11
Recibió varias cartas por parte de Toph y en todas mencionaba su intención de acercarse a hacer una visita. La primera vez que lo leyó, Sokka le preparó personalmente una cama en la mayor habitación de invitados que posteriormente pasó a ser ocupada unos días por Aang. La hizo por segunda vez tras una segunda carta y después la ocupó Katara, que se apropió de Appa para ir y venir con total libertad. La cama acabó por ser propiedad de su hermana, cosa que no supuso ningún problema porque Toph no apareció.
Reconocía la letra de su secretaria escribiendo por ella y, aun así, percibía en sus palabras la mentira y el compromiso por quedar bien. Podía hacerse a la idea de que le detestaba. Durante todos aquellos meses no había logrado sacar de la mente las palabras que le había dedicado por última vez: De todos modos ya estábamos hartos de esto, ¿verdad? Y la expresión desamparada de Toph se le había grabado a fuego en las retinas como una especie de tortura. Le había hecho daño y sus cartas sólo verificaban que seguía dolida y le guardaba rencor. No iba a bajar al Sur, por mucho que lo dejara por escrito. Era su pequeña venganza.
Cuando consiguió convencerse de ello, logró pasar página. Leyó sus cartas tratando de guardar el recuerdo más dulce posible de ella, sin resentimientos. Había mantenido la mínima esperanza de que su separación le abriera los ojos a Toph y accediera a hacer pública la relación a su vuelta, eso dando por hecho que hubiera querido ser su pareja. Tonto de él por no pensar en su gran orgullo; aquella noche en su despacho le declaró sentencia a la relación.
Aquella tarde meditaba sobre el asunto apoyado en la baranda de su balcón, disfrutando de la puesta de sol que bañaba cálidamente la estampa helada. El cielo estaba lleno de tonos rosados, liliáceos y amarillos que brillaban reflejados en la blancura de la nieve. En la costa cercana a palacio podía ver cómo la marea empezaba a subir y una suave brisa recorría la llanura de hielo hasta acariciar su rostro. Llevaba en las manos la correspondencia del día y según la revisaba, encontró una carta de Toph entre el montón. La abrió y leyó:
A la atención del muy excelentísimo Concejal de la Tribu Agua del Sur en Ciudad República, experto guerrero espadachín también conocido como Capitán Boomerang, Sokka:
Se le escapó una carcajada antes de poder continuar leyendo. Sus principios cada vez eran más enrevesados. Podía imaginarse la cara de su secretaria mientras se lo iba dictando.
Iba a empezar con "Aquí tu jefa favorita" como ya era habitual pero no estoy muy segura de ello ya que no respondes mis cartas. Cero rencores. Imagino que estarás muy ocupado. Aang y Katara me mantienen al tanto de cómo evoluciona tu padre y me alegro de que, a pesar que el pronóstico no es muy favorable, se encuentre bien y no sufra. Me imagino lo duro que debe estar siendo. Muchísima fuerza y ánimos. Nosotros aquí estamos bien.
Seguiré esperando alguna carta tuya. Me bastarían cuatro palabras. Si no estuvierais rodeados de hielo ya podría haber llegado la telecomunicación y me habría asegurado de que me respondieras. De esta te salvas.
Un abrazo enorme,
Toph Beifong, jefa de policía de Ciudad República y mejor maestra tierra del mundo.
No pudo evitar esbozar una sonrisa. Ciertamente le debía una respuesta, por muy reticente que fuera. Aunque Toph no le mandara muchas cartas parecía tenerle presente. Aun así, le dolía que todavía no le hubiera visitado cuando se lo había comentado varias veces. Ya ni siquiera lo mencionaba, como tampoco decía que le echara de menos. No iba a bajar al Sur, estaba claro. Parecía haber pasado página, aunque nada se lo aseguraba porque no podía escribir ella las cartas de su puño y letra. Su ceguera le impedía expresarse con libertad al igual que le coartaban a él. Si ya en persona no sabía descifrar completamente sus sentimientos, menos podría hacerlo desde la distancia. Si hubieran tenido un cómplice podría haber hecho de intermediario… En cualquier caso, no le quedaba más remedio que al menos responderle cordialmente. Le consolaba la idea de que pudieran seguir siendo amigos como años atrás.
Admiró el atardecer unos segundos antes de internarse en el palacio y recorrer los pasillos hasta llegar al despacho de su padre. Su despacho, prácticamente; su padre lo había pisado por última vez meses atrás. A veces le daba la impresión de que entre sus paredes todavía se guardaba su olor, como si la misma estancia le señalara cual impostor. La idea de sucederle le superaba. Era demasiado dolorosa. Se sentó en la butaca de piel como si el mueble le acusara de usurpador y tomó la pluma entre sus dedos como un cetro que le quedaba grande. Aun con el tiempo que ya llevaba allí, no lograba acostumbrarse a eso. Nada de lo que había allí le pertenecía. Su implicación con el Sur no había sido tan grande como el empeño que había puesto en sacar adelante a Ciudad República.
Su padre no podía irse. No tan pronto.
Tomó un papel, mojó la pluma en el tintero y se disponía a escribir cuando dos tímidos golpes en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Malina se asomó silenciosamente por el umbral, sonriendo con dulzura. Podía leer en sus ojos el orgullo de verle allí sentado como un gran líder, ocupando con maestría el lugar de su padre. "Eres su viva imagen hace veinte años" solía decirle. Él, para sus adentros, se recordaba que la intención de sus palabras era buena aunque hablara de él como un difunto.
—Disculpa la interrupción —dijo Malina suavemente—, pero tienes visita. La he hecho pasar a nuestro salón. Allí te está esperando.
—¿Quién es? —preguntó él incorporándose al segundo. Malina hablaba de una mujer. Su corazón se empezaba a acelerar.
—Baja tú mismo y lo ves —respondió ella con picardía, guiñándole un ojo.
Su respuesta no era la que esperaba. No hubiera utilizado ese tono para referirse a Toph puesto que todo el mundo la consideraba su amiga. Eso le confundió.
Echó a andar aceleradamente, nervioso por quien pudiera encontrarse. Recorrió los pasillos, descendió las escaleras y cuando llegó al salón encontró una mujer sentada en el sofá dando la espalda a la puerta. Sólo alcanzaba a verla de hombros para arriba, pero le bastó atisbar su cabello para reconocerla al instante. Melena corta. Pelirroja.
—¿Suki?
Cuando giró sobre sí misma y se incorporó, reconoció en ella a la niña de la que un día se había enamorado perdidamente. Llevaba aproximadamente cinco años sin verla y había adquirido cierta madurez que se reflejaba en las arruguillas que rodeaban sus sonrientes ojos azules. La envolvía su característica aura serena y mantenía la gracilidad en sus gestos, preciosa como siempre.
Se aproximó hasta él con cierta cautela y extendió sus brazos queriendo saldar cualquier problema pasado con un abrazo. Su sonrisa dulce denotaba cierta vergüenza, tan tierna como años atrás. Él sonrió de vuelta sinceramente, agradecido por recibir su visita y tenerla allí. No era un encuentro incómodo y así se lo hizo saber cuándo la envolvió cálidamente entre sus brazos.
—No sabía si pasarme o no, después de tanto tiempo sin…—Suki calló cuando él la estrechó aún más fuerte.
—No digas tonterías. Sabes que eres más que bien recibida aquí. Agradezco muchísimo que hayas venido.
—Qué alegría, Sokka. No sabía cómo te sentaría —dijo ella contra su pecho, suspirando aliviada. Le estrechó un poco más también y después se separaron, mirándose sonrientemente a los ojos—. Zuko me dijo lo de tu padre y como comprenderás no podía quedarme allí sin más. Hakoda es como un padre para mí.
—¿Quieres verle? —preguntó él. Suki asintió—. Hoy no ha pasado muy buen día, pero verás la alegría que le dará verte. Sé que él también te considera una hija —Suki sonrió y él rodeó cariñosamente sus hombros con un brazo, echando a andar hacia las habitaciones. Después paró en seco—. ¡Espera! Imagino que hoy te quedarás a dormir, ¿cierto?
—Lo cierto es que pensaba alojarme unos días en la posada cercana al puerto, allí en la ciudad —reconoció ella con un poco de vergüenza. Sokka la miró con curiosidad, atento—. No tengo una fecha límite de partida. Pensé que, si no te incomodaba reencontrarte conmigo, podría venirte bien algo de compañía —y al instante tuvo que corregir el tono de sus palabras cuando él enarcó una ceja—. ¡Cielos, no como te imaginas! No es como si me fuera a aprovechar de la situación. ¡Tampoco tengo esa intención! Solamente me he tomado un tiempo para despejarme del trabajo y he pensado que tal vez te vendría bien distraerte un poco de todo este asunto… Te conozco y… —Suki no fue capaz de aguantarle la mirada—. Me imagino cómo te puede estar afectando y me duele. Solamente-
—Suki —la interrumpió él—, no hace falta que te excuses. No te puedes imaginar lo mucho que te lo agradezco. Eso sí, nada de posadas —sus ojos azules le miraron sorprendidos—. Eres más que bienvenida a pasar cuanto tiempo quieras aquí con nosotros —la vio abrir la boca para protestar y se la tapó con una mano—. Insisto. No quiero escuchar ni una queja. Debes estar loca como para pensar que te dejaré dormir en la posada.
—Tengo allí el equipaje…
—Después lo pasamos a buscar. Primero saludemos al jefe.
Pareció convencerla. Suki asintió con otra de sus dulces sonrisas y llevó una mano hasta el hombro donde descansaba la suya, dándole un pequeño apretón; un gesto de ánimos que les infundió el valor para llegar hasta la habitación del enfermo y dedicarle las más grandes de sus sonrisas. Juntos. Con el valor con el que, años atrás, se habían apoyado mutuamente en los peores momentos.
Para Sokka:
Voy a dejarme de gilipolleces. Ya sabes quién soy. Quiero creer que no tienes tiempo para escribirme porque de lo contrario hubieras encontrado un segundo para entretenerte a responderme. De nuevo: cero rencores. No sé si debe ser una estrategia para hacerme sentir mal y tenerme que acercar hasta el Sur. Lo cierto es que me es imposible, por muchas ganas que tenga.
Katara me mantiene al corriente de tu padre y, como siempre, no puedo sino desearos suerte y muchos ánimos. Aquí todo sigue bien. Los críos te echan de menos, sobretodo Bumi. Los adultos también te extrañamos, la verdad.
Un fuerte abrazo,
Toph.
Para Sokka:
Iba a empezar con una retahíla de reproches, pero me puedo hacer a la idea de cuán difícil puede ser coger una pluma y redactar una carta. Fíjate que yo no puedo hacerlo por mí misma, así que no me quejaré.
Bromas aparte, de veras me gustaría tener noticias tuyas. Ya no sólo por tu padre, de quien Aang y Katara me van informando, sino por saber cómo te está afectando todo. Recuerda que tienes amigos en quien contar, por lejos que estemos. Puedes utilizarme como diario personal en el que desahogarte. Sólo ten cuidado con lo que escribes porque me lo tienen que leer en voz alta. Desgracias de una pobre ciega.
Espero que todo vaya lo mejor posible.
Muchísimos ánimos.
Toph.
Una mañana, cuando el sol se alzaba brillante en lo alto del cielo, Appa descendió en la llanura cercana a palacio y de él bajó Katara. La primera en recibirla fue Malina, que la ayudó con su equipaje, y después salieron Sokka y Suki a saludarla. Al ver a la última, Katara abrió los ojos como platos y dibujó una amplia sonrisa. No supo qué decir. Balbuceó cuatro palabras inaudibles y sin ser capaz de pronunciar algo con sentido, se lanzó a los brazos de su cuñada en un gran abrazo.
—¡Oh Suki, cuánto tiempo! —alcanzó a exclamar—. ¡Qué sorpresa!
Suki rio alegremente y al separarse, la miró con gratitud a los ojos. Sokka le había avisado de las visitas esporádicas de su hermana y le había insistido en que le alegraría encontrarla allí, por mucho que ella temiera no causar buena impresión. Al contrario de lo que ella creía, a absolutamente nadie le había molestado su visita. De hecho, había aportado unos nuevos aires al lugar que habían revitalizado incluso a su padre. Tenerla entre ellos era una dicha.
Katara la volvió a abrazar, cubriendo la vista de Suki tras de sí, y le dedicó una mirada cómplice a Sokka. Levantó las cejas con picardía, preguntándole sin palabras si volvían a estar juntos, y él se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa torcida. Vio a su hermana abrir la boca de par en par y enarcar las cejas con una expresión que le gritaba "¡Descarado!" y seguidamente vio articular sus labios en silencio: "¿Sí o no?". Él negó dulcemente con la cabeza, haciéndola resoplar. Después soltó a Suki, le dedicó una sonrisa disimulada y dijo:
—¡Ay, qué alegría tenerte aquí! ¿Cuándo llegaste?
—Hará unas tres semanas —ante la respuesta de Suki, Sokka vio como Katara abría sorprendida los ojos. Conocía demasiado bien a su hermana y sabía lo que le acababa de pasar por la mente: demasiado tiempo como para que no hubieran retomado mínimamente la relación—. Decidí tomar un descanso en el trabajo y al enterarme de lo de Hakoda, me pareció buena idea hacer una visita y distraer un poco a Sokka.
Katara dirigió disimuladamente una mirada pícara a su hermano y después sonrió tiernamente a Suki.
—Se agradece mucho tu preocupación —le contestó—. Si por mi fuera también me habría desplazado aquí, pero no quiero separarme de los niños y ellos hacen su vida allí, igual que Aang. Me consuela saber que tengo una sustituta mientras esté fuera.
—No tienes de qué preocuparte, Katara —repuso Sokka, rodeándola por los hombros con cariño—. Estoy perfectamente acompañado.
Su comentario acompañado de una preciosa sonrisa torcida le arrancaron a Suki un rubor en las mejillas. Era un seductor, no lo podía evitar; le encantaba tontear con ella. Era tan obvio el motivo por el cual le había visitado que le hacía gracia cómo se afanaba en ocultarlo. Le divertía torturarla un poquillo hasta que consiguiera hacerla confesar. Era lo más divertido que podía hacer ya que la ciudad no ofrecía mucho más entretenimiento.
—Yo v-voy a ayudar a Malina —balbuceó Suki, huyendo hacia palacio.
Los dos hermanos rieron por lo bajo mientras la veían echar a correr, aun abrazados como buenos compañeros. Katara alzó la vista hacia él y le estrechó cariñosamente la cintura, dándole un par de palmadas en el costado. Él le removió el cabello con afecto y ternura.
—No os doy más de dos semanas para juntaros de nuevo —dijo ella.
—Técnicamente estamos juntos; compartimos techo.
—Pero no cama.
—No, cama todavía no.
—¡¿Todavía?! —rio Katara—. ¡Oh Sokka, no tienes remedio! Me alegro mucho, de veras. Me alegro muchísimo por ti.
—Gracias hermanita. Todo este coqueteo me ha venido bien; me siento como un chaval de veinte años —y los dos se echaron a reír con sus palabras—. Hasta papá parece más animado teniéndola aquí. Ya verás qué buen cambio ha dado.
—¿De veras? ¡Oh, qué alegría! ¡Quiero verle! —Katara echó a andar y lo arrastró consigo, sin soltarle. Le estrechaba con fuerza, feliz y alegre—. Hemos pasado una mala racha, pero todo parece ir mejorando. Tú con Suki, papá con su enfermedad… ¡Oh, y Toph con su bebé! No está teniendo complicaciones y sólo le quedan un par de meses para dar a luz.
Sokka se detuvo en seco, sin creer lo que acababa de escuchar. Miró perplejo a su hermana y ésta se volvió con curiosidad, analizándole. Vio sus ojos azules escudriñándole, sin acabar de entender a qué se debía tanta sorpresa. Era incapaz de explicarse. No supo qué decir. Apenas lograba procesar lo que acababa de escuchar. "Toph. Bebé. Dar a luz"
—¿Embarazada? —consiguió pronunciar—. ¿Toph está embarazada?
—Claro, pensaba que lo sabias. Creía que ella misma te lo habría dicho en alguna carta. Dice que te manda muchas, que lleva tiempo esperando una respuesta… Daba por hecho que lo sabrías.
—No, no lo sabía —logró decir, sintiendo como se le iba secando la boca. Se llevó una mano a la cabeza, tocándose absortamente el pelo. Su mirada se perdió en algún punto, hundido en sus pensamientos. Después volvió en si para encontrar los ojos de Katara mirándole interrogantes—. ¿De cuántos meses está?
—Cumplirá en breves los siete —Sokka asintió, masajeándose las sienes. Él también llevaba siete meses instalado en el Sur. ¿Era suyo? Cabía la posibilidad. No era ningún disparate pensar que la había dejado embarazada la última vez que la vio. Era muy probable que la hubiera dejado preñada aquella noche. Cielos, era obvio que ese bebé era suyo. Y no le había dicho nada. Toph no le había dicho absolutamente nada—. ¿Sokka?
—¡¿Sí?!
Volvió en si abruptamente, atendiendo a su hermana con los ojos como platos. Su mano pasó a masajear la barbilla, entreteniéndose con la perilla, carraspeando incómodo. Katara le miraba recelosa, percatándose de que pasaba algo. Posó una mano en su hombro y le estrechó cariñosamente, tratando de encontrar su mirada que de nuevo se perdía en algún punto.
—¿Todo bien? —le preguntó con cautela.
—Sí, sí, todo bien —respondió él, incapaz de aguantarle la mirada—. No lo sabía, eso es todo.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Por qué te pones así?
—No sé, Katara —intentó sonar lo más despreocupado posible, tratando de improvisar una mentira—. Toph ha sido siempre una muy buena amiga y me sorprende que no me dijera nada.
—Según me dijo quería venir a visitarte, por lo que imagino que tendría intención de decírtelo en persona. ¿Has leído sus cartas?
—Absolutamente todas —su voz sonó profunda, molesta, como una solemne afirmación— y no me lo dijo en ninguna.
—No se lo tengas en cuenta, estoy convencida de que te lo querría decir en persona y no ha encontrado el momento de acercarse.
Sokka no quiso seguir entreteniéndola con el tema. Asintió sin más, tratando de apartar sus pensamientos con un suspiro, y fingió una sonrisa mientras le indicaba que entraran a casa. Katara sonrió dulcemente de vuelta y echó a andar a su lado, acariciándole comprensivamente la espalda.
