Capítulo 122.- Cabra

Cabra, 7 de noviembre de 1938

Y Salamanca, Año Nuevo del 37.

«El ejército franquista en el parte de guerra sobre este ataque,

decía lo siguiente: "Hoy correspondió la cobarde e inhumana

agresión al pueblo de Cabra, en donde, en la madrugada,

nueve* aviones rojos han sorprendido a la población civil

bombardeándola y causando 86 muertos y 117 heridos

en su totalidad personas civiles y en gran número mujeres y niños".

De ser ciertos estos datos, este bombardero sería el más mortífero

de los realizados por la aviación republicana

durante toda la guerra»

«España en llamas. La guerra civil desde el aire»

Josep María Solé y Sabaté

Joan Villarrolla


«La afirmación de Gregorio Gutiérrez sobre la intervención de la tercera escuadrilla coincide con la versión dada por Saiz Cidoncha,

basándose en una entrevista realizada a un piloto de la 3ª escuadrilla de Katiuskas que intervino en el bombardeo y del que no aporta la identidad

(…)

A día de hoy no está identificado quién dio la orden de bombardear Cabra,

y desconocemos si (...) partió del Estado Mayor o de instancias superiores.

(...)

Al frente de la 3ª escuadrilla, formada por pilotos españoles, estaba Francisco Cabré y Rofes,

aunque no consta que interviniera en el bombardeo,

pues su condición de jefe de escuadrilla no le obligaba a intervenir en misiones

en las que sólo fueran 3* aviones; el jefe del Grupo 24 de Katiuskas era Leocadio Mendiola Núñez»

«Los bombardeos de Baena y Cabra de otoño de 1938»

Julio R. Fernández García.

No quería ir, pero fue.

– ¡Volved! ¡Volved os digo! –gritaba Victoria.

A cien putos kilómetros de allí, oía la voz.

Por qué se hacía esto.

Primero aquel pobre chaval en Guernica y ahora esto.

Pacino se encontró quitándose de encima a la Viqui y corriendo, calles de adoquín y tierra, camino de los gritos. Para qué vas gilipollas, pensó. Para qué vas. No has aprendido nada en Guernica y fue hace sólo un puto momento, joder.

Se encontró al girar una esquina una nube marrón de polvo y humo.

No se veía una mierda.

Por encima de la humareda, dos calles más allá, la explosión había dejado un edificio abierto por la mitad, las plantas al descubierto como en una puta casita de muñecas, muebles, cascotes de adobe, vigas de madera y ladrillos vencidos como una avalancha caída sobre lo que no se veía debajo.

Otra explosión hizo temblar el suelo, lejos de allí. Aullidos de miedo.

Una mano le agarró del hombro. Victoria de nuevo.

– ¡Deteneos! ¡Deteneos os digo! ¡No debemos cambiar nada de esto!

Pacino se quitó la mano del hombro, otra vez, y se metió entre la oscuridad y el polvo.

Tierra, ceniza y mierda picante en la nariz y los ojos… Tosió, incapaz de respirar.

Tropezó entonces con el primer cadáver, envuelto en lo que le pareció al principio una manta y luego comprendió al tirar de ella, era un trozo de toldo de mercadillo.


– ¿Listos?

Alonso observó de hito en hito a sus compañeros, aguardando respuesta. Asintieron de uno en uno, arreglándose por vez última los nuevos disfraces de gente normal, con posibles. Tiempo tendrían de ensayar sus nuevas identidades durante la cercana espera que les aguardaba mas, como había ideado Irene, la farsa debía ir paso a paso; y primero tocaba lidiar con el falangista que había intentado asesinar a Unamuno.

– Listos –confirmó Irene–. Despiértalo.

Alonso le incorporó, sentándole en el diván y sacudió al infeliz un par de bofetones. Como no parecía responder, Julián le acercó el orinal para que se lo pasase por debajo de la nariz. Ante el estímulo arrugó la nariz, por fin, y comenzó a recobrar sentido.

– ¿Qué…? ¿Quiénes…? ¿Dónde…?

Se les quedó mirando, una mezcla de miedo y sorpresa en el rostro.

Alonso hizo un gesto de silencio con el dedo y luego señaló al cadáver del pobre viejo. Habíanlo vuelto a sentar frente a la mesa camilla, la cabeza entre las manos como si durmiera apacible siesta.

– Has estado a punto de estropearlo todo, camarada –interpretó Alonso con firmeza–. Menos mal que hemos llegado a tiempo.

– ¿Camarada? ¿Qué…?

Le puso Julián el falso carné de Falange frente a los ojos, al tiempo que le devolvió el suyo. Asintió entonces el hombre en silencio. Comprendía, dijo en un susurro. Alonso agradeció al cielo el poder contar aún con la máquina que imprimía documentos y que Julián portaba en su bolsa. Por arte de birlibirloque se habían convertido en mandos medios falangistas y aunque aún les faltaba información para poder engañar como era propio, una mirada firme y un gesto adusto podían conseguir de hombres débiles el convencimiento suficiente. Irene y Victoria pertenecían a algo llamado «Sección Femenina». Para el «teatrillo», como Julián lo llamaba, habían de quedar relegadas detrás.

– Me habían enviado para… –tartamudeó el truhán.

– … Y a nosotros nos habían enviado para sacarle información –interrumpió Alonso–. Algo que ya hemos hecho, afortunadamente. Lamentamos el malentendido, pero no nos habían dicho que había sido enviado alguien más. Todos vinimos con misiones encargadas y, afortunadamente para la causa, cumplidas están. ¿No te parece, camarada?

– Me parece, me parece –asintió pensativo, la mano en la sien–… Pero… Os vi venir como de otro lugar…

– Creo que le he dado demasiado fuerte –intervino Julián. Alonso le observó sin salirse de la farsa, mas temió por un instante al verle así de enojado que su odio por aquel miserable estropease el plan–. No sé qué crees haber visto, camarada –continuó Julián–, pero nos hemos colado en la casa sin que nos viera la chacha. Y así debe seguir siendo. Especialmente para quien te envió. ¿Lo pillas?

– No lo entiendo. ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué nadie me informó?

Julián guardó el carné y le alisó las solapas del traje, no supo Alonso muy bien si con afán de ganar su confianza o por contener las ganas de estrangularle. Atento permaneció, por si acaso, no fuera a ser lo segundo.

– Mira camarada… Nos han enviado para encontrar ratas –dijo Julián, en confidencia.

– ¿Ratas?

– Falsos camaradas. Rojos infiltrados. Creemos que hay agentes en Salamanca. Espías –continuó Alonso–. Nos dijeron que el profesor conocía a varios.

– ¿Y los conocía?

– Eso no es de tu puta incumbencia –le cortó Julián–. Lo que te importa ahora es que vas a seguir con tu plan sin mencionarnos, colega, o vamos a ir a quien nos mandó, a decirle que el viejo habló por esa boquita y que entre todos los putos nombres que nos dio, nos dijo también el tuyo. ¿Estamos?


Victoria llegó para sacarle de allá, mas no pudo.

Cuando le encontró, la humareda de derrumbe y tierra disipándose, fuerzas le faltaron para sacarlo de allí.

– Ayúdame, Viqui –rogó–. Ayúdame a sacarlos, por favor.

No pudo, muros derrumbados sobre la gente que había debido abarrotar el mercado. No pudo, como podía, por eso no había querido ir ella en primer lugar. ¿Y si los conocía? ¿Y si reconocía sus rostros? Siete años pasado había en aquel lugar, en fiestas, repitiendo el mismo día, las mismas acciones y de alegría gestos. ¿Y si reconocía a alguno? No quería. No quería. Intentaría ayudar, y entonces podría cambiar algo y les volvería sin querer a delatar...

Amelia había dicho que nada había de cambiar allí, que podría desbaratarlo todo.

Mas, cómo detenerse. Cómo detenerse al ver a Pacino bracear entre la destrucción y la muerte, sacando heridos, intentando ayudar. A él le quedaba aún alma, se recordó.

Aún le quedaba laberinto que recorrer.

Salió Pacino humo y tierra aclarándose, al tiempo que más paisanos acudían al lugar. Tiraba de algo. Ayudole, no pudo negarse, a sacar el primer cadáver tirando de una lona. No reconoció a la mujer. Forastera debía ser, venida al mercado. Le ayudó con otro, al cabo, que perdido había la pierna atrapado en derrumbe. También muerto.

Cuando el humo se fue deshaciendo pudo ver alrededor de un cráter enrojecido por la derramada sangre, el terrible desastre de cuerpos desgarrados por otra bomba.


Dos días de encierro tuvieron en la buhardilla de la casa de don Miguel de Unamuno.

Hubo enconado debate sobre si irse de allá o no, pues el movimiento que más libertad les daba era salir de la casa cuanto antes por si aparecía nuevo portal; mas acabaron llegando a la conclusión de que Salamanca quedaría revuelta con la muerte del escritor y que, con documentación mas sin dinero que les funcionase allí, aquel escondite era tan bueno como cualquier otro. Aqueso les permitió, por ejemplo, distraer comida de la alacena cuando la asistenta salió a dar la noticia de la muerte. También, aunque apretados y sin mucha intimidad, les dejó descansar unos días tras lo acontecido en Barcelona, en el año 37. Como bendiciendo el arreglo, las Chispitas volvieron a dejarse ver y ante la petición comenzaron a instruirles en sus nuevas identidades, al menos en lo relativo a pertenecer a aquel movimiento llamado «Falange» y del que Victoria guardaba sólo vagos recuerdos de la cena que Padre y ella habían tenido con José Antonio y su hermana Pilar hacía, para ellos, años (*1).

Irene Larra, en cualquier caso, alegó que no necesitaba lecciones pues de joven (ella era según dijo una niña acabada la guerra civil), como hija de militar había sido educada en el ideario antes de ser reclutada por el Ministerio y llevada al futuro. Tomó por tanto Irene cuidado de que Victoria, aquellos días, aprendiese bien su nuevo papel y aunque en todo momento fue correcta, casi maternal, Padre con desconfianza no les quitó ojo de encima.

El velatorio en los pisos de abajo continuaba, entre plañideras, visitas y en general mucho gentío que las hijas e hijos del escritor parecían recibir. Victoria, por enésima vez y entre susurros, se esforzó por recordar el ideario de la Sección, apoyada la cabeza en el regazo de Irene. Sentadas ambas en un rincón del suelo de la buhardilla, entre baúles de libros y ropa vieja, Victoria sentía por primera vez en mucho tiempo una agradable paz.

– Así que debes recordar que… –insistió Irene.

– … la mujer es sumisa, austera, abnegada y entregada a las tareas propias de su sexo –continuó Victoria de carrerilla–. Debo cuidar de mi alma y mi cuerpo por Dios y por la Falange, no traicionando mi magnífico destino como mujer entregándome a varoniles funciones –completó. Sintió agradada los dedos de Irene en su pelo–. En verdad os lo agradezco. No sé si con Chispitas hubiese podido memorizar tan rápido.

– En todo caso nosotros te lo tenemos que agradecer a ti –suspiró Irene–. Un par de brazos más en esa locura de misión no nos están viniendo nada mal. ¿Estás segura de que quieres continuar? Lo que se nos viene no será fácil.

– A donde vaya Padre, yo debo ir con él.

Asintió Irene pensativa, y Victoria no pudo por más que admirarla. Por conversaciones no dirigidas a ella había entendido que su misión en el laberinto la llevaría, primero a salvar a Julián y a Pacino en el pasado, y luego a presidio, pasada la guerra. Un escalofrío la recorrió. De todos los destinos de una mujer en guerra, quedar a merced de guardas del bando vencedor traía a su mente funestas ideas.

– ¿Cómo son las mujeres de la Sección? ¿Qué me encontraré? –preguntó Victoria para apartar aquesos pensamientos.

Suspiró Irene.

– No sé mucho de la «Sección Femenina» durante la guerra. Encontraremos pocas que sirvan de enfermeras, por ejemplo; eso lo hacían «las margaritas», un grupo en el mismo bando, pero de corte carlista. Supongo que la Sección apoyó en la retaguardia y tenía un papel más activo. La que yo viví, la de la posguerra, fue diferente –explicó Larra con fastidiado suspiro–. Más obediencia, más sumisión. Guardo pocos buenos recuerdos... Aunque… Bueno… Allí conocí a Carolina, ahora que me acuerdo. No todo fue malo.

– ¿Carolina? ¿Es personaje histórico importante acaso?

Irene tomó tono de ensoñación y nostalgia.

– No, no –sonrió–… Sabes… Cuando vives en un ambiente de camaradería entre mujeres… Pueden surgir amistades especiales. Carolina fue… Mi primera amistad especial.

– Fuisteis amantes –expuso Victoria a las claras.

– ¡Vaya! Los Entrerríos no os andáis con rodeos. Sí, algo así –tuvo que aceptar Irene, todavía la cabeza en aquel tiempo–, aunque eramos tan jóvenes... Recuerdo un día que fuimos todas a bañarnos a un lago y que…

Irene Larra se detuvo pues Padre habíase dirigido hacia allá, encorvado por la angostura del tejado. Parecía molesto.

– Julián os llama, compañera de patrulla Irene –gruñó.


(*1) NdA: Capítulos 39 y 40: El yugo y la flechas (I) y (II)


Pacino buscó a Victoria, sudando, jadeando.

Le costaba respirar.

Más paisanos iban y venían a toda mecha, a seguir desenterrando peña en la parte del derrumbe, así que pensó que estaba haciendo el gilipollas allí y que a lo mejor tocaba pirarse. No quería mirar al principio de la calle.

Allí no quería; allí estaba todo rojo y no quedaba nadie a quién sacar, sólo pedazos.

Mierda, comprendió al no encontrarla.

Victoria tenía que estar allí.

No la llamó por su nombre, porque comenzaba a haber demasiada gente, así que se fue hacia ella al encontrarla a lo lejos; se fue hacia allá sin querer mirar alrededor, resbalando a cada paso entre los escombros y se dobló, incapaz de encontrar aire antes de alcanzarla. Victoria estaba de rodillas con la mirada perdida, boqueando aire; frente a ella y por el tamaño en el suelo, regado en lágrimas y sangre lo que quedaba de dos niños.

Pacino apartó la vista, cagándose en el momento que se le ocurrió no hacerle caso y venirse para allá. ¡Era imbécil! Cuando lo hizo, apartar la vista, se dio cuenta de que varios paisanos que se encontraban desescombrando adobe y maderos señalaban en su dirección.

Mierda.

Les señalaban a ellos.

– Viqui. ¡Vamos Viqui! ¡Soy idiota! Tenemos que salir de aquí…

– Yo… Yo los conocía –murmuró Victoria, la mirada perdida en el suelo–. Jugaba con ellos, hace años… Siempre conseguían hacerme enojar…

Seguían señalando. Pacino la levantó y la agarró por los hombros. ¡No, no, no!

– ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Dios! ¡Lo siento! ¡No pensé…!

Victoria se puso en pie, pero aguantó a duras penas y se derrumbó en su pecho, incapaz de reaccionar. Cuando Pacino encontró a los hombres que la señalaban, comprobó que habían dejado de prestarles atención, menos mal. Uno se señaló la cabeza y el otro asintió, y volvieron a desescombrar entre gritos y llamadas de atención a los que comenzaban a traer carretillas.

Suspiró de alivio. No era por reconocerla.

Entonces Pacino recordó.

Recordó lo que significaba para una mujer tener la cabeza rapada en la guerra civil.


NdA: En el bombardeo de Cabra al parecer murieron entre 100 y 120 personas. El parte de guerra rebelde no tiene en cuenta los heridos graves que murieron más tarde. En la cuarta temporada del Ministerio del Tiempo hacen decir a la pobre Lola Mendieta (de joven) que lo de Cabra lo hizo la aviación soviética; los datos que he encontrado indican que no es verdad: eran aviones procedentes de la ayuda soviética, sí, pero los pilotos eran españoles. Sobre el número de aviones, los informes modernos dicen 3. El parte rebelde, 9. No he podido confirmar número.

El por qué bombardearon el pueblo precisamente en día de mercado (y sobre el mercado) suele achacarse a que tenían malos datos de inteligencia: esperaban campamentos de tropas italianas y confundieron los toldos con tiendas militares. Cabra era además un nodo de comunicaciones y sede de varios destacamentos. Y estaba a 30 kilómetros del frente, lo que para algunos es retaguardia y para otros no. Aunque hubo otros bombardeos por la zona, como Baena, el ataque parece obedecer más a una iniciativa impulsiva que a un plan ofensivo de mayor envergadura. Guernica fue una carnicería y un experimento, pero en parte lo fue porque atacarla formaba parte de una ofensiva mayor. En Cabra no parece el caso, o al menos no acabó siéndolo.

De todos los bombardeos republicanos Cabra fue sin duda el peor, no sólo por el número total de víctimas, sino porque más de una docena (16 en total) fueron niños.