Capítulo 6 – L1

Sala de Entrenamiento de Oa. Abril de 2004 (calendario terrestre).

—¡Otra vez!

—Ya te dije que me rompiste dos costillas, ¿cómo voy a…?

—¡No necesitas las costillas para ponerte de pie!

—Solo dame un segundo para poder partirte la… ¡Ahhh!

—¡Otra vez, poozer!

Su nombre era Harold Jordan. Hal para los amigos. No tenía muchos, pero quería creer que esos pocos le llamaban Hal con cariño. El hombre que estaba delante de él… de partida, no era un hombre como tal. Era un cerdo gigante. Y no le llamaba Hal, sino poozer, palabra que el anillo se negaba a traducir. Así que el cerdo gigante no era un amigo. Y no lo trataba con cariño.

Kilowog era el nombre del cerdo gigante que lo golpeaba una y otra vez con un tipo de maza que había creado. No una que existiera o conociera en la Tierra, pero allí, en el planeta Oa, literalmente al centro del universo, pareciese que la Tierra era algo así como un insecto, una mosca molesta de la que a nadie le gustaba hablar. Hal era el primer terrícola en Oa en su historia. El primer Green Lantern de la Tierra. El primero en, además, enterarse que el universo efectivamente sí tenía un centro, en oposición a todas las teorías. A nadie parecía interesarle que fuera de la Tierra, y hacía tres semanas que no volvía. Tres semanas del sistema Solar, como los demás se habían habituado a corregirle.

—¡Vamos, déjame ir, Pumbaa de tercera!

—Si los Guardianes dicen que no estás listo, ¡no estás listo, poozer!

Mientras creaba un escudo de luz verde desde el suelo para intentar defenderse de los azotes de Kilowog, Hal pensó en cuánta gente lo extrañaría. Sus sobrinos y hermanos, tal vez. Carol, sin duda que no. ¿Y quién más había? No muchos.

Kilowog destruyó el escudo que Hal construyó, pero éste usó los pedazos de luz que quedaron para lanzarlos convertidos en mini-misiles, a los ojos de Kilowog. Éste los evitó haciéndose hacia atrás, sus ojos echaron chispas y expulsó dos hilos de vapor de la nariz, de lo enfurecido que estaba. Como en una caricatura. Hal aprovechó de limpiarse los restos de sangre en su barbilla.

—¿Cómo diablos…?

—¿Sorprendido? Vamos, podría usar todo el día para seguirte sorprendiendo, pero estoy con prisa de ir a la Tierra.

—¡Que no estás listo, poozer! Tu predecesor protegía el sector donde está tu mísero planeta, pero nada indica que no puedan cambiarte si te requieren en otro lado. También puede ocurrir que no seas lo suficientemente bueno para cuidar el sector entero, y si es así, te regresarán a tu choza.

—¿Qué tan difícil puede ser? Es el 2814, ¿no? Es solo un sector con nueve planetas. ¿O eran ocho? Ya no recuerdo bien. ¿Eran diez? ¿Plutón contaba o no?

—¿Seguro? —Kilowog le habló al anillo en su dedo corazón—. ¡Anillo! ¿Cuántos planetas habitados hay en el sector 2814?

[Hay 1.508 planetas habitados en el sector 2814, Lantern Kilowog.]

—¿Ves? Lo mejor que puedes hacer es pedirle a Greet un plato especial con receta de tu planeta; por ahora, es lo más cerca que estarás.

—No voy como protector o policía, sino porque es mi hogar. ¿Acaso tú no harías lo mismo con tu planeta si llevaras tres semanas sin ir allá?

Kilowog levantó el brazo, su anillo brilló, y una armadura apareció a su alrededor. Era verde y brillante, con piezas enormes que protegían sus hombros, pecho, brazos, cabeza y piernas, por encima del uniforme verde y negro que todos los Green Lantern utilizaban. En la mano derecha de Kilowog apareció una suerte de yunque espacial.

Hal Jordan también levantó su anillo, y comenzó a imaginar. Sonrió. Entonces, un enorme jabalí de luz esmeralda apareció delante de él, echando humo por las fosas nasales. Kilowog gritó, ofendido, y corrió hacia el jabalí con la bazuca por delante.

Hal hizo lo propio con su jabalí. Antes de que ambos chocaran, Hal movió el dedo meñique y una alfombra de luz se deslizó bajo los pies de Kilowog, haciéndolo caer de espaldas al suelo de la sala de entrenamiento ruidosamente.

—¡Ah! ¡Maldito terrícola!

—Creaste dos constructos, y yo hice lo mismo. No veo el problema —dijo Hal, con su mejor sonrisa.

—¡Gusano de la Tierra! —gritó Kilowog, poniéndose de pie.

—Me han dicho cosas mucho peores.

—¡Poozer miserable!

—Aún no sé lo que eso signi…

—Kilowog, déjamelo a mí —dijo una voz siniestra. Fue bastante apropiado que Hal pensara en esos términos sobre la voz, debido a quien apareció flotando desde las alturas—. Lo pondré en su lugar, descansa.

Su nombre era Sinestro. A diferencia de la mayoría de los Lanterns allí, utilizaba un uniforme distinto al estándar, con brazaletes verdes en lugar de guantes blancos, un cuello alto, y botas negras con línea verdes. Se decía que se requería una gran creatividad y fuerza de voluntad para crear un traje propio, y de él se decía que era el mejor en ambos ámbitos.

El símbolo esmeralda del Green Lantern Corps residía en el centro de su pecho. Era un hombre alto, de piel rosácea, ojos pequeños y dorados, y una cabeza más grande que la del humano promedio. Tenía corto cabello negro y un bigote del que Hal no pudo evitar reírse la primera vez que lo vio. Desde aquel día (el primero que estuvo en Oa, de hecho, minutos después de recibir su anillo), le daba la impresión que Sinestro lo odiaba. El pobre diablo carecía de sentido del humor.

—Sinestro, ¿no? —preguntó Hal, retóricamente, mientras el enorme instructor de los novatos daba unos pasos atrás—. ¿Así que te enviaron también a hacer de niñera para evitar que proteja mi hogar?

—¿Quién te dio la información sobre la invasión de los Appellaxian?

—Uno de los hombrecillos azules.

—Uno de los Guardianes, querrás decir. —Sinestro se cruzó de brazos, pero no pasó desapercibido para Hal cómo el anillo en su mano izquierda brilló—. Pero lo que Ganthet diga o haga no representa necesariamente el pensamiento de los Guardianes.

—Déjame ver si entiendo. Tengo este anillo mágico que me permite crear cualquier cosa que imagine, ¿no? —Para probar su punto, Hal construyó una pequeña arma de mano en su diestra—. Fui elegido por los hombrecillos azules que cuidan en el universo como un policía espacial cuyo rol es literalmente cuidar a la gente. ¿Y me están diciendo que incluso con eso no puedo ir y patearle el trasero a esos extraterrestres que fueron a la Tierra? ¿Qué clase de policía soy entonces?

—Je, je, je —se burló Kilowog.

—Correcciones. Número uno, no hay ningún tipo de magia en el anillo. —Sinestro creó una decena de armas, idénticas a la que tenía Hal en la mano, flotando alrededor suyo. Apuntó con todas ellas a Hal—.Segundo, los Guardianes te eligieron por tu capacidad de enfrentar tus miedos, pero viéndote, no me parece que sea una gran cualidad en tu especie.

—¿Mi especie? —Hal apuntó su arma a Sinestro y disparó con una velocidad que el arma normalmente no permitiría—. Diría que nuestra especie es conocida por sobreponerse a los miedos, ¿no?

Kilowog soltó una pequeña risa por lo bajo. Sinestro disparó una de sus armas y sus balas estallaron al hacer contacto con las que Hal disparaba. Luego, movió las otras armas y las colocó alrededor de Hal, antes de ponerse a disparar también. Hal pensó en crear nuevas armas, pero no lo conseguiría a tiempo, así que imaginó cuatro barreras de acero, y éstas se crearon a su alrededor.

—Si por algo son conocidos los terrícolas es por su capacidad de creerse el centro del universo, pero como ves, recién ahora estás allí —dijo Sinestro, con una voz tranquila y al mismo tiempo arrogante que realmente molestó a Hal, cuyos muros de acerco empezaron a trisarse poco a poco.

—¿Pero cómo…?

—Abin Sur se equivocó rotundamente. No puedo creer que el más grande Lantern de todos no esté aquí, y en su lugar haya alguien como tú usando su uniforme.

Los cuatro muros hicieron explosión. Hal no tenía idea de qué había puesto Sinestro en las balas que creó, pero de no ser por la defensa natural que otorgaba el anillo, ya estaría muerto. De todos modos, Hal se puso de pie y corrió hacia Sinestro. Construyó un tractor de campo que cargó sobre su cabeza, dispuesto a aplastar a su contrincante.

—Patético.

Sinestro construyó una pluma en la mano izquierda. Una simple pluma de un ave que Hal no intentó reconocer. Cuando Hal hizo bajar el tractor, Sinestro lo cortó en dos con la pluma. ¡Cortó un tractor con una pluma! Los pedazos quedaron a los pies de Hal Jordan, que por primera vez no supo qué hacer, más que mirar con furia a su oponente.

—¡Espera! Eso no es posible. Nuestros constructos tienen las propiedades de lo que imaginamos. ¿Qué pluma podría cortar un tractor como ese?

—La pluma de un Ruc Dorado, por ejemplo.

—¿La qué de un qué?

—Sinestro, espera, ¿qué estás…? —Algo iba a preguntar Kilowog, pero Sinestro lo detuvo con una mano.

—Un Ruc Dorado es una de las distintas especies en Appellax —explicó Sinestro, con la pluma esmeralda en la mano—. Es una suerte de ave, como lo dirían en la Tierra, cuyas alas son capaces de cortar cualquier cosa. Uno de sus líderes más jóvenes se dirigió a tu planeta junto a otros seis, de otras especies. Su plan es competir por quién controla una porción más amplia del planeta, para ver quién se queda con éste. Siempre lo han hecho así, ¿no, Kilowog?

—S-sí… pero, Sinestro, un Ruc Dorado es… —Kilowog parecía genuinamente muy preocupado, mirando a Hal, completamente distinto a como se veía previamente. Y antes de que pudiera explicar por qué, Sinestro volvió a interrumpirlo.

—Vine de parte de los Guardianes a darte permiso de intervenir y volar a la Tierra. Intenta detener al Ruc Dorado y los otros jefes, trata de proteger a los tuyos. —Sinestro se dio media vuelta, dándole la espalda. Hal se fijó en lo delgado que era, y se preguntó como un idiota dónde diablos estaban sus órganos internos—. Si fallas, y probablemente lo harás, regresa aquí con la cola entre las piernas, y empieza a respetar a tus superiores, a obedecer lo que te dicen.

—¿Y si no fallo? —se envalentonó Hal.

—Ja. Se supone que eres parte del Green Lantern Corps, la fuerza intergaláctica más poderosa e importante de todo el universo. —Sinestro se puso a flotar y lentamente empezó a alejarse por el aire, rodeado por un aura esmeralda—. Nosotros no fallamos. Si fallas, eso significará que no perteneces aquí.

—¡Tú espera aquí, poozer! —le ordenó Kilowog a Hal antes de seguir a Sinestro, el más molesto Lantern del universo.

—Pero…

—¡Sin peros! ¡Y tú, Sinestro, espera! ¡No puedes…!

Pero Hal no escuchó más. Si le espetaban que no respetaba a los demás ni seguía las reglas, entonces iba a hacer caso al menos a eso. Saltó y no descendió, poniéndose a flotar (cosa que todavía le fascinaba hacer), y salió de la sala de entrenamiento.

—Anillo, llévame a la Tierra. Específicamente a donde esté el Ruc Dorado.

[Como desees, Lantern Jordan.]


Parque Nacional Canaima, Bolívar.

El agujero de gusano lo llevó en cinco minutos a la Tierra. Se permitió bajar por un momento el escudo y respirar el aire de su planeta natal. Sabía que era apestoso, pero al menos era su aire, con el que nació y se crio. Sin embargo, estaba bastante limpio, y hasta le dolió la cabeza por un momento. Además, había un intenso ruido cerca.

—Definitivamente esto no es Coast City. ¿Dónde estamos, anillo?

[Esto es Bolívar, Venezuela, Lantern Jordan.]

—Vaya, una tierra caribeña. ¿Y el ruido de dónde viene?

[Depende; puede ser la cascada Salto Ángel, o las alas del Ruc Dorado.]

—¿Ruc?

Apenas preguntó eso, Hal fue arrojado bruscamente a la cascada por un animal tan estúpidamente grande que pensó brevemente que se encontraba en una pesadilla. El ave pasó volando junto a él, y aunque no logró tocarlo con sus alas o sus garras, solo el aire que sus alas causaban lo envió volando un par de kilómetros. Se estrelló contra la montaña de la cascada, la más alta del mundo como le siguió explicando el anillo mientras su cabeza le daba mil vueltas, y su lindo uniforme verde quedó completamente empapado.

La verdad, era una maravilla de la naturaleza. La cascada no era como las que podía encontrarse en algún bosque en los alrededores de California, sino que era prácticamente un océano en caída libre, surcando una grotesca y enorme estructura rocosa. Alrededor todo era vegetación, y eso habría sido muy bonito de ver, de no ser porque todo el verdor había sido reemplazado por un horrible tono dorado e inmóvil. Los árboles, la hierba, las rocas… todo el escenario ante él se estaba rápida y progresivamente tornando dorado, que además significaba que se petrificaban. Solo el agua parecía permanecer intacta por ahora.

Mientras salía de la cascada volando, notó que había gente. Turistas que visitaban la cascada, todos transformados en estatuas doradas como las que hacía el rey Midas. En este caso, Midas era un pájaro del tamaño de un avión, sobrevolando la zona, bajando para unir cosas a su colección. Hal escuchó gente gritando mientras intentaba recuperarse del golpe.

El pajarraco bajaba a toda velocidad (casi como la de un caza avanzado), tocaba cualquier cosa, y ésta se petrificaba en tono amarillo. Era agresivo, muy violento, y emitía un chirrido insoportable cada vez que descendía, como unas uñas rasgando un pizarrón. Y si había algo que Hal Jordan odiaba, era ese sonido.

Y no era un pájaro común tampoco. Tenía cuatro alas, que bajo la luz del sol parecía un set de cuchillos. Sus plumas destellaban brillos dorados. Tenía dos patas de diez dedos cada una, unas garras espantosas y peligrosas que fácilmente podían arrancar árboles con simplemente rozarlos. Su cabeza era lo más extraño, básicamente porque eran dos, con sus dos respectivos cuellos que nacían del torso emplumado. Tenían dos ojos cada una, pero en lugar de un pico, tenía una especie de esfera en la parte baja de sus cabezas, casi como un tumor, que emitía los chirridos. Era una criatura sacada de una peli de…

—Qué se yo, del que hizo Pesadilla en Elm Street. Como sea, vamos a hacer trabajo policial de una vez. —Hal se acercó volando al Ruc Dorado, después de que éste ascendía otra vez, luego de una cacería. A medida que se acercaba, más notaba lo enorme que era, tal vez más que un avión. Pero, desde luego, eso no iba a intimidarlo. Nada jamás lo había hecho—. ¡Oye, pollo mal alimentado!

El Ruc no pareció hacerle caso, o escucharlo entre medio de sus propios chirridos. Hal creó un campo de fuerza alrededor de su cuerpo, para que los violentos remolinos que el pájaro generaba no lo enviaran volando otra vez. Fue lo primero que Kilowog le enseñó a crear, y esta vez lo agradecía.

El Ruc Dorado volvió a descender, esta vez hacia un bosque al este donde parecía todavía haber muchas personas, pues escuchaba sus gritos en el silencio del bosque, solo entorpecido por los brutales vientos que el ave emitía. Hal se concentró, e imaginó una gran jaula, como la de los canarios. De inmediato, ésta apareció delante de él, y Hal aumentó su tamaño con un pensamiento, lo suficiente como para atrapar el Ruc Dorado.

Éste, sin embargo, pasó volando a través de la jaula, deshaciéndola como si nunca hubiera estado allí en primer lugar. Hal decidió crear entonces un enorme muro de acero en el camino de la bestia, pero nuevamente el ave pasó a través de su constructo, sin problema alguno. ¿Tan poca fuerza tenía?

En su mente, escuchó la risa de Kilowog, y vio la mirada juiciosa de Sinestro. Era como si les estuviera fallando, y lo peor es que apenas los conocía.

Decidió que lo mejor que podía hacer era usar un poco más de potencia en lugar de creatividad, que no era tanto lo suyo. Se concentró mirando su anillo a medida que el ave se lanzaba entre medio de los árboles, que rápidamente se tornaron dorados, lo que hacía que sus hojas dejaran de moverse.

—¡Quédate quieto, demonios!

Hal disparó un gran rayo de luz verde. El anillo estaba programado para disparar ese tipo de cañonazos cuando la creatividad no estaba disponible, y generalmente era un rayo lo suficientemente potente como para derribar a cualquier criatura, y al menos entumecerla.

En este caso, el rayo golpeó al pajarraco, que abrió las cuatro alas violentamente, y se elevó nuevamente. No tenía ni el más mísero rasguño, y ahora, en el aire, tenía los ojos de sus dos cabezas puestas en Hal. El inmundo pájaro estaba delante del Sol, con lo que se asemejaba más a una divinidad antigua de alguna cultura que Hal nunca trató de estudiar o entender, pero sabía que era cosa seria.

—Mierda, mierda, mierda… Oye, anillo, dime por qué no funciona nada de lo que le lanzo—. El Ruc se acercaba lentamente, moviendo las alas con actitud amenazante. Sus ojos emitían chispas doradas también. Era como un pato de hule demoníaco.

[Los Anillos pierden fuerza contra el color amarillo, Lantern Jordan.]

—Disculpa, qué ustedes… ¿¡QUE USTEDES QUÉ!?

[El color amarillo del espectro emocional es la fuerza del miedo, Lantern Jordan. Debido a ello, el anillo no funciona a su máximo potencial.]

—Vaya, no me digas. Ja. —Hal creó un escudo a su alrededor, una suerte de esfera como la de un hámster. El Ruc Dorado lo golpeó con una de sus cabezas, violentamente, como un tanque contra un gato, y lo envió volando abajo a toda velocidad, directo hacia los árboles dorados—. Sinestro, ¡eres un hijo de puta!