Capítulo 120.- Un moribundo profesor
Guernica.
Y otros lugares y tiempos.
26 de abril de 1937
«Un testigo de primera mano, Castro Uriarte,
arquitecto municipal y responsable
del servicio contra incendios,
hizo la siguiente valoración sobre
las víctivas mortales que sufrió la ciudad
(…)
"las demás [víctimas] cayeron de una en una,
en los alrededores del puente de Rentería,
en casas que derrumbaron y otras ametrallaron los cazas"
(…)
Como queda claro en esta descripción la mayoría de las víctimas
del bombardeo se concentraron en el refugio de Santa María,
del asilo de la Calzada, y de la curva de Udechea.»
«España en llamas. La guerra civil desde el aire»
Josep María Solé y Sabaté
Joan Villarrolla
Victoria avisó que serían las ocho de la tarde y que probablemente los aviones alemanes no volverían. Pacino había perdido la noción del tiempo. Debía estar anocheciendo, pero con el cielo pintadito de betún y sangre, como que no estaba claro si sería hora o no de irse a dormir.
El rasguño del brazo escocía, pero como aún era soportable levantó el cadáver del crío.
– ¿Qué hacéis?
– Se acabaron las bombas, ¿no? Desde luego no pienso dejarle aquí para que se lo coma un bicho.
Viqui fue a decir algo, pero acabó por guardárselo; probablemente no le molaba dejarse ver otra vez por el pueblo. Lo cierto era que ser descubierto por el otro Ministerio o por el mismo Leiva, en aquel momento, a Pacino como que le importaba entre poco y tirando a una mierda.
– Evitad departir con gente del pueblo –murmuró Victoria al seguirle fuera del bosque–. Nuestra presencia debe pasar inadvertida.
Pacino dijo que vale, así que tiraron hacia el río para no toparse con varios grupos de personas que, como ellos, salían de la protección de los árboles. Había pensado en llevar al niño al cementerio, pero era chungo saber dónde estaba el puto cementerio con la noche encima y menos sin preguntar. Al llegar al puente, se toparon con el cadáver de un hombre flotando boca abajo sobre el agua.
Al verle, Victoria se llevó la mano al vientre y se dobló como si hubiese recibido un puñetazo. Pacino se sorprendió porque aquel infeliz no era lo peor que llevaban visto aquella tarde.
– ¿Te encuentras bien?
Victoria se alzó, el careto torcido de dolor.
– Un portal aparece, mas no lo esperaba tan pronto.
– ¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo?
Los vecinos comenzaban a moverse entre las sombras y las ruinas. El sonido de lo que parecía el motor de un camión se oyó entre el crepitar de las putas llamas.
– Temo que sólo sé dónde lleva –contestó la Viqui. Luego señaló un carro de bueyes que aparecía entre las sombras y los fuegos, al final de la calle. Allí los paisanos comenzaban a apilar cadáveres–. Dejémosle allí.
Pacino tuvo que aceptar. El viejo que frenaba el carro les vio llegar y la cara llena de arrugas se le aflojó bajo la boina. Se la quitó y no dijo nada al verles colocar el cadáver entre los otros. Pacino le cerró los ojos al crío y encontró de repente muy sencillo largarse cuanto antes de aquella pesadilla.
– Por allí –dijo Victoria por fin, señalando una dirección con una mano y agarrándose la tripa con la otra.
Alonso acudió a la llamada y abrió la puerta levemente. Encontrose del otro lado, candil en mano, a mujer que no parecía criada. Sorprendida se mostró al verle, cejas enarcadas, casi de susto.
– Sus amigos han llegado –informó–. Están abajo. ¿Cómo se encuentra la joven?
– Mi hija se encuentra mejor –contestó respetuoso Alonso–. Gracias por preguntar.
Era la señora de la casa, la mujer del Presidente. Mucho más joven que él, aunque ya madura, le estudiaba desde detrás de la luz. Alonso concluyó que no parecía tan altanera como él, mas tenía ademanes finos y de educada dama.
– Me gustaría verla, si es posible, antes de que se vayan. A su hija, quiero decir. Mi esposo asegura que se van pronto.
Alonso asintió y llamó a Victoria con la cabeza. Antes de salir, se aseguró que llevaba en el bolsillo de la chaqueta a una de las Chispitas con él.
– Les dejaré a solas –murmuró Manuel Azaña.
– Gracias –respondió Irene.
– Su compañero me ha ayudado –añadió el hombre con aire cansado–. Es lo menos que puedo hacer. Suerte con su misión.
Pues iba a ser verdad que Azaña sabía del Ministerio, pensó Julián. Iba a darle las gracias también cuando vio bajar por la escalera a Alonso, agarrado de la balaustrada porque el pobre no debía ver una mierda. Las ventanas del palacete de Pedralbes estaban chapadas a cal y canto; la peña, guardias, sirvientes y ayudantes, se movía entre la oscuridad con faroles o candiles que tapaban de vez en cuando. Alonso no tenía ninguno. Se acordó de la misión del Guernica y recordó que Barcelona era bombardeada bastante a menudo; aunque con lo que estaba pasando fuera como que un bombardeo franquista debía ser la menor de sus preocupaciones. Con la calle tomada por los tigres y los leones, igual a alguno de los equipos se le iba la pinza e iba al por el Presi. Como en una peli gringa mala, pero sin el como.
– Pacino está…
– Leiva, lo sabemos –interrumpió Alonso al llegar. Uno de los guardias les pasó un quinqué–. La Amelia máquina nos acaba de informar.
Tras una orden de su mando, los guardias que les acompañaban siguieron a Azaña y les dejaron a solas al pie de la escalinata. Julián aprovechó los momentos para calibrar la confirmación de que Chispitas les había vuelto a tomar el pelo, y se pasó la mano por la barba con ganas de estrangular a alguien. O más bien de pasar un electroimán sobre cierta pareja de PDAs hijas de puta. Irene dejó de resoplar unos segundos y se rehizo del esfuerzo; la carrerita para llegar hasta el muro de palacio había sido larga y les habían llovido tiros de todos los bandos antes de que los guardias les estuvieran a punto de matar.
– Le pediremos explicaciones a Chispitas luego –zanjó Irene–. Ahora toca preparar el siguiente salto. ¿Le ha salido de su eléctrico coño decirnos a dónde vamos?
– ¿Vamos a creerla ahora? –gruñó Julián–. Tenemos aún dos sabonetas. Yo voto por dejarla tirada.
El bolsillo de Alonso vibró y en silencio sacó a PutaChispiDos.
– Yo debo ir con Irene Larra en el salto posterior al que nos espera –discutió en plan seño–. No olvide, agente Martínez, que aún le tengo que salvar la vida.
Julián fue a echar mano al bicho, pero Alonso se lo impidió.
– Vos sois la Chispitas que trajo Irene de América –dijo para calmar el ambiente–. ¿Os ha dicho la otra dónde viajaremos? Os ruego respondais.
– Debemos preparar una tapadera –le insistió Irene–. Y con el retraso que llevamos, supongo que no nos queda mucho tiempo.
Se quedó la pájara unos segundos en silencio hasta que le salió del lerele responder.
– Salamanca, diciembre de 1936 –informó, secamente–. Yo pondría la máquina de documentos del agente Martínez a trabajar cuanto antes. Van a necesitar hacerse pasar por falangistas. Deberán… Al llegar deberéis despediros de Irene –añadió–. Dos portales aparecerán después en Salamanca. Irene debe tomar otro distinto al vuestro para poder llevarme al bucle causal.
Julián se tragó otro taco. Irene rompió el silencio.
– Necesitamos ropa ya –murmuró.
Rodeado de ruinas y humo aguantaba en pie vetusto edificio de piedra.
A su lado y en un pequeño parterre, frente a fachada que se le antojó griega entre las sombras, un antiguo roble que no había sido tocado por las bombas permanecía en pie. Victoria se dejó guiar por su don hasta el lugar, sin querer prestar atención a las ruinas ardientes alrededor, ni a la gente que llegaba a ellas para ayudar entre premura y gritos.
Chispitas había advertido que podía encontrar más gente del otro Ministerio.
– Puedes sentir los portales, ¿verdad? –pareció comprender Pacino.
Victoria asintió. Aquella información era sabida ya y no pondría en peligro cambios en la línea. Evitar cambios en la línea. Chispitas había sido especialmente insistente en aquel punto. Mas cómo. Cómo hacerlo. Habíale abrazado en el bosque para consolarle por la muerte del niño y había recordado al hacerlo lo que era tenerle otra vez entre los brazos.
Otra vez después de haberle perdido para siempre.
– Así es –decidió confirmar–. Cada vez que aparece un portal lo siento como carbones dentro de mi. Puedo seguir el dolor hasta encontrarlo.
– Por eso no tienes a Chispi –Pacino asintió–. O una saboneta. No las necesitas.
– Alguien me llamó una vez «hilo de Ariadna» –explicó Victoria, recondando a aquel lejanísmo Julián–. En el pasado he tratado de guiaros por este laberinto. Ruego al cielo cada día no haberos perdido más en él.
Pacino quedó interrumpido en la respuesta, pues oyeron entonces un grito. ¡Aquí!, se oyó. Alarmados se escondieron tras el roble. Varios hombres, sin embargo, acudieron a algún lugar en la oscuridad, oyéndose cómo empezaban a apartar piedras.
– No va por nosotros –suspiró él–. Buscan supervivientes.
Sintió Victoria alivio mezclado con el dolor del portal cercano.
Escondidos tras el grueso roble, juntos, Pacino se le antojó de nuevo insoportablemente cercano. Su cuerpo, apretado junto al suyo, le trajo agradables recuerdos que deseó no tener y cuando la ténue luz del portal formándose le iluminó el rostro, pudo ver los surcos secos de las lágrimas limpiándole el hollín, enmarcada su faz en aquellas horrendas patillas que siempre había odiado.
Él la observó, por turnos, a ella y al naciente portal; se había formado entre el árbol y la fachada griega.
Parecía un amanecer, mas traía frío.
– Mierda –murmuró él, como comprendiendo algo de repente, al verla–... Tú y yo… Estamos liados… Más adelante.
Victoria hurtó los ojos todo lo deprisa que pudo.
¡Necia! ¡Boba! ¡Blanda!
Traicionado le habían los ojos.
– Eso no… No es así… Vamos –musitó–. El lugar a dónde vamos tampoco es fácil.
– ¿Dónde?
– Cabra. El pueblo donde Padre me crió.
Atravesaron portal antes de que más paisanos llegaran atraídos por la luz.
Alonso les guió por los pasillos del palacio y cuando llegaron a la habitación que se suponía era de Victoria, Irene vio salir de ella a una dama con un pequeño farol. Mierda puta. La reconoció.
Tenía que ser Dolores Rivas Cherif, la mujer de Azaña.
Mierda, mierda, mierda.
– Veo que ya ha encontrado a sus amigos –dijo con tranquilidad hacia Alonso, estudiándoles.
Irene se quedó sin aire cuando los ojos de la mujer se posaron en los vestidos y los trajes que llevaba doblados sobre el brazo. Por Dios, pensó, que no diga nada. Que no diga nada...
– No todos –confesó Alonso–. Gracias por atender a mi hija Inés.
– Inés –sonrió ella–. Sí, claro. Un placer, don Gonzalo.
Y se fue pasillo arriba donde un guardia la esperaba al fondo. Irene suspiró de alivio. Ser jefa de logística tenía sus inconvenientes, como tener que robarle ropa a tu anfitriona y considerar que es mejor pedir perdón que pedir permiso.
– Parece que no se ha dado cuenta –murmuró Julián al entrar en la habitación.
Irene fue a decir que no estaba tan segura de eso, pero se encontraron a Victoria de rodillas en el suelo, una mano en el vientre y la otra en la boca ahogando, estaba roja como un tomate, lo que parecía un sollozo de dolor. Alonso se lanzó a por ella.
– ¿Qué os ha hecho, hija? –exclamó alarmado.
– Nada –pudo balbucear Victoria–. Cuando la señora se marchó volví a sentir portal, Padre. No deseaba causar otro escándalo.
Irene no entendía una mierda, pero como por arte de magia el portal se empezó a formar en la habitación, al tiempo que las sabonetas y las PDA empezaban a vibrar.
– Puta madre –gruñó Julián–. No hay tiempo para cambiarse. Derechitos a la Salamanca nacional vestidos de anarquistas.
Irene fue a decir que al menos parecía que el portal se formaba dentro de una casa, pero el comentario de ánimo se le quedó en la boca porque, del otro lado, en lo que parecía una salita, a un vejete sentado frente a una mesa camilla un tipo le estaba tapando la boca y la nariz, rollo asesino que te mueras de una vez.
– ¿Qué cojones…? –exclamó al verles del otro lado.
Todo pasó muy rápido.
Julián no se lo pensó, atravesó el portal y la arreó al tipo en la puta cara una guasca que le noqueó contra la alfombra. Irene saltó dentro después, tiró la ropa, y se aseguró de que la puerta de la salita estaba cerrada con pestillo. Alonso entró el último y sentó a Victoria en una silla.
– Vigílalo –le pidió Julián, mientras comprobaba el estado del viejo.
Irene trató de atar cabos.
Las Chispitas no decían nada.
Estaban en Salamanca. Atardecía por la ventana de la salita. Diciembre, había dicho Chispitas. Joder. Joder, no.
– ¡Julián! –pudo murmurar–... ¿Qué has hecho?
Julián arrastró al vejete al sofá. El hombre parecía tener un golpe en la cabeza, y su nariz aguileña y afilada tenía un pequeño reguero de sangre, por encima de la barba canosa y rala. Olía a quemado. Una zapatilla se le había quedado en el brasero bajo la mesa. A Alonso le dio por ser práctico y comenzó a atar al agresor con las cuerdas de las cortinas. Victoria logró levantarse al tiempo que el portal se cerraba, y fue a ayudar a su viejo.
– Vivirá –suspiró Julián aliviado al encontrarle pulso.
Irene apoyó la espalda contra la puerta y sintió que no había suelo bajo sus pies cuando acabó de atar cabos. Les descubrirían. El otro Ministerio caería sobre ellos de un momento a otro. Habían cambiado la Historia.
Julián le acababa de salvar la vida a Miguel de Unamuno.
NdA: En el libro de la cita inicial, «España en llamas», se dan como cifras válidas entre 250 y 300 muertos en Guernica sin contar heridos. Señala que la mayor parte de los muertos se produjeron al caer bombas en al menos tres refugios, matando a todos los de dentro. Esto lo hace basándose en el relato del arquitecto municipal.
Respecto a Unamuno. Tenía que salir. Hay un documental que salió hace poco que sostiene que Unamuno fue asesinado. No lo he visto. Sólo he recopilado algo de información, y la tesis parece razonable, así que la añado a esta ficción. Por cierto, la peli de Amenábar «Mientras dure la guerra», la encuentro un poco floja, pero desde mis escasos conocimientos históricamente correcta. El que hace de Millán-Astray es un crack.
Siento el tremendo retraso. Más de un mes. Las vacaciones han sido largas y la vuelta al curro compleja. Espero seguir con buen ritmo a capítulo por semana. Gracias por leer.
