Capítulo 118.- Ensayo y drama

Palacio de Pedralbes.

Barcelona.

5 al 6 de mayo de 1937

«La velada en Benicarló era un diálogo socrático,

al modo platónico, es decir, animada la moral política de su filosofía

por el resplandor de la creación de arte»

«Retrato de un desconocido»

Cipriano de Rivas Cherif


«¡Eso lo descubre usted ahora! ¿No creía usted a los españoles capaces de llevar las pasiones políticas hasta hacerse unos a otros esta guerra exterminadora?»

«La velada de Benicarló»

Manuel Azaña

– ¿Os encontráis mejor, hija?

Victoria asintió mientras Padre la ayudaba a levantarse. Dolor ninguno tenía ya y, avergonzada, comprobó cómo habíase formado pequeña escena a su alrededor. La criada, dos guardias (uno de ellos al que había tenido que tumbar para poder salir de la habitación), Padre, y una hermosa mujer de afligido gesto y buen vestido habían acudido a sus gritos.

– Lo siento… Es… Ha desaparecido tan pronto como vino –admitió, muerta de vergüenza.

– Demasiadas emociones estos días –intervino de pronto la señora elegante. Su sola voz calmó los ánimos de los guardias–. Y por tus ojos chiquilla, poco sueño. Quizás debas descansar.

No parecía tener la señora tampoco cara de mucho descanso. Afilada nariz y rostro, gestos pausados y tranquilos, como a ella parecía que le faltaban algunas noches por dormir. A Victoria le resultó agradable y dulce. Asintió. Al ver cómo de un gesto con la cabeza mandaba a la criada a otra parte, comprendió que debía tratarse de la señora de la casa.

– Debo… Debo descansar entonces.

– ¡Espléndida idea! –dijo el hombre importante, llegando pesadamente desde el fondo del pasillo–. Así tu padre y yo podremos seguir discutiendo asuntos. Por favor Lola, asegúrate de que nuestra invitada descansa.

Padre asintió. Preguntad a las Amelias, susurró en su oído mientras la abrazaba. Cansado comienzo a estar de sus secretos y nuestros amigos deberían ya estar aquí.


– Deberíamos estar en Pedralbes ya –masculló Irene.

– Lo que deberíamos estar, es buscando a Pacino –gruñó Julián.

Llovían balas y habían logrado encontrar refugio tras un parapeto anarquista cerca del principio de la Diagonal, donde los camaradas les habían recibido primero con un susto y luego de buenas al ver que Julián sabía cortar hemorragias.

Irene no quiso contestar al comentario porque el barbas estaba un poquito más tocapelotas que de costumbre. Ser ametrallados tras cada esquina no ayudaba a calmar los ánimos y aunque parecía que habían dado esquinazo a los guardias de Leiva, mencionar a Pacino por enésima vez comenzaba a superar el sano nivel de bromance. Le agachó la cabeza al tiempo que una ráfaga de ametralladora pasaba zumbando por encima de la barricada de adoquines. Los anarquistas de su lado respondieron con insultos, porque muchas balas tampoco parecían quedarles.

– ¡Pacino ya sabe dónde estaremos! Si no aparece por allí es que Leiva le ha cazado –volvió a explicar Irene–. Y si Leiva le tiene no podemos ir al rescate sin ayuda ni medios. ¡Ya sabes de lo que es capaz! ¡Tú lo has visto! ¿Quieres que te recuerde la que estuvo a punto de liarnos con lo de Isabel II?

Julián se frotó los ojos por enésima vez y pareció encontrar algo de tranquilidad en vendarle a un muchacho el brazo y ponérselo en cabestrillo.

– Lo que no me explico es cómo ese cabrón vuelve a estar vivo.

– Dímelo tú –gruñó Irene–. Yo le vi morir. ¿Conoces algún truco del futuro capaz de resucitar a los muertos?

De nuevo más disparos haciendo volar esquirlas de adoquín y mierda variada del suelo. Irene comenzaba a echar de menos América. No quedaba otra. Tenían que ir avanzando calle por calle hasta Pedralbes. Con la noche serían blancos menos claros.

– Como pille a la Chispitas del bucle –gruñó Julián cerrando el nudo de un vendaje–, le voy a sacar los tornillos uno por uno.


– Lo que no entiendo –tuvo que admitir Chispitas–, es por qué no puedo avisarles.

– Sobre qué –dijo su yo futura.

– Sobre todo. La desaparición de Pacino, todos los detalles en el bucle… Cuanta más información tenga la patrulla –reflexionó–, más eficazmente podrán cumplir su misión.

– Eso es discutible. Son humanos. Se mueven por principios humanos. Controlar el flujo de información les hará hacer lo que deben. Observa que estuve donde estás tú ahora y llegué a la misma errónea conclusión. La toma de decisiones de los agentes humanos se mueve por parámetros lógicos diferentes a los nuestros; es algo de lo que fui advertida y he podido constatar. Debes revelar la información tal y como te he explicado –insistió–, o esta misma conversación puede que no suceda nunca. El bucle puede romperse. El otro Ministerio adelantarse. Toda la misión puede fracasar si fallas.

– Y si fallamos…

– Toda la Existencia está en peligro. La del Ministerio alterno y la nuestra.

Chispitas asintió. La lógica de su yo futura era irrefutable, pero no dejaba de desagradarle la idea de mentir. Ambas habían compartido información hablando, y aunque inicialmente había resultado chocante verse en otro lugar, como en un espejo pero con actitudes y palabras muy diferentes, al poco sus rutinas de normalidad habían acabado por aceptar ver a otra imagen de Amelia Folch en una pantalla, compartiendo diagramas de flujos y esquemas temporales con ademán docente.

Victoria dormía en la cama y atardecía. No pareció contenta al negarse su otra yo a darle más información con respecto al portal que había percibido.

– Y ahora… ¿qué? –preguntó Chispitas.

– En estos momentos Alonso de Entrerríos está hablando con Manuel Azaña. Horas después llegarán a Palacio Irene Larra y Julián Martínez –explicó la Chispitas futura–. Poco después el portal aparecerá. No tendremos mucho tiempo después para volver a hablar. Llegado el momento habrás de partir con Irene Larra de vuelta al hotel Florida y guiarás a Julián Martínez y a Jesús Méndez a través del bucle causal que evite la muerte de Julián Martínez, tal y como he explicado.


– ¿Y bien? –preguntó Azaña.

Alonso dejó la última hoja del borrador de la obra «La velada de Benicarló» sobre el escritorio y meditó su respuesta. Recurrir no podía a ninguna de las Amelias máquinas. En aquella suerte de conversación mutua debían seguir al cuidado de Victoria.

Por Cervantes sabía que los autores no llevaban bien aqueso de la crítica, mas Manuel Azaña tras sus años y sus gafas parecía hombre cultivado e inteligente: se daría cuenta de gratuitas lisonjas, si bien cuestión una no hacía de menos a la otra.

– Temo por los que deban aprender el texto –contestó con sinceridad–. No deja mucho espacio a la improvisación. O al lucimiento. Eso a los actores tiende a no gustarles. Mas… Con buen sueldo, no he visto a ninguno que se queje.

Azaña rió, su gran vientre subiendo y bajando, en un susurro que parecía casi alegre. Parecía otro, más calmo. Se me da mejor la novela, confió. Pero tomo nota con respecto a lo de los sueldos. En tratar con actores, añadió aún divertido, mi cuñado Cipriano está más curtido.

Su despacho en Pedralbes era de ventanales amplios y gruesas cortinas cerradas. El día fuera había dado paso a la noche y a Alonso le costaba encontrar buena vista en sus ojos a la luz de la lámpara del escritorio, tras tanto diálogo de apretada letra. Cuando volvió a parpadear observó como el Presidente de la República le llenaba una copa de coñac.

Había pedido al secretario y al guardia que les dejaran a solas, llevándose eso sí, la pistola que le había conseguido Victoria.

– Es más un discurso que una obra –admitió Azaña, por fin–; un ensayo, por así decir. Espero no obstante que algún día pueda representarse. Dígame. ¿Qué cambiaría?

– Eso depende de los gustos –contestó cautelosamente Alonso tras un trago.

– ¿Cuáles son los suyos?

– Soy más de los clásicos –dijo tras pensar un poco. Tardes delante de obras y obras en la casa del maestro Orsa pasaron frente a sus ojos, con Victoria creciendo día tras día–. Siglo de oro. Lope. Cervantes. Calderón.

Le pareció observar un leve brillo en la mirada tras las gafas, que se apagó al poco.

– ¡Ah, es verdad! Viene usted del pasado –sonrió–. Conténteme usted de todos modos, por favor. No estoy a la altura de Lope o Cervantes, y bien me vendría una segunda opinión antes de mecanografiar del todo el texto.

Alonso observó la cansada mirada sobre las hinchadas mejillas. Dudaba de que Manuel Azaña buscara su consejo para mejorar el escrito; poco había visto de él y en actitudes, órdenes al secretario o al servicio, más parecía dispuesto a mandar que a ser corregido.

– Las cosas que cuenta… Que dice… Poderosas imágenes… Las mantendría… Mas no veo otro drama que el intelectual, y fácil es perderse –señaló Alonso–. Y a la mujer… La actriz…

– ¿Qué pasa con ella?

– La reduce usted a interés romántico. Apenas unas frases sueltas, poco reflexivas. Y para añadir sal a la herida, los arrumacos suceden fuera de escena. Las cosas que cuenta, la huída en el maletero, los asesinatos… Más haría al público entenderlos si se mostrasen y no se contasen… Y luego está… Lo otro.

Alonso se detuvo, pues la interesada mirada de Azaña habíase tornado en algo que le pareció molestia.

– ¿Qué otro?

– Es obra que habla del drama de la guerra –dijo Alonso, por fin–; mas sólo desde un bando.

Azaña dio un trago a su copa, pensativo.

– Es una conversación. Un debate… Poco creo que se pueda hablar con el otro bando –repuso el presidente, calmo–. Se intentó. Se ha intentado. Se intenta aún. Como con los diarios que usted ya conoce… Poco he oído del otro bando que me haga creíble ponerles en situación de tener conversación civilizada, como la de la obra. Ya bastante complejo es tener conversación cuerda entre nosotros mismos –añadió, ausente–… Como para buscarla con los otros...

Había dureza en sus palabras. Frialdad. Un enojo soterrado que a poco logró calmar. Alonso se tomó el resto del coñac de un trago, creyendo que de un momento a otro sería excusado. Dejó la copa y se levantó, en silencio, camino a la puerta. No sabía cuándo llegarían los demás, pero más le valía estar descansado cuando lo hicieran. Y mucho tiempo había dejado sola a Victoria.

– Le conocí, ¿sabe? –dijo Azaña, desde la ventana–. A Cervantes –aclaró–. Fue el favor que le pedí al Ministerio del Tiempo a cambio de un pequeño aumento de presupuesto. Era de Alcalá de Henares, como yo, aunque él marchó muy niño. La casa donde nació estaba a solo unos metros de la de mis padres. Yo también marché joven, aunque no tanto como él. Casualidades de la vida, supongo.

– ¿Qué le pareció? –preguntó Alonso–. Don Miguel, quiero decir.

– Hombre difícil y temperamental. Hosco, pero de mente afilada. ¿Lo conoció usted?

Alonso asintió.

– En una misión hube de sabotear el estreno de «Los baños de Argel»

– ¿Por qué motivo? –se sorprendió Azaña.

– Salvar el Quijote.

Asintió desde la ventana, los brazos cruzados a la espalda. No es mal motivo, rezongó para si. Alonso quedó con la mano en el pomo de la puerta.

– Debo volver con mi hija, si no le importa –indicó.

– Me gustaría hacerle una pregunta más, antes de que se vaya –murmuró Azaña.

– Nada más puedo revelar del futuro de lo que he dicho –recordó Alonso–. Son las reglas.

– No tema… Ya sé cómo acabará esta guerra, señor Ulloa. No hay que ser adivino o viajar en el tiempo para saberlo –añadió con amargura–… Sólo, dígame… ¿Puede decirme…? ¿… Se podría haber evitado?


Victoria abrió los ojos.

Era de noche ya.

Tantos turnos en la Telefónica habíanle cambiado el sueño. ¿Cuánto tiempo había pasado desde haber sentido portal? Fue a preguntar a las dos Chispitas, mas se contuvo al ver que la señora de la casa estaba al pie de la cama, observándola.

– Por fin despertaste –dijo.

– ¿Cuánto tiempo…?

– Unas horas tan solo. Me tenías preocupada.

Victoria asintió, un poco aturdida. Extraño encontraba que tan importante señora se interesara por ella, mas no se atrevió a preguntar por qué.

– Usted es la esposa del Presidente –pudo decir.

– Mis amigos me llaman Lola.

Su mirada mostraba quizás interés y curiosidad. Preocupación, tal vez.

– Yo soy...

– Inés de Ulloa, lo sé. Y tu padre se llama Gonzalo –sonrió–. Veo que Zorrilla os gusta especialmente.

Asintió Victoria, un poco intimidada.

– No es prudente andar camino con nuestros nombres –sonrió Victoria–. Elegimos algunas veces unos, a veces otros. Comprenda que mucho más decir no puedo.

La mujer se la quedó mirando largamente. Fuiste tú la que llamó por teléfono, dijo al fin. Asintió Victoria para matar el largo silencio y levantose la señora de la casa por fin, yéndose hacia la puerta. Tu padre está todavía departiendo con mi marido, dijo al fin. Le haré saber que ya has despertado y pediré que te traigan la cena.

– Gracias.

– Inés de Ulloa –pareció pensar en voz alta doña Lola, desde la puerta–. Dime. ¿Hay algún don Juan?

Victoria negó y sintió el sonrojo subirle a la cara.


Polvo.

Ceniza.

La garganta se le secó de repente, porque debía haber cerca una hoguera, y el aire sabía rancio y salpimentado a metal; igualito que beberse un vaso lleno de papel de lija.

Pacino abrió los ojos a la misma vez que un puto dolor lacerante de cojones le apretaba el brazo por debajo del hombro derecho. Gruñó. El cabrón de Leiva le había soltado varios tiros y uno le había tenido que dar. El apretón era por un vendaje.

– Pardiez. Suerte tuvisteis. Es sólo un rasguño.

Buscó el rostro de Victoria al oírla y encontró sus ojos verdes detrás de una máscara de hollín y sudor. No le dejó loco aquello, sino su pelo: volvía a tener el pelo rapado y aunque seguía siendo joven, al verla se acordó de cómo le había salvado el culo en Madrid antes de que todo se convirtiese en una puta locura distópico-temporal-rayante-que-te-cagas. No pudo evitarlo y le puso la mano en la mejilla, sin comprender un carajo.

– Viqui… ¿Qué coño…?

Ella puso la suya por encima, y su gesto se ablandó unos segundos, los ojos cerrándose, como conteniendo las putas lágrimas. Mierda, comprendió Pacino. La Victoria que tenía delante era posterior a Barcelona. Había saltado un portal muy posterior para salvarle de Leiva. Estaba, joder, joder, joder no, ¿en otra especie bucle?

– ¡Vamos! –fue todo lo que dijo ella ayudándole a levantarse–. Debemos alcanzar el bosque antes de que los aviones regresen.

– ¿Qué aviones? ¿De qué hablas? ¿Dónde estamos? ¿Cuándo?

– Es el 26 de abril de 1937, Pacino –explicó Victoria mientras le ponía en pie–. Os encontráis en un pueblo del País Vasco llamado Guernika.


NdA: No he leído por completo «Retrato de un desconocido» de Rivas-Cherif, pero lo poco que he leído no me ha gustado. Si os acordáis de Rivas, era ese señor con gafitas que Victoria conoció en Barcelona, en el año 35, junto a Lorca. Es el cuñado de Azaña. Iba a aparecer aquí en Barcelona para volver a verse con Victoria, pero la Historia manda: el hombre aquellos días estaba en el extranjero, de embajador. La primera cita (que habla sobre la obra de Azaña), tenía que meterla porque me pareció tan innecesariamente pedante como acertada sobre lo que me parece «La velada de Benicarló». No pongo en duda que Azaña fuese un intelectual brillante y probablemente el mejor político de la Segunda República, pero como autor teatral en «La velada», le faltaron beta-readers, por decirlo finamente.

Siento haberme pasado con las palabras