septième


El mercado se encontraba tan apelotonado de gente como era usual, así que el muchacho tuvo que evadir varios empujones para evitar dañar su carga y a las personas con las que estuvo a punto de chocar. El anciano santo de Libra observó desde lejos su travesía para encontrar todo lo que le había encargado y cómo se empeñó en cargar todo de regreso de una sola vez.

Pocos de los jóvenes santos dorados de ésa generación visitaban Rozan, a él, particularmente. En la visita anterior fue Cáncer quien le presentó otro mensaje escabroso por parte del patriarca y, antes de éso, un santo de Aries preocupado porque no sabía tratar la alergia del pequeño crío a su cuidado. El joven de Acuario, en cambio, llegó sin motivos más que saludar y lo hizo en un muy hermoso día, por lo cual Dohko de Libra decidió descuidar su puesto de vigilancia solo por una tarde dejando a Shiryu y Shunrei como reemplazo frente a la cascada.

Camus de Acuario lo cargó en su espalda la mitad del camino, hasta que el anciano decidió rentar una camioneta y conseguir otras cosas —no por sí mismo—.

—Ya está —aclaró Camus con las manos apoyadas en la cadera, adoptando una postura orgullosa por lograr acomodar todo prolijamente en la parte trasera en menos de medio minuto. Dohko rió y le dio un golpecito en la pierna.

—Buen trabajo, muchacho. Ahora, enciende este cacharro y continuemos nuestro viaje.

Acuario no tardó en obedecer y mientras andaban Libra compartía algunas historias de cómo lucía aquella zona hacía mucho tiempo, ciertas personas memorables y sucesos que dejaron huella; entretanto, indicaba el camino que debían seguir. El bosque que atravesaban tenía árboles altos y de troncos delgados, sin flores durante ésa época del año; cigarras se oían entre la maleza y libélulas podían verse volando alrededor o descansando sobre las hojas, anunciando que quizás podría lloviznar durante la noche.

—Hace tiempo que no tenía tantos insectos cerca.

—¿Te dan asco? —Camus negó.

—El frío de Siberia no es agradable para animales tan pequeños, solo me resulta extraño.

—Claro —de hecho, el anciano pudo notar lo incómodo que el muchacho se encontraba al interactuar con las personas en el mercado, más allá del idioma pues su pronunciación era intachable; ciertamente, aquél frío tampoco era agradable para los seres humanos—. Así que, ¿has venido con la excusa de visitar a éste viejo santo por un cambio ambiente? Es bueno tenerlo de vez en cuando.

—Supongo —concedió Acuario sin lucir particularmente contento.

—Gira aquí.

Se adentraron lo suficiente en el bosque para perder cualquier rastro de otras personas y llegaron a un lago. Camus estacionó la camioneta pick-up y bajó primero para descargar las cosas que había comprado. Arrimó todo a la orilla del rustico muelle donde Dohko se sentó y lo último que llevó fueron las cañas, preguntando cuál prefería usar el santo mayor.

—La azul.

Acuario se la entregó y fue a ubicarse a unos dos metros de distancia de Libra, se quitó las sandalias y alzó el doblez de sus pantalones. Camus dejó un balde vacío entre ambos, llenó otro con agua del lago y con la tranquilidad de la experiencia los santos colocaron la carnada en sus anzuelos, los arrojaron a extremos opuestos del lago y se dispusieron a esperar.

Dohko recordó la primera vez que le enseñó a ése mismo muchacho cómo pescar y, sobretodo, cómo el niño acabó durmiéndose a las dos horas de observar fijamente la cuerda que no quería moverse; en verdad, aquél había sido un mal día para salir a pescar. Al menos, podía asegurar que éste día sería distinto pues era un día hermoso. El lago se hallaba tranquilo y jóvenes nenúfares daban sombra a las figuras que se movían bajo el agua, a pesar de que las pequeñas burbujas que flotaban a la superficie delataban su presencia.

Tal cual predijo el anciano, a solo diez minutos de comenzar, un pez picó su anzuelo. Al sacar su pesca, el animalito apenas entraba en la palma de su mano.

—Aún eres joven, espera un poco y sé más precavido la próxima vez —liberó al pez del anzuelo con cuidado y lo dejó en el balde con agua. En ese momento, el santo más joven pescó algo también.

—Éste está bien —era un pez cuatro veces más grande que el conseguido por el viejo maestro, ése fue al balde vacío. Dohko rió con un asentimiento y regresó a su tarea tomando más carnada.

Las cigarras llenaron el silencio de los siguientes minutos, hasta que el joven de cabello azul pescó otro pez.

—Te noto feliz, Acuario —comentó el anciano cuando notó la sutil sonrisa del muchacho.

—Hace tiempo que no pesco.

—Creí que lo hacías a diario —la sonrisa de Acuario desapareció.

—Lo hacía… Pero Hyoga prefiere la carne roja, así que vamos más de caza que otra cosa.

—Entiendo. Entonces es por éso que decidiste venir un día como hoy.

Hacía bastante tiempo que Acuario no visitaba las montañas, pero Libra tenía sus propios medios para saber cómo se hallaban todos los santos de oro por quienes velaba en silencio. Después de todo, al patriarca Arles no podría importarle menos el estado de esos chicos, mientras le jurasen lealtad. El joven negó.

—Fue casualidad, maestro —arrojó el anzuelo al agua y respiró hondo antes de continuar—. Hoy es el aniversario de la partida de Isaac y Hyoga me ha dicho que deseaba estar solo.

Una libélula descansó en el borde del balde con agua, el pececillo se asomó a mirar a su visitante y el insecto, alterado, siguió su camino. Dohko se mantuvo en silencio solmene un minuto, notando que las cigarras estaban menos animadas que antes; entretanto Camus mecía las puntas de sus pies en el agua, admirando las ligeras ondas que se formaban en consecuencia.

—En cierto aspecto, me recuerdas al santo de Acuario de mi época —el anciano bajó un poco su sombrero para cubrir su vista del sol—. Se tomaba todo lo que le decían de manera literal, muchas veces ignorando los sentimientos de los demás.

—Comprendo lo que intenta decir, pero tampoco soy el hombre más apto para consolar a nadie, maestro. Ambos terminaríamos sintiéndonos peor si me dispusiera a hablar de ello.

—¿Admites que aún te afecta?

—¿Qué sentido tendría negarlo? A veces es divertido recordar cómo antes de ser un santo dorado, también soy humano.

El mayor debía darle créditos al chico por lo bien que disfrazaba su impotencia tras un tono uniforme y seco, rozando el sarcasmo. Definitivamente, Mystoria alabaría su mascarada; él, no tanto, aunque sabía cómo eran los santos de hielo, cómo demostraron ser durante los últimos dos siglos.

—Todos cometemos errores, muchacho —él mismo, sabio maestro de Rozan, perdió a muchos alumnos de maneras bastante reprochables; aunque de éso ya conversaron el año anterior, cuando Acuario sintió que no podría volver a pisar el santuario por culpa de su descuido, descuido que cualquier niño de quince años podría cometer al tener encima más responsabilidades de las aconsejadas—. Quédate a cenar lo que pesquemos hoy, debes de extrañar la carne azul —cambió el rumbo de la conversación.

—No creo que sea apropiado.

—Es menos apropiado rechazar la gentileza de tu superior.

—Se supone que somos iguales.

—Quizás lo seamos cuando empieces a llamarme por mi nombre, muchacho.

—… Quizás.

Dohko volteó para notar cómo su joven compañero de pesca suspiraba mirando al cielo.

Cuando él y su amigo Shion eran todavía jóvenes, el santo de Acuario de su época solía hacer lo mismo cuando estaba descansando. Una vez le preguntaron porqué siempre miraba hacia arriba y el hombre contestó que aunque no pudieran verlas durante el día, las estrellas siempre velaban por ellos en silencio, así que intentaba devolverles el favor cuando no tenía nada más por lo cual preocuparse.

—Acuario —volvió a hablar el anciano luego de casi una hora en la cual se sumió en pensamientos del pasado.

—¿Sí?

—Cuéntame cómo están los demás.

Dohko ya sabía cómo estaban, tan bien como sabía que Camus solo podía hablar sobre unos pocos santos de primera mano. Incluso así, el de cabello azul no se negó.


Como no podían subir la camioneta por la montaña, la devolvieron y obsequiaron todo lo que habían comprado en la mañana —por supuesto, el joven santo se encargó de ello—. Subieron al pequeño hogar de Libra con la cubeta de pescado fresco y una cesta con verduras.

Shunrei, Shiryu y Camus prepararon juntos la comida con esmero y compartieron mesa durante la cena sin problemas. Aunque en un principio el niño aprendiz de Libra miraba con malos ojos al extraño que se presentó junto a su maestro; Deathmask de Cáncer seguro se las arregló para dejarle grabada una terrible impresión de los extranjeros. Shunrei era más confiada y simplemente lo adoró desde que se ofreció a cortar las cebollas por ella.

—¿Quién era él, maestro? —cuestionó más tarde el aprendiz cuando Shunrei regresó con los platos vacíos a la casa y el sujeto extraño se marchó rechazando la invitación de quedarse a dormir.

—Solo un viejo amigo.

En el mar del firmamento, una estrella de Acuario destacaba de entre sus hermanas y la constelación completa brillaba más intensamente que sus vecinas esa noche. Dohko volvió a lamentar la pérdida del patriarca que lo acompañó durante siglos pues estaba convencido de que, si él siguiera con vida, el santo de Acuario no hubiese tenido que buscar opciones ajenas al santuario para encontrar una guía.