Disclaimer: None of this belongs to me. Thanks to the beautiful Josie, for letting me translate it. Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a tufano79, solo me pertenece la traducción.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction

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Capítulo Ciento sesenta y ocho

POV Edward.

La despedida de soltero/soltera fue divertida, pero queríamos irnos a las diez. A pesar del hecho de que no había dormido toda la noche, me levanté temprano. Bella se había levantado con Marie. Bajo el maquillaje, pude ver que tenía ojeras bajo sus ojos. Logramos quedarnos hasta la medianoche. No fue hasta que Bella comenzó a roncar que Alice se dio cuenta que éramos padres primerizos, acostumbrándonos al horario de descanso de una infante muy impredecible.

Nos llevé a casa, siendo el más despierto de ambos. Se sentía raro no tener a Marie con nosotros, pero sus abuelos querían consentirla. Ayudé a Bella a subir. Apenas estaba consciente mientras caminaba hacia la habitación, maniobrando el cuerpo adormilado de Bella y en la mano, sus zapatos.

—Voy a lavarme el rostro —murmuró, tropezando hacia nuestro baño luego de tomar su pijama de la cama. Me quité la ropa, colocándome un par de shorts. Mientras alcanzaba mi camisa, Bella salió, su cabello levantado en una cola de caballo medio suelta y su rostro libre de maquillaje. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio mi pecho desnudo. Traté de cubrirme, pero me detuvo—. No.

—Supongo que ambos tenemos cicatrices —dije, mi voz apenas audible—. No has visto las mías, en realidad.

—No —murmuró. Dio un paso hacia mí, sus dedos moviéndose hacia las dos cicatrices abultadas por las puñaladas—. ¿Duelen?

—Ya no más. Están más insensibles que nada debido a las cirugías que realizó el doctor —respondí.

—¿Y las quemaduras? —preguntó, su mano moviéndose a la piel ligeramente cicatrizada en mi torso—. ¿Esas duelen?

Negué.

—Nunca podré ir a broncearme ya que la piel es más susceptible a quemarse, pero nunca me gustó recostarme bajo el sol —bromeé—. ¿No te asustan?

—Edward, lo haces sonar como si fueras un monstruo. Fuiste afortunado —dijo, su mano moviéndose de arriba abajo por mi hombro, el cual no tenía el vendaje compresivo—. Pude haberte perdido esa noche. Te amaré, con todo y cicatrices. Y nunca podrías asustarme. Perderte me asusta más que nada.

—Igualmente —dije, acunando su barbilla y mirando sus ojos exhaustos—. Hemos tenido suficientes rasguños para que duren una vida entera. Ahora estamos juntos y nada detendrá eso.

—¿Aunque no pueda darte más hijos? —dijo ahogada, una lágrima solitaria bajando por su mejilla—. Bueno, más hijos sin mucha ayuda.

—Marie fue un milagro inesperado, pero bien recibido. Si Dios decide que está bien que tengamos más hijos, los tendremos. No importa cómo, si con vientre alquilado o adopción. No creo amarte menos porque no puedas darme más bebés. Marie y tú son mi mundo —dije, tratando de dar a entender que no las iba a dejar ir a ninguna de las dos—. Ahora, es tarde y ambos estamos cansados. Vamos a dormir. —Tomé mi camisa.

—No te la pongas —susurró Bella—. Extraño sentir tu piel. —Asentí, tirando mi camiseta al cesto de ropa sucia y subiéndome a la cama. Me siguió, acurrucándose contra mi pecho y trazando formas vagas en mi vientre, haciendo cosquillas al vello que guiaba hacia el sur—. Te amo, Edward. Gracias por entenderme.

—Estamos en el mismo barco, Bella. Físicamente, nuestros cuerpos están listos, pero no nuestras mentes —dije, besando su frente—. Cuando estemos listos, será mucho más especial. —Me sonrió, juntando sus labios con los míos y acurrucándose de vuelta en mi pecho.

La siguiente cosa que recordé fue el exasperante tono de mi alarma. Lo silencié rápidamente, bajando la mirada a Bella. Seguía profundamente dormida sobre mi pecho. Salí de la cama, colocando mi almohada bajo su cabeza cuando trató de alcanzarme. Besé su frente, escabulléndome para bajar las escaleras y hacerle el desayuno para llevárselo a la cama, y envolver sus regalos. Me encargué de los regalos primeros, colocando el sobre de nuestra luna de miel en una caja. Lo envolví, colocándolo en una caja más grande. Lo repetí hasta que estuvo en una caja diseñada para una pantalla plana. Los anillos estaban en un joyero de madera ornamentada, en la cual había colocado un lazo púrpura. Le daría eso después de que atacara el primer regalo ya que era de parte de Marie y mía. La luna de miel solo era de mi parte. Subí las escaleras, dejando el regalo más grande en la habitación. Después de esto, le hice su nuevo desayuno favorito de rollos de canela con glaseado y una guarnición de huevos con queso y salchicha. Colocando en un plato el delicioso desayuno, lo llevé hasta nuestra habitación. Bella estaba despierta, sonriendo dulcemente al verme.

—Mi almohada me abandonó. —Hizo un puchero.

—Tenía que hacerle a la cumpleañera su desayuno —dije, colocando la bandeja sobre sus piernas después de que se sentara.

—Y envolver eso —bromeó, señalando la enorme monstruosidad púrpura que llevé al cuarto—. ¿Qué me compraste?

—Ya lo verás. Regalos después de la comida —regañé, sentándome en la cama, viéndola—. Hice tu favorito.

—Puedo verlo —dijo, picando un trozo del roll de canela y metiéndolo a su boca—. Aunque solo pueden ser para cumpleaños. Trato de perder peso para entrar en mi vestido de novia. Tengo mi primera prueba el próximo fin de semana. Temo no poder entrar.

—Alice es una costurera increíble. Puede arreglar lo que sea y no dudo que el vestido te quedará perfecto. ¿Puedo ir? —pregunté, sonriéndole con dulzura.

—Podrás ver mi vestido cuando camine por el pasillo hacia ti, Edward Anthony Cullen. —Soltó una risita—. Nada de trampa.

Nos comimos todo el desayuno que hice para ella. Luego de que Bella prácticamente lamiera el plato, coloqué la bandeja sobre la mesa del pasillo mientras ella se levantaba y se sentaba frente a la enorme caja, su ceño fruncido mientras trataba de ver cómo atacarla.

—No pesa —dije, sentándome junto a ella—. Solo incomoda.

Me dedicó una sonrisa traviesa, rompiendo el envoltorio para revelar una caja de televisión.

—¿Un televisor? —Solo reí. Ella me dedicó una mirada asesina, notando que la caja ya había sido abierta. Rápidamente captó y sacó la siguiente caja. Cuatro cajas después, finalmente alcanzó a la caja bien envuelta con los folletos y el itinerario para nuestro viaje a Santa Lucía. Mordió su labio mientras abría la caja con cuidado, sacando el papel de seda de las hojas de papel—. ¿Un viaje? ¿A Santa Lucía? Oh, Edward… ¿qué hay de Marie? —preguntó, sus ojos frenéticos.

—Shhh, está bien, amor. Marie vendrá con nosotros. Después de nuestra primera Navidad juntos como familia, viajaremos a Santa Lucía para pasar una semana en el paraíso. Tendremos una niñera en la noche si queremos salir. Es nuestra luna de miel. —Sonreí, acariciando sus labios—. Para nuestra familia. Me siento mal de que no podamos ir justamente después de la boda, pero solo tengo una semana de descanso entre el trimestre de verano y otoño, y es la semana de nuestra boda.

—Entonces, ¿Marie vendrá con nosotros? —preguntó Bella, sus ojos brillando con lágrimas sin derramar. Asentí y apenas tuve tiempo de acomodarme antes de que se lanzara hacia mí, derribándonos a ambos al suelo mientras besaba cada centímetro de mi rostro. Me agradeció y sollozó con felicidad, sabiendo que nuestra hija compartiría con nosotros en nuestra luna de miel. Demonios, sabía que no me podía apartar de ella por más de un día. ¿No verla ayer y ahora esta mañana? Sentía que faltaba una parte de mí.

Pasamos unos minutos teniendo una sesión de besos intensos en el suelo de nuestra habitación. Sin embargo, Bella necesitaba sacarse leche ya que sentía que tenía melones en lugar de senos. Se metió al baño y escuché el sonido de succión de su sacaleches. Tomé la basura, tirándola al cesto en el garaje. Luego, lavé los platos, guardando las sobras. Bella bajó, vestida con un par de jeans ajustados y una blusa suelta.

—Tu mamá llamó mientras me alistaba. Tendremos una barbacoa en su casa por mi cumpleaños. Comienza a la una.

Le eché un vistazo al reloj, viendo que era poco más de las doce.

—Iré a bañarme. Cuando regresemos, Marie y yo tenemos un regalo para ti. —Sonreí con suficiencia, moviendo mis cejas sugestivamente.

—Edward, el viaje ya es suficiente, pero debí haberlo sospechado. —Soltó una risita—. Vives para comprarme cosas. —Caminó hacia mí, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura—. Tú eres suficiente. Los regalos no son necesarios.

—Eso puede ser verdad, pero aun así quiero consentir a mi chica en su cumpleaños. Además, Marie tiene que darle a mamá su regalo —bromeé, besando su nariz—. Dame diez minutos.

Luego de bañarme y vestirme, tomé el regalo de Marie y lo metí al bolsillo de mis jeans. Bajé las escaleras, ayudando a subir a Bella al auto y llevándonos a casa de mis padres. Solo era la familia inmediata, y Emmett. Todavía estaba algo molesto por su comentario, así que lo evité. Lo amaba como un hermano, pero escuchar su comentario fuera de lugar me afectó. Sí, estaba siendo una reina del drama, pero no necesitaba recordatorios de que el trabajo que amaba se me arrebató debido a un accidente. Podía continuar ayudando a las personas al volverme doctor, pero no era lo mismo.

Mi papá estaba en la parrilla, cocinando salchichas alemanas, filetes y kebabs. Bella y yo jugamos con nuestra hija, aprovechando el tiempo con ella debido a que había pasado demasiado tiempo desde que estuvimos con ella. Por un rato, Bella habló con Charlie sobre la boda y sobre su mudanza a Chicago. Puso su casa a la venta desde que se enteró del parto de Bella. Renunció a su posición como jefe de policía en su hogar, Forks. Había ahorrado cada centavo y a la edad de cincuenta y siete, podía retirarse y vivir cómodamente. Una vez que vendiera su casa, planeaba mudarse a un suburbio, justo en las afueras de Chicago. Estaría lejos de la ciudad, pero lo suficientemente cerca para visitar a su nieta tanto como quisiera.

Luego de comer se distribuyeron los regalos. Bella recibió cosas para nuestra luna de miel. Algunos trajes de baño nuevos y vestidos a juego de parte de mi mamá, más atuendos de verano de su papá, comprados con ayuda de Alice, sin duda, un libro acerca de Santa Lucía de parte de mi padre, un enorme bolso, lleno de cosas para la playa de parte de Emmett y Jasper, y un paquete de spa, de parte de Alice. Por el movimiento sugestivo de las cejas de mi hermana, incluía todo. El último regalo era de mi parte y de Marie. Le di a Bella la caja de madera, sonriendo torcidamente. Me dedicó una mirada astuta, tomando el regalo de mi mano. Jadeó cuando vio el grupo de cinco anillos. Dos solo eran de platino, con un patrón curvilíneo y torcido. Los otros tres tenían gemas, zafiro para Bella, alexandrita para mí y olivina para Marie. Los colocó en el dedo corazón de su mano derecha, llorando silenciosamente mientras movía sus dedos.

Mamá trajo un hermoso pastel y lo disfrutamos antes de decidir ir a casa. Ya casi era la hora de dormir de Marie. Abrazamos y nos despedimos de todos, colocando a Marie en el asiento trasero. Diciendo adiós, regresamos a casa. Maniobré para sacar a Marie de su asiento mientras Bella se encargaba de sus regalos. Justo cuando estaba cerrando la puerta trasera, el timbre sonó.

—Ve a contestar —dijo Bella, tomando a Marie de mis brazos—. Voy a alimentarla antes de bañarla.

—De acuerdo. Te amo —dije besándola, y ella subió. Caminé hasta la puerta principal, quitándole el seguro y viendo el lúgubre rostro de mi mejor amigo. Sabía por qué estaba triste, pero no hacía que doliera menos—. ¿Qué quieres?

—Necesitamos hablar, Edward —dijo.