? –dijo un hombre al otro lado de la línea.

–¿Es el palacio de Pedralbes? –rogó Victoria.

– Sí. ¿Quién llama? ¿Cómo…?

–Dígale al Presidente Azaña –dijo Victoria todo lo firmemente que pudo– que el señor Cholo y el señor Caricias piden vez, junto a unos amigos, para tratar el asunto de sus diarios robados. Y que llegaremos pronto.

Luego la línea se cortó.

El moreno había desenchufado el cable, la cara de sueño convertida en rostro de enojo sin igual. Junto a él, el delegado se había puesto en pie sin acabar de creerse lo que había pasado.


NdA: ¡Novelización! No tengo pruebas de que Orwell fuese un espía, pero tras leer «Homenaje» y la parte en cómo escapa de Barcelona durante la persecución comunista, he llegado a la conclusión de que tuvo una sospechosa ayuda que otros milicianos adscritos al ILP no tuvieron. Eso, la capacidad de supervivencia de Eileen y un par de detalles que no cuadran, me hace pensar que recopilaban información sobre activistas comunistas para el gobierno británico. En esta historia, por lo menos, es lo que hace. Lo cual no quita, para que en la Historia de verdad y en esta, realmente luche contra el fascismo. Ni siquiera es DoblePensar. Es aprovechar el viaje con gastos pagados. Si encuentro pruebas de lo contrario, rectificaré convenientemente.