Giovanni salió por la puerta de emergencia del edificio para evitar toparse de nuevo con los odiosos y estresantes representantes de la prensa local. Estaba corriendo un aire helado, había dejado de llover y el cielo comenzaba a despejarse. Las estrellas se podían apreciar apareciendo en la oscura inmensidad del cielo viridiano. Golpeteó de manera rápida sus dedos contra la pantalla de su teléfono, envió el mensaje de texto y se guardó dentro de la chaqueta del esmoquin el teléfono.

—¿A dónde señor? —Preguntó su chofer mirándolo por el espejo retrovisor.

—A mi apartamento —Dijo en un tono reseco.

Cuando estuvo en su apartamento se quitó con molestia la chaqueta y la arrojó sobre un sillón en la sala de estar. Se apartó con molestia la pajarilla del cuello intentado sentirse liberado. El encuentro con Leo Cipriani lo había dejado con una sensación de derrota a la que no estaba acostumbrado. Se dejó caer con pesadez en el mismo sillón de aspecto moderno y puso el pie izquierdo sobre la mesita de centro que era de metal y cristal. Se pasó una mano por el cabello con ansiedad. No sabía porque sentía que Leo Cipriani no era un total desconocido. Sus ojos azules, y profundos tanto como los suyos lo hicieron sentir intranquilo de una manera que no reconocía. Maldijo por lo bajo mientras sacaba una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo trasero. Encendió con prisa uno y se lo llevó a los labios. Usualmente no fumaba ahí, odiaba que el olor se impregnará. Pero ahora mismo eso no le importaba. Escuchó que tocaban a la puerta.

—¡Adelante! —Gritó mientras dejaba escapar un poco de humo.

Eric Phillips apareció con cara seria mientras cargaba una caja de archivos vieja. Fue a donde su antiguo amigo y le dedicó una mirada molesta entrecerrando los ojos.

—Hombre, ¿Qué haces? Deberías dejar esa porquería —El pelirrojo dejó caer la caja al suelo y movió las manos de un lado a otro intentando dispersar el humo del tabaco.

Giovanni rodó los ojos y se puso de pie para ir hacia puerta corrediza de cristal que daba a un pequeño balcón. La deslizó poco sin abrirla completamente y saco el brazo para dejar que el humo se perdiera en el ambiente.

—¿Los encontraste? —Preguntó recargado contra el cristal.

—Sí, todo está aquí, también deje una cajas afuera —Eric se tiró sobre un sillón.

Luego de salir de la fiesta Giovanni se había comunicado con su amigo y le había pedido que fuera a buscar los viejos archivos del Team Rocket que se mantenían guardados en un almacén subterráneo bajo las viejas oficinas de la organización. Aquella petición tomó por sorpresa al director de asuntos públicos que supuso rápidamente que el encuentro con Cipriani no había ido bien.

—Leo Cipriani —Hizo una pausa— debemos saber quién es realmente.

Eric puso una cara confundida y se rascó la nuca.

—¿Y qué te hace pensar que descubrirás eso en los viejos archivos del Team Rocket?

—No lo sé —Respondió mientras iba hacia la cocina— Solo creo que… —Continúo diciendo levantando un poco la voz para que su compañero lo escuchará bien. Sacó unas botellas de agua del refrigerador, lanzó la colilla del cigarrillo a la basura y volvió con Eric— su voz me pareció conocida.

—¿Su voz? —Preguntó mientras tomaba la botella de agua que Giovanni le ofreció.

—Es curioso, me ha provocado un extraño sentimiento, como si ya antes hubiese hablado con él —Giovanni se sentó en el sillón frente al que estaba su compañero.

—¿Crees que es algún antiguo miembro? —Le preguntó Eric enarcando una ceja.

Giovanni no respondió, bebió un poco de agua y luego hizo un ademan con la mano para que Eric le pasara la caja.

—Si es así no debe ser difícil encontrarlo.

—¿Pero no crees que si fuese así lo reconocerías a simple vista?

—No si ha cambiado su apariencia. Mira, este tipo tiene algo que me molesta más de lo debido, así que comienza a buscar —Le lanzó una carpeta a Eric que la atrapó con habilidad.

Luego de algunas horas rebuscando entre una pila de archivos viejos sin encontrar mucho Giovanni exhaló exasperado.

—No puede ser que no esté aquí —Se puso de pie bruscamente y sacó otro cigarrillo que encendió con molestia.

Eric miró a Giovanni por un momento. Le pareció que en su rostro más que frustración y molestia había miedo y preocupación. Entendía que al señor del crimen lo estuviera consumiendo aquella situación, se debía sentir expuesto ante Cipriani. Su mente muy seguramente estaba en su esposa e hijo, quería mantenerlos seguros. Esa siempre había sido su prioridad y ahora las cosas parecían querer salirse de su control.

—Voy a visitar la casa del viejo —Anunció Eric con voz calmada mientras se ponía de pie. Giovanni lo miró con detenimiento. Sabía que Eric no habló mucho con su padre luego de dejar el Team Rocket y que su relación había sido distante hasta que Mads Phillips murió hacía unos años— Debe haber guardado archivos más importantes que estos —Pateó la caja lejos de su camino.

Giovanni asintió fumando desde la puerta corrediza del balcón. Eric le dedicó una mirada cansada y sonrió de medio lado. Realmente esperaba encontrar algo que ayudará en esta situación.

—Te llamaré si encuentro algo.

El señor del crimen se pasó la noche en vela buscando en sus recuerdos la cara de Leo Cipriani. Sabía que esa fría mirada ya lo había atormentado antes pero no sabía dónde. Observó por la ventana de su habitación, afuera comenzaba a aclarar. Giró en la cama mientras cerraba los ojos intentando dormir. Su cabello estaba revuelto y solo llevaba los pantalones del esmoquin. Pensó en Delia y Ash, los echaba mucho de menos pero ahora más que nunca debía evitar comunicarse con ellos. No quería ponerlos en peligro. Su teléfono comenzó a sonar insistente pero no quiso responder. Dejó que el buzón atendiera. Cuando el sonido se detuvo estiró el brazo para tomar el teléfono de la mesita de noche. Escuchó con atención la voz de su ejecutivo Petrel. El mensaje era claro los Black Knights habían atacado una de las guaridas del Team Rocket donde guardaban equipo ilegal que distribuían por la región, los tomaron por sorpresa y los daños eran cuantiosos. Giovanni maldijo en voz alta y casi brincó de la cama para ir a darse una ducha rápida, tenía que atender esa situación con celeridad.

Luego de aquel ataque a la guarida del Team Rocket, Leo Cipriani comenzó a mover a más de sus hombres por todo Kanto ocasionando disturbios y peleas por los territorios que el Team Rocket tenía bajo su dominio. Atacando lugares estratégicos que convencían cada vez más a Giovanni de que su rival sabia más de lo que debía del Team Rocket.

En público Leo Cipriani era carismático y amable. Era adorado por la prensa y comenzaba a tener más presencia en los negocios fuertes de la región. Giovanni había decidido cerrar el gimnasio por un tiempo y moverse a una de las guaridas a las afueras de ciudad Viridian que se usaba poco y que solo conocían unos cuantos en la organización. Era un edificio viejo de cuatro pisos que muchas veces servía como almacén.

Ya antes el señor del crimen se había sentido molesto por encontrarse siempre a los Black Knights metidos en su camino. Ahora era como tener una piedra metida en el zapato que no se podía quitar fácilmente. Era como si ese maldito hombre siempre supiera muy bien cuál sería su siguiente paso. Después de verlo cara a cara todo empeoró, por lo que Giovanni decidió apresurar las investigaciones del doctor Fuji en su laboratorio en Ciudad Caoba.

Habían pasado dos semanas desde que Eric le dijo que visitaría la casa de su padre en busca de más archivos viejos. Ya no se había puesto en contacto con él lo que lo tenía preocupado. Se sentía cansado y estresado. Y ahora tener que estar en la pequeña oficina de la vieja guarida Rocket lo ponía de malas. No era un lugar moderno y grande como su base en Caoba o su guarida en Azulona, pero se tenía que conformar con eso si quería pasar desapercibido, así que ahora desde ahí planeaba sus movimientos contra Leo Cipriani.

—Creo que será mejor que vayas junto a Atenea y Protón a ciudad Caoba, Petrel —dijo Giovanni sentado tras su escritorio a su ejecutivo quien era un hombre de confianza para el jefe Rocket.

—¿Pero no me necesita aquí señor? –cuestionó el hombre de complexión delgada y cabello morado.

—Lo mejor será que apoyen al doctor Fuji, necesito asegurar nuestra base en la ciudad. No podemos permitir que Cipriani siga metiéndose en nuestros planes.

—Entiendo señor —el oficial y ejecutivo inclinó la cabeza en señal de conformidad y respeto— saldré en seguida entonces.

—Dejó esto en sus manos —Giovanni hizo un gesto con la mano en señal de aprobación y miró a Petrel salir de la oficina.

Cuando el ejecutivo de aspecto cansado salió de la oficina Giovanni se reclinó en su silla ejecutiva. Ese espacio lo hacía sentir sofocado, era por demás pequeño pensó. Las paredes eran grises y no tenía ninguna ventana, a él le gustaba poder apreciar lo que había fuera siempre. Pero esta vez solo podía conformarse con el monitor de su computadora que le daba imágenes de las cámaras en el exterior.

El teléfono en su saco comenzó a sonar. Con pesadez lo puso frente a su cara, las siglas de su viejo amigo aparecieron en la pantalla y se apuró a contestar.

—Hey ¿Que…

—Giovanni —Lo interrumpió con voz entrecortada Eric— Escucha… he dejado una caja… —Su voz estaba agitada y parecía estar adolorido— en el gimnasio, búscala cuanto antes…

—¿Dónde estás Eric? —Se apuró a preguntar Giovanni pensando en varias malas situaciones.

—Leo… Cipriani, él es… —Escuchó el sonido de pisadas que corrían y el luego el ruido provocado por un golpe fuerte al otro lado de la línea.

—¿Eric? ¿Qué pasa Eric? —Se puso de pie agarrando con fuerza el teléfono. La línea de corto y las alarmas rojas saltaron alrededor del líder de gimnasio.

La pantalla en su escritorio ennegreció por completo. No hubo tiempo de pensar en nada más cuando sus oídos fueron inundados por el estallido de algo que provenía desde afuera. Sintió que el suelo se agitaba bajo sus pies. Se apresuró a guardar su teléfono en el bolsillo de su pantalón y salió de la oficina. El lugar comenzaba a llenarse de humo y de una neblina de polvo.

—Señor estamos bajo ataque —le informó con prisa uno de los guardias Rocket que lo jalo con él hacia las escaleras de emergencia.

—¿Qué sucede exactamente? –preguntó cubriéndose la boca con el antebrazo.

—No lo sé muy bien creo que hubo una explosión en la parte superior. Creo que golpearon el sector continuo a este es una suerte que no golpearan su oficina.

Que mala idea poner una oficina en el último piso pensó Giovanni mientras seguía al muchacho de uniforme negro. Caminaron apresurados por las viejas escaleras del edificio que parecían que colapsarían en cualquier momento. Hacían un ruido crujiente en cada paso que daban y vibraban haciendo pensar a ambos hombres que se caerían. Cuando llegaron al tercer piso el techo de esa área comenzó a ceder lo que provocó que Giovanni lo escuchará crujir sobre su cabeza y luego mirará una lluvia de escombros caer frente a ellos bloqueando todo el paso.

—¡Demonios! —exclamó el muchacho a su lado.

La cara de Giovanni se miraba tranquila, pero en su mente estaba pensando minuciosamente en sus siguientes pasos. Esto podría asegurar era obra de Leo Cipriani. De nuevo se posicionaba delante de él. Lo había atrapado con la guardia baja y no desperdiciaría la oportunidad de acabarlo.

—¿Tienes tu radio contigo? —le preguntó el líder de Team Rocket en un tono calmado a su uniformado.

—Sí señor —se apuró a contestar él, mientras se quitaba el radio del cinturón con manos torpes.

—Escucha bien, contacta con los demás, deben evacuar rápido e ir a Azulona y a Caoba.

El joven miembro del Team Rocket asintió mirando a su jefe que parecía estar en un paseo por el parque y no en medio de un edificio a punto de derrumbarse. Comenzó a hacer un llamado desde su radio. En los otros pisos del edificio había hombres atrapados y agentes que habían logrado llegar a los espacios inferiores y que lo escuchaban con atención. Hubo un llamado de regreso, era una voz conocida para Giovanni.

—Señor, hemos sido atacados con material explosivo. Estamos evacuando el edificio rápidamente. Controlaremos cuanto antes la situación para sacarlo de ahí.

Giovanni se apresuró a tomar el radio y apretó el botón que le permitiría llamar a Atlas de vuelta.

—¡Atlas! Escúchame bien, sal de inmediato de ciudad Viridian. Saca a todos los que puedas contigo, no esperen por mí —su tono de voz fue contundente, el agente a su lado lo miró nervioso.

—Pero señor… —se escuchó a través de su radio casi en un susurró acongojado. Atlas estaba un poco confundido al otro lado.

—Cipriani no dudará en volver a atacarnos, saca a todos los que puedas y lárguense. Es una orden Atlas —Le gritó Giovanni a través de la radio y luego hubo un silencio tenso en la línea.

—Muy bien señor —Dijo finalmente con decisión el ejecutivo más fiel del jefe Rocket.

Giovanni le devolvió el radio al hombre a su lado. Luego se apuró a sacar una pokeball de detrás de su cinturón. La miró por un segundo y la lanzó con fuerza. Rhydon apareció rugiendo embravecido demostrando porque era el pokemon más fuerte y temido del líder de gimnasio de ciudad Viridian. El pokemon a quienes los retadores temían porque era una total muralla difícil y aterradora como su entrenador.

—Rhydon —gritó el líder de gimnasio— Usa cuerno taladro para sacarnos de aquí.

Rhydon golpeó con fuerza el concreto utilizando el cuerno en su cabeza. Casi de inmediato comenzaron a saltar pedazos de escombros hacia los costados, una nube de polvo lleno el ambiente y un hueco de buen tamaño se formó en la pared.

—Bien hecho Rhydon —Exclamó Giovanni— date prisa ve por ahí —miró a su agente que se mantenía detrás de él un tanto aturdido. El chico asintió y atravesó por el hueco seguido de su jefe.

Cuando estuvieron del otro lado se apuraron a correr por el pasillo hacía las siguientes escaleras de emergencia. Se tambalearon cuando una segunda explosión hizo cimbrar el edificio, Giovanni empujó al muchacho contra la pared para evitar que fuera golpeado por los pedazos de techo que colapsaban de nuevo. El líder de gimnasio apoyó sus manos contra la pared para mantenerse de pie mientras todo se batía de un lado a otro. Echó una mirada rápida hacía el suelo y una idea atravesó sus pensamientos.

—Rhydon usa estampida, para que el suelo colapse —Ordenó señalando un lugar al azar en el suelo.

—¡Espere señor! —gritó el agente preocupado de tener que caer de un piso a otro en un edificio por colapsar.

—Escucha muchacho, ahora mismo no tenemos tiempo. No podemos seguir este camino, debemos bajar lo antes posible.

Giovanni miró a su pokemon que entendió bien lo que debía hacer. Su poderosa pisada golpeó con fuerza el sueño. Tanto su entrenador como el agente de Team Rocket sintieron como este vibró bajos sus pies. El joven agente del Team Rocket se tambaleó por un momento y se recargó en la pared tratando de mantener el balance. Otro golpe del pokemon hizo que los tres cayeran al piso siguiente. Giovanni se levantó de entre los escombros con pesadez, se había llevado un buen golpeo al caer. Le tendió la mano al joven que tenía varios rasguños y golpes en la cara, lo ayudó a ponerse de pie y luego regresó a Rhydon a su pokeball.

—Buen trabajo Rhydon —susurró contra la pokeball y se apuró a guardarla en la parte trasera de su cinturón.

Ahora estaban en una de las salas donde los guardias y agentes solían tomar descansos. Todo estaba deshecho. Una nube de polvo se comenzaba a dispersar. Los escombros estaban por todos lados. Unos cables con electricidad colgaban de una parte colapsada del techo. Giovanni y su agente se apresuraron a ir a la puerta, pero está estaba atorada.

—Hazte a un lado —Giovanni dijo mientras retrocedía un poco, luego pateó la puerta con tal fuerza que esta terminó cayendo al otro lado e hizo un fuerte ruido al caer contra el suelo.

Cuando salieron al pasillo se encontraron con que este estaba repleto de humo y podían alcanzar a ver llamaradas que venían de las escaleras que daban al piso inferior donde debía estar la salida.

—¿Qué haremos ahora señor? —preguntó el agente desanimado.

—Buscar otra salida —decretó con firmeza y seguridad el señor del crimen.

Giovanni se quitó el saco y con las mangas lo amarró por detrás de su cabeza para cubrirse la boca y nariz. El agente a su lado hizo lo mismo copiando a su jefe. El humo era denso y ennegrecido por lo que caminaron agachados para evitarlo lo más que pudiera. Escucharon ruidos de detrás de una montaña de escombros que sellaba el cuarto de suministros de la base.

—Debe haber personas ahí adentro—dijo el joven agente a lado de Giovanni mientras intentaba quitar con sus manos algunos trozos enormes de pesado concreto— ¿Hay alguien? —Gritó esperando una respuesta.

—Ayuda —se escuchó una voz cansada al otro lado— estamos atrapados.

—¿Hay humo ahí? —Preguntó Giovanni— ¿Cuántas personas son?

—Sí hay mucho humo, nos está ahogando, somos tres personas —respondió tosiendo con pesadez la voz tras la montaña de escombros.

—Señor debajo del cuarto de suministros esta la entrada principal.

—Entiendo —dijo Giovanni— Rhydon —gritó lanzando la pokeball que contenía al fuerte pokemon— Usa cuerno taladro.

El pokemon rugió levantando sus brazos y echó el cuerno en su cabeza contra la pila de concreto frente a él. El humo comenzó a ser más pesado y Giovanni y su agente no paraban de toser mientras el pokemon seguía con su labor. Sin embargo, parecía comenzar a ser afectado también por el humo.

—Tú puedes Rhydon —el pokemon miró a su entrenador y siguió golpeando violentamente.

Luego de un rato que pareció una eternidad el pokemon logró perforar lo suficiente para que pudieran entrar a donde estaban los otros agentes. Todos eran muy jóvenes, no pasaban la edad de su jefe. Respiraban con dificultad y cuando vieron a su líder entrar por un gran agujero hecho por su Rhydon su mirada brillo con esperanza. Todos los agentes del Team Rocket eran firmemente leales a su jefe y darían la vida por él, pero también sabían que él nunca lo dejaría atrás. Giovanni realmente apreciaba a sus subordinados, entendía que necesitaba de todas esas piezas para completar el puzle de sus victorias.

—Háganse a un lado —les ordenó Giovanni mientras quitaba una pila de escombro para que Rhydon pasará sin problemas— ¡Usa estampida!

El compañero del líder de gimnasio se encontraba ya muy cansado por el humo y su ataque no fue lo suficientemente fuerte. Rhydon agachó la cabeza, era como si se sintiera apenado por fallar a su entrenador. El líder de gimnasio se acercó a él y apoyó una mano en uno de sus costados. Le dedicó una sonrisa de ánimo y Rhydon volvió a levantar la cabeza rugiendo con fuerza.

—Hazlo de nuevo —esta vez el suelo se movió bruscamente.

El ataque estampida volvió a cimbrar el suelo que comenzó a resquebrajarse. Cuando Giovanni escucho el crujido del concreto que cedía. Con un movimiento rápido de su mano regreso a su Rhydon a la pokeball. Los hombres cayeron estrepitosamente al piso inferior en una ola de escombros. El líder del Team Rocket salió de entre una montaña rocas y polvo, su cuerpo se sentía molido. Sentía un dolor pulsante en uno de sus costados, pero lo ignoró. Abrió los ojos, pero no pudo distinguir muy bien lo que había a su alrededor ya que su mirada estaba borrosa solo alcanzaba a mirar siluetas extrañas frente a él. Se frotó con las palmas de las manos la cara y poco a poco fue teniendo un poco más de claridad. Entonces logró apreciar a los agentes ponerse de pie, unos pares de manos lo tomaron de cada brazo y lo terminaron de sacar de entre los escombros. Era el primer agente que se encontró y otro más de los que estaban encerrados en el cuarto de suministros.

—¿Se encuentra bien jefe?

—Sí, vamos a la salida —dijo mientras era ayudado a caminar.

Cuando el aire fresco que corría afuera del edificio golpeó su cara sintió que podía volver a respirar con normalidad. Aspiró aire y lo soltó, sus pulmones se sentían pesados y le dolía todo el cuerpo. Miró a su alrededor un momento, había más agentes que habían logrado salir. Algunos estaban tirados en el suelo. Había muchos heridos. Algunos tenían quemaduras, otros golpes y fracturas y otros parecían estar bien salvo de algunos rasguños.

Giovanni miró como el fuego consumía su edifico y apretó los dientes, visiblemente molesto. Ese maldito de Leo Cipriani no estaba jugando lo quería muerto. Atlas se acercó al señor del crimen y el agente que lo ayudaba a apoyarse se hizo a un lado para dejarle el lugar al oficial de alto rango.

—Necesita atención medica señor —El ejecutivo de cabellos azules lo ayudó a caminar.

—No necesito un médico —Dijo apartándose de Atlas mientras se tambaleaba aun sosteniéndose del otro agente— Solo… escúchame con atención. Toma a toda esta gente y envíala a Azulona, yo me iré al gimnasio.

Aquellas palabras tomaron por sorpresa al ejecutivo Rocket que podía ver que su jefe no estaba en condiciones para priorizar a los agentes sobre su propia seguridad.

—Pero señor, no está en condiciones —Giovanni se movió dejando que el otro agente también se hiciera aun lado, y se paró con dificultad.

—¿Me vas a dar órdenes a mí? —preguntó en su típico tono áspero el jefe, se llevó una mano al costado que comenzaba a doler con más fuerza.

Atlas agachó la cabeza y se quedó así un momento. El líder de Team Rocket sonrió de medio lado. Puso una mano sobre el hombro del oficial.

—Necesito que te encargues de esto —le dijo calmadamente.

Atlas levantó la mirada, su jefe le estaba confiando a su gente. Confiaba en él para cuidar de ellos. Asintió con confianza y miró como Giovanni empezaba a caminar hacia el bosque viridiano. Sabía bien que su jefe era un hombre que provocaba miedo y que solía ser frio e inexpresivo, pero también sabía que era un hombre fiel y preocupado por su equipo.

Cuando Giovanni llegó al gimnasio ya era de noche, entró por la puerta trasera y casi se cae al poner un pie dentro. En su cabeza estaba la llamada de Eric. Su voz agitada y entrecortada. Tenía un mal presentimiento de todo eso. Caminó arrastrando los pies por el gimnasio. Buscando la caja que su amigo había dejado. Con una mano se sujetaba el costado derecho. Estaba mareado y adolorido, como pudo subió las escaleras hasta su oficina y se tiró en el sofá, donde unos meses antes había disfrutado de un excitante encuentro con su esposa. Delia, pensó mientras cerraba los ojos. Todo giraba a su alrededor y un dolor punzante no lo dejaba razonar con claridad. Sintió algo húmedo correr bajo su camisa. Levantó la mano y miró como su roja sangre escurría entre sus dedos.

—Demonios —exclamó con voz débil.

Se sentó con dificultad en el sillón y se quitó la camisa. Pudo apreciar la herida que tenía en el costado del abdomen, no era muy grande, pero parecía profunda. Sentía como pulsaba y mandaba hilos electrizantes por todo la zona Con la camisa armó un vendaje improvisado y se puso de pie difícilmente y respirando con pesadez. Fue a su escritorio y rebuscó en el último cajón entre sus cosas las llaves de su auto que pocas veces usaba. Se dirigió de vuelta a la puerta de su oficina arrastrando los pies. No había mucho ahí que Leo Cipriani podría querer así que no le dio mucha importancia a lo que dejaba atrás. De caminó a la salida de emergencia miró una caja vieja tirada como si alguien la hubiese dejado con prisa. Supuso rápidamente que era la caja de la que Eric hablaba. Con mucho esfuerzo la tomó en brazos y se la llevó consigo.

Las brillantes luces de ciudad Viridian de noche lo cegaban y entorpecían. No era capaz de mirar claramente lo que tenía delante. Su visión se nublaba y no podía apreciar bien los colores en las luces de los semáforos o los demás autos en la calle. Cerraba los ojos y los apretaba buscando claridad. Su cabeza lo estaba taladrando por dentro y sentía que se desmayaría. Pero no podía permitirlo, tenía que llegar. Cuando salió de la ciudad y entró en la ruta 1 hacía Pueblo Paleta se sintió un poco mejor. Aun así, sentía palpitar la herida en su costado. Cuando miró la pequeña casa blanca a la orilla del camino supo que estaba a salvo. Caminó torpemente hacia la puerta y tocó el timbre. Se quedo recargado contra el marco de la puerta, mientras esperaba, se sostenía con la poca fuerza que le quedaba. Cuando la puerta se abrió y pudo mirar la luz que provenía desde adentro, supo que podía estar tranquilo. Entonces todo se nubló y se desmayó cayendo al suelo.

Pero al menos estaba en casa.