Capítulo 117.- Gernika
Guernica.
Y otros sitios, lugares y tiempos.
Lunes, 26 de abril de 1937
«A quince millas al sur de Gernika el color del cielo comenzó a impresionarnos.
No era el firmamento inmenso de la noche:
parecía moverse con temblorosas venas de sangre
(…)
Al salir de entre los montes apareció antes nuestros ojos Gernika.
Un armazón de mecano.
De cada ventana surgían lenguas de fuego.
En vez de tejados no había sino salvajes colgantes en combustión.»
«El árbol de Gernika: un ensayo sobre la guerra moderna»
George Steer
Casi no se veía el cielo.
Volutas de puto humo negro salían de lo que quedaba de los tejados y se arremolinaban con el polvo, la tierra, y un picor que se te metía por la napia primero y por la boca después, dándote ganas de echar hasta la última papilla. Lloros, lamentos y gritos hacia los cuales Pacino no se atrevió a mirar, porque no quería tener que recordarlo luego; las ruinas en donde refugió la vista resultaron ser una puta trampa, porque de ellas salían varios brazos desfigurados de sangre y huesos tronchados. Se puso en pie con la ayuda de la nueva Victoria y caminaron a paso ligero, alejándose de la zona de pesadilla dirección por favor, por favor, al campo.
Puto laberinto de los cojones. Puta guerra. Puta mierda todo.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado para ti? –fue todo lo que pudo decir Pacino entre toses.
– Eso no importa. Sólo debéis aguantar conmigo dos portales –contestó Victoria–. Sólo dos y volveréis a donde debéis.
– Si vas por delante del laberinto, no tiene sentido hacerme volver –pudo razonar Pacino con la media neurona mareada que le quedaba–; puedo seguir contigo y encontrarme con los demás donde estén.
Se le quedó mirando, los ojitos verdes de nuevo tiernos. No parecía tener menos de veinte años cuando le miraba así y Pacino tragó saliva. Mierda, comprendió. Estaba en otro bucle. Sólo que más jodido y no necesariamente por estar en mitad de una carnicería.
– Nada más me gustaría que tal cosa aconteciese –murmuró Victoria, tomándole de la mano–. Mas todos tenemos quehacer en esta locura. El vuestro aún no ha llegado y temo que no está conmigo aquí.
Luego tiró de él, en dirección al campo.
Victoria iba de moza vasca, el delantal de hilo rojo tiznado de sangre y carbón, la falda de listas volando a cada zancada. Se había cubierto el pelo rapado con un pañuelo y aunque ya no llevaba la espada, al apoyarse en su cintura para levantarse, Pacino había podido sentir el bulto de la vizcaína disimulada en la cintura, bajo el corpiño pardo.
Y alrededor, muerte.
Alrededor, muerte.
Demasiada mierda; demasiada mierda alrededor y el campo todavía muy lejos. Al girar una esquina se encontraron con una alfombra de ovejas muertas sobre un pozo de barro ensangrentado formado por un puto cráter. Lo que le hizo vomitar a Pacino fueron las tripas desparramadas de un caballo partido por la mitad, al girar una esquina.
– Joder…
– ¡Vamos! ¡No me falléis ahora! –gruñó Victoria, levantándolo otra vez–. ¡No nos queda mucho tiempo...!
Empezaron a oírse los motores de los aviones entonces, amortiguados por el crepitar de las llamas y los alaridos de terror.
No, no era terror.
Una mujer debía estar quemándose viva en la casa alta, cerca del cadáver del caballo.
Gritaba algo en vasco.
Alonso regresó del despacho de Azaña a la habitación de Victoria, a través de los silenciosos y oscuros pasillos del palacio de Pedralbes. Guarda alguno le detuvo y supuso que la orden del Presidente había alcanzado a todos allí. Tocó la puerta del cuarto respetuoso, y tras recibir permiso encontró a Victoria sentada en la cama recogiéndose el pelo en un moño. Al verle, sacó de un bolsillo del mono un pedazo de pan y se lo ofreció.
– Supuse que no habríais cenado –dijo.
– Sólo coñac –admitió al aceptar el pan. Le supo a gloria–. ¿Qué hacen nuestras Amelias? ¿Han acabado de hablar?
Victoria señaló con la cabeza hacia la almohada. Allí, las pantallas apagadas, idéntico tamaño con repetida cicatriz en el cristal, seguían frente a frente y en silencio.
– Tal parece que acabaron –juzgó Victoria–. Mas no me permitieron escuchar gran cosa.
Alonso se metió en la boca el último trozo de pan y evitó así hablar lo que pensaba. Sin haberles informado, habíales descubierto frente a Azaña como agentes del Ministerio, confiando más en su propio juicio que en su patrulla. En más de una, a fe cierta, Pacino y Julián habíanse mostrado molestos con ella por haber callado información. Amelia nunca había actuado así; bien cierto era que como jefa de la patrulla en su derecho estaba de ordenar sin dar explicaciones, mas ante preguntas directas siempre había respondido con sinceridad, tratándolos como a hombres y no como a marionetas.
Tomó en sus manos la máquina más cercana a la ventana.
– ¿Cuándo llegarán los demás? –preguntó.
– Pronto –contestó aquesa Chispitas–. Julián Martínez e Irene Larra llegarán en unos minutos. Sugiero os preparéis para tomar el siguiente portal.
– ¿Y Pacino?
– No vendrá.
– ¡Volved! ¡Volved, insensato! –rugió Victoria.
Le vio irse a la casa en llamas, los escalofriantes gritos de la mujer con cada vez menos fuerza. La campana de la iglesia a tocar volvió. Silbidos de bombas. Explosiones cercanas. No había sobrevivido cinco asaltos de bomba y llama, esperando el portal que le alejara de Leiva, para perder ahora a Pacino por heroico arrebato. La Historia era la Historia, incluso allí, y Pacino tras patada en la puerta se disponía a alterarla. Se fue hacia él dispuesta a sacarle a rastras si hacía falta, mas no tuvo pues salió casi al instante con chiquillo desmayado en brazos, el rostro descompuesto y escupiendo humo. El mocoso inmóvil, brazos colgando al suelo, seis inviernos a lo sumo, media cabeza y medio cuerpo tenía quemados; le faltó valor a Victoria para arrancárselo de los brazos, así que tiró del condenado Pacino, ¿por qué siempre había sido así?, ¿por qué, por qué, por qué?, para llevarlo hasta la línea de árboles.
Aún les quedaba demasiado hasta escapar de peligro. Silbido, bomba. Silbido, bomba. Un último silbido, más cercano, peligrosamente más cercano, le hizo empujar a Pacino y al niño contra lo que quedaba de un muro de piedra, alejándole de la lluvia de polvo y piedras que barrió la calle.
Dejó de oír unos segundos, pitido infernal.
Vio la boca de Pacino abrirse y cerrarse, tras lo que su alarmada voz volvió.
– ¡Cuidado! ¡Fuera! ¡Fuera! –gritó Pacino.
Victoria vio entonces el motivo: las plantas de la casa al otro lado del muro se vencían por dentro, amenazando tirarles la fachada encima.
– ¡Corred! ¡Corred!
Cascotes y polvo dejaron atrás a tiempo, el edificio vencido, el calor infernal de las llamas calcinando madera y piedras.
– ¿Estás bien?
Victoria asintió. Perdido había el pañuelo, cubierto su disfraz de polvo.
– ¡Debemos llegar a los árboles! –insistió–. ¡Fuera del pueblo!
Siguieron corriendo, respiración perdida en cenizas y polvo. Cuando todos los edificios quedaban ya detrás, les cortó paso un avión entrando por el flanco y delante, pues tiró destellos plateados que al tocar el suelo se convirtieron en una ola de fuego y chispas que barrió con brasas blancas, un muro de fuego, su escapatoria hacia el bosque.
– ¡Joder! –chilló Pacino con el pequeño todavía en brazos, inmóvil–. ¿Qué coño es esto? ¿El puto Vietnam?
Victoria no respondió. Decidió alcanzar por la derecha las afueras del pueblo.
Comprendió su error tarde cuando el avión pequeño, un caza, bajó casi a ras de suelo y en su contra, para ametrallar a un grupo de vecinos que por delante de ellos huía en su misma dirección.
– ¿Qué queréis decir con que no volverá? –rugió Padre.
Victoria se levantó inmediatamente y fue hacia ellos. En la poca luz de la habitación la exclamación de Padre no fue un grito, más bien un susurro, pero en ese momento Victoria temió por la integridad de Chispitas en sus manos.
– ¡Padre! ¿Qué os sucede? ¡Calmaos, os lo ruego!
– El agente Pacino no volverá del hotel Continental –resumió Chispitas–. Por todos los datos que Larra y Martínez darán, es altamente probable que haya sido capturado por Armando Leiva.
– ¿Leiva...?
Padre perdió la sangre del rostro y Victoria comprendió. No sabía quién era aquese Leiva, mas supo que la Chispitas que había sido traída por Julián y Pacino había sabido, aquello ya había pasado para ella, que Pacino sería capturado. Y antes de haberles advertido, por algún motivo había callado. ¿Por qué?
– ¡Pudisteis haber avisado! –pudo murmurar Victoria, desolada–. ¡Lo hubiésemos podido evitar!
Chispitas no contestó.
Hurtó la mirada de ambos hacia su regazo y en manos de Padre volvió su pantalla negra cuando llamaron a la puerta.
El avión frió a los pobres desgraciados de delante.
Pacino sintió el empujón de Victoria, y el peso del crío se encargó de desequilibrarle del todo y de tirarle por el suelo; el chillido del motor enmudeció el de las ráfagas levantando terruños de tierra con cada bala, y el nazi cabrón les pasó por encima enrabietado, como cagándose en sus muertos por no haberles pillado también.
Victoria se levantó de un puto brinco y tiró de él por el cuello de la chaqueta.
– ¡Vamos! ¡Vamos, vamos, vamos! –rugió–. ¡A los árboles!
El grupo de gente que iba delante no lo había conseguido.
Lo que había dejado de ellos las ametralladoras del caza se mezclaba con tierra y la ropa destrozada en una mancha y pedazos que Pacino no empleó mucho tiempo en estudiar. Debía correr. Correr a los árboles. Victoria iba por delante, miradas atrás, porque el motor del puto avión se oía lejos, con la puta muerte en los talones pero tirando balas capaces de arrancar piernas, y si el motor de hélice se seguía oyendo eso significaba que volvía. Que volvía a por ellos. El crío pesaba. El brazo le dolía. El pecho no le daba más y, joder, joder, joder, hacía menos de diez minutos había estado tranquilito en una habitación de hotel en Barcelona, haciendo dormir a nano número dos, y ahora no le daba el aliento para llegar con un crío medio muerto en los brazos. No le daba.
Y la línea de árboles estaba lejos.
Estaba aún lejos.
Les iban a cazar como a conejos.
Victoria dejó de correr, unos metros más adelante, y se fue en dirección contraria hacia él chillando como una loca.
La ráfaga de la ametralladora le vino por la derecha y pensó que qué tontería, porque la esperaba por detrás, y Victoria le empujó, otra vez, tirándolo por tierra, otra vez, el crío por un lado, las balas haciendo saltar tierra por otro y de nuevo por el suelo, sin saber si tenía un agujero de más por el cuerpo. Abrió los ojos, el motor del avión otra vez alejándose pero no del todo, maniobrando para dar la vuelta y acabar con ellos el insistente grandísimo hijo de puta. Entonces vio a Victoria de pie, con el pequeño en brazos.
– ¡Moveos condenado! –gritó–. ¡Moveos de una vez! ¡No tendremos tanta suerte cuando regrese!
Pacino se levantó cagándose en la puta.
Sin aliento, cuando llegaron a los árboles, las balas de la nueva ráfaga del caza se perdieron entre las copas del bosque.
Fue entonces cuando, a salvo entre los troncos, Pacino vio la sangre en el corpiño de Victoria.
No sentía dolor. No estaba herida, comprendió.
– ¡No es mía! ¡La sangre no es mía! –pudo decir Victoria.
Era del niño.
Un enorme agujero encharcado le había tintado en rojo el corpiño y el mandil, pues le llenaba al pequeño la abrasada camisa de pegajosa sangre. Victoria le dejó en el suelo, sin saber qué hacer, porque Pacino hacía extraños gestos con las manos, respirando pesada y torpemente, hasta que decidió ponérselas tapando la herida mas, comprendió Victoria al ver que sangre ya no manaba, de poco iba a servir.
Si el fuego no le había matado, la bala definitivamente lo había hecho.
– Dejadlo –murmuró–… Es tarde ya para él.
– No…
– Dejadlo os digo.
– ¡NO!
Lágrimas le limpiaban las mejillas en cercos sobre la tierra y la ceniza, y la negativa le sonó más a un ruego que a un grito, hasta que algo le hizo cambiar, o volver en sí, o entrar en razón, y acabó por apartarle las manos del pecho al niño y se las llevó al rostro, hipando, sollozando, luego llorando sin control.
Del otro lado de los árboles, a lo lejos, Guernika moría bajo las bombas alemanas.
Victoria, junto a un destruido Pacino, sólo podía pensar, muy egoístamente le pareció pensar aqueso mas vergüenza no sintió por hacerlo, en lo mucho que le había echado de menos. Se acercó para consolarlo y cuando él la abrazó entre lágrimas sintió, por primera vez en mucho tiempo, que volvía a tener alma.
NdA: Larguísimo comentario final, sorry. El capítulo ha terminado ya.
Antes de Guernica los aliados del bando rebelde bombardearon, además de posiciones militares en el frente, muchos otros pueblos pequeños y grandes, como Durango (unas 9000 personas). En Durango las bombas causaron del orden de 250 muertos con únicamente dos o tres pasadas muy separadas a lo largo del día (31 de marzo, miércoles). No he encontrado que este número sea disputado. Bombas cayeron en un convento y dos iglesias, en plena misa. Steer dice que fueron aviones alemanes. Encontré por ahí que Richtofen (un mando de la legión Cóndor), asegura que fueron italianos. No he podido confirmar.
Durango fue golpeado duramente, pero no arrasado.
En Guernica los nazis fueron más exhaustivos.
Hacían pasadas cada 20 minutos (se organizaron para que mientras unos iban a repostar y recargar bombas, otros llegaran a tirar), empezando desde las 16:30 (aunque lo gordo arrancó a partir de las 17:30, dice Steer) y acabando a las 19:45. Eso son unas 9 o 10 pasadas, siendo las más devastadoras en las que empezaron a usar las bombas incendiarias de termita, según de nuevo George Steer, quien entrevistó a supervivientes a pie de ruina. En Guernica funcionaron las alarmas y el campanario de la iglesia pudo avisar incluso antes de la primera pasada, la cual al parecer fue flojita, con lo que muchos pudieron esconderse en los refugios que había distribuidos por el pueblo. Otros pudieron huir. El número de víctimas es difícil de determinar, por tanto: el bombardeo fue devastador (parece Hiroshima en las fotos), pero también es razonable pensar que muchos pudieron escapar. Por otro lado de una población de entre 7.000 a 10.000 personas (era día de mercado, lunes, aunque parece que no estaba autorizado por el ayuntamiento), encuentro difícil que todos cupieran en los refugios (y que todos los refugios aguantaran); es probable que núcleos familiares completos murieran refugiados en sus casas.
Total, que los historiadores de un lado dicen que del orden de 100 víctimas. Los del otro, que 1500. Hay motivos para no creer a ninguno, pero encuentro que un número en torno al millar es razonable por dos motivos:
1.- Los nazis se tomaron la molestia de ametrallar; no sólo tiraron bombas. Esto demuestra cierto nivel de eficiente compromiso germano para lograr el mayor número de bajas posible; por otro lado si con bombas no incendiarias y dos pasadas en Durango murieron 250 personas, resulta difícil creer que con nueve pasadas y destruyendo el 70% de los edificios, en Guernica muriese menos gente.
2.- Durante muchos años la propaganda rebelde aseguró que la destrucción de Guernica fue llevada a cabo por el bando republicano en su huida. Uno no se toma la molestia de mentir tan insistentemente por un bombardeo menor, aunque también es verdad que hubo un importante rechazo internacional que se quiso minimizar sin mucho éxito.
El libro que he utilizado para documentarme (principalmente) ha sido el de George Steer «El árbol de Gernika: un ensayo sobre la guerra moderna». Creo que es el primer libro que he encontrado (quitando el de Aguirre «Breve historia de la Guerra Civil») que habla de la guerra en el norte, al menos hasta la toma de Santander, si no ando equivocado.
Gracias por la paciencia. La Navidad (o Hearth's Warming Night, lo que más os guste), se acerca y va a haber un pequeño parón en el posteo de capítulos que espero retomar a mediados/finales de Enero. Sé que este nuevo salto temporal añade más preguntas y más confusión al laberinto (¿quién es esta Victoria? ¿Cuánto tiempo ha pasado para ella? ¿Cómo es posible Ingeniero que nos hayas vuelto a clavar otro puñal a traición?), pero espero poder explicarlo todo en su momento.
Además, tengo un montón de libros nuevos que leer sobre la guerra civil, así que prometo que no será tiempo perdido.
Gracias por leer
