Disclaimer: los personajes de Twilight son de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Rochelle Allison. Yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo 10
—¿Yoga?
—Sí. —Tironeo de mi top, alisándolo—. Es, eh... me estoy acostumbrando. Como Rose dijo que pasaría.
Él asiente.
—Eso es bueno. Deberías cuidarte.
Encogiéndome de hombros, miro a mis zapatillas.
—Eso intento.
Él busca mi mano y me acerca más a él.
—¿Estás ocupada más tarde?
—¿Esta noche?
—Sí.
—Solo debo terminar una orden para el viernes. Vendrá mi amiga Maggie; ella es nuestra bateadora cuando las cosas se ponen agitadas. —Le doy un apretón a su mano—. ¿Por qué?
—Me gustaría llevarte a cenar.
No era lo que estaba esperando, pero aún así es increíble. Sonriendo, asiento.
—Eso sería genial. ¿Quizás podemos intentar... el sábado?
—Totalmente.
—Bien.
—Bien.
Adentro de mi bolso, vibra mi teléfono. Suelto la mano de Edward para retirarlo, observando la pantalla.
—Es Rose... la clase está por comenzar. Tengo que irme. Llámame o algo.
—¿Puedo tener tu número?
—Oh, cierto. —Riéndome un poco, preparo el teclado—. Dame el tuyo; te llamaré ahora.
~tbts~
—Lo siento mucho —jadea Alice.
—Aw, está bien. Espero que te sientas mejor.
Ella se despide y cuelgo, suspirando. Quizás esto es una señal. Alice era mi última esperanza para encontrar una niñera y ella está muy segura de que tiene gripe.
Emmett, Rose y los niños están en la costa por el fin de semana y Sue llevó a papá a su reunión familiar anual. Alice es la única otra persona a la que le pediría cuidar de Charlie, y ahora se encuentra vomitando.
Mis ojos se mueven hacia el reloj. Edward me pasará a buscar dentro de una hora. Al menos, eso supone.
—Hola, Bella.
—Hola... Bien, creo que no podré salir esta noche después de todo. Lo siento mucho.
Él está callado por un momento.
—¿Me estás dejando plantado? —pregunta, bromeando pero quizás un poco decepcionado también.
—Lo siento mucho, Edward. Todas mis niñeras decidieron salir de la ciudad al mismo tiempo y la única amiga que aceptó acaba de llamar para decir que estaba enferma.
—¿No tienes a nadie que cuide a Chuck?
—No.
—Tráela, entonces.
Imágenes de jugo derramado, rabietas y clientes irritados en el restaurante vienen a mi mente.
—Oh, no. No podría. Pero es dulce de tu parte.
—Vamos; ¿qué es lo peor que podría pasar?
Bueno, una vez ella vomitó en IHOP porque no le gustó que la salchicha tocara sus panqueques.
—¿Bella?
—No quiero que ella... arruine las cosas.
—No lo hará. Estaré allí pronto, ¿de acuerdo?
—¿Adónde vamos? —pregunto, pero él ya está cortando.
Ignorando mi creciente inquietud, le echo un vistazo a Charlie, que está jugando con sus animales de peluche.
—Bien, la señorita Alice se enfermó. Ella no puede venir.
Charlie frunce el ceño, estirando su mano.
—Pero ella iba a pintar mis uñas. Amarillo, mamá.
—Lo sé. Lo siento, pequeña. —Me siento a su lado en la cama, jalando de su trenza—. ¿Pero adivina qué?
—¿Qué?
—Edward nos llevará a cenar.
Ella me sonríe, encantada.
—Está bien.
—Bueno, cambiemos tus pijamas.
Charlie corre hacia su armario, tomando varios vestidos del perchero.
—Este, mamá. —Es un vestido amarillo.
—Este es algo pequeño —digo, dejándolo a un lado y eligiendo la camiseta y falda violeta a juego de My Little Pony—. ¿Qué tal esto?
—No, mamá.
—Vamos, Charlie.
—Quiero este —insiste ella, señalando el vestido.
—Es demasiado pequeño.
Pero ella no cede, de cruza de brazos y hace un puchero.
—Está bien, simplemente nos quedaremos en casa —digo, poniendo los ojos en blanco.
—¡Quiero ir!
—Entonces, vístete, Charlie. No tengo toda la noche. —Cuelgo la ropa caída antes de abandonar su cuarto, tratando de pensar en mi propio atuendo.
Me he puesto un maxi vestido y una chaqueta de jean cuando ella aparece en mi cuarto, vistiendo el vestido demasiado pequeño y un par de leggings violetas puestas al revés. Es tonto, pero adorable, y la premié con una sonrisa, incapaz de envidiar su sentido de la moda.
—De acuerdo, eso me gusta.
—Eso me gusta —repite, señalando a mi atuendo.
—Sí, creo que las dos lucimos bien. Vamos, arreglemos tus pantalones.
~tbts~
Meter la sillita de Charlie en el asiento trasero del Aston Martin de dos puertas de Edward es entretenido, por decirlo de alguna manera. Me ofrezco a hacerlo, pero Edward insiste que puede lograrlo, y pasa al menos cinco minutos luchando antes de aclararme la garganta y suavemente apartarlo.
—Estas cosas son complicadas. Déjame hacerlo.
Él hace una cara.
—¿Siempre son tan ridículas?
—Desafortunadamente. Charlie, las manos sobre el coche. —Ella obedece por costumbre, haciendo lo que siempre hacemos cuando estamos en estacionamientos llenos.
—Puedo... —Tentativamente, Edward ofrece su mano. Ella la toma, observando el grupo de tatuajes a centímetros de su rostro.
Hay poco lugar, pero finalmente aseguro la sillita, y a Charlie, en su sitio.
—Quizás deberíamos haber tomado tu coche —bromea Edward, mirándome mientras me coloco el cinturón de seguridad.
—Sí, este coche no es exactamente muy familiar —digo suavemente.
—No exactamente. —Él reduce la velocidad, frenándonos frente a un semáforo.
—Entonces, ¿adónde vamos?
—Pensé que podríamos probar Benihana en el centro. ¿Has ido?
—No en un largo tiempo —digo, sonriendo—. De hecho, es perfecto. Creo que a Charlie le encantará.
—Emmett lo sugirió —admite, echándome un vistazo—. Cuando le dije que ella venía.
—¿Dijo algo más?
—¿Sobre nuestra salida?
—Sí.
—Solo que nos divirtiéramos.
Y lo hacemos. Lo pasamos tan bien. Para mi alivio, Charlie se comporta en el restaurante. Es cautivada por el chef que se acerca a nuestra mesa, y él en cambio juega con ella, dándole trucos especiales y bocadillos.
No es exactamente el lugar perfecto para tener una conversación profunda, pero está bien. En cambio, hablamos de otras cosas—cosas de primera cita como pasatiempos y comidas favoritas y travesuras de la infancia. Le cuento sobre Emmett de niño; él me cuenta lo que pasó realmente cuando estaban en la universidad.
Edward bebe una cerveza antes de cambiar a agua, y yo me limito a solo dos tragos, no deseando estar medio ebria. Para cuando nos vamos, estoy tan llena que estoy algo incómoda. Usar este vestido fue inteligente, incluso si lo hice por razones estéticas.
Charlie se queda dormida de camino a casa, lo que es genial, pero entonces se despierta al instante que estacionamos, lo que apesta. Debería estar contenta de no tener que cargarla hacía adentro, pero no he besado a Edward desde esa primera vez y realmente, realmente quiero hacerlo.
—Intentaré dormirla rápido —digo, encendiendo las luces una vez que estamos adentro.
—Genial. ¿Dónde debería dejar esto? —pregunta él, sosteniendo la sillita.
—Al lado de la puerta está bien.
La usual independencia de Charlie se esfumó por el cansancio esta noche. Me aseguro que vaya al baño y se cepille los dientes, luego la ayudo a colocarse su pijama.
—Mm, no estoy cansada, mamá. —Suspira mientras la tapo con la manta.
—Creo que sí lo estás. —Beso su rostro, limpiando una mancha de chocolate que no debo haber visto antes.
—No. —Sus ojos se cierran.
—Te amo. Buenas noches. —La vuelvo a besar, sus párpados y su nariz, hasta que ella toma mi rostro y me da un beso.
—Te amo, mamá.
Asegurándome que su luz nocturna esté encendida, salgo del cuarto.
Edward sigue en la puerta cuando emerjo, sus manos en sus bolsillos.
—¿Duerme?
—Completamente.
—¿Quieres que me vaya?
Envuelvo mis brazos a mi alrededor, manteniendo lo que espero que sea una expresión neutral.
Él se estira y toca mi brazo.
—¿Estás bien?
Encogiéndome de hombros, asiento.
—¿Recuerdas la otra noche? ¿Cuando me dijiste que dejara de ser tan correcto? —pregunta de repente.
—Lo recuerdo. —Recuerdo todo sobre esa noche, ¿acaso no se da cuenta?
—Deja de ser tan correcta, Bella.
—No... lo soy.
—Sí lo eres. ¿Quieres que me quede o que me vaya?
—Quiero que tomes una decisión —digo, sintiéndome casi arrinconada por su franqueza.
—Lo haré cuando tú lo hagas. —Lo dice como si estuviera bromeando, pero creo que es en serio.
—Oh, ¿todo esto queda en mis manos? —Me río.
La sonrisa en sus labios se esfuma. Lo observo. Parece estar lejos, inclinándose contra la pared.
—Sí, así es.
Estamos un poco grandes para estos juegos. No entiendo lo que quiere decir, así que inhalo profundo y abro la puerta.
—Me divertí anoche. Gracias por invitarnos, Edward.
Creo que se va, pero simplemente se para frente a mí, en la entrada.
—Háblame —dice suavemente, enlazando sus dedos con los míos.
—No juegues conmigo —digo al tatuaje en su cuello. ¿Una flor de loto quizás?—. No como lo acabas de hacer.
—No estaba jugando. Lamento que lo hayas tomado así.
—Tú quisiste que fuera así.
Él levanta mi barbilla, haciéndome mirarlo.
—Quise decir que... seguiré tu dirección.
—Quizás no quiero dirigir.
—Tendrás que hacerlo. No eres como las otras chicas con las que he salido.
—¿Por qué tengo una hija?
—Porque eres dulce, y las cosas están en el aire ahora mismo y... realmente no sé lo que estoy haciendo.
—¿Acaso Emmett te dijo algo? —susurro, frotando mi frente.
—No tuvo que hacerlo.
Pasa un coche en la calle. Observo los faros desaparecer en la esquina, borrosos en la suave lluvia.
—Bueno. Me gustas. Probablemente siempre querré que te quedes.
Levanto la mirada hacia él, obligándolo a que se acerque. Sé que hay un riesgo. Lo sé. Pero lo deseo. Lo deseo.
—También me gustas. Mucho. —Se inclina y me besa, profundizándolo ligeramente antes de apartarse—. Y realmente me gustaría entrar.
