Capítulo 121.- Unamuno
Salamanca.
Y otros lugares y tiempos.
31 de diciembre de 1936
«El día 31 de diciembre de 1936 cayó en jueves
y en Salamanca nevó (…) hacia las cinco de la tarde, murió un hombre viejo,
que, a pesar de ser un tiempo de muchos muertos diarios,
tuvo una muerte singular, como correspondía a la fama
de su nombre y el acontecer de su vida.
(…)
Los médicos certificaron su muerte por congestión cerebral;
Ortega y Gaset dijo que había muerto de "mal de España"
(…)
Después se supo que había muerto de muerte natural, intoxicado por el brasero.»
(...)
«Y ahora fue el otro el que gritó y volvió Aurelia,
la criada, y se encontró sin sentido a su señor
y ayudó a colocarlo sobre un diván y se llenó del grito de aquel otro hombre
al que no conocía y que gritaba que él no había sido el culpable de la muerte,
que no le había hecho nada, que él no había sido»
«Agonizar en Salamanca»
Luciano G. Egido
– ¿Cómo que vivirá?
Irene, al hacer la pregunta, había perdido el poco colorcito que habitualmente tenía en la cara y Julián comprendió que, joder, no, cagada, la Historia decía que aquel pobre viejo tenía que haber palmado. No contestó a Irene. Algo se estaba quemando y empezó a buscarlo antes de que todos acabaran ardiendo.
– ¿Sabéis quién es? –murmuró Alonso tras acabar de amordazar al intento de asesino, todavía inconsciente. Luego Julián le vio ir a atender a Victoria. La pobre aún no se había recuperado del todo –. Decidme, ¿es alguien de importancia acaso este hombre?
– Me da igual quién sea –zanjó Julián. Se apartó del viejo, levantó la manta que cubría la mesa camilla y apartó la zapatilla de las brasas. Luego abrió la ventana, porque el vejete tenía pulso, pero después de un intento de homicidio por asfixia y sin un tratamiento de oxígeno decente, el corazón igual le decía que vale. Entró fresquito de la calle nevada y, menos mal, menos mal, menos mal, afortunadamente desierta–. De acuerdo. Este es el plan. Lo estabilizo, dejamos al malo encerrado en algún sitio y nos piramos cagando leches hasta el siguiente portal. Plan sin fisuras.
– Excepto por el otro Ministerio –gruñó Irene.
– No saben que estamos aquí.
– Lo sabrán si Miguel de Unamuno no muere hoy –susurró Irene–. Y luego tenemos el problema del pájaro este –añadió al señalar al intento de asesino–. Nos ha visto atravesar un portal.
– No tiene por qué pasar nada de eso –discutió Julián–. Hemos cambiado la Historia y no hay nadie aporreando la puerta. Lo que significa que no saben que estamos aquí.
– ¿Ahora eres experto en paradojas temporales? –gruñó Irene–. ¿Cómo sabes que no estarán abajo esperando? ¿O en el lugar exacto donde dejemos atado al pollo? ¡Nos la estamos jugando!
– ¡Qué quieres, cojones! –perdió la calma Julián, tratando de no gritar–. ¿Que nos lo acabemos de cargar? ¿Es eso?
Irene apretó los dientes probablemente por no soltar un taco, y Julián volvió al diván para comprobar de nuevo el pulso. Miguel de Unamuno. Ese escribía recordó, pero no sabía mucho más. Puto Ministerio y puto laberinto. Una noche te encuentras de colegueo con Azaña y un minuto después surgen las tentaciones de empezar a eliminar cabos sueltos en plan Padrino. Antes de que pudiera mandar a la mierda a Irene, el viejo le agarró la muñeca, un ojo medio abierto.
– ¡Mar-tínez! –susurró como si le debiese pasta. Cada sílaba destilaba puto odio–. ¿Ha vuelto usted para que le dé la razón? ¡Más le valía haberme dejado morir, mentecato!
Julián parpadeó un par de veces, procesando.
Mierda.
Otro puto bucle no.
Dejaron atrás la noche en Guernica, por fin, y Pacino supuso por el clarear y el fresquito que debía estar amaneciendo en Cabra. No había apenas peña en la calle, pero por si aca buscaron una esquina discreta para ajustar vestuario. Esperó con paciencita a que Victoria se arreglara el disfraz. Lo primero que hizo fue volver a ajustarse el pañuelo en la cabeza, y la blusa. Luego dejó tirado el mandil, lleno de ceniza y sangre seca. Pacino al revisarse se dio cuenta de que también tenía sangre del pobre crío en la camisa, así que optó por darle la vuelta y abrocharse la americana, que se caía a trozos. Pintaca.
Victoria acabó de reconvertir el vestido de moza vasca a cordobesa. Pacino no pudo evitar pensar que le recordaba mucho más a la motorista de Madrid, años 80, que a la chiquilla que había conocido en Barcelona poniéndole la punta de una espada sobre la nuez. Centrarse. Tocaba centrarse. Me hace ojitos, pero toca centrarse.
– Dijiste que aquí tampoco iba a ser fácil –recordó Pacino, súper-centrado de la muerte–. ¿Aquí también bombardean los nazis?
– No –contestó seca–. Aquí bombardea la República.
– ¿Al pueblo?
– Sí. Sólo sé que bombas caerán en el mercado. Nos alejamos y nos vamos al monte. Conozco un lugar...
Viqui se interrumpió, al verle la cara. El mercado, había dicho. Se acercó a él, aún ocultos en la esquina, y le agarró por los hombros. Ni se os ocurra, le dijo. ¡Ni se os ocurra! Nada de lo que ha de suceder aquí debe ser cambiado, ¿me oís? ¡El otro Ministerio puede descubrirnos! ¡Ya lo ha hecho antes!
Pacino asintió, tragando bilis.
– Cuántos –pudo decir.
– No importa.
– Cuántos –insistió.
– ¡No importa os digo!
Se le quedó mirando a dos palmos, en silencio, sus ojos verdes brillando tras el hollín que aún arrastraban del norte. Le puso la mano en la mejilla y le acarició, no supo Pacino si por estar a punto de llorar o a punto de besarle.
Acabó haciendo las dos cosas.
Las hileras de vetustos libros mal distribidos por los estantes de la pared le recordaron dientes de anciana boca. La salita olía a betún, naftalina y encierro, y ni el fresco que por la ventana entraba mitigaba aquella sofocante sensación que Victoria sintió en el pecho. Respiró y trató de reponerse del todo, pues debía ser fuerte: Padre y sus amigos podrían necesitarla en tan apurados momentos.
El caballero al que habían salvado al parecer era hombre de calidad. Que conocía a Julián Martínez, mas Julián no parecía reconocerle. La misma lógica debía seguir lo que vivían, pensó, con lo ya acontecido para ella en Pina de Ebro: Julián Martínez había de conocer a Miguel de Unamuno en su futuro, mas para el escritor aquello era ya su pasado.
– Respirad, hija –recomendó Padre, muy pesado–. ¿Estáis mejor?
Victoria avergonzada se sentía por la conducta de Padre, más pendiente de ella que de otra cosa. En verdad tenían tareas más urgentes que tratarla como a niña enfermiza.
– Padre, os lo ruego. Ya pasó. Me encuentro mejor.
– ¿Segura?
Asintió Victoria y reluctante Padre dio por buena la explicación. La abrazó velozmente para luego ir cerca del diván.
– Don... Miguel –intentó dubitativo Martínez–… La razón… ¿En qué exactamente?
– La tenía… La tenía usted... –Hablaba pesadamente Unamuno, acostado en su diván. Limpiole Julián el leve reguero de sangre de la afilada nariz con pañuelo que sacó de su bolsillo.– Admito que la tenía… ¿De qué…? ¿De qué va vestido? ¿Se ha unido usted también a esos…? ¿A esos…?
Acabó la frase alterado, casi iracundo, y Julián pidió a Padre que le acercara a Chispitas.
– Sé útil por una vez –ordenó–. Monitorízale el pulso.
No contestó la máquina cuando la dejó sobre el pecho del anciano, mas tampoco protestó.
– ¿Qué hace, Martínez?
– Una estampita de una santa, don Miguel –masculló–. No hay mucho más que pueda hacer. Esté tranquilo. Dígame, ¿dónde nos vimos por última vez?
– ¡El Día de la Raza! ¡Qué pregunta! ¡Me estoy muriendo! ¡No estoy senil!
Victoria dejó de prestar atención a los hombres y acudió a Irene quien, aún en la puerta y lívida la faz, por aprovechar el tiempo se había quitado el mono anarquista y comenzaba a vestirse de señora con la ropa que había traído de Barcelona.
– ¿Qué hace el Ministerio en casos así? –le preguntó Victoria.
Irene Larra resopló, mono abajo, falda arriba.
– No hay procedimiento. Solemos improvisar. En una misión normal estaríamos jodidos. Pero esto no es una misión normal.
– ¿Entonces?
– Ultrajodidos –resumió Larra en malhablada forma–. Si Unamuno no muere hoy, el otro Ministerio se enterará de dónde estamos. La última vez que se enteraron capturaron a Pacino, tu viejo acabó de puto milagro en Asturias, y yo me comí media independencia americana (*1). Es posible que hoy no tengamos tanta suerte.
Ante la situación, Victoria sacó a la otra Chispitas de su bolsillo; aquella era, recordó, la más antigua.
– Por favor, amiga mía. Decidnos algo, os lo ruego. Nuestra misión peligra.
En la pantalla apareció por fin la imagen de Amelia Folch.
– Nada has de temer, Victoria –dijo la máquina, una expresión ausente en su rostro–. Las lesiones de Miguel de Unamuno son demasiado graves.
Justo entonces el anciano comenzó a revolverse en su diván.
(*1) NdA: Capítulo 18 en adelante. La Amelia alterna les hizo un siete allí. Afortunadamente Lola estuvo al quite.
Sabía a amargura y calidez.
A tristeza.
Pacino se quedó helado por el muerdo, pero decidió devolvérselo, un poco con la duda de si a lo largo de aquella historia y si seguía con vida el suficiente tiempo, por enrollarse con su hija Alonso de Entrerríos iba a cortarle los huevos para hacerse un llavero.
– Aún no sois él –dijo ella, lentamente, al separarse.
No lo hizo del todo y se apretó contra él. Dejó las manos sobre el pecho de su chaqueta, y le acarició sin separarse, en plan cari. Pacino deseó haber pensado en Lola. O en la Amelia buena. Pero en aquel momento no pudo pensar en ellas; sólo le veía los ojos verdes a aquella Victoria y era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la certeza de que nadie le había mirado así en su vida.
– ¿Quién no soy? –pudo balbucear.
– Vos. Aún no lo sois.
Pacino parpadeó un par de veces y logró salir del trance.
– ¿Entonces para qué me besas?
– Porque me he dado cuenta de la hora –respondió Victoria fría–. Os necesitaba quieto por un rato y gracias al cielo estamos lejos del mercado.
Pacino comprendió cuando a lo lejos, sin aviso de motores ni silbido de bombas cayendo, se oyeron los gritos tras una explosión que hizo temblar el suelo.
Julián apartó a Chispitas del pecho del viejo, antes de que las sacudidas la tiraran a Parla.
– Su ritmo cardiaco es anómalo –informó diligentemente la hijadeputa.
– No me digas, capitana obvia –gruñó Julián–. Enséñame el electro. Sé que puedes hacerlo.
PutaChispi puso en su pantalla el electro. Una montaña rusa parecía. El viejo fibrilaba. El careto lleno de arrugas afiladas como navajas se le quedó mirando, los dos ojos abiertos, de hielo, la barba rala de enfermo terminal tensa de dolor.
Le agarró el viejo la muñeca con sus últimas fuerzas y por cómo jadeaba Julián comprendió que de aquella no salía.
– Tenía razón, Martínez –dijo sin apenas fuerzas, robando el aire por segundos–. No pude hacer nada. Por Atilano, por Salvador… No les olvido… No les olvido… No pensé que esto iba a ser así… No pensé… Tenía usted razón… Sólo soy un viejo que cree que lo sabe todo, pero que no sabe nada...
Y entró en parada. Julián fue a reanimarle pero se encontró con el brazo de Alonso, firme.
– ¡Déjame Alonso, joder! ¡Déjame! –le rogó.
– Tenemos una misión –le contestó el otro, frío–. Ya habéis oído a Irene. Este hombre debe morir hoy de todos modos. Corremos peligro si no. Reanimadle, amigo mío, y de todos modos le tendré que matar.
NdA: No estoy seguro de que me guste «Agonizar en Salamanca», el libro de la cita. De nuevo, otro libro que no he leído entero por falta de tiempo y sobre el que no puedo opinar con justicia, pero el tono que usa es extraño. Es como innecesariamente dramático. Parece una novela, pero es una biografía. Da datos, pero está como empapado de sentimientos. No sé. Es muy raro.
¿Qué cojones es la congestión cerebral? ¿Un ictus isquémico? Maldita sea google, me has fallado.
Unamuno era un señor complicao. Tenía pinta de tener un genio de tres pares de pelotas. Se le acusa de ser muchas cosas, pero no de ser mal escritor, aunque admito que no he leído entero nada suyo. Sólo fragmentos de cosas. Como habréis adivinado, como aquellos chequistas que le plancharon a Pacino la espalda, volverá al fic tarde o temprano. Salamanca en el 36 y la corte de Franco es importante para mostrar el relato que quiero contar. Unamuno formaba parte de la corte, al menos hasta aquel 12 de octubre
