Capítulo 116.- Entre la espada y la pared
Barcelona. Ya queda menos...
5 de mayo de 1937
«Fue Prieto quien, por deferencia personal más que por exigencias de
su cargo, atendió las llamadas de Azaña e intentó tranquilizarle anunciándole
el envío a Barcelona de dos destructores y de algunas fuerzas de aviación que
llegarían por tierra. Pero la inevitable tardanza de ese tipo de ayuda, su
prolongada situación de aislamiento con peligro cierto de la vida -suya y de los
familiares que le acompañaban- (…),
le llevaron a expresar a su interlocutor la
posibilidad de dimitir. Poco después, hacia el mediodía del 5 de mayo, Azaña
aseguró al presidente de las Cortes, Martínez Barrio, que "solamente una
acción de gobierno rapidísima y aplastante" podría evitar que tomase aquella
"determinación irreversible" que había evocado a Prieto. Por rapidísima y
aplastante acción de gobierno pretendía sugerir lo que después pedirá ya
abiertamente: un bombardeo de la aviación leal que despejara el camino de su
residencia hasta el puerto con objeto de abandonar Barcelona»
«Presidente por última vez: Azaña en la crisis de mayo de 1937»
Santos Juliá
Amanecía.
Alonso giró esquina cercana a la Plaza de Cataluña, desde el sur. Allá al fondo pudo distinguir barricadas anarquistas y no muy lejos tomadas posiciones por la guardia de asalto… Iba a ser difícil llegar hasta la fachada principal de la Telefónica, mas con rodeo, quizás podría alcanzar algún edificio colindante por detrás.
Esperó que Victoria tuviese la misma idea y tragó la angustia de haberse dejado convencer en ponerla en peligro tal.
Avanzó despacio por el perímetro externo de la plaza, la espada oculta de nuevo por la manta a su espalda y un pañuelo blanco en la mano; durante las guardias con Blair había visto a insensatos que intentaban llegar de lugar a otro así. Algunas veces les disparaban. Otras no.
– ¡Es imposible que George Orwell sea un espía! –repitió la Amelia máquina–. ¡No hay registro de ello!
Ocultose en portal al verlos. Dos hombres prendían chisquero adelante, cigarros en la boca, fusil en el hombro. Civiles vestimentas. Anarquistas, probablemente.
– Que no quede registro decir no quiere que mentira sea. Y muchos tipos de espías hay, amiga mía. Bien me creo que en Inglaterra haya poderosos señores que vean tan mal a los comunistas como los ve Blair, sin con él necesariamente compartir opiniones políticas –explicó en susurros–. Luchar contra el fascismo no quita servir al país propio. Las guerras producen soldados veteranos y a esos grandes señores ingleses les gustará saber quiénes son a los que deben vigilar si acaso vuelven con vida a su tierra.
Parlaron dos frases los anarquistas del chisquero, mas volvieron pronto dentro del edificio y Alonso decidiose a avanzar. Dio veloz carrera de unos cincuenta pasos antes de volver a ponerse a cubierto. Podía seguir por la plaza o intentar recorrer aledañas calles. La segunda opción mejor le pareció pues movimiento inquieto de hombres vio por la plaza que no le gustó.
Esperó por Cristo llegar a tiempo de encontrar a Victoria.
El delegado de la mañana y el moreno fiel a su novia se fueron a por ella violentos, mas sin fiereza, seguros de su tamaño. Esquivó Victoria al delegado, zancadilla al tobillo, sus morros al suelo, y al ver vacilar al muchacho, el agarre en el brazo se lo quitó de nuevo puño en la cara que lo apartó de la puerta.
Debía llegar a la cocina. No podría salir por la puerta principal, como era plan.
– ¡Victoria! –exclamó Chispitas desde su pecho–. ¡A la cocina! ¡La ventana de atrás!
¡Era verdad! ¡Aún le quedaba el cable!
– ¡Alto! ¡Alto! ¡Espía! –oyó detrás.
Dos somnolientos hombres en mono intentaron cerrarle el paso, mas Victoria se tiró por el suelo, carrera veloz, y resbaló entre ellos alcanzando la cocina. Allá las camaradas Montse y Marta despertaron de improviso al oír el portazo y los golpes de los hombres del otro lado.
– ¿Qué pasa, nena? –exclamó Montse.
– Lamento las molestias – balbuceó Victoria.
La puerta trancó con silla y detrás de la alacena sacó la enorme bobina. Con un grito de sorpresa de Marta, Victoria abrió la ventana y tiró por ella el cable telefónico tras mal atar el otro extremo a pata de un escritorio. ¡Pardiez! ¡Quedaba varios metros corto!
La puerta de una patada cedió y los hombres entraron fusil en mano.
No había tiempo.
Victoria cubriose las manos con las mangas del mono y saltó descolgándose por el cable, el estómago dándole un vuelco al no sentir suelo bajo los pies. Logró frenar, a punto de fallarle las fuerzas, y más que saltar al final de la caída precipitose al suelo, el frío de la mañana tirándole vaho, las manos hirviendo por el roce.
No había dolor. No se había roto nada. Se levantó. Hombres se asomaban arriba, culatas al hombro.
Un tiro rebotó en la acera, a un palmo de ella.
Unas manos la apartaron y la llevaron a un zaguán.
– Veo que habéis hecho nuevos amigos –resopló Padre.
– ¿Qué coño es esa puta mierda? –masculló Julián.
Miraba por la ventana del balcón de la habitación del Continental hacia la calle, a la poca luz del amanecer, con uno de los bebés todavía en brazos. Pacino le tomó a nano número dos, porque aunque seguía sobado no era cuestión de que se pusiese a llorar por escuchar tacos.
– ¡Qué hemos dicho del lenguaje! –gruñó Pacino en susurros.
La enfermera seguía con la barba torcida, así que supuso que lo que miraba por la ventana era serio. Pacino se asomó y lo vio: un camión de guardas de asalto se había parado frente a la puerta del hotel y saltaban fusil en mano en plan malote.
– Despierta a Irene –gruñó Julián–. No esperamos más. Nos vamos a Pedralbes.
Las mujeres y los niños dormían. Lo de Irene era de traca, porque llevaba casi veinticuatro horas monopolizando el colchón y babeando la almohada. Venir de América, pensó Pacino. Como que te deja baldao.
– Rubia. Despierta. Rubia. Vamos rubia –la sacudió Pacino.
– ¿Qué? ¿Qué? ¿Ernesto…? ¿Qué…?
– Vienen los grises. Hay que moverse.
– ¿Qué grises? ¿De qué hablas?
Julián no había perdido el tiempo y ya estaba vestido del todo, asomado a la puerta del pasillo. Irene se acabó de quitar las legañas y se asomó por la ventana. La carita de sueño se le quitó de golpe y ahí Pacino acabó por comprender que la cosa era más seria que una paranoya del barbas y que tocaba largarse.
– ¡Qué! ¡Qué pasa! –acertó a preguntar mientras dejaba al nano en brazos de la abuela.
Las mujeres, como él, parecían no entender nada.
– Ese guardia de asalto… El capitán –dijo Irene sin aliento–… No puede ser… Está… Muerto….
Julián volvió del pasillo, pálido.
– Están empezando a subir las escaleras. Hay que esconder los monos de la CNT y… ¡Joder! –saltó al volver a la ventana. Tiró de Irene hacia atrás y se puso más blanco que ella.
– Información, por fa –rogó Pacino mientras se acababa de abrochar los pantalones.
– No es una redada común –explicó Irene–. Vienen a por nosotros.
– ¿Cómo…?
– El calvo de la barba, el capitán –explicó Julián mientras se cargaba la bolsa de Lola–. Es el cabrón de Armando Leiva.
– En verdad quien pensó en las calles de Barcelona no tenía en mente parapetos –gruñó Alonso.
– No queda opción pues –observó Victora–. Hay que atravesar el descubierto.
Alonso asintió. Horas dando rodeos y evitando disparos les había puesto cerca de Pedralbes al mediodía. Unos cien metros hasta la parte de atrás de palacio les quedaba por recorrer. Una posición de guardias cincuenta pasos a la derecha y una barricada anarquista cincuenta a la izquierda. La opción de entrar por la prolongación de la Diagonal y la puerta delantera era mucho más arriesgada: allí las posiciones intercambiaban fuego más activamente.
Corrieron con pañuelos blancos en la mano y Alonso vio cómo Victoria, menos años y más energías, le sacaba varios pasos de ventaja hasta llegar a la tapia. La breve carrera no despertó atención, más, la trepada a los muros sí. Varios tiros se clavaron en ellos, sacando nubes de ladrillo y yeso, mientras Alonso alcanzaba lo alto con la ayuda de Victoria, y desde allí tiraba de ella hacia arriba todo lo deprisa que pudo.
– ¡Quietos! ¡Quietos! –oyeron.
Cuando lograron saltar a los jardines les recibió a la carrera, fusiles en ristre, una patrulla de guardias.
–¡Hemos contactado por teléfono con el Presidente Azaña! –se apresuró Victoria, manos en alto–. ¡Venimos a hablar con él!
La muchacha hizo bien en hablar.
A Alonso, tras el último trecho, ya no le quedaba aliento.
– ¿Leiva? ¿Quién coño es Leiva?
Entonces Pacino recordó. Tardó un poco, porque cuando Chispitas se lo dijo aún estaba con la espalda a medio curar en Brunete y los recuerdos de esos momentos no los tenía claritos precisamente. Tras la muerte de Amechunga otro tío se había hecho cargo del Ministerio; pero quien dirigía la caza, eso había dicho la PDA, era el tal Leiva.
– Digamos que he pillado un arma pocas veces en su vida –explicó Julián, sin aliento–. Con Leiva hice una excepción.
Salieron de la habitación pasillo arriba, alejándose de las escaleras.
– ¡Joder! –masculló Pacino–. Si os conoce, a lo mejor puedo ganar algo de tiempo.
– No. Aunque Leiva no te conozca habrá memorizado tu cara –señaló Irene–. No deja cabos sueltos. No es su estilo. ¿Cómo coño nos ha encontrado aquí?
Pasaron frente a las últimas habitaciones de la planta y Pacino vio de reojo la puerta oculta del hueco del montacargas.
– ¡Irene! ¡Aquí!
– ¡Ni de coña! –protestó.
– No hay tiempo. ¡Vamos!
Metieron a Irene hecha una pelota dentro del diminuto elevador y la bajaron tirando de poleas a toda prisa.
Los guardias observaron por largo tiempo los dos relicarios idénticos antes de devolvérselos.
Las dos Chispitas habían elegido pose de señora antigua (Manuela republicana, habían explicado al unisono), idénticas ambas en ademán y postura, logrando engaño y pasar como objetos sin importancia. Mas por desventura, despojado les habían de espada, pistola de Padre y la vizcaína que Victoria había portado hasta aquel momento. En la antesala del despacho de Azaña, dentro de palacio, les habían sentado, a la espera de que el Presidente tuviera un momento para verles, mas Victoria no tenía especial prisa: del otro lado de la puerta los tonos eran bruscos y las órdenes poco pacientes.
Don Manuel, en resumen, no parecía tener el día.
– ¿Qué creéis que ocurre, Padre?
– Lo ignoro –contestó él en un susurro.
– El Presidente está sitiado y sin ayuda de la Generalitat –explicó una de las Chispitas–… Teme por su vida y por la de su gente. Y hace bien.
– Su esposa se encuentra en este viaje con él, además de secretarios y ayudantes –completó la otra–. Si los anarquistas hubieran querido tomar el palacio, probablemente lo hubiesen conseguido. Él sabe que puede suceder y que no tiene recursos para impedirlo.
– Un Rey sin poder –pensó en voz alta Padre.
Victoria comprendió entonces. A ambos.
– Por lo que decís, Chispitas, entiendo que los anarquistas no entrarán –adivinó Victoria.
– Así es. En unos días llegarán más guardias de asalto desde Valencia y pondrán fin a los enfrentamientos –resumió una de las máquinas. Victoria no tenía claro si era la que había venido de América con Irene Larra o la otra; ambas eran idénticas, hasta en el arañazo sobre el cristal–. Os ruego recordéis que tenéis que dejarnos hablar unas horas –añadió entonces–. Es clave para la misión.
– Ella tiene razón –dijo la otra.
– Gracias –contestó la suya.
Victoria la verdad era que no entendía del todo aquesa parte, mas si ambas lo pedían tiempo a solas habían de darles.
La puerta se abrió entonces y Victoria pudo ver cómo un secretario dejaba hueco. Un hombre entrado en carnes, muy alterado, seguía hablando con otro frente a lo que parecía un pulsador de metal sobre el escritorio.
– Puede pasar –dijo el secretario. El tono de calma desmentía su rostro desencajado. Padre se levantó y con él Victoria le siguió–. Sólo usted –le dijo a Padre–. La muchacha puede quedarse aquí.
Victoria le tendió una de las Chispitas entonces, para que le ayudara. Padre negó.
– Dadles tiempo para que hablen. Ha de ser importante si tan insistentemente lo piden. –Luego se dirigió al secretario.– Mi joven hija está agotada tras esta aventura –intentó–. Ruego le faciliten lugar donde asearse y descansar.
Victoria vio entonces a Azaña acercarse a la puerta, a largas zancadas.
– Vamos; no tenemos mucho tiempo para despachar –rezongó.
Padre no se amedrentó.
– Le ruego deje descansar a mi hija. Tiempo hay. Créame.
Azaña parpadeó, quizás perplejo, bajo sus redondas gafas. Observó a Victoria en su mono azul de anarquista y el gesto de desconfianza no hizo sino acrecentarse.
– Con respecto a los diarios, esperaba a otros caballeros –dijo secamente. Luego se volvió a Victoria–. ¿Fue usted la que consiguió llamar, señorita?
– Así es… Excelencia.
– ¿Cómo lo hizo? El teléfono va y viene en esta casa.
Padre interrumpió respuesta.
– Todo eso se lo puedo contar, señor Presidente, en privado.
Azaña dudó unos segundos y dirigió una mirada rápida a los falsos relicarios en las manos de Victoria.
– Busque una habitación para la muchacha –dijo al fin al secretario–. Y ponga un guarda en la puerta. Usted –dijo por fin a Padre–. Entre y hablemos.
