Capítulo 117.- Leiva

Barcelona.

5 de mayo de 1937

«Pero perdiste el control.

Tú no eres el Leiva que yo conocí.

Aquel Leiva me salvó la vida y me lo dio todo.

Me enseñó que lo más importante era defender el Ministerio.»

«Capítulo 7: Tiempo de venganza»

El Ministerio del Tiempo

– Tu turno –dijo el madero.

– Ni de coña me meto ahí dentro –gruñó Julián.

Irene asomó la gaita por el hueco, tres pisos más abajo. No dijo nada, pero por la cara de mala hostia y el puño apretado estrangulando un gaznate invisible, estaba claro que pedía vidilla. Julián chascó la lengua cagándose en la leche y aceptó meterse dentro del montacargas en plan contorsionista. La pierna le quedó fuera y el cabrón de Pacino decidió apretársela contra el pecho a pesar de que no había cojones a meterse más.

Un tendón detrás de la rodilla le dijo que de qué vas.

– ¡Agh! ¡Joder!

– ¡Vamos, vamos, vamos! –insistió Pacino.

– ¡Si no entro, no entro, cojones! –pudo boquear Julián.

Al final hubo cojones y se vio atrapado en el hueco, descendiendo con gruñiditos de la polea encima de él. A medio camino de paredes mugrientas y creciente puta claustrofobia, comprendió que el idiota del madero fijo que no entraría todo lo largo que era. ¡Piensa, piensa, piensa! No quedaba otra. Tendrían que sacar la caja del montacargas y que bajase usando la cuerda. Bien pensado, joder...

Era lo que podía haber hecho él.

Al alcanzar las cocinas, en vez de encontrarla esperándole, pilló a Irene atando a un guardia de asalto inconsciente a la pata de una mesa.


La puerta se cerró tras él.

Sólo Azaña, un secretario y un guarda quedaron junto a Alonso en el despacho. Observó a los hombres sin esconder desconfianza, pues temía trampa similar a la del año 34. El secretario, hombre de anteojos y reluciente calva, se encendió un cigarrillo mientras el guarda, uniforme gris y pistola al cinto, cruzaba los brazos a la espalda. No parecía haber peligro. Por el momento.

– Estos caballeros son de mi total confianza –intentó tranquilizar Azaña. Fue hasta su escritorio, mas lejos de sentarse detrás se apoyó en él sin perder la postura erguida–. ¿Qué se le ofrece al Ministerio del Tiempo? ¿Es por lo que está sucediendo en Barcelona? ¿O por la guerra?

Alonso parado quedó unos momentos, sorprendido e incapaz de reaccionar. Bien era verdad que en el futuro, del Ministerio el gobierno noticia tenía. Debía ser parecido para Manuel Azaña, supuso, mas era cosa diferente saber de la existencia del Ministerio por un lado y por otro bien distinto asociarlo precisamente a él, Alonso de Entrerríos. O más bien a Gonzalo de Ulloa, quien lejos de ser Comendador de Calatrava tenía aún un carnet del POUM en el bolsillo.

– ¿Qué le hace pensar que trabajo para ese… Ministerio?

Azaña torció su orondo rostro en algo parecido a una sonrisa. «No tema por estos dos caballeros», le informó. Saben tanto del lugar como yo, que por cierto no es mucho, no se crea.

– Esos supuestos relicarios que han quedado con su hija –señaló–... Hace unos días dos hombres aparecieron de la nada con uno. Si bien que lo hicieran dentro del armario de mi esposa me pareció de por si extraño, el que la imagen de la República en su relicario me guiñase un ojo y me hiciera un gesto de silencio, me hizo imaginar que venían del futuro. Y usted y su hija parece que les conocen, pues hablan también del asunto de los diarios...

Alonso asintió, vencido. El plan, en el que no había participado la Amelia máquina, había sido colarse en el palacio con la excusa de los diarios y aguardar en él el tiempo suficiente para que apareciese el portal. Sin embargo, aquella inteligencia artificial, como bien había señalado Julián en más de una ocasión, parecía tener propias intenciones y Manuel Azaña, aunque hombre desesperado podía ser, parecía también tener poco de necio.

– Acontecerá un prodigio aquí, en este palacio, dentro de unas horas –explicó Alonso–. Mis compañeros y yo debemos atravesarlo para continuar con nuestra misión.

– ¿Un prodigio?

– Una suerte de puerta. Similar a las del Ministerio, mas creada y desaparecida en el aire. Nuestra presencia aquí debe mantenerse en secreto, ahora y en el futuro.

Azaña asintió, perdida la sonrisa.

– Entonces no están aquí por lo que está pasando fuera –intervino bruscamente el secretario.

– Lo que sucede fuera es cosa de la Historia.

– Esperábamos ayuda –comentó secamente el guardia. Por sus insignias, Alonso creyó debía tratarse de un capitán –. No que nos la pidieran a nosotros.

Alonso observó a Azaña, el tono neutro. Su expresión calma no era acompañada por sus manos, aferrando con fuerza el borde de su escritorio. No era costumbre en el Ministerio revelar la Historia a sus actores, mas la misión entre manos era más importante. Y necesitaba ganarse su confianza.

– Dentro de unos días llegarán guardias de asalto desde Valencia –les informó–. Todo acabará entonces. Sin daño para nadie de palacio si permanecen en él.

– Eso es difícil de creer –gruñó el guarda–. Ya han visto las barricadas anarquistas al saltar el muro. ¡Por la Diagonal es peor! ¡Si les da por intentar entrar no podremos detenerlos!

– Es lo que me han dicho que pasaría –repuso Alonso–. No tengo motivo para creer que mentira fuese.

– Es usted del pasado –comprendió Manuel Azaña, pensativo, al mirarle.


Victoria siguió al guarda y a una doncella hasta la habitación.

Con Padre había estado en muchos lugares, el primero que le vino a la memoria fue aquel elegante hotel del que no recordaba nombre, mas nunca en lugar como el palacio de Pedralbes. Los corredores llenos estaban de dorados candelabros, y coloridos tapices con escenas de caza las paredes mostraban. Al subir por la escalinata de piedra blanca perdió la atención en la araña de luces del techo y en sus cientos de pequeñas e iridiscentes piedras que bailaban colgadas de ella. De vez en cuando, recordando que fuera había una guerra, sacos abiertos tapaban un cuadro, o llenos de tierra rodeaban una estatua, mas no desmerecían el vetusto lujo del lugar.

Tras mucho andar supuso Victoria que la habían conducido hasta las habitaciones del servicio, pues una simple cama de lana con ropa y una manta, así como un armario contra la pared, eran lo único junto al polvo que encontró en la alcoba. Cerraron la puerta tras ella y sin esperar, Victoria corrió la cama hasta la ventana, abriéndola de par en par. Sol entró, aunque no mucho.

– Espero que sea suficiente –dijo al colocar a las Chispitas, la una frente a la otra, bajo el sol–. Ignoro cuándo Padre acabará de departir con el hombre importante.

– Será suficiente –dijo la Chispitas más vieja–. Gracias. Ahora, por favor, debes sentarte.

– ¿Por qué? –sorprendiose Victoria.

– Sí, ¿por qué? –preguntó la Chispitas más nueva.

Sin a cuento venir, Victoria sintió entonces un profundo e hiriente dolor en el vientre que la dobló, tirándola de rodillas. Miró sus manos creyendo haber recibido disparo, mas sangre no había. Recordó entonces haber sentido aquel dolor antes, en Pina de Ebro.

– ¡El portal! –exclamó muriéndose de dolor–. ¡Está ya aquí! ¡Debo avisar a Padre!

– Me temo que no, Victoria –contestó una de las Chispitas–. Va a aparecer un portal, pero no es aquí.


Pacino tiró y tiró de la caja vacía del montacargas, pero nada. Golpes. Patadas. No había puta forma de sacarla del hueco ni de romperla. ¡Mierda! ¡Joder! ¡Joder, joder, joder!

– ¿Cómo va? –oyó desde abajo.

– ¡Como el culo! –contestó a Irene–. ¡Esto no sale ni se rompe!

Tenía que haber intentado arrancar la caja con Julián, pero le habían podido las ganas por verle encogido. Ahora, por listo, estaba atrapado. ¡Mierda! Bueno, sólo era cuestión de encontrar otra forma de evitar a los guardias antes de que…

– A tí no te conozco. Así que debes ser Méndez.

Una voz grave y seria que te cagas venía del fondo del pasillo.

Un capitán de la guardia de asalto sin gorra de plato, un tipo medio calvo, con una barba morena y sucia, casi de vagabundo, avanzaba lentamente flanqueado por otros dos que de guardias de asalto del año 37 tenían lo que él de argentino. Machacaos a gimnasio. Igual hasta tenía mala suerte y eran como el cabronazo de Paul.

¡Mierda!

– ¡Ah! ¡Tú debes ser Leiva! ¡Armando Leiva! –gritó fuerte para que le oyeran abajo. El gesto arrancó media sonrisa del tipo–. ¡Oh! ¡Armando Leiva está aquí! ¡Vaya por Dios! ¡Leiva! ¡Armando…!

Con una risa sofocada, Leiva hizo un gesto de cabeza hacia los mastuerzos, que sacaron pipas como la de Lola y avanzaron despacio hacia él, pero dejando distancia.

– ¿Dónde está el otro? Entrerríos –aclaró–. A ese me han insistido mucho para encontrarle.

Pacino se encogió de hombros, burlón.

El disparo de una de las pistolas de rayos le llegó entonces, quemándole las tripas y tirándole por el suelo. ¡Joder! ¡Lo que dolía! Se le saltaron las lágrimas y logró incorporarse lentamente.

Menos metros, pero aún lejos. No se acercarían más.

– Menos guasas –advirtió Leiva–. O hablas o no me vales. Y si no me vales… Bueno, puedes hacer el cálculo tú mismo.

Pacino logró levantarse a duras penas y se llevó la mano a la Detective del cinto, deformación profesional, pero la puta Detective, recordó, no estaba ni se la esperaba y la mano sólo palpó cinto y hueco. Los mastuerzos no se tomaron el gesto bien, y le soltaron otros dos rayos, que le dejaron retorciéndose por el suelo. Again. El dolor se incrementó y relajó por ráfagas; era como abrazar un cactus de tamaño humano, pero con cariño e intensidad, como en un amoroso reencuentro después de mucho tiempo de no haberse visto.

– ¿No hablas? De acuerdo. Eliminadle –ordenó Leiva por fin–. No nos sirve.

Pacino logró ponerse en pie cuando los mastuerzos levantaron las pistolas de Buck Rogers, en posición de «muerte», fijo.

Entonces vino el estallido.


– ¡Padre! –gritaba Victoria–. ¡Padre!

Alonso salió del despacho de Azaña y corrió siguiendo los gritos. Tardó en hallar el corredor, pardiez, más encontró en la puerta de una habitación del servicio a Victoria, doblada y de rodillas, agarrándose el vientre.

El guarda que la vigilaba se recuperaba, aún aturdido, de un golpe unos pasos más allá.

– ¿Qué ocurre? –preguntó Alonso sin aliento.

– ¡El portal! ¡Lo he notado! ¡Ha aparecido!

Alonso sacó la saboneta del bolsillo y, sorprendido, observó cómo sus agujas fluctuaban; extraño pues, a diferencia de ocasiones anteriores no había vibrado. ¿Qué significaba aquello?

– ¡Aún es demasiado pronto! –gruñó Alonso–. ¡Los demás no han llegado todavía!


Armando Leiva, tirado por el suelo, apoyó el antebrazo y pudo levantar la mirada hacia la luz que le había proyectado como un guiñapo al otro lado del pasillo. ¿Qué había sido? ¿Una granada? Un…

Era un portal.

Un portal se había abierto tras Méndez y unos brazos salían de él y le metían dentro, antes de que pudiese dar un sólo tiro. Abrió fuego de todos modos, por si daba a alguien. Eso sí, los inútiles del futuro se quedaron quietos como pazguatos, las pistolas bajas.

– ¡A qué esperáis, idiotas! ¡Disparad! ¡Seguidle! ¡Seguidle!

Pero cuando fueron a meterse dentro del portal, se desvaneció en el aire.

Con Méndez.

Para ser una primera misión, como el culo había salido. Uno de los inútiles le ayudó a levantarse y cuando se preguntó por qué Méndez se había quedado parado ahí, vio el abollado cajón del montacargas.

– ¡A las cocinas! ¡A las cocinas, vamos! ¡Los otros están allí!


– ¡Joder! ¡No me digas que le han cazado! –gruñó Julián.

Había logrado por fin quitarle los pantalones al guardia de asalto inconsciente, pero no había tiempo para más. Irene oyó las órdenes de Leiva a través del hueco. Tocaba largarse echando leches.

– No lo creo –pensó en voz alta–. Ese tono de encabronamiento es de cuando algo le sale mal. ¡Vamos! –ordenó Irene–. Le tengan o no vienen a por nosotros. ¡Hay que salir de aquí!

Vio a Julián dudar y acabó tirando de él en dirección a la calle, pies para qué os quiero y si te he visto no me acuerdo. A decir verdad, Irene no sabía seguro si tenían al pobre Pacino o no, pero de tenerlo poco iban a poder hacer con Leiva mandando un pelotón de guardias. Tocaba huir y llegar a Pedralbes sin que les siguieran. Salieron a la calle por la puerta del almacén, pasado el mediodía, y empezaron a tirar por callejuelas de adoquines arrancados. A la segunda ya les estaba disparando alguien, e Irene dudaba que fuese Leiva.

– ¡No tiréis coño! –gritó Julián.

– ¡Con quién estáis! –se oyó tras la barricada.

No contestaron y cruzaron la calle con pañuelos blancos en la mano. Llegaron tras varios tiros más contra un zaguán y se escondieron allí. A lo lejos vieron a un par de guardias de Leiva aparecer por la bocacalle y retroceder casi inmediatamente, por culpa de la lluvia de tiros desde la barricada.

– Vale –murmuró Irene–. Anarquistas. No todo iban a ser malas noticias.

Julián tiró el uniforme que le había quitado al guardia de asalto, iba a ayudar poco, y señaló un callejón.

– Si no lo tiene Leiva –gruñó cuando llegaron al callejón, sin aliento–, ¿dónde coño está Pacino?

Irene no contestó.

No quería pensar en que el encabronamiento de Leiva podía deberse a que se habían cargado a Pacino sin sacarle información. Siguieron corriendo, evitando ventanas, barricadas y disparos por media ciudad, en dirección a Pedralbes. Durante todo el camino a Irene no se le borró de la memoria la imagen de Leiva cayendo de la azotea, donde le había visto morir.

Puto Ministerio del futuro de mierda.


NdA: Este capítulo va para José Antonio Lobato que como ya sabréis, era el actor asturiano que interpretaba a Leiva y que murió este año. Dedicar un capítulo de un fic me parece lo menos que puedo hacer ya que le vuelvo a sacar y encima le doy voz. Es un experimento. A ver cómo sale.